Fabulando significados fabulosos
en torno a una fábula de Augusto Monterroso

María Gloria Rincón y Paola Rodríguez

Universidad del Zulía
Venezuela
maríagloriarincón@yahoo.com


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: Una frase como la que alguna vez escribió Octavio Paz: “hablar es trazar un camino, inventar, jugar…” u otra dicha por José A. Marina: “el lenguaje es un sorprendente juego de artificio” conlleva a entender las palabras, oraciones o textos como fabulaciones, invenciones de un fabulador o fabulista (el hombre) que para nombrar el gran silencio que es la realidad fabula significantes y significados fabulosos, esto es, inventa verdades, añade a la realidad irrealidades. Ahora bien, a la semántica, que es la ciencia encargada de estudiar el significado lingüístico como constructo hipotético, que es lo mismo que “verdad inventada” o “significado fabuloso”, puede llamársele también fabulística, puesto que siendo esta última la ciencia de las fábulas y asumiéndose el significado fabuloso como producto de la invención del individuo, la semántica fabulística estudia esas invenciones de los hablantes, los significados que fabulan los sujetos fabuladores, y esto haciendo, también, fabulaciones, reinvenciones de significados. Juzgada, entonces, la semántica como fabulística que estudia significados fabulosos haciendo fabulaciones, este texto reflexiona sobre una fábula de Augusto Monterroso fabulando, precisamente, significados fabulosos.
Palabras clave: Fabulista o fabulador, fábula, fabulaciones, significado fabulosos, fabulística, semántica.

 

Introducción

no hay el nombre posible
para una cosa sin rostro
y no hay significado que se detenga en mí.

       Ludovico Silva

Bien sabido es que la semántica es la ciencia del significado y que el significado es un objeto de estudio difuso, vago, inatrapable, inasible. El significado lingüístico puede entenderse como lo entiende Marina en La selva del lenguaje: “una información organizada, unificada y separada del resto de las informaciones, es decir, diferenciada, seleccionada, abstraída de lo demás y unificada, organizada, identificada consigo misma” [1]. Es el sujeto quien motivado por un estímulo realiza este proceso de aislamiento. Tal movimiento de pensamiento también lo describe Marina refiriendo una anécdota que refiere como el hombre primitivo descubre el signo, el gran mediador: forma-contenido, significante-significado.

Mediante una anécdota un tanto fantástica, Marina pone el ejemplo del hombre primitivo que intenta cazar un bisonte en el páramo. El hombre del relato cuando perseguía al bisonte lo que hacía era ir tras “una luz al fondo del túnel”, un olor excitante, especies de rastros que lo empujaban tiránicamente sometido a un automatismo. Y esto ocurrió hasta que, cierto día, el hombre miró la huella del animal, un dibujo que le remitía al animal, un dibujo que era y no era el bisonte. Con la sola huella el hombre podía pensar, imaginarse o poseer el bisonte aún sin verlo, sin cazarlo. La huella vino a ser para el hombre que la miró el estímulo artificial, la representación, la metáfora, el signo que suple o contiene los distintos estímulos perceptivos que le asediaban.

Cuando el hombre primitivo descubre la huella y la convierte en ente contenedor de una serie de estímulos anteriores, lo que está haciendo es organizar dichos estímulos, unificándolos e identificándolos en el producto de tal unificación. Para el hombre primitivo la huella (signo) resume, unifica o contiene en sí misma la luz al fondo del túnel, el olor que excita, etc. La huella descubierta es, entonces, ente dotado de significado. No obstante, este significado, siempre será inexacto, borroso, inasible. El hombre primitivo etiquetó, fijó con la huella estímulos perceptivos a los cuales dotó de un significado específico, pero esto no termina aquí, el relato fantástico de Marina puede continuar, puesto que este hombre, al querer explicar a otros lo que significa el signo huella, seguramente, tendrá que valerse de otros signos que implicarán, a su vez, otros significados, otros signos que serán metáfora de la huella metáfora.

Lo que ocurre con la huella ocurre con la palabra. Toda palabra que nombra la realidad inducirá a otras palabras que nombrarán otras realidades u otros aspectos de la realidad. Toda palabra es metáfora de la realidad a la que se refiere y metáfora de otras palabras. Todas las palabras están entrelazadas, encadenadas, unidas entre sí, nos movemos, pues, en un entramado de palabras, palabras, palabras. Palabras por las que Paz expresa: “En cada página se reflejan las otras y cada una es el eco de la que la precede o la sigue, el eco y la respuesta, la rima y la metáfora. No hay fin ni tampoco hay principio: ... Todo está en todo” [2].

Quien crea estos signos metáforas es el hombre, el “mono gramático”, el sujeto hablante al que se le atribuye la facultad de percepción, es decir, la facultad de coger información y dar sentido, de hacer que las cosas signifiquen, de nombrar ese gran silencio que es la realidad. Es el hombre quien posee los significados, por tanto, éstos no están soldados a las frases, no son sellos o etiquetas perdurables, no se hayan contenidos dentro de los textos o enunciados, los vocablos no los transportan, es el sujeto quien se encarga de elaborar, inventar o “fabular” sentidos y otorgarlos a la realidad, a las palabras, así como el hombre primitivo otorgó significado a los estímulos perceptivos de su realidad y a la huella del bisonte. Es el hombre el gran creador, el fabulador de significados, el que metaforiza, el poeta de la realidad y las palabras.

Ahora bien, los significados construidos por el sujeto fabulador, o mejor aún, fabulista son necesariamente significados fabulosos, significados inventados, ideados, sugerentes. Según el DRAE, fabulista es “persona que compone, escribe o inventa fábulas”. El fabulista es quien fabula y fabular es, también según el diccionario, “contar fábulas. Imaginar (la realidad). Inventar verdades”. Asimismo, fabuloso es un adjetivo que quiere decir, entre otras cosas, “excesivo, increíble, de pura invención” (DRAE). Como el fabulista fabula y fabulando inventa verdades, el sujeto hablante (fabulador), con el lenguaje, añade a la realidad irrealidades, esas irrealidades con las cuales el hombre nombra la realidad implica significados fabulosos, imaginarios, productos de la pura invención.

Todo esto conlleva a considerar la semántica, ciencia que estudia el significado como constructo hipotético que es lo mismo que “verdad inventada”, irrealidad añadida a la realidad, significado fabuloso, como fabulística, ya que siendo esta última la ciencia de las fábulas y asumiéndose el significado fabuloso como producto de la invención del individuo (fabulista), la semántica o fabulística indaga, investiga o estudia esas invenciones de los hablantes, o mejor aún, los significados que fabulan los sujetos fabuladores. Las fabulaciones del hablante tienen lugar en el uso, en la actuación lingüística, es allí donde el sujeto cambia, modifica y reinventa los signos y sus significados, hace alarde de su creatividad semántica y lingüística, de su capacidad de fabular.

Escribe Paz en El mono gramático: “hablar es trazar un camino: inventar, jugar...” [3] y Marina también concibe el lenguaje como un “sorprendente juego de artificio” [4], esto es, un juego de fabulaciones. Pero acá es pertinente señalar que no solamente es fabulador del lenguaje aquel que habla o escribe. Cuando el hombre se comunica, cuando transfiere información, no cede al otro una entidad acabada, perfecta, agotada, para que este otro lo entienda y digiera todo de una sola vez. Al momento de la comunicación lingüística un hablante, escritor o emisor compele a un oyente, lector o receptor para que éste solamente induzca, infiera, descifre sus intenciones y construya así significados aproximados a los que aquél ha querido producir.

Los significados que el receptor construirá intentando “abrazar”, entender o comprender lo escuchado o leído serán significados fabulosos, sentidos en los que si bien intervendrá la concretización de un contexto verbal y situación específica, también jugarán papel determinante los conocimientos previos del lector u oyente acerca del tema tratado, sus conocimientos de la lengua, elecciones o evaluaciones, la forma de organizar su conocimiento, los propósitos perseguidos al llevar a cabo el acto de comprender. La comprensión de los potenciales sentidos de un término o frase escuchada o leída supone, de una u otra manera, una reinvención de lo escuchado o leído, supone una fabulación.

De esta manera, la semántica o fabulística, que busca hacer entender significados fabulosos dando cuenta de los posibles sentidos, cambios o variaciones de una palabra, oración o texto, hará a fin de cuentas fabulaciones, reinvenciones de significados y reinvenciones aproximadas, nunca exactas, nunca acabadas, siempre sugerentes como aproximado y sólo sugerente es el signo lingüístico respecto de la realidad a la que se refiere. Juzgada, pues, la semántica como fabulística que estudiará significados fabulosos haciendo fabulaciones, se pretende en líneas posteriores reflexionar sobre un texto de Augusto Monterroso. Un texto, que de paso, es una fábula y cuya lectura combinada con algunas nociones acerca de la ciencia del significado, motivaron el acercamiento al mismo de una manera singular, esto es, fabulando significados fabulosos.

 

Una fábula. Una fábula fabuladora.

Fabula, fabulae es un vocablo que en latín significa rumor, habladuría, murmuración. Leyenda, mito, narración poética. La fábula es una breve composición en verso o prosa originaria de la llamada literatura de tradición oral y cuyos personajes son en general animales u objetos inanimados. En su forma tradicional la fábula apunta a demostrar una verdad moral que, a modo de advertencia o consejo, se sintetiza al final de la narración en una moraleja. La versión contemporánea de la fábula puede considerarse como una reelaboración irónica en la que suele desaparecer la moraleja o se ofrece al lector un amplio marco de sugerencias.

La fábula, como forma de lo literario que hunde sus raíces en la oralidad, exhibe en su estructura ciertas marcas orales, sintagmas cristalizados, especies de fórmulas fijas que la distinguen de otras composiciones literarias como la novela, el ensayo, la poesía, entre otras. Cuando comienza a leerse un texto fabulístico y se observan o se escuchan enunciados como “Hace muchos años...”, “Había una vez...”, “Un día...” u otros sintagmas similares, quien lee o escucha, inevitablemente, relaciona estos enunciados con una manera de contar propia de la literatura de tradición oral. Quien lee o escucha al inicio de un texto la frase “Érase una vez...” entenderá lo que sigue como un cuento, una narración fabulosa, otorgará a tal narración un sentido concreto, supondrá que el texto referirá un relato fantasioso que se ocupará de fabulaciones, hechos irreales, etc.

El texto de Monterroso expone ese tipo de fórmulas fijas o sintagmas que, inmediatamente, remiten a un tipo de narración oral: “(...) hace mucho tiempo...”, “(...) como la vez que...”, “(...) un día...”, sintagmas por los cuales el texto en cuestión se sitúa dentro de la categoría de narración irreal, fabulosa, y además, fabuladora, porque si bien expone ciertos sintagmas cristalizados, la manera en que los utiliza da cuenta de una nueva forma de contar. Los enunciados que en otras fábulas aparecen casi siempre al inicio, en el caso del relato de Monterroso aparecen en otros lugares, el sintagma “(...) hace mucho tiempo(...)” se halla después de un complemento circunstancial y “(...) un día...” se encuentra intercalado casi en la mitad de una larga frase.

Por todo lo planteado anteriormente -la reelaboración irónica de la fábula contemporánea y la utilización singular de ciertas fórmulas fijas- la fábula de Monterroso puede verse como una reinvención de las fábulas clásicas, una fábula diferente que pone al lector u oyente frente a -como ya se dijo en relación al texto fabulístico contemporáneo- “un amplio marco de sugerencias”. El amplio marco de sugerencias que ofrece la fábula como forma literaria fundada en la ficción, invención, e incluso reinvención es lo que, para efectos de su estudio, da pie al atrevimiento de llamar a la semántica “fabulística” y estimarla como la ciencia de significados fabulosos.

No obstante, aquellos que consideren descabellado tal parangón, pueden interpretar lo propuesto en esta reflexión como el intento de comprender un texto partiendo de un acto que Marina distingue como “acto de comprensión con intención inventiva”[5]. Es este acto el que tiene lugar cuando lo escuchado o lo leído son textos poéticos o artísticos. En este caso el receptor está en la libertad de reconstruir el significado de lo percibido, no sólo a partir de las pistas o indicios gramaticales, sino a partir de intereses, intenciones, experiencias de quien produce y quien percibe, mediante la recreación o reinvención. Así tendrá lugar un continuo acto de renovación y revitalización del texto que garantizará su perdurabilidad y riqueza.

 

Fabulando significados de una fábula.

EL FABULISTA Y SUS CRÍTICOS

En la Selva vivía hace mucho tiempo un Fabulista cuyos criticados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del odio.

Como él estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corridos, como la vez que la Cigarra se decidió y dijo a la Hormiga todo lo que tenía que decirle.

Tras una primera lectura de este texto se asoma un primer sentido un tanto elemental, una primera interpretación. Se trata del cuento de un Fabulista que vivía en la selva y al parecer su oficio era criticar (emitir juicios) malintencionadamente a algunos que son, por ende, criticados. Cierto día, esos criticados (que seguramente son animales puesto que viven en la selva y su crítico es un Fabulista, que es una persona que escribe fábulas: textos en los que figuran fundamentalmente animales) fueron a quejársele simulando que sus quejas provenían de terceros a quienes disgustaban sus juicios fundados en el odio. El Fabulista estuvo de acuerdo con ellos y éstos, aparentemente, esperaban otra actitud por parte de aquél, ya que se retiraron desconcertados.

Releyendo el texto, a esta primera y somera interpretación, se le van sumando otros posibles sentidos. El título de la fábula EL FABULISTA Y SUS CRITICOS sugiere que un Fabulista será el objeto de crítica de alguien (sus críticos). Aunque esto, ciertamente, ocurre, la manera como inicia la historia hace suponer que dicho Fabulista es quien critica a unos que son, por tanto, criticados. Sin embargo, a medida que se avanza en el relato los supuestos criticados, al ir a quejarse al Fabulista y con sus quejas expresar pareceres sobre su manera de criticar, se convierten, finalmente, en sus críticos y el Fabulista pasa a ser el criticado. De manera que el sintagma nominal que titula la fábula podría ser sustituido por El CRITICADO Y SUS CRÏTICOS. Ahora bien, si los presuntos criticados toman el lugar del Fabulista (quien primeramente critica) y éste último es, por consiguiente, criticado por aquéllos, la fábula de Monterroso también podría titularse EL CRITICADO Y SUS FABULISTAS.

El fabulista, de acuerdo al relato de Monterroso, parece ser un crítico, alguien que emite juicios basándose en el odio. Pero un crítico, según el diccionario, es “persona que juzga las cualidades y los defectos de una obra artística, literaria, etc.” (DRAE) y sus juicios deberían ser objetivos, imparciales, neutrales. El crítico de Monterroso, al criticar apoyándose en el odio, evidentemente no es objetivo y además es Fabulista. Fabulista, como se dijo líneas arriba, es quien compone fábulas, inventa verdades, imagina. Si de entre los posibles significados atribuidos a fabulista se opta por persona que inventa verdades, éste último puede ser también visto como un inventor, alguien “que finge o discurre sin más fundamento que su voluntariedad y su capricho” (DRAE). Por esta razón, los supuestos criticados que terminan siendo críticos cuando van a quejarse al Fabulista “fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros” figuran también como inventores que inventan verdades según su voluntad, figuran como fabulistas.

Como se ha visto, la fábula de Monterroso está zarandeada por la ironía, permite jugar con las palabras y con los significados. Muchas de las cosas que se dicen y las acciones realizadas por los personajes en un principio, dan a entender lo contrario de lo que se dice y se realiza después. Cuando el título de la fábula indica, como también se reseñó en los párrafos anteriores, que unos críticos van a criticar a un Fabulista. El adjetivo “criticados” que aparece luego donde se supone debería ir el sustantivo “críticos” contraría la primera idea que insinúa el título del texto.

En el relato de Monterroso, un Fabulista, que es quien tendría que fabular, inventar fábulas, es, aparentemente, un crítico, un crítico que es después criticado por unos “criticados” que no son sino críticos, o mejor aún, fabulistas, inventores. ¿Será que Monterroso ironiza sobre el oficio del crítico?. ¿Es el crítico un fabulista, un inventor de verdades, un imaginador?. ¿O es el creador de fábulas un crítico?. ¿Acaso el fabulador o fabulista al personificar seres irracionales u objetos inanimados (propio de la fábula) juzga y critica las actitudes de los seres humanos?. Y esto si los criticados son personas, pero ¿y si se trata de animales?. ¿Será que todos, a fin de cuentas, fabulistas, críticos y criticados son seres irracionales, animales que fabulan sobre otros animales?....

Apelando a la intención irónica de la fábula de Monterroso y considerando que en Semántica una de las maneras de estudiar cómo ocurren los cambios de sentido en los textos es estableciendo relaciones de semejanzas y contiguidad de significados entre las unidades que lo conforman, se establecerán acá relaciones sintagmáticas (combinación de signos) y paradigmáticas (selección de signos) que involucran, a su vez, relaciones de semejanza y contiguidad de significados. Las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas no están separadas, por el contrario, ambas están indisolublemente ligadas. Cuando selecciono un paradigma lo hago para luego combinarlo con otro u otros que formarán uno o varios sintagmas.

Para indagar en la manera como se dan los cambios de sentido en los textos hay que atender tanto a las unidades que lo constituyen (contexto verbal) como a las que no están y pudieran estar en sustitución de las unidades presentes. Cada unidad, la presente, la sustitutiva, será “distinta pero asociada a la siguiente... Distinta y la misma” [6]. Así pues, para otear o explorar en los posibles sentidos que pueden atribuírsele a la fábula de Monterroso es menester fabular, esto es, ingeniosamente cambiar palabras, sustituirlas, relacionándolas con otras distintas o semejantes a ellas; en fin, encadenarlas con otras palabras. Estas fabulaciones darán lugar a nuevas fábulas.

 

Fabulando se inventa y reinventa el mundo

Una de las acepciones que el diccionario asigna al signo fábula es apólogo, apología o elogio. Apólogo, evidentemente, es sinónimo de fábula, pero apología es un elogio. Si se concibe la fábula como apología, al Fabulista también podría llamársele Apologista y a sus críticos-criticados, elogiados. Asimismo, al Apologista y los elogiados podríamos sacarlos de la Selva y ponerlos a vivir en la Ciudad, lugar que por su condición de espacio intrincado y desordenado como intrincado y desordenado es el espacio selvático, puede ser visto como una selva de cemento. De esto resultaría que el sustantivo “Selva” sería reemplazado por “Ciudad”, el sustantivo “Fabulista” por “Apologista”, el adjetivo sustantivado “Críticos”, por “elogiados” (adjetivo que aparecería también sustantivado) y el sustantivo “Críticas” por “elogios”:

EL APOLOGISTA Y SUS ELOGIADOS

En la Ciudad vivía hace mucho tiempo un Apologista cuyos elogiados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus elogios no nacían de la buena intención sino del odio.

Si la fábula de Monterroso versa sobre un Apologista y sus elogiados, resulta que los criticados (ahora quizás seres humanos, ya que viven en la ciudad) seguirían siendo criticados, pero ya no para mal, sino para bien, puesto que uno de los significados adjudicados a Apologista es el de persona que hace apologías y una apología es un “discurso, escrito o crítica en justificación, defensa o alabanza de personas o cosas” (DRAE). Pues bien, si el Apologista lo que hace es hablar en beneficio de sus criticados, que pasarían a ser sólo elogiados, no es coherente el que éstos últimos vayan a quejársele porque sus críticas o elogios están fundadas en el odio. El odio es un sentimiento que implica antipatía y aversión hacia alguna persona o cosa cuyo mal se desea. Por tanto, ¿cómo alguien podría elogiar a quien odia?. No obstante, no olvidando la intención irónica de Monterroso, quizás los elogios del Apologista son elogios irónicos, quizás son propiciados por un mal deseo hacia quienes se elogia y lo que parece una alabanza de lo que da cuenta realmente es de una mala intención encubierta.

Así también, si se considera que -como se dijo anteriormente- los criticados se vuelven críticos al ir a quejarse al Fabulista y fabulistas o inventores al fingir que hablaban por otros, los elogiados, consecuentemente, pasarían también a ser apologistas y apologistas irónicos, al ir a pronunciarse ante aquél que los elogia, irónicamente, en tanto van a quejarse y, contrariamente a lo interpretado en el caso de los supuestos elogios del Apologista (elogios que encubren una mala intención), los elogios de los elogiados-apologistas se esconderían tras una queja. Es en esto donde radica lo irónico del asunto, éstos últimos, además de que son apologistas de ellos mismos por cuanto se quejan a la par que se justifican y defienden simulando que hablan por otros, con sus quejas-elogios también están dando a entender lo contrario de lo que se dice.

Por otra parte, entendiendo la fábula como se entiende en latín: rumor, habladuría, murmuración, el Fabulista de Monterroso puede ser un murmurón y considerando, nuevamente, que sus críticos acaban siendo fabulistas, a ellos puede llamárseles, de igual forma, murmurones. De manera que otro posible título que implicaría otra posible fábula sería EL MURMURÓN Y SUS MURMURONES:

EL MURMURÓN Y SUS MURMURONES

En la Ciudad vivía hace mucho tiempo un Murmurón cuyos murmurados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus murmuraciones no nacían de la buena invención sino del ocio.

Si el murmurón es, entre otras cosas, quien murmura o “habla en perjuicio de alguien” (DRAE), si en ocasiones es “quien habla sin una fuente precisa o sobre hechos no confirmados” y quien “habla demás por puro goce o entretenimiento” (DRAE), sus murmurones que, como en el caso de los críticos que primero son criticados o los apologistas que primero son elogiados, son, en primera instancia, murmurados, ahora deberían ir a quejarse ante él más que porque sus críticas estaban basadas en el odio y no en la buena intención, porque sus murmuraciones no nacían de la buena invención, sino del ocio (cambio de signos por semejanza de significantes: intención-invención / odio-ocio). Entre las acepciones que el diccionario endosa a tal palabra es “diversión u ocupación reposada sin fruto ni utilidad” (DRAE). El ocio, así entendido, puede relacionarse con la actividad de un Murmurón, en tanto la murmuración es una actividad u ocupación sin utilidad, sin provecho.

De igual manera, cabe destacar respecto de lo ocurrido en la nueva fábula, que quienes en un principio son objeto de murmuración -como los criticados mudados a críticos o los elogiados mudados a apologistas- aparecen luego como murmurones cuando se quejan ante el Murmurón hablando, de una u otra manera, en perjuicio de otros al fingir que sus quejas proceden de terceros.

 

Una fábula que fabula sobre otra fábula.

Estoy en el centro de un tiempo redondo...
Todo es lo mismo.

        O. Paz

Hasta ahora sólo se ha jugado a buscarle o fabularle sentidos a la primera parte de la fábula de Monterroso, y es que para abordarla en su totalidad es necesario acudir a la semántica referencial. Todo signo lingüístico nos hace llegar a un referente, el referente es aquello a lo que remite el signo en la realidad extralinguística. Este referente puede ser o bien un objeto físico, una idea o un concepto. Una de las funciones del lenguaje es la función referencial: designar lo externo a la lengua con lenguaje. La semántica referencial consiste, pues, en hacer coincidir el significado de un signo lingüístico con algo exterior a ese mismo signo.

Considerando lo propuesto por la semántica referencial EL FABULISTA Y... puede valorarse como una fábula que fabula sobre otra fábula, una fábula que remite a otra, a un relato que hace de referente literario: la antigua fábula de LA HORMIGA Y LA CIGARRA. En el texto de Monterroso se esbozan algunas de las acciones que estos dos personajes realizan en su fábula, los dos personajes y sus acciones pueden pensarse e identificarse como los referentes que permiten complementar los primeros significados conferidos a la fábula del autor guatemalteco.

LA HORMIGA Y LA CIGARRA cuenta la historia de una Hormiga afanosa que durante todo el verano se ocupó de trabajar para tener refugio y alimento cuando llegase el invierno. Mientras la Hormiga se esforzaba, la Cigarra cantaba y se burlaba del afán de aquélla. Finalmente, llegó el invierno y la Hormiga estaba calentita y bien alimentada en su hormiguero. La Cigarra, por el contrario, sin comida y sin refugio, pasaba hambre y sentía frío. Un día no pudo más y acudió a la casa de la Hormiga en busca de ayuda. La Hormiga le recriminó su conducta perezosa; pero le brindó cobijo y le dio de comer.

En esta fábula llama la atención el hecho de que la Hormiga, a pesar de haber sido criticada por la Cigarra durante el verano en detrimento de su pesada labor, comparta su comida y abrigo con ésta. Quizás el proceder de la Hormiga haya sorprendido a la Cigarra así como sorprende al lector u oyente, que espera, cuando menos, que la Hormiga no solamente reclame al insecto haragán, sino que además no acepte prestarle ayude. Las actitudes o acciones que resultan sorpresivas en la fábula de LA HORMIGA Y ... son equiparables con ciertas acciones realizadas por los personajes de EL FABULISTA Y... . Así como la Hormiga, pese a las anteriores críticas y el ocio de la Cigarra durante el verano, aceptó ayudarla; el Fabulista, igualmente, aceptó las quejas de sus criticados-críticos y estuvo de acuerdo con ellos. Como el proceder de la Hormiga pudo haber extrañado a la Cigarra y de hecho extraña al lector, la actitud del Fabulista, de quien también se espera niegue el que sus críticas estén sustentadas en el odio, parece haber sorprendido a los criticados-críticos, quienes se retiraron corridos.

En la comparación anterior, jugando a las metáforas, se ha puesto en el lugar de la Hormiga al Fabulista, y en el de la Cigarra, a los criticados-críticos. Tal equiparamiento de personajes, si bien sirve para terminar de integrar las partes significativas del relato, también propicia otros cambios de sentido. LA HORMIGA Y... es una fábula que presenta claramente una moraleja, moraleja que discurre sobre las consecuencias de la pereza y, aunque en la fábula de Monterroso no hay manifiestamente una moraleja como tal, no es fortuito que dicho autor haga referencia en su relato a la fábula de LA HORMIGA Y... y un poco antes de nombrar sus personajes señale la palabra odio.

Como es bien sabido, la pereza está estrechamente relacionada con el ocio y como habrá podido notarse (en el cambio de fonemas antes hecho) este último término es muy semejante a odio en cuanto a la forma, sus significantes son casi idénticos (sólo varía entre ellos un fonema /d/ - /c/). Atendiendo, pues, a esta semejanza casi total de significantes entre odio y ocio no estaría mal relacionar la primera palabra con la segunda y sustituir una por otra (odio por ocio), ya que éste último (el ocio) es un rasgo particular de la Cigarra, pero también podría pasar a ser una característica de la Hormiga-Fabulista, a quien la Cigarra iría a reclamar el que sus críticas no nazcan de la buena intención, sino del ocio. ¿Será que para Monterroso el Fabulista, creador o inventor es un ocioso?. ¿Acaso Fabulistas, Críticos, Apologistas y Murmurones son Cigarras?....

Tomando en cuenta los nuevos sentidos atribuidos a la fábula de Monterroso haciéndola coincidir con un referente literario, es válido hacer nuevas fabulaciones, fabular nuevas fábulas que ahora fabularán sobre otra fábula...

 

Fabulaciones.

LA HORMIGA Y LA CIGARRA

En la Selva vivía hace mucho tiempo una Hormiga a quien una Cigarra visitó un día para quejarse de ella (fingiendo alegremente que no hablaba por ella sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del ocio.

Como ella estuvo de acuerdo, la Cigarra se retiró corrida, como la vez que Los Críticos se decidieron y dijeron al Fabulista todo lo que tenían que decirle.

Las palabras se entrelazan, se entretejen... el lenguaje es un orbe de significados enmarañados, un terreno extenso e intrincado, una selva. Cada palabra improvisa una selva y cada poeta lucha y se pierde en ella, se erige en domador de oscuros conceptos, de palabras que hablan por ellas y por otras...

EL POETA Y SUS PALABRAS

En el Lenguaje vivía hace mucho tiempo un Poeta cuyas palabras se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él ( fingiendo alegremente que no hablaban por ellas sino por otras ), sobre la base de que sus metáforas no nacían de la buena invención sino del ocio.

Como él estuvo de acuerdo, ellas se retiraron corridas, como la vez que Los Críticos se decidieron y dijeron al Fabulista todo lo que tenían que decirle.

En la Selva-Lenguaje, Lenguaje-Selva vive un poeta escribiendo palabras y haciendo metáforas con ellas, palabras que un día se le quejan porque dichas metáforas nacen del ocio. ¿Por qué se quejan las palabras?. Cierto es que casi siempre el ocio es entendido como cesación del trabajo, inacción total, omisión de actividad, pero también dice el diccionario: “ocio es una obra de ingenio o talentosa formada en ratos libres” (DRAE). En atención a tal significado, las palabras del poeta en lugar de ir a quejarse, deberían mejor agradecerle ser ellas quienes dan forma a sus obras de ingenio, deberían agradecerle su condición de metáforas , esto es, el ser palabras que hablan por otras.

No obstante, quizás las palabras de este poeta, como los criticados-fabulistas, los elogiados-apologistas o los murmurados-murmurones, sean sólo irónicas y simplemente quieran dar a entender lo contrario de lo que expresan. Aunque, desde otra perspectiva, puede que las palabras tengan toda la razón al ir a presentar sus quejas, en tanto una obra de ingenio, así como es entendida como obra talentosa, también es percibida como una “obra resultante de alguna maña, ardid o fingimiento para conseguir algo” (DRAE). Pese a esto, sigue siendo injusto el ir a quejársele al poeta, ya que ninguna otra cosa puede hacer éste con las palabras, sino inventos, artificios, metáforas. Además, si es así, si las palabras van a quejarse al poeta por mañoso o ingenioso, cabría preguntarse, cómo pueden éstas atreverse a hacer algo semejante cuando también ellas se dirigen al poeta con maña, al fingir que hablan por otras.

Palabras fabuladas. Palabras que fabulan. Fabulaciones. Invenciones del hombre que inventan al hombre. Hombre Fabulista, Crítico, Apologista, Murmurón, Hormiga y Cigarra, Poeta, exagerado, hablador, malicioso, suspicaz, fantasioso...

UNOS HABLADORES Y SUS ESPECTADORES

En Maracaibo vivían hace mucho tiempo unos Habladores (Mamblea y Roñoquero) cuyos espectadores se reunieron un día y los visitaron para quejarse de ellos (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus habladurías no nacían de la buena invención sino del ocio.

Como Mamblea y Roñoquero estuvieron de acuerdo, ellos se retiraron corridos, como la vez que Los Críticos se decidieron y dijeron al Fabulista todo lo que tenían que decirle.

Ciertamente el lenguaje es un sendero sin fin, sendero inacabable, y el sujeto lingüístico un ente que constantemente con las palabras a las cuales dota de significados múltiples camina siempre “al encuentro de...”, al encuentro de un “fin que lo elude”. Un fin que es la realidad y que no fortuitamente Gabriel García Márquez en Cien años de soledad la llama “realidad escurridiza momentáneamente capturada por las palabras” [7]. En este afán por asir la realidad el hombre construye y reconstruye sentidos, sentidos que luego se le escapan, se le ocultan y se le asoman obligándole a correr tras ellos y en la carrera fundar o crear otros.

Muchas e infinitas son las ocurrencias que advienen al lector u oyente al leer o escuchar la fábula de Monterroso; no obstante, sería imposible referirlas todas, por tanto, lo que se ha hecho en estas breves páginas es atrapar algunas, deteniendo el movimiento de pensamiento que se da en todo individuo cuando está frente a la palabra. Los sentidos huidizos se apresan provisionalmente cuando se fija una ocurrencia mediante la intervención de intereses, evaluaciones, preferencias, conocimientos previos, creencias, experiencias.

Por conocimientos previos, creencias, experiencias, EL FABULISTA Y SUS CRÍTICOS pueden ser EL APOLOGISTA Y SUS ELOGIADOS, EL MURMURÓN Y SUS MURMURONES, LA HORMIGA Y LA CIGARRA, EL POETA Y SUS PALABRAS, UNOS HABLADORES (Mamblea y Roñoquero) Y SUS ESPECTADORES. Quizás este último título que originó, a su vez, una nueva fábula parezca disparatado, nacido “no de la buena invención sino del ocio”; sin embargo, haciendo alarde de la creatividad semántica e intentando poner en situación el texto, trasladándolo o ubicándolo en una realidad concreta, es válido hacer corresponder una selva (terreno extenso e intrincado), o una selva-ciudad (la ciudad es como una selva de cemento) o la selva-lenguaje (el lenguaje como la selva es enrevesado y enmarañado) con la ciudad de Maracaibo (ciudad de espacios intrincados y lenguaje enrevesado), y a un Fabulista, Crítico, Murmurón, etc, con dos personajes populares, Mamblea y Roñoquero, quienes hace muchos años, en la comunidad marabina, fueron reconocidos por sus habilidades para el arte de la fabulación, contar cuentos, inventar hazañas, imaginar historias, ironizar, hacer reír.

Así como el Fabulista de Monterroso fue criticado por unos criticados-críticos a quienes disgustaban sus críticas animadas por el odio, Mamblea y Roñoquero, en su época, seguramente también fueron criticados por sus habladurías, inventos, fantasías, las cuales -según dicen los ancianos de Maracaibo- tampoco “nacían de la buena invención, sino del ocio”. Por otra parte, también hay que atender al hecho de que quien conozca la comunidad marabina y sepa que sus habitantes hablan “al revés”, al leer la fábula titulada UNOS HABLADORES Y SUS ESPECTADORES entenderá fácilmente como es que los espectadores que van a quejarse a Mamblea y Roñoquero fingen que hablan por otros, porque sabrá que como los Habladores marabinos, los espectadores, que también son marabinos, serán idénticamente, inventores de verdades, fabulistas, murmurones, irónicos, inclinados a dar entender lo contrario de lo que se dice, de manera que cuando van donde Mamblea y Roñoquero simulando que hablan por otros, queda sobreentendido para quien lee o escucha la fábula, que lo que verdaderamente quieren decir los espectadores no es que están hablando por otros, sino por ellos.

Evidentemente, fabulosos significados fabula el hombre inmerso, como diría Marina, en la selva del lenguaje, preso en la maleza de signos, “trepando entre las lianas de las letras”, añadiría Paz, corriendo tras los sentidos, los sentidos de las palabras, palabras que a su vez van en busca de sentido y en eso consiste todo su sentido.

 

NOTAS

[1] Marina, José Antonio (1999). La selva del lenguaje. Barcelona, Anagrama. p 248.

[2] Paz, Octavio (1974). El mono gramático. México. Seix Barral. p 133.

[3] Idem. p 109.

[4] Marina, José Antonio. Ob. Cit. p 116.

[5] Idem. p 164.

[6] Paz, Octavio. Ob. Cit. p 71.

[7] García Márquez, Gabriel. (1982) Cien años de soledad. Caracas, Biblioteca Ayacucho. p 120.

 

Bibliografía

Bailón, Christian y otro (1994). La semántica. Barcelona, Piados.

García Márquez, Gabriel (1982). Cien años de soledad. Caracas, Biblioteca Ayacucho.

Marina, José Antonio (1999). La selva del lenguaje. Barcelona, Anagrama.

Monterroso, Augusto (1973). La oveja negra y demás fábulas. México, Editorial Joaquín Ortiz.

Ocando Yamarte, Gustavo (1974). Roñoquero y Mamblea: dos genios populares. Maracaibo, Editorial Maracaibo.

Paz, Octavio (1974). El mono gramático. México. Seix Barral.

Real Academia Española (2001). Diccionario de la Lengua Española. España, Mateu Cromo. Artes Gráficas, S.A.

Ullmann, Stephen (1976). Semántica. Madrid, Aguilar.

Wahnón, Sultana (1997). Lenguaje y Literatura. Barcelona, Octaedro.

 

© María Gloria Rincón y Paola Rodríguez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/fabulan.html