El común olvido, de Sylvia Molloy.
Un viaje de reconstrucción de la memoria herida

Alejandra Josiowicz

Universidad de Buenos Aires

alejandra_josiowicz@yahoo.com.ar


 

   
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1.

El texto literario latinoamericano pareciera ser, incluso en tiempos posmodernos, un espacio de experimentación, de prueba, de riesgo. Las representaciones de la nacionalidad tanto como los usos del lenguaje propios de los países del Cono Sur y, en este caso, de habla hispana, son todavía hoy signo de lo periférico, de esa palabra que se enuncia sin certezas acerca de su legitimación por parte de un público receptor, sito ya sea en la propia hispanoamérica como en el resto del mundo. Si bien hay una cierta tradición legitimada por la cultura globalizada de nuestros días, que incluye nombres hispanoamericanos en su canon, esto no constituye una verdadera plataforma de lanzamiento sobre la cual los escritores y escritoras de Latinoamérica puedan basarse para pensarse a sí mismos, a sus textos o a sus colegas. Tal como sucede con la literatura escrita por mujeres, y no es casualidad en el caso particular que nos ocupa analizar, todo texto pareciera tener que lanzarse al vacío, y refundar una y otra vez la genealogía sobre la cual pretende sustentar su legitimidad en el terreno cultural. La respuesta a dicho interrogante puede tener que ver con que el emplazamiento de las jerarquías culturales que rigen, entre otras áreas, el quehacer literario, se localiza tanto en las conciencias de los sujetos como en las prácticas concretas (Teniendo en cuenta además que son las prácticas concretas en las que los sujetos se ven inmersos las que en cierta medida crean las conciencias y viceversa, la conciencia subjetiva también es creadora de cierta interpretación respecto a las prácticas.) y que muchas veces cargamos con ideas acerca de lo legítimo que implican jerarquías que se hallan naturalizadas por demás.

El intelectual latinoamericano, y en mayor medida cuando se trata de una mujer, debe desplegar ciertas estrategias por las cuales adquiere voz. Esa voz que le ha sido vedada o arrebatada por los tiempos y los modos de circulación que rigen la economía intelectual. Si, paradójicamente, lucha contra un fantasma, el de la inferioridad cultural, del que muchas veces no es consciente, despliega con el fin de su legitimación una serie de armas para las cuales debe desarrollar un trabajo constante y sostenido.

El presente trabajo intenta abordar la novela El común olvido de Sylvia Molloy, escrita en el año 2002, probablemente en gran parte en Estados Unidos, donde la autora se desempeña como catedrática, como parte del corpus textual latinoamericano, con las particularidades que nos presenta. En primer término, el locus en el que se desarrolla el trabajo de escritura nos plantea desde el vamos un desplazamiento, propio de la situación del intelectual en Hispanoamérica, quien escribe con la mirada puesta en un lugar desplazado con respecto al sitio de elaboración concreta de su trabajo. Pero además El común olvido trata de un viaje hacia el territorio latinoamericano, y en cierto sentido, también un viaje a un pasado silenciado que esa Latinoamérica lleva adherida en forma de metáfora.

En su artículo “De la literatura de mujeres a la textualidad femenina”, Nelly Richard plantea una conclusión que constituye, además, una interesante apuesta crítica. Allí dice: “la doble colonización del sujeto mujer latinoamericana refuerza la urgencia de probar modelos de análisis culturales que potencien lo femenino como interrogante, lanzada contra el derecho de las culturas dominantes a falsificar universales.”[1] Una de las preguntas que aparecerán a lo largo del siguiente trabajo es qué tipo de textualidad femenina propone El común olvido, si lo hace. Así como respecto a la nacionalidad, también emerge del texto una construcción genérica paradojal. Sylvia Molloy, crítica literaria y escritora, entre otras cosas, se dedica a reflexionar acerca del lugar de la mujer en la literatura, y, sin embargo, elabora un texto en donde la voz que se oye es la de un varón. Pero, tanto como lo social, lo femenino entra por medio de un desvío, ya que esa voz de varón en realidad encarna un corrimiento respecto de la estructura genérica heterosexual. Su elección sexual y su relación con los otros hombres y mujeres del texto, todo el tiempo se salen de una identificación precisa propia del modelo universal del varón heterosexual.

Por otro lado, no es casual que el viaje de exploración que el texto escenifica sea en busca de lo que podríamos llamar memoria de madre o memoria materna. Sin pretensión de profundizar en categorías psicológicas, podemos decir que, a través de esta búsqueda de lo materno perdido, aparece en el texto una cierta mirada sobre y desde lo femenino, desde y hacia lo materno.

Para concluir estas disquisiciones iniciales, podemos decir que, en Sylvia Molloy, no se trata tanto de una reflexión exclusivamente acerca de la mujer sino acerca de una problemática identitaria, tanto genérica como cultural, del hombre posmoderno, carente de sentido de pertenencia, extraño en toda cultura, extranjero de toda creencia.[2] En este sentido es que surge la pregunta: ¿En qué medida este descentramiento de la mirada en Molloy contribuye a la creación de un universal, sujeto sin marca, desterritorializado? Y ese sujeto, que en El común olvido puede leerse como marca o función de una indefinición genérica e identitaria, ¿cuánto se vacía, bajo este proceso, de intensidad deseante?

 

2. ¿Cómo olvidar? Los dilemas de un abordaje crítico- literario de la memoria

Para pensar la textualidad latinoamericana como un corpus con un correlato experiencial específico, debemos leerla en base a los ejes identitarios que la estructuran y la forman. Memoria, género y narración dan cuenta de esa identidad problemática y movible, imposible de fijar en un marco dado, ya sea proveniente del pasado como de moldes externos. La literatura aparece como emergente de un trabajo con los textos, los diversos relatos significantes que circulan en el entramado sociocultural latinoamericano, que a su vez articulan las experiencias marcadamente fragmentarias de unos sujetos que escapan cada vez más a una comprensión identitaria unilineal, sea en cuanto a etnia, clase, sexo, etc.

En primer lugar, es preciso problematizar la visión simplista según la cual El común olvido, así como cualquier otro texto, constituirían sin previo examen un intento de textualización de una identidad nacional o latinoamericana. Creemos que este tipo de tesis deben particularizarse para mayor productividad del análisis. La propia Molloy en la introducción a Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica con mucha lucidez advierte acerca de estos riesgos: “Tampoco comparto en forma indiscriminada”, dice, “el punto de vista según el cual todos los textos hispanoamericanos, por muy “privados” que parezcan, son en verdad y de modo invariable alegorías nacionales que específicamente deben leerse como tales.”[3] Este punto de vista, que intenta respetar la especificidad en que cada texto plantea la relación entre experiencia subjetiva, trabajo con el lenguaje, e identidad nacional o transnacional, será tomado en cuenta en tanto nos sirve para advertir que no se trata aquí de un pasaje unilineal entre ambos términos, en que la literatura sería inequívoca alegoría de la nacionalidad, y que no necesariamente el texto se hará eco de dicha identidad como un bloque.

Paul Ricoeur, en La lectura del tiempo pasado: Memoria y olvido se pregunta por el pasaje entre el recinto individual de la memoria y el lugar común de la memoria colectiva. El autor sigue, en principio, un criterio psicoanalítico, pero luego va más allá de él, y plantea que es la mediación lingüística, del relato, con lo que implica de presencia de un tercero (que inicialmente sería el analista pero que puede sufrir desplazamientos), lo que permite el pasaje de la cohesión vital a la narrativa, de la memoria individual interiorizada al relato que ya formaría parte de un cúmulo de discursos de circulación colectiva. El lenguaje confiere así la índole social al relato. Podemos pensar que esto sucede doblemente en el caso de la literatura, ya que se trata, en primer término, de un trabajo lingüístico sobre la experiencia, (En la mencionada introducción, la autora puntualiza que la vida es relato, y la autobiografía es la articulación de ese relato vital.) y, en segundo lugar, un trabajo estético que se repliega sobre el lenguaje mismo y sobre el mundo experiencial en general. Pero es por medio del concepto de conciencia histórica que el autor logra resolver el dilema teórico. Según plantea, la forma en que el tiempo se estructura para los individuos constituye una dialéctica entre pasado, presente y futuro. Dicha dialéctica, mutable a su vez según el momento histórico, subyace en gran sentido a la formación de la memoria y las representaciones del pasado que estructuran los relatos, tanto literarios como no literarios. Es en este sentido que El común olvido trasciende los límites de lo individual y puramente literario para adentrarse en una reflexión que, sin ser explícita, es histórica y, sin caer en el tópico, constituye una reflexión acerca de la identidad colectiva.

El entramado textual de la novela retrata desde sus procedimientos un sujeto fragmentado que emerge de la experiencia latinoamericana, cargada de un sentido de pasado particular, que define los contenidos de la memoria colectiva. Es justamente en los desplazamientos que describe el sujeto narrador- protagonista, que el texto da cuenta de la imagen identitaria nacional y latinoamericana. Es el texto como acto, como procedimiento discursivo, como gesto en sí mismo, el que actualiza esa identidad en lugar de textualizarla literalmente sin mediaciones. Se trata en El común olvido de un verdadero tratado de la memoria colectiva latinoamericana que no toca ninguno de sus lugares comunes, que narra la historia de una experiencia subjetiva como gesto, como indicio de un vacío que subyace, una angustia de desconocimiento que, podemos pensar, es el eje mismo de la experiencia del sujeto latinoamericano. La violencia del pasado, lo no dicho, las dudas acerca de la nacionalidad, aparecen difusamente en el texto, que no intenta detener la deriva significante sino ser una piedra más en ese camino ya pedregoso, sumarle una pregunta al enigma, con la hipótesis de que puede ser más develadora que cualquier intento de respuesta.

Podría pensarse El común olvido como una novela autobiográfica enmascarada. En primer lugar, debemos decir que es un viaje de exploración hacia un pasado que se intenta relatar pero que siempre queda fuera, imposible de asir. El vacío significante en la sociedad argentina a que alude es el que corresponde al período dictatorial, si bien no se haya mencionado directamente en el texto. El intento de recuperación del pasado que emprende el protagonista puede hacernos pensar la novela como testimonio que, aunque aparentemente individual, particular, frívolo, efímero, despojado de significados sociales, lleva latente, en el gesto mismo, una potente significación. Es un trabajo desesperado de recuperación. Citamos a Molloy en la Introducción a Acto de presencia: La literatura autobiográfica en Hispanoamérica, donde dice: “La autobiografía en Hispanoamérica es un ejercicio de memoria que a la vez es una conmemoración ritual, donde las reliquias individuales (en el sentido que les da Benjamin) se secularizan y se re-presentan como sucesos compartidos.”[4] Sin embargo, preferiremos no ceder a la tentación de pensar al texto como una forma demasiado mecánica o conscientemente encubierta de autobiografía sino como un ejercicio de exploración en las riquezas y particularidades que puede tener el trabajo autobiográfico sobre la propia escritura. Nos parece que el texto juega justamente con la unión inteligente entre un procedimiento formal autobiográfico y un mundo ficcional, cuyo grado de referencialidad no interesa delimitar en particular para nuestra lectura crítica. Se trata de una operación teórica que si, por un lado, evidencia la maquinaria, si se quiere, ficcional del propio género autobiográfico, por otro, nos induce a visualizar lo íntimamente personal como social y político. Allí, el pasado individual del emisor- productor sirve de hilo guía para anudar los otros pasados individuales, que se ven reflejados en él, y dan forma a la identidad colectiva.

Daniel, el sujeto que viaja, despliega una mirada típicamente posmoderna en tanto que busca y, creyendo que elige, que sólo observa para luego elegir desde un lugar neutro, en realidad está siendo marcado, esta siendo creado por esas experiencias que dejan su huella sobre él al mismo tiempo que son transformadas por su marca.

 

3. Relato, duelo y descubrimiento

El motor de El común olvido como relato, y también como texto sobre un relato (la historia personal perdida, el relato autobiográfico que Daniel reconstruye o intenta reconstruir en su viaje), es la angustia. El lugar desde el cual parte el texto es el de la angustia, su tiempo, el de la repetición. Nuevamente, siguiendo a Paul Ricoeur, podemos decir que, en ese tiempo, el pasado se haya adherido al presente por un exceso o insuficiencia de memoria. Daniel padece de ambos. A medida que el relato avanza, se despliega ante nuestros ojos un proceso de duelo en que el sujeto comienza a tomar distancia del objeto perdido a partir de la aceptación de la pérdida y de la posibilidad de recordar. Se trata de una de las virtudes más llamativas del texto: escenifica un proceso de transformación que se experimenta al mismo tiempo que se despliega como relato, si bien fragmentado, de una historia. Ahora bien, ¿Qué es lo que se ha perdido? ¿Qué es aquello cuya muerte hay que aceptar?

En primer término, se trata de su pasado. Para pensarse como sujeto deseante, proyectado hacia un “horizonte de espera”, Daniel debe aceptar la pérdida del pasado para que deje de volver incesantemente a restar energía al presente, lo cual conlleva un trabajo de olvido activo, un olvido sanador. Pero, sobre todo, la muerte que el protagonista debe aceptar es la del sí mismo como identidad completa y abarcadora, la del yo como ser continuo e indivisible. En el capítulo I, leemos: “He vuelto y esta vez ya no podré salir: este mundo, que nunca fue de veras mío, será mi sepultura.”[5] El mundo del pasado en la Argentina es el lugar de entierro de ese yo imposible de recuperar, cuya muerte implica la aceptación de la incompletud de la propia identidad. Dice Ricoeur sobre el perdón difícil: “Se trata de aceptar la deuda impagada, de aceptar ser y seguir siendo un deudor insolvente, de aceptar que haya pérdidas.”[6] ¿Y por qué no leer esta búsqueda en clave política, como develamiento de una Argentina fragmentada y atravesada por la violencia y la represión? De alguna manera, el texto hace evidente la deuda impaga de toda una historia nacional que, si bien en la actualidad mediatiza hasta volver lugares comunes a los procesos históricos violentos del pasado, sigue silenciando o dejando de lado su propia fragmentariedad, y todos aquellos pequeños procesos de destrucción y muerte que deben llevar a cabo los sujetos argentinos y, por qué no también, latinoamericanos, en su propia historia personal, atravesada por la violencia institucional tanto como por la no institucional. Lo que el texto escenifica es el silencio y la falta de interlocución real que esos sujetos heridos encuentran en la cultura argentina y latinoamericana oficial de hoy. Se trata, para ellos y para todos en general, de descubrir las falacias y las hipocresías de una cultura que se quiere abarcativa y explicativa cuando sólo esconde y deja sin solución real las contradicciones y los silencios en la historia de los sujetos.

Volviendo a El común olvido, lo que se advierte en el personaje de Daniel es la construcción de un olvido, de una distancia con el pasado que le posibilite superar el trauma y construir un futuro posible, reorientar esas energías yoicas destinadas al objeto perdido en una nueva inversión posible.

Esto también se puede observar en las relaciones que el protagonista establece con los sujetos que forman parte del mundo argentino, paradójicamente parte de su pasado y de su presente. Allí subyace siempre un enigma, una mirada desconfiada. Los personajes latinoamericanos son vistos como posibles agresores, y el protagonista se vuelve débil ante ellos. Se encuentra en un código que no conoce, pero al que se fuerza a sentir como propio por una deuda de pertenencia que siente. Las conversaciones son siempre elusivas, dejan resquicios. El narrador, y el lector lo sigue, nunca termina por saber las verdaderas intenciones de los personajes que pertenecen al mundo del pasado argentino, o porteño. Estos, a su vez, se hallan inmersos en una trama de intereses que nunca se termina de develar por completo. El silencio es la forma orgánica en que se tejen esos intereses y “factores de poder” tanto en el pasado como en el presente, lo que resulta la causa de la violencia que se ejerce hacia la identidad de Daniel y de que su historia quede finalmente trunca.

Completamente diferente es la forma en que aparece retratada la relación con los personajes del “presente vivo” del narrador, que no aparecen directamente en la novela: son aquellos con los que comparte su vida en los Estados Unidos y cuya presencia está más mediada debido a que en ningún momento Daniel se encuentra en presencia de ellos a lo largo de la novela. Sin embargo, con ellos comparte un código de mayor familiaridad: el del mestizo o, como se dice en la novela, el “exótico”, aquel que se siento extranjero en todos lado, cuya cultura está constituida por fragmentos de varias nacionalidades e identidades muchas veces en conflicto.

El recorrido que describe el personaje lo lleva a un lento descenso en forma de espiral hacia lo enigmático y cada vez más atrayente del pasado. La tensión crece a medida que el narrador se acerca a partes aparentemente más oscuras y, a medida que lo hace, sus relaciones con los personajes testigos del pasado se van haciendo cada vez más humanas y afectivas, aunque no dejan por eso de ser amenazadoras y enigmáticas.

Si tomamos como ejemplo el personaje de Beatriz, vemos que su relación con ella es, desde un principio, de inferioridad. Llamativamente, ella aparece como la única mujer que puede generarle deseo. La femeneidad le confiere a ella cierta superioridad, y, además, posee el manejo de determinada información a la que Daniel no tiene acceso. Así, Daniel tomará la posición de un investigador cuya tarea es develar un enigma, el de su propio pasado, en cada resquicio de cada conversación. Poco a poco, a medida que la sensación de estar ante un enigma se disuelva, dado que éste se muestre como irrelevante o como imposible de descifrar, dicho fracaso dará lugar a un trabajo con el recuerdo. La idea de un enigma a develar se desvanece y crece la aceptación por parte del personaje de la índole fragmentada de todo relato de lo real. Nuevamente, citamos a Ricoeur: “En el estado de ser uno mismo, sinónimo de la “ipseidad” se relacionan el “ser deudor” y el “poder ser”. (...) Esa comprensión consiste en asumir el “ser deudor” existiendo, el ser como fundamente yecto del no ser.”[7]

Esta aceptación del yo imperfecto, en proceso, llevado a un nivel colectivo, tiene relación a su vez con el fenómeno de la reinterpretación propio de la conciencia histórica. Hay tantos tiempos pasados como puntos en el tiempo desde los cuales se pretenda establecer una verdad histórica. Cito a Ricoeur: “La petición del “haber sido” del pasado cumplido se dirige al futuro del discurso. Su carácter inagotable requiere que volvamos a decirlo, que lo rescribamos, que recomencemos una y otra vez la escritura de la historia.”[8]

El encanto de la novela reside en que, si se viajaba para develar enigmas policíacos, para aclarar relaciones, completar cuadros o restos, para reconstruir un pasado en base a los restos de una excavación, al final del recorrido se cuenta no con una respuesta ni con una verdad develada. Sólo se tienen fragmentos de nuevos lazos: nuevos fragmentos, nuevas relaciones, también fragmentarias, nuevos datos y especies de fotografías de un pasado que construyen un cuadro quebrado de la identidad presente. Se le revela el romance homosexual de su madre, aquel accidente en su niñez, la pelea con su padre y muy poco más. Lo que pareciera quedar como resto no es más que la anécdota del paso de un extraño por un lugar que también le es extraño, y cuya familiaridad es imposible recuperar. Sin dejar de ser de sospecha, su relación final con las dos mujeres deja un resquicio para la ternura. Ese es el único souvenir que el extranjero se lleva de su paso por el país: un lazo afectivo pasible de profundizar.

El tiempo, las eventualidades, parecieran reírse de la intención develadora del yo. El entorno humano y material conspiran contra el orden que se pretende imponer a la historia, formando un cuadro ligeramente paranoico.

 

Notas

[1] Richard, Nelly. “De la literatura de mujeres a la textualidad femenina”. En Escribir en los bordes. Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana, 1987. Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1990.

[2] “…no es mío el mundo de mi madre, ni es éste mi país” dice Daniel cerca del comienzo de la novela. (Molloy, Sylvia, El común olvido, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002, Pág. 13)

[3] Molloy, Sylvia, Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. México, FCE, 1996. Pág. 15

[4] Op. Cit. Pg. 20

[5] Molloy, Sylvia, El común olvido, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002. Pág. 13

[6] Ricoeur, Paul, La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid- Arrecife, 1999. Pág. 69

[7] Ricoeur, Paul, Op.cit. Pág. 96

[8] Ricoeur, Paul, Op. Cit Pág. 97

 

Bibliografía

de Lauretis, Teresa. “La tecnología del género”. En Mora Nro. 2, AIEM; Filosofía y Letras, 1996.

Jelin, Elizabeth y Susana G. Kaufmann, “Los niveles de la memoria: reconstrucciones del pasado dictatorial argentino”, en Entrepasados Nro. 20, 2001

Le Goff, Jacques: El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, Paidós, Buenos Aires, 1991. Cap I, “Memoria”

Le Guin, Ursula y Angélica Gorodischer. Escritoras y Escritura. Buenos Aires, Feminaria Editora, 1992.

Molloy, Sylvia, El común olvido, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.

Molloy, Sylvia, “La flexión del género en el texto cultural latinoamericano”, en Revista de Crítica Cultural Nro. 21, Santiago de Chile, noviembre de 2000.

Molloy, Sylvia, Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. México, FCE, 1996.

Richard, Nelly, “De la literatura de mujeres a la textualidad femenina”. En Escribir en los bordes. Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana, 1987. Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1990.

Ricoeur, Paul, La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid- Arrecife, 1999.

 

© Alejandra Josiowicz 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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