"Yo entré en la literatura a través de los cuentos"
Entrevista con Ana María Matute

Antonio Ayuso Pérez


 

   
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La académica de la Lengua anuncia su regreso a la literatura con una nueva novela, Paraíso inhabitado, ambientada en la Barcelona de la guerra civil, que saldrá próximamente. Se le nota exultante de satisfacción y con muchas ganas de seguir escribiendo. No en vano, su mente permanece más lúcida e imaginativa que nunca. Cuando faltan meses para la salida de su próxima novela, en Espéculo hemos querido repasar con la escritora su otra gran pasión, los cuentos. A lo largo de esta entrevista Ana María Matute, la mujer que hace soñar, como quiere ser recordada, desgrana su producción cuentística, reflexiona sobre su vida, y trae a colación los seres que más le importan, los reales, como su propio hijo, y los de papel, aquéllos que pueblan su cabeza.

 

Hoy, nadie duda de que la escritora Ana María Matute tiene un puñado de novelas maestras, como por ejemplo, Los hijos muertos, Primera memoria, u Olvidado Rey Gudú, sin embargo, sus cuentos no gozan, entre los lectores españoles, de la misma aceptación que sus novelas. ¡Será quizá que el cuento aún continúa siendo el pariente pobre de la narrativa!

Las narraciones breves de Matute -nueve volúmenes en total, cada cual mejor que el anterior- vienen a confirmar su dominio en este campo, su virtuosismo en el manejo de los elementos narrativos elementales, la sutil técnica en el uso de la intriga y, en consecuencia, en la atracción de la atención del lector. Ella misma en esta entrevista desarrolla su teoría sobre el cuento y comenta una a una sus recopilaciones, sin dejar, por supuesto, de hablar sobre sus grandes preocupaciones de siempre.

Hablar con Ana María Matute es introducirse en el mundo de la magia y de la fantasía, penetrar en el bosque más recóndito y hablar con los árboles en el lenguaje ningún, saber ver a los gnomos, hadas y demás parentela en torno a una fogata en la noche, encontrar el árbol donde jugábamos de niños a aquellos juegos inmemoriales. Hablar con Ana María Matute es, por otro lado, quemarse la mano con el fuego que parecía benefactor, descubrir la maldad de los adultos y de su mundo, conocer al lobo que cada hombre lleva dentro, comprender que hemos perdido la inocencia de la niñez y que somos culpables de ser hombres. Hablar con Ana María Matute es arrojarnos a la cara lo bueno y lo malo del hombre y de la vida. ¿Estás dispuesto a ello?

Nada más entrar en el hotel Suecia, una atmósfera de cercanía, familiaridad y un vago sentimiento de haberse hospedado allí toda la vida, embargan al visitante. En el vestíbulo, bar y recepción, todo junto, se siente uno tan a gusto como si estuviera en su propia casa. Por eso, no extraña que la señora Ana María Matute venga a alojarse aquí en sus “frecuentes y persistentes visitas a la capital”. En esta ocasión, la excusa ha sido un premio literario que se iba a fallar, del que ella formaba parte del jurado. Pero “desde hace años, siempre que vengo me quedo aquí, porque me tratan muy bien, hasta me ponen un peluche en la cama”, -apresurándose, continúa- “pero esto no lo diga”.

La escritora, que goza de una lucidez y una salud sorprendentes para su edad, está resentida de una caída por la tierra de los faraones, fruto de ella se ha roto tres costillas y el dedo meñique de la mano derecha. Al parecer, según me cuenta, se lo entablillaron, pero como le impedía escribir la novela que está terminando, decidió dejar la mano libre, “es que la necesito para darle a la máquina”, me dice.

Sentados frente a frente en el sofá, con la grabadora como única separación entre los dos y una cerveza sobre la mesa, puedo mirarla más detenidamente de lo que he hecho hasta ahora. ¡Es ella!, me digo para mí. La misma cara, la misma complexión, su sonrisa, sus dos ojos negros, “mis pulgas idiotas”, suele decir, su chata nariz elevándose donde siempre, y ese flequillo blanco ondeando sobre su rostro, como ladera montañosa nevada. ¡Parece la abuela! Pero no la de Matia, ni la de ninguna de sus obras, como mucho la de su cuento infantil Paulina, ¡esa, sí!

El caso es que, a pesar de su aspecto, parece una niña, que ha envejecido por fuera, pero no por dentro. Como la oveja negra de Tres y un sueño. Se define como una “mujer inocente como una niña, por su pureza, pero de ninguna manera ingenua, o sea, tonta”.

Yo le recuerdo la cita de su cuento Los niños buenos, donde el abuelo afirma al ver a su nieta: “ (…) ¡en esto me he convertido yo!”, refiriéndose a su aspecto envejecido.

Es como, cuando tú miras una foto tuya, de cuando eras niña, y te ves ahora en el espejo y te dices: “Pero, ¡Dios mío!, ¿qué he hecho conmigo?, ¿qué estropicio he hecho yo conmigo?” -me responde pronunciando parsimoniosa, pero expresivamente cada palabra-. Lo más triste es que por dentro también, la inocencia la pierdes. Aunque, te tengo que decir una cosa, yo tengo una suerte, yo la inocencia no la he perdido del todo, y eso, para mí, es importante; aunque se paga muy caro, te lo hacen pagar muy caro.

Pregunta. Sin embargo, se la ve a usted muy bien de aspecto, ¿tiene que ver con que está ultimando una nueva novela, Paraíso inhabitado, que saldrá en breve?

Respuesta. Mira, cuando estoy escribiendo todo el mundo me dice: “Pero, oye, ¡qué bien estás!, ¡cómo se te nota!” Es, cómo te diría, como si me regaran, ¿sabes?, como si fuera una planta que la regaran -y la escritora se lleva las manos a la cabeza para simular que en verdad le están echando agua-. Y ahora que estoy terminando ese libro, también me dicen que estoy mucho mejor que el año pasado. Es porque ¡estoy escribiendo!

P. Yo quisiera saber de ese nuevo libro, ¿por qué abandona el espacio de la Edad Media, donde transcurren sus últimas obras, y vuelve a una novela de corte más realista?

R. Bueno, -tras una pausa para pensar y desobedeciendo su norma de no hablar de un libro que aún no tiene publicado-, pues no sé, porque así me lo ha pedido, mi mente, mi deseo de escribir algo, me lo ha pedido así. Pero no descarto que más adelante… Tengo ochenta años, mira que soy optimista. Pero eso no quita que más adelante a lo mejor vuelva a lo medieval. Hay gente que escribe hasta los cien años.

P. Si le parece bien vamos a centrar esta entrevista en sus relatos breves con el objeto de averiguar su teoría sobre el cuento. Yo no sé si su afición al cultivo de este género puede venir de los que le contaban su tata Anastasia o su cocinera Isabel y de sus propias lecturas de los tres autores por excelencia, Perrault, los hermanos Grimm y Andersen.

R. Pues, mira, sí, eso fue fantástico para mí. Yo entré en la literatura a través de los cuentos. Cuando yo tenia dos, tres años, la tata e Isabel me los contaban. La cocinera Isabel era un prodigio, pues no sabía ni leer ni escribir, pero te contaba unos cuentos que los había recibido de padres a hijos, orales… Aquellos cuentos eran terribles… -pronunciando con voz que trata de asustar, aclara- ¡Unos miedos!, ¡unos miedos tremebundos!, -con la voz ya suavizada-, pero no es malo, no para mí; hombre, si hay niños que tienen terrores infantiles, aunque también los tendrán sin cuentos.

Y ¡la tata!, la tata Anastasia me leía los cuentos de Andersen. Aquello para mí era no pisar el suelo, ¿sabes?, era una cosa… Yo veía los cuentos de Andersen, pero no los leía, porque todavía no sabía, tendría entonces tres años. Pensaba: “De estas hormiguitas -señalando las líneas mecanografiadas donde llevo apuntadas las preguntas que, en verdad parecen hileras de hormigas a causa de estar en negrita- se levantan esas historias, esos personajes, esos mundos, ¡cuando yo sea mayor, quiero hacer esto!” Y cuando yo tenía cuatro años, y ya podía leer, los leía, y me acuerdo de que al final, -me cuenta, mientras me toma de las manos el papel donde tengo el formulario mecanografiado de la entrevista - aquí estaba la página donde ponía: “Hans Christian Andersen”, y yo pensaba: “Ana María Matute”. La escritora ríe a carcajadas con una risa contagiosa, pero ya más seria- Yo sabía que sería escritora entonces, ya que lo tenía muy arraigado dentro de mí… Sabía que lo sería, y es en lo único en que no me he equivocado porque en todo lo demás, -disminuyendo la voz hasta parecer una niña pequeña- sí, bastante, pero en eso no.

P. Con los años, sí que escribió cuentos, muchos, ¿qué significa para usted este género?

R. Para mí el cuento es un elemento literario importantísimo. Tan importante en prosa, como la poesía. Porque a mí, lo que más me gusta, lo que más me atrae, lo que más me fascina de la literatura, es la poesía. Pero yo nunca he sido capaz de escribir ni un poema. En prosa lo que más se aproxima a la poesía es el cuento.

El cuento que tiene que tener las palabras justas, ni una más ni una menos, ni una coma más, ni un punto menos, si me apuras, lo justo. Digo que debe tener, no que yo lo haya conseguido, que eso es otra cosa.

Es curioso porque en los países anglosajones el cuento está valoradísimo. Ahí hay grandes escritores, que solamente han escrito cuentos, que han ganado Premios Nobel. En nuestros países latinos no es así. El cuento parece que es una cosa de viejas, de niños.

Te voy a decir una cosa, los cuentos para niños son importantísimos, cosa que yo también he hecho. Yo he escrito cuentos para niños porque me parece que es importante. Yo he sufrido de niña la carencia de cuentos para niños españoles, solo había dos autores, que eran Elena Fortún y Antonio Robles, quitados éstos, no había nadie, que mereciera la pena, claro. En cambio, me he tenido que nutrir de escritores anglosajones, cuando era niña, o escandinavos o alemanes, pero no españoles. Pensé: “Tienes que escribir para niños desde tu país, desde España”, y por eso lo hice.

Pero fíjate, todavía, en mi época, al principio, ahora ya no, algunos escritores importantes, que no quiero nombrar, me decían: “¿Porqué haces eso, si es literatura menor?” No hay literatura menor, hay Literatura, y nada más, buena y mala, y nada más.

Los cuentos son muy importantes, y hay gente que lee cuentos y que se siente muy bien leyendo cuentos, porque además son breves y puede leerlos en poco tiempo. Una novela requiere más dedicación, más tiempo, mientras que un cuento no, y esto con esta vida tan apresurada que llevamos… Sin embargo ahora, poco a poco, parece que va tomando un poco de más importancia, pero, cuando yo empezaba, el cuento era para publicar en una revista o para un tomo de cuentos.

P. El cuento, como usted misma acaba de decir, es un género que, en nuestro país, no ha gozado nunca de gran estima por parte de los críticos, ¿a qué atribuye usted este desprecio crítico al género?

R. Yo no lo sé, pero yo creo que es algo de tipo, no solamente cultural, porque no creo que sea cultural, sino una cuestión -tras un silencio, suspira hondamente y continúa- , tristemente, de educación de la lectura. Aquí, la lectura ha sido una cosa tan relegada siempre hasta el último momento.

P. ¿Cree que alguna vez se dejará de leer o de escribir cuentos?

R. Se dejará de leer y de escribir cuentos, cuando se deje de leer literatura, pero mientras se lean novelas, se lea poesía, se leerán cuentos también, quizá no tantos. Aunque, ya te digo, en el mundo anglosajón, sí, en el mundo escandinavo, y gran parte del mundo, menos los franceses, los italianos, los españoles, que somos menos; pero yo creo que esto va en aumento. Últimamente la gente va leyendo más cuentos. Yo creo que se llegará un momento en que le darán la importancia que tiene al cuento, que es mucha.

P. Respecto de su terminología, que ha sido muy discutida, ¿cómo prefiere denominar a sus narraciones breves: “cuentos”, “cuentos literarios” o “relatos breves”?

R. Yo les llamo “cuentos”, no tengo preferencias, me da lo mismo. Para mí son cuentos porque la palabra “cuento” tiene tantas sugerencias: es tan, tan bonita, para mí, esa palabra; me ha empujado tanto a hacer lo que yo quería hacer. Por eso, yo les llamo cuentos, pero no tengo ningún inconveniente en llamarlos de otra manera, me da igual.

P. Usted definió que un buen cuento debe ser “breve, redondo y jugoso como una naranja”, quisiera que explicara esto más extensamente.

R. Exactamente, y lo mantengo. Pues, lo que te he dicho antes. Es lo que se parece más a la poesía, que con pocos elementos, pero muy eficaces, muy expresivos, y muy poéticos, se puede levantar un mundo, quizá tan o mas importante que se pueda hacer con una novela; porque además cuesta mucho. Es muy difícil escribir un cuento, un buen cuento.

P. Para usted, en un cuento, el acontecimiento, es decir, que ocurra algo, ¿es significativo?

R. Hombre, es que, a veces, lo aparentemente leve, pequeño, resulta que para un niño, por ejemplo, es un desastre, un terremoto, un acontecimiento tremendo, cuando para una persona mayor es una anécdota. Todo depende, de cómo se escribe, sobre qué se escribe. Hay cuentos en que sí es importante, eso bien llevado, hecho de una manera que no sea farragosa, y, sobre todo, no hay que ser demasiado explícito, hay que dejar que el lector cree a su vez. Yo siempre, tanto en cuentos como en novelas, dejo que el lector contribuya conmigo a escribir el libro o el cuento. Eso sí es muy importante. El acontecimiento, ya te digo, pues depende tanto de lo que tú quieras decir y de cómo lo quieras decir. A veces, por ejemplo, en “El año que no se cumplió”, un cuento de Los niños tontos, que trata tan sólo de un niño que no cumple un año, -tras un silencio- es un cuento, o no sé qué es, pero fíjate, que el tema no existe casi.

P. En la posguerra hubo un florecer de este género hasta el punto de que se la ha calificado como “la edad de oro” del cuento en nuestro país, ¿está usted de acuerdo con esta afirmación?

R. Yo no lo sé, yo escribo, los que juzgan y deciden son otros. En verdad, no sé si es tanto, tan drástico, pero creo que, por lo menos, se ha incorporado -hablo de España- el cuento. Ignacio Aldecoa, por ejemplo, tiene unos cuentos maravillosos y otros muchos, que no me vienen ahora a la memoria, y los siento porque seguro que me gustan tanto o más, pero no me vienen a la memoria en este momento. Pero, que hay grandes cuentistas es cierto; por lo menos hemos sido reconocidos fuera de España.

P. Algún crítico ha escrito que los miembros de medio siglo tomaron este género como emblema generacional con el que denunciar la triste realidad del país. En el caso de sus cuentos, ¿tienen esta finalidad crítica de denuncia?

R. Yo creo que, en mi caso, sí, porque era la época de Franco, era la época aquella en que teníamos la censura… Entonces sí había una finalidad critica de la sociedad. Yo más que de la política, que no es lo mío, me interesaba la sociedad, y todo lo que sufría en aquel momento el español a mí me tocaba mucho.

Pero siempre ha habido injusticia, la injusticia ha sido siempre algo que me ha sublevado mucho. Al igual que los malos entendidos. A mi me sacan de quicio los malos entendidos. Se pregunta alzando las manos como si estuviera hablando ante el auditorio entero de la Humanidad: ¿por qué la gente no habla?, ¿porqué la gente se calla?, ¿se queda con los malos entendidos y sus rencores? Es una cosa que me ha soliviantado siempre. ¡Habla!, pero, ¿cuesta tanto?, ¿a la gente, le cuesta tanto hablar?, ¿por qué?, pero si es lo que más nos diferencia de las bestias.

P. Quisiera saber qué autores extranjeros, cultivadores del cuento, le han fascinado y podido influir más.

R. Pues, mira, a mí, Chejov, ha sido para mí un maestro; los rusos, casi todos; -después de una corta vacilación-, algunos franceses; ingleses muchos; alemanes menos, pero porque no los he conocido, pues lo poco que he leído, me ha impresionado mucho; españoles, menos, y argentinos, latinoamericanos muchos, Cortázar especialmente, los cuentos de Cortázar son extraordinarios.

P. ¿Y norteamericanos, Faulkner, por ejemplo?

R. Con los ojos iluminados por la pasión de la literatura y de estos libros que tanto la han marcado, Matute se regodea en cada adjetivo, cada palabra que emplea para denominarlos: Americanos muchos, Faulkner es para mí uno de mis ídolos, pero muchísimos, cantidad. Casi todos los de la generación llamada perdida, ¡por Dios!, ¡fantástica! y, volviéndonos para atrás, anteriormente, Mark Twain, y Poe, Poe, ¡por Dios!

P. ¿Y Stevenson?

R. Como si hubiera mencionado el ábrete, Sésamo de la cueva de Alibabá, la escritora se incorpora del asiento, exaltada: Stevenson, ¡por Dios!, se me olvidaba, has nombrado… ¿Lo ves?, es que cuando te preguntan así, no te sueles acordar… Stevenson es, para mí, uno de mis ídolos. ¡La isla del tesoro es una maravilla!, aunque todo, todo de él; hay otras muchas cosas de Stevenson que me han influido.

P. Yo creo que La isla del tesoro y su libro El polizón del Ulises tienen mucho que ver el uno con el otro

R. Ana María se queda un rato pensando y, como si la bombilla se iluminara, afirma vivamente, respaldada por esas dos manos suyas, que no han parado de moverse en toda la entrevista: Sí, el engaño del viejo para el niño, pero que no es tan engaño al final, sí. Pues algo hay de eso, ahora que me lo dices tú. No está tan mal visto, está muy bien visto. Sí, es una herencia que te viene, no sabes muy bien, pero que te viene; algo que te ha marcado mucho de niño. La isla del tesoro para mí fue tremenda, como Robinson Crusoe, tremendo para mí, y mucho, todo lo de Jonathan Swift, todo lo de Los viajes de Gulliver, hombre, todo eso también. Es que hay tantas… -repentinamente se acuerda de algo, tira la grabadora, que nos separa en el sofá, de un manotazo y me interpela-, ¡Peter Pan!, el verdadero, eh, no todas esas tonterías. Yo tengo Peter Pan, como un libro que, cuando leo el final, me caen las lagrimas, es un libro extraordinario, y Alicia, Alicia, ¡por Dios!, ¡qué maravilla!

P. Un tema recurrente en sus relatos es la falta de entendimiento entre los adultos y los niños. ¿Es así?

Esta pregunta hace aparecer a la Matute fuerte, tenaz y defensora de los seres más vulnerables. La reflexión le permite traer a colación todo aquello contra lo que escribió, pues su escritura siempre ha sido un acto de justicia, de defensa de los más inocentes. Por todo esto, la contestación de la escritora se vuelve cada vez más virulenta e incisiva, pero no son sólo sus palabras, sino su comportamiento refrendado con sus manos, brazos y todo su cuerpo. ¡Apabulla ver a quien se creía tan vulnerable! Pero su finalidad ética justifica esta reacción.

R. Eso sí, eso lo he pasado yo, y lo han pasado muchos niños a mi alrededor. Yo me he dado cuenta de que, en España, ha habido una absoluta, hasta ahora, ignorancia de lo que es la infancia y una falta de conocimiento. “Los niños son los niños, son posesión nuestra, y haremos de ellos lo que queramos”. Jamás se han interesado por lo que piensa un niño, por lo que siente, por lo que desea, por lo que no quieren. No, los niños eran posesión, hasta en la manera de vestirlos, los niños eran trofeos de los padres. -Y después de tomar aire, retoma su discurso cada vez más exaltada- Yo una vez oí: “Un niño de cuatro años no tiene problemas”, pero ¿qué se cree ése?, ¿que un niño de cuatro años no tiene problemas? Un niño de cuatro años tiene problemas y a veces -gritando- ¡enormes!, como usted quizá no los tenga.

P. Para usted, la infancia es muy importante, ¿verdad?

R. La infancia es fundamental. Yo creo que para todo el mundo, se dé o no se dé cuenta. El niño que fuimos ¡pesa!, de una manera tremenda, condiciona de una manera tremenda. Además, eso te lo dirá cualquier psiquiatra, no lo dice la Matute, no. El niño que fuimos es muy importante, la infancia marca. Yo digo y lo digo en Paraíso inhabitado que “a veces la infancia es más larga que la vida”, -tras un silencio pronunciado- “persiste más”.

“Yo no me acuerdo” dicen muchos, porque no se dan cuanta de que el niño que llevaban está ahí. Sin embargo, ahora hay gente que no se acuerda, claro que no, sobre todo si no han sido niños, que también los hay. Yo me doy cuenta en seguida de eso, como me doy cuenta que no todos los niños… Hay niños que en los ojos les ves lo que te van a vender en cuanto puedan, no son niños, hay gente que nace así; afortunadamente son los menos, pero los hay.

P. Muchos de sus cuentos tienen como escenario el mundo rural, ¿a qué se debe esta obsesión suya que le hace tomar este espacio como fuente literaria inagotable?

R. Mira, eso es clarísimo. Mi madre era de La Rioja, y tenía una finca maravillosa allí. En verano, íbamos allí y ocurría la mar de cosas. ¡Éramos felices! Aquello sí que era el paraíso, había una libertad total, era una cosa, pero, desgraciadamente, cuando vino la guerra, nos fuimos, y después de la guerra, cuando volvimos, hicieron un pantano. Ahora está debajo del agua. ¡Hasta eso me quitan! -Se lamenta expresivamente como si la construcción del pantano y la desaparición del pueblo donde veraneaba de niña, Mansilla de la Sierra, acabaran de acontecer- Yo todo lo que amo, parece que me lo quieren quitar, que me lo arranquen, me lo quiten, y ya, pues no existe aquello…

Yo tenía una hermana, que murió hace unos días -esto es una cosa que me da mucha pena-, vivía allí en La Rioja. Cada vez que yo iba a verla, veía aquello… ¡Era ver tu infancia anegada, una cosa tremenda! Ahora que ha muerto ella, ya no pienso volver más. Aquello era una maravilla, una verdadera maravilla… Aquellos bosques, aquel río, por eso esa obra se llama El río, eso es, donde íbamos en verano hasta que hicieron el pantano, y ha quedado en mi memoria como el paraíso perdido.

P. En ellos además parece que la fantasía forma parte de realidad.

R. A veces sí. Es que, para mí, es así. La fantasía forma parte de la realidad porque es un producto nuestro; por tanto si forma parte de nosotros, forma parte de la realidad. Son fammas contadas, como decimos en Cataluña.

P. ¿Qué me dice sobre la tendencia a crear finales sorpresivos?

R. Eso es una cosa que me han dicho a veces a mí, que hasta que no se lee uno un cuento, un libro, hasta el final, no se sabe lo que quiere decir todo. Puede que sea así, no lo sé, es posible.

P. Algunos muchachos es su último libro de cuentos por ahora, exceptuados algunos sueltos que ha publicado, como La virgen de Antioquia y De ninguna parte. ¿No tiene pensado escribir más?

R. Es el último. De momento no, porque estoy con las novelas. A lo mejor escribo un libro de cuentos más adelante, es posible, si tengo vida, porque ya soy octogenaria -entre risas, siempre se toma a chanza su edad-, pero después de este libro, que estoy terminando, descansaré un poco y luego a lo mejor. Me decían mis memorias, pero no voy a escribir mis memorias, ¿para qué?, no, voy a escribir, quizá un libro de cuentos, quizá, o algo medieval otra vez, no lo sé, tengo varias cosas por ahí que me rondan.

P. ¿No le apetecen sus memorias?

R. No, sería un libro… tremendo y no quiero. Ya, si te pones en eso, hazlo, si no, hacerlo a medias no vale la pena. No sé, no creo, no vale la pena. Lo más importante de mí son mis libros…

P. Para ir terminando, si hacemos un balance final, se podría decir que ha tenido bastante suerte. Ha ganado la mayoría de los premios literarios importantes y ha sido reconocida como académica, sin embargo, los críticos siempre se han cebado con su estilo, ¿por qué motivo?, ¿cree que no la han entendido?

R. Bueno, suerte relativa, pero sí. Yo debo decir que no he sido mimada especialmente por la crítica, no, hasta mucho más tarde. Ten en cuenta, que en el panorama literario de la época yo era una cosa rara, he de reconocer que lo era, como de niña, he sido siempre una niña rara, y en todo lo que he hecho, he sido la rara, entre mis hermanos, era la rara, ¡era la rara! Claro, yo escribía de una manera que no se hacía entonces. Creo que yo me adelanté a mi época durante mucho tiempo, y me he seguido adelantando a mi época después.

Esos mismos que decían: “Como yo dije la gran Ana María Matute”, ¡mentiroso, que yo tengo tus críticas! porque las guardaba todas, ¡mentiroso!, pero ya no digo nada. Además, ¡a mí qué me importaba! A mí lo que me interesaba era mi libro, lo que dijeran… Hombre, si lo decían bien y lo entendían, mejor, pero esto solo algunos. La mayoría no entendía nada, no se enteraban, tenían esa cerrazón carpetovetónica, de no entender nada, no habían leído jamás…

P. ¿Podría deberse ese estilo, que le criticaban, a que fuera producto de una mujer, y por eso no lo entendieran?, ¿cree usted que existe una literatura de mujer?

R. No, puede existir como la literatura infantil…, pero no la otra. Existe la Literatura, la buena y la mala, y me da lo mismo que esté escrito por el hombre que por la mujer.

P. ¿Le interesa a usted el premio de los premios para un escritor, el Nobel?

R. Yo he estado a punto de ganar el Premio Nobel, sí, he estado nominada cuatro veces al Premio Nobel, pero yo, como siempre… Eran cuatro académicos que me lo querían dar, se me han muerto los cuatro -acaba diciendo entre risas-, y, cuando lo ganó Cela, por un voto conmigo. Eso lo sé yo… pero a mí esas cosas… Hombre, claro que me hubiera encantado, pero como no me lo han dado, no pienso. Cuatro veces, lo cual ya está bien, que te lo den o no… ¡Ah, mira! No se lo han dado a gente muy importante, no se lo han dado a Borges, y, en cambio, se lo han dado a otros que francamente…

P. Quiero que me diga, por último, cómo le gustaría ser recordada, cuando dentro de unos años, los niños futuros se acerquen a sus obras con la misma emoción que lo hacen con las de Andersen o las de los hermanos Grimm.

R. Al paso que vamos, me parece que… no sé si leerán muchos cuentos, los niños del futuro, pero quisiera que me recordaran como “la mujer que los hizo soñar” -se toma una larga pausa, como ha ido haciendo a lo largo de toda la entrevista cada vez que ha necesitado un tiempo para pensar- . Eso es lo mejor que podrían decir de mí, como yo podría decir de Andersen, “el hombre que me hizo soñar”.

 

Poco a poco, ha anochecido en Madrid, la habitación se encuentra en penumbras, porque no hay mucha iluminación, a pesar de que hay tres lámparas encendidas, por eso parece más tarde de lo que en realidad es, las diez de la noche. Han sido dos horas convertidas en dos minutos. Me acuerdo de la convicción de la novelista de que el tiempo no existe, “es una invención de los hombres”.

Ana María Matute es capaz de detener el tiempo, tan sólo tienes que dejarte llevar por sus palabras, aquéllas que te llevan volando, como Peter Pan a Wendi, y te hacen atravesar el espejo de Alicia. Pero la sensación dura poco, cuando Ana María calla, ese mundo que ha levantado con su voz, sus palabras y sus manos, se viene abajo, se desvanece definitivamente. Se encuentra uno de repente con la más cruda realidad; la entrevista ha finalizado, hay que marcharse, despedir a la persona admirada, no sin antes encarecerle que cuide de su salud, y salir del hotel Suecia, que ya no parece tan acogedor, sino que más bien te expulsa de sus dependencias.

Hace una noche luminosa en Madrid, la calle Alcalá está solitaria, a pesar de que no es muy tarde, hay que meterse en el metro, donde sí hay más gente. Sin embargo, me da la sensación de que no voy solo, me acompañan los personajes y amigos, que me ha referido Matute, la mujer que hace soñar, como se ha definido ella misma, como quiere ser recordada.

 

fotografía: Ana María Matute en el hotel Suecia, Madrid, abril de 2006. © Antonio Ayuso Pérez 2007

© Antonio Ayuso Pérez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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