La atmósfera de las leyendas tradicionales
en una canción de Serrat

Luciano López Gutiérrez

IES “Dolores Ibárruri”


 

   
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Voy a estudiar en este breve artículo una canción de Serrat con claro sabor a leyenda tradicional, si bien los letristas en cuestión, a la sazón el propio Joan Manuel y el famoso novelista Marsé, adoptan una perspectiva distante y burlona con respecto al episodio narrado, de tal manera que no encontramos en el relato las características proclamas de estar contando una verdad, que son inherentes a los trasmisores de este tipo de peripecias en el seno de la sociedad [1].

En efecto, hace ya más de veinte años, los mencionados autores escribieron una canción sobre lo que hipotéticamente sucedió cuando cerraron el cine Roxy de Barcelona. Evidentemente, los creadores de la canción pretenden, en un tono jocoso, presentar los hechos referidos como una especie de venganza incruenta de unos entes de ficción que han sido desplazados de su hábitat, desde el que probablemente insuflaban tantos felices sueños a los espectadores, por causa de los especuladores financieros que han captado que el solar donde estaba ubicada la sala cinematográfica podía procurar pingües beneficios si se levantaba en él una agencia bancaria, como se puede comprobar al leer el texto de la canción que seguidamente trascribo en su totalidad:

Sepan aquellos que no estén al corriente,
que el Roxy, del que estoy hablando, fue
un cine de reestreno y preferente
que iluminaba la Plaza Lesseps.

Echaban NO-DO y dos películas de esas
que tú detestas y me gustan a mí,
llenas de amores imposibles y
pasiones desatadas y violentas.

Villanos en cinemascope,
hermosas damas y altivos
caballeros del sur
tomaban té en el Roxy
cuando apagaban la luz.

Era un típico local de medio pelo
como el Excelsior, como el Maryland,
al que a mi gusto le faltaba el gallinero,
con bancos de madera, oliendo a zotal.

No tuvo nunca el sabor del Selecto
ni la categoría del Kursal,
pero allí fue donde a Lauren Bacall
Humphrey Bogart le juró amor eterno

mirándose en sus ojos claros.
Y el patio de butacas
aplaudió con frenesí
en la penumbra del Roxy,
cuando ella dijo que sí.

Yo fui uno de los que lloraron
cuando anunciaron su demolición,
con un cartel de “Núñez y Navarro
próximamente en este salón”.

En medio de una roja polvareda
el Roxy dio su última función,
y malherido como King-Kong
se desplomó la fachada en la acera.

Y en su lugar han instalado
la agencia número 33
del Banco Central.
Sobre las ruinas del Roxy
juega al palé el capital.

Pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas
a las que nadie encuentra explicación.
Un vigilante nocturno asegura
que un transatlántico atravesó el hall

y en cubierta Fred Astaire y Ginger Rogers
se marcaban “el continental”.
Atravesó la puerta de cristal
y se perdió en dirección a Fontana.

Y como pólvora encendida
por Gracia y por La Salud
está corriendo la voz
que los fantasmas del Roxy
son algo más que un rumor.

Cuentan que al ver a Clark Gable en persona
en la cola de la ventanilla dos
con su sonrisa ladeada y socarrona,
una cajera se desparramó.

Y que un oficial de primera, interino,
sorprendió al mismísimo Glenn Ford,
en el despacho del interventor,
abofeteando a una rubia platino.

Así que no se espante, amigo,
si esperando el autobús
le pide fuego George Raft.

Son los fantasmas del Roxy
Que no descansan en paz.

En efecto, como se puede observar en los últimos versos, los fantasmas del Roxy, que han sido desposeídos por la fuerza de su reino, adoptan una actitud que se repite en multitud de leyendas populares en que los espectros se aparecen a los vivos por haber sido violentamente asesinados o, en general, por haber sido víctimas de algún ultraje, como puede ser la demolición de un edificio muy querido por ellos:

Cuentan que, hace ya unos años, derrumbaron un antiguo orfanato en una ciudad de Estados Unidos. Dicen que una niña llamada Cristina estaba dentro. Durante el momento de la demolición, se encontraba vagando por los pasillos con un muñeco en la mano, porque no quería que derrumbaran el edificio.

Desde ese momento, cuentan que Cristina está vagando con su muñeco por los pasillos de los colegios y orfanatos durante la noche. Y dicen que, si te encuentras en un pasillo de un colegio o similar a oscuras, no mires al fondo, porque verás sus ojos brillar [2].

Además, parece que la magia que impregna las salas cinematográficas facilita las mencionadas apariciones de fantasmas, pues existe, por ejemplo, la leyenda urbana, también recogida por José Manuel Pedrosa en su libro citado, de que el cine Rialto de Sevilla tuvo que ser cerrado, porque amanecía por las mañanas totalmente patas arriba, a pesar de que por la noche había sido perfectamente ordenado por los empleados de la empresa.

Ahora bien, parece que los moradores de las salas de proyecciones no revisten la peligrosidad de otros terroríficos inquilinos de casas o castillos encantados, pues, por el contrario, responden a la caracterización que Antonio de Torquemada realiza de los trasgos como demonios familiares o espíritus burlones que, tienen especial apego a determinados recintos de los que se niegan a marcharse y se hacen sentir en ellos con algunos estruendos, regocijos y otras travesuras [3], entre las que se encuentran, según Covarrubias, las de “revolver las cosas y los cachivaches de la casa, principalmente los vasares y espeteras”.

Pero además de recordarnos los personajes de esta canción de Serrat, por su carácter, a los trasgos, protagonistas de muchas leyendas tradicionales, la historia está claramente conectada con esta clase de narraciones populares porque en ella aparece un motivo recurrente en este tipo de relatos: el trasvase de los seres de un mundo a otro.

Normalmente, frente al mundo que denominamos real, hay otros que coexisten con él (el del sueño, el de los espejos, el del arte...), cuyas criaturas tienen vedado el acceso al nuestro. Pero ello no sucede así en el ámbito de las leyendas y de la literatura fantástica.

Por ejemplo, este es el caso de una de las leyendas urbanas más extendidas en la actualidad en España, la de Verónica o la hija del Diablo, personaje que puede salir de los espejos o conseguir que el alma de su víctima quede cautiva en su cárcel de cristal, lo cual recuerda aquello que contaba Jorge Luis Borges sobre las creencias del vulgo del Cantón relativas a la época legendaria del Emperador Amarillo:

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres, ni los colores, ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Este rechazó a los invasores, les encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esta línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez, sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas [4].

Y lo mismo sucede con los sueños, según se puede comprobar en el siguiente cuento recogido por el propio Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares en su excelente Antología de la literatura fantástica:

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió: el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.

Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: Cayó del cielo.

Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó: Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

Y lo propio acontece con el arte, que, a decir de Ortega y Gasset, no tiene con la realidad comunicación posible: “El cuadro, como la poesía y como la música, como toda obra de arte, es una abertura de irrealidad que se abre mágicamente en nuestro contorno real. Cuando miro esta gris pared doméstica mi actitud es forzosamente de un utilitarismo vital. Cuando miro el cuadro ingreso en el recinto imaginario y adopto una actitud de pura contemplación. Son, pues, pared y cuadro dos mundos antagónicos y sin comunicación” [5].

Pero en el universo de las leyendas o de la literatura fantástica esto no siempre sucede así. Recuérdese, entre muchos ejemplos posibles, la estatua del Comendador don Gonzalo de Ulloa, ese convidado de piedra, teniendo animados coloquios con don Juan Tenorio, o a la protagonista de la película de Woody Allen La rosa púrpura de El Cairo, que vive un emocionante encuentro con el personaje que tanto admiraba, después de que este saliera de la pantalla ante el asombro general de los espectadores, o al viejo rey de Chipre Pigmalión que, al volver a su casa, se encuentra con que se ha convertido en mujer de carne y hueso la hermosa escultura de la que estaba perdidamente enamorado.

Incluso, esos simulacros de los hombres, que en muchas ocasiones son los juguetes, pueden abandonar su mundo de plástico o porcelana, e introducirse en el nuestro con grave peligro para nuestra integridad física:

Aquella misma noche, la niña dejó la muñeca en su cuarto y se acostó. Durante la noche, a la muñeca le brillaron los ojos, le crecieron el pelo y las uñas, y se transformó en una bestia enorme que se abalanzo contra la niña.

Por la mañana, los padres descubrieron la habitación de la hija completamente destrozada, llena de sangre, y con el cadáver descuartizado de la niña [6].

Afortunadamente, los fantasmas del Roxy son mucho menos peligrosos, pues se limitan a repetir los gestos característicos de sus películas para sorpresa de propios y extraños.

 

NOTAS

[1] Véase José Manuel Pedrosa, La autoestopista fantasma, Madrid, 2004, p. 10: “Resulta evidente para la mayoría de los investigadores que la leyenda, el mito y el cuento comparten muchas veces la misma materia o por lo menos algunos tópicos narrativos, y que en bastantes ocasiones lo único que los distingue es la actitud ideológica o el grado de creencia del narrador y del oyente hacia ellos: si les sitúa en un plano mágico-religioso, estaremos ante un mito; si les sitúa en un plano histórico-local, lo que habrá será una leyenda; y si se les considera pura ficción temporal, será un cuento”.

[2]. Tomo la versión de la leyenda recogida por José Manuel Pedrosa, op. cit., p. 144.

[3]. Consúltese su Jardín de flores curiosas, edición de Giovanni Allegra, Madrid, 1982, p. 298: “Los trasgos no son otra cosa que unos demonios más familiares y domésticos que los otros, los cuales, por algunas causas o razones a nosotros ignotas, perseveran y están más continuamente en unas partes que en otras; y así, parece que algunos no salen de algunas casas, como si las tuviesen por sus propias moradas”.

[4]. Véase El libro de los seres imaginarios, Barcelona, 1980, pp. 21-22.

[5]. Tomo la cita de su magistral artículo “Meditación del marco”, incluido en El espectador, III, Madrid, 1966, p. 115.

[6]. Pedrosa, op. cit., p. 203.

 

© Luciano López Gutiérrez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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