"Algunos críticos consideran la novela histórica
un género de segunda"
Entrevista con Toti Martínez de Lezea

Lucía I. Llorente

Berry College
lllorente@berry.edu


 

   
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Toti Martínez de Lezea nació en Vitoria en 1949. Es traductora titulada en francés e inglés, y ha trabajado en el área de la traducción técnica. Entre 1983 y 1992 fundó dos grupos de teatro, y también se dedicó a la producción audiovisual: escribió, dirigió y realizó programas para el Departamento de Educación del Gobierno Vasco, al mismo tiempo que creó y dirigió para Euskal Telebista más de mil programas dirigidos a niños y jóvenes.

En 1998 comenzó su carrera como escritora con la publicación de su primera novela histórica La calle de la judería (Ttarttalo, 1998). A esta novela la han seguido Las torres de Sancho (Ttarttalo, 1999), La herbolera (Ttarttalo, 2000), Señor de la guerra (Ttarttalo, 2001), La abadesa (Maeva, 2002), El mensajero del rey (Anaya, 2002), Los hijos de Ogaiz (Ttarttalo, 2002), Leyendas de Euskal Herria (Erein, 2002), La voz de Lug (Maeva, 2003), La hija de la luna (Anaya, 2003), La comunera (Maeva, 2003), El verdugo de Dios (Maeva, 2004), Hautsi da katea (Erein, 2004), Los grafitis de mamá (Maeva, 2004), A la sombra del templo (Maeva, 2005), Brujas (Erein, 2006) y La brecha (Ttarttalo, 2006). Sus obras han sido traducidas al francés, alemán y portugués. Asimismo, colabora con diversos medios de comunicación.

En estos años de producción literaria, Toti Martínez de Lezea se ha convertido en una de las escritoras de novela histórica más populares dentro de la nueva narrativa española, y es una de las autoras más leídas de este género en los últimos años.

Cuenta en su haber con diversos premios, tales como el Premio Euskadi de Plata (2000), el Premio Pluma de Plata (2001, 2002), o el Racimo de Oro (2006).

En el momento en que nos reunimos para esta entrevista, se hallaba en plena promoción de su última novela, La brecha. A pesar del ajetreo que dicha promoción lleva consigo, encontró un momento para acogerme en su casa y hablar conmigo, no sólo de esa última novela de plena actualidad, sino en general de toda su producción literaria.

Lucía I. Llorente: Antes de la publicación de tu primera novela, en 1998, te habías dedicado a otras actividades, como la traducción, el teatro, o trabajos de producción audiovisual. Todas son actividades creativas. Ahora, ¿te dedicas exclusivamente a escribir? ¿Puedes hablarme de esa evolución, si es que la hay, o es fruto de la casualidad?

Toti Martínez de Lezea: He hecho cosas diferentes según las he ido necesitando. Estudié idiomas y tengo el título de traductora, pero la traducción técnica es dura y poco amena. Me parecía un trabajo aburrido, y, como siempre he andado en muchas asociaciones y grupos, lo del teatro llegó porque tenía hijos pequeños. En Bizkaia no había teatro en euskera para niños y mi marido y yo fundamos Kukulbiltxo. Ello me llevó a la televisión. Eran los primeros años de Euskal Telebista y se necesitaban programas infantiles. Me llamaron para que hiciera un muñeco-presentador, del muñeco pasé a los guiones, y de ahí a los programas. Así, cinco años. Luego volví a las traducciones.

Después coincidió que me puse a escribir porque me apetecía, como un ejercicio personal, y por una apuesta. Un amigo me dijo que no sería capaz de escribir una novela, que guiones sí, pero no un libro “gordo”, así que me animé y ¡hasta hoy! Siempre me ha gustado mucho probar las cosas que no he hecho, y en este caso salió bien. Ahora mi oficio es escritora y me lo tomo muy en serio. Lo mismo que cuando era traductora y traducía, lo mismo que cuando hacía teatro y televisión.

L.I.Ll: Se te considera una de las escritoras de novela histórica más populares dentro de la nueva narrativa española, y, sin duda, una de las que más éxito tiene entre el público. ¿Te ha interesado siempre la Historia?

T.M.L: Sí. En casa siempre ha habido libros y ensayos históricos porque mi padre era un enamorado de la Historia, pero especialmente de la del siglo XX y de la del País Vasco, así que el gusto por la Historia me viene de ahí. Fui bastante mala estudiante, pero a lo largo de mi vida me he ido interesando más por el tema. Me gusta ver lugares y restos históricos, sobre todo de la Edad Media. Hay mucho que ver porque todavía quedan testimonios de aquella época; prácticamente existen pueblos medievales enteros. Y mucha lectura de ensayos y también de novela histórica, que es el tipo de literatura que a mí me gusta.

Porque ésa es otra pregunta, ¿cómo se me ocurrió escribir una novela histórica? Porque me gusta mucho leer relatos históricos. Eso para empezar. De todas formas, creo que los lectores, los verdaderos lectores de novela histórica, somos muy críticos y no nos dan gato por liebre, aunque se metan en el mismo saco una serie de novelas que se llaman históricas y que no lo son. Dentro de la literatura histórica tal y como yo la entiendo, además de la narrativa, existe la biografía novelada, que no me gusta demasiado, porque poner palabras, o pensamientos, o sentimientos, en personajes históricos documentados me parece una osadía. Yo utilizo personajes reales en contadas ocasiones porque me interesa más la época que el personaje en cuestión y también me interesan los hechos. Dichas épocas y hechos, por ejemplo: la peste negra, la falta de gobierno, las revoluciones... inciden en mis personajes que son ficticios pero recrean el momento. Prefiero imaginar a mis propios personajes porque me parece muy osado poner palabras en boca de personas que en realidad existieron. Cuando doy la palabra a un personaje real lo hago con bastante discreción, creo, dentro de lo que cabe, y conociendo muy bien la vida de dicho personaje para hacer que su comportamiento sea creíble. De todos modos, me interesa más el género histórico, en el sentido de dar a conocer, y para eso primero tengo que aprender porque, claro, no soy ninguna experta. En este último libro, por ejemplo, en La brecha, es conocido el hecho de la quema de Donostia-San Sebastián. Se sabe que se quemó, pero ¿cómo y por qué se quemó? Ésa es la parte que no es conocida, y la que a mí me interesa. ¿Qué ocurrió? Una vez estudiado el hecho, sólo resta crear a los personajes, darles vida. Probablemente algún otro escritor hubiera elegido el personaje de Wellington para contar la historia, pero a mí no me interesa Wellington, me interesa más la chocolatera que sufre las consecuencias de las decisiones de Wellington, eso es lo que me interesa.

En La comunera... Muchas gracias por tu trabajo [1], muy interesante, estuvo muy bien. Me sorprendió. No estoy acostumbrada a que se me hagan críticas razonadas. Me hacen críticas personas que no saben de lo que hablan; no tienen idea de por qué he escrito yo algo, y hacen una crítica. Lo lógico sería que hablaran antes conmigo, o que, por lo menos, estudiaran, conocieran la época a la que me estoy refiriendo, que la vieran con otros ojos… Pero no. Descalifican este género y les da lo mismo hablar de Códigos da Vincis, biografías de Carlos V, o La comunera, y no es así.

Porque para escribir una novela, lo primero que hago es documentarme y, cuando me he documentado a fondo, me planteo determinadas hipótesis: ¿y si esto no fue así?, ¿y si esto ocurrió por otras razones que las oficiales? Y apoyar dichas hipótesis. No vale con decir “es que a mí me gusta que el personaje sea extraordinario.” En el caso concreto de María Pacheco, que es un personaje que existió realmente, es necesario que haya una base real. Todo lo que hay escrito sobre ella no llena un folio. Te preguntarás de dónde he sacado el resto. Pues estudiando muy bien la época y los hechos concernientes a la llamada “guerra de las Comunidades”; leyendo algunas de las setecientas cartas escritas por el padre de María Pacheco, el conde de Tendilla. En sus cartas, el hombre habla siempre de política y de temas por el estilo, pero, de vez en cuando, se le escapa una frase sobre un hijo, sobre una cuestión familiar, y ahí aparece María Pacheco, y por eso sabemos que estaba indignada porque, según su criterio, la obligaban a casarse con un inferior. Sin embargo, todos los historiadores están de acuerdo en decir que fue una pareja muy enamorada. Es decir: no se trata de que, de repente, se me haya ocurrido inventarme una historia romántica que acaba en drama. También consulto con personas expertas en los temas que trato. Un crítico me hizo una crítica en la que ponía en duda la existencia de un grupo de mujeres instruidas en Literatura en el siglo XVI. La información la obtuve de una catedrática de Literatura, que además es de Toledo, y está muy versada en Garcilaso de la Vega. Según ella, es cierto que en el Barrio de Santa Leocadia, en Toledo, existía un grupo de mujeres muy interesantes y muy cultas, capaces de hablar en varios idiomas, y, por supuesto, leer y escribir en ellos. Y me lo dice una catedrática de Literatura. Así que no venga nadie a decirme que me estoy inventando las cosas, que falto al rigor histórico, porque lo primero que tiene que hacer esa persona es informarse como me he informado yo.

A veces me acusan de falta de rigor histórico, ¡cómo si los críticos literarios conociesen la Historia al dedillo! En La voz de Lug, por ejemplo, trato sobre la conquista de Asturias por parte de los romanos, pero, claro, yo la escribo desde el punto de vista de los astures, no de los romanos. Pues bien, un crítico me achacó que no hablara de los logros de la civilización romana. ¡Es ridículo! Cuento la historia de un poblado atacado y destruido en un momento determinado. ¡Qué logros romanos ni que ochocuartos! Mi novela ocurre cuando todavía no hay circos, ni acueductos, ni teatros y la planteo desde el punto de vista de un pueblo que, desde luego, en aquellos momentos, todavía no “disfruta” de los beneficios de la susodicha civilización, sobre la cual también habría mucho que hablar pues siempre se omite mencionar las culturas, lenguas y creencias que los romanos destruyeron a su paso.

Se trata de ver la Historia desde el otro lado de la barrera. En el tema de las brujas, siempre se menciona Zugarramurdi, la Inquisición... He leído mucho sobre las llamadas “brujas” y he llegado a unas conclusiones muy claras: que la cosa no fue tan sencilla, que hubo mucha misoginia por parte de los poderes religiosos y civiles, que no apareció en el siglo XVII, sino que venía ya de muy atrás, y que la Inquisición española verdaderamente no atacó tanto a las personas acusadas de brujería, como lo hizo la francesa o la alemana. En La herbolera trato de la quema de las brujas en Durango, “las Durangas”, en 1500, sobre las cuales no hay documentos fiables porque se quemó la documentación del juicio al mismo tiempo que a las acusadas, para que no quedase rastro de sus nombres, ni de su existencia. Sin embargo, existe una literatura muy amplia sobre la “caza de brujas” en Europa. Hechos, acusaciones, juicios, etc. se repiten en todos los casos, por lo tanto no es difícil de imaginar que aquí ocurriera igual.

L.I.Ll: ¿Tienes periodos históricos favoritos?

T.M.L.: Me gusta la Historia en general, pero sí que es verdad que siento predilección por la Edad Media; en especial, por el final de la Edad Media y comienzos del Renacimiento. Es decir: la época que va entre el siglo XIII-XIV y el XVII. Es una época muy atractiva porque es un periodo de cambio, en el que se pasa del caos a la estructuración política y social de una Europa, muy parecida a la actual. Es también el paso del románico al gótico, muy interesante desde el punto de vista de la arquitectura, la música, la literatura, las artes. Posee una serie de elementos que verdaderamente la hacen muy atractiva. Y hay documentación sobre ella. Si sitúo la trama de una novela en el siglo VII, por ejemplo, tengo que inventar, y me gusta inventar, pero también me gusta tener una base cuando describo un momento determinado de la Historia.

L.I.Ll.: Desde el punto de vista del público, es obvio que la novela histórica es un género muy apreciado (se dice que el 47% de los lectores de novela prefiere este género), y tú eres una de las escritoras más leídas. Sin embargo, desde el punto de vista de la crítica parece que es un género de segunda…

T.M.L.: Sí, algunos críticos lo consideran un género de segunda y supongo que también consideran escritores de segunda a Tolstoï, por ejemplo, a Victor Hugo, a Marguerite Yourcenar, a Robert Graves... y, si me apuras un poco, a Shakespeare, y si me apuras un poco más a Homero, y ya, si me apuras completamente, a los autores del Antiguo Testamento. La novela histórica ha existido toda la vida. Y de hecho, muchos de los que creen que no hacen novela histórica, la están haciendo porque cualquiera que escriba ahora sobre algo que ocurrió hace setenta años, está escribiendo una narración histórica. Es histórico todo lo que uno no ha vivido. Ahora se han puesto de moda las novelas sobre la guerra civil española, y si eso no es histórico… ¡A ver cuántos autores actuales estuvieron en las trincheras! Imagino que tendrán que documentarse sobre cómo vivía la gente, cuánto costaba la barra de pan, cuánto se tardaba en ir de Bilbao a Madrid y en qué medio de transporte, y qué tipo de armamento se utilizó. Y eso es documentación, y eso es Historia. Así que menospreciar la narración histórica, es menospreciar la mayor parte de la Literatura universal.

Precisamente los críticos que no tienen ni idea de Historia mezclan un Código Da Vinci con Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, o con el Yo, Claudio de Robert Graves, que para mí es de lo mejor; o con un Dumas… No hablo de Los tres mosqueteros, sino de La reina Margot. Dumas, o el “negro” que la escribió, escribió un novelón admirable. Últimamente han tenido mucho éxito novelas sobre cátaros, misterios esotéricos, curiosidades… Pero todas esas obras sobre templarios, griales, arcas de la alianza, son ficción; ficción histórica, pero ficción, inventada totalmente, sin ninguna base histórica documentada. Yo creo que es la ignorancia de los propios críticos lo que les hace mezclar todo tipo de novelas, pero es absurdo meterlas a todas dentro del mismo saco simplemente porque ocurren en tiempos pasados.

L.I.Ll.: ¿Te relacionas con otros escritores que cultivan este género?

T.M.L.: No, no me relaciono con otros escritores. De novela histórica, sí, con algunos pocos a quienes les gusta hacer lo mismo que a mí; la mayoría son historiadores y profesores de Historia, es decir que saben de lo que escriben y se han decantado por la novela: Juan Eslava Galán, historiador; José Luis Corral, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, que suele comentar el vacío que le hicieron sus colegas de la Universidad cuando publicó su primera novela; José Calvo Poyato, también profesor de Historia y al mismo tiempo novelista; María Pilar Queralt, que dejó la enseñanza por la literatura. Conozco asimismo a Angeles de Irisarri, a Almudena de Arteaga y a algunos otros; coincidimos en conferencias, congresos y ferias de libros.

L.I.Ll.: A ti ¿cómo te reciben? Porque tus novelas se centran mucho en esta zona, ¿verdad?

T.M.L.: Sí, en el País Vasco. Lógicamente es lo que mejor conozco. Escribir una novela con Almería como fondo, me obligaría a conocer bien Almería. Porque no se trata sólo de conocer la época histórica. Por ejemplo: las Cortes de Cádiz, vale, lees sobre las Cortes de Cádiz, pero ¿sabes cómo piensan los gaditanos, cómo comen, cómo se relacionan entre ellos? Ahora, y en la época en la que sitúas la narración, claro. Qué tipo de vestimenta se utilizaba, dichos, creencias, supersticiones, costumbres, manías… Todo esto hace parte de la narración, y si no lo conoces… Hay una novela de Noah Gordon, El último judío; es una idea bonita, la de un judío que no quiere convertirse, pero que tampoco quiere abandonar España cuando la expulsión en 1492. Sin embargo, a esa novela le falta olor, color y sabor. Se pasea por España como podría pasearse por Venezuela o por cualquier otro país ya que no hay en ella referencias características y concretas sobre las regiones visitadas por su personaje, sobre el país, sus pueblos, sus habitantes...

Tu pregunta es si me cuestionan porque la mayoría de mis novelas transcurren en el País Vasco, ¿por qué iban a cuestionarme? No creo que nadie cuestione a Rosalía de Castro por centrar sus historias en Galicia. No, no, ningún problema. Es cierto que a muchos lectores que no son vascos les gustaría que escribiera sobre los lugares de donde son o en donde viven. Ya llegará. Ahora he comenzado una novela que es la continuación de El verdugo de Dios, sobre el Camino de Santiago. En ésta sólo hablaba del Camino por Navarra y, claro, hasta Santiago aún falta un trecho, así que ahora voy a continuar por La Rioja, Burgos, León y Galicia. ¡Mis amigos gallegos están encantados! Hay que trasladarse, hay que visitar. No puedo describir pueblos que no conozco, poner montes o ríos donde no los hay. Es preciso visitar los lugares que aparecen en las novelas.

L.I.Ll.: Eso me llamó mucho la atención en La abadesa, porque la veía casi como un libro de viajes, veía toda la ruta...

T.M.L.: Hice varias veces con mi marido el trayecto de Madrigal a Bilbao buscando documentarme de forma visual, comiendo comida típica de la zona, descubriendo si había conventos agustinos en aquella época en las ciudades que menciono y, en efecto, en unas los había, y en otras no. Lleva su tiempo. Y pensarás: “¿a quién le importa?”. Pues a mí, a mí me importa.

Cuando escribí La calle de la judería, por ejemplo, compré un libro de cocina hispano-judía, e hice en casa albondiquillos, y otros platos, para saber cómo olían y cómo sabían, para poder describirlos. Leí libros sobre costumbres judías, sobre judaísmo del que no tenía ni idea, el Antiguo Testamento, poemarios antiguos judíos; escuché música sefardí y visité lugares en los que todavía quedan restos de las juderías… Todo lleva su trabajo.

Acepto que se me juzgue, pero que se me juzgue por la ficción, por el conjunto en sí, si está bien conseguido, y si realmente consigo que el lector “viaje” al pasado en mi compañía. Y además hay otra cosa: existen muchos libros que se leen, se cierran, y se olvidan. Y a mí me consta, por las referencias que tengo, que algunas de mis historias no se olvidan. No digo que todas gusten por igual, pero sí hay algunas que gustan más, y siempre hay alguien que viene diciendo: “Ay, como La herbolera”… “Ay, como La comunera”… “Ay, como La calle de la judería”… Me hace gracia y me emociona a la vez porque significa que he logrado que el lector, al leer la novela, sienta una sensación, una complicidad; que sufra y goce, según sea el caso, lo mismo que yo cuando la escribía.

L.I.Ll.: Al escribir, también te interesa aprender…

T.M.L.: Es que es una parte muy interesante de este oficio. No creo que me pusiera a estudiar un tema en particular a estas alturas… todo lo más, le echaría un vistazo.

L.I.Ll.: Hemos hablado ya de tu afición por la lectura, algo que es obvio en este lugar repleto de libros por todas partes. Ya has mencionado a alguno de los grandes de la novela histórica. ¿Crees que hay algún escritor en particular cuya obra te haya influido?

T.M.L.: Imagino que me han influido todos aquellos autores que aprecio. Una persona no aprende a escribir novelas en la Universidad. Es como la pintura: una licenciatura en Bellas Artes, no te convierte en Picasso. Tiene que haber algo más. Y, en el caso de la literatura, la única forma de aprender a escribir es leyendo. Hay autores que ya ni me molesto en leer, porque no me ha gustado el estilo o las historias que me han contado. Puede que pruebe de nuevo al cabo de un tiempo y si no encuentro en sus obras algo de interés, los dejo definitivamente. Hay otros que me apasionan. Empecé leyendo a Dumas y, desde luego, Dumas me encanta; Walter Scott por ejemplo, no. Me gusta Tolstoï, Naguib Mahfuz, Robert Graves, Mary Renault, Terenci Moix... Aunque, en realidad, más que un autor, me gusta un libro. Por ejemplo, El médico de Noah Gordon fue una novela importante para mí, me encantó. No me convenció el final, porque me pareció improbable que una escocesa pelirroja estuviera en Persia vendiendo ovejas en el siglo XIII, pero hasta ahí todo fue fantástico. Me gusta mucho su forma de escribir, sencilla, natural, que todo el mundo entiende.

Porque escribir bien, ¿qué es? Ahí hay muchas discusiones. Me han dicho incluso: “serás consciente de que hay gente que escribe mejor que tú”. Pues no, ¿por qué voy a tener que ser consciente de nada? No escriben ni mejor ni peor, escriben diferente. Y punto. Si te dieran a elegir ¿te quedarías con un Velázquez o con un Picasso? Y en cuanto a la escritura, escritores muy famosos y muy afamados en otras épocas han desaparecido, porque entonces se escribía de otra forma y hoy en día su escritura resulta obsoleta. De los miles de escritores que en el mundo han sido, sólo unos pocos han pasado a la posteridad, los verdaderamente grandes. No sé si mis obras pasarán a la posteridad, pero, de todos modos, no me importa porque no estaré aquí para verlo.

L.I.Ll.: Dices que tu forma de escribir es sencilla. Sin embargo, en mi opinión tus novelas son muy complejas, siempre hay varias tramas entrelazadas. ¿Cómo es el proceso de creación? ¿Creas un esquema previo que luego vas desarrollando?

T.M.L.: No, lo hice una vez. La primera novela, La abadesa, salió tal cual. Después pensé que había que hacerlo con más seriedad, así que hice un guión para La calle de la judería, [Ríe] que me llevó un par de días de trabajo, pero cuando empecé a escribir, ni me acordé de que lo tenía. Cuando me acordé del guión, comprobé que no coincidía para nada con lo que tenía escrito, y ya no lo he vuelto hacer. Sé sobre lo que quiero escribir, de qué quiero hablar; sé cómo va a empezar, cómo va a acabar, más o menos, y todo lo del medio va apareciendo a medida que escribo e, incluso, muchas veces ni siquiera tiene que ver con lo que tenía pensado. En La brecha, Maritxu es la protagonista, y tiene que ser la protagonista porque uno de los hechos que más impacta, y no porque ocurrió en San Sebastián en el año 1813, sino porque está ocurriendo continuamente, ha ocurrido y ocurrirá, es la violación de mujeres en tiempos de guerra. Cuando comencé a escribir la novela, pensé que Maritxu haría justicia y mataría ella misma a otro de los personajes de la novela, sin embargo, cuando llega el momento, ella no lo puede hacer; es imposible que lo haga debido al carácter que le he dado a lo largo de la novela, a su comportamiento, a su forma de actuar. Es imposible que esta mujer, por muy dolida que esté, mate a otro ser humano. Todos no somos iguales, ni ella es igual al otro.

Estas cosas me pasan. En El verdugo de Dios pensaba que dos personajes iban a terminar juntos; eran niños, y pensaba llevarlos por caminos paralelos, pero al final fue imposible. El carácter de cada uno es distinto, su relación es muy apasionada, pero sus raíces sociales, religiosas y culturales, no cuadran. Sobre todo sociales. Y es muy divertido. Me encanta que la historia que cuento, la novela, me sorprenda a mí; tiene que sorprenderme si quiero que sorprenda a otros. Unas veces lo consigo bien, otras no.

No, no hago guión. Lo único que suelo preparar, a veces, es una listilla de fechas. Por ejemplo, en La comunera lógicamente tenía que tener una lista de fechas: el ataque a Torrelobatón, la batalla de Villalar, la noche de San Blas de 1520, etc. Más que nada por no saltarme episodios que quería comentar. Y poco más.

Lo que sí que hago, al principio, antes de empezar, cuando estoy empezando a documentarme, escribo, copio, párrafos enteros de enciclopedias y de libros. Simplemente los copio, y así se me quedan. Luego ya no los vuelvo a mirar. Es una forma de estudiar. Ese ejercicio de copiar me ayuda.

L.I.Ll.: Volviendo al tema de los personajes. Mezclas personajes históricos, con otros totalmente ficticios. Con respecto a los históricos ¿cómo te documentas? ¿Es difícil acceder a las fuentes? ¿Te dan facilidades? ¿Utilizas las nuevas tecnologías?

T.M.L.: Al no tratarse de un ensayo, ni de una biografía, tampoco necesito una documentación exhaustiva, y la que necesito está al alcance: o está en libros que se pueden comprar, o está en bibliotecas. Un libro o un ensayo siempre contiene referencias a otros libros, así que los busco si me interesan. Utilizo bastante Internet, sobre todo para describir cosas, como fiestas de los pueblos, para encontrar lugares o conocer costumbres… En cuanto a los hechos históricos, busco asesoramiento aunque, muchas veces, no me aporta nada realmente interesante para la trama que quiero narrar. A veces, en algunas novelas, aparece demasiada documentación, demasiados detalles que no tiene que ver con la narración, para que se sepa que el autor está bien documentado, pero es un error porque la novela histórica es novela antes que Historia. En La brecha, por ejemplo, no aparecen los pensamientos y decisiones del general Wellington, porque ese señor no me interesa en absoluto. Y eso me lo han comentado: “No hablas de la estrategia militar de los aliados...”, pero es que mi novela trata de una mujer, no de Wellington. Narro la historia de una chocolatera que no tiene ni idea de intrigas políticas, de líos diplomáticos a altos niveles, de estrategias militares... sólo tiene una tienda, y una hija, y en una noche se queda sin nada. Si hubiese contado la historia desde el punto de vista de un militar inglés o francés, habría sido distinta, pero no es el caso.

L.I.Ll.: Te hacía la pregunta porque leí, acerca de La abadesa, que la única información que había sobre esta mujer estaba en un documento del monasterio de Las Huelgas…

T.M.L.: Sí, es cierto. Fuimos Alberto y yo a Las Huelgas de Burgos, a ver si era verdad que había estado allí esta mujer, porque, según algunas fuentes, había acabado de abadesa de Las Huelgas. Nos dijeron que sí, que estaba enterrada allí, pero sobre ella sólo había dos líneas: que era una mujer varonil, es decir, que tenía carácter, y que no había sido apreciada por las monjas porque no había querido cambiarse de hábito, es decir, de orden religiosa.

Cualquiera que lea esto, dice “sin más”, pero a mí me revela todo un carácter. A los sesenta años la obligan a abandonar el convento en el que ha pasado toda la vida, donde la metieron por la fuerza cuando era una niña y ahora le ordenan ir a otro y que cambie de hábito, a lo que se niega porque es la única forma que tiene para protestar ante una decisión a la que no puede oponerse porque viene del papa y del rey. Me gustó; demostraba tener una fuerte personalidad. A veces alguien me dice que describo caracteres, sobre todo los femeninos, que no existían en tal o cual época, que no tengo rigor histórico... que me diga dónde está el error porque enseguida le contesto. Sé muy bien lo que escribo y por qué lo escribo.

L.I.Ll. Sobre esa idea del rigor histórico, he leído que, para mantenerlo, precisamente, has llegado a reformar una de tus novelas, La calle de la judería, en ediciones posteriores…

T.M.L.: No tengo ningún problema en hacerlo. Uno de los personajes mató en realidad a otro y fue ejecutado al día siguiente, pero no aparecía cómo, y yo... ¡lo ahorqué! Y cuando estaba escribiendo A la sombra del templo, que es un poco la continuación de La calle de la judería, leí en un ensayo reciente y ahí si se hacía una referencia respecto a que el culpable había sido ejecutado con la misma espada con la que había asesinado al otro, así que lo cambié con toda tranquilidad.

Otra anécdota del mismo estilo: en la primera edición de La calle de la judería, hablaba de la catedral de Vitoria, pero Vitoria no tuvo catedral hasta el siglo XIX. Lo sabía, pero pensé que así la gente iba a poder ubicarse mejor al leer la novela. Lo cambié rápidamente.

No tengo ningún complejo. A la literatura se le da mucha más importancia de la que tiene, se le ensalza de una manera… No sé por qué va a tener la literatura un mayor grado intelectual que cualquier otra faceta creativa. Pienso que ante todo es un medio de trasmisión y, también, de entretenimiento: que una persona pueda leer y pueda disfrutar, y viajar sin moverse de la butaca de casa, y viajar a otras ciudades, a otros sitios, o a otros tiempos. Si tengo que elegir entre el estilo y la narración, me quedo con la narración. Claro que si el estilo es muy malo, lógicamente no podré apreciar la narración…

L.I.Ll.: También das voz a los personajes del pueblo, centrándote en lo que Unamuno llamaba la ”intrahistoria”, esa historia sin mayúscula que no aparece en los libros de texto, y así muchas veces presentas una problemática que es casi atemporal. ¿Te consideras una escritora comprometida?

T.M.L: Sí, me centro en los oficios y en las gentes de a pie; y sí, ésa es la historia que me gusta contar. Para la otra, la de los grandes nombres y grandes hechos, ya están los historiadores.

¿Si soy una escritora comprometida? Creo que sí. Podría comprometerme más, también es verdad, y tal vez lo haga, pero cuando se empieza con esto, no se sabe bien dónde se va a acabar. Hay algo con lo que sí estoy comprometida: con la gente sin nombre, que no aparece en las crónicas ni en los libros de Historia; es decir: como yo y los que me rodean. Y estoy comprometida contra la injusticia y el abuso, y esto es una constante continua en mis novelas. Me interesan los perdedores, los no ganadores. Me interesa la gente que ha perdido por diversas razones, por no tener la fuerza suficiente para enfrentarse, porque ha sido discriminada... Ahí tienes a las llamadas “brujas”, perdedoras, claro, porque las quemaron; los agotes, una comunidad discriminada en esta tierra hasta hace bien poco por oscuras razones; los judíos españoles, también discriminados por motivos religiosos; los comuneros, revolucionarios, con unas ideas muy adelantadas a las del resto de los europeos, a las de los ilustrados franceses que dieron pie a la Revolución doscientos años más tarde. Éstos, de manera menos intelectual plantearon los mismos principios, y perdieron. Esa gente me interesa muchísimo. Las mujeres violadas en tiempos de guerra, la hija bastarda de un rey, ¿quién va a preocuparse de ellas? Nadie.

L.I.Ll.: En varias de tus novelas has elegido a una mujer como protagonista…

T.M.L.: En algunas… Pero, en su totalidad, cuento con más personajes masculinos que femeninos protagonistas, aunque ¡también es verdad que los caracteres femeninos me salen muy bien! Puede que sea porque soy mujer...

Suele decirse que la literatura escrita por una mujer va dirigida a las mujeres. ¡Es ridículo! Es como decir que la literatura escrita por hombres va dirigida a los hombres. La Literatura no tiene sexo. Se escribe para todo el mundo y, particularmente, tengo tantos lectores femeninos como masculinos, y tanto jóvenes como mayores.

En La voz de Lug mis personajes son masculinos… En el Señor de la guerra, en A la sombra del templo son personajes masculinos, quiero decir los protagonistas principales… En El verdugo de Dios también, en Los hijos de Ogaiz, en Las torres de Sancho, en La cadena rota... Pero sí que es cierto que mis personajes femeninos han conseguido llegar a una audiencia muy interesante. Puede que sea porque, si haces un repaso de la historia de la Literatura, los héroes, los protagonistas siempre han sido masculinos. La protagonista femenina tipo Dama de las Camelias, es una prostituta, desgraciada y tísica; Madame Bovary, es una casada adúltera, que se suicida; Ana Karenina, igual.. es decir: son todas unas desgraciadas. En cambio ellos, son héroes, triunfadores, maravillosos, bueno, a veces también se suicidan, pero en un acto de valor… entregan su vida. Mis heroínas son mujeres muy normales, la mayoría de ellas, y de hecho no hacen ninguna heroicidad, sólo intentan sobrevivir, que ya es bastante heroicidad.

Relacionado con esto, por ejemplo, ¿por qué existen más autores que autoras y se les presupone una mayor calidad ? He llegado a una conclusión muy sencilla después de estos años de experiencia: las mujeres somos más prácticas y nos ofuscamos bastante menos que los hombres en cualquier cosa. A saber: si yo escribo un libro, y otro, y otro, y veo que no tengo una respuesta, que no puedo vivir de esto, y además tengo que atender una familia, y encima he de trabajar fuera de casa, es decir: que trabajo como ama de casa, en una empresa y encima he de dedicar mi tiempo a crear, desde luego, lo dejo si después de un par de intentonas veo que no funciona. Lo dejo porque físicamente no tengo tiempo para todo, y porque soy una persona práctica, y aunque yo crea que soy la mejor escritora del mundo, si los demás no lo creen, no vale para nada. Esto, en el caso masculino, no suele ocurrir. Escritores, lo que se dice escritores profesionales existen cuatro que viven solamente de escribir. Aunque muchos se autodenominen autores, tienen otras profesiones y luego escriben en sus tiempos libres, pero no hacen la casa, ni se ocupan de los hijos, ni de los parientes mayores o enfermos. Pienso que si no hay tantas mujeres escritoras como hombres no es tanto porque no haya una capacidad femenina para escribir, que la hay, y de sobra, sino porque somos personas prácticas, y, puestas a elegir, optamos por algo factible, no por un imposible. No se trata de incapacidad, sino de la inversión en tiempo y esfuerzo, que no compensa el resultado.

Y sobre lo del compromiso que comentabas antes, creo que ya he demostrado, en estos ocho años, que puedo escribir y que tengo imaginación, y que además tengo capacidad personal. No escribo porque se me ocurre que una historia puede quedar bonita, sino porque tengo algo que decir. Es una denuncia de la opresión, de la misoginia en el caso de las brujas; del absolutismo político en el caso de los comuneros; del racismo en el de los judíos; de la discriminación religiosa en el de los agotes, de los abusos señoriales y de clase en el de los señores de la guerra. No es nada nuevo, pero me resulta más fácil situarme en el pasado, y plantear una cuestión totalmente actual, porque el mundo no ha cambiado. Por ejemplo en La brecha está el tema de las violaciones de las mujeres en tiempos de guerra. Ocurre en Irak, ocurre en Palestina, ha ocurrido en Yugoslavia hace poco, en Uganda, en Guatemala, ocurre en todas partes. Así que me da lo mismo plantear la historia en el pasado que en el presente. Pero el presente me produciría crispación. No soy imparcial, porque no quiero serlo, pero sería todavía menos imparcial. Sin embargo, al poner siglos por medio, lo veo con otra perspectiva, intento entender el comportamiento social de cada época, y me causa menos crispación. Pienso que siempre hay una temática continua en el mundo: el abuso del poderoso sobre el indefenso, ahora y en la Edad Media, y en el futuro. Quien tiene el poder abusa. El poder corrompe. Las relaciones entre las personas, las relaciones sociales y familiares son las mismas. Los padres quieren que sus hijos crezcan sanos, que tengan trabajo, funden una familia, vivan bien; es decir: es exactamente igual antes que ahora. ¿Que las circunstancias exteriores cambian? Sí, pero las íntimas no cambian. La ambición, el egoísmo, la generosidad, el amor, todo eso está ahí, continuamente; ha estado, y está.

L.I.Ll.: Sí, es atemporal…

T.M.L.: Es atemporal totalmente. ¿Y qué hago yo? Elijo un tema que me interesa por razones históricas; intento entenderlo y luego plantear una hipótesis personal. Una de las razones por las que la gente lee mis libros es porque se reconoce en las novelas. No importa que seas bruja, judía, o agote, o comunera, da lo mismo, porque se reconoce en una lucha inútil; no inútil en el sentido de inutilidad, sino en el sentido de no recompensada. Una lucha que lleva siglos y que poco a poco va cambiando la sociedad, pero ¡con tanta lentitud¡ Los príncipes y duques de antaño son los políticos de ahora. Y es que es así: quien tiene el poder no lo suelta, abusa, corrompe, especula. Al situar la narración en el pasado, pongo una distancia entre mi persona y ese pasado, o esos hechos, con lo cual digamos que intento ser un poco más imparcial, aunque de todas formas no lo sea del todo, lógicamente. Como me decía uno, respecto a La voz de Lug, “en esta novela se ve que tus favoritos son los astures”. Pues claro que son los astures, ¿cómo no lo van a ser? Un pueblo sin ninguna defensa contra un imperio como el romano, es decir: un pueblo de doscientos cincuenta habitantes en Gijón, arriba en el monte, en un castro que todavía existe, contra una legión de cinco mil, ocho mil hombres, armados, parapetados, con catapultas, con lanceros, con arqueros... pues esto ha ocurrido en Irak hace tres años, exactamente igual: una gran potencia, con todos sus medios de comunicación, su tecnología avanzada, sus misiles, contra un pueblo de pastores, porque más o menos eso es lo que son los iraquíes. Y, luego, el expolio. ¿Qué más me da que yo describa la quema de la biblioteca de Alejandría, o la quema de la de Bagdad? Es que es igual, es exactamente igual. Y no hay manera de que esto cambie. No escribo por contar historias bonitas o feas, escribo porque quiero contar una historia determinada, describir un pueblo o unas relaciones sociales en un momento determinado. No me interesa la Literatura si no tiene un fondo crítico social, político o religioso.

L.I.Ll.: Antes hemos hablado de tu popularidad. Yo sé que has recibido varios premios por tus obras: el Premio Euskadi en el año 2000 y el Pluma de Plata en el 2001, y ahora, recientemente, el premio Racimo de Oro. Son premios que están relacionados sobre todo con tu éxito entre el público.

T.M.L.: También tengo el Premio de Arquitectos, por mi aportación a la arquitectura al describir pueblos, puentes, catedrales, iglesias, castillos, plazas… ¡qué cosas![Ríe]

L.I.Ll. Supongo que es una gran satisfacción, pero el reconocimiento del público a veces también pesa, ¿tú qué tal lo llevas? ¿te afecta a la hora de escribir?

T.M.L.: No, ya ves que no… [Ríe]

L.I.Ll.: Ya, cambio de forma de vida no, pero, a la hora de escribir, sientes la presión de tener que estar a la altura…

T.M.L.: No. Cuando escribo me olvido de todo. Escribo lo que quiero.

Sí es cierto que después me da muchas satisfacciones. No tengo el reconocimiento de la crítica, ni de los “coleguis”, pero tengo el de los lectores y ¡es una gozada!

Lo único que podríamos decir que ha cambiado, hasta cierto punto, es que ahora tengo muchos compromisos. Soy muy charlatana, hablo mucho, y me llaman para dar charlas y conferencias lo que me quita tiempo para escribir y para vivir a mi aire. Dar una charla es un ejercicio fatigoso porque es como hacer un monólogo teatral de una o dos horas.

L.I.Ll.: Claro, no puedes ir con cualquier cosa…

T.M.L.: No tengo mayores problemas porque son ya unos cuantos libros escritos y siempre hablo de temas que conozco, pero son demasiadas charlas. Lo mismo voy a una Universidad que a la biblioteca de un pueblo de doscientos habitantes. Pienso que existe una militancia cultural, que no vale quedarte en una torre de cristal y esperar a que llegue el éxito, y que sólo voy si me ponen un chófer, o un jet, o si es una conferencia internacional y me pagan. Está la gente de los pueblos, de las pequeñas bibliotecas, los colegios, las asociaciones de amas de casa, las asociaciones de vecinos, las asociaciones culturales… muchos sitios a los que si yo no voy, tampoco va a ir nadie.

L.I.Ll.: Y, con el mundo editorial, ¿cómo es tu relación? ¿Te resultó difícil abrirte paso?

T.M.L.: Fue relativamente fácil. Soy una persona con mucha suerte. Hay otros a los que les cuesta mucho más. Trabajo para cuatro editoriales: Maeva, que es mi editorial en Madrid; Erein, que es la que me publica las obras en euskera; Ttarttalo, que es con la que empecé y con la que sigo y Alfaguara-Zubia para las obras juveniles. Recibo ofertas de muchas editoriales, que no me interesan, porque si estoy contenta ¿para qué voy a cambiar? También ofertas de premios, que tampoco me interesan, porque es la forma que tienen algunas editoriales para llevarse a los autores de otras editoriales, y no me interesa, estoy bien como estoy; de hecho, ya es bastante. Es demasiado, a veces. Porque todas quieren tener libro… claro. [Ríe]

L.I.Ll.: Eso iba a decir, porque, además de polifacética, eres una escritora muy prolífica, ¿cuánto has escrito en estos últimos años?

T.M.L.: En los ocho años que llevo publicando, diecisiete libros. Bueno, dos juveniles, dos ensayos, y trece novelas.

L.I.Ll.: Y ¿cómo te arreglas? ¿Eres muy organizada? ¿Puedes trabajar en varios proyectos a la vez?

T.M.L.: No, por lo general trabajo en uno, pero me sigo documentando sobre otro. Es decir que cuando acabo con uno, ya tengo todo el material para el siguiente. ¿Cómo me arreglo? Por la mañana soy ama de casa, como bien se ve, la casa, cartas, correspondencia, llamadas; ahora esto está en calma, pero normalmente el teléfono suena cada diez minutos. Y después de comer me echo una siestecilla, después me pongo a trabajar y estoy hasta las dos o las tres de la madrugada, ¡por eso tengo que echarme la siestecilla!. Y luego al día siguiente amanezco otra vez a las ocho de la mañana. También hay que decir que no sufro mucho escribiendo, no sufro nada. De hecho, corrijo poco. Por supuesto hago una lectura y corrijo palabras repetidas, faltas, verbos mal puestos, ese tipo de cosas, pero no cambio la trama: lo que sale, sale. Llego a escribir entre ocho a doce páginas cada día.

L.I.Ll.: ¿Y tienes algo de tiempo libre? Veo que en tu casa te dedicas a hacer tus cosas…

T.M.L.: ¡Y hasta hace un año he cantado en un coro! Sí, sí tengo tiempo libre. Lo que ocurre es que mi marido y yo somos muy caseros. Tampoco nos va lo de salir a cenar, o lo de ir a dar vueltas… las tiendas no me interesan, no vemos la tele excepto las noticias y alguna que otra película o reportaje. El día da mucho de sí. No tengo ningún problema en entretenerme. Estamos muy cómodos aquí, nos gusta estar en casa. Además, siempre tenemos algo que hacer. Cuando queremos estar con amigos, los invitamos a comer aquí. Como mañana, que vienen dieciocho. Mañana es un día especial, porque celebramos nuestro aniversario de bodas.

También está la familia. Mi madre vive enfrente y nuestro hijo vive a dos calles. Hasta hace poco estaban los chicos [su hija, yerno y nieta], pero se han ido para tres o cuatro años a trabajar a China… Está la perra... Hemos tenido hasta tres perros a la vez. También viajo porque voy a dar charlas. Hace poco estuve en Madrid y, después de las Navidades, iré a Cataluña unos cuantos días; tengo previsto ir a Andalucía, a Canarias, a Toledo... Cuando voy a esos sitios siempre aprovecho para hacer visitas culturales a museos, exposiciones, etc.

L.I.Ll.: Porque vivís una vida muy centrada en lo que os gusta.

T.M.L.: Sí, vivimos bien aquí… No hay ruido. Estamos cómodos, salimos a la calle y conocemos a todo el mundo. Es lo que ocurre en los pueblos pequeños.

L.I.Ll.: Sé que ahora estás en pleno ajetreo de presentación y promoción de La brecha…

T.M.L.: Bueno, ya no, ya se ha terminado. Ha sido algo tremendo… Y cada vez más, cada vez más…

L.I.Ll.: Cuando terminas una novela imagino que te costará mucho tiempo deshacerte de ese mundo que has creado, de los personajes con los que has estado trabajando de forma intensa

T.M.L.: Pues la verdad es que no, porque me canso tanto con la promoción, que termino harta de hablar de la novela y tengo ganas de empezar con la siguiente.

L.I.Ll.: ¿O sea que ya tienes alguna otra idea entre manos, algún proyecto al que le estás dando forma?

T.M.L.: Sí. Tengo dos. De hecho este año quisiera sacar tres.

Quiero escribir un libro, una chufla, como Los grafitis de mamá. Pero van a ser cuentos eróticos, históricos, o histórico-eróticos. Un poco por todas partes en Europa, y por todas las épocas, lo que se me ocurra. Hay algunas anécdotas interesantes, históricas, que pueden dar juego a un cuento, pero no pornográfico, ¿eh?. Erótico, pero no pornográfico.

L.I.Ll.: ¿Como los Cuentos de Canterbury…?

T.M.L.: Sí, o el Heptameron de Margarita de Valois, o los Cuentos italianos de Stendhal. Es un proyecto muy bonito.

Eso por un lado, y luego quiero seguir con la continuación de El verdugo de Dios, porque lo he prometido, y los lectores me lo piden. Y luego querría escribir otra novela para publicar en euskera, antes que en castellano, para la Feria del Libro de Durango, en diciembre. También quería haberlo hecho este año, y no me ha dado tiempo. Antes no tenía tantas charlas, ni tantas conferencias, ni tantos viajes. El día que salgo, cuando vuelvo, a las once de la noche, me siento, zappeo un rato, leo, y me voy a la cama. Con lo cual, no hago nada. Siempre estoy diciendo que voy a decir que no a las charlas, que no, pero… cuando llaman, no sé negarme.

L.I.Ll.: Al escribir en las dos lenguas, ¿te sientes igualmente cómoda?

T.M.L.: Sólo escribo en castellano. Cuando quiero publicar en euskera, lo mando traducir. Es mi pequeña contribución a la lectura en euskera, porque de otra manera no podría ser. No puedo escribir en euskera; lo hablo, pero no puedo escribir en euskera. Y me siento un poco frustradilla en ese campo,… De todas formas, no sé si podría hacerlo. También hablo inglés, francés y alemán y no podría escribir una novela en ninguna de dichas lenguas. Una novela es una novela. Mi lengua materna es el castellano y es el idioma en que mejor me expreso y mejor me entiendo, pero amo muchísimo la vieja lengua de los vascos, así que mi única forma de apoyar el euskera, o la lectura en euskera, es haciendo traducir mis libros, cosa que se está haciendo, pero hay lectores euskaldunes que ya me ha nleído en castellano, y que no van a volver a comprar el libro, así que se trata de sacarlo primero en euskera, para dar oportunidad a que el lector euskaldun lo lea en su lengua. Hice la prueba hace dos años, y funcionó muy bien, me gustó mucho la experiencia.

L.I.Ll.: Además ése es otro compromiso, ¿verdad?

T.M.L.: Sí, es otro compromiso que tengo con la lengua y con la cultura vasca. A mí no me causa ningún conflicto y me encanta ver mis libros en euskera. También me gusta verlos en alemán, y en francés, y en portugués, que los tengo. No tengo ningún problema… He sacado algún libro al mismo tiempo en castellano y en euskera, hay otros que han salido antes en castellano que en euskera, otros que han salido antes en euskera que en castellano, pero me da igual que sean traducciones. Una lengua viva tiene que ser capaz de asumir una traducción. Al fin y al cabo, a Tolstoï no lo leemos en ruso, y a Kafka no lo leemos en alemán o en checo. Quiero decir que si la lectura merece la pena, y el traductor merece la pena, da lo mismo leerlo en un idioma que en otro. Nunca he tenido problemas por no leer en la lengua original o en la traducción. Me da absolutamente igual. Si está bien hecha la traducción, claro. Pero eso lo ves en seguida. O el escritor es malísimo, o el traductor es peor. Se ve enseguida.

L.I.Ll.: Sí, especialmente cuando hablas la lengua original, ¿es una traducción, o una traición…?

T.M.L.: Una traición, sí…

L.I.Ll.: Pues esto era todo lo que quería preguntarte. Muchas gracias por permitirme venir a visitarte, y conocer tu casa, y también por ser tan flexible en estas fechas.

T.M.L.: Muchas gracias a ti por tu interés, y estoy a tu disposición para lo que puedas necesitar.

 

Notas:

[1] Se refiere a mi estudio La comunera: una novela de intrahistoria.” Espéculo. Revista de estudios literarios 33 (Julio-Octubre 2006) http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/comunera.html

 

© Lucía I. Llorente 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/tmlezea.html