La Ilustración Española y Americana
ante el Tercer Centenario del Quijote [1]

Antonio Ayuso Pérez


 

   
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“A la aparición de don Quijote, armado a la antigua y llevando por morrión una bacía de barbero, lanzaron las gentes una formidable carcajada que duró más de un siglo; tras la risa vino la meditación, y se vio toda la seriedad de aquella obra maestra en el siglo XVIII; y en el siglo XIX, la admiración fue universal, y ha llegado al fin la consagración pública y solemne de Cervantes como genio de la patria.” [2]

 

1. El Tercer Centenario

La celebración, que hemos vivido recientemente, de la publicación en 1605 de la Primera Parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha [3] no es la primera vez que se lleva a cabo. Ya antes, hace hoy un siglo, se organizaron unos festejos conmemorativos de la efeméride, por iniciativa del periodista Mariano de Cavia. [4] Corría el año 1903, cuando este escritor lanzó en El imparcial la propuesta de no dejar pasar el Tercer Centenario del Quijote sin reconocimiento, lo que sería ampliamente aceptado por toda la prensa, que enseguida acabó por divulgarlo por todo el país. Estamos ante un ejemplo del enorme poder que los medios de comunicación estaban cobrando de forma imparable.

“En mayo de 1905 se cumple el Tercer Centenario del Quijote, de esa divina y colosal conseja, por cuyo soberano poder nuestra raza, nuestra lengua y nuestra nación sobrevivieron a sí mismas en la admiración, el respeto y el cariño de otros pueblos y otras civilizaciones”. [5]

Así pues, el periodismo incidió en la realidad social del país, pues apenas dos años después se realizaron, por primera vez en tres siglos desde la aparición del libro, los fastos para celebrar el Tercer Centenario del Quijote [6]: “La más luminosa y espléndida fiesta que jamás ha celebrado pueblo alguno en honor de la mejor gloria de su raza, de su habla y de su alma nacional que suponga el resurgimiento español y la reanimación espiritual de esta tierra”. [7] Hasta tal punto se tomaron en serio las ideas del periodista, deudoras del homenaje a Calderón de la Barca de 1881 -como indica Carmen Riera [8]-, que se creó un comité el mismo año de la aparición de este artículo que estoy comentando. Se trataba de la Junta del Tercer Centenario encargada de organizar el programa de fiestas; sin embargo, como casi toda la prensa denunció, su actividad fue un producto de última hora y, además, elitista, causa de que los españoles apenas participaran de la conmemoración. [9]

Dejando ya el célebre artículo de Cavia, gracias al cual partió la iniciativa del tricentenario, paso a resumir el programa de los festejos publicado unos días antes de su inicio. [10] Durante los días del siete, ocho y nueve de mayo transcurrió la celebración del Tercer Centenario. Para el primer día estaba organizada una batalla de flores y una retreta militar, ambas aparecen en nuestra revista merced a numerosas fotografías en el número semanal posterior a estos días. [11] El segundo día lo ocupaban las fiestas académicas y una velada artística, entre las que destacan sendos discursos de Menéndez y Pelayo y Juan Valera, un decreto leído por el rey Alfonso XIII para inaugurar un concurso público con el fin de esculpir un monumento a Cervantes, que se situará en el Palacio de la Academia Española, y un concierto de orfeones en la plaza de toros, éste último cubierto gráficamente también en la publicación. [12] Y en el tercero estaban previstos un oficio religioso, la coronación de la estatua de Cervantes en la plaza de las Cortes, la entonación del himno ¡Gloria a Cervantes! por parte de los orfeones, un desfile militar y una función teatral por la noche en el Teatro Real.

Éste es grosso modo el programa que la Junta del Tercer Centenario ideó para la fiesta literaria del siete al nueve de mayo. Puede sorprender al lector su emplazamiento en este mes y no, en cambio, el 23 de abril, día del libro -fecha en la que, por lo menos en este Cuarto Centenario, han transcurrido la mayoría de los actos oficiales-. Ignoro los motivos de este desplazamiento un mes después en la celebración de la obra cervantina, pero hay una estudiosa que me ha esclarecido esta duda en un artículo reciente. [13]

La batalla de flores del primer día consistía en un desfile de carrozas, de las que las mejores fueron premiadas, que representaban escenas de la novela, como el episodio de las cortes de la muerte, la aventura de Clavileño, las bodas de Camacho y el encuentro con los galeotes. [14] La retreta militar, en opinión de La Ilustración, fue “la fiesta más brillante y la de mayor efecto de todas las que se han celebrado.” [15] Empezó a las nueve y media de la noche y recorrió las principales calles de la capital hasta acabar en la plaza de armas del Palacio Real, donde se dio un concierto. Lo más significativo de ella fue la Carroza-Farola, [16] en cuya cúspide figuró, como no podía ser menos, un busto de Cervantes y una farola con el frontispicio del Quijote.

El concierto de orfeones tuvo lugar, ya el segundo día, en la Plaza de toros que estaba engalanada a este fin con una gran columna en el centro, de cuyo capitel partieron numerosas guirnaldas que techaron todo el recinto iluminado con bombillas eléctricas.[17]

Respecto a la coronación de la estatua de Cervantes en la plaza de las Cortes era una especie de homenaje -semejante al que se llevó a cabo durante el Cuarto Centenario en la Plaza de España a cargo de Ignacio López García -, pero propio de principios de siglo, con discursos, himnos dedicados al novelista y un desfile militar. Pero sin duda esta jornada se recuerda por la función representada en el Teatro Real, [18] recinto no lo olvidemos de óperas o zarzuelas, pero que en esta ocasión se prestó al homenaje al Quijote al franquearse sus instalaciones para la escenificación de tres versiones dramáticas sobre la novela.

No podía faltar, en una época en la que aún el teatro era un medio de masas, este vehículo para transmitir la historia del hidalgo convertido en caballero y a fin de rendirle tributo a su autor. También en este nuestro Cuarto Centenario, aunque con mucha menor influencia, la farándula volcó en la conmemoración de la novela; por esto las carteleras de los teatros se llenaron de adaptaciones dramáticas de las obras de Cervantes, tales como, El hombre de la Mancha, Las aventuras de don Quijote, La danza de Don Quijote, El retablo de maese Pedro, La entretenida, Laberinto de amor y Sancho Panza, ésta última un musical que culmina la reivindicación iniciada en 1905 de este personaje frente al protagonismo de su amo.

La velada en el Teatro Real comprendía el estreno de tres adaptaciones sobre el Quijote: La primera salida de Eugenio Sellés, La aventura de los galeotes de los hermanos Quintero y El caballero de los espejos de Miguel Ramos Carrión. Tan sólo la realeza, las altas autoridades y cargos pudieron asistir; pero hubo una representación en el Teatro Español para las clases populares. El escenario estaba decorado con una escalinata sobre la que se encontraban algunas esculturas de los autores más importantes de nuestro Siglo de Oro, presidiendo a los cuales estaba el busto de Cervantes. Al inicio de la representación se entonó El himno de Cervantes y Carlos Fernández Shaw leyó una loa.

La nota definitoria fue la verosimilitud y fidelidad al texto original, puesto que la finalidad de la función era eminentemente divulgativa y, por lo tanto, didáctica. Así lo sentencia Vega Rodríguez: “Se trata de obras dramáticas de encargo, asignadas a autores reconocidos, escritas con el propósito de la divulgación cervantina y el máximo respeto al original”. [19] Por ende, tanto el vestuario como la escenografía se caracterizan por su realismo, hasta el punto de que se introdujeron caballerías para las dos últimas obras. [20]

Dos de éstas se basan en la Primera Parte de la novela que celebraba su Centenario, mientras que tan sólo la compuesta por Carrión toma la Segunda como modelo. El texto, por limitación temporal, debe restringirse, pero en la medida de lo posible se vierte en su esencia, llegando incluso a prevalecer en las mismas acotaciones.[21]

Por supuesto que, en el Tricentenario del Quijote, no podían estar ausentes tampoco los libros. Éstos los tenemos en una exposición bibliográfica cervantina, (muy similar a las que ha habido programadas para el último centenario en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense y en la Biblioteca Nacional). En ellas han estado expuestas las ediciones de la novela que han marcado un hito en la historia del libro antiguo: las primeras portadas de las distintas ediciones de la obra maestra de Cervantes, como el primer Quijote ilustrado, el promovido por Lord Carteret que recoge la primera biografía del novelista a cargo de Mayans y Siscar o el de la Real Academia Española de 1780.

Otra exposición, pero ésta no de libros, fue la selección de obras pictóricas de Zurbarán con motivo también del centenario. Este último año se han vuelto a encargar exposiciones artísticas de pinturas relacionadas con la obra, destacando especialmente las que tratan sobre las ilustraciones.

El libro, verdadero protagonista de la celebración, tuvo su protagonismo con la nueva edición especial que la Academia realizó del Quijote a causa de su trescientos cumpleaños. Se imprimió una tirada de 10.000 ejemplares. Compare el lector el paso del tiempo y el nivel de alfabetización, pues en este año se publicó una edición especial, a cargo también de la Real Academia, que ya lleva vendidos 1.800.000 volúmenes.

 

2. La Ilustración Española y Americana

He querido dar cuenta de los actos de la celebración del Tercer Centenario del Quijote con el fin de que el lector pueda comprender el tratamiento informativo y de opinión que la publicación semanal La Ilustración Española y Americana dedicó ese año a la noticia; pues resulta imposible entenderlo, en buena medida, sin tener estos datos a priori. Pero antes de iniciar mi análisis sobre el contenido de la revista, explicaré brevemente la historia de ésta.

La Ilustración Española y Americana es una revista literaria, de acuerdo con la definición que Celma Valero proporciona en su análisis de éstas, por ser “una publicación, con periodicidad más espaciada, no sometida a la urgencia de la información de actualidad, sino orientada a la divulgación cultural -o a una de sus facetas: arte, ciencia, literatura, etc.- y dirigida a un público con intereses más específicos.” [22] Su subtítulo era “Revista de Bellas Artes, Literatura y Actualidades”. La fundó en 1869 Abelardo J. de Carlos, su director hasta 1898, y prosiguió hasta 1921. Esta duración de algo más de cincuenta años era excesiva para una época en la que las revistas literarias no llegaban a los cinco años; lo que demuestra el éxito que cosechó. De esta forma lo indica Celma Valero: “fue una revista admirada y respetada por todos, lo que queda corroborado por su larga vida, la mayor de todas las revistas del fin de siglo”. [23] Éste se debió al formato de lujo con que aparecía, donde las ilustraciones tenía un lugar central, como se aprecia desde su mismo título, pues “éstas comparten protagonismo con el texto: se ofrecen grabados, litografías, fotografías y dibujos originales.” [24]

Aparecía los días 8, 15, 22 y 30 de cada mes, es decir, era un semanario que, por su calidad y alto coste, estaba reservado especialmente a los escritores consagrados, más que a los jóvenes, aunque tampoco se descartaba su colaboración. Debido a que estaba destinada a la clase dominante, el patriotismo y el respeto al poder están siempre presentes desde un enfoque positivista que obliga a tratar los temas desde la historia diacrónica y a otorgar prioridad a las glorias del pasado. [25] Con estas palabras lo confirma la misma publicación: “Distingue a La Ilustración Española y Americana un noble estímulo de dar a conocer en sus páginas cuanto pueda redundar en el mayor prestigio de la nación”. [26]

Las dos secciones principales son “Crónica general” de José Fernández Bremón y “Crónica teatral” de Carlos Luis de Cuenca. La primera es el equivalente al editorial actual, pues refleja la opinión del medio, aunque va firmado y no anónimo, acerca de los principales temas de actualidad. En esta sección vamos a encontrar numerosas referencias al Tricentenario y sus celebraciones, hasta el punto de que en el número monográfico dedicado a Cervantes cambia su título por el de “Crónica cervantina”. La segunda es un espacio reservado a la crítica teatral, y por esto abordará las funciones dramáticas del centenario.

Por último, es significativo que destina números monográficos, a causa de la ya enunciada tendencia a ensalzar las glorias patrias del pasado, a nombres como Velázquez, Echegaray, Benavente y, para nosotros el más importante, Miguel de Cervantes y Saavedra.

Pero no sólo esto, sino que “es Cervantes el autor más atendido a lo largo de estos veinte años de la revista, aunque es en 1905, con motivo del centenario del Quijote, cuando con más asiduidad aparecen estudios sobre su personalidad y su obra.”[27] Esta afirmación queda corroborada gracias al largo artículo de Alejandro Larrubiera en el que repasa todos los contenidos sobre nuestro escritor aparecidos en La Ilustración Española y Americana. [28] En él, puede apreciarse que desde su primera salida Miguel de Cervantes ha sido muy tratado, además por grandes nombres.

Prueba de ello son los tres certámenes pictóricos que la publicación organizó para premiar las mejores ilustraciones del Quijote que se presentaran. Hubo tres porque fueron quedando desiertos debido a la mala calidad. De esta forma, en 1872, 1877 y, finalmente,1878, fueron los años en los que salieron las respectivas convocatorias pero el jurado los declaró desiertos por falta de calidad.[29]

La causa de que Cervantes fuera protagonista en esta revista se debe, como en ella misma encuentro, a que “como tanto más se honra a la patria, cuanto más se honre a sus hijos más preclaros, puede decirse que en este sentido La Ilustración Española y Americana se ha manifestado pródiga con el que es honra y orgullo de España.” [30]

 

3. Cervantismo/quijotismo: gente vieja/gente nueva

“La fecha de 1905 acoge una auténtica explosión de cervantismo, protagonizado, casi siempre por la ‘gente vieja’”. Ésta es la idea de partida de Javier Blasco para analizar el Quijote finisecular en su ya célebre artículo sobre este aspecto de la literatura del fin de siglo. [31] Existen dos razones de peso para prestigiar de esta manera a Cervantes en el Tercer Centenario de la publicación de su obra maestra. Una de cariz filosófico consiste en que se retoma la creencia romántica de Herder de que el alma histórica de los pueblos se acrisola en sus clásicos nacionales; por lo que “todos, la gente vieja y la gente nueva, están de acuerdo en que la literatura constituye un elemento esencial de la vida de una nación, que tiene en sus clásicos unos puntos de referencia decisivos.” [32] En efecto, se piensa que los clásicos y la gran literatura son la fuente para entender la historia de la nación. Su consecuencia más inmediata, como concluye Riera, es que “esa concepción de la literatura determinará a la vez el valor y el prestigio de los clásicos que le servirán de base e influirá también en la elección de unos determinados autores como pautas que habrán de integrar el canon futuro”. [33]

No es extraño, de acuerdo con este encumbramiento de la literatura, que los clásicos y, entre ellos Cervantes, sean el medio para descubrir la esencia del alma española tanto para los llamados gente vieja como los nuevos, pues, a pesar de la generalización falsa de que los jóvenes desoyen la tradición, éstos lo que hacen “es revisarla y seleccionar las figuras y movimientos más acordes con su ideología o estética. La polémica se produce porque su selección no coincide con la de los viejos.”[34] Pero queda claro que también la siguen.

La segunda causa para la proliferación de cervantismo hay que buscarla en la crisis del 98. Ésta generó un complejo de subestima enorme entre los españoles, que se reflejó en acudir a la grandeza pretérita patria como el único consuelo. Y ahí se encuentra Cervantes y su Quijote, que ya a finales del siglo XIX “constituía una aportación universal incontestable que las naciones extranjeras nos reconocían y envidiaban” [35] y que, tras la pérdida de las colonias en el 98, “era leído como una especie de Biblia española, en el que cabía buscar consuelo para la recuperación de las señas de identidad “. [36]

Así pues, por estos dos motivos se genera en 1905 una profusión de estudios sobre nuestro gran clásico, Cervantes y su Quijote. Si la gente vieja opta por abordar al autor, los jóvenes prefieren la obra y, siendo precisos, el personaje para buscar las señas de identidad del país mediante su propia lectura. Así lo señalan los dos autores que han abordado este tema:

Javier Blasco: “Muchas y valiosas fueron las colaboraciones que, a la sombra del centenario, logró convocar el cervantismo finisecular. Nunca, sin embargo, contó con la adhesión firme de los jóvenes escritores del momento, mucho más próximos a don Quijote -o a lo que ellos inventaron tras el nombre del caballero manchego- que a su creador”. [37]

Y Celma Valero: “Frente al cervantismo oficial, los jóvenes del fin de siglo erigen, inventándosela, la imagen de don Quijote [...] de este modo oponen su quijotismo al cervantismo oficial”. [38]

Eran necesario estos preliminares para entender cuál es la postura de las revistas literarias, que -no lo olvidemos- “revelan de forma mucho más clara el cúmulo de intereses y preocupaciones del fin de siglo”, [39] puesto que en ellas se divulgan las ideas y doctrinas literarias. En las distintas publicaciones encontraremos una tendencia generalizada dirigida a una de estas corrientes, al cervantismo oficial o al quijotismo; sin embargo, esto no significa que toda la revista se encamine a una de las dos, sino que pueden darse a la vez, aunque una tenga prioridad, pues la gente vieja y la nueva solían compartir el medio de comunicación, no habiendo una distinción absoluta entre los dos movimientos.

La Ilustración Española y Americana se encuentra, a mi entender, entre las que se ocupan del cervantismo oficial, en otras palabras, frente a la obra y al personaje de don Quijote, se centra en el escritor Cervantes y en su obra, aunque en ésta la más significativa y estudiada sea el Quijote por ser “el libro inmortal”, como se le califica en numerosas ocasiones. Sin embargo, como acabo de decir, no hay una pureza total y encontraremos contenidos que se ocupan de la novela y no de su creador. El dato más apropiado para avalar mi opinión de que esta revista tiende al cervantismo oficial estriba en que, por una parte, la mayoría de sus redactores pertenecen al sector de la gente vieja, y por otra, el número monográfico dedicado al centenario se denomina “Retrato de Cervantes”, por donde ya se ve qué es éste el verdadero protagonista para La Ilustración.

Además, el análisis cuantitativo lleva a esta conclusión, pues sin duda es Cervantes el más estudiado en los artículos, superando al mismo Quijote -por más que el motivo sea la obra que celebra su trescientos cumpleaños-, pues hasta los diez artículos de Felipe Pérez y González [40] que se ocupan de la obra son un análisis positivista tratando de explicar ciertas anacronías, que dan lugar a entender que no hubo una edición anterior a 1605 del Quijote, algo verdaderamente importante en el centenario. Para ello, acude a documentos y obras extrínsecas a la novela, que apenas es abordada.

Los contenidos cervantinos de la revista se concentran en los tres días en los que se organizaron los actos de homenaje al Centenario de la novela. Según se podrá apreciar, será en el mes de mayo, cuando están previstos los actos oficiales, cuando la revista dedique más espacio al tema; por eso el 8 y el 15 de este mes aparecen dos números monográficos sobre Cervantes y el centenario. El primero [41] es un retrato del autor, mientras que el segundo, [42] cuyo principal material es gráfico, constituye la cobertura informativa a los festejos. En los meses previos a ambos números apenas hay noticias sobre el centenario, y éstas son poco significativas: en una Fernández Bremón [43] comenta algunos preparativos previos a los festejos en las ciudades españolas y en la semana que precede al 8 de mayo se nos proporciona el programa oficial. [44]

Después del mes de mayo, destacan los artículos de Pérez y González donde analiza un tema tan discutido como si es posible que hubiera otra edición del Quijote anterior a 1605, algo que, si se descubriera, desplazaría la fecha oficial de la salida editorial de la novela.

Divido mi estudio sobre el tratamiento del Tricentenario que lleva a cabo La Ilustración, dando protagonismo en ese año a Cervantes a expensas de dejar de lado el Quijote, en cuatro grandes apartados: Cervantes, que a su vez lo escindo en centenario, su vida y sus obras; el Quijote; Avellaneda; y, en menor medida, las críticas a las fiestas del centenario.

 

4. Retrato de Cervantes

Cervantes, como ya he dicho, es el gran protagonista en la revista que estoy analizando en la fecha de 1905, cuando España entera está inmersa en la celebración del Tercer Centenario del Quijote; aunque debiera ser éste, pero La Ilustración cuya redacción pertenece a la gente vieja se inscribe dentro de la corriente del cervantismo oficial. Por consiguiente, hay un predominio claro de su persona en todos los contenidos dedicados a las fiestas del Quijote. Como hemos visto en varias ocasiones, el número especial para cubrir el centenario está dedicado al autor de la obra, como indica el título de Retrato de Cervantes.

En este sentido, La Ilustración se muestra receptora de la corriente que sitúa a Cervantes como un autor clásico y de primera línea. El lector lo aprecia enseguida, en primer lugar, en los apelativos laudatorios que se emplean referidos al gran escritor. Venga una muestra de los más pintorescos: esclarecido, maestro, héroe, Genio, Príncipe de los Ingenios, honra y orgullo de España, genial, inmortal, gran ingenio, Genio de la Novela, Príncipe del Habla Castellana, sublime o astro de luz sin igual.

También gráficamente se hace notar su protagonismo: Si la ilustración de la portada es el frontispicio de la edición de 1605 de la Primera Parte, conservada en la Biblioteca Nacional, obra del impresor Juan de la Cuesta y de la que sólo se conservan veinte ejemplares en el mundo; la siguiente es un enorme busto de Cervantes, al pie del cual está inscrita el retrato literario que él mismo se hizo en el Prólogo de Las novelas ejemplares.

Este retrato no está puesto al azar. El busto al que acompaña sigue la estela marcada por esta descripción, pero además es la primera ilustración que encontramos en el interior de la revista y está en la página inmediata a la crónica con la que suele abrir Fernández Bremón. [45] En ella, el periodista resalta que no se ha conservado ningún retrato pictórico o escultórico de Cervantes debido a la poca atención que le brindaron sus contemporáneos; no obstante, lo peor es que los existentes no se parecen a él, ni la estatua de la Plaza de las Cortes -que para el día 9 estaba prevista su coronación- ni siquiera el falso cuadro de Pacheco que preside la Real Academia Española; así que el único retrato fiable, para él, es el que escribió el mismo Cervantes: “No conocemos materialmente su persona, pero no se adaptan esas noticias ni a la cara triste que hemos convenido en admitir por su retrato, ni a la pulcra figurita del jardinillo del Congreso”.[46]

El siguiente grabado es el cuadro de Ángel Lizcano Cervantes y sus modelos fotografiado por Lacoste. Se indica explícitamente que no es la fotografía directamente impresa, sino que se sacaron planchas de ella. El cuadro, que es una verdadera joya, ganó la segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887. A pie de foto se explica que el espacio pictórico simula la venta de la Sangre en la que a la izquierda aparece sentado Cervantes en una mesa mientras escribe; mientras a la derecha aparecen todos los personajes ficticios que su imaginación creó. La estructura del cuadro es doble, puesto que dos pisos enteros están llenos de todos los personajes cervantinos; de esta forma se da a entender la fecundidad de su imaginación. Sobre todos, destacan un don Quijote armado y Sancho Panza, en primera línea. Por último, entre los numerosos papeles desperdigados por el suelo está el libro de Amadís de Gaula. Lizcano, como avala esta composición, conoce los modelos tradicionales de retratar a Cervantes y de sus dos grandes criaturas del Quijote, en las que se refleja la influencia de Gustavo Doré.

Por último, tenemos la fotografía de la Carroza-Farola de la retreta militar, en la que sobresale el busto de Cervantes, homenajeado en ella de esta forma. Su iconografía es la acostumbrada, amén de continuadora del retrato literario que él mismo se hizo.

4.1. El centenario

Queda clara la importancia de Cervantes en la parte gráfica de la revista. Veamos qué se dice de él siguiendo mi clasificación de Centenario, vida y obra. El Centenario es visto como la definitiva glorificación del escritor alcalaíno, por eso nuestra publicación lo secunda de modo entusiasta. En esta idea coinciden muchos de los que participan en la revista, pues consideran que hasta entonces Cervantes no había sido ensalzado como se debiera. Fernández Bremón, por ejemplo, desea que el juez que metió en prisión a Miguel por el caso Ezpeleta estuviera vivo para que “asistiera a su coronación presidida por un rey”; pero ya con mejor intención espera que Cervantes en la otra vida “tengas conocimiento de esta consagración de tu fama y asistas a nuestra fiesta.” [47] Juan Pérez de Guzmán está de acuerdo también en que el Centenario significa la “merecida glorificación de Cervantes.” [48]

Sin embargo, no falta quien es de la opinión de que el Centenario, gloria para Cervantes, puede conllevar su arrumbamiento y el de su obra, pues una actualidad es desplazada por otra y, tras unos días de celebridad, sucede inexorablemente el olvido: “Suele ocurrir con los Centenarios que sacan del olvido para la gran masa de público una figura insigne o una obra maestra, y le dan palpitante actualidad durante unos días, y por lo mismo que durante éstos monopolizan la general atención, una vez pasadas las fiestas mueren.” [49]

Pero la nota más destacada del centenario, entre todos los que homenajean a Cervantes, estriba en concebir que la justicia de su reconocimiento como escritor literario ha sido tardía en llegar, aunque finalmente sea una realidad. Se ve, de acuerdo con esto, al autor del Quijote como un escritor que, en vida, sufrió el desprecio de sus contemporáneos. La causa de este topos en el tratamiento editorial de 1905 puede encontrarse en las siguientes palabras de Carmen Riera:

“[...] Poner de manifiesto las penalidades pecuniarias y la falta de reconocimiento que tuvo que sufrir Cervantes es un lugar común al que muchos escritores aluden en 1905, como proyección de las aspiraciones de fama y trascendencia propias, en una época en que el nuevo autor finisecular necesita encontrar un lugar en la sociedad y un público que le reconozca”. [50]

Por ejemplo, toda la crónica cervantina de Fernández Bremón [51] destaca esta idea. Para él, los contemporáneos no supieron apreciar la grandeza literaria de Cervantes y ésta es la razón de que no conservemos ningún dato biográfico seguro de su persona, a diferencia de otros, como Quevedo, que enseguida vieron publicada una biografía suya. Desde el mismo inicio de su crónica así lo señala: “Llegó para Cervantes el día de la justicia; ha tardado en llegar trescientos años. ¿Cómo sus contemporáneos no vieron la grandeza del Quijote?” Pero en esta desgracia encuentra una ventaja: “La apoteosis de Cervantes, por la lentitud con que ha llegado, es sólida y granítica, como elaborada por los siglos”.

Coinciden en esta percepción Mariano Vallejo [52] y Alejandro Larrubiera. [53] En el primero leemos: “Cervantes, que jamás estuvo de moda mientras vivió, lo está ahora con motivo del tercer centenario”. El segundo destaca que, a pesar de todas las ediciones hechas del Quijote, en su época su autor no gozó jamás de un reconocimiento adecuado a sus cualidades literarias: “Y sin embargo [amarga paradoja de las cosas humanas], libro que tanto enaltece a España no obtuvo de los españoles, a pesar de las múltiples y copiosas ediciones que desde su aparición venían haciéndose, la resonancia debida, ni su autor gozaba de los altos prestigios que merece, ni las vocingleras trompetas de la fama habían hecho sonar su nombre y su obra más que con tibieza y enronquecidas”.

No sólo se lamentan de que Cervantes como escritor no tuviera un reconocimiento merecido, sino también de que su obra al principio fuera vista como mero lugar de entretenimiento. Así se desprende de las anteriores palabras y de otras de Fernández Bremón: “A la aparición del Quijote lanzaron las gentes una formidable carcajada que duró más de un siglo”. [54]

Por eso, en varios sitios se arguye que es un deshonor para España que los primeros en vislumbrar la calidad del Quijote fueran los ingleses en el siglo XVIII. Así lo afirma Larrubiera [55]: “Fue preciso que en este, como en otros muchos casos -rubor nos causa confesarlo a fuer de españoles- nos descubrieran en países extranjeros la gloria que teníamos en el solar patrio”. En otro momento de este artículo [56] se cita, también en este mismo sentido, a Luis Vidart: “Lamentable es que tengamos que confesar los españoles que la justa glorificación de Cervantes se halle iniciada en el generoso entusiasmo de un magnate extranjero”. Se refiere, evidentemente, a lord Carteret, bajo cuyo mecenazgo apareció en 1738 la edición inglesa de Tonson junto con la primera biografía cervantina a cargo de Mayans y Siscar.

El otro motivo de pesar acerca del tardío encumbramiento de Cervantes se refiere a que es la primera vez que se celebra el centenario de su obra cumbre. Nunca antes se había festejado. Donde mejor se ve esto es en las palabras de Sancho Panza, al que da voz Carlos Luis de Cuenca, [57] quejándose de que hayan tenido que transcurrir trescientos años para conmemorar el centenario de su amo:

“Y esto lo digo al tanto de que vuesas mercedes,
puestos a celebrar el centenario de mi señor,
han querido empezar por el tercero”.

4.2. La vida

Debido a la importancia de la figura de Cervantes en La Ilustración, su vida está bastante tratada en todos sus aspectos; sin embargo, puedo afirmar, como Carmen Riera,[58] que lo que más se menciona de ella son los aspectos macabros e intrigantes, o por lo menos los más polémicos. No es extraño, por ello, que los lances más destacados se refieran a su hija Isabel, su desavenencia con Lope de Vega y el caso Ezpeleta. Pero también se cuenta su ascendencia familiar, [ 59] su muerte y se hace un repaso de los estudiosos que han publicado alguna biografía. [60]

La maternidad de Isabel es aludida en varias ocasiones pues se ignoraba la identidad de su madre, a causa de que en esa fecha no se conocía aún que era hija de Ana Franca, y por tanto ilegítima y no de su mujer Catalina de Palacios Salazar. En el artículo de Larrubiera se extracta la última información a este respecto de Julio de Sigüenza: “Miguel de Cervantes solo tuvo de su esposa una hija legítima llamada D.ª Isabel de Cervantes Saavedra”. Felipe Pérez y González proporciona otras dos noticias al respecto. [61] Una es la teoría de Fernández de Navarrete, autor de una biografía de Cervantes muy difundida al final del siglo XIX, en la que atribuye la maternidad a una dama portuguesa con la que el soldado de Lepanto se relacionó cuando fue al país vecino siguiendo a la Corte. “En tales circunstancias hay lugar de presumir que contrajo relaciones de amistad y galantería con alguna dama portuguesa, de quien tuvo por este tiempo una hija natural”. La otra es, finalmente, la verdadera -como se ha demostrado con el tiempo- y era recentísima para el año de redacción de este artículo de Pérez y González. Su descubridor fue Cristóbal Pérez Pastor que, en Documentos cervantinos inéditos, asegura que la madre es “Ana Franca o Ana de Roxa, vecina de Madrid.”

La proverbial enemistad entre Lope de Vega y Cervantes continúa desentrañándose en el año del Tercer Centenario del Quijote, como demuestran las constantes alusiones al asunto que encuentro en esta revista. En el artículo de Larrubiera, que reseña las informaciones publicadas durante toda la trayectoria de la publicación sobre Cervantes, dedica todo un apartado al asunto. [62] Empieza por afirmar que se desconocen las causas que condujeron a los dos escritores a enfrentarse, algo que probablemente nunca se sabrá, pues no hay datos que ilustren esta desavenencia. Pero de lo que sí nos sobra es de insultos cruzados entre ambos, verbigracia, este soneto de Cervantes donde arremete contra el fecundo dramaturgo:

Contra Lope de Vega
-Lope dicen que vino. -No es posible.
-¡Vive Dios que pasó por donde asisto!
-No lo puedo creer. -¡Por Jesucristo,
que no os miento! -Callad que es imposible.
-¡Por el hijo de Dios, que sois terrible!
-Digo que es chanza. -Andad, que ¡voto a Cristo!
que entró por Macarena. -¿Quién lo ha visto?
-Yo le vide. -No hay tal, que es invisible.
-¿Invisible Mastir? Eso es engaño;
porque Lope de Vega es hombre, y hombre
como yo, como vos y Diego Días.
-¿Es grande? -Sí, será de mi tamaño.
-Si no es tan grande, pues, como es su nombre,
c..... en vos, en él y en sus poesías.

A Lope le irritó esta composición hasta el extremo de que se vengó en una carta hablando así de su compositor: “De poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están en zierne para el año que viene, pero ninguno hai tan malo como Zervantes, ni tan nezio que alabe a don Quijote”.

Como viene a demostrar el ejemplo anterior, es evidente que la disputa entre los dos literatos fue extremada, pues llevó a que Cervantes en su novela atacara a Lope sin ton ni son y a que este denostara una obra insigne, como probablemente él comprendió respecto del Quijote.

Sin embargo, el capítulo de la vida del novelista más atendido es el denominado caso Ezpeleta. “Era éste un caballero navarro muy dado a diversiones y galanteos, que vivía en la Corte, trasladada a la sazón por Felipe III, de Madrid a Valladolid.” [63] Como todos sabemos ya, apareció muerto cerca de la casa de Cervantes en esa ciudad y éste salió a socorrerlo; de resultas de lo cual el juez que inició la investigación mandó a prisión a toda la familia de Cervantes, literato incluido. Era ya la tercera o cuarta vez que iba a prisión.

Larrubiera explica de esta forma el suceso: “Ya bien avanzada la noche del 27 de junio de 1605, tuvo una pendencia -según él mismo declara- con un hombre desconocido que le hirió mortalmente en la calle, casualmente a la misma puerta de la casa en que vivía Cervantes, acudiendo éste en su socorro en unión de otros vecinos”. Si bien concluye en su inocencia: “La figura del genial escritor aparece clara a nuestros ojos, sin que al conocerse en los más minuciosos pormenores su vida privada, desmerezca la gloria inmarcesible de Cervantes, ni padezcan menoscabo los timbres de su honradez”.

La causa de su inocencia se debe a que el asesino fue un marido burlado, con cuya mujer tenía relaciones Ezpeleta, algo que no dice ninguno de los testimonios que tenemos en la Ilustración; el juez, que lo conocía o tenía algún tipo de relación con la pareja, para ocultar al desconocido mandó encarcelar a Miguel y a sus hermanas las Cervantas.

Fernández Bremón se refiere también a Ezpeleta. [64] Lo pone como ejemplo de la ignorancia e incomprensión que sus contemporáneos dirigieron al escritor; además hace hincapié en que también es el Tercer Centenario de este proceso y de su encarcelamiento, pues tuvo lugar el mismo año de 1605: “Nuestro año de 1905 es también el Tercer Centenario de la prisión de Cervantes y su familia en Valladolid”. Es importante que seguramente este proceso que le implicó en una muerte, de la que era inocente, le dio mala fama el año en que publicó su Quijote; por lo que “aquel encarcelamiento no pudo menos de convencer a Cervantes de su insignificancia en aquella sociedad el mismo año en que publicó su obra maestra.”

Volvemos a encontrar alusión al suceso en Felipe Pérez y González. [65] Para él, es una prueba de que el autor de las Memorias de Valladolid, Tomé Pinheiro da Veiga, no conocía a Cervantes, pues en su relación no introduce un acontecimiento tan escandaloso en la ciudad, a pesar de la fama del muerto y de que se vieron complicados muchos vecinos, en concreto la familia Cervantes “por suspicacias de la justicia y por chismerías de la maledicencia [...] por haber entrado más de una vez en casa de Cervantes, según las malignas indicaciones de una vecina, beata, con motivos nada honestos.”

4.3. Las obras

Aunque el protagonismo absoluto, para La Ilustración, lo tiene Cervantes, no obstante, también aparecen alusiones a sus obras. No puedo decir, de todas maneras, que su obra sea muy abordada, pero sí aparece aludida en varias ocasiones, con la excepción, por supuesto, del Quijote, que presenta mayor presencia al tratarse del aniversario de su publicación. Hay que decir, desde el principio, que las menciones bibliográficas son eruditas, sin tener intención de profundizar en un análisis exhaustivo, o sea, una crítica literaria a fondo. Prácticamente todas sus obras son citadas, así por ejemplo, La Galatea, Las novelas ejemplares, El viaje del Parnaso, Los entremeses y Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Fernández Bremón [66] recuerda acertadamente que Cervantes dedicó al conde de Lemos, cuyo descendiente es en la fecha del Tercer Centenario el duque de Alba, las doce Novelas ejemplares, la Segunda Parte del Quijote y el Persiles; lo que da una idea del mecenazgo que el conde dedicó a nuestro escritor, sin el cual probablemente habría cambiado la dedicatoria, pues en el Siglo de Oro se ofrecían las obras a quien ayudaba económicamente al autor.

Las novelas ejemplares suelen argumentarse como ejemplo de la calidad literaria de Cervantes como escritor de novelas en su sentido tradicional de relato narrativo breve[67]: “Las novelas ejemplares, esos deliciosos ‘cuentos’, esas encantadoras ‘narraciones’, nuevas entonces en España, porque Cervantes fue de los primeros, si no el primero, como él dice, que en lengua castellana las escribió, sin tener rival que lo aventajara ni competidor que lograra igualarlo.” Por supuesto, también se esgrimen para recordar el famoso retrato que se hizo en su prólogo el mismo autor: “Nadie publicó ni conservó su retrato, y sólo conocemos el que se trazó él mismo en el prólogo de sus novelas ejemplares”. [68]

El viaje del Parnaso es citado para defender que Cervantes no recibió alabanzas de sus contemporáneos, mientras que él sí que los ensalzó en este poemario: “Poco tiene que agradecer a los poetas que elogió Cervantes con exceso en El viaje del Parnaso”. [69]

El Persiles es un ejemplo de denuncia que hace Cervantes de la corrupción de la justicia y sus agentes; algunos entremeses son un espejo de la degeneración de las costumbres y el Coloquio de los perros un desenmascaramiento de los farsantes hipócritas y de la superstición del pueblo. [70]

No se olvidan de las obras perdidas de nuestro escritor: “Murió, y en su casa se perdieron Las semanas del jardín y la Segunda Parte de la Galatea”. [71] Ni tampoco de desmentir las que no son de Cervantes: “Cervantes no escribió Una comedia inédita de la Virgen de Guadalupe, ni tampoco la famosa relación de las fiestas celebradas en Valladolid en 1605 con motivo del natalicio del príncipe que después reinó con el nombre de Felipe IV”. [72]

La paternidad de Cervantes para la relación de las fiestas de Valladolid se ha sostenido durante mucho tiempo a causa de que inspiró a Góngora un soneto que termina con los siguientes versos: “Mandáronse escribir estas hazañas / a don Quijote, a Sancho y a su jumento”. Pero, como explica Pérez y González la intención del poeta es querer ridiculizar estas fiestas dando a entender que don Quijote y Sancho son “los más dignos cronistas de las fiestas.”[73] De esto, lógicamente, no se puede deducir que Cervantes fuera el autor de esta relación de Valladolid. Sin embargo, Pascual Gayangos sí que lo hizo, porque encontró el manuscrito sin que en él se indicara su autoría y sí, en cambio, una alusión en él a una persona llamada Cervantes que aparece como jugador y en una relación íntima con una mujer. Pérez y González refuta esta hipótesis mediante dos argumentos, el primero es que el apellido Cervantes es común y, el segundo, que no aparece nada sobre el caso de la muerte de Ezpeleta.

Además, en 1890 Domingo García Peres documentó que la relación la escribió el portugués Tomé Pinheiro da Veiga, que estuvo ese año en Valladolid, y del que conserva otro manuscrito con la Philistrea, nombre éste que viene de Felipe. Se da, a merced de estos datos, carpetazo a esta autoría mal atribuida siempre a Cervantes.

Por si fuera poco también aparecen dos obras que sí se le atribuyen “a su vena inagotable.” Son el caso de La oposición y conjunción de los dos grandes luminares de la tierra o La antipatía de españoles y franceses y La antigüedad y nobleza de los ladrones o La desordenada codicia de los bienes ajenos a nombre las dos del doctor Carlos García y que José María Sbarbi supone de Cervantes. [74]

Pérez y González estudia la popularidad de la obra cervantina en el teatro áureo como reflejo de su trascendencia entre los españoles de entonces. Por eso afirma: “Si Miguel de Cervantes y sus obras admirables necesitaran pruebas o testimonios de haber logrado desde luego, apenas publicadas y conocidas, esa estimación general y ese popular renombre, bastaría repasar la colección de las producciones escénicas del siglo XVII para hallar a cada paso, no sólo numerosas obras de otros autores inspiradas en las suyas, sino innumerables citas y alusiones que cumplidamente lo demostrarían”. [75]

Otra manera de estudiar la obra es fijándose en estilo de Cervantes. Prácticamente, todos los autores de La Ilustración como rasgo definitorio del novelista que es un autor realista, más aún, que fue el primero de la historia de la literatura. Así aparece en varios textos.

José María Sbarbi afirma: “El móvil que principalmente le guía es el estudio de la sociedad de su época, y singularmente de la de su patria, bajo los diversos aspectos que la constituyen, trasladando al papel cuadro de costumbres en que se mueven con toda exactitud y propiedad los personajes que en ella funcionan, cada uno dentro del papel que le cupiera en suerte; con lo cual, se está haberse adelantado nuestro autor en dos siglos y medio al maravilloso invento de la fotografía”. [76]

Para Juan Pérez de Guzmán, [77] “el ciclo de Cervantes constituye la escuela de la realidad: no una escuela en que el realismo sea programa, ni bandera, ni facción, sino el realismo, mejor dicho, la realidad intensa, vibrante, sana, que consiste en ver la vida a través de una observación sagaz, de una imaginación todopoderosa y de un espíritu lleno de bondad.”

Este realismo de Cervantes queda sublimado en el artículo “Cervantes y Velázquez” de Mariano Vallejo. [78] En él se nos narra una anécdota, jamás sucedida, entre el pintor y el escritor que aparecen como portavoces del realismo más acendrado. Los dos fueron muy cuidados por la crítica oficial en oposición a los jóvenes que se inclinaban más, dentro de la tradición, por los idealistas Góngora y el Greco. [79] El paralelismo que el artículo presenta de ellos se debe a la participación de ambos de la doctrina realista y a la cercanía de sus centenarios, pues Velázquez acababa de ser homenajeado en 1899. [80]

Esta historia cuenta que Velázquez se encontró en Madrid con Cervantes, lo cual es imposible -como el mismo Vallejo explica-, pues cuando el pintor sevillano se traslada a la capital en abril de 1622 nuestro novelista llevaba seis años muerto. A pesar de lo imposible de ella, la anécdota explica la influencia de los escritores realistas del Siglo de Oro en la pintura de Velázquez, algo que sí es cierto.

De este modo, a la petición del pintor al ya célebre autor del Quijote de que le vea un cuadro, éste acudirá y le aconsejará que traslade la misma realidad a su pintura para que el resultado sea de acuerdo a su calidad: “El mundo, la vida real, la madre Naturaleza, ponen a todas horas ante vuestros ojos verdaderos asuntos y modelos llenos de arte, de interés y de belleza: trasladadlos a vuestros lienzos tales cuales los veáis y apreciéis, prescindiendo por completo de los consejos de los preceptistas”. [81] Estas palabras bien las podía haber dicho Cervantes, por lo que se adecuan a su carácter y a su forma de escribir.

Aunque no sea verídica la anécdota, es una historieta de estilo positivista para entender la influencia del escritor en los pintores barrocos como Velázquez. De resultas de ella, saldrá pintado el célebre cuadro de Los borrachos. Son dos genios unidos por su amor a la realidad circundante y, a la vez, al arte.

Pérez y González cita a Tirso de Molina porque en una comedia alude al realismo cervantino. [82] Así, afirma: “Cervantes llevaba a sus obras sucesos verídicos, tomando asuntos y tipos de la realidad, a los que prestaba vida artística y perdurable con el fecundo poder de su genio, y los adornaba y embellecía con las primorosas y brillantes galas de su estilo.” Pero donde más abundan los testimonios dramáticos que le parafrasea es en el mensaje de su calidad como novelista, al que de igual modo “conocían y apreciaban los grandes que los pequeños, los caballeros que los criados.”[83]

José María Sbarbi da una vuelta de tuerca a este aspecto, destacando también la crítica que Cervantes lleva a cabo de su sociedad en su obra. No hay ningún aspecto negativo que no denuncie; aunque siempre desde una buena intención y “con los términos benignos y prudentes que demanda la corrección fraterna.” [84] De esta forma, atacó las impropiedades en la literatura que se estaba haciendo; desveló la degeneración de las costumbres morales; la superstición del pueblo que se dejaba embaucar por obra del engaño de farsantes que fingían algún tipo de milagro o denigró a los funcionarios de la justicia que discriminaban a los ciudadanos en virtud de algún soborno.

 

5. El Quijote

El otro gran protagonista de La Ilustración, sin desmerecer a la figura de Cervantes, auténtico objeto de estudio de la publicación y al que la mayoría de los artículos se refieren, es el Quijote. Esto es porque Cervantes, máxime en la fecha del Centenario de la novela, es más recordado por esta obra que por ninguna otra. Como se podrá comprobar a continuación, el Quijote tiene también presencia en nuestra revista por ser su fiesta, pero sobre todo por ser el libro de Cervantes, figura central para esta redacción de gente vieja que se dirige a un sector de la población de clase social alta.

Encuentro muchos capítulos y pasajes de la novela aludidos de un modo gráfico o textual, pero las menciones principales se han hecho con los grabados que, no olvidemos, son fundamentales en nuestra revista. Veámoslos. No debe extrañar a nadie que la ilustración que más aparece sea la edición del Quijote de 1605 conservada en la Biblioteca Nacional. Este famoso ejemplar, que corrió a cargo de Juan de la Cuesta, es la portada de los dos números especiales de La Ilustración sobre el Centenario. En el número XVII tenemos la primera página del manuscrito, en la que se encuentra el inicio del texto inmortal. [85]

La siguiente vez que aparece la edición príncipe del Quijote -y esto pasa también en el Cuarto Centenario en que la mayoría de las revistas la reproduce-, es en la portada del número XVIII. [86] En ésta aparece el libro abierto por su frontispicio, como se llamaba a la portada, entre las dos fechas de 1605 y 1905. Debajo de éste se encuentra un enorme globo terráqueo del que vuelan numerosas páginas impresas de libros. Destaca también por la profusión de la vegetación y porque dos hombres simbólicos están subidos sobre él. Uno, probablemente la fama, portando una trompeta trata de alcanzar la novela y el otro, a la derecha completamente desnudo, mueve un torniquete; no sé si de una imprenta. En la esquina derecha de debajo hay un recado de escribir y bajo éste, un grabado del mismo Cervantes.

Las demás ilustraciones que se refieren al Quijote tienen en cuenta episodios concretos de la novela. Veo un predominio de las aventuras que les suceden a los dos protagonistas, más que de las historias intercaladas. Además, aunque encuentro escenas de la Segunda Parte, se da protagonismo a la Primera. Todas ellas tienen en común ir sobre una cita del libro correspondiente al hecho ilustrado. Algunas van a doble página, pero no todas. Suelen, por otra parte, interrumpir los artículos mediante su intercalación en sus páginas; sin embargo, no tienen un vínculo temático con ellos.

El estilo es similar en todas. Observo un gusto muy de la época por la naturaleza, lo que permitía bien la novela debido a la importancia del paisaje de Castilla. De esta forma, los pintores hacen hincapié en la atmósfera desértica, terrosa y calurosa del Campo de Montiel y sus alrededores. Destaca, por encima de todos los lugares, el Campo de Criptana que aparece en un grabado sobre los molinos, pues es en él donde se ubica la aventura. Es una maravilla de paisaje.

El gusto por reflejar mundos pasados también es evidente. Por ello, muchos dibujos hacen una labor de arqueología rescatando objetos, vestidos, costumbres y aposentos de los siglos XVI y XVII, como los de los duques y de las historias intercaladas. Sin embargo, en las otras tenemos un muestrario de elementos típicos de Castilla, como los carneros, los molinos o los yangüeses.

Debo destacar también que la mayoría participa de la iconografía clásica de los dos personajes. Don Quijote como un viejo alto, delgado y seco. Sancho como un labrador gordo y bajo. Ambos sobre sus cabalgaduras tradicionales, el rocín y el rucio. Continúa, pues, la influencia inmortal de Gustavo Doré, quien acuñó esta imagen de los dos personajes. Sin embargo, quiero romper una lanza por las primeras ediciones ilustradas de la obra, donde ya se empieza a ver esta tendencia, por lo que el francés hereda la iconografía, aunque sea él quien le dio fama inmortal

Las dos primeras son de Antonio Muñoz Degraín. [87] Fue un pintor muy vinculado a la obra cervantina, como demuestra su soberbio cuadro Don Quijote leyendo que ha estado expuesto en la Biblioteca Nacional con motivo del Cuarto Centenario en la exposición organizada por la institución. Aquí se reproducen dos composiciones dibujadas por él para La Ilustración.

La primera es “La aventura de los yangüeses” y la segunda “Coloquio entre Don Quijote y Sancho Panza después de la aventura de los molinos”. Las dos comparten la focalización del pintor en la derrota final del caballero, pues en el primer cuadro aparecen el amo y el escudero echados en tierra tras ser apaleados por parte de los yangüeses; mientras que en el segundo conversan apesadumbrados después del también frustrante final de la lucha con los gigantes. No me parece sorprendente por el hecho de que la pérdida de las colonias estaba aún reciente y predominaba entre los españoles una mentalidad pesimista y de subestima hacia sí mismos; por eso muchos pintores que ilustran, por esas fechas, esta novela tienden a sobresaltar el fracaso continuado de su protagonista en todas las empresas que acomete.

En la ilustración de Moreno Carbonero “Aventura del ingenioso hidalgo con los corderos”,[88] observo la otra tendencia que descuella en la época: mostrar a un don Quijote belicoso, armado hasta los dientes, con la cabeza alta y esgrimiendo su lanza. Si en las otras teníamos un ejemplo del encarecimiento de la derrota del personaje al final de sus aventuras, en ésta la pintura se queda en el comienzo, cuando los dos personajes vislumbran la humareda, que da lugar a que el caballero describa una batalla épica y se decida a intervenir en ella. Se queda con la actitud arrogante del protagonista mirando al frente y señalando hacia delante.

El “Casamiento de Basilio y Quiteria” de García Hispaleto [89] es una muestra de ilustración de una historia intercalada de la Segunda Parte que rescata, de manera arqueológica, por medio de una boda al aire libre los vestidos e indumentarias de las personas del siglo XVII. Por esta razón, el pintor se recrea en los trajes, las joyas y las preseas de los asistentes. Tampoco falta el protagonismo de la naturaleza, pues la boda tiene lugar en ella, bajo las copas profusas de unos árboles que cobijan a los protagonistas, entre los cuales, no faltan don Quijote ni su fiel escudero Sancho. La estructura del cuadro es equilibrada, siendo triangular, en el centro se encuentran los contrayentes, el oficiante y el caballero con su escudero; y mientras en la izquierda destaca la naturaleza, a la derecha el hombre tiene su lugar a merced de un dosel fabricado por él en el que se resguardan los asistentes al enlace.

Otro cuadro, pero éste más célebre es “Don Quijote en casa de los duques” de Antonio Gisbert. [90] Es uno de los que nos presentan a los duques. Yo soy de la opinión de que, el hecho de que los lectores asiduos a La ilustración pertenezcan a una clase social elevada, es el motivo de que tres de los grabados aludan a la estancia de nuestra pareja en casa de los duques en la Segunda Parte de la obra. Uno es éste, otro “Palacio de los duques en Pedrola, residencia temporal de don Quijote” [91] y el tercero “Sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza” de Manuel Domínguez. [92]

El segundo es una mera reproducción gráfica de la residencia de los duques que, tradicionalmente, se han creído modelos de Cervantes. Los otros dos grabados nos presentan el mismo episodio, pero desde perspectiva distinta; pues, si uno hace hincapié en el caballero, en cambio el otro pone como protagonista al escudero. De esta forma, uniéndolos, nos queda una visión de conjunto. Esta estadía en la casa residencial de los duques posibilita a los pintores rescatar una escena privada del interior de una residencia de clase alta en el siglo XVII. Encuentro, por eso, una proliferación del mobiliario y de algunos objetos propios de entonces: tapices, bandejas, platos, vasos, copas, lavamanos, toallas, estrados, cojines, etcétera. Es una labor arqueológica en toda regla. Si don Quijote se encuentra agasajado por las sirvientas, que lo desarman y ponen más cómodo, Sancho se encuentra recostado en un sitial para conversar con la duquesa. Esta última estampa, con Sancho de protagonista, mantiene un lazo de unión con el artículo “Sancho en el centenario”, pues están cercanas en las páginas y en la temática.[93]

En otra ilustración donde se aprecia muy bien el interés por la naturaleza y el reflejo del paisaje castellano como caluroso y terroso, al igual que lo había descrito Cervantes, es en “Don Quijote, Sancho y las tres labradoras”, dibujo de M. Alcázar. [94] En ella, amo y escudero están desmontados de sus caballerías. Don Quijote está en pie armado y con la lanza en alto, mientras Sancho se pone de rodillas ante las tres labradoras que cabalgan en sendos rucios. Es uno de los pasajes más hilarantes de toda la obra, pues el escudero, que ya conoce de que pie cojea su amo, está tratándole de convencer de que una de ellas es Dulcinea encantada.

Finalmente, en el mes de diciembre en un número navideño especial de la revista se recuerda una de las noticias más importantes del año, como ha sido el Tercer centenario del Quijote, con un cuadro navideño en la que aparecen don Quijote a caballo y Dorotea en mula, ante la que un niño se postra. Aunque rememore el pasaje del encuentro del caballero y Dorotea, tiene un evidente tono navideño, por el que Dorotea es dibujada como si fuera la Virgen María. [95]

No faltan tampoco menciones a pasajes de la obra en las fotografías sobre el centenario. Así, los episodios de Las cortes de la muerte, Clavileño, Camacho y los galeotes, aparecen reflejados en sendas cabalgatas que sobre ellos han elaborado para el desfile de la fiesta literaria. Salvo el último, los otros se contienen en la Segunda Parte. [96]

Paso ahora a comentar las alusiones textuales del Quijote. Destacan, en este aspecto, tres poemas que se encuentran en la sección fija de la publicación sobre creación lírica y el artículo “Sancho Panza en el centenario”. Las composiciones poéticas son “El caballero de los leones” de Manuel Reina, “Dos cartas” de Juan Redondo y Menduiña e “Inmortal” de Blanco-Belmonte. [97]

“El caballero de los leones” retoma una de las aventuras más célebres de don Quijote. Ésta tiene lugar en la Segunda Parte, cuando el caballero se enfrenta a unos leones enjaulados que son puestos en libertad por orden suya, pero los animales en vez de salir de la jaula, dan media vuelta y vuelven a ella; de resultas de lo cual, el manchego queda victorioso. La composición es del poeta modernista Manuel Reina, que realiza un panegírico de la valentía del personaje, que, en un momento de la novela, reta a un león.

“Las dos cartas” contienen dos poemas epistolares de Sancho y don Quijote, respectivamente. En ellas, el escudero, enterado de la enfermedad de su amo, le pide que se recupere para volver a salir por cuarta vez en busca de aventuras, pero éste, recobrada ya la cordura y a poco de morir, le contesta que acabe sus días con su familia y renuncie a ir por el mundo. Esto le da pie para instruir a su querido Panza con consejos oportunos para el buen vivir, como ya hiciera cuando fuera elegido gobernador. Sin embargo, para nuestro análisis son pertinentes las numerosas menciones a episodios del Quijote que hacen ambos personajes.

Sancho, por ejemplo, menciona el bálsamo de Fierabrás con el que don Quijote podría curarse, la penitencia de éste en Sierra Morena cuando se disciplinó las espaldas, e incluso la ínsula Barataria a la que renuncia como su soldada, pues ahora si sale con su amo es por propio deseo y no por codicia. Don Quijote, por su parte, se refiere a la culpa que tuvieron los libros de caballerías en su pérdida de juicio y al bien, por tanto, que hicieron el cura y su sobrina que al fuego echaron mis libros; alude a su deseo de hacerse pastor al final de la obra para, entre montes y breñas, al compás del caramillo guardar corderos y ovejas o a la cueva de Montesinos que descubrió soñando encantamientos en ella. Me quedo con dos de los párrafos de este hermoso poema:

Don Quijote de la Mancha
dejará memoria eterna;
que muchas veces un loco
a los más cuerdos enseña [...]
Y ten cuenta que algún día
acaso el mundo comprenda
que ele demente don Quijote
dejó mucha descendencia.
No han de faltar en el mundo
Quijotes que me sucedan
y hagan mayores locuras
sin confesar su demencia.

En “Inmortal” de Blanco-Belmonte tenemos el mejor ejemplo de interpretación del Quijote como emblema de la nación española, lectura que, si bien no es abundante en esta revista tampoco se puede decir que esté ausente -como se puede ver en esta composición. Encuentro una alabanza al pueblo español como nieto del valeroso caballero don Quijote; a partir de la cual el poeta pide al país entero que se levante de su fracaso y llanto, tras la pérdida de las colonias, para encumbrarse a la gloria del personaje literario. En esta composición, aparecen los siguientes episodios de la obra: el de Clavileño, los molinos-gigantes, el yelmo de Mambrino, los yangüeses, los pastores o los azotes de Sancho. Cito un párrafo:

Su sangre es la sangre que hierve en las venas
del pueblo que olvida derrotas y penas
y quiere de nuevo reñir y luchar,
y sueña conquistas y en sacros anhelos
por cima del fango contempla los cielos,
¡y quiere a los cielos subir y volar!

En cuanto al artículo sobre Sancho Panza, es éste especial por dos sentidos. Primero, porque inicia la reivindicación de Sancho Panza, hasta entonces subestimado y mal juzgado. Segundo, puesto que presenta un estilo modernista merced al recurso de invocar a Sancho Panza en una sesión de espiritismo con el fin de interrogarle acerca de los actos del centenario; algo que ya el mismo Cervantes inventó en el prólogo del Quijote al sacar a relucir a un amigo inexistente que opinara sobre la obra que prologaba.

En este artículo, el trasunto literario de Sancho menciona varios pasajes de la novela ocurridos a su amo: “Quiso la fortuna, que todos aquellos sabios que cuando mi señor andaba corriendo sus aventuras se dedicaban a deslucirle las fazañas, trocándole los gigantes en molinos, los ejércitos en carneros, toros y hasta puercos, que sin perdón así se llaman, y hasta las princesas en zafias y hombrunas villanas”. Por otra parte, también alude a sus propias andanzas, como el manteamiento en la venta o su experiencia como gobernador, con la finalidad de defender su honradez, pues “la largueza me señala como gobernador de ínsulas desprendido y desinteresado.” [98]

Prestemos atención ahora al modo o el cómo se trata la obra. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es presentado por la publicación como el gran libro de Miguel de Cervantes y, por supuesto, como un clásico de la literatura universal, que pocos pueden igualar. De aquí se deducen las numerosas alabanzas que se insertan en los artículos, al igual que las que se dirigieron a su autor, con el mismo motivo. Véase un ejemplo: “Don Quijote resplandece en la literatura universal como astro de primera magnitud, y su luz irradia de día en día más potente en el espíritu de los hombres, que encuentran en tan peregrina obra un amigo, un consejero y un guía, que ora le regocija, ora le entristece, ora le eleva a la región purísima del ideal, ora le muestra entre burlas y veras las impurezas de la realidad”. [99]

Hay quienes destacan su éxito, comprobado en el elevado número de traducciones y ediciones llevadas a cabo en a lo largo de la historia. Alejandro Larrubiera, en este sentido, afirma [100]: “Cumpliéronse con creces los deseos de Cervantes, porque su obra se halla vertida a todas las lenguas, comentada por los más ilustres escritores, y en todo el mundo admirada entusiásticamente, disputándosele por el mejor, más sano, regocijado, instructivo y provechoso libro de imaginación que se ha escrito”. O Juan Pérez de Guzmán [101] : “La prueba está en el éxito de su obra. Después de la Biblia, ningún otro libro se ha propagado más, ni producido un influjo más completo en la dirección de la inteligencia entre los hombres. Su traducción alcanza a casi todas las lenguas cultas conocidas [...] Sus ediciones en todas las lenguas pasan de ochocientas, y los catálogos de ellas, también repetidos y reproducidos en todos los centros y obras de cultura general, se constituyen en monumentos perdurables de la merecida glorificación del Quijote y de Cervantes”.

Mariano Vallejo [102] lo define como “el más famoso y apreciado de los libros de la literatura castellana,” admitiendo así también su entidad de clásico incuestionable. Y Felipe Pérez y González se propone en una serie de diez artículos demostrar la popularidad de la obra a través del estudio de su influencia en el teatro áureo contemporáneo, lo que sirve de indicio de la divulgación del libro en su época: “Pero como es lógico y natural, las citas y alusiones, que abundan de modo extraordinario en las obras teatrales de aquel tiempo son las que se refieren a la más regocijada y sublime, a la más admirable y genial, a la más popular y celebrada de sus obras; a la inmortal novela de fama universal, que ya contó seis ediciones en el mismo año de su aparición, y hoy puede contar por millares las que se han hecho en todas las naciones y en todas las lenguas.” [103]

De este modo, Felipe analiza las influencias, primero de algunas de las obras de Cervantes, en el teatro, pero después se centra en la incidencia del Quijote en la comedia barroca a través de cuatro de sus artículos. [104] Se centra en las alusiones que hay de la novela y, especialmente, en los anacronismos que suscita su mención en un tiempo dramático de la acción en que aún no estaba escrita, pero que el dramaturgo olvida. Amar por señas de Tirso, por ejemplo, está influida por el Quijote, pues el protagonista de leer libros de caballerías cree que está encantado. Lope en una comedia hace decir a Inés: “A don Quijote, porque vos y vuestro dueño imitéis sus aventuras”, cita que demuestra que las mujeres, al igual que los hombres, conocían y gustaban de la lectura de la novela. Pero su influencia no se queda en el teatro, sino también en el Romancero, como prueba El entremés famoso de los Romances. En este es evidente la lectura de la primera salida de don Quijote, en la que tienen más importancia los romances que los libros de caballerías. En las dos obras, el protagonista sale en busca de aventuras al campo, perdido el juicio, pero acaban apaleados y vueltos a su hogar por un vecino de éste que los conocía. [105]

Aunque las dos obras de más influencia y sobretodo más interesantes para analizar por sendos casos de anacronismos son El alcalde de Zalamea de Calderón y El águila del agua de Vélez de Guevara. En la primera, encontramos un personaje cuya descripción coincide con la de don Quijote. Se trata de don Mendo del que Calderón dice: “Un hombre, que de un flaco rocinante, a la vuelta de esa esquina se apeó, y en rostro y talle parece a aquel don Quijote de quien Miguel de Cervantes escribió las aventuras”. El problema estriba en que la acción de la comedia se remonta a 1580, o sea, veinticinco años antes de la publicación de la novela.

En la obra de Vélez tenemos un caso semejante, pues en ella aparece otro personaje claramente influido por la novela cervantina, pero la acción dramática es anterior, del 7 de octubre de 1571, cuando se produjo la batalla de Lepanto, ocasión en la que transcurre el argumento, es decir, treinta y cuatro años antes del Quijote. Este caso es especial debido a que el dramaturgo conoció personalmente a Cervantes y, probablemente, estuvo enterado de su participación en esta crucial batalla, así que el error debió de ser adrede. Pero además, recoge de la novela el capítulo XXII de la Primera Parte en que se narra la aventura de los galeotes, pues la comedia se basa en ellos, de los cuales el señor Lesmes es trasunto de don Quijote, pues al igual que él enloqueció leyendo libros de caballerías. Sin embargo, hay diferencias entre los dos personajes: Lesmes es un delincuente, mientras que don Quijote libera a los delincuentes y también el personaje de Vélez estuvo casado cuatro veces, en cambio el manchego sólo estuvo enamorado de Dulcinea. [106]

A pesar del interés que reviste esta serie de artículos de Pérez y González, se trata de un tratamiento -como ya he indicado- extratextual de la novela. En vez de observar los méritos internos del libro, en realidad, lo que estudia es la incidencia en las comedias dramáticas del teatro del siglo de Oro. Por eso, afirmo, que está en consonancia con la tendencia de La Ilustración de no publicar ensayos inmanentes, es decir, centrados en el texto.

Una vez comprobada la popularidad de nuestra obra tanto en su época como a lo largo de la historia, vendría bien considerar las lecturas que sobre ella nuestra revista inserta en sus textos. A pesar de que en 1905 “los publicistas aceptan con desconcertante unanimidad que don Quijote simboliza la raza española, un tópico que hoy nadie con dos dedos de frente sería capaz de sostener pero cuya fortuna por entonces era enorme”; [107] en La Ilustración apenas se deja sentir esto, aunque haya algunas opiniones que sí trasluzcan esta creencia muy de la época.

En verdad el hecho de que la redacción de la revista esté constituida en su mayor parte por la gente vieja implica que la búsqueda de la identidad nacional en el Quijote no sea la única posibilidad hermenéutica del libro; antes bien, algunos -y digo que sólo algunos- llegan a equiparar a don Quijote como el héroe de la Nación por su triunfo literario, algo que no debe extrañar, -como indicaba al inicio de mi artículo- debido a la crisis psicológica que acarreó el desastre del 98. Sin embargo, esta lectura patriótica del Quijote como orgullo del país que socorre de la humillación internacional a consecuencia de la guerra contra Estados Unidos por Cuba, no es ni mucho menos lo predominante. Piénsese en la afirmación, que ya hice, de que Cervantes es el verdadero protagonista, éste sí que por ser el bálsamo y la cura de los españoles; pero el Quijote, que es un clásico ideologizado por los casticistas, es el motivo de la fama de su autor, y nada más. En efecto, no hay abundantes ni exhaustivas lecturas o críticas de esta obra, ni de ninguna otra de Cervantes, pues sólo les interesa dejar constancia de la universal celebridad que su autor ha conseguido, lo que es un honor para los españoles.

De esta forma, puede afirmarse que el Quijote es calificado por La Ilustración como el “libro que tanto enaltece España, [108] pero esta idea no es dominante ni tampoco abundante, pues el furor patriótico y la subestima nacional con respecto al libro están ya algo alejados en el tiempo. Sin embargo, aún queda el eco de las palabras de Carlyle: “Si España ha perdido su imperio colonial le queda el Quijote y eso es tanto y de tal grandeza que si existe allende el océano alguien que abomine del nombre de España, ese es el primero en descubrirse ante el nombre de Cervantes”. [109]

Probablemente, salvo algunas muletillas literarias -como la que acabo de citar-, el único texto que destaca la lectura patriotera del Quijote por ser un honor para nuestro país sea el poema “Inmortal” de Blanco-Belmonte. En él queda clara esta interpretación, que da apenas sus últimos coletazos en 1905, por lo menos en esta revista; pues una cosa es enaltecer a Cervantes como héroe nacional a causa del auge cervantinista y otra muy distinta leer el Quijote como ejemplo de la valentía y el coraje de la raza española, como encontramos en este poema. Vean algunas muestras de él: “Y es timbre y es lauro y orgullo y blasón”; “Quijotes insignes, asombro del mundo,/ son siempre los pueblos que saben caer”; “La estrofa más pura del himno español”; “¡Malhayan los locos que ofenden a España!”, y así otras cosas del mismo jaez.

Se trae a colación también, en este sentido, la definición de la novela de Juan Valera como “el más español de cuantos libros se han escrito, y el más conforme al pensar y al sentir de los españoles.” [110] Pero esto, repito, no es lo predominante en La Ilustración, es más la excepción que confirma la regla.

Siguiendo con las escasas interpretaciones que sobre el Quijote se esgrimen en la revista, Alejandro Larrubiera en su revisión acerca de los contenidos dedicados a Cervantes a lo largo de la trayectoria de La Ilustración, dedica un apartado especial a la hermenéutica de la novela. Cita las dos lecturas clásicas que, tradicionalmente, se han venido haciendo, una que es una “discreta y donosísima sátira de los libros de caballería, en que va envuelta una amarga censura del ideal caballeresco de la Edad Media, la otra que retrata la oposición eterna entre lo ideal y lo real.”

Aunque se apuntan lecturas más modernas sobre la metaficción y su categoría de precedente de la novela moderna. “El Quijote es un verdadero poema épico, que por la trascendencia de su argumento llega a las alturas de la epopeya.” Esto se debe a que “el nimio escritor presintió teorías literarias muy superiores a las reinantes en su época.”

La oposición entre idealismo y materialismo aparece en varios artículos, especialmente en cuanto a su concreción en los personajes de don Quijote y Sancho Panza. Éstos han sido vistos como la materialización de estas dos posturas, aunque no es enteramente cierto como se puede ver en el hecho de que en la Segunda Parte cambian las posturas que habían encarnado para encarnar la del otro; de aquí, el sentido de la afirmación de Madariaga de que don Quijote se sanchifica y Sancho se quijotiza.

En la revista predomina aún la creencia de que Sancho es el materialismo y don Quijote el idealismo; sin embargo, hay dos artículos renuentes a esta consideración. Fernández Bremón es partidario de la oposición y llega a decir que el materialismo que encarna Sancho triunfa en la realidad del país: “Loco es don Quijote, y le aclamamos y queremos; cuerdo es su escudero, y nos molestaría que nos llamasen Sancho Panza; y, sin embargo, el materialismo del criado ha prevalecido y reina ya en el corazón de casi todos; pero el ideal vence aunque sea exteriormente, y una sociedad de Sanchos rinde tributo a don Quijote”. [111]

Se le suma en esta opinión Larrubiera: “Es su protagonista un loco sublime, al que acompaña un socarrón escudero (...) vive en ellos la Humanidad con sus virtudes, sus vicios, sus amores, sus odios, su eterna lucha entre el bien y el mal; lo sublime y lo prosaico”. [112]

La postura contraria está representada por Juan Pérez de Guzmán y Carlos Luis de Cuenca. [113] El primero es claro en su posición de que “la más vulgar de las apreciaciones que sobre el Quijote se han hecho es la que hace representar al protagonista de la novela de Cervantes como la expresión del espíritu humano y a Sancho como la de nuestra parte material.” El fundamento de este pensamiento lo encuentra en que “ninguno de los dos tipos está nunca ni en ninguna ocasión fuera del tipo de la naturaleza humana y de la realidad.” Es, pues, evidente para él que ambos caracteres predominan en la naturaleza humana; pero además se hace eco del pensamiento de Madariaga de que ni don Quijote es tan idealista ni Sancho tan materialista, los dos tienen ambas actitudes en su personalidad. Así, por ejemplo, Sancho no es tan avaricioso como se le pinta, sino que también es leal a su amo, hasta el punto de creer todo lo que éste le dice, aunque vaya contra la sencillez de lo que sus ojos le dictan.

Cuenca escribe un artículo con el sólo fin de rescatar del olvido a Sancho Panza y encumbrarlo a las alturas de su amo. Hasta ahora, como vengo explicando, sólo había sido interpretado como la encarnación del materialismo, lo que había llevado a destacar sus defectos como labrador. Pero, en este texto se inicia una defensa de su persona, que culmina en nuestros días con un musical de título homónimo cuya bandera es esta apología del personaje. Esto me lleva a desmentir la opinión de Riera de que “la reivindicación de Sancho no se llevará a cabo durante la etapa finisecular sino en la posguerra y entre los poetas sociales,” [114] según demuestra este mismo artículo.

En él, el narrador cuenta una experiencia esotérica fruto de una velada en la que invocó al personaje para preguntarle sobre las fiestas del centenario. Quedémonos con sus quejas acerca del mal trato que ha recibido siempre por parte de los lectores de la obra, que sólo han recordado sus defectos, sin tener en consideración sus virtudes, que también las tiene. Cito textualmente: “Mas no fue con este humilde escudero tan piadosa la suerte, y sobre las hambres, fatigas, manteamientos, sustos y molimiento de huesos que en vida me alcanzaron, han seguido los sabios removiéndomelos después de muerto hasta no dejarme uno sano, y han llegado a ponerme como el tipo del egoísmo grosero y material, incapaz de idea noble y de obra buena”. [115]

Después de justificar su propia apología esgrimiendo los actos bondadosos que en la novela lleva a cabo, Sancho termina instando a que consideremos todo lo bueno que hizo por don Quijote: “Haga porque algún sabio de buen corazón me estudie y averigüe la vida para quitarme de encima esta malísima fama (...) Esto quisiera yo que se averiguara de este calumniado villano, que tan egoísta, soez, materialista e incapaz de sacramentos se imaginan los hombres de ahora (...), por lo cual les parece ya dechado de vicios y saco de maldades lo que antes se llamaba un pobre hombre de bien”.

Acabo la comparación de estos dos protagonistas con las palabras de Valera citadas por Larrubiera: “Don Quijote y Sancho son dos seres llenos de idealidad y realidad, a la vez que compiten en consistencia y en fuerza vividora con los más admirables personajes creados por los poetas épicos y dramáticos de todos los tiempos.” [116]

Hay dos aspectos del Quijote que atraen a los articulistas de la revista, pero que siempre han sido objeto de la atención de los estudiosos de la novela, la posible identidad real de don Quijote y si hubo una edición anterior a 1605. Los dos asuntos están relacionados con la vida de Cervantes, por eso afirmo que un análisis intrínseco de la novela está ausente del tratamiento de La Ilustración. Ambos aparecen en los artículos finales de Pérez y González. [117]

Sobre la posible existencia de una persona que inspiró a Cervantes el personaje de don Quijote, Felipe argumenta que Vélez de Guevara en su comedia El águila del agua crea varios personajes con correspondencia real en su época, uno de los cuales es el ya visto señor Lesmes, de ascendencia cervantina, sin embargo, por esta razón deduce que este tipo literario, como todos los demás de la obra teatral, tuvo un paralelo humano real. Esto es lo que concluye Pérez y González, como puede vislumbrarse de las siguientes palabras: "Es de creer, juzgando por los datos apuntados, que quiso presentar tipos conocidos y populares. ¿Lo sería también el señor Lesmes, vejete monomaníaco por la lectura de novelas caballerescas?" [118] Nuestro articulista es contundente en su respuesta, como unas páginas más adelante consigna: "En 1597 y en 1602 Cervantes estuvo preso en la Cárcel Real de Sevilla, por no rendir las cuentas de sus comisiones, que los contadores reales una y otra vez le pedían. No es inverosímil que allí se encontrara con el Señor Lesmes u otro tipo semejante, que le sugiriera la idea de su don Quijote". [119] Esta hipótesis hoy en día es muy discutida, pero en ella creía Felipe Pérez y González, y yo lo consigno.

Respecto a la posible edición anterior a 1605, punto crucial en el Tercer Centenario pues si se comprobara su existencia, la fecha no sería la misma y habría que modificar la efeméride; Pérez y González aduce varios indicios que demostrarían, cuando menos, la más que probable popularidad de la obra antes de su publicación en 1605. Los tres principales datos que demuestran que la obra podía conocerse, antes incluso de ser imprimida, son los siguientes:

1) Una carta de Lope de Vega fechada el 14 de agosto de 1604 en Toledo, en la que se cita la novela seis meses antes de que se publicara. Ha habido varias explicaciones de esta epístola, pero Pérez y González las desmonta. Para él, no es posible que Cervantes leyera la novela al dramaturgo debido a su enemistad y a la intención desmitificadora que se observa en el Quijote sobre Lope. La otra explicación de que el poeta vio la obra imprimiéndose en Madrid tampoco le satisface a causa de que no da cuenta de por qué los destinatarios de ella, un grupo abundante de poetas, conocían de sobra la historia y los personajes. Por último, es categórico al rechazar una edición anterior del Quijote a 1605 a consecuencia de que “no es de creer que todos los ejemplares de la edición primera, si ésta hubiera existido, se acabaran y destruyeran de modo que no hayan quedado vestigio ni memoria de ellos.” [120]

2) Una mención al Quijote en La pícara Justina. La fecha de salida es de 1605, como el Quijote, pero su privilegio es de 22 de agosto de 1604, mientras que el de aquél es de 26 de septiembre del mismo año. Estamos en un caso parecido al anterior, una alusión a la novela antes de que estuviera dada a la imprenta.

Hasta entonces se había pensado que el autor de La pícara Justina había escrito la alusión, dada la cercanía con la salida del Quijote, cuando éste era ya conocido de voz, pero el privilegio demuestra lo contrario: "Hay que creer que La pícara Justina, tal y como se publicó, salvo las enmiendas hechas por el censor, estaba escrita mucho antes del 22 de agosto de 1604, y que en ella se mencionaba como 'famoso' a don Quijote antes de que el Quijote hiciera en público su 'primera salida'".[121]

3) Varias menciones en La relación de las fiestas de Valladolid con motivo del natalicio de Felipe IV. Es muy extraño, como Pérez y González pone de relieve, que su autor Tomé Pinheiro da Veiga se refiera a la novela como muy conocida por todos, incluso por su destinatario, otro portugués residente en La India, que no podía tener de ningún modo noticia de ella.

Sin embargo, así es en varias alusiones. En una cita compara la belleza de la reina con la de Dulcinea. En otra narra una corrida de toros en la que dos personas salieron disfrazados de don Quijote y Sancho Panza, pero sorprende la descripción que establece de ambos: "En medio de esta universal folganza, para que no faltara mojiganga o entremés, aparecióse un don Quijote, que iba en la delantera, solo y sin compañía, como aventurero, la cabeza cubierta de un enorme chapeo, en los hombros un buen capote de bayeta y con mangas de lo mismo, calzones de velludo y buenas botas (...) Seguíale su escudero Sancho Panza, el cual llevaba calados unos anteojos en señal de autoridad, la barba erguida, y en mitad del pecho una venera del hábito de Cristo."[122] La siguiente alusión narra la escena de una persona disfrazada de don Quijote, toda la vestimenta de verde, que arrodillado requiebra a una mujer callando como Sancho. [123]

De estos pasajes Pérez y González concluye que Pinheiro no tiene exactitud de los personajes de la novela, a pesar de que su lectura debía de ser muy reciente, puesto que llevaba pocos meses en venta. Sin embargo, la descripción de don Quijote conserva la delgadez y Dulcinea la belleza; pero en cambio Sancho aparece como discreto, con autoridad, con una cruz en la pechera y callado, mientras que don Quijote va sin armas. Todo tan extraño que sólo cabe la duda: "Preguntas son éstas que no tienen en verdad respuestas fáciles y envuelven dudas, cuya aclaración no parece que ha de ser tarea sencilla". [124]

La hipótesis de Pérez y González sobre estas menciones anteriores a la publicación del Quijote, que podrían justificar una edición anterior a 1605, son contrarias a esta idea. Su teoría es que Cervantes escribió una novela ejemplar que se extendería a toda la Primera Parte de la Parte salida en 1605. Ésta novelita tendría tanto éxito que obligó al escritor a aprovecharse de él alargando toda la historia, de lo que saldría la primera novela moderna.

Los datos que arguye son la extensión de las cuatro partes en que está dividido el primer Quijote, de los que la primera es considerablemente menor, y la fama que, antes de alargar la obra, ya tendría entre los españoles. No hay, por tanto, una edición anterior, sino un proto Quijote del cual saldría la obra que tenemos entre las manos. Me quedo con sus palabras finales: "Tal vez estas hipótesis no sean más acertadas que las hechas antes de ahora; pero, en mi humilde opinión, explican bastante mejor cómo don Quijote pudo ser conocido y citado antes de que el Quijote se publicara, logrando aquella anticipada fama, a que tal vez debemos el que no quedara reducida la obra a una breve 'novela ejemplar', sirviéndole aquella previa popularidad de halagadora instigación y punzante estímulo para desarrollar su creación". [125]

 

6. Avellaneda

Una cuestión espinosa que aparece de modo reiterado en La Ilustración es el autor del Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda. Lo encuentro tratado en varias ocasiones, pero siempre para zaherir su empeño en proseguir la novela que inició Cervantes. Recientemente con motivo del Cuarto Centenario de la novela, salía publicada una noticia en El País, [126] cuyo titular rezaba así: "Una nueva edición invita a leer sin prejuicios el 'Quijote' de Avellaneda". La entradilla continuaba: "El Quijote de Avellaneda tiene en general muy mala prensa [...] una edición no filológica ni anotada de El Quijote apócrifo que pretende romper el 'monocultivo cervantista' y la 'quijotelatría excluyente' del cuarto centenario.” Probablemente hoy en día nadie lo sabe, pero los prejuicios y la quijotelatría excluyente, como así lo denominan, tiene su origen en el tratamiento periodístico que llevaron a cabo las revistas sobre el Tercer centenario.

La Ilustración no podía ser menos en esta tendencia de 1905 de repudiar al Quijote apócrifo. Por consiguiente, siempre que se alude a Avellaneda y a su Quijote es para criticarlo, denostarlo y vilipendiarlo. No obstante, esto no les impide hacer una lectura objetiva de cuáles son los desaciertos de Avellaneda frente a Cervantes, aunque sí que se olvidan de sus logros, que también los tiene. Yo, personalmente, tengo la experiencia de haberme leído la novela hace ya muchos años, y aún conservo un buen recuerdo de ella

Fernández Bremón [127] analiza de manera pormenorizada la continuación que Avellaneda escribió, pero desde una perspectiva e la que Cervantes es un mártir por haber tenido que sufrir esta mala experiencia. Sin duda algunos se olvidan de que era costumbre inmemorial la continuación de obras literarias afamadas. El motivo por el que Avellaneda es censurable fue por escribir una con el único fin de desacreditar al autor modelo; lo que sí era escandaloso. Dice Fernández Bremón: "[Cervantes] fue mártir porque su obra colosal fue torpemente profanado por un mal continuador, que aprovechándose de sus ideas se atrevió a insultarle". Los adjetivos para referirse a Avellaneda son de lo más expresivos de la tendencia al denuesto propia de 1905, pero que aún hoy perdura: inhábil caletre, ingenio huero, malévolo, ruin, avieso o malintencionado.

Para él, los principales errores de la continuación de Avellaneda estriban en presentar a don Quijote sin estar enamorado y en simplificar los caracteres de los dos protagonistas: "Tendríamos, sí, que culparle por su corto ingenio y torpeza: solo con quitar a Don Quijote la idealidad de Dulcinea y hacer de su locura delicada una especie de borrachera [...] sólo un ingenio huero, teniendo un tipo tan formado y hermoso como don Quijote, un escudero como Sancho y el mundo por delante, pudo sacar tan mal partido de asunto tan preparado y excelente".

Este mismo articulista vuelve a referirse al caso para ejemplificar la costumbre española de quedarnos con todo lo de peor calidad: "Como en España todo se imita, tengámoslas por propias; de aquí eso de la sinceridad que sustituye con la extravagancia el criterio colectivo; la personalidad que iguala a Cervantes con Avellaneda". [128]

Sobre su autoría coinciden todos en su ignorancia, pero se nos transcribe la teoría de José María Asensio que “reconoce por autor de la insufrible y detestable obra del supuesto Avellaneda al conocidísimo y revoltoso confesor de Felipe III, Fray Luis de Aliaga.” Sin embargo, lo único cierto al respecto es que Cervantes se llevó el secreto a la tumba, y que a pesar de que los estudiosos han seguido buscando la paternidad aún no la han averiguado: "Han dedicado todas su diligencia los más conspicuos cervantistas, sin que, hasta la presente, haya coronado el éxito sus loables propósitos [...] es lo cierto que éste [Cervantes] se llevó al sepulcro el secreto de quien tan rastreramente fue al alcance de su gloria". [129]

Debido al encarecimiento que del éxito de ventas y traducciones del Quijote se ha hecho a lo largo de los artículos, no deja de estar en consonancia con eso, la ponderación que se establece sobre el fracaso de la obra de Avellaneda, que “no se reimprimió en ciento diez y ochos años, o sea desde el de 1614,fecha de su aparición, hasta el de 1732. En igual período de tiempo, el verdadero Quijote alcanzó más de cuarenta ediciones.” [130]

Terminan las menciones al Quijote apócrifo con la desestimación y censura que se venía haciendo de él. Pero ya hasta alcanzar un grado radical, porque Fernández Bremón aconseja que para que las fiestas del centenario sean un éxito insta a quemar ejemplares del falso Quijote: " echo de menos -dice- que no se entreguen a los muchachos peleles enmascarados que representen al incógnito Avellaneda y se quemen con ejemplares de su obra".

 

7. Las críticas al Centenario

Pocas referencias críticas ofrece La Ilustración acerca de los festejos del centenario, sin embargo, veamos las que he encontrado. Más que los actos, anteriormente descritos, es mi propósito abordar aquí las críticas a éstos que nuestra publicación escribió.

José Fernández Bremón que en su habitual crónica representa la opinión general de la revista afirma categóricamente acerca de las fiestas: “Hay en los festejos oficiales pequeñez; parecen más propios que de Cervantes, de su estatua de la plaza de las Cortes; se han mezclado, repitiéndolos, el último carnaval y el último homenaje. Sólo podrá darnos alegría cervantesca, si resultase feliz, la invención de las carrozas. Pero la intención es lo que debe agradecerse”. [131]

El acto mejor visto es la retreta militar, pues en la portada del número de la revista posterior a la efeméride se decía: “La retreta militar, organizada por la guarnición de Madrid, ha sido la fiesta más brillante y la de mayor efecto de todas las que se han celebrado para solemnizar el tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. [132]

La crónica teatral a cargo de Carlos Luis de Cuenca sobre la velada dramática en el Teatro Real también es positiva. El motivo que encuentra es la fidelidad al texto original del Quijote, pues, recuérdese, que la finalidad de las adaptaciones era didáctica, pues nadie o casi nadie había leído la novela, y el teatro servía en esta ocasión para darlo a conocer, como indica Pilar Vega, [133] “en estas circunstancias la adaptación dramática aparecía como el instrumento más eficaz de la difusión cervantina. El estrado teatral recobra utilidades didácticas de sabor añejo.” Por eso, la crítica teatral oficial vio con muy buenos ojos las versiones literales: “Con excelente juicio limitáronse todos ellos a dar forma escénica al episodio, respetando fervorosamente la forma inimitable en que Cervantes lo escribió, sin fantasear ni añadir nada”. [134]

Por esta misma razón, en opinión de los críticos, fue acertada la representación de las adaptaciones dramáticas sobre el Quijote para las clases populares, que tampoco conocían la novela: “Los episodios del Quijote adaptados a la escena para ser representados en la función de gala del teatro Real durante las fiestas del Centenario, no merecerían quedar condenados a una sola representación, y la compañía Guerrero-Mendoza tuvo el buen acuerdo de continuarlas en el teatro Español. El público que a ellas ha acudido ha superado en su número y con su aplauso las esperanzas más lisonjeras”. [135]

El balance último no deja de ser bueno, especialmente por la unanimidad de todas las provincias para unirse a la celebración: “Merecen aplauso las provincias que la han celebrado según sus fuerzas; lo merecen cuantos han contribuido con sus trabajos literarios al estudio del libro nacional, su época y su autor, y más aún si remiten impresos o manuscritos sus artículos, para que conste el tributo y puedan estudiarse en el Museo cervantesco de Alcalá de Henares; los orfeones que han venido a Madrid para cantar, y las representaciones provinciales [...] o los organizadores del Museo cervantino de la Biblioteca Nacional”. [136]

 

8. Conclusiones

Quisiera, para acabar este ya largo artículo, recordar las conclusiones más significativas de mi análisis de La Ilustración Española y Americana en referencia a sus contenidos dedicados al tercer Centenario de 1905 del Quijote:

—Si vamos al fondo del asunto, el lector observará que hay dos motivos esenciales que originaron la corriente cervantinista de 1905: El primer factor es el encumbramiento de Cervantes como el gran clásico español merced a la tendencia romántica, aún en boga entonces, de que la literatura es la fuente de conocimiento de una cultura. El segundo estriba en la subestima psicológica de los españoles como consecuencia de la derrota del 98, que tan solo la universalización de Cervantes y su Quijote servía para resarcir y hacer olvidar del fracaso de las colonias.

—En cuanto a los actos del Centenario de 1905, por supuesto que tienen que ver con esta corriente cervantinista de encumbrar al novelista. La iniciativa que partió del periodista Mariano de Cavia demuestra el poder de convocatoria que ya tenía hace un siglo el periodismo, pues en poco tiempo la mayoría de los españoles se habían sumado a esta idea. De este modo, fueron muchos los actos que se desarrollaron, semejantes -por qué no decirlo- a los de este pasado centenario.

—La división entre gente vieja y gente nueva es clave para entender las dos posturas que va a haber en la celebración del centenario. La gente vieja siente predilección por el escritor frente a la nueva que opta, desentendiéndose de esta postura oficial, por prestar atención a la novela y, sobre todo, al personaje, en el que tratan de buscar el alma española. Las revistas literarias, fieles reflejos de las controversias de la época, se escinden en dos actitudes semejantes a la división entre los denominados viejos y jóvenes; aunque en muchas ocasiones las dos tendencias estén presentes pues colaboran personas de las dos corrientes en un mismo sitio. El caso de La Ilustración se encuentra dentro del cervantismo oficial, como demuestra el protagonismo que concede al escritor Cervantes en oposición a la novela. La consecuencia directa es que el tratamiento de la obra es superficial y positivista, atendiendo sobre todo a la fecha de su publicación y a su popularidad en el Siglo de Oro.

—Cervantes es, por lo tanto, el gran protagonista en la revista. Nos lo presentan como ejemplo del escritor ignorado, injustamente, por sus contemporáneos; el centenario es su definitivo reconocimiento, después de tantos siglos. Aunque dedican especial atención a su vida, siempre se centran en sus aspectos más cuestionables, como el caso Ezpeleta, su encarcelamiento o su enemistad con Lope. En cambio, se abordan de modo anecdótico sus obras. De su estilo tan sólo se quedan con su carácter realista.

—Respecto al Quijote, dicen que es el gran libro de Cervantes: lo llaman casi siempre como la “novela inmortal”. Pero, si bien reconocen que es su obra maestra y el motivo por el que el novelista tiene un lugar de honor en la historia de la literatura universal; sin embargo, los articulistas apenas entran en el estudio de la novela. Estudian antes a su autor que al libro, que presentan en sus aspectos más anecdóticos. Así por ejemplo, aparecen varias veces los datos sobre el número de ediciones y traducciones que se han llevado a cabo.

—El estudio más serio que encuentro sobre el Quijote responde a la serie de diez artículos de Pérez y González. Sin embargo, es un claro ejemplo de la tendencia positivista que presenta la publicación. Los primeros cinco, que abordan los anacronismos de las alusiones a la obra de Cervantes en las comedias del teatro aúreo, son muy interesantes, pues vienen a confirmar su popularidad entonces; pero sólo un estudio historicista puede interesarse por demostrar el éxito que tuvo el novelista entre los lectores contemporáneos del siglo XVII. En cuanto a los otros cinco, en los que trata de demostrar que no hubo una edición anterior a la del año 1605, presentan la importancia de no echar por tierra la celebración del Tercer Centenario que se estaba viviendo. Tan sólo un estudioso del siglo pasado podía tener a su favor un conocimiento de tantos datos como para poder argumentar con convicción que la primera edición del Quijote respondía a la del año de marras. Y otro punto que va en este mismo sentido, es la posible identidad real del personaje don Quijote de lo que también se ocupa y parece responder positivamente. Con todo, tengo que decir sobre estos diez artículos que se dejan leer muy bien, a pesar de los años transcurridos y a diferencia de otros, gracias a la amenidad con que están escritos y a la cantidad de ejemplos que su autor se encarga de referir. A ningún lector del Quijote le puede dejar indiferente las pruebas que se aducen sobre las referencias anacrónicas a la novela en otros textos.

—A consecuencia de que no hay un tratamiento crítico exhaustivo del Quijote, no encuentro muchas lecturas de éste. De entre ellas, aprecio de pasada la interpretación patriótica de la novela, que cobra auge en 1905 entre los jóvenes, pero que en La Ilustración tan sólo aparece en muy contados casos, como en el poema “Inmortal” y en alguna que otra muletilla.

—A pesar de que aún se aprecia la definición de don Quijote y Sancho Panza como encarnaciones del ideal y del materialismo, respectivamente, se empieza a sentir la influencia de Madariaga sobre el absurdo de esta idea, ya que ambos personajes evolucionan e interactúan mutuamente, hasta sanchificarse el amo y quijotizarse el escudero.

—Se inicia, por otra parte, la vindicación de Sancho, que él mismo lleva a cabo en un artículo, y culminada en el Cuarto Centenario.

—Sobre Avellaneda tenemos un caso muy típico del siglo pasado: su descalificación absoluta que llega al extremo del vituperio y de exhortar a la quema de su Quijote apócrifo. Es aquí donde debemos buscar el origen de la animadversión actual por su obra.

—En cuanto a la valoración final de los fastos del Tercer Centenario, el balance de la revista es positivo, especialmente en lo referente a las representaciones teatrales por su finalidad didáctica.

—Para terminar, creo que la gran diferencia entre los dos centenarios de 1905 y 2005, siempre a tenor de mi análisis de La Ilustración, es el grado de alfabetización. En la actualidad está casi generalizada, algo imposible en el siglo anterior. De lo cual deseo -acaso inocentemente- que esto signifique que el Quijote se ha leído muchísimo más en este centenario que en el anterior.

De nada serviría este análisis acerca del tratamiento del Tercer Centenario del Quijote por parte de una revista literaria de la época, como es La Ilustración Española y Americana, si no incentiva a la lectura de la novela, al igual que los periodistas de principios de siglo esperaban conseguirlo uniéndose a la celebración mediante sus textos; así que espero, como dice Carlos Luis de Cuenca, [137] que en este Cuarto Centenario de la obra:

“Su conmemoración no debe limitarse a unos días de festejos y homenajes, sino que debe ser un llamamiento al entusiasmo de todos para atraerlo al cultivo permanente de su provechoso, interesante y amenísimo estudio”.

Esto pasó en 1905, pues ha transcurrido todo un siglo y sigue leyéndose, como buen clásico, del que no se acaba nunca su caudal de riqueza. Esperemos que dure muchos siglos y celebre más Centenarios.

 

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Riera, Carmen, El Quijote desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer Centenario, Ediciones Destino, Barcelona, 2005.

Riera, Carmen, “Casticismo y nacionalismo en torno al Quijote”, Ínsula, nº 700-701, abril-mayo, 2005, pp. 23-25.

Vega Rodríguez, Pilar, “Las conmemoraciones teatrales del III centenario del Quijote”, Teatro. Siglo XX, de AA. VV., Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, 1994, pp. 352-368.

Vega Rodríguez, Pilar, “Hasta dentro de cien años: el homenaje del teatro al Tercer Centenario del Quijote (Iª parte)”, Revista Espéculo, nº 32, marzo, 2006 en
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10. La Ilustración Española y Americana, Madrid, 1905, año XLIX:

—Nº VI, 15 de febrero: Kasabal, “El ‘Quijote’ en los salones”, págs. 91 y 94.

— Nº IX, 8 de marzo: Fernández Bremón, José, “Crónica general”, pág. 130.

—Nº XVI, 30 de abril: “El Centenario del ‘Quijote’” (información sobre el programa de festejos), pág. 255.

—Nº XVII, 8 de mayo: Retrato de Cervantes

Textos:

Fernández Bremón, José, “Crónica cervantina”, pág. 258.

Larrubiera, Alejandro, “Cervantes y su obra en La Ilustración Española y Americana”, págs. 262, 263 y 266.

Sbarbi, José María, “Cervantes por de dentro”, pág. 267,

Pérez de Guzmán, Juan, “ Moisés, Homero y Cervantes, o el libro de Dios, el libro de los héroes y el libro de los hombres”, págs. 270 y 271.

Vallejo, Mariano, “Cervantes y Velázquez”, págs. 274 y 275.

Reina, Manuel, “El caballero de los leones”, poesía, pág. 278.

Redondo y Menduiña, Juan, “Dos cartas”, poesía, pág. 278.

Blanco-Belmonte, M. R., “Inmortal”, poesía, pág. 278.

Cuenca, Carlos Luis de, “Sancho Panza en el Centenario”, págs. 278 y 279.

Anuncio: “Reproducción fototipográfica de la Primera Edición de 1605”, pág. 280.

Grabados:

“Reproducción fototipográfica de la página primera de El Quijote, edición de 1605”, portada, pág. 257.

“Retrato de Cervantes”, pág. 259.

Muñoz Degraín, Antonio, “La aventura de los yangüeses”, composición y dibujo, págs. 260 y 261.

Muñoz Degraín, Antonio, “Coloquio entre Don Quijote y Sancho Panza después de la aventura de los molinos”, composición y dibujo, pág. 264.

Moreno Carbonero, José, “Aventura del ingenioso hidalgo con los corderos”, dibujo, pág. 265.

García Hispaleto, Manuel, “Casamiento de Basilio y Quiteria”, cuadro, págs. 268 y 269.

Gisbert, Antonio, “Don Quijote en casa de los duques”, cuadro, pág. 272.

Lizcano, Ángel, “Cervantes y sus modelos”, cuadro, pág. 273.

“Palacio de los duques en Pedrola, residencia temporal de don Quijote”, pág. 275.

Domínguez, Manuel, “Sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza”, cuadro, págs. 276 y 277.

“Eduardo Grutzner acabando su cuadro Don Quijote”, fotografía de Jaeger & Georgen, de Munich, pág. 280.

—Nº XVIII, 15 de mayo:

Textos:

Fernández Bremón, José, “Crónica general”, pág. 282.

Cuenca, Carlos Luis de, “Crónica teatral”, pág. 287.

Grabados:

“Portada especial Tercer Centenario”, pág. 281.

“Madrid: Fiestas del Tercer Centenario del Quijote. Retreta militar. La Carroza-Farola. La retreta en la plaza de armas del Real Palacio”, fotografía de Muñoz Baena, pág. 281.

“La tribuna Real. Carroza de la Diputación”, fotografías de Muñoz Baena, pág. 284.

Díez Huertas, Ángel, “La batalla de flores: Coche de la señora de Peñalver, que obtuvo un premio que fue renunciado a favor de los pobres”, pág. 285.

“La batalla. Carroza de los autores, de los vinateros, del gremio de tejidos y del Círculo Mercantil, fotografías de Muñoz Baena, pág. 288.

“La fiesta musical en la Plaza de toros. Tribuna regia en el pórtico del Congreso. Los orfeones delante del Congreso”, fotografías de Muñoz Baena, págs. 289 y 290.

—Nº XIX, 22 de mayo: Fernández Bremón, José, “Crónica general”, págs. 298 y 299.

—Nº XX, 30 de mayo: Alcázar, M., “Don Quijote, Sancho y las tres labradoras”, dibujo, págs. 320 y 321.

—Nº XXI, 8 de junio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” I, págs. 334 y 335.

—Cuenca, Carlos Luis de, “Crónica teatral, pág. 335.

—Nº XXII, 15 de junio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” II y III, págs. 351, 354 y 355.

—Nº XXIII, 22 de junio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” IV, págs. 374 y 375.

—Nº XXV, 8 de julio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” V, págs. 14 y 15.

—Nº XXVI, 15 de julio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” VI, págs. 19 y 22.

—Nº XXVII, 22 de julio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” VII, págs. 39 y 42.

—Nº XXVIII, 30 de julio: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” VIII, pág. 51.

—Nº XXIX, 8 de agosto: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” IX, págs. 78 y 79.

“Don Quijote de la Mancha”, reseña informativa de una edición nueva, pág. 79.

—Nº XXX, 13 de agosto: Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” X, págs. 94 y 95.

—Nº XLVII, 30 de diciembre: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, composición y fotografía de Luis de Ochaban, págs. 388 y 389.

 

Notas:

[1] Mi agradecimiento a los profesores Antonio Ubach, que me dirigió este trabajo, Mª del Pilar Palomo, que me aconsejó, Guadalupe Arbona, y a Joaquín Mª Aguirre, por publicármelo.

[2] Confer Fernández Bremón, José, “Crónica cervantina”, La Ilustración Española y Americana, pág. 258. Cito los artículos con el nombre de su autor, su título y la página donde aparecen, pero sin la referencia al día y al número de la revista, que vienen en la bibliografía final. Respecto al nombre de la publicación, ya no lo indicaré completo, sino que aparecerá como Ilustración, además sólo cuando sea estrictamente necesario; puesto que no cabe confusión con otras revistas, no en vano mi análisis se centra en una.

[3] A partir de ahora aludiré a la obra, simplemente, como el Quijote, para abreviar su título. Por otra parte, lo pongo en cursiva para distinguirlo del personaje, que va en letra normal.

[4] Cf. Cavia, Mariano de, “Post tenebras spero lucem”, El imparcial, 2 de diciembre de 1903. En este artículo difundió la idea de celebrar, por primera vez, la aparición del Quijote.

[5] Las citas de este artículo de Mariano de Cavia las tomo del ensayo de Carmen Riera, El Quijote desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer Centenario, Ediciones Destino, Barcelona, 2005, pp. 39 y 40. Este libro aborda la prensa catalana en el Tercer Centenario como ejemplo de la floreciente reivindicación nacionalista.

[6] Con esta expresión aludo a otra más correcta, pero más larga también, el Tercer Centenario de la publicación de la Primera Parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Como sinónimo, uso el término Tricentenario.

[7] Cita del artículo de Mariano de Cavia, que recojo de la obra de Riera, op. cit., pág. 40.

[8] Cf. op. cit., pág. 42.

[9] Cf. Vega Rodríguez, Pilar, “Las conmemoraciones teatrales del III centenario del Quijote”, Teatro. Siglo XX, de AA. VV., Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, 1994, pág. 352, donde afirma: “El fracaso del centenario se achacó principalmente a la gestión de la Junta. En una y otra medida, toda la prensa se hizo eco de este sentimiento”.

[10] Bajo el título “El Centenario del ‘Quijote’” apareció en Ilustración el 30 de abril, apenas siete días antes de la inauguración de las fiestas oficiales. Se trata de una información periodística, que viene sin firmar. También me ha servido como fuente para deducir los festejos, una entradilla informativa que viene el día 15 de mayo, pasada la fiesta, en la misma publicación, en la portada bajo una fotografía que cubre la noticia de los actos.

[11] Cf. Ilustración, pp. 281, 284, 285 y 288.

[12] Cf. Ilustración, pp. 289 y 290.

[13] Cf. Vega Rodríguez, Pilar, “Hasta dentro de cien años: el homenaje del teatro al Tercer Centenario del Quijote (Iª parte) ”, Revista Espéculo, nº 32, marzo, 2006 en http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/quicente.html, donde afirma: "[…] aquel año, el 23 de abril, la clásica fecha de la celebración cervantina coincidía con la Pascua de Resurrección. En segundo lugar, porque el rey Alfonso XIII tenía previsto un viaje por el país de algunas semanas de duración que concluyó al comenzar la Semana Santa. Por otra parte, porque fue el 15 de mayo de 1606 cuando partieron rumbo al Nuevo Mundo los primeros volúmenes del Quijote […]"

[14] Cf. Ilustración, pág. 288.

[15] Cf. Ilustración, pág. 281.

[16] Cf. Ilustración, pág. 281, donde se describe en una entradilla que se encuentra al pie de la fotografía.

[17] Cf. Ilustración, pág. 255.

[18] Cf. Vega Rodríguez, op. cit., pp. 355-358, sobre todo lo referido a la función en el Real. También las dos críticas literarias de la Ilustración, pp. 287 y 335.

[19] Cf. Vega Rodríguez, op. cit., pág. 355.

[20] Cf. Ibídem, pág. 355.

[21] Cf. Ibíd., pp. 356 y 357.

[22] Cf. Celma Valero, María Pilar, Literatura y periodismo en las revistas del Fin de siglo: estudios e índices (1888-1907] , Júcar, Madrid, 1991, pág. 13. Para todo lo referente a esta publicación remito a este libro donde se analiza y describe en las pp. 17-21.

[23] Cf. Ibíd., pág. 21.

[24] Cf. Ibíd., pág. 17

[25] Cf. Ibíd., pág. 17: “La mayor parte de los artículos son estudios rigurosos de nuestro pasado en los que se transparenta el orgullo por las glorias pretéritas”.

[26] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[27] Cf. Ibíd., pág. 19.

[28] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pp. 262, 263 y 266.

[29] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 265.

[30] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[31] Cf. Blasco, Javier, “El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular] ”, Anthropos, nº 98-99 (1989] , pp. 120-124.

[32] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 13.

[33] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 14.

[34] Cf. Celma Valero, María Pilar, La pluma ante el espejo (visión autocrítica del “Fin de siglo”, 1888-1907] , Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 1989, pág. 108.

[35] Cf. Riera Carmen, op. cit., pág. 17.

[36] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 20.

[37] Cf. Blasco, Javier, op. cit., pág. 120.

[38] Cf. Celma Valero, op. cit., págs. 109 y 110.

[39] Cf. Celma Valero, op. cit., pág. 168.

[40] Publicados de forma espaciada, como puede comprobarse en la bibliografía. Su título es “Don Quijote antes del Quijote”.

[41] El “Retrato de Cervantes” es el número XVII de la publicación. Se extiende desde la página 257 hasta la 280, un total de 23 páginas. Tiene seis artículos, tres poemas y once ilustraciones.

[42] El número XVIII posee dos artículos y once fotografías y/o ilustraciones.

[43] Cf. Fernández Bremón, José, “Crónica general”, Ilustración, pág. 130.

[44] Cf. Supra, nota 10.

[45] En esta ocasión no se llama “Crónica general” como otras veces -pues se trata de una sección fija-, sino “Crónica cervantina”, Ilustración, pág. 258.

[46] Cf. Ibíd.

[47] Cf. Ibíd.

[48] Cf. Pérez de Guzmán, Juan, “ Moisés, Homero y Cervantes, o el libro de Dios, el libro de los héroes y el libro de los hombres”, Ilustración, pág. 271.

[49] Cuenca, Carlos Luis de, “Crónica teatral”, Ilustración, pág. 335.

[50] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 131.

[51] Cf. Supra, nota 45.

[52] Cf. Vallejo, Mariano, “Cervantes y Velázquez”, Ilustración, págs. 274 y 275.

[53] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[54] Cf. Supra, nota 2.

[55] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[56] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[57] Cf. Cuenca, Carlos Luis de, “Sancho Panza en el Centenario”, Ilustración, pág. 279.

[58] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 130, donde detecta en su estudio sobre la prensa catalana “una preferencia por las situaciones más dramáticas de la vida de Cervantes.”

[59] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[60] Para la muerte y los biógrafos cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[61] Cf. Pérez y González, Felipe, “Don Quijote antes del ‘Quijote’” VIII, Ilustración, pág. 51.

[62] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[63] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[64] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258.

[65] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. VII, Ilustración, pág. 42.

[66] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 130.

[67] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. I, Ilustración, págs. 334 y 335.

[68] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258.

[69] Cf. Ibíd.

[70] Así en Sbarbi, José María, “Cervantes por de dentro”, Ilustración, pág. 267.

[71] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258.

[72] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[73] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. VII, Ilustración, págs. 39 y 42 y X, pág. 91.

[74] Cf. Sbarbi, José María, op. cit., Ilustración, pág. 267.

[75] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. I, Ilustración, págs. 334.

[76] Cf. Ibíd.

[77] Cf. Pérez de Guzmán, Juan, op. cit., Ilustración, pág. 271.

[78] Cf. Vallejo, Mariano, op. cit., Ilustración, págs. 274 y 275.

[79] Cf. Celma Valero, op. cit., pág. 111.

[80] Cf. Ibíd., pág. 109.

[81] Cf. Vallejo, Mariano, op. cit., Ilustración, pág. 274.

[82] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit., I, Ilustración, pág. 334.

[83] Cf. Ibíd.

[84] Cf. Sbarbi, José María, op. cit., Ilustración, pág. 267.

[85] Cf. Ilustración, pág. 257.

[86] Cf. Ilustración, pág. 281 A, porque hay dos portada. La primera es la que comento aquí, mientras que la segunda se refiere a la actualidad del Centenario, analizada anteriormente.

[87] Cf. Muñoz Degraín, Antonio, “La aventura de los yangüeses”, composición y dibujo, Ilustración, págs. 260 y 261 y “Coloquio entre Don Quijote y Sancho Panza después de la aventura de los molinos”, composición y dibujo, Ilustración, pág. 264.

[88] Cf. Moreno Carbonero, José, “Aventura del ingenioso hidalgo con los corderos”, dibujo, Ilustración, pág. 265.

[89] Cf. García Hispaleto, Manuel, “Casamiento de Basilio y Quiteria”, cuadro, Ilustración, págs. 268 y 269.

[90] Cf. Gisbert, Antonio, “Don Quijote en casa de los duques”, cuadro, Ilustración, pág. 272.

[91] Cf. Ilustración, pág. 275.

[92] Cf. Domínguez, Manuel, “Sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza”, cuadro, Ilustración, págs. 276 y 277.

[93] En efecto, esa ilustración, como indico en la nota anterior, se encuentra en las páginas 276 y 277; mientras que el artículo está ubicado en las dos siguientes, 278 y 279.

[94] Cf. Alcázar, M., “Don Quijote, Sancho y las tres labradoras”, Ilustración, págs. 320 y 321.

[95] Cf. Ilustración, composición y fotografía de Luis de Ochaban, págs. 388 y 389.

[96] Cf. Ilustración, pág. 288.

[97] Cf. Ilustración, pág. de la sección de poemas 278 y Cuenca, Carlos Luis de, “Sancho Panza en el Centenario”, págs. 278 y 279.

[98] Cf. Cuenca, Carlos Luis de, op. cit., Ilustración, pág. 279.

[99] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[100] Cf. Ibíd.

[101] Cf. Pérez de Guzmán, Juan, op. cit., Ilustración, pág. 271.

[102] Cf. Vallejo, Mariano, op. cit., Ilustración, pág. 274.

[103] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. I, Ilustración, pág. 335.

[104] Así es. El primero lo destina a ver la influencia de algunas de las otras obras de Cervantes, mientras que sólo los artículos II, III, IV y V abordan la ascendencia del Quijote en la escena. Los otros cinco estudian otro aspecto.

[105] Para todas estas referencias cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. II, Ilustración, pág. 351.

[106] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. III, IV y V, Ilustración, págs. 354, 355, 374, 375, 14 y 15.

[107] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 153.

[108] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[109] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 41, donde lo cita.

[110] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[111] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258. Resulta que la prensa catalana, a pesar de las muchas diferencias que muestra frente a la española, comparte tratamientos parecidos, cf. Riera, Carmen, op. cit., “La comparación don Quijote-Sancho”, pp. 144-149.

[112] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 262.

[113] Cf. Pérez de Guzmán, Juan, op. cit., Ilustración, pág. 271 y Cuenca, Carlos Luis de, op. cit., Ilustración, pág. 278 y 279.

[114] Cf. Riera, Carmen, op. cit., pág. 145.

[115] Cf. Ibíd., pág. 279.

[116] Cf. Larrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[117] Cf. Pérez y González, Felipe, op. cit. V, VI, VII, VIII, IX y X, Ilustración, pp. 14, 15, 19, 22, 39, 42, 51, 78, 79, 91 y 93.

[118] Cf. Ibíd., pág. 15.

[119] Cf. Ibíd., pág. 93.

[120] Cf. Ibíd., pág. 19.

[121] Cf. Ibíd., pág. 22.

[122] Cf. Ibíd., pág. 51.

[123] Cf. Ibíd., pág. 78.

[124] Cf. Ibíd., pág. 79.

[125] Cf. Ibíd., pág. 93.

[126] Cf. El País, diario independiente de la mañana, 29 de mayo de 2005, pág. 32.

[127] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258.

[128] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 282.

[129] Cf. Lurrubiera, Alejandro, op. cit., Ilustración, pág. 263.

[130] Cf. Ibíd.

[131] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 258.

[132] Cf. Ilustración, pág. 281 B.

[133] Cf. Vega Rodríguez, Pilar, op. cit., pág. 353.

[134] Cf. Cuenca, Carlos Luis de, “Crónica teatral”, Ilustración, pág. 287.

[135] Cf. Cuenca, Carlos Luis de, “Crónica teatral”, Ilustración, pág. 335.

[136] Cf. Fernández Bremón, José, op. cit., Ilustración, pág. 282.

[137] Cf. Luis de Cuenca, Carlos, op. cit., Ilustración, pág. 335.

 

© Antonio Ayuso Pérez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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