Editorial


Una aberración
[No al canon del préstamo bibliotecario]

Vamos de mal en peor. A este paso van a conseguir que se odie hasta el Canon de Pachebel. El triunfo del canon es, sobre todo, la muerte de la ciudadanía. No somos europeos; somos otra cosa, no se sabe muy bien qué. La imagen que me viene a la mente es la de ser una trucha europea en una piscifactoría (también) europea: echan el cubo y nos sacan a unos cuantos. Me niego a considerar que esto sea la idea de Europa, que esta sea la Europa de la que se nos ha hablado, la Europa de la que debemos estar orgullosos. Y, sobre todo, me niego porque cada día voy sintiendo que pinto menos y que pinta menos lo que nos importaba cuando deseábamos ser europeos.

Ahora, de nuevo en nombre de Europa, se mata otra buena idea europea: la idea de la extensión de la cultura, los ideales de la Ilustración. Es una barbaridad de tal calibre que solo puede ser llamada eso, barbaridad, la invasión de los nuevos atilas de cuello blanco. Y se hace de nuevo, insisto, en nombre de Europa. Recuerden: quien siembre vientos, recogerá tempestades.

Como profesor universitario, siempre he prestado libros a mis alumnos. Lo consideraba como una extensión de mi trabajo, como una forma de realizar mejor la tarea de formar. No entraba en mis obligaciones, pero lo hacía porque sencillamente me sentía bien al hacerlo. Me sentía bien al haber conseguido que unos alumnos se interesaran por un libro y, si yo disponía de él, ¿por qué no dejárselo? No sabía que era un delincuente.

Como autor, nada me produce más satisfacción que llegar a la biblioteca de mi Facultad y hacer donación de un ejemplar de lo que he escrito para que pueda leerlo quien quiera y la biblioteca no tenga que desembolsar nada. No sabía que era un delincuente

Como persona, como tantos otros, he tratado de que los amigos disfrutaran con libros que yo había leído y disfrutado. En muchas ocasiones, se los dejaba. Nada une más que compartir las cosas que nos gustan. Tampoco sabía que era un delincuente

Y, sí, me señalan con el dedo, para mi verguenza, aquellos creyentes en que todo es mercado —de nuevo la Europa de los mercaderes—; en que la gratuidad, el préstamo, etc. no son más que enfermedades románticas; que no están los tiempos para lindeces de este tipo. Nuestros políticos nos dicen que no es culpa de ellos, que qué se le va a hacer, que el mercado es el mercado, que quien manda, manda..., en fin, que ya se lo han dejado dicho en un post-it a un eurodiputado que va este fin de semana para allá...

Pero, con todo, hay algo que no entiendo: ¿cómo es posible que estas cosas no se arreglen votando? ¿Por qué será que, cuando los ciudadanos pierden, las cosas nunca pueden ser de otra manera...? Pobre Cultura.

Joaquín Mª Aguirre
Editor


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