Mercedes Salisachs habla de Reflejos de Luna

Antonio Ayuso Pérez


 

   
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La decana de nuestras escritoras, Mercedes Salisachs, de casi noventa años de edad, nos ha sorprendido este año con la publicación de uno de los libros más bonitos y personales de su ya dilatada trayectoria, Reflejos de Luna. Una historia de amor desmenuzada en una correspondencia extraviada es su línea argumental. Pero, de acuerdo con su concepción sobre la novela, por la cual el argumento es “el rodrigón de la idea” que se quiere transmitir, el lector encontrará además reflexiones sobre temas de gran calado hoy: la triste situación de los países más pobres en contraste con su riqueza natural; la diferencia entre dos conceptos tan dispares como los de enamoramiento y amor; el paso del tiempo y los achaques de la vejez; o incluso la situación de la mujer española en la historia más reciente de nuestro país.

De estos temas de Reflejos de Luna, sus preocupaciones literarias y vitales, o su carrera, nos ha hablado Mercedes Salisachs. Ella, además de escribir novelas, ha cultivado, hasta fecha muy reciente, los géneros literarios del cuento, el ensayo y el articulismo. Por eso, hemos creído pertinente preguntarle acerca de los tres, pues, prácticamente, nunca se le inquiere sobre esta faceta de su obra, a la que ha dedicado también muchos años de su vida.

Como los problemas de salud de la autora han impedido que nos encontráramos en persona para desarrollar la entrevista, ha tenido que ser el correo postal el modo por el que nos ha llegado su reconocible voz -en verdad que tiene una de esas voces que no se olvidan-. Sin duda, así lo comprobará el lector en el acento personal, la decisión y, a un tiempo, dulzura que siempre caracterizan sus palabras.

Le estoy por ello, personalmente, muy agradecido. Porque, a pesar de su delicada salud en los últimos meses, no ha declinado contestar a la entrevista, antes bien, ha tenido la amabilidad de escribir las respuestas, cuando se encontraba mejor. Parece que, afortunadamente, poco a poco se recobra. Yo así lo espero, de todo corazón, por ella, su familia y todos sus lectores, de los que sé a ciencia cierta que somos muchos.

 

P. Su última obra es Reflejos de luna. En ella trata la historia de amor entre un hombre y una mujer a lo largo de sus vidas. La historia de un amor imposible aparece en algunas de sus obras, ¿a qué cree usted que es debido?

R. Probablemente se debe a que, a lo largo de mi vida, he comprobado que mucha gente ha mantenido el recuerdo de un amor no logrado, como el verdadero amor de su vida.

P. El tema del amor que aparece en su obra, ¿es “reflejo de ese camino que ha de llevarnos a la Gloria”, como escribió hace años en El autor enjuicia su obra?

R. Sí. Creo que el Verdadero Amor lo experimentaremos en toda su plenitud, más allá de lo que llamamos vida. Es decir, cuando Dios nos acoja totalmente purificados.

P. ¿Es ésta la razón por la que algunos de sus personajes literarios nunca culminan su amor en la tierra, sino que se quedan en espera de hacerlo en la otra vida? Y pienso en su última novela o en otras anteriores como Desde la dimensión intermedia.

R. Probablemente. Salvo en algunos casos aislados el hombre, con su carga de imperfecciones, nunca puede culminar un amor feliz hasta que alcanza la Eternidad. En la tierra todo es bamboleante, inseguro y proclive a dejarse dominar por pequeñeces, que según nuestros estados de ánimo pueden destruir nuestros mejores propósitos.

P. ¿Este amor, que usted metaforiza en la imagen del reflejo de una luz, es lo que saca en el hombre sus mejores acciones?

R. Sin esa Luz (que en la tierra sólo podemos captar levemente pero que, por infinidad de motivos, podemos considerar pequeños avances del inmenso amor de Dios) las mejores acciones del hombre no tendrían sentido. Es esa Luz lo que logró heroísmos casi inexplicables no sólo en la actualidad, sino a lo largo de la historia. Sin ella nada tendría sentido.

P. En esta novela trata la distinción entre el amor y el enamoramiento, ¿qué diferencia hay entre los dos?

R. El enamoramiento (producto de un extraño mecanismo que transforma nuestra existencia sin saber por qué y que nos invade de intenso placer sobrecargado de egoísmo) suele ser tan breve y tan poco sólido, como el fuego de una cerilla. En cambio el verdadero amor, (siempre basado en la generosidad y dispuesto a dar antes que recibir) aunque no produzca el placer que el enamoramiento ofrece, puede conseguir la única felicidad que los seres humanos somos capaces de experimentar en la tierra sin verse destruida por fisuras egoístas: La Paz.

P. El papel de la mujer en la historia más reciente de nuestro país aparece materializado en la protagonista femenina de la novela. Quisiera saber si, en su opinión, la mujer ha estado relegada en la España de Franco y si, personalmente, usted ha sufrido esta postergación, al no estar bien considerado que una mujer y de su posición se dedicara a la literatura.

R. Más que relegada, la mujer en mi juventud, era un producto social de segunda: Alguien que difícilmente podía tener derecho a ser escuchado.

En cuanto a su posición social ciertamente se tenía muy en cuenta. Por ello cuando empecé a publicar obras (mal consideradas masculinas) hubo reacciones adversas en el ambiente social al que yo pertenecía y por supuesto también hubo reacciones desfavorables en los ambientes intelectuales por considerar que mi forma de escribir constituía una intrusión en un ambiente que no me correspondía y que yo aprovechaba para poder destacar y parecer “distinta”.

P. Acerca de la novela femenina, de la que se habla mucho actualmente, ¿piensa usted que la mujer escribe de un modo distinto al hombre?

R. No creo que la verdadera literatura sea producto del sexo del que escribe. Escribir bien o mal depende de la mente. Tampoco creo en la influencia sexista entre los políticos.

En cuanto al sexo del escritor, nada tiene que ver con el seso que rige sus trabajos. Sin embargo todavía existen sectores algo machistas que consideran que la X femenina carece de S. Por eso las Academias, los grandes premios literarios y las alabanzas públicas, suelen tener más nombres masculinos que femeninos.

P. Sobre la estructura narrativa de su última obra, los fragmentos de una correspondencia, ¿hay alguna razón concreta por la que haya querido presentar de esta manera tan original la historia?

R. Si no me hubiese limitado a fragmentar los relatos de Reflejos de Luna, mi novela hubiera sido más larga que la Biblia. Elegí ese sistema para ofrecer al lector los instantes precisos a fin de engancharlos desde las primeras páginas y procurar, al mismo tiempo, situarlos en los momentos cruciales de la historia general de los protagonistas, señalando las vicisitudes que no sólo fueron cambiando el mundo a lo largo de los años, sino procurando que los cambios mundiales se ajustaran, asimismo, a las vicisitudes que se plasman en la novela.

P. Una de las cosas que más me han gustado es que haya reflexionado sobre el paso del tiempo y los síntomas de la ancianidad. ¿Qué puede decirme sobre esto?

R. Que he podido describir todas esas anomalías porque soy muy vieja.

P. Paso ahora a preguntarle sobre su colaboración en prensa. Creo que lleva muchos años escribiendo para periódicos y revistas, ¿podría hacer usted memoria e indicarme, lo más exactamente que pueda, dónde y cuándo colaboró? Me interesa, sobre todo, sus colaboraciones más antiguas, pero también las que haya realizado últimamente.

R. Colaboré en mi juventud en La Vanguardia, en el Noticiero (diario de la noche) en Radio Nacional. En la Televisión recién estrenada. Más tarde, al margen de La Jirafa, colaboré en ABC, en El Mundo y en La Razón. Siempre a petición de los Directores de dichas entidades. No obstante, no era sólo artículos lo que hacía; incluso cuando iba de viaje a países de otro continente, había realizado algún reportaje.

También esporádicamente he publicado en varias revistas. Pero a petición de los redactores de Prensa. Nunca porque yo me impusiera.

Me resulta difícil señalar los títulos de mis artículos. Son muchos y muy diversos. Me hubiera gustado hacer una selección pero requiere bastante tiempo. Sólo lo haría si alguna Editorial me propusiera editar el conjunto de mis obras.

P. ¿A qué se debió que iniciara usted estas colaboraciones en la prensa?, ¿se lo pedían acaso los propios periódicos?

R. En efecto me lo pedían.

P. Tengo entendido que en prensa, paralelamente a la redacción de sus novelas y ensayos largos, publicó usted cuentos y artículos. Para usted, el periodismo en su modalidad de articulismo, ¿qué significa?, ¿es un ejercicio para adiestrarse en la escritura o acaso un acto de comunicación distinto de la literatura?

R. Los artículos me gustan. Son muy gratificantes. Los cuentos me fascinan. Pero los Editores de mi época no apostaban por los cuentos. Creo que se equivocaban. No obstante tengo tres tomos publicados y agotados de relatos breves. Algunos de ellos con Premio.

P. He encontrado colaboraciones suyas en varias publicaciones, entre ellas La Jirafa. Quisiera saber qué relación le unió con esta revista y qué es lo que recuerda de ella. En ella tenía una columna fija pero he visto que las críticas literarias venían firmadas por M. S. o sin rúbrica, ¿escribía usted también estas críticas? y ¿qué significa para usted este género de la crítica literaria?

R. La Jirafa fue una gran revista literaria en una época muy difícil. Su promotor fue Rafael Borrás. Yo le ayudé con trabajos todo lo que pude.

También autores destacados le ayudaron. Pero no hubo forma de que prosperara por falta de medios económicos.

En efecto; al margen de mi colaboración fija, me ocupaba de las críticas literarias. Actualmente las críticas han perdido interés. Entonces había críticos muy importantes. Hoy se escriben críticas sin rigor y sobre todo, muy influidas por las tendencias políticas.

P. En algunos de sus artículos habla sobre su cristianismo, ¿cree usted que aparece o le ha influido su obra narrativa y periodística?

R. Soy cristiana convencida y muy documentada. Lo lógico es que, aunque de un modo solapado (porque de lo contrario pocos leerían mis libros) siempre procuro transmitir mis creencias sin imponerlas. Según mis lectores, las novelas que escribo, les obligan a reflexionar. Eso es lo que yo más aprecio; que reflexionen.

P. Los otros temas de sus artículos, ¿de dónde los sacaba?, ¿sobre qué le gustaba escribir?

R. Generalmente escribía sobre las inquietudes del momento.

P. Sus artículos o los cuentos publicados en prensa, ¿le fueron determinados en cuanto a su extensión o en su temática?, ¿lo recuerda usted? Por ejemplo, le pedían relatos para Navidad o artículos de determinado número de palabras.

R. En cuanto a la técnica me dejaban elegirla. Pero casi siempre me pedían colaboraciones relacionadas con momentos puntuales. Lógicamente la extensión debía ceñirse a las necesidades de los periódicos o de las revistas.

P. ¿Por qué nunca ha pensado reunir sus artículos de prensa en un volumen?, ¿no está satisfecha con ellos?

R. Sí lo he pensado, pero ningún Editor me lo ha propuesto. Tal vez cuando me muera, algún Editor reaccione y decida revisar mi obra en su totalidad. Y eso en mi caso es una utopía. No tengo bastante categoría para merecer ese regalo.

P. En cuanto, a sus cuentos, tiene varios volúmenes, que no se han vuelto a reeditar, ¿está satisfecha de ellos?; ¿podría decirme qué ha significado para usted este género?; y si, como era al uso entonces, ¿tenían los suyos carga crítica y de denuncia?

R. Sí, estoy satisfecha. Pero una vez más todo depende de que algún Editor juzgue oportuno publicarlos.

Por supuesto todos mis escritos tienen un mensaje escondido en sus pequeños argumentos.

P. Hay varias preguntas de tipo más general que desearía hacerle ya para acabar. Tiene varias obras, según he podido comprobar, publicadas en los años cuarenta, e incluso creo que una obra de teatro estrenada, ¿por qué nunca se refiere a éstas?, ¿las ha descartado acaso?

R. Sí, las he descartado por malas. Entonces yo vivía inmersa en grandes dudas literarias. No era todavía una verdadera escritora. Era sólo una “vocación” flotante que aún no sabía escribir. Para colmo de males, yo era catalana y aunque nunca mi familia me habló en catalán, descubrí que mi castellano era muy deficiente. En Cataluña se habla muy mal el “español”. Los catalanes, cuando nos expresamos en castellano, traducimos del catalán convencidos de que la traducción es correcta. Pero no lo es.

Yo tuve la suerte de encontrar dos maestros que me enseñaron a pulir el idioma. Aprendí mucho de ellos. Hoy creo que he superado mis deficiencias lingüísticas. Pero cuando dudo, inmediatamente echo mano de los Diccionarios más importantes. No me fío de mí misma. Lo gracioso del caso es que sigue habiendo “correctores” catalanes que, acostumbrados a dar por válidos ciertos giros rutinarios, se han atrevido a corregir en mis libros, frases correctas que ellos juzgaban incorrectas por escucharlas tantas veces como válidas.

En el fondo escribir bien en Cataluña, viene a ser algo parecido a una hazaña.

P. Aunque ya sé que sus obras no tienen nada autobiográfico, la muerte de su hijo Miguel, ¿ha podido quedar reflejada de alguna manera en su obra? Pienso en El declive y la cuesta o Vendimia interrumpida. ¿No dice, usted, además, que siempre escribe para él?

R. Tiene razón “Vendimia interrumpida” fue una historia basada en un relato verídico que me contó mi hijo Miguel, poco antes de morir.

También influyó mi dolor de madre cuando escribí “El Declive y la Cuesta”. Asimismo la personalidad de mi hijo (no su historia) se refleja en mi novela “La estación de las hojas amarillas”.

Su personalidad siempre me influye. Era un ser excepcional. Cuando lo perdí, creí morir de pena.

Luego he dado gracias a Dios por habérselo llevado ¡Cuánto dolor se ha ahorrado!

Además, aunque yo lo supe muy tarde, los últimos tiempos de su vida, fueron ejemplares. Tenía 21 años cuando se fue.

P. ¿Cómo desea usted que la recuerden las futuras generaciones de lectores que se acerquen a su obra, como lo hacemos las de ahora?

R. No creo demasiado en la memoria humana. Así lo he constatado en la última página de mi obra Desde la dimensión intermedia. Cincuenta años después de la muerte del protagonista, alguien cita una calle que lleva su nombre, pero ignora cuál era el personaje que mereció el honor de verse perpetuado en dicha calle y también desconoce cuál fue la profesión que le permitió ser tan importante.

De hecho yo no lo soy y jamás he imaginado que alguien fuera capaz de recordarme. Si alguno lo hiciera, le doy permiso para que piense de mí lo que le apetezca. De este mundo espero poco. Muy poco.

 

© Antonio Ayuso Pérez 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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