La lucha por el espacio de la enunciación
en El seductor de la patria de Enrique Serna

Lola Colomina-Garrigós

College of Charleston
colominagarrigosm@cofc.edu


 

   
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Por medio de su formato epistolar, El seductor de la patria (1999) de Enrique Serna hace uso de una serie de estrategias discursivas que intentan legitimar las intervenciones de cada uno de los narradores dentro del relato. La novela se concentra fundamentalmente en el proceso de escritura y reescritura que sufren las memorias del dictador decimonónico mexicano Antonio López de Santa Anna a manos de tres personajes que, a su vez, son narradores: el principal narrador y autor de sus memorias, Santa Anna; el ex coronel, secretario y transcriptor de las memorias del ex dictador, Manuel María Jiménez; y el hijo de Santa Anna y biógrafo oficial de dichas memorias, Manuel. Común a todos estos narradores será su intento por legitimar y validar su versión histórica particular y por conseguirse así un lugar en la enunciación. Sin embargo, la yuxtaposición de las distintas versiones históricas así como una serie de recursos retóricos de que se valen los narradores en sus discursos respectivos delatan un interés particular que acabará desautorizándolos. El presente artículo analiza las diferentes estrategias de legitimación y verosimilitud de la autoridad discursiva en esta reciente novela de Serna y cómo dichas estrategias discursivas sirven para reincidir en la carga de parcialidad implícita en todo texto historiográfico.

 

El seductor de la patria (1999) reconstruye la vida de uno de los personajes más controvertidos de la historia mexicana decimonónica, la del militar y dictador mexicano Antonio López de Santa Anna (1794-1876). Erigido en el poder en once ocasiones durante las décadas subsiguientes a la independencia mexicana, se le ha culpado, entre otras cosas, de la derrota en la lucha por Texas de 1836 y del fracaso de la guerra con Estados Unidos (1846-48), que supuso la pérdida de la mitad del territorio nacional de México [1]. Recientemente, esta última cuestión ha desatado de nuevo la polémica y la discusión entre defensores y detractores de Santa Anna. La publicación de la obra Perfil del traidor de Jorge Veraza Urtuzuástegui, donde el autor “ubica al personaje como ‘factor clave’ en la conformación de la ‘plataforma territorial’ desde la que Estados Unidos comenzó a construir su hegemonía mundial” (1), y el ciclo de mesas redondas sobre libros y películas en torno al personaje histórico, otorgan al debate sobre Santa Anna mayor actualidad si cabe, y aumentan en cualquier caso la fascinación que el carismático personaje ha ejercido durante generaciones sobre historiadores y escritores como Carlos Fuentes o el autor de la presente obra.

La novela viene a ser una especie de biografía novelada de Santa Anna en forma epistolar. Junto a las cartas -más de ochenta- que los diferentes personajes se intercambian, se encuentran también los testimonios de otros personajes -algunos históricos y otros ficticios- cercanos al dictador. Dichos testimonios se presentan en forma de fragmentos de diarios, decretos, discursos, actas, y otros documentos de carácter histórico [2], que tienen la función de completar la información obtenida por los principales narradores y/o refutar la versión ofrecida por Santa Anna de su vida pública y privada.

Una estrategia discursiva empleada en El seductor para construir verosimilitud y legitimar las voces del relato es precisamente el uso del formato epistolar. Un formato gracias al cual los personajes pueden expresarse directa y libremente sin la intervención de un narrador que filtre, resuma o añada juicios sobre éstos y sus respectivos discursos. El formato epistolar también permite que algunos personajes se conviertan en narradores y que incluyan su versión del pasado dentro de las cartas. La novela opta así por abandonar la tradicionalmente autoritaria posición del narrador omnisciente en tercera persona, lo que desemboca en un menor control narrativo del discurso de los personajes. Además, la falta de intermediación provoca la ilusión del contacto directo en el lector, la ilusión de “experimentar” la historia de primera mano y que estaría relacionado con la verosimilitud que la novela pretende. En este sentido, la obra de Serna presenta un formato fragmentario -a juzgar por la gran variedad de voces que conforman el espectro narrativo- y “antiautoritario” [3], donde el autor se despoja al menos parcialmente de su autoridad narrativa y deja que los distintos personajes y narradores intervengan sin el control omnisciente y omnipresente de un supernarrador. Es con el objetivo de comprobar esta presunta tendencia antiautoritaria que se van a analizar en el presente capítulo las diferentes estrategias discursivas que funcionan como constructoras de verosimilitud y legitimidad en El seductor de la patria tanto al nivel del enunciado o historia como al de la enunciación.

Los narradores principales del relato de las memorias del dictador -considerando las memorias como un relato insertado dentro de otro- son el ex dictador y general Santa Anna, el ex coronel y amigo personal del ex dictador, Manuel María Giménez, y el hijo de Santa Anna, Manuel. La inscripción de Santa Anna y Giménez en el relato de las memorias acentuará una manipulación discursiva por parte de estos dos narradores que irá revelándose conforme avanza el relato. Manuel, en cambio, actuará principalmente de interlocutor y receptor de las versiones de las memorias.

Un primer factor a tener en cuenta a la hora de estudiar las estrategias discursivas de autolegitimación utilizadas por estos narradores es el contexto en que se inscriben sus personajes, los sujetos del enunciado. El momento histórico elegido por Serna para recuperar a estos personajes es 1874, un momento de declive en todos los sentidos donde, por ejemplo, nos encontramos con un Santa Anna viejo y derrotado que vuelve a México gracias a la amnistía decretada por el presidente Lerdo de Tejada. Santa Anna es un anciano ciego y enfermo que ha vuelto del exilio para encontrarse con un pueblo que o sigue odiándolo o le ha olvidado. Es desde esta posición desaventajada y casi de víctima, que el autor decide situar al que será el principal narrador de la novela, una posición que puede favorecer una mirada más benévola por parte del lector. A esto hay que añadir el tono reivindicativo con que el narrador Santa Anna se propone escribir sus memorias y que responden a sus ansias de limpiar su nombre y “recibir el postrer homenaje de mis compatriotas” (14). Para otorgar mayor legitimidad y credibilidad a sus memorias, Santa Anna decide ‘disfrazarlas’ de biografía pidiéndole a su hijo Manuel que sea su biógrafo oficial. En cualquier caso, el narrador Santa Anna se compromete a escribir las memorias él mismo pero cederlas a Manuel para que éste “muestre mi lado humano a las generaciones futuras” (18). Así pues, desde un principio Santa Anna manifiesta el objetivo de redactar su autobiografía para promover un juicio de su persona más humano y favorecedor. No es de extrañar, pues, el carácter interesado del relato “entregado” por Santa Anna que lo convierte en un retrato heroico de su persona y de sus acciones pasadas para lograr un último reconocimiento del pueblo mexicano antes de morir. Aunque Santa Anna le pide a su hijo que no disimule sus defectos, esto se debe a que “la obra será más convincente si en vez de ocultar mis debilidades las pones en primer plano, minimizadas -eso sí- por mis actos de valentía y heroísmo” (19). Es así como el narrador principal autolegitima su discurso y expone los motivos e intereses que lo mueven a contar su versión de la historia. Esta versión de la historia según el narrador Santa Anna abarca toda su vida pero se detiene especialmente en los momentos históricos de mayor triunfo político y militar. Serán otros narradores, como sus hijos Angel y Manuel, los que o bien aporten su testimonio sobre los actos más controvertidos en torno a Santa Anna, o bien lo insten a que él mismo se refiera a ellos.

El contenido de las memorias comienza con el relato de la infancia y adolescencia de Santa Anna y su temprana iniciación militar donde ya toma parte en la Guerra de la Independencia (1810-1821), decantándose por el bando español. Sin embargo, y tras la firma del Plan de Iguala (1821) por Iturbide y Guerrero, donde se proclama la independencia de México, Santa Anna cambia de bando. A partir de entonces, comienza su ascensión social y política, caracterizada por su falta de integridad e ideales políticos y sus contínuas rebeliones y cambios de bando.

El relato de la vida de Santa Anna es una sucesión de luchas por el poder, de intermitentes regímenes dictatoriales -como ocurre durante los períodos de 1842-44, 1846-47, o 1853-55-, de reclusiones en alguna de sus numerosas haciendas y de destierros. Las memorias se detienen especialmente en sus victorias militares o en sus actos heroicos como, por ejemplo, la toma de Tampico (1829) donde Santa Anna derrota definitivamente a los españoles en una de sus victorias más aplastantes, o la defensa de Veracruz ante los franceses (1838), donde pierde el pie izquierdo y es elevado por ello a la categoría de mártir y héroe de la patria.

Santa Anna también se detiene en el relato de su época más controvertida, la de la larga lucha contra los Estados Unidos. Aunque el narrador pone énfasis en el relato de la victoria mexicana en la batalla de El Alamo (1836), también narra la emboscada de que son víctimas por parte de los norteamericanos, y su posterior fuga y arresto. Su puesta en libertad en 1837, la posterior pérdida de Texas y la firma de los tratados de paz de Guadalupe Hidalgo, en los que México cede a los Estados Unidos los territorios de Colorado, Nuevo México y California, le valen el descontento del pueblo y la acusación de traidor por los liberales. Santa Anna huye del país refugiándose primero en Jamaica y después en un pueblo de Nueva Granada. Sin embargo, una sublevación le lleva de nuevo al poder en 1853 donde vuelve a imponer un régimen dictatorial hasta 1855. Ante las críticas de su pueblo, Santa Anna inicia conversaciones con Maximiliano de Habsburgo para que gobierne en México. Una vez que Maximiliano es coronado emperador, Santa Anna es desterrado de México por escribir un manifiesto político. La narración de su declive político la lleva a cabo su hijo ilegítimo Angel, quien cuenta las estafas de que es víctima Santa Anna durante su destierro en la isla de Santo Tomás, en Bahamas. Su ambición por gobernar le lleva a volver a México una vez más, donde es arrestado y sometido a juicio por traición a la patria en 1867. Santa Anna es finalmente sentenciado a ocho años de exilio, al cabo de los cuales vuelve a su país para morir en 1876.

El narrador Santa Anna recurre a una serie de estrategias retóricas tales como la construcción del yo como héroe, donde construye un discurso que no sólo legitima todos sus actos, especialmente durante la guerra con los Estados Unidos y años más tarde, durante su última presidencia, sino que, al estilo de los discursos coloniales, crea una imagen heroica de sí mismo, legitimando todas sus acciones y comparándose a grandes personajes históricos como Napoleón Bonaparte o Simón Bolívar. También, al estilo de Hernán Cortés y otros cronistas de la conquista siglos atrás, Santa Anna pretende legitimar todos sus actos y decisiones mediante estrategias retóricas como la Providencia, la Fortuna y Satanás -a quienes achaca sus derrotas, en un intento por deshacerse de sus responsabilidades (394)-, o incluso el tema de lo fantástico (391). Otro de los temas recurridos en los textos coloniales y también empleado por Santa Anna es el de la naturaleza como enemigo del hombre, donde fenómenos tales como las tormentas y diluvios, o enfermedades como las epidemias sirven al narrador para excusar las retiradas y los fracasos de sus tropas, retiradas que en algunos casos se deben a sus deserciones. La proximidad entre esta estructura retórica y temática y la de las crónicas le añade a su vez un matiz de exageración y parodia.

Otra de las estrategias discursivas empleadas por el narrador Santa Anna es la negación o silenciamiento de la “verdad” histórica, una estrategia que se “descubre” al contrastarla, por una parte, con las versiones de otros narradores. El relato del ex dictador se verá a menudo yuxtapuesto a diferentes textos de otros personajes que en la mayoría de los casos contradicen al menos parte de la información narrada por el protagonista. De esta manera, en múltiples ocasiones nos encontramos con diferentes versiones de un mismo hecho histórico que, cuando menos, avisan de la manipulación del discurso por parte del narrador Santa Anna y desautorizan su versión. En uno de los muchos ejemplos donde se da esta situación, el personaje afirma tener el apoyo y amor de su pueblo. Pero, a continuación, la carta del sargento Ignacio Iberri lo acusa de conducta altanera y despótica y de la explotación que sufren los campesinos a manos suyas (73-74), desautorizando en última instancia la versión de las memorias.

En otras ocasiones, es el mismo Santa Anna quien contradice su propia versión debido al estado de semiinconsciencia en que cae y que provoca el que confunda versiones y se contradiga. Este estado semiinconsciente explica el gradual cambio en su perspectiva temporal, que hace que Santa Anna pase de narrar los hechos en pasado a confundir pasado y presente: “Venga para acá, Giménez, le voy a dictar un decreto” (297). Esta confusión de tiempos históricos tiene la función de presentar a un Santa Anna más “honesto” o confiable -tal y como desea su hijo Manuel- que describa los hechos “tal y como ocurren”, sin intentar revestir sus acciones de legalidad o revelando precisamente cómo las intenta legitimar. El personaje va confesando los múltiples delitos y abusos que comete durante su estancia en el poder donde, a pesar de tener un congreso que le otorga legitimidad a su régimen, implanta “una dictadura militar con fachada democrática” (515). Aunque sin mostrar arrepentimiento necesariamente, Santa Anna va relatando de una manera más verosímil cómo en este período de su vida política -durante su presidencia provisional (1841-45)- se aprovecha del poder en beneficio personal, confiscando tierras, objetos de lujo y dinero, que pasan a ser propiedad suya.

Esta ilusión de imparcialidad que va cobrando la versión de Santa Anna es causada, al parecer, por Dolores Tosta -su segunda mujer- y el doctor Fichet. Este le ha suministrado al viejo un “líquido magnético” con el fin de que Santa Anna hable en sueños y les revele la combinación de la caja fuerte para que su mujer pueda tener acceso a su interior. Es así como la enunciación hace verosímil la gradual sinceridad del narrador y la confusión de voces que se encuentran en su enunciado ya que, según el doctor Fichet, “un sonámbulo no puede mentir” (323).

La yuxtaposición de voces unido a la “sinceridad” con que aparentemente habla ahora Santa Anna, revela un efecto cómico en el relato que parece correr paralelo a esta mayor profundidad e interioridad de sus pensamientos: “Sólo cuando me imploran siento amor por el prójimo. Ojalá fuera el Santo Padre o la Virgen María, para estar escuchando ruegos a todas horas” (314). De hecho, la narración va adquiriendo un constante tono irónico y sarcástico conforme avanza. La actitud irónica de Santa Anna donde condena a aquellos políticos condicionados por su ambición personal y su vanidad no hace sino enfatizar más sus propios defectos. La tematización de este efecto irónico de “autocrítica” se repite constantemente en la obra cuando el narrador Santa Anna critica y condena actitudes adoptadas por él mismo, o bien desmiente las acusaciones de abusos para más tarde comentar con otras palabras que los cometió, aunque sin reconocerlos como tales. La contraposición de actitudes contrarias que revelan la falsedad de aquella adoptada por el narrador hace que el tono irónico predomine en estos momentos.

Ante los abusos que, según Santa Anna, Dolores Tosta y el doctor Fichet cometen contra su salud, Giménez decide llevarse en secreto al viejo general a un cuarto de vecinos en la calle de la Moneda para que éste pueda recuperarse. Al no ingerir más “líquido magnético”, Santa Anna parece volver a un estado de mayor lucidez mental y, aunque todavía no recuerda el número de la caja fuerte, se dedica a revisar los soliloquios que Giménez envió a Manuel como parte de sus memorias. El protagonista reconoce lo perjudicial que estos monólogos serían en caso de ser publicados, así que rectifica o suprime aquellos pasajes que comprometen el fin vindicativo que quiere imponer a su biografía. De esta forma, el narrador se convierte en censor de su propio discurso, eliminando los aspectos subversivos de sus propias memorias y reescribiendo sus “confesiones”. La yuxtaposición de estas dos versiones históricas, producidas por el mismo yo-Santa Anna, pone de manifiesto la manipulación de la verdad histórica ejercida por el narrador en pos de una legitimación personal.

De ahí también que, ya con la mente serena “para mirar atrás y […] ajustar cuentas con el pasado” (341), Santa Anna proceda a refutar la versión de aquellos historiadores -que él denomina como “fantasiosos novelistas”- que le señalan como cómplice de la victoria estadounidense en la guerra por Texas. De nuevo, se asiste a la yuxtaposición de versiones contradictorias sobre un mismo hecho o, deberíamos decir, perspectivas diferentes de un mismo hecho, que en última instancia revelan cierta complicidad del general con el bando norteamericano a cambio de que se le permita entrar de nuevo a su país, después de haber sido desterrado (345-46). Este fragmento de sus memorias se destaca por el fin exculpatorio y autodefensivo de un narrador que pretende cambiar la imagen negativa con que ha pasado a la historia.

En suma, los enunciados de Santa Anna poseen un carácter claramente autodefensivo que, sin embargo, se ven desenmascarados por la yuxtaposición de versiones contrarias a la versión ofrecida por el ex dictador. Pero hay otros intereses cifrados en la escritura de las memorias de Santa Anna que se van revelando conforme avanza el relato y que desembocan en la intromisión y manipulación discursiva del mismo por parte de al menos un narrador más: Giménez.

Manuel María Giménez es, junto a Santa Anna, el narrador más influyente dentro de la historia y, a su vez, de la narración. Ayudante de Santa Anna años atrás en la defensa de Veracruz (1838), donde pierde un brazo, se convierte más tarde en su secretario personal. Giménez se presenta ahora ante Santa Anna para brindarle su apoyo y protección y para ayudarle a escribir las memorias. El viejo ex dictador informa a su hijo que “le tengo absoluta confianza y puedo dictarle sin temor a que cometa indiscreciones” (33). Giménez se convierte así en el transcriptor “oficial” de las memorias que Santa Anna envía a su hijo.

Sin embargo, al igual que los enunciados de Santa Anna quedan deslegitimados en la confrontación con otros enunciados, de la misma manera el discurso de Giménez, al aparecer “legitimado” por el ex dictador, se contagia de desconfianza. Esta desconfianza queda confirmada con la gradual intromisión y apropiación de los enunciados de Santa Anna por parte del transcriptor. A medida que avanza la novela, Giménez se va involucrando y entrometiendo más y más en el relato, no sólo en la reescritura de estas memorias, sino también en la manipulación del discurso según quién sea el destinatario de la información. Así, por ejemplo, con el fin de apagar las ánsias de poder de Santa Anna, Giménez le sugiere que escriba una carta a Porfirio Díaz apoyando una insurrección, carta que el mismo Giménez se encarga de destruir. Ante la inquietud del ex dictador en espera de una respuesta, Giménez escribe una carta en nombre de Díaz desmintiendo la insurrección (156).

Al ser el intermediario de la comunicación entre Santa Anna y su hijo, al enviar y recibir la correspondencia de ambos, es Giménez quien decide el destino final de la información. Ante la carta recriminatoria que Manuel escribe a su padre por su aún patente ambición, el transcriptor decide no dársela a leer al anciano, argumentando su delicado estado de salud (186). El fiel secretario va más allá al decidir reescribir la carta de Manuel e incluir también un cuestionario, que interroga al general sobre algunos de los aspectos más controvertidos de su ascenso al poder en México (187-207).

Ya en la segunda parte de la novela, la intromisión de Giménez llega aún más lejos cuando decide suplantar a Santa Anna y continuar el relato de sus memorias él mismo, debido presuntamente a la enajenación mental del viejo ex dictador causada por su edad y por los medicamentos que toma. El secretario desplaza a Santa Anna como sujeto de la enunciación argumentando que el viejo está empezando a narrar el pasado en presente y a juzgarse con una severidad que puede perjudicar “nuestros fines vindicativos” (260) -nótese cómo el personaje se incluye en el discurso mediante el uso del nosotros. El secretario desautoriza la versión de Santa Anna alegando que “no creo que el testimonio de un anciano mesmerizado tenga valor histórico alguno. Mientras permanezca bajo el dominio de Fichet, seguiré la narración desde mi punto de vista, el más fidedigno y autorizado” (274). Otro motivo que Giménez alega para legitimar su intromisión enunciativa es la gran compenetración que le une a su jefe “al punto de que muchas veces adivino su pensamiento” (260). Giménez procede a contar los hechos que siguieron al cautiverio del general en Texas, curiosamente porque es en este momento de la vida de Santa Anna cuando el personaje aparece en escena.

El secretario y confidente victimiza a Santa Anna y lo muestra noble, generoso y heroico, una caracterización que claramente contradice la que otros personajes tienen del mismo. Una de las razones de Giménez para ensalzar a su antiguo jefe es la de construir una imagen heroica y especular del mismo que se refleje en parte en su persona. De hecho, pronto vemos el interés del narrador en destacar su aporte a “la gloria” conseguida por Santa Anna: “al cabo de unas semanas logré hacerme tan necesario que el general no podía resolver ningún asunto sin mí” (269). Este carácter oportunista que la intromisión de Giménez parece tener es observado inmediatamente por Manuel, un narrador que actúa de interlocutor y juez pues es a él a quien se dirigen las memorias de su padre. Ante los enunciados de Giménez que retratan a Santa Anna como una figura llena de nobleza, virtud y valentía, Manuel reitera en primer lugar que quiere “escribir la vida de un hombre, no la de un santo, y mi padre siempre fue tempestuoso, iracundo, mordaz. ¿Por qué no habría de maldecir a una patria que le pagó tan mal?” (291-92). Por otro lado, Manuel le reprocha a Giménez el haberse apropiado de la voz de su padre: “¿Con qué derecho se atreve a escamotearme las transcripciones de sus monólogos? […], advierto en usted una tendencia a colocarse en el primer plano de la historia” (292). Aquí, Manuel lo denuncia como narrador poco fidedigno y le reprocha su afán de protagonismo en una biografía que no es la suya. En este sentido, Manuel descubre el mecanismo de escritura interesada con la que Giménez busca construirse un papel relevante en los sucesos históricos narrados. Ante tales acusaciones, el secretario se defiende desautorizando a Santa Anna como sujeto de enunciación, al tiempo que se autolegitima a sí mismo como sujeto enunciador usurpando el centro de emisión del relato. Giménez niega el yo de Santa Anna como autor o “propietario” de “su” palabra, sugiriendo la imposibilidad de la búsqueda de Manuel. De esta forma deslegitima la búsqueda del hijo por encontrar la voz del padre. Por otra parte, este alegato de Giménez puede sugerir la idea de que el personaje histórico de Santa Anna sea una invención y que, a la hora de reconstruir su vida y figura, deben tomarse en cuenta diferentes voces y versiones históricas que conformen una versión más fidedigna de su persona, tal y como hace la novela. De esta manera, se cuestiona la legitimidad de utilizar una sola voz o versión de los hechos o personajes de la historia, y se defiende el que muchas voces, complementadas, conforman una versión histórica más fidedigna. Por último, Giménez parece querer destacar cómo el elemento ficticio -del que, por otra parte, toda versión histórica está contaminada- puede ayudar a intuir y de esa manera a reconstruir partes del pasado.

Ante los reclamos y las acusaciones de Manuel por haber suplantado a su padre en la narración de las memorias, Giménez promete a partir de ahora reproducir las palabras del ex dictador con la mayor exactitud. Se vuelve a la narración de la historia por Santa Anna, y donde las pocas intromisiones -en forma de notas- del secretario estarán señaladas a partir de ahora en itálica. En cualquier caso, Giménez va incorporándose sutil pero eficazmente al relato al, por ejemplo, utilizar el nosotros no sólo en la narración de fragmentos de las memorias sino también como una estrategia discursiva de sus cartas. Es así como pretende ganarse la confianza de Manuel: “Pero aunque Fichet sea un charlatán, no debemos subestimar la influencia que puede ejercer sobre don Antonio” (274). En numerosas ocasiones, puede verse cómo Giménez recurre tanto o más que el mismo Santa Anna a estrategias discursivas que le reporten un mayor protagonismo histórico. El presuntamente sumiso secretario actúa de transcriptor a ojos del ex dictador pero, además, ejerce de censor, esconde información, corrige y reescribe, e incluso suplanta a Santa Anna no sólo a la hora de relatar las memorias sino de escribir en su nombre otros manifiestos. Así ocurre cuando en una nota aclara que, ante la exclusión que sufre el general por el gobierno a raíz de su derrota ante los norteamericanos, “me tomé la libertad de redactar una defensa de sus acciones y publicarla con la firma del general en El pájaro verde” (380). La libertad de usurpar el nombre y la propiedad de la palabra que se toma Giménez sugiere si tal vez otras partes del relato de Santa Anna no serán también obra del secretario y transcriptor.

Incluso el viejo ex dictador termina por sospechar de su secretario y llega a despedirlo por un breve espacio de tiempo, informando a su hijo sobre el panfleto firmado por Giménez “donde exigía que se me rindieran honores por haber participado indirectamente en la defensa de Churubusco” (381) así como sobre la petición de una pensión por los servicios de Santa Anna a la patria, que el secretario ha hecho al Ministerio de Guerra sin su consentimiento (381). Santa Anna dice que “su maldita costumbre de hablar en mi nombre y abrogarse funciones de albacea ya me ha metido en muchos problemas. Obra de buena fe, pero en su afán por protegerme ha pasado de la admiración a la suplantación” (381). También le hace saber que “a veces empieza a escribir antes de escuchar mi dictado. Te aconsejo revisar con lupa las últimas transcripciones, pues tal vez haya colado muchas opiniones suyas” (381-82). En este sentido, Santa Anna resiste ceder su lugar de enunciación y delata la manipulación discursiva de la que Giménez hace objeto a su narración.

El interés económico de Giménez es también, al menos parcialmente, compartido por el biógrafo oficial y heredero de Santa Anna, su hijo Manuel. Este personaje actúa principalmente como interlocutor de Santa Anna y Giménez y desempeña una serie de funciones tales como desenmascarar la intromisión de Giménez en el discurso, o intentar obtener un relato “objetivo” de las memorias. Sin embargo, ni él mismo está libre de sospecha y, aunque dice preocuparse por la “fidelidad” histórica de su biografía así como por la polémica que ésta puede desencadenar, lo polémico también puede derivar en una mayor venta de libros y, por lo tanto, significar mayores ganancias para su autor. Esto es lo que opina Angel. Su hermanastro le reprocha que “si te has metido a biógrafo no ha de ser por abnegación filial, sino para ganar algún dinerillo con la venta del libro” (477). El mismo Manuel en ocasiones se queja de los cambios de fortuna en su vida, de su infancia de niño rico y su mediocridad actual: “Yo soy un príncipe convertido en sapo que a los 40 años, después de una vida placentera y frívola, tuvo que valerse por sí mismo sin el temple necesario para luchar por el diario sustento” (183). En este sentido y al igual que ocurre con Santa Anna, se recupera al personaje de Manuel desde una posición desaventajada que favorece el tono vindicatorio de la novela.

Ya sea por un interés puramente lucrativo o por fines también reivindicatorios, Manuel deja claro en algunos momentos del relato que a pesar de la manipulación de los hechos del pasado que puedan llevar a cabo Santa Anna o Giménez, es él el último filtro por el que pasa la información: “no importa si pierde la chaveta o se autodenigra: ya decidiré yo lo que se puede publicar o no” (292). Este y otros ejemplos ponen de manifiesto la lucha por apropiarse del lugar de sujeto de la enunciación y desde ahí imponer un sentido a la historia que entablan todos y cada uno de los principales narradores. Cada narrador tiene un interés particular y todos, conforme avanza el relato, comienzan a desconfiar el uno del otro y a desautorizarse mutuamente. Este conflicto entre distintos intereses -de tipo vindicativo, económico, protagónico, etc.- lleva a los distintos narradores a discrepar en cuanto al contenido y formato que deben tener las memorias, resultando en la intromisión y manipulación de las memorias de Santa Anna. A su vez, esta manipulación discursiva por parte de los narradores parece querer mostrar las inclinaciones ideológicas implícitas en cualquier reescritura de unos hechos del pasado y que resulta en versiones al menos parcialmente contradictorias del pasado.

En conclusión, El seductor de la patria hace uso de una serie de estrategias discursivas que intentan legitimar las intervenciones de cada uno de los narradores dentro del relato -especialmente Santa Anna, Manuel y Giménez. Cada narrador aspira a legitimar su yo como si cada uno debiera ganar su derecho a hablar. Y, a continuación, se autodeslegitima lo que ese yo dice cuando se exhibe o se hace explícito su interés u objetivo. Los principales narradores de la novela quieren validar su versión pero todos acusan un interés particular que acaba desautorizándolos.

 

Notas

[1] Para más información sobre la figura histórica de Santa Anna, véase Siglo de caudillos: Biografía política de México (1810-1910) de Enrique Krauze o “The Repeated Rise of General Antonio López de Santa Anna in the So-Called Age of Chaos” de Will Fowler.

[2] Hay unos 35 documentos de distinta naturaleza en la novela, excluyendo las cartas. La diversidad de géneros narrativos que integran la obra no impide incluirla dentro del corpus de “narrativa de la dictadura”. Según Carlos Pacheco, este corpus no debe restringirse estrictamente a las obras propiamente novelísticas sino que debe incluir otros textos literarios de carácter narrativo como son las biografías noveladas, las memorias, los testimonios, crónicas, etc. (Narrativa de la dictadura, 38).

[3] Por tendencia discursiva “anti-autoritaria” entendemos aquella actitud por parte del autor de exponer el grado de poder ejercido por el narrador en el nivel discursivo mediante el uso de una serie de estrategias discursivas y de contenido particulares, con el objetivo último de destruir “la noción misma de Autor(idad), el correlato literario del Dictador” (Escritura posmoderna del poder, 15).

 

Bibliografía

Bal, Mieke. On Story-Telling: Essays in Narratology. Ed. David Jobling. Sonoma, California: Polebridge P, 1991.

Cornejo-Parriego, Rosalía V. La escritura posmoderna del poder. Madrid: Fundamentos, 1993.

Fowler, Will. “The Repeated Rise of General Antonio López de Santa Anna in the So-Called Age of Chaos”. Authoritarianism in Latin America Since Independence. Ed. Will Fowler. Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1996.

Krauze, Enrique. Siglo de caudillos: Biografía política de México (1810-1910). Barcelona: Tusquets, 1994.

Pacheco, Carlos. Narrativa de la dictadura y crítica literaria. Caracas: Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos, 1987.

Serna, Enrique. El seductor de la patria. México, DF: Planeta, 1999.

Veraza Urtuzuástegui, Jorge. Perfil del traidor: Santa Anna en la Conciencia Nacional. México, DF: Itaca, 2000.

 

© Lola Colomina-Garrigós 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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