El gaucho argentino:
una interpretación mítico-simbólica de sus avatares literarios
a partir de la construcción histórica como nación de la Argentina

Dr. Alejandro Hermosilla Sánchez *

adler136@hotmail.com


 

   
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“Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tiene un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir de lo que han pensado hacer”.
       Génesis 11, 6.

 

Si algo ayudó a implantar en el inconsciente colectivo de los hombres la memoria de aquella Babilonia que edificase Nabucodonosor II, seis siglos antes del nacimiento de Cristo, más allá del esplendor y el comercio que revitalizaba a la ciudad y la hacía florecer, esto no fue sino la construcción de la, así llamada, Torre de Babel.

Según parece, la construcción de torres era un hecho normal en la zona mesopotámica pues no existían allí colinas en las que poder colocar los santuarios de las divinidades y era necesario ubicar los templos sobre grandes infraestructuras: torres que emergían con un tamaño sobrehumano construidas para honrar a las deidades celestes.

El mito comenzó a forjarse consecuentemente cuando el pueblo israelí se encontraba cautivo en Babilonia sugiriendo que los herejes esclavizadores no habían recibido visita alguna de su Dios, Maduk, sino de Yahvé que había condenado su intento de igualarse a él y reverenciar a otros dioses, condenando a toda la humanidad a disgregarse en la pluralidad lingüística con el fin de que jamás osaran intentar igualarse a él y asumieran su caída condición.

Si realizamos una rápida lectura del mito bíblico, se comprenderá que en todo nacionalismo habita en su seno una intención recóndita pero clara en sus últimas intenciones: volver a restituir el estado original de lengua única al que fue condenada la humanidad, según el mito hebreo, por el reino babilónico. O, al menos, esta es la lectura propensa a ser realizada por los pueblos que se consideran elegidos por Dios para llevar a cabo su misión y mensaje. Si el pueblo argentino había de hacer realidad los legados testamentarios escritos que lo erigían como pueblo elegido que pudiera fundarse en la tierra prometida americana, debía, por tanto, eliminar todo rastro de lengua extranjera que pudiera escucharse en sus territorios.

Este deseo que ya había sido emprendido por España y en el que había fracasado, debía entonces de habitar perennemente unido a la sangre de su hijo. Si como sugiere Murena, una vez producido el parricidio, el hijo siempre ”intenta justificar, lavar, encubrir su parricidio”, [1] el país argentino no pudo encontrar mejor manera de lavar su culpa que realizar en su territorio definitivamente aquel proyecto de reino único que el padre nunca llegó a concluir.

Realizar este proyecto, a su vez, significaba terminar de imponer la soberanía de la estirpe de hombres blancos sobre su territorio y, al mismo tiempo, enfrentar su recién estrenada independencia, consiguiendo llegar a ser dueños únicamente de sí mismos y desterrar todo signo débil que pudiera mostrar su orfandad, su herencia desterrada.

En este sentido, la construcción intelectual de Argentina durante todo el siglo XIX, compuesta como un reflejo deformado y deformante de Europa, al adherirse a los rasgos del proyecto cartesiano-racional europeo y abstraerlos al continente americano, sin tener en cuenta las características reales del mismo, sobredimensionaba los rasgos de este sistema y aceleraba sus motivaciones negativas que conducirían a Europa a abrazarse al nihilismo o habían hecho sumirse a España en una suprema decadencia.

Sería, por tanto, el Uno primordial y totalitario, hijo de la acelerada y partidista visión del mito babélico, alejado del Uno plural que pudiera nombrar la secreta primera palabra que otorgaría el don universal de la vida a los hombres y los conformaría en el ejercicio milagroso de la diversidad el que se impusiera en Argentina, lo que, por otra parte, era lógico. Como nos señala Murena, el error cometido al levantar la torre de Babel fue intentar un regreso a la unificación previa a la caída paradisíaca de una manera tal que los hombres intentarían borrar la “Falta originaria en el erróneo modo que lo(s) conduciría a repetir la Falta originaria”. Los seres humanos intentarían “volver a desmentir y borrar la concupiscencia inicial”, [2] mediante la artificial instalación de un lenguaje único cuya necesidad, en realidad, ya ponía de manifiesto la imposibilidad de borrar la falta, la caída que desesperadamente se intentaba negar intentando imponer el lenguaje humano al divino. Y en este sentido, el país argentino, conformado por hombres caídos en el tiempo americano, asolados por la experiencia continua del exilio, necesitados de negar su angustia y ansiosos de demostrar al padre hispánico -como los hombres del mito babélico intentarán realizar con la divinidad- su poderío, no dudarán en imponer tan furiosamente como el reino hispánico realizara anteriormente una lengua, visión y perspectiva unívoca de la existencia. Lo cual, sin dejar de ser un mecanismo de defensa lógico que permitía a los forzados emigrantes que componían la Argentina a asistir a una visión de su país lo más cercano posible al antiguo paraíso, acaso ya perdido para siempre del que la gran mayoría habían partido (Occidente), en realidad, sembraba de fatalidad la enorme extensión de los territorios argentinos, anticipando una futura condena, el futuro advenimiento de un “karma” fatal para la nación. Pues gracias a este hecho, no sólo se pretendía negar el pecado cometido contra la tierra americana, su ilegítima ocupación, sino que a la vez se comenzaban a cometer, a repetir peligrosamente los mismos errores que el padre hispánico, contra el que no hacía demasiado tiempo se había luchado edípicamente por independizarse de su lacerante influjo.

Se produjo así un alejamiento de la diversidad de las formas y del continente americano cada vez más acusado. Y este distanciamiento, enfrentando a Argentina con la herencia castellana y la influencia cultural del Medievo europeo, con sus iglesias, catedrales góticas y castillos elevados como torres babélicas a la gloria de un único Dios por unos sacerdotes y regentadotes de la fe -Sarmiento, Avellaneda y su sempiterno ministro de guerra, Alsina, Roca, Pellegrini o Juarez Celman- cada vez más alejados de la vida, va a ir sesgándola y apartándola cada vez más de la vida real, auténtica del continente americano.

Para la construcción esencial de ese Uno Total que pudiera convalidar la gloria deseada de la que estaba hambrienta la nación argentina, deseando al fin borrar y olvidar las desamparada historia de muertes y sinsabores que habían fundado sus primeros antihéroes, Solís, Gaboto, Pedro de Mendoza, etc, era necesaria por tanto la matanza racial. De esta manera, y una vez que el ejército unitario había conseguido demonizar al federal, el aborigen, “aquel monstruoso caníbal” que hubiera matado a tantos conquistadores desde su llegada a América, fue el siguiente ser eliminable.

Operando con todas las nociones categoriales que estuvieran al alcance para demonizarlo y justificar su eliminación, el proyecto unitario argentino no dudó en encubrir su matanza bajo los cimientos de un cismático pensamiento legado por su tradición vital, cultural.

Por ejemplo, en esa obra troncal de la cultura argentina que es La cautiva, retomando las primeras narraciones de la fundación argentina, la estela de Solís amenazado por los inclementes aborígenes o el rapto de Lucía Miranda en trance de ser despojada de su pureza por los infamantes diablos oscuros de la selva, Esteban Echeverría los mostraba capaces de cometer los pérfidos crímenes de Herodes: “hasta los tiernos infantes osaron despedazar, arrancándolos del seno de sus madres”.[3] Y a la vez, mostraba la radiografía de un desierto hostil, oclusivo, desesperanzado, lascivo, que no abrigaba salvación alguna para una María, a la que significativamente se le regalan todo tipo de halagos, una vez que en este personaje, unido a su virginal nombre, Echeverría simboliza toda la grandeza del sueño cristiano y la maternidad perdida a causa del caníbal aborigen : “Pero, no triunfa el olvido,/ de amor, ¡oh bella María!/ que la virgen poseía/ (…) y que admiren y veneren/ tu nombre y su nombre hará”. [4]

Un desierto, (tierra maldita de América para Echevarría al estar sumido bajo la influencia aborigen, de la “otredad” y, por tanto, de lo desconocido), que vendrá a unirse a la historia proscrita, hereje, adjudicada al pueblo judío o el romano en la historia que precede a la pasión y muerte de Cristo, en cuanto a que tanto María como Brian, su compañero, realizarán un recorrido iniciático por el mismo en el cual son presentados prácticamente como padres de un Cristo imposibilitado de nacer en pesebre alguno, condenado a morir por la amenaza indígena sin posibilidad de haber podido nacer. De esta manera, se ratificará la necesidad de vengarse del indígena, se justificará el porqué de su demonización y la conquista de su ámbito afectado de maldición, el desierto, como justa venganza por los crímenes cometidos impunemente contra la cristiandad. Crímenes que, inteligentemente Echevarría entroncará con la lejana historia de Martín Gandía pues, exactamente, una cruz en medio del feroz anonimato de una tierra hostil ante la que los errantes viajeros occidentales se postrarán, será el único resto que perdure del cuerpo de María, del contacto de Occidente con los carnívoros aborígenes americanos, subrayando implícitamente que ha llegado, al fin, el tiempo de acabar con este horror que condena a los elegidos por el mismo hijo de Dios a llevar su mensaje al mundo a ser cautivos de unas desperdigadas tribus de salvajes herejes: “Cuando el cautivo cristiano/ se acerca a aquellos lugares,/ recordando sus hogares,/ se postra a hacer oración/ Fama es que la tribu errante,/ si hasta allí llega embebida/ suelta al potro la carrera/ gritando: -allí está la cruz”.[5]

Con esta adjudicación al indio de los valores del mal se justificaba su matanza en pos del rescate de esos hombres robados a Dios en el desierto por las impuras criaturas. Y sin concebir lo ominoso de este hecho, los regentadores de la nación argentina, adheridos a sus progresistas ideas en torno a su construcción del país, en realidad, estaban ayudando a edificar lo que, por ejemplo, para Ernesto Sábato sería el principio del Apocalipsis, el comienzo del fin, pozo sin agua dialogante que recoger en su fondo, de lo que hubiera podido ser el país argentino. Estaban decretando la extinción de aquella vida, alma auténtica y real americana que hubiera podido integrarse en la vida cotidiana de la sociedad argentina evitando su tendencia a la autodestrucción.

Así también lo entendería Masilla en ese íntegro viaje que realizara a las raíces de la semilla americana del que nos quisiera dejar sincero testimonio novelado, Una excursión a los indios aranqueles, advirtiendo a sus contemporáneos que con el asesinato de los aborígenes comenzaba a alejarse, en realidad, la última esperanza de construir un puente, diálogo plural y fecundo entre variadas y diversas culturas que pudiera hacer surgir en las estepas calcinadas por el odio de la Argentina, la luz reverdescente de la antigua Jerusalén. Pues, tal y como indicara el autor argentino, en verdad, aquellos indios mostraban con su actos la verdad de la ley del amor de Cristo tantas veces predicada y, salvo excepciones, muy pocas veces realizada por la cultura occidental en América. Y el ejemplo de su vida en sociedad, amparada en el reino del espíritu, en su inmersión intuitiva con el espacio americano que habían habitado durante siglos, representaba la antítesis, el freno, la parálisis ideal a la canibalesca, autodestructiva historia fundadora de la Argentina siempre situada en el centro mismo de la historia civil de la sociedad argentina -la ingestión del cuerpo de su hermano muerto por parte del general Baistos en los tiempos de la primera fundación de Buenos Aires-: “Estos bárbaros (…) han establecido la ley del Evangelio: hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para las transacciones, el crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil; (…) Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que no tiene hambre no come si no tiene con qué”. [6]

Pero, para conseguir imponer sus dictados, los coléricos profetas de la fe judeo-cristiana, tuvieron, a su vez, que abolir a otro ser fundamental para concebir hasta entonces la verdadera fisonomía del país. Aquel hombre que rondaba por el desierto y cuyo nombre poseía los atributos que deseaban desterrar. Sin el cual no podían realmente concebir una tranquilidad y alzar las torres abstractas de su fe concebida a partir de la fuerza de su espada.

Sugieren Deleuze y Guattari que en el ritual catártico por el que se intenta purificar a las sociedades monovalentes de sus elementos alógenos y se cometen los asesinatos expiatorios que purgan los males de la sociedad, al sacrificio del primer chivo expiatorio le sigue la expulsión del tronco social de la “civitas” de un segundo: “El rito, el devenir -animal del chivo expiatorio lo muestra perfectamente: un primer chivo expiatorio es sacrificado, pero un segundo chivo es expulsado, enviado al árido desierto”.[7]

Si es cierto que, en un principio, podría pensarse llevando la reflexión de Delleuze y Guattari al ejemplo histórico del país argentino (una vez que el primer chivo expiatorio expulsado de la “civitas” argentina ha de ser considerado el derrotado ejército federal), que este segundo chivo expiatorio expulsado al desierto podría ser identificado con el indio, en realidad, esta aserción no debería ser considerada como válida. Pues ese espacio desértico como muchos otros ámbitos naturales (las escarpadas montañas del norte argentino, la exuberante vegetación patagónica) en vez de ser un refugio en el que camuflarse de una supuesta expulsión de las ciudades argentinas eran su hábitat, espacio y hogares naturales. Y, en realidad, la demonización y despersonalización que del aborigen realizara la cultura occidental había insistido en negarlo, en dotarle de unas “nociones extranjerizantes” tan acusadas y ajenas al sistema, al orden categorial de signos occidental, que las sociedades construidas por gran parte de los europeos establecidos en América nunca llegaron a considerarlo, en verdad, un miembro de las mismas. Todo lo contrario. El indio, el reflejo de sus costumbres fueron elididos de estas sociedades y ciudades con tal exasperación que, en el momento en que se decide vaciar al desierto de su alógena presencia, las mismas, en realidad, no sufren ningún cambio esencial en su constitución. Es decir, el indio no muere en ellas en el momento en que se decreta su extinción porque, en verdad, ya estaba muerto. Su presencia en las mismas estaba denegada desde la llegada de los conquistadores asidos a la montura de sus caballos y sus armas de fuego. Y únicamente había que esperar el momento exacto en que la sociedad argentina se sintiera mínimamente fortalecida y unida en sus intereses, para desatar la cacería real sobre él, que, exactamente, no significaba sino terminar de concretar la cacería imaginaria que ya lo había exterminado mentalmente algunos siglos atrás. Acaso desde el primer paso que diera Solís en los territorios argentinos o la escritura mito-poética de la historia argentina que construyera Centenera.

Por tanto, a quien realmente se ha ido recluyendo en el desierto es a aquel componente del propio sistema de signos que en un momento dado, al unir su recorrido tangencialmente a la del primer y verdadero chivo expiatorio que hay que abolir de la ciudad (el monstruo cainita federal), rebasó la legitimidad y la normatividad del partido político que habría de imponerse (el rostro sereno del Abel unitario) y poseyendo muchas de las características de los dos regímenes, finalmente, ha de ser arrojado al desierto hasta su posterior exterminio si los rasgos que prevalecen en él son partícipes, afines de los del primer chivo expiatorio o pueden cuestionar el esfuerzo del autoritario sistema de signos recientemente implantado.

Y en una Argentina centrada en esconder las heridas de su exilio y fortalecer sus estrías gracias a la dictadura poderosa de sus nuevos gobernantes que, como profetas pretendían dotar de un estatuto paterno, poderoso, temible y deseable a la patria, el gaucho debía ser el siguiente chivo expiatorio. Más aún, si se entiende que su poder se fortalecía sobre todo en el control de la tierra y en los réditos que de las actividades agropecuarias, de la ganadería y las rentas que de su comercio exterior podían obtener y que el gaucho y su actividad trashumante, como supiera entender Jorge Luis Borges, pudiera cuestionar, poner en entredicho su pretendido dominio absoluto sobre estos parajes: “El rasgo diferencial del gaucho está en el ejercicio cabal de un tipo primitivo de ganadería” y “basta repasar el Martín Fierro para saber que es el poema, no de la Pampa, sino del hombre desterrado a la Pampa, del hombre rechazado por la civilización pastoril centrada en las estancias como pueblos y en el pago sociable”.[8]

Es por ello que el gaucho (vocablo procedente de la expresión quechua “huachu”, que quiere decir huérfano o vagabundo) cuyo nombre ya indica una orfandad y por tanto una invalidez primera que no se quiere asumir y que es denegada inconscientemente y con radical ceguera en los primeros años de nacimiento de la nación argentina, era otro de los rasgos cruzados e impuros que los nuevos sacerdotes de Yahvé debían anular, dominar y domesticar para conseguir conformar el rostro bello y marcial que se quería conseguir para la nueva nación. Porque el gaucho, inevitablemente, con su vida dedicada a la matanza, comercio de reses y a la preparación de cueros, su condición nómada y desordenada y su actitud de vagabundo, reflejaba ante éstos la verdad de aquel monstruo que habían conformado y en el que no querían ni debían reconocerse: “el salvaje mata a su prisionero, no respeta convenio alguno siempre que haya ventaja en violarlo; ¿qué freno contendrá al salvaje argentino, que no conoce ese derecho de gentes de las ciudades cultas? ¿Dónde habrá adquirido la conciencia del derecho? ¿En la pampa?”, [9] dirá de él Sarmiento antes de, precisamente, decretar su extermino.

En este sentido, la matanza del segundo chivo expiatorio, recluido en el encierro en el desierto, refleja que aquella sociedad no sólo ha condenado al diferente sino a sí misma, al no aceptar los rasgos que comparte y que podrían hermanarla con la víctima propiciatoria, madera desmadejada del centro simbólico de fuego que el poder impone.

Exactamente, el gaucho con su recorrido solitario, hambriento, en círculo y en zigzag continuo sin verdadero hogar ni granja a la que asirse más que a su galopada continua, le mostraba al judío hambriento de poseer una heredad que era el conquistador cristiano una vez que había salido de su patria sin poder volver a ella, el destino maldito de los que abandonan para siempre su hogar y vienen a implantarse en otro por la fuerza de las armas: estar unidos para siempre aunque fuese en indefinidos círculos sobre sí mismos a la vagancia continua, aquella “indefinida voluntad de andar, que es como una sed de camino y un ansia de posesión, cada día aumentada, de mundo”,[10] que encarnase don Segundo Sombra y que como un gesto profético e invocativo reza la más famosa sentencia de la obra que nos legara Güiraldes: “Llegar no es para un resero, más que un pretexto para partir”.[11]

Porque, efectivamente, el gaucho en su peregrinaje por el desierto de la Pampa era una manifestación de un alma que no podía encontrarse a sí misma, que se recluía en el desierto no intentando buscarse a sí misma sino confrontarse con el espíritu diabólico que conformaba a las sociedad de la que formaba parte, sintiendo el fluir de la sangre que corría por sus venas, su materialidad como aquello que verdaderamente lo autentificaba y lo hacía argentino, americano realmente. Aquello que lo mostraba heredero, pesadilla de vigilia de aquellos hombres que jamás consiguieron el oro sino la nada y la soledad. Y, por ello, en su aislamiento y reclusión en el desierto, apenas puede eludir en las conversaciones iluminadas al fuego de la noche, referirse a una civilización cuyo rostro es mucho más mentiroso que el frío de las noches del desierto como el Fausto de Estalisnao del Campo pusiera de manifiesto: “-Hace como una semana/ que he bajao a la ciudá/ pues tengo necesidad/ de ver si cobro una lana;/ pero me andan con mañana,/ y no hay plata, y venga luego”. [12]

El gaucho, por tanto, -tal y como nos ha sido presentado en los textos literarios que se ocuparon de su figura- ejemplificaba a la perfección el fraccionamiento indeleble de esa conciencia occidental confiada en su capacidad de discernir por medio de la razón cualquier tipo de verdad y enfrentada como el sabio don Quijote a la sinrazón de su viaje hacia ninguna parte. Era quien mejor reflejaba el camino sin retorno al que puede conducir una cultura monovalente, cíclope indomable incapaz de observar con claridad las consecuencias de sus actos, empeñada en mirar la realidad siempre desde su único ojo, desde un único punto de vista. Sin padre, amo o creador alguno más que el silencio del desierto permitía visualizar cómo el hombre occidental, queriéndolo o no, se había esclavizado a la tierra conforme la conquistaba o creía que se hacía poseedora de ella. Llevaba en su seno la semilla de aquel Lázaro de Tormes, desamparado por el padre hispánico hambriento de gloria y ciego para sus hijos a los que condenaba a un recorrido por un vaivén contínuo e inexplicable de senderos y sentidos que con le consentirían recoger en sus manos un significante compacto con el que labrar su vida. Y al ser un hombre sin nombre cuyo retiro en el desierto es desesperado y siempre fracasado -intento por recordar el nombre que tuvo en el reino original, en su perdida patria-, señala el destino transitorio del nuevo país, su real composición y problemática que la torre babélica que se intenta implantar necesita enmudecer.

Nos dice, por ejemplo, ese aprendiz de gaucho, errante hombre de la estepa argentina, construido por Guiraldes, refiriéndose con precisión a la impostura de esta actitud occidental en América, el trazado monótono de sus ciudades que apartan de la constitución y vida real americana, antes de partir a su aventura: “Imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas monótamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o perpendiculares entre sí”. [13]

Y es esta cualidad de ser reflejo, zigzag continuo que quiebra el espejo de Narciso a través del que se lo observa rompiendo toda ilusión, lo que decreta la muerte del gaucho y obliga a matarlo. Porque es el hombre en tránsito total, encadenado a su viaje nunca deseado y que sufriendo su castigo mortuorio, refleja la exacta reencarnación de Caín que el modelo agropecuario exportador que los nuevos regentadotes del territorio (clamando ahora de júbilo por volver a poseer la tierra como Abel), debe matar antes de que se vuelva como el Caín primigenio hacia ellos y les devuelva con el filo de su puñal una estocada irrebatible.

Porque el gaucho es la sombra que le señala al nuevo Abel que la tierra que dice ser suya es usurpada, que lo quiera o no le reconviene a alejarse de la fundación del nuevo aposento y es quien, descarnadamente, le muestra sin sutilezas al retirarle la máscara de palabras y fuego con la que ha construido su personaje, que él no es sino otro Caín más. Que el prócer y el gaucho son la misma persona. Y que mientras él siga viviendo y dejando un reguero de polvo en el camino del desierto, nunca jamás podrá estar seguro de no ser descubierto, libre de volver a tener que vagar por una tierra desconocida lamentando su condena, asimilado al profético destino de aquel Fierro que dibujase José Hernández: “Él anda siempre huyendo/ Siempre pobre y perseguido/ no tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito;/ porque el ser gaucho… ¡barajo!,/ el ser gaucho es un delito”.[14]

El gaucho, en definitiva, fue un rebelde. Otro de aquellos hombres que se configuraron a partir de un no. No a la hereje fundación de una civilización que, elevando a rango imperial los valores del discurso judeocristiano, no permitía más opción que enfrentarse a la misma, ya sea venciéndola en la lucha armada, o en la más sutil venganza que significaba ser víctima de la misma sin oponerle resistencia.

En suma, el gaucho deseaba que la estepa le dorase con la vida del sol y la luz de una vida auténtica alejada de toda ley y norma, viviendo -aunque fuera de manera degradante- el sueño que no pudieron realizar los antiguos conquistadores. Poder decidir su propia vida y culto antes de que ese nuevo Moisés en forma de civilización argentina viniera a castigarle por su culto panteísta a los dioses de la nada. Cuestionar con su constante cabalgar que imposibilita abarcarlo en una sola mirada y su faz doblada, vertical, confín de surcos violentos y la rapidez con que desplegaba su puñal -siempre esquivo para la batalla frontal, homérica- los atributos a través de los que la inteligencia argentina quiso ir construyendo su idílico e irreal santoral de héroes, adalides de la “areté” homérica bella y valerosa en la tierra impura de los salvajes.

Sugerirá, por ejemplo, sin vacilar Sarmiento, atento siempre a su obsesiva idea de implantar el romántico culto heroico occidental en América y a descalificar la figura del gaucho, sin poder percibir el ritual lúdico-animal, casi dionisíaco, que existía en los encuentros gauchescos -hijos sin nombre que se reunían a pelear únicamente para constatar su propia supervivencia, celebrarla- antes de volver a reintegrarse a su destino anónimo, señalando claramente con este gesto la verdad, las raíces profundas a través de las que se había construído la nación argentina: “El hombre de la plebe de los demás países toma el cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para pelear, y hiere solamente”.[15]

Por esto, -tal y como se puede visualizar en los textos literarios que se ocupan de esta figura anti-popular y legendaria pero implantado de una manera ineludible en el inconsciente colectivo del pueblo argentino- su delgadez, su flacidez es venganza y victoria al mismo tiempo. Necesidad de devolver al rostro carnívoro, sediento de carne y comida de la cultura occidental, el antiguo rostro de Baistos que no es sino la verdad de la hereje fundación de esas tierras. Mostrar en la negación que del suministro de alimento hace y su ansia masoquista por negarse a sí mismo, el dolor que genera ver la cena en la que los, así llamados, apóstoles de Cristo devoran la tierra argentina. Dónde y en qué ha acabado el sueño espiritual de los nuevos evangelistas. Refleja el inmisericorde destino que espera a las razas de hombres que han decidido gobernarse a sí mismos y fundar en la palabra que los encadena a este mundo, un mundo sin memoria, olvidado de sí, condenado a vagar por las costas de la memoria para atisbar el origen de una falta incomprensible. Y engendrándose y reproduciéndose a partir de su errancia maldita sin una estancia en la que albergarse, una tumba en la que santificar sus huesos calcinados por el polvo y el sol desértico y desprendido de toda cultura, se forja, aparece como la antítesis de don Quijote, su más temida pesadilla. Pues, si por un lado su recorrido ahistórico y aventurado hace realidad el sueño más ansiado por el Caballero de la triste figura, a quien el peso de la cultura, la historia occidental, de las palabras y las cosas que diría Michel Foucault, no le permite hacer realidad su sueño aventurero más escondido -partir hacia América como tantos de sus compatriotas para enfrentarse a la realidad de los gigantes de los desconocido-, en verdad, la muerte tantas veces anónima del gaucho en el árido suelo del desierto, pone de manifiesto, sin vacilaciones, cuál es el verdadero final de esta aventura: el exilio, el anonimato, la muerte extranjera en un desconocido lugar para el que somos ajenos y donde nuestros huesos no reposarán jamás bendecidos por la mirada del cura, el barbero, nuestros familiares, de las haciendas labradas durante siglos permitiendo al alma de los caballeros de lo único descansar, al fin, en paz. Y, de esta manera, desnuda con radicalidad cuáles son las esquivas, mortuorias y animalescas huellas, raíces en torno a cuáles se ha fundado esa nación argentina que sus gobernantes intentan borrar, extirpar con el fin de imponer a la ciudadanía y al resto del mundo el mensaje que necesitan para imponer su poder sobre las inmensa extensión de tierra situada ante ellos.

Es, por tanto, el gaucho el último canto del cisne a través del que el espíritu cristiano intenta fundir y confundirse aunque sea vagamente con la espiritualidad de América, siendo así la muestra inequívoca de que, aun intentando evitar la repetición de la historia del pueblo judío, finalmente se ha terminado por repetirla. Aunque fuera a través de un camino inverso que acaba en el mismo sendero sin rumbo: la nostalgia, la melancolía y la incapacidad de aceptar las bondades y las oportunidades que la caída en América trajo consigo a los occidentales. Como, por ejemplo, lo entendiera Manuel Baigorria en ese viaje casi apocalíptico que lo encontrara perdido entre los restos de las últimas tribus que quedaran en Argentina en el siglo XIX, huyendo de la opaca construcción de la nación argentina en busca de la americaneidad para, finalmente, encontrase frente a frente con el melancólico destino que su viaje invocaba, la incapacidad, la imposibilidad de volver a recuperar la patria original, la triste fatalidad de su pérdida:“cuántos pensamientos asaltaban su tierno y dolido pecho vagando de conjetura en conjetura, como le sucede a todo errante. (…) en estos tiempos y algunos días en particular al desaparecer la luz del día, su espíritu se abatía, recordaba de su país; recordaba de quien había sido y quien era en la actualidad, triste”.[16]

De esta manera, el exterminio del gaucho pone de manifiesto una omisión que subyace en toda cultura monovalente y, por tanto asida al acto suicida de Narciso: olvidar que en el gesto de Narciso hay no sólo una aprensión de amar un reflejo ideal. Existe también una necesidad de ser nombrado por éste. De ser compartido. Amado. Que cuando Jesucristo quiso asumir su destino, buscó otro hombre que pudiera concederle un nombre con el que poderse ligar a la comunidad social a la que pretendía pertenecer, pues el gesto supremo de la revolución que proponía no era sino el de edificar la vida centrada en el compromiso hacia el resto de la humanidad y ésta no podía cumplirse sin participar de un nombre común a ésta, gracias al cual volver a fundar la palabra renovada y siempre en verso del amor. Porque el imponente silencio de la pampa descomunal que alberga al gaucho, santifica a los perdedores aún más que a los vencedores. Desubica la posible santidad de la hipotética Tierra Prometida. Y la muestra extraña y desconocida, expropiada de sus auténticos frutos y vacía por el extorsionante robo cometido a las entrañas de la tierra.

Es precisamente por estos rasgos que sostiene el gaucho en su cabalgar y que lo forjan emigrante perpetuo en los confines extranjeros de la vida, al ser un símbolo aglutinador de los rasgos de la argentinidad en su conciencia pasajera y desaforada, su rasgo y estirpe cainita, que asesinarlo supone negar la esencia real de quienes finalmente se hicieron con el país, la capacidad de regeneración de la nueva tierra prometida y preparar los torreones afilados en los que se decretará la asfixia y la postración de los futuros habitantes de Argentina, auténtica realidad, verdad y raíz de aquel país, una vez negada desde sus comienzos su esencia indígena: los emigrantes.

De esta manera, el gaucho únicamente comenzará a recibir honores de símbolo nacional llegando a ser objeto de apropiación de aquellos que lo exterminaron, figura inofensiva, atributiva del carácter autóctono del país a finales del siglo XIX, cuando el nuevo chivo expiatorio sobre el que los patriarcas de Argentina fomenten su dominio sobre el país esté introduciéndose en hornadas masivas, en entristecidas y masivas embarcaciones procedente de Occidente, pretendiendo aposentarse aunque sea en un pequeño terruño que pueda considerar suyo: “el inmigrante es un intruso. Viene a robarle su lugar al gaucho. O por lo menos, a cuestionar su modo de vida. Suele quedar en ridículo”, [17] nos dirá de los frustrados intentos de los nuevos emigrantes por arraigarse en la nueva tierra y huir de su condición nómada, Pedro Orgambide.

Y es en este desprecio al nuevo emigrante que viene, reflejo descentrado del gaucho que fue, donde asistimos, finalmente, a observar otro de los recónditos sentidos del mito babélico, a través del que se construye la torre babélica del aislamiento argentino, edificada con los ladrillos del resentimiento, la avaricia y la necesidad de aquellos que fueron antiguos emigrantes en otros siglos de vengarse de su propia reclusión en tierra extranjera; la necesidad y el deseo de imponer sus deseos sobre esta nueva Tierra Prometida que había de pertenecerles a ellos y en el que todo aquel hombre nuevo que quisiera implantarse en ella debería someterse a los dictados que ellos decidieran, pues para ello habían sido elegidos para dominar el país tras siglos de opresión.

Porque si atendemos a la perspectiva desde la que nos es contada el mito que no es otra que la hebrea, pareciera que la bendición de la pluralidad y heterogeneidad de los lenguajes hubiera de ser tomada como un castigo que refrendase la necesidad de seguir invocando a Israel como aquel único pueblo elegido al que únicamente le es concedido buscarse y encontrarse en el lenguaje secreto que, finalmente, podrá nombrar a Dios y hacerle uno con Este, igual a su poder y fuerza. Pero si comprendemos que el mito babélico es narrado en un momento en que Israel está condenado a la esclavitud en Babilonia, se encuentra oprimido y vejado fuera de su patria en un exilio sin nombre y lamentado en infinitos llantos, sentiremos, podremos encontrar una interpretación más ajustada y exacta al texto bíblico. Pues que Yahvé condene a aquellos hombres que sojuzgaban al pueblo de Israel obligándolos a hablar lenguajes distintos a través de los que los obliga a la incomunicación, supone dejar espacio libre al pueblo de Israel para que, desde su lenguaje intransferible y el resentimiento de su errancia que no le permite poseer tierra alguna, unifique sus esfuerzos y luche contra todos aquellos que se opongan a la matriz divina de su lenguaje y cultos, desterrándolos para siempre de la Tierra Prometida. O la entrada y ocupación de cualquier territorio que se piensa que deba pertenecer al único pueblo que, finalmente, ha sido vengado por la aparición de Yahvé, condenando al resto a la disgregación y permitiéndole enraizarse a él en cualquier espacio donde la colérica y celosa voz de su Dios pueda ser adorada. Aunque esto suponga el derramamiento de sangre de quienes antiguamente eran sus propietarios, auténticos herejes incapaces de arrodillarse ante él y sumidos en la locura de levantar aquella torre de Babel cuya destrucción ante todo convalidaba que el rencor del expatriado judío pudiera verse recompensado permitiendo auspiciar el sueño de su futura dominación sobre una tierra prometida, alejada de todo contacto y religiones herejes o extranjeras.

 

Notas.

[1] Murena, Héctor A. Visiones de Babel. Fondo de Cultura Económica. México. 2002. pág., 234.

[2] Ibídem.

[3] Echeverría, Esteban. El matadero. La cautiva. Editorial Cátedra. S.A. Madrid. Tercera edición. 1993. pág., 152.

[4] Ibídem.

[5] Ibid, pág., 165.

[6] Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios aranqueles. Tomo II. Centro Editor de América Latina.S.A. Buenos Aires. 1967, pág., 145.

[7] Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Editorial Pre-Textos. Valencia. 1997, págs, 121 y 122.

[8] Borges, Jorge Luis. Evaristo Carriego. Emecé Editores, S.A. Buenos Aries. Quinta impresión. diciembre de 1969, págs 75 y 78.

[9] Sarmiento. Facundo. Grupo Editorial Altamira. Buenos Aires. 2002. pág., 156.

[10] Guiraldes, Ricardo. Don Segundo Sombra. Editorial Planeta DeAgostini S.A. 2000.pág., 230.

[11] Ibíd, pág., 243.

[12] Del Campo, Estalisnao. Fausto.Emecé Editores S.A., Buenos Aires. Argentina. Primera edición. 2000, pág., 29.

[13]Guiraldes, Ricardo. Don Segundo Sombra. op. cit, pág., 21

[14] Hernández, José. Martín Fierro. Ediciones Cátedra.S.A. Madrid. Séptima edición. 1991, pág., 157.

[15] Sarmiento, Domingo F. Facundo. op. cit, pág., 51.

[16] Baigorria, Manuel. Memorias. Ediciones Solar S.A. Venezuela y Librería Hachete S.A. Buenos Aires. 1975, pág., 12

[17] Orgambide, Pedro. Ser argentino. Temas Grupo Editorial. Buenos Aires. noviembre de 1996, pág., 55.

 

Bibliografía.

Baigorria, Manuel. Memorias. Ediciones Solar S.A. Venezuela y Librería Hachete S.A. Buenos Aires. 1975.

Borges, Jorge Luis. Evaristo Carriego. Emecé Editores, S.A. Buenos Aries. Quinta impresión. diciembre de 1969.

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Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Editorial Pre-Textos. Valencia. 1997.

Echeverría, Esteban. El matadero. La cautiva. Editorial Cátedra. S.A. Madrid. Tercera edición. 1993. Editorial Planeta DeAgostini S.A. 2000.

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Murena, Héctor A. Visiones de Babel. Fondo de Cultura Económica. México. 2002.

Orgambide, Pedro. Ser argentino. Temas Grupo Editorial. Buenos Aires. noviembre de 1996

Sarmiento. Facundo. Grupo Editorial Altamira. Buenos Aires. 2002

 

* Alejandro Hermosilla Sánchez. Doctor en Literatura española, teoría de la literatura y crítica literaria con mención europea por la Universidad de Murcia. Universidad de Murcia

 

© Alejandro Hermosilla Sánchez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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