Memorias, confesiones y recuerdos de la mala conciencia
en Ramón Serrano Suñer, Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo

Álvaro Romero-Marco

University of California, Santa Cruz


 

   
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En una reflexión ejemplar sobre El pacto autobiográfico, Philippe Lejeuve clarifica la especial relación que se establece entre autor y lector en el caso de la escritura autobiográfica. Si en un contrato de ficción o en una lectura simplemente informativa, el lector “desconecta” del autor, en el caso de la autobiografía el lector se queda irremediablemente “conectado” [1]. Es decir, el autor de autobiografías, a diferencia de los otros, se compromete a exponer su verdad y solicita ser juzgado por ello. Hecho que obliga al lector a opinar y que además le exige cierta reciprocidad: ¿sería capaz el lector de hacer lo mismo, se atrevería a contar su verdad?

Guiado por esta hipótesis teórica, tres son los propósitos de este artículo. En primer lugar, exponer las estrategias que los escritos autobiográficos de Ramón Serrano Suñer, Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo utilizan para dar cuenta y defender sus verdades ante un lector que necesariamente habrá de juzgarlas. En segundo lugar, precisar los juicios que José Carlos Mainer y Santos Juliá han realizado sobre la participación de estos autores en la revista Escorial, publicación que sintetiza muchos de los debates que Serrano, Laín y Ridruejo exponen en sus memorias. Y, finalmente y como consecuencia de lo anterior, ofrecer una nueva lectura tanto de las autobiografías de los tres autores como de su participación en la revista.

Por encima de las memorias políticas, las dos autobiografías de Serrano son fundamentalmente escritos defensivos [2]. En última instancia, acaban siendo alegatos contra la dañina leyenda que, en opinión del autor, la mentira sistematizada primero y la propaganda después, habían ido forjando en torno a su figura. Serrano dice defenderse de dicha leyenda con unas narraciones históricas enmarcadas entre reflexiones políticas. Declara querer contrarrestarla con un testimonio histórico que no sea un saldo de cuentas sino el relato de la verdad del que pueda surgir la catarsis educativa. Todo esto se propone el autor, pero lo cierto es que pocas veces lo logra.

Frente a las críticas de algunos “camisas viejas” y con el fin de vindicar su lealtad a la figura de José Antonio, Serrano recuerda su amistad con “El Ausente”:

“Entre muchas preocupaciones, decepciones y amarguras tuvo José Antonio algún momento de ilusión y de esperanza y proyectó una lista de Gobierno en la que yo era ministro de Justicia y, en cambio, no figuraba en ella un solo hombre de los que a su muerte se crecieron políticamente unos centímetros y se instalaron vitaliciamente en un poder que, según su confesión, no era falangista”. (1976, 38) [3].

Sin embargo, en contra de aquellos que lo juzgaron demasiado próximo a las tesis de José Antonio, el autor confiesa haber mantenido una postura armoniosa entre unos líderes militares que iban concretando su voluntad de plena autonomía y unas fuerzas falangistas que lo único que pretendían era utilizar el golpe de estado como trampolín hacia el fascismo, aunque sólo fuera fascista a la española; es decir, falangista.

Por otro lado, en un guiño de complicidad hacia los falangistas puros, como por ejemplo Dionisio Ridruejo, que desde un principio habían visto con malos ojos la Unificación de Partidos, Serrano olvida que él mismo, junto a Nicolás Franco, fue uno de sus artífices más importantes. Así, su colaboración trascendental en la Unificación, hecho fundacional del franquismo [4], queda reducido, en sus autobiografías, a una simple obediencia a Franco por la honestidad patriótica debida que, por arte de birlibirloque, le da pie a confesarse “falangista reformista” tratando de quitar importancia al hecho de que él mismo fuera uno de los artífices de la génesis del franquismo. Un falangista reformista que, a continuación, no duda en dirigir sus dardos contra las divisiones falangistas, verdadera causa, en su opinión, del fracaso del primer gobierno de Franco, olvidando, en esta ocasión, su responsabilidad como ministro del Interior. Solapando que la ordenación de la administración local, el fomento de la propaganda, la reconstrucción de las zonas devastadas o las obras benéficas únicamente eran el revestimiento de otra labor mucho más importante: la de reprimir aquellos componentes que pudieran distorsionar la Unificación para con ello crear la primera práctica sólida del franquismo.

Finalizada la guerra y persistiendo en su victimismo, Serrano cree que la causa de que su idea de armonizar Gobierno y Partido no fructificara no fue el definitivo triunfo del franquismo, sino el hecho de que el gobierno se alejara del credo falangista y que un amplio sector del falangismo empezara a desconfiar de su persona. El tono de enojo, de desplazamiento, la música dolorida en busca del dulce sosiego sobre los colchones de la limpia conciencia, persiste cuando Serrano indaga en las causas por las que Franco prescindió de él. A su parecer fueron Carrero y Arrese los que convencieron al dictador para que se desembarazara de su persona. Sin ponerlo en duda, no estará de más puntualizar que seguramente la exclusión de Serrano no fue consecuencia de su “falangismo reformista”, de sobra asimilado por el franquismo de aquel momento, sino que se debió a que Franco creyó que su cuñado ya había realizado su misión: la de conseguir que el pensamiento falangista se doblegara definitivamente al mando del Generalísimo. El artífice de la trampa, sin esperarlo, había caído en ella. O como señalara Ridruejo: “El fracaso político de la “Eminencia gris” fue el resultado más directo de su éxito como hombre de gestión” (1976, 146).

En suma, lo que Serrano esconde tras sus estrategias autobiográficas es su franquismo. Amparándose en un presunto análisis deformado que otros habían realizado, evita responsabilizarse de las consecuencias de sus intervenciones políticas. Es evidente que, en sus memorias, prefiere aparecer como dolorido perdedor a encarar sus acciones vencedoras.

Descargo de conciencia, de Pedro Laín es, según su autor, una autobiografía que quiere combinar la confesión con el consejo. Una introspección espiritual que además de ser un ajuste de cuentas con él mismo, sea un ejercicio de palinodia con intención didáctica. Una enseñanza diferente a la propugnada por Serrano ya que Descargo de conciencia no pretende ser una narración histórica, sino un testimonio moral para el provecho de generaciones futuras. A diferencia de Serrano, Laín cree que su autobiografía es más la de un humanista que la de un político.

El descargo de conciencia de Laín, al tener vocación de confesión íntima, quiere usurpar al lector uno de sus grandes placeres: el de juzgar. Con intención bienpensante, Laín desmonta todas sus estrategias sicológicas y las presenta desnudas. Pero no lo hace para que el lector las juzgue, sino para justificar los propios comportamientos mediante un mecanismo de complejas bifurcaciones esquizofrénicas claramente sistematizadas en las “epicrisis”, con las que acaba cada capítulo. En ellas, Laín presenta el diálogo entre un juez que aconseja, un autor inclinado siempre a una falsa mala conciencia y un actor dispuesto en todo momento a descargar la suya a manera de justificación.

El descargo que Laín esgrime para ser absuelto de su participación en el proceso de la Unificación, es sencillamente candoroso. De los atropellos y de las imposiciones desde arriba que se cometieron durante la Guerra, se libera alegando que, de un modo u otro, todo hubiese sido absorbido y modelado por la gran fuerza militar y política que lo rodeaba. Del hecho mismo de la Guerra, lo hace sosteniendo orgullosamente que él siempre logró tener las manos limpias de sangre y que, por otro lado, nunca llegó a tener noticia de las grandes matanzas que se estaban realizando. Y finalmente, y con la intención de demostrar que no carecía de una disculpa ideológica, Laín justifica el resto de sus actuaciones diciendo que en aquel entonces todavía soñaba con una España “asuntiva y superadora”.

En la “Epicrisis” que epiloga la etapa de Burgos, el juez ni aplaude ni condena al autor-actor. Cree el juez, intuyendo las intenciones severas del lector, que el asunto clave no es lo que hiciera durante aquella etapa burgalesa sino lo que pudiera haber hecho y no hizo. Pero tras cantar el mea culpa, eso sí, por omisión, otra vez la justificación en la que se escuda el autor-actor es la de haber tenido la convicción de que su pecado fue debido al idealismo “asuntivo y superador”.

Hasta que al final de la Guerra mundial, Laín diga alejarse del franquismo, será esta idea “asuntiva y superadora” la que justifique sus actuaciones. Posteriormente, tras renunciar el pluralismo por representación, se acogerá a un pluralismo auténtico difícilmente creíble si tenemos en cuenta sus cargos políticos. Así este nuevo Laín democrático no estará dispuesto a aplicar en sus propias carnes los rigores de un enfrentamiento directo con la memoria, que tan vivamente aconseja a los alemanes, pues entre las guindillas evacuadoras de su descargo de conciencia no está incluida la de la vergüenza. Laín cree que de nada tiene que avergonzarse, pues hacerlo sería tener que reconocer un comportamiento poco moral, y eso nunca. Su arrepentimiento sólo atañe a los errores cometidos por deficiencias personales. En esta ocasión, el autor-actor ya no recurre a la estrategia del involuntario desconocimiento que propiciaba el cegador idealismo, sino que, atrincherándose tras el convencimiento de sus pocas aptitudes políticas y en su falta de valor, justifica sus inconsecuencias mediante la creencia de que sus acciones personales fueron en todo momento honestas y justas. Hecho encomiable en aquel que se aleja de la representación del poder, pero difícilmente aceptable en el caso de todo un Consejero Nacional del Movimiento.

Casi unas memorias son un conjunto de artículos periodísticos sin urdimbre intimista, unas notas de lectura o de evocaciones de personas y situaciones, un relato a ratos inclinado más al aspecto político de la vida de Ridruejo que a su reflexión íntima. Es todo ello pero sobre todo es una lectura imprescindible para aquel que desee comprender el pensamiento de José Antonio y las tácticas de Franco.

Fue en 1936, tras la victoria del Frente Popular, cuando Ridruejo observó un cambio en el pensamiento de José Antonio. Ante las manifestaciones de los vencedores, José Antonio afirmaba que la solución era ganar por la mano: “Con un par de buenos tiradores una manifestación como esa se disuelve en diez minutos”. Estas palabras del líder de Falange, al parecer de Ridruejo, revelaban el carácter ambiguo de su ideología:

“Tales reacciones eran una especie de test para los que negaban el carácter necesaria y visceralmente derechista o reaccionario del movimiento falangista que, en frío, tomaba distancia del movimiento general contrarrevolucionario y hasta sentía repulsión por él, pero que, en caliente, se veía arrastrado a su onda de modo irremediable, aunque con la quimérica pretensión de encabezarlo y llevarlo por derroteros reformistas. “ (1976, 60).

Respecto a la resbaladiza naturaleza del franquismo, también Ridruejo se muestra clarividente. Cree que las consecuencias del “golpe de estado al revés”, gracias al que Franco no sólo conquistó el Estado sino también absorbió el Partido, fue que tanto los mandos del ejército como los altos funcionarios debieron de incorporarse a éste último. Es decir, no se era del Ejército o del Estado por pertenecer al Partido sino que se pertenecía al Partido por ser militar o funcionario. Cree Ridruejo que es en esta doble lealtad reunida donde nació el franquismo. Una manera de hacer política que siempre se caracterizó por la lealtad personal y jerárquica que el ejército impuso en el Régimen.

Al igual que Laín, Ridruejo cree que la colaboración en este juego de lealtades fue debida a que en aquel momento, y en armonía con la ferviente sindicación del país, era un idealista utópico. Un hombre arrastrado por la fuerza adolescente de una quimera que en el caso de Ridruejo se truncó mucho antes que en Laín pues ya en noviembre de 1940, cuando Ridruejo, con el apoyo político de Serrano y la colaboración de Laín, fundó la revista Escorial, su franquismo ya iniciaba el principio del fin. Fue un poco después, tras el baño de realidad que supuso la lucha dentro de la División Azul, cuando Ridruejo escribió su famosa carta a Franco en la que presentaba su renuncia. En esta carta, la de un falangista que cree que fue franquista sin quererlo, Ridruejo declaraba tener turbada la conciencia por el fracaso económico, político y social del Régimen debido, en su opinión, al desprecio con el que Franco había tratado al ideario falangista. Y si en la carta a Franco mostraba su desafección al franquismo como una manera de afirmarse en su falangismo exigente, la que envía a Serrano va encaminada a salvar su conciencia:

“Tú sabes que esto no es una reacción sentimental. Hace mucho tiempo que por este camino no podíamos ir a ninguna parte. Alguna vez he intentado, después de manifestarlo, resolverlo con una actitud que tu amistad me ha detenido. Ahora ni esa amistad me parecía una invocación suficiente, por más que sea, como siempre, cierta. Tampoco tengo que decirte que no deseo transformarme en un ejemplo viviente. Me parece todo demasiado dramático para convertirlo en el argumento de una jugada personal. No me permito más jugada que la de salvar mi conciencia”(1976, 242).

Serrano destruyendo leyendas, Laín anteponiendo su buena fe y Ridruejo renunciando, los tres autores realizan sus confesiones, memorias o recuerdos para salvar su conciencia. Un descargo en el que, fluyendo por entre un entramado de verdad, las estrategias van encaminadas a apaciguar el recuerdo doloroso de sus actuaciones en la Guerra y en los primeros años de posguerra, a cancelarlo si es posible. Un salvar de conciencia, en definitiva, en el que las intenciones acaban siendo siempre ejemplares.

Debido a que las propuestas de las tres autobiografías no han sido juzgadas de una manera conjunta por ningún lector, me remitiré al análisis de las dos lecturas más significativas que se han realizado de Escorial, revista con la que, como se ha dicho, tuvieron mucho que ver los tres autores.

José Carlos Mainer, en Falange y literatura considera que en esta publicación se da una relativa contradicción entres los iniciales propósitos dogmáticos (“propaganda de alta manera”) y los resultados finales (“una revista liberal casi prototípica”). La causa de esta contradicción reside, según este crítico, en las limitaciones, angustias e indecisiones de un grupo atenazado entre una vocación intelectual de signo liberal y el atractivo de la revolución nacional y una suerte de totalitarismo de espíritu [5]. Al calificar a Escorial como revista liberal, Mainer la engarzó con lo que en el último tramo de la dictadura se denominó “Falangismo liberal”. El marbete fue creado por distintos filósofos y políticos, en muchos casos procedentes de Falange o el Movimiento. Hombres como Joaquín Ruiz Jiménez, el propio Laín, Tovar, Pérez Villanueva o Aranguren. Fue pues al final de la dictadura cuando este grupo buscó las raíces de su polémica actitud ante el anuncio del fin de la dictadura y la encontró fundamentalmente en Escorial. Teniendo en cuenta que Mainer realiza su lectura en 1971, cuando el pacto del olvido que impondría la transición política se veía venir, su juicio, como el de sus antecesores, logra mantener ese espíritu conciliador del que hablan Serrano, Laín y Ridruejo en sus escritos autobiográficos.

Muchos años después de la lectura de Mainer, en 2001, Santos Juliá en su artículo “ ‘La Falange liberal’, o de cómo la memoria inventa el pasado” puntualizó el significado de “Falangismo liberal”. Partiendo de las teorías de Hyde White según las cuales la memoria, como la historia, siempre está en relación con las preguntas y exigencias planteadas por el tiempo presente, la tesis de Juliá se presenta a partir de la siguiente pregunta: ¿Por qué, habiendo sido fascistas, reinterpretaron aquel momento como liberal? (2001, 140). Juliá cree que fue porque cuando hablaron de su pasado se sentían liberales. La lectura de Juliá [6] está en la órbita de lo que Hans Ulrich Gumbrecht [7] denominó Memoria de larga duración o Conciencia positiva. El profesor alemán de Stanford proponía, sintiéndose víctima de una memoria de corta distancia, moralizante y culpabilizadora, otra menos obsesiva y liberadora. Sin entrar aquí en el caso alemán, es evidente que dicha teoría, aplicada a la Guerra, al Franquismo y a La Transición política, es al menos parcial, puesto que a diferencia del caso alemán, en el español, debido a la obligatoriedad del olvido durante el franquismo y al pacto del olvido durante la Transición política, no ha sido común hasta los momentos actuales realizar ejercicios de memoria de corta distancia, memoria como reconocimiento responsable de las acciones históricas.

En definitiva, tras haber interpretado a corta distancia lo que se escondía tras las estrategias que utilizan Serrano, Laín y Ridruejo cuando presentan sus verdades autobiográficas, mi conclusión es la siguiente: si realmente se quiere afrontar y reconocer la memoria de la Guerra Civil, el Franquismo y la Transición política y no sólo apaciguar la mala conciencia que produce su recuerdo, las sendas más adecuadas no son las del pacto del olvido o las de la conciencia positiva, sino las de una necesaria memoria de corta distancia que permita clarificar quién es cada cual, es decir de dónde proceden sus intenciones y estrategias y cuáles son sus responsabilidades. Necesaria es para cualquier sociedad la reivindicación de la memoria histórica, pero una vez recobrada y ejercida lo importante es dar a la luz las estrategias, las intenciones que han impulsado a los discursos de verdad, pues será a través de su esclarecimiento cómo se pueda establecer su validez.

 

BIBLIOGRAFÍA

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White, Hayden. The Content of the form. Baltimore: Hopkins University, 1987.

 

Notas:

[1] Lejeune, Philippe. “El pacto autobiográfico, 25 años después”. Autobiografía de España: un balance. Celia Fernández y Ma Ángeles Hermosilla (eds.). Madrid: Visor, 2004.

[2] Las dos autobiografías de Serrano Súñer son Entre Hendalla y Gibraltar, publicada en 1947 y Entre el silencio y la propaganda de 1976.

[3] Un falangismo, no sobrará decirlo, al que Serrano no se afilia en un principio pues, aunque considera que no es un partido defensor de la violencia, ni terrorista ni vindicativa, le parece un bando demasiado idealista.

[4] Para la comprensión de la creación del franquismo véase el excelente artículo de Ismael Saz “Política en la zona nacionalista: la configuración de un régimen”.

[5] José Carlos Mainer. Falange y literatura. Barcelona: Labor, 1971, 54-55. Mucho más incisivo se muestra Ridruejo en Casi unas memorias a la hora de encarar esta contradicción. Pues si bien en un principio cree que la finalidad de la revista era contrarrestar el clima de intolerancia intelectual y crear espacios de tolerancia que permitieran unos inicios de comprensión con el adversario, no tardará en arremeter contra esta primera impresión. Así, refiriéndose al primer editorial de la revista, afirma que desde fuera y desde lejos todo aquello tenía que parecer “una farsa, un falso testimonio, un ardid de gentes aprovechadas que querían sumar y, con la suma, legitimar la causa de la que se servían y cuyo reverso era el terror” (1976, 224).

[6] Juliá ha matizado recientemente esta lectura en su libro Historia de las dos Españas en el que opina que Escorial no fue una revista “liberal” sino fascista o católica o mezcla de ambas (2004, 351). Cuando quizás bastara con el calificativo de falangista.

[7] El 25 de noviembre de 2001, Hans Ulrich Gumbrecht publicó en Mais! un articulo titulado “El Holocausto y la Conciencia Alemana” que fue replicado al poco tiempo por el profesor Marcio Seligmann-Silva en Folha. Véase

 

© Álvaro Romero-Marco 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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