Pueblo enfermo y Raza de bronce
en la encrucijada nacional boliviana

Marta Manrique Gómez

McGill University
marta.manrique-gomez@mcgill.ca


 

   
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El ensayo Pueblo enfermo (1909) y la novela Raza de Bronce (1919) son dos de las obras más relevantes del corpus literario del escritor Alcides Arguedas (1879-1946), una de las figuras más destacadas del conjunto de la intelectualidad boliviana de principios del siglo XX. Estas dos obras, que contienen la esencia del pensamiento ideológico- político de su autor, no sólo reflejan la fuerte influencia que el escritor recibió del contexto socio-político y cultural de su propia época, sino también el importante papel que desempeñó como figura intelectual dentro de un momento histórico irrepetible, el que corresponde a los orígenes del proceso de formación de la identidad nacional boliviana. En otras palabras, estas dos obras testimonian el hecho de que con ellas Alcides Arguedas pretendió despertar una parte importante de la conciencia nacional boliviana para, una vez reactivada, insertarla dentro de un proceso de imparable creación y cuestionamiento identitario.

Mediante la realización de un análisis y estudio comparativo de algunos aspectos ideológicos presentes en Pueblo enfermo y Raza de bronce, el presente ensayo se propone vislumbrar, definir y desentrañar las principales líneas de actuación, corrientes ideológicas y elementos políticos y culturales que han influido en los orígenes del proceso de formación de la moderna identidad nacional boliviana. En otras palabras, el propósito es obtener algunas de las claves esenciales con las que simplificar la compleja encrucijada política y social que caracteriza el despertar de la realidad “nacional” boliviana.

Para llevar a buen término nuestro objetivo, debemos remontarnos al último cuarto del siglo XIX, periodo correspondiente a la etapa de formación y desarrollo del pensamiento ideológico de Alcides Arguedas, ya que en ese momento ocurrió un catastrófico acontecimiento con negativas repercusiones para Bolivia que es esencial para la comprensión de toda la literatura del periodo: el conflicto bélico bautizado con el nombre Guerra del Pacífico (1879-1883). En dicho conflicto, tal y como Lorente Medina señala, se enfrentaron “Chile, de una parte, y Perú y Bolivia, de otra, con funestos resultados para los países aliados” (426). Verdaderamente, en el caso concreto de Bolivia, la Guerra del Pacífico implicó su primera gran derrota territorial frente a Chile al perder el acceso a los puertos del oceano pacífico. No obstante, una vez terminada la guerra y como consecuencia directa de ella, Bolivia adoptó un nuevo giro político e intelectual que supondría una nueva dirección para el futuro del país.

En realidad, fueron el fracaso de la guerra, la pérdida territorial sufrida como consecuencia de ella, así como la aparición de diferentes opiniones en el momento de decidir cómo encauzar la dirección o “conducta que debía seguir el país” (Francovich 9), los principales condicionantes de la aparición de una “crisis general cuyos efectos psicológicos se dejaron sentir de forma inmediata colectivamente” (Lorente Medina 426) en la rápida aparición de “un nacionalismo exacerbado” (Lorente Medina 426). Y, sin duda, fue dicho nacionalismo el que provocó el rápido despertar de cierto sentimiento de adhesión a la nación, de cierto sentimiento de pertenencia a la identidad nacional boliviana, que ya, por aquel entonces, empezaba a entenderse como algo “completo y dividido, único y múltiple, complejo” (Goloboff 5) que necesitaba ser elaborado con carácter urgente. No obstante, el hecho de que, después de la guerra, el país quedara dividido en dos partidos o bandos políticos prácticamente irreconciliables, el partido liberal y el constitucional o conservador, fue la causa fundamental de que, a partir de ese momento, se defendieran y adoptaran posturas y puntos de vista muy distintos a la hora de intentar ahondar y buscar solución “a los problemas permanentes del país” (Francovich 9) y de encauzar “las actividades políticas” (Francovich 9) de las que venimos hablando. Así, a grandes rasgos, los aspectos más significativos del ambiente dominante a lo largo del periodo de posguerra fueron: la necesidad de controlar “el ambiente político en desorden” (Raat 12) y la inminente necesidad de que cada uno de los dos partidos o bandos políticos internos, en que el país quedó dividido después de la guerra, idearan un arma de combate que les permitiera llegar a derrotar al contrario.

En concreto, fue uno de estos partidos, el liberal, que inició su ascenso al poder después de la guerra, el que trató de incorporar, desde el principio, en palabras de Sanjinés: la esencia del “arsenal ideológico” (60) que el recién importado “positivismo le brindó […] para explicar la derrota” (60) sufrida frente a Chile. En otras palabras, una vez terminada la contienda bélica, los directores intelectuales del partido liberal fueron, gracias a su ventajosa posición de poder, los primeros en analizar la difícil situación por la que estaba atravesando su país. Después de una evaluación inicial, trataron de buscar soluciones adecuadas con las que se pudiera llegar a mejorar la dura realidad nacional y el estado de crisis originado a partir de la drástica derrota sufrida en la guerra. En concreto, los militantes del partido liberal boliviano adoptaron el clásico eslogan de “orden y progreso”, con el que, por aquel entonces, se identificaba y presentaba la doctrina positivista europea porque, en general, aquello que esta doctrina promulgaba y defendía “se presentaba a la mente popular como opuesto a la religión tradicional y a las fuerzas reaccionarias apoyadas por la Iglesia” (Raat 13). En cierta manera, gracias al apoyo que recibió por parte del partido liberal boliviano, el positivismo, no sólo entró fácilmente y se desarrolló y difundió de una manera rápida y eficaz por el territorio boliviano, sino que también se adaptó a una nueva realidad nacional sin encontrar grandes problemas posiblemente gracias a la aparición de un clima propicio de carácter político e intelectual promovido con antelación por ellos mismos.

Desde un principio, los militantes del bando conservador no recibieron con agrado la llegada del positivismo, no sólo por ser el instrumento de lucha adoptado por sus enemigos en el terreno político, sino también porque no compartían la filosofía que se sobreentendía y desprendía de su famoso eslogan “orden y progreso”, ya que básicamente muchos de ellos eran defensores a ultranza de un exacerbado catolicismo que no “se ajustaba a las nuevas ideas científicas y filosóficas, cuyo libre intercambio combatía con el escolasticismo ortodoxo” (Raat 13). No obstante, esto formaba parte exclusiva de la teoría, ya que en la práctica, el lema positivista terminó también siendo considerado como algo interesante y útil en manos de los conservadores una vez que descubrieron que la nueva corriente ideológica de origen europeo era el nuevo esquema que respondía a las necesidades de la nueva realidad económica de un mundo cada vez más industrializado. Sin duda, éste fue el ambiente económico y político que verdaderamente propició la fácil entrada y rápida adaptación del positivismo a la realidad boliviana y, posiblemente, por esa razón, “su repercusión llegó sólo a los medios universitarios, en abstractos esquemas teóricos, que no alcanzaron a influir en el comportamiento del pueblo (Gómez-Martínez 76). Es decir, a nivel político y económico, la defensa del “orden” seguía buscando el mantenimiento de privilegios, según la manera tradicional, y, consecuentemente, se siguió haciendo uso del ejército para sofocar cualquier protesta o levantamiento indio o laboral. Por ello, tampoco en este momento, ninguno de los políticos llegó a percibir que la modernización y “progreso” de su país dependía de la modernización y progreso de la mayoría de su población india (Francovich 19; Gómez-Martínez 74). Ahora bien, aunque la situación no cambiara política y económicamente hablando, después de la llegada del positivismo, es posible afirmar que su recepción fue decisiva para despertar y reactivar la dormida identidad nacional boliviana. Por eso, aunque

el efecto inmediato del positivismo en el pueblo fue nulo y su repercusión en la clase dirigente sirvió únicamente para reforzar su mentalidad colonialista, motivó en una minoría intelectual, la marcha metódica hacia una comprensión de lo boliviano. Se comenzó a estudiar la propia realidad en un principio desde fuera, desde el punto de vista del europeo, pero aun en estos casos era Bolivia el objeto de estudio (Gómez-Martínez 76-7).

De esta forma, nótese, a partir de lo establecido hasta el momento, que, desde un primer momento, el positivismo filosófico fue manipulado por aquellos grupos sociales y políticos que tenían “pretensiones políticas precisas” (Zea 29). En otras palabras, fue utilizado como el arma de combate “puesta al servicio de un determinado grupo político y social en contra de otros grupos” (Zea 28) o partidos políticos en su enfrentamiento a lo largo del conflictivo proceso de creación de la identidad nacional boliviana. También, a modo informativo, es importante destacar que el positivismo fue bien recibido no sólo en Bolivia, sino también en la mayor parte de países latinoamericanos. En realidad, prácticamente “ningún país escapó a su influjo” (Ardao 67) ya que, sin duda, la mayor parte de los contenidos teóricos que planteaba entronizaban, en mayor o menor medida, con las necesidades históricas por las que, en aquel preciso momento, estaban atravesando cada una de las nuevas y distintas nacionalidades americanas en formación. En el caso concreto de Bolivia, hemos visto cómo el hecho de que las élites intelectuales de diferente ideología política se enfrentaran con la intención de defender e imponer sus diferentes posturas en relación con el futuro ideológico que debía seguir el país y con su pertinente proceso de definición de la identidad nacional a lo largo del conflictivo y problemático ambiente de posguerra fue decisivo para la rápida implantación del positivismo. Es decir, adscrito desde sus orígenes al partido liberal, el positivismo terminó “imponiéndose en los círculos oficiales y su influencia se hizo sentir vigorosamente en la acción gubernativa aportando un aliento progresista [y] la justificación teórica para muchas de las reformas y planes de reorganización que se adoptaron entonces en el país” (Ardao 17).

Sin duda, como es de esperar, el positivismo también ejerció cierta influencia en la formación y configuración del pensamiento político y filosófico de Alcides Arguedas. El desarrollo intelectual de este escritor boliviano se vio enriquecido gracias a los numerosos viajes que, en aquel momento, finales del siglo XIX y principios del XX, no sólo él, sino también numerosos intelectuales y escritores latinoamericanos, realizaron a Europa con la intención, primero, de conocer las corrientes políticas, literarias y filosóficas que, por aquel entonces, predominaban en el viejo continente y, segundo, adaptarlas a sus respectivos países de origen. En general, la gran mayoría se impregnó de los métodos de denuncia social que los escritores de países como Francia y España estaban exponiendo y desarrollando en la mayor parte de sus obras. El método empleado por estos escritores se basaba en la objetividad y el más estricto rigor en la observación de su entorno para realizar un estudio crítico de su geografía y su cuerpo político y social (Lorente-Medina 430). Por lo tanto, es patente que el estrecho contacto establecido entre la élite intelectual de ambos lados del Atlántico, permitió a la mayor parte de los pensadores, tanto de Bolivia (donde cabe mencionar no sólo a Alcides Arguedas, sino también a Franz Tamayo, Ignacio Prudencio Bustillo y Gustavo A. Navarro, entre otros) como del resto de países latinoamericanos, conocer las pautas seguidas y establecidas por los intelectuales del viejo continente en cuestiones literarias e ideológicas (incluyendo el positivismo) y aplicar y modificar en la medida de lo necesario aquellas que mejor encajaban con su carácter o perfil ideológico en sus respectivos países de origen. La intención de todos ellos era la misma: imitar en sus escritos aquello que habían visto en Europa para tratar de regenerar su país o, tal y como Fernández señala: “para encontrar el camino que permitiese incorporarlo al grupo de naciones desarrolladas” (463).

En relación con lo establecido hasta ahora, si se analiza la producción literaria aparecida a finales del siglo XIX y principios del XX, tanto en el continente europeo como al otro lado del Atlántico, se observa que la mayoría de los títulos de las obras pertenecientes a estos años mantienen una correspondencia directa con los temas que plantean, así como con los contenidos que en ellas se desarrollan. Es decir, los títulos anunciaban que las obras tenían como función principal el planteamiento y análisis de los problemas existentes dentro de la sociedad. Algunas muestras de estas obras en el continente europeo son: Degeneración (1892) de Max Nordeau, Introducción al estudio de la Medicina experimental (1865) de Claude Bernard, El problema nacional (Hechos, causas, remedios) (1899) de Macías Picabea, Reconstrucción y europeización de España (1900) de Joaquín Costa y, por último, Psicología del pueblo español (1902) de Rafael Altamira. En lo que se refiere a la mayoría de países latinoamericanos, la situación no difería mucho. Al igual que en los países europeos, en los latinoamericanos se escribieron numerosas obras cuyos títulos eran ya un enunciado de sus tesis y conclusiones y en las que sus autores también adoptaron, de la misma manera que habían hecho los europeos, el papel de “sociólogos positivistas” (Francovich 45) para estudiar las enfermedades sociales o analizar “la patología social” (Francovich 45) de sus respectivos países, en particular, y de toda América Latina, en general. Entre ellos, son dignos de mención: El continente enfermo (1899) del colombiano César Zumeta, Nuestra América (1903) del argentino Carlos Octavio Bunge, El problema pedagógico en Bolivia (1910) de Bautista Saavedra y Pueblo enfermo (1909) de Alcides Arguedas.

En relación con el caso particular de este último escritor, cabe destacar que además de ser uno de los pensadores que más se expuso a la cultura europea gracias a los numerosos viajes que realizó al viejo continente, también recibió influencias notables de las numerosas obras escritas por sus coetáneos autores latinoamericanos, que, tal y como hemos visto, también contenían cierta influencia e inspiración europea. Estos dos aspectos representan un importante papel en su futura producción literaria hasta el punto de convertirse en “uno de los sustentos ideológicos de su obra futura” (Lastra 214). De este modo, en la obra de Alcides Arguedas están presentes: por un lado, los contenidos filosófico-positivistas que se adaptaron en Bolivia para tratar de buscar soluciones al estado de caos y crisis en que se encontraba la identidad nacional boliviana y, por otro lado y como complemento de lo anterior, el intento de la descripción analítica de la realidad que, por aquel entonces, se estaba realizando a ambos lados del Atlántico. Ambos aspectos se encuentran especialmente contenidos en Pueblo enfermo y Raza de bronce, que son el fruto más directo de las mencionadas influencias. En relación con estas dos obras, es necesario mencionar que:

la relación entre los textos es de tal manera estrecha, que se presenta como un caso notable de intertextualidad refleja, en el sentido de la autofundamentación interna y de los comentarios o ilustraciones que van de uno a otro. Por lo demás, es natural que así ocurra, si se atiende a la obra de un autor como al corpus unitario que finalmente conforma y en el que se descubre a menudo que la empresa total ha sido el tratamiento de unos pocos temas con variaciones, y a veces de uno solo. El tema de Alcides Arguedas fue la averiguación de su realidad nacional (Lastra 214).

Es decir, el estudio en paralelo de las dos obras es fundamental para llegar a comprender con mayor detalle, no sólo los ya mencionados componentes esenciales del pensamiento de su autor, sino también la grave problemática por la que atravesaba la realidad nacional boliviana durante el primer cuarto del siglo XX. Por lo tanto, en relación a Pueblo enfermo y Raza de bronce, es importante destacar de nuevo que, aunque cada una pertenece a un género literario bien distinto, existe una relación estrecha entre ellas en términos de contenido y metodología, ya que la problemática y la mayor parte de los aspectos que las dos plantean y desarrollan son, prácticamente, los mismos. En otras palabras, “pese a las diferencias obvias de tipo genérico en la construcción, las dos obras emplean una metodología que implica un mismo afán de documentar una realidad” (Rose-Green 90), la realidad nacional boliviana.

De esta forma, a través del análisis y búsqueda de conexiones entre estas dos manifestaciones literarias de Alcides Arguedas se puede llegar a vislumbrar parte del proyecto ideológico-político del autor, así como del rol que el escritor desarrolló dentro de su época. En otras palabras, el claro y sintomático análisis y relación de la problemática situación de la realidad nacional que el autor nos presenta en estas dos obras nos informa del grado de contribución y del papel que el escritor pudo desempeñar en el conflictivo e intrincado proceso de formación de la identidad nacional boliviana. Hemos visto cómo por aquel entonces el papel del escritor consistía básicamente en detectar los males más significativos de la sociedad y representarlos con cierto toque determinista (en estrecha relación con las tendencias ideológicas europeas). Por ello, Pueblo enfermo y Raza de bronce son inseparables del particular momento histórico en que fueron escritas y, consecuentemente, de la estrecha relación escritor-sociólogo tan característica de aquella época, así como de la influencia filosófica de base positivista, con cierto toque pedagógico y moral que en ellas predomina.

En relación con este último aspecto, tal y como Francovich señala: “predominaba en los espíritus positivistas, finalmente, el sentido de la información, la necesidad del conocimiento científico” (21) con la intención de que “Bolivia se conociera a sí misma, para profundizar en su propia realidad […]” (33). Así pues, diferentes escritores, pertenecientes al grupo de Alcides Arguedas, entre los que destacan los ya mencionados Juan Tamayo, Ignacio Prudencio Bustillo y Gustavo A. Navarro, intentaron o, mejor dicho, sintieron la obligación de analizar sus respectivos países para diagnosticar de manera global los problemas nacionales de la época y, a partir de ahí, comenzar a buscar sus posibles soluciones. Sin duda, en todos sus escritos, estos autores mantienen un espíritu tanto de desilusión, probablemente provocado por el pesimismo con el que parten (en realidad, su espíritu no podía ser otro, si tenemos en cuenta el difícil estado de crisis que les tocó vivir) como de crítica en contra de aquellos males que “crecían en el país con una virulencia patológica [y] angustiante” (Francovich 42). Alcides Arguedas no se queda atrás, puesto que también mantiene en sus dos obras el duro tono de protesta que le dictaba “su espíritu angustiado por el espectáculo que le ofrecía la vida nacional” (Francovich 43) que, sin duda, estaba relacionado con la dramática situación de sometimiento a sus superiores en la que vivía la mayoría de la población indígena. Esta situación de cruel esclavitud, que está representada tanto en Pueblo enfermo como en Raza de bronce, se veía agravada a su vez por el terrible y agreste marco geográfico en que se desarrollaba. La intención final de la presencia de este marco cruel en las dos obras es la de “demostrar la influencia determinista del medio ambiente en la vida del hombre que tiene que someterse a la fuerza implacable de una naturaleza hostil” (Rose-Green 92).

En otras palabras, la función principal de la aparición constante de este fiero marco natural es demostrar que éste también era un constituyente importante de la identidad nacional boliviana. En el caso particular de Pueblo enfermo, este supuesto y fatal determinismo del medio ambiente sobre la vida del hombre boliviano, que impide y condiciona drásticamente el desarrollo del país, aparece representado a través de toda una gama de ilustrativos ejemplos extraídos directamente de la observación directa de la realidad. Uno de ellos es el siguiente:

todo es primitivo, agreste y salvaje. En los jocundos valles de los alrededores de Sucre, Cochabamba y La Paz, vense peregrinar grupos de indios viajeros en pos de sus caravanas por las playas desiertas y acribilladas de recio pedrusco, buscando un paso por donde vadear las corrientes tumultuosas de los torrentes convertidos en cataratas. Escogen el sitio en que, si no divididas por lo menos se desparraman en grande extensión las aguas y las atraviesan sosteniendo a los borricos cargados de frutas o combustible. Muchas veces se equivocan en calcular la fuerza del caudal y pagan caro su equívoco. Arrástralos la corriente y los arroja un centenar de metros más abajo con algunos miembros rotos, si no ya cadáveres (23).

En lo que se refiere al marco geográfico de Raza de bronce, se puede observar cómo en el tratamiento de éste también se considera el aspecto determinista. Es decir, en esta obra el agreste medio natural es analizado como algo muy superior al ser humano y tremendamente peligroso, que condiciona la existencia y el trabajo diario del hombre. Así lo refleja el siguiente fragmento de la obra:

El río es traicionero, veleidoso, implacable. Hay que arrojarlo palmo a palmo, sin reposo ni desfallecimiento. Hoy corre por aquí, socava el terreno y le derrumba. En vano se ponen muros a su veloz corriente; vanamente se construyen a fuerza de paciencia y dinero esas grandes albergadas de troncos y asentadas con piedra acumulada en largos días de trabajo porfiado; de pronto se encapricha, toma nuevo rumbo, y las deja en seco, para mostrarse allí donde no existen, cuando no las ataca por detrás, para cargárselas con toda su complicada trabazón, después de haberlas despojado de su armadura de piedra. […] Toda la existencia no era sino una perpetua lucha con él. Lucha tenaz, porfiada, perenne, eterna. . . ¡pero él siempre triunfante, siempre devastador, siempre terrible! (40).

Por lo tanto, para Alcides Arguedas, el principal elemento, que dificulta e impide el desarrollo y progreso de la vida y del país boliviano, parece ser el enorme poder y la gran fuerza que posee la agreste y malvada naturaleza. Claramente, este escritor demuestra, a partir de sus dos manifestaciones literarias, Pueblo enfermo y Raza de bronce, que cualquier acción del hombre que involucre la naturaleza con la intención de modificar su curso natural “se presenta como una lucha inacabable, en la que todo es tensión, conflicto y violencia y en la que toda posibilidad […] está condenada al fracaso” (Sanjinés 69), debido a la relación de “fatalismo casi mecánico [que existe] entre hombre y medio ambiente” (Sanjinés 61). Este fatalismo, que no puede pasarse por alto, termina convirtiéndose en uno de los componentes esenciales y moldeadores de la identidad nacional boliviana. Esto nos permite concluir que posiblemente a Alcides Arguedas “la naturaleza le interesó como escenario del drama humano” (Francovich 43) para, a partir de ella, primero, definir uno de los componentes básicos y esenciales de la identidad nacional boliviana y, segundo, concienciarnos de la importancia de la existencia del ser humano que se mueve dentro de este marco natural, la numerosísima población indígena, que es, sin duda, otro de los componentes esenciales de la identidad de la que venimos hablando. De esta forma, la insistente y repetida presencia de la naturaleza y el elemento indígena en las dos obras nos permite concluir, tal y como Cornejo Polar ha señalado, que también:

Raza de bronce […] fue pensada como una obra destinada a ingresar abiertamente en el debate nacional sobre la vida social boliviana. […] Sus significados coinciden, Raza de bronce es algo así como la continuación en forma novelesca de Pueblo enfermo (547).

Por lo tanto, el hecho de que estas dos obras se inserten dentro del “debate nacional” de la época las permite compartir la misma temática y también la misma forma y técnicas para expresarla. La consideración de este aspecto es sumamente importante puesto que a través de él se consigue superar el tradicional y exclusivo rol de sociólogo con el que hasta ahora se ha catalogado a Alcides Arguedas y dar un paso más allá. Es decir, si, por un lado, el proyecto ideológico político de Alcides Arguedas, en consonancia con el resto de escritores de su época a ambos lados del Atlántico, parece estar destinado a la descripción y descubrimiento de los problemas que afectan a la sociedad de su época; por otro lado, también podría entenderse como un proyecto destinado a la realización de “un examen de conciencia” (Francovich 44), de un examen crítico, con la intención de que “Bolivia se analice a sí misma” (Francovich 41) tomando precisamente como punto de partida este audaz planteamiento de los problemas nacionales o de “las enfermedades sociales bolivianas” (Albarracín 479; Borello 112; Sanjinés 71) considerado hasta el momento. De esta forma, se puede afirmar que aunque las obras representan:

una de las críticas más despiadadas de la vida boliviana y en tal sentido tuvieron una extraordinaria significación, sus investigaciones estaban consagradas a la historia y a la sociología, no era el conocimiento puro de la realidad social lo que él buscaba en ellas, sino la oportunidad para exteriorizar la protesta de su espíritu angustiado por el espectáculo que le ofrecía la vida nacional (Francovich 43-44).

Además, es importante destacar que la postura tremendamente persistente y obstinada que Alcides Arguedas mantuvo en relación con este tema, permitió, tanto filosófica como políticamente hablando, ir “desmantelando posiciones y abriendo camino a las ideas que en la segunda mitad del siglo adquieren un indiscutible predominio” (Francovich 41). Sin duda, se puede afirmar que la contribución más importante en el caso de Alcides Arguedas es que consiguió despertar y reactivar una parte importante de la dormida conciencia nacional a través de sus obras. En otras palabras, cuando todos trataban de olvidar cuál era la verdadera esencia de lo nacional, Arguedas la redescubrió y luchó por recuperarla al percibir que aquello que realmente configuraba la verdadera identidad de Bolivia era su elevado porcentaje de población indígena. Sin duda, para este autor, el aspecto más importante y característico de Bolivia era el hecho de que se trataba de un país eminentemente indio. Este dato justificaría el concreto y particular significado de la aparición de este grupo social no sólo en Pueblo enfermo y Raza de bronce, sino también en todo el conjunto de su obra literaria. En realidad, en cuanto a los problemas que caracterizaban a la realidad boliviana, sin duda, la figura y situación del indio eran parte esencial de ellos.

En el caso particular de Pueblo enfermo y Raza de bronce, se describe de una manera especial la subordinación de los indios a las ambiciones y apetitos personales de sus hacendados. Francamente, al hacer un recorrido desde los orígenes del liberalismo y los años en que se escribieron Pueblo enfermo y Raza de bronce, se aprecia que a lo largo de todo este periodo la situación vivida por el indio fue prácticamente la misma. Todos estaban sometidos a leyes tutelares y principios políticos que habían sido creados durante el periodo liberalista bajo el lema de “orden y progreso” con la intención de protegerlos e incorporarlos a la civilización. Y, sin embargo, hemos visto que tales leyes y principios no eran sino “la máscara con que se disfrazaban los intereses subalternos de los grupos o individuos” (Francovich 47) que estaban en el poder.

En realidad, entre las clases dirigentes siempre predominó la opinión de que el indio era prácticamente una rémora social. Un poco más tarde, a principios del siglo XX, la postura política hacia el indio cambió levemente con una tendencia clara a su comparación con el europeo. Europa, tal y como se ha demostrado anteriormente, en el caso de los escritores y corrientes literarias, constituía un símbolo de perfección. El ideal era entonces sustituir al indio con hombres de sangre europea (raza blanca) de la misma manera que lo estaban haciendo Argentina, Chile y Brasil, entre otros. No obstante, en el caso concreto de Bolivia, a pesar de que se establecieron multitud de medidas políticas para atraer la inmigración, no se consiguió que una corriente inmigratoria significativa llegara al país, sino todo lo contrario: “la población indígena, lejos de desaparecer, se desenvolvió siguiendo sus índices normales de crecimiento” (Francovich 115). Por lo tanto, en el momento en que Alcides Arguedas escribió sus obras, el creciente número de población indígena demandaba su consideración como parte íntegra e inseparable de la realidad nacional boliviana. En otras palabras, Bolivia comenzó a comprender que el indio era el verdadero cimiento biológico de la nacionalidad y del carácter nacional (Rose-Green 89; Francovich 116).

Por ello, uno de sus representantes, Alcides Arguedas argumentó a su favor, en lugar de ocultar su presencia e importancia, la descubrió y revalorizó en Pueblo enfermo y Raza de bronce mediante la introducción de una descripción detallada de su cultura y comportamiento, pero especialmente a través de la descripción y denuncia de la drástica situación de explotación en la que todos vivían. Es interesante destacar que, a partir de Alcides Arguedas, el indio comenzó a reaparecer nuevamente en todas las manifestaciones intelectuales del pensamiento boliviano (Francovich 116). En realidad, Alcides Arguedas, no sólo introdujo la figura y la dura situación vivida por el indio dentro de sus obras, sino que también las trató de tal manera que hoy nos permite considerarlas como:

el motor de arranque del inicio de la novela indigenista (que muestra a los indígenas tal como el mismo creía que eran): hombres determinados por una difícil existencia en lucha constante contra un clima y una tierra excepcionalmente duros, una organización social jerárquica, racista e injusta, y una estructura económica heredada llena de favoritismos esclavizantes (Borello 113).

Así, en estrecha relación a estos aspectos, de Pueblo enfermo y Raza de bronce no sólo nos interesa la aparición o reaparición del indígena, grupo social más numeroso de Bolivia, dominado por la poderosa fuerza de la naturaleza, sino que también nos interesa su situación de padecimiento por el influjo de una estructura o situación político-social extremadamente injusta y escalonada. El indio ocupaba el escalón más bajo de esta estructura y como consecuencia sufría una terrible existencia caracterizada por una situación de brutal sometimiento a sus jefes, los dueños de la tierra. En relación con todo lo establecido hasta el momento, es importante destacar que, en las obras de Alcides Arguedas, el indio no representa un obstáculo para el buen desarrollo de la nación boliviana, sino todo lo contrario. En realidad, para este autor el progreso de la nación debe producirse a partir del indio, grupo étnico más representativo de Bolivia, y, si no se produce es debido al estado de fatídico control y papel protagónico que la hostil y poderosa naturaleza ejerce sobre la vida de éste, por la impotencia e incapacidad de este último para terminar con este control y, especialmente, por esta situación de opresión, engaño y explotación que ha sufrido históricamente como consecuencia del sometimiento a sus superiores. Una combinación de todos estos aspectos aparece en el siguiente fragmento de Pueblo enfermo en que el autor describe la situación padecida por el indio durante la guerra del Chaco:

El indio no tuvo a nadie y fue simplemente a pelear sin fe ni convicción ya no sólo contra el enemigo hombre, sino contra las fuerzas hostiles de la naturaleza., siempre invencibles. Peleó con bravura y heroicamente […], pero cuando vio […] que los jefes holgaban, se divertían y se embriagaban a más de 200 kilómetros, a veces, de las trincheras, […] alzó los brazos con gesto suplicante para rendirse como rebaño temblante que se ve abandonado por los mastines vigilantes […]. De ahí la abundancia de prisioneros que cogió el Paraguay que no se debió tanto a su coraje […] como a la ineptitud, la incapacidad y la corrupción de muchos jefes y conductores […] que hoy, pasada la guerra, han ido a ocupar grandes situaciones dentro y fuera del país […]. Y fue el indio, el pobre indio, el paria, el explotado, el que nunca pide nada para sí, quien soportó, hasta el último, casi todo el peso de la campaña (65-6).

La injusta explotación a la que el indio se ve sometido vuelve a reaparecer aún con más fuerza en Raza de bronce y posiblemente ésta es la razón principal por la que esta ficción “figura entre las más notables producciones de la literatura latinoamericana como precursora del género indigenista” (Francovich 46). A continuación aparece uno de los innumerables casos y ejemplos de explotación que la novela contiene:

Ellos, los amos, por economizar unos céntimos y poner a prueba su mansedumbre, urdían ardides para hacerles caer en faltas, y luego, por castigo, enviarlos a esas regiones malditas, donde atrapaban dolencias a veces incurables, sin recibir ninguna recompensa y más bien utilizando sus bestias, que a raíz de cada viaje resultaban enfermas por meses de meses, y a veces definitivamente (91).

Continuando con Raza de bronce, otro ejemplo de la misma e injusta explotación padecida por el indio, de la crueldad con la que se le trataba, así como de la negativa concepción y falta de estima de los terratenientes hacia él, aparece en la detallada descripción que Alcides Arguedas realizó de uno de estos señores terratenientes, don Pablo Pantoja. Rose-Green ha destacado que las principales intenciones de Alcides Arguedas eran mostrarlo como “un hombre avaro que [actuaba de manera] brutal, como su padre, con el indio” (93). El fragmento de Raza de bronce al que Rose-Green alude es el siguiente:

Don Pablo Pantoja era un mozo como de treinta años de edad, alto, moreno, y de recia contextura. De sus padres había heredado un profundo menosprecio por los indios, a quienes miraban con la natural indiferencia con que se miran las piedras de un camino, los saltos de agua de un torrente o el vuelo de una ave. Quizás más, porque los sufrimientos de una bestia pudieran despertar eco de compasión en su alma; nunca los de un indio. El indio, para él, era menos que una cosa, y sólo servía para arar los campos, sembrar, recoger, transportar las cosechas en lomos de sus bestias a la ciudad, venderlas y entregarle el dinero […]. Creíanse en relación con los indios seres infinitamente superiores, de esencia distinta; y esto ingenuamente, por atavismo. Nunca se dieron el trabajo de meditar si el indio podía zafar de su condición de esclavo, instruirse, educarse y sobresalir. Le habían visto desde el regazo materno, miserable, humilde, solapado, pequeño, y creían que era ése su estado natural, que de él no podía ni debía emanciparse sin trastornar el orden de los factores, y que debía morir así (170).

A modo de conclusión, a partir de la lectura minuciosa del contenido no sólo de los breves fragmentos analizados a lo largo de este trabajo, sino de prácticamente todo el contenido de Pueblo enfermo y Raza de bronce, van desvelándose uno tras otro los diferentes pliegues que componen el discurso ideológico de Alcides Arguedas. Precisamente, partiendo de la consideración especial de uno de ellos, el aspecto crítico y analítico con que este autor “encara el mundo que le tocó vivir” (Sanjinés 55), se entiende, en primer lugar, el hecho de que el autor se viera obligado por las circunstancias a tener que incluir.en sus obras el análisis crítico de una realidad que básicamente se caracterizaba por el sufrimiento, la explotación y la opresión que la raza indígena padecía como consecuencia del sometimiento a los deseos de sus superiores. Y, en segundo lugar, se entiende también que, posiblemente, Alcides Arguedas representó y analizó críticamente la problemática situación por la que atravesaba la población indígena boliviana porque para él esta población era uno de los elementos y esenciales y vertebradores de la identidad nacional boliviana y como tal era un elemento que había que reconocer y aceptar.

Sin duda, las dos obras de Alcides Arguedas participaron activamente en el proceso de arranque, desarrollo y futura configuración de la conciencia nacional boliviana a lo largo del siglo XX. El grado de contribución del escritor al proceso fue tal que no sólo consiguió destacar la importancia de la numerosa presencia y participación de la población indígena en Bolivia, sino también despertar posteriormente una significativa y extensa reacción (Gómez Martínez 77) en el pensamiento boliviano, origen de nuevas y futuras meditaciones centradas en torno a la problemática de la explotación del indio. En otras palabras, posiblemente sin que el autor se lo propusiera de manera intencionada, la reacción inducida por la obra de Alcides Arguedas contribuyó de manera decisiva al desarrollo ulterior de la novela indigenista.

 

Obras citadas:

Albarracín, Juan. “Alcides Arguedas iniciador del indigenismo boliviano.” Alcides Arguedas: Raza de bronce. Wuata Wuara. Edición crítica Antonio Lorente Medina. Archivos: Madrid, 1988. 471-85

Alcides Arguedas. Pueblo enfermo. La Paz: Gisbert & Cía, 1975.

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Ardao, Arturo. Espiritualismo y positivismo en el Uruguay. México-Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1950.

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Fernández, Teodosio. “Arguedas en su contexto histórico. El regeneracionismo español.” Alcides Arguedas: Raza de bronce. Wuata Wuara. Edición crítica Antonio Lorente Medina. Archivos: Madrid, 1988. 455-70.

Francovich, Guillermo. El pensamiento boliviano en el siglo XX. México: Fondo de Cultura Económica, 1956.

Goloboff, Gerardo Mario. “Elementos para un balance del indigenismo.” Cuadernos Hispanoamericanos 417 (Mar 1985): 5-10.

Gómez Martínez, José Luis. “Bolivia: 1900-1932: Hacia una toma de conciencia.” Revista Iberoamericana 52. 134 (Ene-Mar 1986): 75-92.

Lastra, Pedro. “Sobre Alcides Arguedas.” Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 6.12. (1980): 213-23.

Lorente-Medina, Antonio. “Raza de bronce en la encrucijada biográfica de Alcides Arguedas”. Alcides Arguedas: Raza de bronce. Wuata Wuara. Edición crítica Antonio Lorente Medina. Archivos: Madrid, 1988. 455-70.

Raat, William D. El positivismo durante el porfiriato. México: Sep-Setentas, 1975.

Rose-Green, Claudette. “Correspondencias y divergencias entre Raza de Bronce y Pueblo Enfermo.” Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 13-25 (Ene-Jun 1987): 89-95.

Sanjinés C. “El control del ´ficcional´ en Alcides Arguedas y Euclides da Cunha.” Revista Iberoamericana 52. 134 (Ene-Mar 1986): 53-74.

Zea, Leopoldo. El positivismo en México: nacimiento, apogeo y decadencia. México: Fondo de Cultura Económica, 1968.

 

© Marta Manrique Gómez 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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