El tiempo y sus fantasmas
en la poesía de Felipe Benítez Reyes

Norberto Pérez García

I.E.S. “La Poveda” de Arganda del Rey
npg642001@yahoo.es


 

   
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El número monográfico que la revista Litoral dedicó a Felipe Benítez Reyes en el año 2001 se subtitula, significativamente, Ecuación de tiempo [1]. No andaba desencaminado su compilador porque, en efecto, la reflexión sobre el tiempo es el tema mayor de su poesía, si no de su obra completa, y el artificio de enlace del juego de máscaras y de experiencias ficcionales en que consiste su obra lírica. Si en sus primeros libros las voces poéticas son variadas, a todas ellas las une una persistente conciencia temporal que se ha ido convirtiendo a lo largo de su trayectoria en la nota dominante que permite apreciar la identidad de una inconfundible voz personal factible de identificarse con la voz característica del autor [2].

Lo primero que se aprecia en la lectura de los versos de Benítez Reyes es, posiblemente, su densa selva de transparentes símbolos temporales: un mercader intemporal que sistemáticamente ofrece sus productos, y sus engaños, en un juego eterno y triste es asociado en un poema de Paraíso manuscrito con el tiempo; una tormenta de verano que oscurece un luminosa día de agosto sirve para recordar cómo la juventud marcha rauda hacia las sombras de la vejez en el poema inicial de Pruebas de autor, y el verano en sí mismo, o su recuerdo, en el primer poema de La mala compañía es trasunto simbólico del paso del tiempo y sus desastres y laberintos; un “mendigo que busca /monedas entre el lodo de la fiesta” [3] de carnaval evoca las miserias del que recuerda el esplendor de pasado juvenil así como la rosa comprada a una gitana vieja durante una noche golfa transmite la idea de una vida vana vivida entre leyendas falsas; el asedio de una casa, descrito como un episodio épico, se transforma en algo simbólico por las constantes referencias y alusiones temporales de tragedia; y los espejos, en fin, “son restos de un mundo que perdimos,/ de un mundo destrozado que nos mira” (p. 119).

El poema inicial de Sombras particulares es, a su vez, una recopilación de símbolos temporales: los jardines arrasados, las terrazas otoñales recubiertas de hojas, las estaciones de trenes, las aves despreocupadas en la playa invernal, los relojes, la luna, el crepúsculo como metáfora del “tiempo que camina a su fin” (p. 128) son escenarios simbólicos propicios a la elegía.

Y los símbolos temporales ocupan completamente sus últimos libros. El equipaje abierto se llena de maletas abiertas tras un viaje, de maletas encontradas en las playas de invierno, de bibelots que cifran el pasado y sus rutinas, de barcos contemplados en la infancia y portadores “del oro falso del futuro” (p. 169), de escaparates con productos electrónicos que por el azar de las analogías remiten a la propia sucesión de momentos desordenados del pasado, de cines de verano con las ilusiones pecaminosas de la infancia y la adolescencia, de campanas que suenan en el pasado, de momentos invernales, de vientos heladores, de unos viajes que, como los sueños, provocan una sensación de irrealidad que, al ser reforzada por los objetos que los evocan, hacen exclamar al poeta: “La memoria es un náufrago/ aferrado a unos símbolos” (p. 226).

Y en Escaparate de venenos no es menor el empleo de estos símbolos temporales: las noches que cada ser humano llena como puede para hacer frente al paso del tiempo, los espejos que registran “el fluir del tiempo aleve” (p. 247), el relámpago y la rosa que reproducen la fugacidad de la vida o los inevitables cines de verano de la infancia como “un tiempo inmortal que muere en mí” (p. 309).

En su tratamiento del tiempo, el autor gaditano no ha desdeñado asimismo el empleo de motivos tópicos. Ya en el poema “Murmullos en escuela neoplatónica” de Paraíso manuscrito, se concluye con una referencia al carpe diem, así como “Ex profeso”, de Pruebas de autor, recuerda el collige, virgo, rosas:

Irreverente niña, todo será de acíbar
dentro de pocos años, y tal vez deberías
considerar en más los momentos dichosos.
Luego será ya tarde… (p. 71)

Y el verso del pseudoausonio se utiliza como título precisamente de un poema de El equipaje abierto en el que la intensa vivencia del día se convierte para el poeta en el sentido último de una vida de sueños caóticos y deseos imposibles.

No menos tópicas son las reflexiones sobre la fugacidad de la existencia (tempus fugit), la relación entre brevedad y eternidad, la monotonía de la vida, la inanidad que encierra el fluir del tiempo, la incertidumbre de nuestro destino, la insignificancia humana, plasmada en algunos poemas de Escaparate de venenos, sobre todo, el guiño heraclíteo de “Panta rei” de esta misma obra, o el mito del eterno retorno, presentado con enumeraciones cultas en “La esencia del tiempo”, de Pruebas de autor, y entrelazado con el símbolo del verano en “Road Blues”, de El equipaje abierto:

Porque cualquier verano se confunde,
porque cualquier verano se parece
al último verano de una vida. (p. 217)

Pero en medio de estas ideas tan traídas y llevadas, la voz de Felipe Benítez Reyes empieza a adquirir identidad propia cuando evoca experiencias personales: los veranos infantiles y sus noches de cine, los viajes y sus recuerdos, los objetos de su cuarto de trabajo, las ilusiones rotas de la adolescencia. Todas estas experiencias remiten a vivencias temporales y enlazan el tema del tiempo con otros temas literarios.

Aunque el autor no se ha prodigado en exceso en el desarrollo de motivos amorosos, por ejemplo, cuando aparecen éstos van ligados, muchas veces, al sentir temporal. Así, con un tono cercano a los poetas de la antología griega o a los elegíacos latinos, el “Elogio sentimental” de Paraíso manuscrito no es sino una proyección del amor en el tiempo y una ilustración de la contraposición clásica entre amor consumado, que deriva en hastío, y deseo en esperanza, que envuelve al hombre con un manto de misterio y seducción, todo ello por virtud del tiempo.

Ese ritual de amor en el tiempo, se desarrolla también en “Palabras privadas”, de Pruebas de autor. Todo amor se transforma en dolor con el paso de los años, un dolor difícil de olvidar e inevitable incluso desde una concepción elevada de este sentimiento: “siempre esconde el amor su aurora oscura” (p. 69) y nadie puede salvarse del poso que deja el paso de los años en el cuerpo y en la mente.

Pero es en Escaparate de venenos donde mejor se representa la visión de Benítez Reyes sobre las relaciones entre amor y tiempo. En el fingido diálogo entre los dos protagonistas masculinos de la Lolita de Nabokov se muestran las dos orientaciones básicas: si para Humbert Humbert el deseo de las jovencitas viene motivado por la necesidad de preservar del tiempo todo lo noble y digno que representa su inocencia, para el más realista y sarcástico Clare Quilty, dándole vueltas al argumento, ese deseo es el único impulso que puede anular el tiempo ya que nos devuelve a nuestra propia adolescencia.

Se constata, en cualquier caso, la importancia de un sentimiento que, como todos, se desarrolla inexcusablemente en el tiempo. Y es en su transcurso donde se puede percibir también la importancia de la vida, esas noches mágicas de la juventud, sobre todo, cuyo efímero fulgor no puede ser destruido por la fugacidad existencial:

Todo lo perderé salvo el recuerdo
de los días aquéllos luminosos
en que la vida aprisionaba con firmeza
la flor caudal y humana
de una ambigua emoción inexpresable
que cada cual concibe
como felicidad (p. 77)

esos momentos que justifican la vida aunque el autor tema que la existencia sea simplemente “ese raro correr hacia la nada” (p. 337). Porque, como en todo buen poeta elegiaco y temporal no podía estar ausente de sus versos el tema de la muerte. Si en sus primeros libros la muerte es sólo una pregunta insondable, un misterio del que no se sabe si se puede extraer el testimonio de la hermosura del pasado, poco a poco va configurándose como el final inevitable con el que concluye el tiempo y que quita a este todo su sentido, tal y como se dice en el “Epílogo” de Escaparate de venenos:

Y en medio de ellos tú, viendo la muerte
comprar a bajo precio las quimeras
labradas cuando el tiempo no tenía
la forma de este vértigo imparable
en que todo sucede sin sentido
y sin sentido avanza hacia su fin,
fugaz como el relámpago y la rosa,
buscando eternidad mientras la pierde (p. 340)

El tiempo también se une frecuentemente con las reflexiones metaliterarias que tanto espacio ocupan en la poesía de Benítez Reyes. Generalmente el autor gaditano presenta la poesía como un arte fallido y poco real ya que es incapaz casi siempre de concentrar “la esencia fugaz y desvalida/ del tiempo, que va huyendo” (p. 106). Los libros mueren con el tiempo y es de necios dedicar la existencia a un quehacer destinado a la polilla. La vida no se parece en nada a las elegías poéticas y se burla, con fundamento, de todo aquel que pretende, vanamente, “detener todo esto que va huyendo” (p. 216). No obstante, aunque el poeta casi se convierte en un impostor que no consigue representar la esencia de la rosa en unas palabras “que el tiempo borrará tarde o temprano” (p. 323), sin embargo, entregarse con dedicación a esta tarea permite quizás aproximarse a esa negación del tiempo, a ese robarle al tiempo una porción de irrealidad que, según el autor, solo la música puede conseguir:

El tiempo sólo en ti
se digna detenerse un solo instante
para luego seguir
huyendo, delincuente
de sus perseguidores. (p. 250)

Como se ve, el tiempo lleva asociado en este autor, todo un cortejo de temas que, sin embargo, no pueden compartir el protagonismo en una obra que lo ha ido convirtiendo en la esencia de su labor y que lo ha ido configurando con una serie de ideas reiteradas en sus poemas.

Ante todo, el tiempo se manifiesta como destructor. Las ilusiones se marchitan con los años y las esperanzas en un futuro mejor no pueden hacer frente al dolor que causa el fracaso. Porque la pérdida es inevitable, incluso vista desde el presente feliz del joven:

Pasarán estos años. Y en el muelle
donde ancló la adolescencia jubilosa
una tormenta espesa arrasará
los barcos blancos y las limpias redes
con que salimos al mar una mañana
para sentir el denso aroma de la vida. (p. 56)

Los versos y su recuerdo, el amor, las dichas, la hermosura se quiebran con ese tiempo que “elabora sus cuentas/ con números inciertos que al final/ multiplica por cero, y crea la Nada” (p. 277).

Esa sensación de pérdida sólo deja residuos tan dolorosos en el recuerdo que el hombre es un ser desvalido para combatirlos y olvidarlos. La memoria se convierte en una intrusa que evoca el pasado y llena de melancolía el alma:

Cada recuerdo tiene
la forma de un alfiler
que navega a lo hondo
con una precisión
de cuchilla que rasga
el pétalo carnal del tiempo y de las rosas (p. 195) [4].

El recuerdo para Benítez Reyes, como para Rosalía de Castro, es un proceso que conlleva el sufrimiento, recordar es una actividad parecida a una tempestad “porque nada/ hiere más y más hondo que el recuerdo” (p. 233). Desde el presente, la evocación del pasado no puede ser sino desoladora. Y el desencanto se hace así materia propias de numerosos versos: incluso en sus primeros libros, escritos desde un punto de vista juvenil, nos comunica el autor la idea de que “todo es un lento bostezo” (p. 33), de que la vida es un martes de carnaval del que subsisten sólo lamentables fragmentos que no deben ser idealizados porque toda recreación positiva del pasado es casi siempre un engaño (“el pensamiento y la memoria/ arrasan cualquier paraíso”, p. 196). Y además no hay esperanzas de mejora ya que la condición del tiempo consiste en que los deseos sean “tesoros falsos del futuro” (p.170)

El juego entre pasado, presente y futuro, igual de desesperanzados, se presenta así como un aspecto más de la reflexión temporal desde Los vanos mundos, por lo menos. El poema titulado “Al cumplir 23 años” es una tentativa de considerar el tiempo como un misterio (“lo que sin duda he perdido no lo sé […] / lo que habrá de venir yo no lo sé”, pp. 54-55), como enigma que solo deja transparentar la vanidad de una existencia que no pude prescindir de las obsesiones temporales: campanas de elegía.

Entre el pasado y el futuro, el presente, el hic et nunc de un poema así titulado de Escaparate de venenos, es apenas una sombra inmaterial, relajante si se compara con el pasado pero desasosegante en sí mismo ya que en el presente se pierde hasta la propia identidad personal, diluida en ese “urgente espejismo que aún no es tiempo” (p. 271)

Porque esta es la mayor trampa del tiempo, o su más preciso atributo, y donde reside la mayor aportación de Benítez Reyes al tema: que transforma la vida humana en ficción. Nuestra memoria nos engaña irremisiblemente y, si nos permite reflejar el pasado como algo abstracto y ajeno, esa misma extrañeza en su representación altera su realidad:

Todo recuerdo adquiere
un grado de realidad imaginaria
pues nada sobrevive en la memoria
si no es en forma impura de ficción (p. 267)

Vivir en el tiempo es ir acumulando tinieblas, es ir engañándonos con palabras huecas que intentan atrapar un pasado cuya imagen no es real. Nuestro ser adquiere, proyectado en el tiempo, el rostro de un enemigo, y todas nuestras vivencias no tienen más realidad que la del humo. Intentar penetrar en los recuerdos para reconocernos en ellos es recorrer un laberinto sin sentido, poblado de espejismos, un dibujo impreciso y falseado de lo sucedido “pues verdadera/ no puede ser la vida recordada” (p. 154), aunque todo ello quizás sea solamente un mecanismo psicológico para reducir su crudeza: inventamos fábulas para arrostrar ese sueño peligroso que es el tiempo.

En una entrevista publicada en el diario El País en septiembre de 2006 como antesala de un nuevo libro de poemas ha expresado el autor estas mismas ideas. El poeta trata, como tratamos todos, “de reconocerse en el vértigo de lo transitorio, de aprender a instalarse en la sucesión del tiempo con una cierta coherencia moral y emocional. Buscamos un síntoma de permanencia en los fugitivo, pero la memoria es una abstracción llena de trampas […] lo único permanente es al fin y al cabo esa conciencia melancólica de fugacidad, la indefinición de uno mismo ante sí mismo […] La memoria es fantasiosa, quizá porque tendemos a inventarnos a nosotros mismos, y no necesariamente por inclinación al delirio, sino por mero sentido de la supervivencia”.

Son ideas, en efecto, que aparecen en su última entrega poética, La misma luna, obra en la que la insistencia sobre la temporalidad y sus enigmas ocupa la práctica totalidad de los poemas, con una tendencia hacia una mayor densidad conceptual portadora de resonancias metafísicas que aminora la carga narrativa de sus anteriores libros y conlleva una eliminación del toque irónico precedente así como un empleo profuso de paradojas y antítesis, de oxímoron y juegos de palabras como medio de aproximación a la inaccesible realidad del tiempo.

Por todo ello son tan frecuentes en este último poemario las definiciones del tiempo: suma “de una nube vacía y de un relámpago” [5], “el tiempo es un lamento por el tiempo” (p.37), una conjetura indescifrable, un enigma que llega a ser el esqueleto vertebrador de numerosos poemas del libro, como ocurre en “La cuestión preliminar”, donde a través de interrogaciones retóricas se suceden las definiciones temporales (savia mutada en ámbar, unión de azar y orden, encarnación abstracta de lo imaginado, ficción sin contenido verificable).

La meditación sobre la esencia del tiempo, matriz de este libro, se estrella siempre, en efecto, contra sus misterios. Aunque el “tiempo es sólo el nombre de un espectro” (p. 16) y una tautología para designar aquello que se acaba, un juego mirado con los ojos de un jugador temporal, el hombre no es capaz de atrapar lo que permanece en los fugitivo ni definir con precisión “esto que escapa y fluye y pasa/ y se va y ya no vuelve y no se olvida/ o se olvida y regresa y no es de nadie” (p. 73)

En los poemas de este libro, además, Benítez Reyes profundiza en algo que estaba levemente esbozado en sus obras anteriores, las relaciones entre el tiempo y la eternidad, entre lo pasajero y lo inmutable. La hermosura o el amor tienen a veces “ese sabor/ a eternidad de aquello que no dura” (p. 14), el arte apunta en ocasiones a la inmanencia y la propia identidad personal parece trascender las limitaciones temporales. Pero todo ello no sino bellas ilusiones que se desvanecen al proyectarlas sobre la realidad única del acabamiento y la muerte, allí donde “naufraga todo afán de eternidad” (p. 72). Porque, además, la memoria y sus juegos no pueden ocultar sus trampas a la luz de la razón. Todo lo que recordamos se trueca en ficción y leyenda, nuestra experiencia del pasado funciona como un sueño irreal y las actividades cotidianas simulan también la reconstrucción de una continuidad falseada en la que cada uno debe cargar con su quimera. Todas esas voces interiores y ficticias que nos habitan no hacen nada más que registrar que lo que somos es “un puro divagar sobre qué somos” (p. 31) y por eso mismo la poesía, como ya se mostraba en sus primeros libros, no puede ser sino un gran juego de máscaras condenado al fracaso de su propia impostura:

Reflejados y errantes de nosotros,
eco de unas palabras confudidas,
sin nada que perder y tan perdidos. (p. 51)

Pero estas ideas, mayoritariamente expresadas en esta teoría del tiempo que es La misma luna, no encubren otros aspectos que habían sido decisivos en sus obras anteriores: el efecto destructor del tiempo, con su hojarasca otoñal y sus ruinas que provocan el desasosiego íntimo; el desencanto inevitable de una existencia entregada a un ideal espurio y acosada por las pérdidas; el engranaje constante de símbolos temporales (el crepúsculo, el mar, la rosa, la niebla, el otoño, el río, los fuegos artificiales, la misma luna), el encanto persistente de una voz poética fraguada en el tema del tiempo.

 

NOTAS

[1] AA. VV.: Felipe Benítez Reyes. Ecuación de tiempo, Litoral, 229-230 (2001). Coordinado por José Antonio Mesa Toré, contiene semblanzas variadas del escritor, fotos, cartas y textos antológicos, además de un conjunto de estudios sobre las distintas facetas de su obra.

[2] Cfr. LINARES VALCÁRCEL, F.: “Indicios autobiográficos en la poesía de Felipe Benítez Reyes”, en AA. VV.: Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999), Madrid, Visor, 2000, pp. 359-369; LÓPEZ GUIL, I.: “Sujeto biográfico y sujeto poético: a propósito de Vidas improbables de Felipe Benítez Reyes”, en L’interprétation litteraire aujourd’hui, Lausanne, Versans, 2003, 44-45, pp. 376-93.

[3] Citaré dentro del texto por la recopilación de su poesía titulada Trama de niebla publicada en Barcelona por la editorial Tusquets en 2003. En este caso la cita e p. 95.

[4] Sobre el tema del recuerdo, cfr. GONZÁLEZ VERA, J.L.: “Un mendigo busca monedas entre el lodo de una fiesta”, en Felipe Benítez Reyes. Ecuación de tiempo, op. cit., pp. 118-127.

[5] Citaré dentro del texto por BENÍTEZ REYES, F.: La misma luna, Madrid, Visor, 2006.

 

© Norberto Pérez García 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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