Sobre la des-construcción de “La Biblioteca de Babel”
o El imperio de la Metáfora

Raquel Bórquez B.

Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso - Chile
raquelborquezb@gmail.com


 

   
Localice en este documento

 

“…Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal…”
         Friedrich Nietzsche

 

1. No resulta del todo curioso leer en “La retirada de la metáfora” [1] a Jacques Derrida aludiendo a una biblioteca para “representar” los dominios de la metáfora en la cultura occidental. Una biblioteca sin límites perceptibles, en la que deambulamos, concientes o no, en un sofisticado vehículo que no ostenta estabilidad ni permanencia, sino que, por el contrario, tiene la sugerente propiedad del traslado perpetuo en un viaje infinito y la necesidad constante de la transformación de su forma, su velocidad y su dirección. Este “vehículo” imprescindible se torna ante nuestros ojos como aquello que nos funda, aquello que nos justifica y nos “significa”: el lenguaje. Sin embargo, detenerse a indagar en el carácter metafórico de éste es a su vez otra forma de patentizar una ausencia siempre disfrazada de otra cosa: de presencia, de verdad, de fundamento, es decir, de la falacia de un centro inmutable. Esta pretendida estabilidad nos da la medida de nuestra cultura. Hemos construido o escrito el “universo” asumiendo una presencia sublime que anula a partir del olvido la cualidad tropológica de la palabra. Ahora bien, “dentro” del discurso filosófico, la “metáfora” es un concepto que, no obstante lo antes sugerido sobre ella, es utilizado para validar una metafísica de la presencia que caracteriza el saber occidental, cuyo antecedente podríamos encontrar ya en la Poética de Aristóteles. Esta validación de la presencia a partir de la metáfora (nominación de una cosa con un nombre que designa otra, cuya lógica es la semejanza o la analogía) se justifica a partir de la oposición entre un “sentido propio” y un “sentido figurado” de lo dicho. Queda expuesta así aquella instancia propia de la metafísica y el reconocimiento de la metáfora en beneficio de ésta, de ese significado “propio”, literal, al que alude constantemente el discurso occidental logocéntrico. A partir de estos presupuestos no es difícil comprender el lugar que ocupa la literatura en relación a otros discursos humanos que aluden a una verdad imperecedera. Porque el lugar de la literatura es el espacio de la escritura, entendida como pura figuración, topoi predilecto de la ficción, del engaño, de la mentira. Sin embargo, una vez relegada a un margen escrupulosamente dibujado, queda el misterio de lo oscurecido, aquello que atrae perversamente, como la metáfora, que siempre oculta algo, o lo demora. Ese “algo”, lo aplazado o diferido constantemente, no parece ser otra cosa que un vacío, una carencia disfrazada una y otra vez a partir de una “pasión” que constituye su único movimiento: el de la proliferación del significante, la constatación del juego interminable que funda el “imperio de la metáfora”. Ahora bien, recordar el carácter tropológico del lenguaje, poniendo en crisis así la transparencia de cualquier representación, es abogar por la existencia de una “archiliteratura”, concepto a partir del cual es posible considerar el “lenguaje serio” como “un caso especial del poco serio” (Culler 1984: 160) y el discurso filosófico, en palabras de Derrida, como “un género literario particular, que extrae las reservas de un sistema lingüístico , organizando, forzando o desviando un sistema de posibilidades tropológicas que son más antiguas que la filosofía” (Cit. en Culler 161).

2. Jorge Luis Borges, identificado por Sarlo como “un escritor en las orillas” [2] es también un viajero en el límite de ese abismo que configura la palabra. Así, en “La biblioteca de Babel” [3] se nos describe el universo como una biblioteca cuyo centro, sugerido a partir de su descripción arquitectónica, es el vacío, el abismo infinito. No obstante, ese vacío dibujado está circunscrito por una cantidad ilimitada de anaqueles que, en su conjunto, constituyen el mundo por donde el hombre-bibliotecario deambula. Habitante perpetuo de la escritura, nuestro protagonista nos da la medida del universo: veinticinco símbolos ortográficos a partir de cuya inestimable combinación se produce la infinitud de libros que conforman el universo, cuyo centro vacío es imposible de fijar: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”. (Borges 113).

Es a partir de estos rasgos presentes en “La Biblioteca de Babel” que los argumentos desconstructivos nos permiten no sólo identificar gran parte de la escritura borgeana con estos postulados, sino que también proponer una lectura de este relato a partir del uso de algunas de las herramientas críticas que derivan de la propuesta teórica de Jacques Derrida. De esta forma, el propósito inmediato de este trabajo es situar dicho cuento en los parámetros antes referidos, tomando como eje central de esta revisión la dimensión tropológica del lenguaje que sitúa todo texto en los dominios de una “literatura generalizada”, lo que implica, a su vez, concebir el habla como otra forma de escritura que se sustenta en la repetitividad potencial de todo signo. Por otro lado, a partir de este eje, abordaremos el tratamiento que la pareja “hombre/dios” recibe en el texto borgeano y los alcances de esta oposición que desde la eternidad ostenta una jerarquía interesante de desentrañar a partir de la problemática que en este cuento dice relación con la escritura.

 

Babel: La unidad desconstruída y el “Dios” demoledor.

“La Biblioteca de Babel” nos sitúa ante una primera referencia intertextual que aparece en el Génesis de la Biblia, donde se relata un episodio en que Dios, al ver a los hombres proyectar la construcción de una torre, cuya altura pretendía llegar al cielo, interviene despojando a los hombres de su lengua única, sembrando la confusión y dispersándolos por la faz de la tierra [4]. A partir de este mito no sólo es posible determinar el supuesto “origen” de las diversas lenguas por mandato divino, sino que también reafirmar la naturaleza caótica del universo/biblioteca. Desde esta perspectiva, el origen de la biblioteca, del universo, de la escritura, no es otro que Dios, fuente de la verdad, culpable de la confusión reinante. Nos encontramos así frente a una concepción logocéntrica de la escritura que hunde sus raíces en un libro “sagrado” que ha marcado gran parte de la historia occidental, pues, como bien señala Jacques Derrida, el logocentrismo domina el concepto de escritura al asignarle al logos el origen de toda verdad. Por otro lado, es también “La Biblioteca de Babel” aquel espacio concebido caóticamente para impedir el acceso al “cielo”, negando toda posible igualdad entre el hombre y Dios. La “Biblioteca” es concebida así como otra forma de la divinidad, biblioteca que a lo largo de casi todo el relato ostenta una inquebrantable mayúscula inicial que contrasta con la pequeñez del hombre-bibliotecario. Siguiendo esta idea, podemos encontrar que tan sólo en un momento el hombre común y corriente se corona con la mayúscula divina: es el Hombre del Libro, el hombre que ha tenido el privilegio de leer el libro total, es decir, aquel que convoca en sus páginas todos los libros y cuyo lector es “análogo a un Dios” (Borges 122). Pero e ahí que las “trampas” del texto afloran significativamente desde un supuesto “margen” del relato en cuestión. Así, el comienzo de la primera cita que firma el “editor” de “La biblioteca de Babel” dice: “El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas.” (Borges 114).

Tomando en consideración esta cita, es posible abordar el texto haciendo uso de una “lógica de la suplementariedad como estrategia interpretativa” (Culler 125) mediante la cual podemos explicar la importancia de reparar en aquellos espacios periféricos del texto, como en nuestro caso lo es el pie de página referido. Explica Culler que la marginalidad de algo puede comprenderse precisamente a partir de las razones que han motivado la exclusión o postergación de aquello que se dice en ese espacio textual relegado, que actúa como un “suplemento” que cumple la función crucial de “suplir” una carencia, un vacío del texto central que, por lo tanto, posibilita y necesita para su existencia de ese “otro” texto. Así, el “pie de página” señalado anteriormente resulta crucial y de significativa importancia para dar cuenta del mecanismo desconstructivo que opera en este texto a partir de este “injerto marginal” [5], ya que éste sugiere subrepticiamente que el texto que se presenta inmediatamente al lector no es el original, ni siquiera una reproducción fiel, muy por el contrario, es un texto que manifiesta una manipulación de la escritura que, por un lado, siembra la duda respecto del origen, y, por otro, sugiere que la “Biblioteca” es situada en un nivel fundamental, divino y metafísico de manera intencionada, como producto de la maniobra de alguien, en nuestro caso, del editor.

Ante este panorama descrito, la problemática de la “presencia” se implica en la de la escritura. Desde esta perspectiva es sumamente significativo retomar la discusión que establece Derrida cuando señala que la historia de Occidente o de la metafísica es la historia de los sucesivos nombres que a lo largo del tiempo ha recibido el centro, o el deseo de éste. Este centro, a partir del cual se constituye la estructura, ha estado sucesivamente habitado por metáforas, inaugurándose así, un juego de sustituciones sin comienzo ni fin. Dice Derrida con respecto al centro o a la “presencia central” que “no ha sido nunca ella misma, ya que desde siempre ha estado deportada fuera de sí en su sustituto.” (Derrida, La escritura y la diferencia 385). Entonces, concebida de esta manera, la noción de centro se desestabiliza, el centro mismo se difumina cediendo lugar a un vacío habitado por signos que se sustituyen hasta el infinito. “La Biblioteca de Babel”, por su parte, ostenta una estructura cuyo centro, ya habíamos señalado, es el vacío, lugar también de la muerte a partir de una “caída infinita”. Pero ese centro, a su vez, puede encontrarse en cualquier parte, no ostenta fijeza ni dimensiones establecidas. No obstante, la búsqueda de centro es un deseo manifiesto en el protagonista del texto borgeano. La presencia es eternamente buscada, pero dicha empresa termina siempre en el fracaso. Dadas las características de “La Biblioteca”, de su forma ortográfica de imponerse y de los alcances del complemento de su nombre, ésta simboliza también la presencia divina:

(Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso, sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.). (Borges 113).

La “Biblioteca” ha sido descrita anteriormente como “una esfera”. Esta forma circular no sólo hace referencia a la forma del mundo, después de todo, la Biblioteca también lo es, sino que además alude a ese libro total descrito en la última cita, ese libro que es Dios y que todo lo abarca. Sin embargo, esta creencia implica una sospecha. Se hace referencia a la oscuridad propia de la palabra, a una dimensión nunca presente, nunca inmediata, a partir de la cual está constituida toda escritura, toda biblioteca. Esa dimensión nunca presente alude a lo que Derrida identifica con el juego que instaura un sistema de diferencias. De esta forma, el absoluto y la jerarquía no es concebible, porque así como la “Biblioteca” es infinita y su centro puede estar en cualquier parte, “la ausencia de un significado trascendental extiende hasta el infinito el campo y el juego de la significación.” (Derrida, La escritura y la diferencia 385). Es entonces a partir de la proliferación del significante, de la escritura, que se compensa la carencia de presencia, de origen, de fundamento eternamente buscado, deseado:

…En aventuras de esas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses que en algún anaquel del universo haya un libro total (…) Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique. (Borges 122-123)

A partir de esta cita es posible deducir una vez más aquella oposición entre el hombre y Dios. También queda explícitamente señalado el orden divino de la “Biblioteca”. Confirma esta oposición la alusión a los espacios históricamente connotados por el cristianismo: el cielo y el infierno. Ambos espacios representan a Dios y al hombre respectivamente y a la jerarquía que ostenta el primero sobre el segundo, deducible además por las dimensiones espaciales a las que aluden (arriba-abajo). Por otro lado, el lugar que habita el hombre-bibliotecario es el espacio maldito, demoníaco a partir del cual se garantiza la oposición radical, Dios-hombre, cielo-infierno, Biblioteca-bibliotecario, verdad-escritura. Sin embargo, pese a que el hombre habita la “Biblioteca” se encuentra perdido en ella. La búsqueda del libro total, de la verdad, del sentido es perpetua, no hay centro. De hecho, la “Biblioteca de Babel”, es quizás aquel intento humano de alzarse al cielo, de llegar a Dios, toda la biblioteca es una búsqueda, toda la escritura una proliferación que sale al encuentro de una justificación, de un sentido siempre postergado, inalcanzable. Es la escritura la mejor “metáfora” de ese descentramiento que opera a nivel de todo discurso y que justifica, a su vez, las dimensiones abismales, infinitas de la biblioteca. He escrito “biblioteca” con minúscula. Y es que, finalmente, nuestro protagonista da con la solución para el “antiguo problema” (la inconexión entre lo que dicen las letras en el dorso de un libro y lo que contienen):

La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). (Borges 126).

Es el único momento en que la gran “Biblioteca” abandona su corona divina para dar paso al hombre, al bibliotecario que no es otro que el lector ávido, aquel encargado de comprobar que el único “orden” posible es aquel que se realiza sólo a partir del caos, desorden que se “ordena” a partir de la repetición, es decir, a partir de la “escritura”. Como señala Jonathan Culler en su explicación de Derrida, “esta repetitividad es la condición de cualquier signo. Una secuencia de sonidos puede funcionar como significante sólo si es repetible, si es susceptible de ser reconocida como “la misma” en diferentes circunstancias.” (93). La repetición, entonces, funda el “Orden” y como repetir un signo es no fijar una intención significativa concreta por parte de éste, el “orden” con mayúscula, que vuelve a aludir a una presencia trascendental, se desfigura inmediatamente por la repetición que alude al vacío constantemente sustituido por diversos contenidos. De esta forma la oposición Dios-hombre, en la cual el primer término goza de una jerarquía superior respecto del segundo, queda desconstruida en el propio relato a partir del ejercicio del descentramiento. Para garantizar este cuestionamiento “La Biblioteca de Babel” finaliza con una cita “ejemplar”:

Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número de hojas infinitamente delgadas. (…) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés. (Borges 126).

 

La “Biblioteca Total” y el juego de la combinación

Son dos los axiomas que nos presenta el narrador de “La Biblioteca de Babel”, el primero es que La Biblioteca existe desde la eternidad, el segundo, que el número de símbolos ortográficos es veinticinco. A partir de la proclamación de estos axiomas podemos una vez más detectar como se va entretejiendo en el texto la oposición Dios-hombre y algunas de sus implicancias antes descritas. En relación a la primera “verdad” se establece una comparación entre la escritura humana; imperfecta, ruda y la escritura divina; puntual, delicada, simétrica. Todo esto para justificar la hipótesis de que el universo-biblioteca sólo puede ser obra de un dios, mientras el hombre bien puede ser producto del azar. La distancia que separa a los hombres de los dioses es precisamente la escritura. Sin embargo, a partir de la descripción de esta distancia que toma por ejemplo a la escritura, se infiere una vez más cierta oposición que sólo es justificable para el caso que nos convoca, a partir de la inserción de sus términos en un sistema de diferencias. Dice el texto:

Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. (Borges 114).

A partir de esta cita se observa que la escritura humana comprende la exterioridad del libro, mientras la escritura divina comprende el interior. Esto señala la interdependencia de ambos términos para su mutua significancia y la igualdad de lo términos para este propósito fundamental. Pero también podemos percibir una vez más que lo divino está situado en un centro que, como hemos revisado, representa el vacío suplido por una escritura infinita que tiene su “origen” en el juego de la combinación. Situémonos ahora en el axioma que se nos propone en segundo lugar, la existencia finita de símbolos ortográficos a partir de los cuales se puede decir todo lo que sea expresable:

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros (…) Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. (Borges 116-117).

Surge así la “Teoría de la Biblioteca Total” cuyos anaqueles registran todas las posibles combinaciones de esos veinticinco símbolos ortográficos: “Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible.” (Borges 122). Sin embargo, surge aquí una contradicción aclaradora. Hablar de totalización, siguiendo los postulados desconstructivos que plantea Derrida, no tendría sentido, ya que la naturaleza del lenguaje excluye precisamente la totalización y, dado el vacío que detenta, posibilita el juego de las sustituciones infinitas que anulan la presencia absoluta. De esta manera, la totalización “puede juzgarse imposible en el sentido clásico: se evoca entonces el esfuerzo empírico de un sujeto o de un discurso finito que se sofoca en vano en pos de una riqueza infinita que no podrá dominar jamás. Hay demasiadas cosas y más de lo que puede decirse.” (Derrida, La escritura y la diferencia 396). Ese sujeto recién aludido es también el viajero de nuestra Biblioteca que ha dedicado su vida a buscar la justificación del universo de la escritura. Esa razón se resuelve tan sólo en el juego, que permite, a partir de las sustituciones, suplir una falta. La pareja Hombre-bibliotecario / Dios-Biblioteca, sólo se puede concebir al ser considerada su mutua dependencia. Como dice Derrida, “no se puede determinar el centro y agotar la totalización puesto que el signo que reemplaza al centro (Dios- Biblioteca) [6], que lo suple, que ocupa su lugar en su ausencia, ese signo se añade, viene por añadidura, como suplemento.” (La escritura y la diferencia 397).

Finalmente, una vez acechada la naturaleza incierta de esta biblioteca infinita, es imprescindible recordar que a la entrada de cada uno de sus hexágonos nos recibe “un espejo que fielmente duplica las apariencias” (Borges 112). Si ponemos atención en este espejo, es imposible no reparar en la metáfora que encierra su superficie y por la que a su vez él mismo es encerrado. Tropo de la apariencia infinita, que implica que lo que vemos es también otra cosa que siempre se opone al ser como presencia. Es ese espejo ubicado en cada zaguán de la biblioteca el que nos invita o nos advierte silenciosamente sobre la naturaleza del mundo en el que nos adentramos, un mundo singular, imperio de la figuración o de la escritura entendida en el más completo sentido de la palabra, que nunca es total.

 

NOTAS

[1] Derrida, Jacques. 1989. La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. España: Ediciones Paidós Ibérica.

[2] Sarlo, Beatriz. 1995. Borges, un escritor en las orillas. Buenos Aires: Ariel.

[3] Borges, J. L. 1996. “La Biblioteca de Babel”. Ficciones. Buenos Aires: Emecé Editores. De aquí en adelante, todas las citas de este cuento corresponderán a esta edición.

[4] Génesis 11:1-9

[5] Entiéndase “injerto” como aquel procedimiento a partir del cual un texto se hace cargo de sus afirmaciones por medio de su propio proceso de enunciación.

[6] El paréntesis es mío.

 

OBRAS CITADAS

Borges, J. L. 1996. “La Biblioteca de Babel”. Ficciones. Buenos Aires: Emecé Editores.

Culler, Jonathan. 1984. Sobre la deconstrucción. Madrid: Cátedra.

Derrida, Jacques. 1989. La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. España: Ediciones Paidós Ibérica.

Derrida, Jacques. 1989. “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”. La escritura y la diferencia. Barcelona: Antrophos.

Sarlo, Beatriz. 1995. Borges, un escritor en las orillas. Buenos Aires: Ariel.

 

© Raquel Bórquez B. 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/bbabel.html