El amor que La odisea cela

Luis Felipe Valencia Tamayo

Catedrático de Literatura de las universidades de Caldas y de Manizales
Manizales-Colombia
valenciatamayo@latinmail.com


 

   
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Uno de los asuntos que mejor se rastrea en la literatura es el amoroso. Sin embargo, a despecho de quienes han creído que sin amor, intensos dramas y tira y aflojes entre parejas, no hay buenas historias, una obra clásica puede demostrarnos también lo contrario. En principio, parece mentira; pero lo cierto es que La odisea trae muy guardadas sus ideas sobre el amor. Bueno, no sólo en La odisea, en la obra de Homero el amor hay que extraerlo a la fuerza como si fuera un discurso implícito. Tan acostumbrados estamos a nuestra forma novelesca, erótica y platónica de la belleza amorosa que, en particular caso, resulta sorprendente no encontrar en la obra griega un aliento más avasallador del sentimiento afectivo, vital, humano.

“Sin un amor, la vida no se llama vida”, dice un bolero muy latinoamericano; sin embargo, esa gran metáfora de la vida que es La odisea, enjambre de situaciones humanas, carece de ese amor que se canta en nuestras canciones. No es tampoco una carencia particular de la obra de Homero; una mirada sobre las páginas de la época clásica griega nos ayudan a percatarnos del vacío que hay sobre el sentimiento amoroso.

Alguna vez dijo al respecto el estudioso de asuntos helénicos Francisco Rodríguez Adrados: «Se evita el tema del amor o, cuando lo toca, hay como un extraño pudor que hace que, en vez de profundizar el fenómeno amoroso, el poeta considere este análisis como sobreentendido».

De acuerdo con Rodríguez Adrados resulta más exacto hablar de una reserva en la exposición del sentimiento amoroso que decir que en la literatura griega clásica no hay amor.

La bella idea del romance, del reconocimiento del hombre en la mujer, no es una herencia propiamente griega. Es más reciente: las corrientes renovadoras del Cristianismo absuelven del pecado a Pandora -la causa de todos los males para la humanidad de acuerdo con el poeta Hesíodo- y devuelven así los maravillosos bríos a un ser que, para la antigüedad, determinó las desgracias humanas. Algunos pueden disentir frente a tal absolución, pues no resulta sencillo reconocer que la cristiandad otorgó tal expiación a la mujer, causa tradicional de todos los pecados. Pero, de alguna forma, algo cambió en la mirada que a la mujer se dio en el paso que se da de la civilización griega a la cultura cristiana. De la marginalidad griega, de esa simple necesidad sexual y reproductiva, pero no del todo laudatoria, ni llena de flores y detalles, pasamos a una infatigable búsqueda sensual y, en algunos aspectos, tierna y afectiva. Ya algunas señales se encontraban de ello en el bellísimo Cantar de los Cantares, donde Salomón llegó a decir:

¡Qué bella eres, amada mía,
qué bella eres!
Palomas son tus ojos
A través de tu velo...
Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo
Que salen de bañarse...
Tus labios, una cinta de escarlata,
Tu hablar encantador.
Tus mejillas, como cortes de granada
A través de tu velo.


Tu cuello, la torre de David,
Erigida para trofeos:
Mil escudos penden de ella,
Todos paveses de valientes.
Tus dos pechos, cual dos crías
Mellizas de gacela,
Que pacen entre lirios.
¡toda hermosa eres, amada mía,
no hay tacha en ti!
                (Cantar de los Cantares 4, 1-7)

En el tono, podríamos decir que el poema parece griego; sin embargo, no es así. El amor del hombre griego por sus mujeres; mejor, el amor del poeta griego por la mujer fue algo de lo que no quedó un testimonio preciso, ni siquiera en Anacreonte o en Alceo. Si hubo amor tal y como lo entendemos ahora, entonces los griegos fueron muy celosos para expresarlo.

El contraste es clarísimo cuando leemos por ejemplo a Don Quijote. Él ensilla a Rocinante no sólo para gloria de su propio brazo, sino por la increíblemente amada Dulcinea, ideal de amor caballeresco. Amor, este sí, mucho más próximo a nuestras concepciones y a la mujer que un día da el “sí quiero” y luego el “no, mejor no”, o muchos y pertinaces “no” cayendo luego en un profundo “sí”.


 

Para quienes han visto en La odisea, a lo largo de la historia, una obra que representa la aventura de la vida, el camino que cada hombre, en diferentes temporadas históricas, vive, con sus obstáculos y sus buenos ratos; para quienes ven en La odisea el diario de la vida de todo ser humano, ahí algo de lo que se debería caer en cuenta y es que el amor que parece profesar Odiseo por Penélope es más bien alentado por nuestros intereses y no tanto por tratarse de un amor realmente efectivo en la obra. Tal vez, recordando a Rodríguez Adrados, tal amor se sobreentiende. Pero, lo cierto es que no es fácil creerlo así, como si La odisea fuera uno más de los muchos textos periodísticos contemporáneos que abundan y dejan muchas cosas apenas entredichas.

Recordemos, en primer lugar, las palabras de Odiseo a sus benefactores los feacios:

[...] Mas vosotros prestad atención con las luces del día a mi ruta y dejadme, ¡infeliz!, en mi tierra paterna; una vez que la vea, pierda si es preciso mi vida, mis haciendas, mis siervos, mi grande y excelsa morada.
                (Canto VII)

[...] No hay nada que se muestre de amable a mis ojos igual que mi tierra. [...] Nada es más dulce que el propio país y los padres aunque alguien habite una rica, opulenta morada en extraña región, sin estar con los suyos.
                (Canto IX)

No se escucha el nombre de Penélope en esta queja de Odiseo. Mucho se escucharía nombre de mujer amada en una obra moderna. Tal vez en La odisea se sobreentienda que en su tierra, Itaca, está la bella tejedora, pero también es claro que el personaje extraña ante todo el bien de los mayores héroes: la patria amada. Poema del amor a la patria es el poema homérico -la Ilíada también lo es, con los notables tintes bélicos-. El hombre griego ama y sufre por su patria. Siendo francos: se expresa este sentimiento con mayor realce. Bueno, es cierto que entre epopeyas estamos y que rastrear los regodeos amorosos en las páginas de ellas es ardua labor -piénsese incluso en el Taras Bulba-, pero no por dejarlos de hallar debemos forzar y correr tras la idea que relaciona a Odiseo y a Penélope con un intenso melodrama. Dígase lo que quiera de Eneas y Dido, que despiertan mayores pasiones, mas no de la pareja griega de La odisea.

Odiseo reclama a Itaca como un enamorado. Ella le es esquiva como esas mujeres que tanto gustan a muchos hombres -o si no que lo diga Goethe harto conocedor de las lides románticas-. Si algo le hizo falta a Odiseo para amar de verdad a una mujer fue que ésta no lo sedujera. Calipso no tardó en yacer con él; Circe se apresuró en solicitarlo como esposo; Penélope, ¡ah, Penélope!, siempre estuvo allí, y estar siempre dispuesta es también un problema. El hombre griego tenía en sus manos la mujer y aunque ésta no tardarle en llenarle de demonios la cabeza -redondeando a Hesíodo- podría fácilmente aquel complacerse en los no difíciles placeres que la bella le brindaba. De aquí, por qué no, la primitiva sensualidad que se observa en los textos homéricos.

Muchas veces el amor se despierta cuando lo que anhelamos nos es esquivo. Así, la patria es huidiza para el héroe homérico: la extraña y, no sólo ello, siente que la pierde día tras día, año tras año. Con ella le ocurre casi lo mismo que le pasó con su madre al verla en el Hades: tres veces trató de abrazarla, tres veces el abrazo lo daba al aire. La tierra es lo que Odiseo busca porque, realmente, no espera fidelidad de nadie, mucho menos de una mujer, Penélope. Resulta interesante darse cuenta que es Atenea quien advierte al héroe sobre la mujer que en Itaca le guarda, no para matarle -como creía Odiseo -, sino para servirle y respetarle:

¡Ay de mí, que iba ya a perecer en mi propia morada con la muerte fatal que encontró Agamenón, el de Atreo, si, oh divina, no me haces saber por entero estas cosas!
         (Canto XIII)

El laertíada lo que menos espera de su esposa es fidelidad. Se sorprende bastante con lo que la diosa le cuenta acerca de lo que sucede en el palacio de Itaca. Y es que para Odiseo, las palabras de su compañero de lides, Agamenón -tras haberse encontrado con él en el Hades- son sabias y de gran verdad:

[...] No seas tú, por tu parte, remiso tampoco con tu esposa ni le hagas saber todo aquello que pienses, dile sólo una parte y esté lo demás bien oculto. [...] No es posible de hoy más confiar en mujeres.
              (Canto XI)

¿Quién eres Penélope que pareces, así, no existir? ¿No eres acaso como pareces? ¿Habrás sido en el mundo la única tan fiel? Seamos sinceros: no son muchas las mujeres que esperan siempre al esposo en el hilar. Penélopes, claro, las hay; pero ¡cuántas son las clitemnestras y las helenas que han pasado por la historia!

No hagas caso de la mujer perversa, pues miel destilan los labios de la extraña, su paladar es más suave que el aceite; pero al fin es amarga como el ajenjo, mordaz como espada de dos filos.

Aleja de ella tu camino, no te acerques a la puerta de su casa; no sea que ella dé tu honor a otro y tus años a un hombre cruel.
              (Proverbios 5)

Son como las palabras de Agamenón aconsejando a Odiseo, y es como si en boca del atrida hablara, entonces, Salomón. Podríamos apelar a un recurso para decir que aún el sabio hijo de David se detiene para considerar a esta Penélope harto escasa y gran modelo de mujer:

Una mujer completa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no será sin provecho. Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida. Se busca lana y lino y lo trabaja con sus manos diligentes.

Abre su boca con sabiduría, lección de amor hay en su lengua. Está atenta a la marcha, y no come pan de ociosidad. Se levantan sus hijos y la llaman dichosa; su marido, y hace su elogio: “Muchas mujeres hicieron proezas, pero tú las superas a todas”.
               (Proverbios 31, 10)

Homero, más bien, se tenía reservadas palabras de este estilo para Grecia. Poseidón tenía muy claro que el gran castigo para el héroe Odiseo radicaba en negarle su patria. Mujeres a él no le faltaron; manjares, menos; diversión, también la tuvo. Para Homero, el dolor del griego radicaba, sobre todo, en sentir la patria lejana, bien que por el honor mancillado de su nombre salieron los guerreros a enfrentar su destino. No olvidemos tampoco la preferencia socrática: es mejor morir que verse desterrado.


 

«Nunca vi que los dioses mostraran a un hombre
el afecto que a la vista de todos mostraba Atenea a tu padre».
                (Néstor a Telémaco. Canto III)

Estas palabras del anciano y sabio Néstor dan realce al silencioso amor que se guarda en las páginas de La odisea. ¿En qué consiste este amor de Atenea a Odiseo? El héroe, ya nos lo ha demostrado, resulta muy atractivo: Nausícaa lo ve semejante a un dios; Calipso y Circe se enajenan con su presencia.

El caso de Atenea es, sin embargo, algo distinto. La diosa ama al héroe; el héroe honra a la diosa. ¿La ama? Aquí un gran silencio se cierne sobre la obra. Odiseo, que tiene labia para muchas cosas, calla sus sentimientos, y Atenea, que es la mismísima prudencia, sólo muestra una particular preferencia por el laertíada -así Néstor advierta la resonancia del hecho-.

Los antecedentes amatorios de la virginal Atenea no son promisorios para mortal alguno. Sólo en un fragmento del Canto XIII la diosa, hablando de igual a igual con el héroe, le dice a éste:

«Bien astuto y taimado ha de ser quien a ti te aventaje en urdir añagazas del modo que fuere, aunque a ellos te saliera quizás al encuentro algún dios: ¡siempre el mismo, trapacista de dolos sin fin! ¿Ni en tu patria siquiera dejarás ese gusto de inventos y engaños que tienes en el alma metido? Y ya basta, porque ambos sabemos de artificios, que tu entre los hombres te llevas la palma por tus tretas y argucias y yo entre los dioses famosa soy por mente e ingenio».
                  (Canto XIII)

Atenea pone algo en común sobre la mesa. Vieja costumbre es la de manifestar afecto hacia alguien con eso de que “¡tenemos tanto en común!”. Pero lo fundamental en este amor que la diosa tiene hacia el héroe es el desapego. Virtud muy racional para las almas románticas. En esta ocasión traigo a colación unas palabras de Menéalo a Telémaco, pues, pienso, dan rienda suelta a lo que la Atenea presentada por Homero hace.

«No sabría [...] instarte a que sigas conmigo por más tiempo si quieres partir, pues censuro a aquel hombre que albergando a algún huésped se excede en su celo y lo mismo al que muestra por él desamor, porque en todo hay medida. Hace mal quien da prisa a marchar al que no lo desea y también quien detiene al que anhela el regreso. Lo justo es cuidar del que queda, ayudar al que quiere volverse».
                  (Canto XV)

Atenea no tiene como huésped a Odiseo. O, mejor, sí; pero es un huésped figurativo, un huésped en el corazón. La diosa se presenta como anfitriona del amor. Su actitud es de las más sabias: deja fluir lo que sucede sin intervenir en lo que al héroe -su amor- le ocurra. Calipso tardó mucho en comprender algo así, y, paradójicamente, es ésta en quien Homero pone el acento más romántico de toda su obra -sin dejar de contar que en La ilíada se encuentra una bella despedida entre Héctor y su esposa Andrómaca-. Calipso, que no calló su sentimiento, ahora llora porque los dioses así lo quieren. Su retención de Odiseo -una cárcel que de alguna forma el héroe disfrutó- le terminó rompiendo el corazón. Lo único que le queda por decir a esta diosa, tras la determinación olímpica, son estas resignadas palabras:

«No he de tramar una nueva desgracia en tu daño, que, antes bien, para ti pienso y quiero lo mismo que habría de querer para mí si en tu propia aflicción me encontrara. Mi sentir, en efecto, es conforme a justicia y un alma de piedad, no de hierro, me alienta en el fondo del pecho».
                  (Canto V)

Tal es el tira y afloje amoroso: Penélope espera; Calipso retiene; Atenea deja al tiempo hacer lo suyo... con una ayudita que le llega de la mano del poeta Homero.


 

Las tensiones amorosas en una obra literaria hacen parte de nuestros motivos más frecuentes a la hora de narrar. Hemos tratado de llevar a Odiseo a lo que se esconde en los silencios que Homero, como hombre de una época determinada, dejó de retratar. Auscultamos el corazón del héroe y sus amores -que en La odisea ya parecen sonar tan primitivos- para esbozar, como grato ejercicio de lectura, relectura y escritura, lo que aquí se ha dicho. Aún cuento con un par de intuiciones sueltas que la obra no me permite del todo desarrollar, pues, ese amor que La odisea cela está bien enrejado.

En Homero el amor no triunfa como tema literario y es bastante válida su presentación cuando éste no corre explícitamente entre las pretensiones poéticas y discursivas de la obra. En ocasiones, puede subyugar el amor al dolor (sin sujetarse por esto a una concepción hesiódica de tal sentimiento); en otras, parece dejarlo al engaño (como puede verse en la ya clásica escena de La ilíada entre Zeus y Hera). Eso sí, no es algo que hay que negar: Homero y su obra despiertan nuevos amores: amor a la vida, porque, aunque angustiado, Odiseo nunca se rinde; y, no menos importante, el amor por una cultura, por una civilización muy especial y por un arte que ya nunca esperamos dejar a un lado, por ser fuente de nuestra concepción de la condición humana.

 

© Luis Felipe Valencia Tamayo 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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