Un apunte sobre poesía ecologista australiana:
De Judith Wright a Samuel Wagan Watson

Jorge Salavert Pinedo

Canberra Institute of Technology
Jorge.Salavert@cit.act.edu.au


 

   
Localice en este documento

 

El cambio climático y sus consecuencias sobre el medio ambiente se han convertido en el problema económico número uno para todos los gobiernos del mundo [1]. En los doscientos y pocos años de la historia de Australia como institución geopolítica moderna - desde la llegada del capitán Arthur Phillip y las primeras naves que transportaban a los primeros presos ingleses hasta la colonia penal en Sydney en 1788 - la degradación del medio ambiente de esta parte del mundo ha alcanzado cotas de extrema gravedad.

¿Es tan extenso y severo el daño causado? Diríase que sí, a juzgar por las voces que llevan levantándose airadas contra este desastre desde hace más de una generación. Y como muestra, un botón: Laurie Duggan (1949, Melbourne), en un escueto poema - de tan sólo cuatro versos - de verso libre que lleva por título ‘Australia’, expresa con evidente sarcasmo (y a un tiempo muy comprensible pesar) el deleite que le produce el modo en que su tierra haya quedado tan arruinada en la mitad del tiempo que normalmente lleva destruir un entorno natural:

I like the way we’ve
been able to fuck things here
as good as anywhere else
in only half the time.

Me encanta el modo en que hemos
sabido joderlo todo esto,
tanto como en otros sitios,
pero en la mitad de tiempo.

Afortunadamente, son muchos los ciudadanos australianos que escogen no ignorar esta lamentable situación; de hecho, abundan las denuncias de la pasividad y la permisividad gubernamentales - tanto del federal como de los estatales, de uno u otro signo del limitado y un tanto tedioso espectro político australiano - y las advertencias de las terribles consecuencias que han tenido y continúan acarreando los perniciosos usos de la tierra y el agua por un lado, y la persistente deforestación y la proliferación de especies no autóctonas por otro, hasta el punto de prácticamente haber confinado a algunas especies autóctonas a reservas para evitar su extinción.

Podemos constatar que estas denuncias han venido formando parte del mensaje de muchos poetas australianos, incluso bastante antes del establecimiento de los movimientos activistas [2].

Carlson y Sadler (1982: 161) han señalado la importancia y el profundo valor universal que debe tener para el ser humano la sensación de sentirse integrado en la naturaleza. Representa “the quintessential form of aesthetic quality which is gained from the interaction of man and environment” [la forma más pura de cualidad estética que se obtiene de la interacción entre el ser humano y el medio]. Expresar con palabras esa cualidad, a un tiempo indescriptible e inasible, es el desafío que muchos poetas han acometido. En su notable estudio sobre poética y poesía, Forrest-Thomson (1978: 1) escribe que es precisamente la poesía el área del lenguaje en el que el silencio resulta imposible, y añade que aunque la poesía tienda hacia el silencio, “the study of poetry is the most garrulous study that exists” [el estudio de la poesía es el más hablador que existe]. Tanto más significativa será, por consiguiente, la poesía que describa la destrucción de ese medio natural y la ruptura del nexo entre el ser humano y su entorno.

Las reacciones de diferentes poetas ante la progresiva destrucción del hábitat natural australiano se han plasmado en formas extremadamente variadas. Me propongo realizar un breve recorrido por esa poesía analizando algunos poemas de los autores más significativos.

 

Judith Wright

La autora pionera en la toma de conciencia del problema fue Judith Wright (1915-2000), quien en sus obras, tanto en verso como en prosa, centradas fundamentalmente en el paisaje de su región natal de New England (en el estado de Nueva Gales del Sur), incorporó el tema de la degradación del medio ambiente.

Wright, por cierto, también integró en su poesía la cuestión del despojamiento de los pueblos aborígenes de sus tierras, y de su modo de vida y sustento. En gran medida, ambos aspectos - la destrucción del entorno y el despojamiento de las tierras de sus legítimos ocupantes tradicionales - están íntimamente relacionados, puesto que los usos y abusos que los colonizadores infligieron en las tierras ocupadas son inversamente proporcionales a la relación que los pueblos indígenas tenían con la tierra, que respetaban el equilibrio natural desde una concepción espiritual de pertenencia a la tierra, y no a la inversa. Descendiente de colonizadores, Wright reconoció y denunció en sus obras la ilegalidad e injusticia sobre las cuales ha prosperado el estado federal de Australia (Ryan, 1999).

En el poema ‘Gum-trees stripping’, publicado por primera vez en Two Fires (1955), Wright nos invita a una reflexión sobre la función poética del lenguaje frente a la naturaleza, que en el poema está encarnada por los hermosos eucaliptos. Algunas especies de eucaliptos se desprenden de la corteza que los recubre hasta formar una sublime imagen que nos recuerda a una fuente. En ese marco, la pequeña captura - o posesión - que el ser humano pueda realizar con la palabra termina resultando inútil. Es en dicho poema en el que declara Judith Wright que de nada le valen a un árbol las palabras (“words are not meanings for a tree”), y de hecho, su inquebrantable compromiso con la naturaleza y su enorme dedicación como activista la llevaron a abandonar prácticamente la producción de poesía a partir de 1985. Con esas palabras Judith Wright reconocía, no sin cierto dolor o pesadumbre, la dificultad - si no la imposibilidad - de usar el lenguaje para expresar con plenitud las diferentes hermosuras que nos ofrece la naturaleza. Como apunta Thomason (en Philip Mead, ed. 2001: 215) respecto a otro poema de Wright, “At Cedar’s Creek”, la autora lamenta la pérdida de una “formula for poetry, the creative word”, y lo hace de manera reiterada en varios de sus poemas.

Harrison (2006) se ha formulado una pregunta que en estos tiempos debiera encontrar una urgente respuesta. ¿Tiene la poesía un papel que jugar en el conjunto de acciones necesarias para conservar el medio ambiente? ¿Es posible combinar el activismo medioambiental con el quehacer del poeta? ¿Existe la poesía ecologista, que no debiéramos en ningún momento confundir con la poesía paisajística? Harrison plantea que una posición ecologista de la poesía debe ser mucho más que una mera postura de representación y con cierto grado de expresión afectiva: se trata, en última instancia, del tipo de relación que adoptamos con el lenguaje.

Ciertamente, no parece existir impedimento alguno para la poesía ecologista; no parece que la poesía y el activismo sean incompatibles. Si en verdad es posible, ¿hasta qué punto influye una posición, llamémosla ética, en la estética del artista? Según la opinión de algunos críticos, como es el caso de Hay (2003), la llamada escritura de la naturaleza se presta al exceso lírico pero es de poca enjundia: “Too many adjectives, too many epiphanies, too many flights of fancy, too much self-indulgence, too little substance, too little discipline, too little craft [Sobran adjetivos, revelaciones, dispersiones de la imaginación, y falta sustancia, disciplina y destreza].” Concluye Hay que éstas son tentaciones contra las que nunca se debe bajar la guardia, y en definitiva, son trampas en las que puede caer el más grande de los poetas.

Otros críticos apuntan, en cambio a la poesía como medio de expresión ideal para la denuncia. Bennett (2006) señala que los artistas juegan un papel “vital in opening the eyes of others to our particulars” [vital a la hora de abrirles los ojos a los demás a nuestros detalles], en tanto que lo local está siempre conectado a lo universal. Bennett arguye además que los poetas, dentro de un proceso vital de aprendizaje interminable, tienen una doble responsabilidad con su propia familia, la comunidad en general y el medio ambiente. Walker (1991: 86) ha señalado que, para Judith Wright, el lenguaje tiene un poder creativo y de ordenamiento, y es una fuerza que tercia entre la humanidad y el medio ambiente que la rodea.

En el caso de Judith Wright, hay quien opina que su actividad como artista salió reforzada de su tarea como activista. Mulligan (2004) aventura que la expresión de índole creativa puede ayudarnos a decir cosas que quizá no pueden expresarse de otro modo. Y añade: “No doubt we can say things better if we know how better to use our imagination and our creativity” [No cabe duda de que podemos decir mejor las cosas si sabemos cómo emplear nuestra imaginación y nuestra creatividad de mejor manera]. Por otro lado, Arnott (2004) afirma que Wright nunca vio distinción entre el mundo ético y el estético. Brady (2001) concuerda con la posición anterior y apunta los problemas de índole ética y artística que supuso para Wright asumir la misión de ‘decir’ el mundo y la destrucción de éste.

Aunque se pueda afirmar que aunó ambos en su vida creativa y pública, lo cierto es que otros estudiosos como Bonyhady (2005), que ha investigado la relación entre su arte y su activismo, concluyen que la Wright activista prácticamente no tuvo tiempo para la poesía. Por su parte, Zeller (1998) atribuye el cambio de la visión poética de Wright a su creciente compromiso con la causa de la defensa del medio ambiente, y que le llevó a considerar que es el propio lenguaje el que imposibilita el verdadero conocimiento, como reconoce Wright en ‘Gum-trees stripping’. Señala Zeller además que el cambio de tono la llevó hacia una cierta irritación y amargura contra el egocentrismo humano.

En cualquier caso, lo importante para cualquier lector de su poesía es tener la posibilidad de descubrir a través de sus palabras una afinidad de impresiones respecto al daño causado al entorno natural. Arnott (2004) escribe que para Wright, la devastación medioambiental se convirtió en “a personally devastating reality” [una realidad que resultaba devastadora en un ámbito personal]. Explica que esta sensación de identificación personal se nos revela muy claramente en poemas específicos, como “For New England”, en el que la autora equipara su propio cuerpo con el paisaje de su región natal, hasta el punto de que los árboles nativos y los exóticos (los de hoja caduca transplantados, como la propia familia de la autora, desde la vieja Europa) terminan aunándose en ella: “...I find in me the double tree”. Como han apuntado Lucas y McCredden (1996: 23), “Wright feels herself and her art to be the bifurcated product of at least two landscapes, two inheritances, both geographical and conceptual” [Wright siente que tanto ella misma como su arte son el resultado bifurcado de al menos dos paisajes, dos herencias tanto geográficas como conceptuales]. Esta es su dolorosa toma de conciencia de estar dividida, de pertenecer a dos culturas irreconciliables, a dos mundos antagónicos que finalmente habrían de avenirse a la fuerza, y queda reflejada en la dualidad del entorno físico que describe el poema.

Esa escisión en dos paisajes, la división en dos patrimonios que son en última instancia irreconciliables, se refleja de manera especialmente dramática en otro poema que lleva por título ‘Australia 1970’. Arnott (2004) piensa que el poema está impregnado de resentimiento, un poema que niega la absolución y el perdón. Para Arnott, ‘Australia 1970’ es una elegía en la que Wright da a conocer su indignación y enfado por la devastación medioambiental que ya por aquellas fechas estaba sufriendo su tierra. Walker (1991: 174) señala que el poema delata una falta de autocontrol poético: en él, los sentimientos sin duda vehementes de la autora “are insufficently modulated into poetic statement” [apenas quedan expresados en una declaración poética] [3].

Australia (1970)

Mueres, oh tierra salvaje, como el águila,
peligrosa hasta el último suspiro,
que atacando, clava sus garras. Mueres
maldiciendo a tu captor con mirada enfurecida.

Mueres como la víbora
que silba un odio tan puro de su dolor
que llena los sueños del asesino
de miedo como la mancha invasora del suicida.

Sufres, tierra salvaje, como la acacia excelsa
que agrieta la cortante pala excavadora.
Veo tu suelo lleno de vida decaer con los árboles
hasta una desnudez de pobreza.

Mueres como la hormiga soldado
indiferente mas fiel a tu millón de años.
Aunque te corrompamos con ideas torturantes,
sé obstinada: tú sigue siendo ciega.

Somos vencedores, y envenenadores,
más que el escorpión y la serpiente,
mas del veneno que fabricamos, morimos,
mientras tú, tierra, mueres a nuestras manos.

Alabo pues a la sequía que tantas muescas deja, a tu polvareda,
al arroyo moribundo, al animal furioso,
porque todavía nos desafían.
Nos arruina la cosa misma que matamos.

La poesía de Judith Wright, así pues, enfoca el tema medioambientalista con el apasionamiento de una mujer que nació y creció en una zona del continente que ha venido degradándose a lo largo de los años. Sus poemas, por otra parte, no se centraron únicamente en los problemas de New England. Wright viajó y denunció los desmanes que estaba sufriendo el entorno natural australiano en muchas y variadas zonas del país. Ella es la primera de una larga serie de autores que han venido denunciando los daños que el medio ambiente australiano ha venido sufriendo. En palabras de Carlson y Sadler (1982: 160-1), la experiencia más completa de lo que estos autores han denominado “aesthetic quality” representa una fase sublime de la apreciación del medio ambiente, y se trata de un acto completo y unificado, cuyo resultado es la creación de una imagen “rich with expressive and symbolic meaning” [rica en significado expresivo y simbólico]. Son además experiencias que se articulan en la poesía, “rather than revealed through everyday response” [en vez de revelarse a través de una respuesta cotidiana].

 

Robert Gray

Nacido en 1945 en Port Macquarie (Nueva Gales del Sur), Gray es un poeta que trabaja - diríase que en ocasiones hasta la extenuación - con imágenes, y con nitidez y primor inusitados consigue transmitir la lucidez de su pensamiento. Con sus poemas su intención es primordialmente compartir sus experiencias del mundo con el lector, sin afán de oscuridad ni superioridad intelectual, lo que en otros poetas resulta ser aparatosamente pedante. Es por este motivo que su recurso poético preferido es la comparación, en tanto que la comparación atrae un objeto hacia otro con la intención de definirlo, sin oscurecerlo ni emborronarlo como puede suceder con la metáfora. Su pieza más llamativa con temática medioambiental es ‘Flames and Dangling Wire’.

Llamas y alambre colgante

Una carretera que cruza el marjal.
Torcemos a un lado, el humo surge de diferentes hogueras,
como unos dedos extendidos y arrastrados que todo lo embadurnan.
Es el vertedero, siempre en llamas.

Detrás, la ciudad,
hincada como estacas en la tierra.
Un ánade se alza por encima de este cenagal,
una tortuga avanza por la orilla de estas Galápagos.

Nos metemos por un camino de grava,
que nos acerca al vertedero. Reverbera el aire,
como en un espejo barato.
Cubre el sol caliente una neblina.

Lejanos, los edificios quedan ahora como estampados en el humo.
Hemos llegado a un paisaje de latas de hojalata,
de coches como cráneos,
que da vueltas con las formas de unas dunas de arena.

Entre estas de calor vastas láminas grises plásticas
unas sombrías figuras
parecen ocupadas en identificar a los muertos -
son los ordenanzas, visten mono y anteojos,

que arrojan al fuego humedecido la basura.
Un humo amargo
se arrastra por todas partes,
fino, como un cordel. Hay otros que se mueven - los carroñeros.

Tal como en el infierno los demonios
podrían hurgar en nuestras almas, buscando jirones
de un apetito
con el que estimularse,

así estas formas
parecen deambular abatidas, con una eternidad
donde pudieran tal vez encontrar
una sensación peculiar.

También nosotros nos bajamos y nos movemos.
El hedor es enorme,
con su estallido nos reseca la boca:
toneladas de periódicos pudriéndose, colosales ovillos de tela rumiados...

Y de pie, desde donde veo el espejismo de la ciudad,
advierto que estoy en el futuro.
Esto es lo que habrá cuando el hombre haya partido.
Estará compuesto de cosas que funcionaban.

Un operario levanta porquería irreconocible
con un rastrillo, la lanza a las llamas:
algo se agita en el aire
como un trapo alzado en ‘La Balsa de la Medusa’.

Nos acercamos a él a través del humo,
y por un instante parece aquel espectro de la larga pértiga.
Es un hombre, que se seca los ojos.
Cualquiera que trabaje aquí tiene que llorar,

y hablamos. Tiene los ojos tan humedecidos
como una almeja, y enrojecidos.
Sabiendo tanto como sabe sobre nosotros,
¿cómo puede evitar odiar a los humanos?

Sigo adelante, y advierto una vieja radio, que derrama
sus alambres colgantes -
y veo que, en algún lugar, las voces que transmite
continúan viajando,

derrapando, cribadas, alrededor del arco del universo;
y con ellas, las risas relincho, y el Chopin
que fue sonido de telón, que se alzó
una vez, hasta una luminosa costa.

El poema se desarrolla en dos niveles, los cuales, si bien podrían parecer antagónicos, son en realidad complementarios, uno propiamente realista y otro profundamente simbólico. Es una dualidad que refleja y reafirma la interdependencia que a fin de cuentas tienen siempre todas las cosas en el espacio y el tiempo.

Gray describe la existencia de las personas y animales que han hecho del vertedero su medio de vida, al tiempo que nos presenta la idea del mundo moderno, post-industrial, repleto de basura y desperdicios. El poeta nos sitúa en este horrendo lugar con pocas palabras:

Una carretera que cruza el marjal.
Torcemos a un lado, el humo surge de diferentes hogueras,
como unos dedos extendidos y arrastrados que todo lo embadurnan.
Es el vertedero, siempre en llamas.

Detrás, la ciudad,
hincada como estacas en la tierra.

Como ha señalado el también poeta Geoff Page (2006), ‘Flames and dangling wire’ podría parecerle al lector un poema profundamente deprimente, puesto que con bastante crudeza nos presenta lo que en un futuro - no muy distante - podría dejar tras de sí la especie humana. En palabras de Page, el vertedero constituye “a kind of archaeology waiting to happen.” Es un lugar aterrador porque lo habitan seres de aspecto infernal:

Tal como en el infierno los demonios
podrían hurgar en nuestras almas, buscando jirones
de un apetito
con el que estimularse,

así estas formas
parecen deambular abatidas, con una eternidad
donde pudieran tal vez encontrar
una sensación peculiar.

Pero la escena denota mucho más que un basurero. Es también un lugar en el que el futuro de la humanidad puede llegar a confluir con el presente. Constituye una virulenta crítica a la sociedad de consumo, que se está consumiendo a sí misma. Aunque el poema sitúa el vertedero en una de las grandes metrópolis australianas, no cabe duda alguna de que la denuncia de Gray tiene carácter universal. Gray no intenta en ningún momento escatimarnos lo repulsivo del vertedero, un lugar infernal donde figuras sin apenas características humanas transitan en medio de un humo cegador y emisiones intolerables:

El hedor es enorme,
con su estallido nos reseca la boca:
toneladas de periódicos pudriéndose, colosales ovillos de tela rumiados...

Y de pie, desde donde veo el espejismo de la ciudad,
advierto que estoy en el futuro.
Esto es lo que habrá cuando el hombre haya partido.
Estará compuesto de cosas que funcionaban.

Un operario levanta porquería irreconocible
con un rastrillo, la lanza a las llamas:
algo se agita en el aire
como un trapo alzado en ‘La Balsa de la Medusa’.

Gray identifica al operario del vertedero con la temida figura mítica de Caronte. Es uno de los muchos demonios que van rebuscando entre las almas de los muertos, en pos de algo que ulteriormente pueda azuzarles el apetito:

Nos acercamos a él a través del humo,
y por un instante parece aquel espectro de la larga pértiga.
Es un hombre, que se seca los ojos.

Es el humo del vertedero el que le arranca lágrimas al operario. Sin duda alguna, el odio sería una reacción natural a los que causan este colosal deterioro, nos dice Gray. El poema impacta por las imágenes que nos transmiten una sensación de violencia, y por el sentido de avaricia con que el ser humano impone su modo de vida sobre la naturaleza. Así pues, el vertedero viene a simbolizar las secuelas de una enorme catástrofe, en un lugar donde los que acuden al rescate buscan víctimas y otros se limitan a identificar restos. Los que buscan y rebuscan entre la basura forman parte de una gran metáfora de la muerte, con ecos puntuales del infierno de Dante. Las referencias a lo dantesco no son casuales ni gratuitas: el vertedero simboliza el horrendo fin que aguarda a la humanidad, rodeada y enterrada por sus propios desperdicios.

Page (2006) apunta que en con su impacto muy intencionado, el poema dista mucho de ser caótico, pues su desarrollo narrativo tiene asimismo un fino sentido de lo inevitable, y las imágenes finales, desarrolladas a lo largo de dos estrofas

Sigo adelante, y advierto una vieja radio, que derrama
sus alambres colgantes -
y veo que, en algún lugar, las voces que transmite
continúan viajando,

derrapando, cribadas, alrededor del arco del universo;
y con ellas, las risas relincho, y el Chopin
que fue sonido de telón, que se alzó
una vez, hasta una luminosa costa.

nos dejan la sensación de haber completado un viaje. En última instancia, la cuestión primordial sería saber a ciencia cierta adónde nos ha llevado (o nos ha de llevar) ese incierto periplo.

 

Bruce Dawe

No cabe duda de que la devastación del medio ambiente australiano se inició con la colonización británica. Bruce Dawe, poeta nacido en Melbourne (Victoria) en 1930, ha reconstruido la historia de la colonización y las consecuencias que ésta ha tenido sobre el medio ambiente en su poema ‘When first the land was ours’. Dawe hace referencia a la ignorancia e ingenuidad de los colonizadores que pensaron que podían cambiar el paisaje tan peculiar de estas tierras:


things would never change
- there’d always be the same green hills
clear rivers and rich range,
and east of us the sparkling beach,
the mangroves, forests tall…

En la segunda estrofa del poema, Dawe repasa las desastrosas acciones que durante dos siglos realizaron los colonos: despejar la tierra de toda vegetación para labrarla, la tala indiscriminada de árboles, la quema arbitraria de arbustos en diferentes partes del continente:

We ring-barked, burned and bulldozed
the trees and scrub away,
the mulga and the brigalow,
and bared the subsoil clay.

La penosa conclusión que infiere Dawe es que al robarle a la tierra de aquello la sustenta se hace imposible vivir en ella:

... in a land we robbed of life
we could not hope to live.

En última instancia, la causa de los atropellos infligidos al medio natural es la ignorancia, producto de una actitud invasora de posesión de la tierra en vez de pertenencia:

we were the earth’s deaf sons
who could not hear how through our veins
the family life-blood runs …

 

Mark O’Connor

Radicado actualmente en la capital federal australiana, Canberra, Mark O’Connor (Melbourne, 1945) tiene entre sus temas fundamentales la apreciación y la defensa de las selvas tropicales del norte del estado de Queensland. En opinión de Wakeling (1991), O’Connor tiene la creencia de que debemos verbalizar nuestros sentimientos por la naturaleza, para hacer frente a los “developers with their dollars and cents arguments for destroying rainforests” [constructores, con sus razonamientos en dólares y centavos para destruir los bosques].

O’Connor, cuya poesía es rica en la imaginería del bush australiano y tiene una excelente percepción de detalles paisajísticos y apuntes llenos de ironía, cuenta asimismo entre sus poemas una breve pieza en la que desarrolla una crítica similar a la de Bruce Dawe. Se trata de una crítica a las raíces históricas en las que se fundamenta el status quo de la sociedad australiana, y en tanto que el sistema anglosajón de explotación de la naturaleza se ha sustentado en la falacia de que Australia era terra nullius, añade algo a la perspectiva que defiende una revisión histórica de errores cometidos:

Whiteman could not follow the eel-stream
could not outrun the rosella
but he cut down the tree
but he dammed the stream
but he caught in his wide net of paddocks
the swift fish of nothing.

El hombre blanco no supo seguir la corriente de la anguila
no podía correr más que la cotorra
pero cortó el árbol
estancó los arroyos
y atrapó en su ancha red de campos
al veloz pez de la nada.

 

Philip Hodgins

Otro autor natural de Victoria, Philip Hodgins (1959 - 1995), centró algunos de sus poemas en cuestiones puntuales de la degradación del medio rural en el que vivió la mayor parte de su vida. De ellos, el poema titulado ‘Erosion and salinity’ es una de las descripciones más elocuentes de un mal que desde hace tiempo azota amplísimas zonas del continente australiano - las predicciones para 2050 señalan que el fenómeno de la salinidad de la tierra, que las hace infértiles para el cultivo además de que destruye la vegetación, afectará probablemente al 50% del país [4].

Sal y erosión

Lo que en su día fue un prado
es ahora un mapa.
La gran hendidura de la erosión
lo atraviesa por el centro,
retorcida, como si la página
estuviera truncada;

errática, lo recorre de una a otra punta
como si su línea dentada
fuese el gráfico de las finanzas,
que representara el alza productiva
de la sal subterránea,
y el declive en picado del granjero.

Sus penurias nacen todas
de esa indolente facilidad
con la que la excavadora
arrancó el mantillo
y despejó el prado
de los árboles que atraían el agua.

Y si bien fue sólo el principio,
en verdad de nadie es la culpa.
Nada había que nos pudiera
anunciar este cambio.
Lo que un día fue escarcha,
es ahora una costra de sal.

Hodgins, en su condición de ganadero además de poeta, constataba con desesperación cómo las erróneas prácticas agrícolas impuestas por los europeos en el continente australiano no han hecho otra cosa que destruir las escasas tierras fértiles que existen en Australia. Con frecuencia se tiende a olvidar que ganaderos y labradores son quienes mayor y más frecuente contacto directo tienen con la tierra.

 

Les Murray

Resulta interesante, por el contraste que produce, el enfoque que, en un extremadamente sucinto poema titulado ‘Salination’, Les Murray adopta sobre el fenómeno de la salinidad de las tierras. Murray nos implora compasión y dirige nuestra atención hacia las víctimas económicas de esta pesadilla medioambiental:

Salination

Have a heart: salted land
is caused by human tears.

Tened compasión, que la sal de la tierra
la generan las lágrimas del hombre.

 

Samuel Wagan Watson

El mismo tema de la salinidad de las tierras forma parte de la obra de un poeta más actual, Samuel Wagan Watson (Brisbane, 1972). En su poema ‘nil by mouth’, Watson identifica la tierra como un paciente moribundo y consumido, al que la sal va destruyendo poco a poco, grano a grano:

‘nil by mouth’

the salt creeps in
              grain after grain

destructive in its microbe-brevity

you see patches of evidence,
grey and relapsing
skeletal stance of scrub
              liver spots on a once flourishing skin of
             natural algorithms

and the mouths out here will murmur, die-off!
              the saline schematics of slow death
             that are very hard to swallow

Es también un corto poema, sencillo en su desarrollo y cargado de exquisita fuerza lírica, que radica precisamente en la sencillez de las imágenes que presenta y en la vívida descripción del proceso de salinización del suelo, al que la sal, grano a grano, va destruyendo, abarcando cada vez mayores extensiones. Aparecen en él, con una poderosamente expresiva imagen, unas manchas salinas (“liver spots”) que ahora afean lo que antes una tersa piel de pura naturaleza. Es una lenta muerte, difícil de aceptar para los que se sienten identificados con la tierra.

De todos los poemas analizados en las páginas anteriores se colige que, aunque el lenguaje sea una mera herramienta - evidentemente no siempre completa y mucho menos consumada - de apropiación para el ser humano, y que como tal es parte esencial de la(s) cultura(s) del ser humano, la poesía, en tanto que máxima expresión estética del lenguaje, puede llevar a cabo una doble tarea: en unos casos, un admirable intento de apropiación de la naturaleza; en otros, una denuncia enérgica de la destrucción de esa naturaleza. Como ha apuntado Wakeling (1991), los poetas pueden convertirse en catalizadores de un cambio de actitud, de un radical y necesario cambio de perspectiva en unos tiempos de progreso equívoco y precario.

Podemos por tanto concluir que existe una poesía ecologista, sumamente activa y eficaz en difundir el mensaje. Podemos también decir cualquiera que sea la lengua en la que escriban, los poetas del planeta pueden hacer una contribución, una apelación, una convocatoria a rectificar el rumbo, a cambiar el mundo, a preservar el medio ambiente para las generaciones futuras, a través de su mejor arma y herramienta, el lenguaje mismo.

 

Notas

[1] El cambio de opinión, ciertamente, ha sido radical. Entre esos gobiernos, el renuente gobierno federal australiano, ha dado un giro de ciento ochenta grados en su política medioambiental, nada más empezar a verle las orejas al lobo del posible cataclismo que puede acarrear el cambio climático. No cabe duda alguna de que, pese a los reiterados desmentidos del gobierno conservador de John Howard, la mayoría de los ecosistemas naturales que conforman el delicado medio ambiente australiano se hallan en estado agonizante.

[2] Lo que comenzó como pequeños grupos de vecinos preocupados por situaciones de ámbito meramente local se convirtió gradualmente en movimientos masivos de carácter medioambientalista, como el que dio lugar a la aparición en Tasmania de un incipiente partido político ya en 1972 (United Tasmania Group) para luego abrir el camino a la fundación del partido político federal Los Verdes (The Greens) en 1992.

[3] Aunque el año que aparece en el título haga referencia a una Australia de hace más de tres décadas, sigue siendo - tristemente - un poema de rotunda actualidad.

[4] Según los datos que muestra la web de la ACF (Australian Conservation Foundation)
http://www.acfonline.org.au/uploads/res_salt_chapter4.pdf

 

Referencia bibliográfica de los poemas citados o traducidos:

Judith Wright. 1994. Collected Poems: 1942-1985. Pymble, Angus & Robertson.

Robert Gray. “Flames and Dangling Wire” en Quadrant. Vol. 21, nº1, enero 1977.

Bruce Dawe. 1990. This Side of Silence: Poems 1987-1990. Melbourne, Longman Cheshire.

Mark O’Connor. 2000. The Olive Tree: Collected Poems 1972-2000; ed. John Leonard. Alexandria, Hale & Iremonger.

Philip Hodgins. “Erosion and salinity” en Island, nº48, primavera 1991.

Les Murray. “Salination” en Quadrant, vol. 47, nº12, diciembre de 2003.

Samuel Wagan Watson. 2002. Itinerant Blues. St Lucia, University of Queensland Press.

 

Referencias

Georgie Arnott, “Attacks that sting: The angry poetry of Judith Wright and Gig Ryan”, en Overland, nº177, verano de 2004.

John Bennett, “Poets and the environment: Green responsibilities” en Five Bells, vol. 13, nº2, otoño de 2006.

Tim Bonyhady, “Torn between art and activism” en Eureka Street, vol. 15, nº4, mayo de 2005.

Veronica Brady, “Judith Wright: The Politics of Poetics” en Southerly, vol. 61, nº1, 2001.

Allen Carlson and Barry Sadler, “Towards models of environmental appreciation” en Sadler y Carlson (eds.) 1982. Environmental Aesthetics: Essays in Interpretation. Victoria (British Columbia), University of Victoria.

Veronica Forrest-Thomson. 1978. Poetic Artifice: A Theory of Twentieth-Century Poetry. Manchester, Manchester University Press.

Martin Harrison, “The degradation of land and the position of poetry”, en Colloquy: text, theory, critique; nº12, 2006.

Pete Hay, “Nature writing, writing nature” en Five Bells, vol. 10, nº2, otoño de 2003.

Rose Lucas y Lyn McCredden. 1996. Bridgings: readings in Australian Women’s Poetry. Melbourne, Oxford University Press.

Martin Mulligan, “Rediscovering compassion: The legacy of Judith Wright” en Overland, nº177, verano de 2004.

Geoff Page, “ReVerse”, en The Canberra Times, 26 de marzo de 2006.

Gig Ryan, “Uncertain posession: The politics and poetry of Judith Wright” en Overland, nº154, otoño de 1999.

Louise Thomason, “Women, Nature and Poetic Dwelling: Ecofeminism and the poetries of Phyllis Webb and Judith Wright”, en Philip Mead (ed.) 2001. Australian Literary Studies in the 21st century. Proceedings of the 2000 ASAL Conference held at the University of Tasmania, Hobart. Association for the Study of Australian Literature, Hobart.

Louise Wakeling, “Counting the cost: Poetry and the Environment” en OzMuze, vol. 1, nº15, diciembre de 1991.

Shirley Walker. 1991. Flame and Shadow: A Study of Judith Wright’s Poetry. St Lucia, University of Queensland Press.

Robert Zeller, “Judith Wright’s Nature Poetry - The problem of living ‘through a web of language’”, en Antipodes, vol. 12, nº1, junio 1998.

 

© Jorge Salavert PinedoJorge Salavert Pinedo 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/poecoaus.html