Ursúa: ficción e historia de una nueva Crónica de Indias

Orlando Araújo Fontalvo

Magíster en Literatura Hispanoamericana
Colegio Karl C. Parrish
Barranquilla (Colombia)
oaraujo@kcparrish.edu.co


 

   
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Resumen: Este artículo analiza la más reciente novela de William Ospina, Ursúa, a partir del legado invaluable de las Crónicas de Indias. Es innegable que los límites entre la realidad y la ficción empezaron a confundirse desde el mismísimo Diario de a bordo del almirante Colón. El hechizo del Nuevo Mundo encandiló por igual a los cronistas, soldados, frailes y letrados, que nunca supieron muy bien dónde empezaba o terminaba aquella exuberante realidad. La ficcionalización de la historia en Úrsua es otro aspecto que toca este trabajo, así como los vínculos evidentes de esta obra con la nueva novela histórica y el campo de la novela en Colombia y América Latina.
Palabras clave: Ficcionalización, historiografía, crónicas de Indias, metahistoria, retextualización.

Abstract: This article analyzes William Ospina's more recent novel starting from the important legacy of the Chronicles of India. It is undeniable that the limits between the reality and the fiction began to disappear from admiral Columbus manuscripts. The charm of the New World dazzled the columnists equally, soldiers, friars and literate who never knew very well where it began or it finished that exuberant reality. The manipulation of the history in Ursúa is another aspect that is analyzed in this essay, as well as the evident bonds of Ursúa with the new historical novel and the field of the novel in Colombia and Latin America.
Key Words: Ficcionalización, historiography, chronic of India, metahistory, retextualización.

 

El poeta William Ospina, me atrevo a decir que en buena hora, se ha dejado seducir por el hechizo moderno de la novela. Nacido en los Andes de Colombia, Ospina ha publicado sin prisa libros de poesía y ensayo que lo han posicionado como una de las plumas principales del campo literario colombiano. Su triple condición de poeta, ensayista y traductor, le ha permitido moverse con solvencia por los temas más variados y de paso le ha granjeado una sólida reputación de intelectual de peso y valía. Hace un poco más de un año, publicó su primera novela y la nombró con el apellido de su personaje principal. Ursúa (2005) en sin duda una obra de largo aliento. Una de esas raras novelas en las que el dominio de los recursos técnicos y la deslumbrante belleza del lenguaje priman sobre cualquier otra consideración.

Las Auroras de sangre (1999), el lúcido ensayo de Ospina sobre Juan de Castellanos, se percibe ahora como un antecedente inmediato para su saga sobre el conquistador navarro Pedro de Ursúa. Recordemos que Castellanos fue primero compañero y amigo de Ursúa, luego le dedicó hermosas páginas en sus Elegías de Varones ilustres de Indias, y es ahora en la novela de Ospina una de las poquísimas figuras españolas que son tratadas con benevolencia.

Me alegra poder contar [dice el narrador] que conoció en Santo Domingo a mi maestro Oviedo, quien quedó fascinado por su curiosidad y su cultura, pues no abunda en las Indias quien conozca a Aristóteles y a Bernardo de Siena, ni las sabias palabras de Agustín sobre el lenguaje, ni los tratados de Tomas de Aquino sobre las jerarquías de los ángeles, ni los versos maravillosos de Bernardo Silvestre. (381)

No obstante, el germen de esta Nueva Novela Histórica hay que rastrearlo en las Crónicas de Indias. Esas inasibles curiosidades que han atravesado el espacio y el tiempo en una suerte de metamorfosis textual que las ha llevado a ser percibidas, dependiendo del lector y sus circunstancias, como textos informativos, documentos oficiales, materiales históricos u obras de la más refinada ficción. Y en este punto, resulta imposible no pensar en el Almirante Colón maquillando sus Cartas para financiar sus viajes sucesivos; cómo no percibir el enfado y la vehemencia autobiográfica de Bernal Díaz del Castillo escribiendo su Historia verdadera de la conquista de Nueva España para que ningún capellán aparecido como López de Gómara le arrebatara la gloría al contar de oídas lo que él había vivido en carne propia; cómo no entrever las licencias literarias que se tomó el tesorero Cabeza de Vaca para escribir sus Naufragios y describir su pesadilla, cómo no vislumbrar a Rodríguez freyle muerto de la risa narrando entre líneas los negocios turbios de Juana García y los deslices de Doña Inés de Hinojosa, mientras los inquisidores españoles, convencidos, lo juraban ocupadísimo con los rigores científicos de la historia. Con esos mismos materiales ha forjado William Ospina su primera resignación, como diría Gabo; una novela con ribetes épicos que exhala poesía, erudición y talento.

Pues bien, para entender mejor el propósito de esta novela, que se me antoja una nueva Crónica de Indias, quiero empezar con la opinión siempre vigente de Aristóteles. Para quien “la obra propia del poeta no es tanto narrar las cosas que realmente han sucedido, sino narrar las que podrían suceder” (Aristóteles, trad. 2000, 39). En ese sentido, la función del autor de ficciones históricas no consiste en volver a contar lo que pasó, constreñido por la camisa de fuerza que supone el discurso heterónomo de la historia. Su función, si se quiere, es más autónoma y elevada como lo explica el propio Ospina en una de sus entrevistas (Manrique, 2006):

Mi esfuerzo es sólo por ver lo no visto y por contar lo no contado (…) El historiador tiene una gran limitación y es que le está prohibido casi del todo imaginar. Se ve obligado a sujetarse a los documentos, está limitado para la especulación. El novelista, por el contrario, tiene el privilegio de nutrirse de las investigaciones históricas y completar el cuadro con su imaginación. Sabe que en la realidad llueve y que los caballos relinchan, que el viento sopla, que las muchachas suspiran, que los hombres estornudan y escupen. Sabe que introducir esas cosas no sólo no traiciona el relato, sino que lo hace vívido. Para el hombre común, la verdadera historia es la novela histórica, que aspira al rigor pero que no anhela la verdad sino sólo la verosimilitud. (3-5)

Este esfuerzo del que habla William Ospina es precisamente el proyecto estético y narrativo de lo que se conoce como Nueva Novela Histórica. El objetivo fundamental de este tipo de obras no es otro que la revisión del discurso histórico, plagado de silencios y mentiras oficiales, a través de una escritura que ficcionaliza el pasado y lo reinterpreta. En ese sentido, la Nueva Novela Histórica ha funcionado en América Latina como una eficaz hermenéutica del pasado que ha permitido al mismo tiempo una más honda compresión de los avatares del presente continental.

El autor de Ursúa, por su parte, reconoce que su personaje “ha sido un instrumento para hacer un recorrido por el territorio de Colombia y para hacer una incursión en su pasado. La sorpresa mía es que el territorio es el mismo cinco siglos después y los hechos a menudo idénticos”. (Rondón, 2006, 6). El tejido argumental de la novela se fundamenta precisamente en la reconstrucción ficcional de la vida del conquistador navarro Pedro de Ursúa. Su temprano arribo al Nuevo Mundo en busca de aventuras. Su ascenso vertiginoso y fortuito al poder. Su lealtad a la Corona y su pasión demente por la crueldad y la violencia. Pero sobre todo, su infinita sed de riquezas y su sueño siempre postergado de hacer morder el polvo al rey dorado de la laguna.

Fiel al precepto de contar lo no contado, William Ospina rescata del silencio y del olvido la figura histórica de este feroz guerrero español del siglo XVI. Curiosamente, a la historia oficial siempre le atrajo mucho más la figura demencial de su asesino: el traidor Lope de Aguirre. Lo propio pasó con el cine y la mítica película Aguirre o la ira de Dios, del alemán Werner Herzog y en múltiples ocasiones con la misma narrativa histórica hispanoamericana, desde Arturo Uslar Pietri en Venezuela hasta al magnífico narrador Abel Posse en Argentina. Para William Ospina, sin embargo, la resignificación ficcional de Ursúa arroja un chorro de luz en las brumas del presente:

Su historia de gobernador a los diecisiete años, su condición de espada implacable y obediente en las manos de un juez que violaba la ley, su imagen como el primer modelo de los guerreros que desde entonces no han abandonado a Colombia, lo hacen a mi ver más notable que Lope de Aguirre. Aguirre es un demente y un mero asesino, pero Ursúa representa a la vez la gallardía y la brutalidad de la Conquista, esa contradictoria avanzada de civilización y barbarie, de elegancia y cinismo que fundó estas naciones. (Ospina, 2006, 2)

En términos generales, los novelistas colombianos han privilegiado la Colonia como cronotopo para sus ficciones históricas. Pocos habían descendido a las honduras brutales de la Conquista. Y menos aún con la disciplina investigativa y la gratificante clarividencia poética del nuevo narrador tolimense. No en vano afirma estar persuadido de la sentencia incontestable según la cual “los historiadores escriben libros de historia para que los escritores se los cuenten a la gente” (Rondón, 3). Si se pudiera sintetizar en una sola frase la fórmula generadora de toda la novela, diría que no es otra que “hacer sentir el pasado con la eficacia del lenguaje de hoy”. (Rondón, 4).

Y así arribo a uno de los grandes aciertos de la novela: su refinada estrategia narrativa, no por novedosa, pues este valiente mundo nuevo, como lo llamó Carlos Fuentes, ya no es tan reciente y hasta el mismo hijo del telegrafista de Aracataca percibió en Ursúa un inocultable regusto a Joyce. La novela está narrada por un amigo fiel seis años mayor que el protagonista, un mestizo plenamente consciente de su proceso narrativo que se debate, como muchos de los personajes de Borges, en la discordia de dos linajes, la Europa civilizada y la América bárbara confluyen en su sangre. “Toda mi vida [confiesa el narrador] he vivido la discordia de ser blanco de piel y de costumbres pero indio de condición” (344). Lo cual le confiere a su monólogo una doble perspectiva que enriquece la polifonía de la novela. El padre del narrador, es bueno decirlo, fue uno de los hombres que, bajo las órdenes de Francisco Pizarro, en una tarde de absoluta infamia, “masacraron a siete mil incas lujosos del cortejo real en las montañas de Cajamarca” (36), el mismo que trató en vano de ocultarle a su hijo el origen impuro de su sangre y confino a su madre indigna y amerindia a los quehaceres de la servidumbre.

Además, aunque el narrador, al mejor estilo de Scheherazade, comienza advirtiendo: “yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte”(13) y se llena la boca diciendo: “muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales”(13), no es menos cierto que el auténtico focalizador de muchas de esas historias no es él sino el propio Ursúa y entonces se pregunta con razón: “Quién sabe cuantas cosas de las que me contó, y que yo he repetido en estas páginas, fueron imaginadas o alteradas por él” (69). Lo que refuerza las premisas de los historiadores postmodernos que no pueden dejar de reconocer la enorme importancia de la invención del lenguaje en el discurso supuestamente objetivo y científico de la historia.

Además de lo anterior, William Ospina se propone superar la linealidad del discurso de las Crónicas de Indias y elabora una compleja filigrana de acontecimientos simultáneos que sin embargo brotan con la fluida naturalidad de las culturas orales primarias, porque, como dice el novelista, “hoy no queremos seguirle el curso a un solo destino y a una sola secuencia de hechos, sino vivir el asombro de lo complejo y de lo múltiple” (Rondón, 4). De manera que si Maluco, la extraordinaria obra de Napoleón Baccino Ponce de León, en la que el bufón de la flota narra la odisea de Magallanes en la primera circunnavegación del planeta, lleva por subtítulo la novela de los descubridores, Ursúa bien puede ser bautizada desde ya como la novela de los conquistadores.

En una suerte de Aleph simultáneo, en las páginas de Ursúa, desfilan de cuerpo entero los más grandes y connotados paladines de la crueldad. Ahí están, con Dios, pero sin ley, atrapados como moscas en la telaraña de la fatalidad, Heredia, Belarcázar, Jiménez de Quesada, los hermanos Pizarro, Alonso Luis de Lugo, Ursúa y una interminable recua de guerreros implacables y malandrines sin escrúpulos al servicio de

una corte imperial arraigada en los siglos y un emperador ungido por Dios, y santos frailes y clérigos y deanes y obispos, cardenales mitrados y el santo Papa en las colinas de Roma, con su anillo irradiando sobre todos los reinos, y más allá de todo Cristo indefenso suspendido en la Cruz, bañando al mundo con su sangre bendita. (302)

Es posible que algunos lectores perciban cierto maniqueísmo trasnochado en la representación severa de unos españoles malvados devastando a sangre y fuego, a caballo y con perros comedores de testículos, un paraíso de indios valientes cuya más prominente representación en la novela sería el gallardo francisquillo, el niño guerrero de los yariguíes que les enviaba alimentos a los maltrechos españoles antes de combatirlos con toda ferocidad, pues aunque los odiaba más que a cualquier cosa en el mundo, “no consideraba decente y digno pelear con enemigos que se encontraran en malas condiciones, débiles o hambreados. Por ello procuraba alimentarlos bien, para que estuvieran en condiciones de pelear con vigor, y para que fuera verdaderamente honroso derrotarlos” (374). Así mismo, es más que probable que a muchos quisquillosos la oposición axiológica de los personajes les parezca un alegato de vencidos. La novela de William Ospina, en todo caso, está muy lejos de las simplificaciones del resentimiento y la denuncia. “Un relato escrito con amor en castellano [dice el autor] no puede ser un rechazo a la cultura occidental. Es una muestra de la sensibilidad de esa cultura, de su capacidad de mirar críticamente sus propios excesos” (Manrique, 2006, 3).

William Ospina, hay que reconocerlo, ha escrito una obra espléndida, cuyas virtudes, que no son pocas y no he agotado en estas páginas, opacan de lejos su supuesta falta de pericia narrativa. Y el lenguaje para semejante proyecto estético e ideológico no podía ser otro que el horror al vacío que provoca los excesos y la desmesura del barroco. Por eso el cronotopo exuberante, la multiplicidad de historias y destinos, la superabundancia, la excentricidad, las múltiples perspectivas, el asombro del que escribe y describe por primera vez, la carpintería del lenguaje en busca del término exacto e imposible, la enumeración infinita e insuficiente, la contradictoria realidad de portento y degradación del Nuevo Mundo. En Ursúa, para decirlo en los términos de su propio narrador, los relatos se multiplican y son como bandadas de pájaros de colores en las que uno no sabe a cuál mirar…

 

Bibliografía.

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Texto leído en el marco del XXIV CONGRESO NACIONAL DE LINGÜÍSTICA, LITERATURA Y SEMIÓTICA, Valledupar, noviembre 24/26 de 2006.

Orlando Araújo Fontalvo. Licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad del Atlántico y Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Ha sido catedrático en algunas universidades de Bogotá y Barranquilla y fue profesor asistente de Novela Hispanoamericana en el Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo. Diferentes artículos de su autoría han sido publicados en revistas especializadas. Ha participado como ponente en congresos nacionales e internacionales. Actualmente, es profesor del Colegio Karl C. Parrish, en la ciudad de Barranquilla.

 

© Orlando Araújo Fontalvo 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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