Picaresca

Dr. Ismail El-Outmani

Universidad Mohamed V, Rabat


 

   
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Summary:
According to the predominant definition, picaresque literature is basically an autobiographical novel in which the narrator-pícaro relates his adventurous life-story. This paper sustains that picaresque literature does not conform to a concrete permanent form or to a fixed set of themes ; nor does it depend upon the sheer presence of the ‘pícaro’. Therefore, we should not attribute the term ‘picaresque’ to every text with a ‘pícaro’, or the term ‘novel’ to every text called ‘picaresque’. A picaresque text responds primarily to the ideaological strategy sustaining it. My (hypo-)thesis is that the ‘pícaro’ is a mask, and the ‘picaresque’ part of ‘subversive’ literature.

 

Este trabajo, que se basa en una lectura textual sociocrítica inspirada por las conclusiones de teóricos como M. Bakhtin (Bajtín), M. Foucault, R. Williams, E. Said, etc, no hace suyas las ya «ortodoxas» conclusiones de especialistas de la Picaresca como M. Bataillon, Lázaro Carreter, C. Guillén o F. Rico. Recordemos que su (predominante) definición sostiene grosso modo que la literatura picaresca se inició en 1554 con la publicación del anónimo Lazarillo de Tormes y se consolidó posteriormente gracias al Guzmán de Alfarache (1599, 1604) de Mateo Alemán y El Buscón de Quevedo.

Sin embargo, una lectura intertextual de la literatura española medieval y áurea en su contexto histórico-social, nos lleva a cuestionar la solidez de los criterios, de claro signo formal-estructuralista, utilizados para definir la picaresca. En realidad, existen fuertes indicios de que la picaresca no es una forma de escribir, sino una forma de ver el mundo. Por consiguiente, un texto picaresco no es a priori ni autobiográfico, ni mucho menos novelesco o prosaico.

Esfuerzos con el afán de resolver la enigmática etimología de la palabra «pícaro» no han faltado, barajándose todo tipo de hipótesis, porque no se podía decir con contundencia si la voz «pícaro» procede del latín, del francés, del árabe o de otra lengua. Lazarillo de Tormes no hace mención alguna ni de «pícaro» ni de «picaresco/a».

Según los documentos de que disponemos, el primer texto que menciona la palabra «pícaro» data de 1548, o inmediatamente después. Se trata de la «Carta del Bachiller de Arcadia al Capitán Salazar», texto atribuido a Diego Hurtado de Mendoza. En otra carta, fechada después de publicarse Lazarillo de Tormes, hablaba Eugenio de Salazar hacia 1560 de los pícaros en España. El tercer documento con la palabra «pícaro» es un poema del mismo Salazar que lleva como título: «Sátira por símiles y comparaciones contra los abusos de la Corte», y que, se cree, fue compuesto hacia 1560. «Pícaro» la encontramos también en la «Sátira contra las damas» de Diego Hurtado de Mendoza.

Algunos años más tarde, en 1578, un testigo en el juicio por la muerte del secretario Escobedo acusó en sus declaraciones ante el juez a un «pícaro de la cocina» de envenenar a Escobedo. El sexto y último testimonio lo constituye un poema épico poco conocido, de Alfonso de Pimentel, un teniente segundo en el ejercito español. «Guerras civiles de Flandes» lo compuso Alfonso de Pimentel entre 1587 y 1598 ; y como lo indica el título, describe las batallas de los ejercitos españoles en tierras belgas. Este texto se distingue de los anteriores por las variaciones que ofrece de la palabra «pícaro», como «pícara», «picaresca», «picaño», «picaña», «picañesca» o «picaresca».

La pregunta que nos hacemos a este punto es: ¿Qué tipo de información nos ofrecen estos documentos sobre el pícaro? Los primeros dos ejemplos dan a entender claramente que el pícaro es un indeseable, un personaje marginado que pertenece a los bajos fondos de la sociedad. En el tercer ejemplo, el pícaro se dedica a realizar trabajos duros para sobrevivir. En la Sátira de Hurtado de Mendoza, el pícaro es citado como un mero servidor (sexual) de las damas de la Corte. En el quinto caso, como asistente en la cocina. Mientras que el poema de Pimentel viene a confirmar la impresión que se tiene generalmente del pícaro; es decir, un personaje vil y marginado que sobrevive gracias al engaño y la astucia.

Sin embargo, ello no basta para atribuir al pícaro un carácter subversivo, en el sentido carnavalesco-bajtiniano. Sí es necesario, por otra parte, advertir que no hay que confundir al pícaro histórico, el personaje social real que existía en el Siglo de Oro, con el pícaro ficticio, que en la literatura lleva el nombre de Guzmán de Alfarache, Pablos, u otro.

Luego de admitir la existencia de una relación entre el pícaro histórico y la literatura, cabe preguntarse: ¿En qué modo se relaciona el pícaro con la literatura? ¿Qué diferencia hay entre el pícaro histórico y el pícaro literario? ¿Tiene el pícaro literario realmente alguna debilidad para con el novelista que no tenga para con el poeta o el dramaturgo? ¿El pícaro literario es un personaje español o universal? ¿Es suficiente la presencia de un protagonista pícaro en un texto literario para considerar dicho texto picaresco?

En mi intento de redefinir la picaresca, juzgaba necesario estudiar los contextos histórico y literario que vieron aparecer la literatura picaresca. Estudiando la canónica trilogía picaresca desde una perspectiva histórico-intertextual, descubrimos que Lazarillo de Tormes es un texto subversivo que parodia la «vida» de los santos, una imitación burlesca de este género hagiográfico didáctico. Si la «vida» de un santo es ejemplar, la vida de Lazarillo es contra-ejemplar. Desde un punto de vista espiritual, atestiguamos la muerte, en vez del nacimiento, de una conciencia.

Siguiendo la vida personal de Lazarillo a lo largo de los siete capítulos de la novelita, constatamos la evolución negativa de una conciencia desde la cuna hasta la simbólica tumba, irónicamente descrita por el anónimo autor como «la cumbre de toda buena fortuna». Se trata, de hecho, de la vida de un santo puesta al revés. Lazarillo de Tormes es una reivindicación de la autenticidad frente a la falsedad oficial, un examen de la conciencia española, que viene ridiculizada y burlada a través de la glorificación de la misma por el pícaro Lazarillo. El tono irónico que caracteriza la narración nos advierte de que el libro no esta diseñado para glorificar a Lazarillo, sino para ridiculizar su «evolución» en la vida. En este sentido, Lazarillo de Tormes se burla también del discurso idealista promovido por las literaturas pastoril y caballeresca.

Formalmente, Lazarillo de Tormes se presenta como una parodia de lo que Gómez-Moriana llama el «discurso ritual», un modelo confesional dirigido al Tribunal Inquisitorial. Aunque adopta el estilo autobiográfico, Lazarillo de Tormes no puede ser reducido al autoretrato verbal de una persona antisocial, o a la confesión de un arrepentido en busca de salvación. Lazarillo de Tormes no se parece en nada al relato de extraordinarios eventos en la vida de Lazarillo, o de una serie de auto-referencias evocadas para fines estéticos o hagiográficos. El papel de la autobiografía en la anónima obra consiste en exponer no las ofensas sociales de Lazarillo, sino aquellas ofensas que la sociedad inflige a individuos marginados como él.

Resumiendo, vista con ojos estructuralistas o formalistas, la vida de Lazarillo no es más que una suma de anécdotas cómicas narrada en un molde pseudo-autobiográfico. Sin embargo, interpretando esas mismas anécdotas en relación con los grandes temas socio-políticos de la España áurea (honor, pureza de sangre, estatus social, Inquisición, Iglesia, Corte, etc), vemos surgir un mundo de contrastes: un mundo sobre todo de ambivalencia en el cual la lengua, los valores, la ética y la estética tienen un doble sentido; uno sutil y otro superficial, uno subversivo y otro oficial.

Como texto subversivo, Lazarillo de Tormes tiene mucho en común con textos anteriores y posteriores a él. Juntos forman un corpus que podría llamarse «la otra literatura española». En realidad, el autor participaba de una tradición literaria ya existente, en vez de iniciar una nueva. Se trataba de seguir los pasos de autores como Francisco Delicado, El Ropero, o el anónimo autor de Carajicomedia.

De esta manera, el autor de Lazarillo de Tormes añadia su nombre, anónimamente claro está, al de aquellos autores que se planteaban subvertir el discurso «oficial» mediante la parodiación del canon; una concepción de la literatura primordialmente realista y una crítica metafóricamente consistente de lo que son los valores establecidos. De hecho, Lazarillo de Tormes tiene mucho en común, discursivamente hablando, con La lozana andaluza (1528) de Delicado, con el seriocómico Cancionero de El Ropero (1404-1477) y con la anónima Carajicomedia, todas ellas obras publicadas con anterioridad al Lazarillo de Tormes (1554).

Esta realidad pícaro-subversiva que hallamos en el Lazarillo de Tormes la interrumpió, por decirlo de algún modo, Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache y la condenó Quevedo en su Buscón. Mientras que Lazarillo es concebido como un personaje positivo, que simboliza la libertad y la felicidad en un mundo corrupto y falso, encarnando así las preocupaciones de un autor ideológicamente opuesto al poder in situ, el pícaro Guzmán de Alfarache es para el moralista Mateo Alemán un pecador que debe someterse a una severa autocrítica para admitir sus pecados, reformarse y finalmente convertirse. Quevedo va todavía más lejos: se rie de su pícaro, lo humilla, lo caricaturiza. El Buscón resulta ser el producto de una manifiesta hostilidad hacia los desfavorecidos y marginados de la sociedad, que Quevedo utilizó para entretener a la nobleza.

No obstante, ello no ha impedido que Lazarillo de Tormes tenga seguidores fieles. Cito como ejemplos textos apenas conocidos o estudiados, tales el «Discurso en alabanza de la vida del pícaro» (1594) de Jaime Ortz, el poema titulado «La vida del pícaro» (1601) de Juan Martín Cordero, el entremés de Pedro Láinez llamado «Testamento del pícaro Pobre», La pícara Justina de López de Úbeda, o la Segunda Parte del Lazarillo de Tormes (1620) de Juan de Luna.

Todos los textos posteriores a la publicación del Lazarillo de Tormes que acabo de citar hablan del pícaro de manera positiva, alabando su libertad y su desinterés total por las apariencias y el qué dirán. Son asimismo textos que critican, a través del pícaro, los valores que regían la vida social (y política) española. En este planteamiento crítico, el pícaro viene retratado como el antídoto del noble y del cortesano, y su (tipo de) vida es alabada a costa de la vida noble o cortesana.

De todos modos, es importante señalar que estos textos que tratan del pícaro y de la vida picaresca se presentan en diferentes formas: en prosa y en verso; como novela, poema, teatro o reflexión. Ello quiere decir que la picaresca, como discurso, puede expresarse de diferentes modos genéricamente hablando, y no necesariamente mediante la novela primopersonal.

Ya para terminar, tal vez sea oportuno recordar las conclusiones más relevantes de esta aproximación a la picaresca:

1). El pícaro es funcionalmente una máscara en el texto, un mediador entre un autor subversivo y una realidad opresora e injusta.

2). Formalmente, la picaresca puede expresarse en verso o en prosa, en modo autobiográfico o terciopersonal, y presentarse como poema, obra teatral, relato o novela.

3). La picaresca forma parte de un discurso que desafía, subvierte la cultura oficial, en el sentido bajtiniano de la expresión.

4). La picaresca en cuanto discurso es universal. El discurso picaresco lo ha conocido también la literatura árabe, pero las maqámát de Al-Hamadhání no constituyen el inicio de dicha tradición discursiva, sino una expresión continuadora de la misma.

5). La literatura árabe, tanto la andalusí como la oriental, no tuvo ningún papel de relieve respecto de la picaresca literaria española.

 

© Ismail El-Outmani 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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