Verdades y mentiras del señor Martín Fierro

Fernando Sorrentino

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Aunque en ningún momento se especifica el dónde, resultará obvio -según lo revela el desarrollo ulterior- que el principio de La vuelta de Martín Fierro (1879) está situado en una pulpería. Comienza directamente, a la manera de una obra teatral, con el discurso del héroe, [1] que se extiende, a lo largo de 1706 versos, hasta el canto XI inclusive.

En éste ya no se emplean las prevalecientes sextinas sino que la narración se constituye en versos de romance [2] con asonancia en éo. Cuando Hernández compuso El gaucho Martín Fierro (1872), ni siquiera imaginaría que, seis o siete años más tarde, iba a escribir La vuelta de Martín Fierro: ahora -ya que no puede volver atrás para modificar nada- necesita redactar el canto XI: en él regresa al tiempo presente de la narración, recapitula episodios anteriores, precisa hechos y lapsos, pone orden en la estructura narrativa del Poema[3] y termina anunciando la presencia, en la pulpería, de dos de sus hijos (que, a continuación, narrarán sus respectivas historias). Pero, por añadidura, enriquece psicológicamente a su personaje, mostrándolo, no como un inverosímil semidiós virtuoso, sino como hombre en quien confluyen miedos, contradicciones, deseos de obtener aprobación…

El protagonista se da a la tarea de reconstruir y sintetizar los episodios centrales de su vida, narrados en El gaucho Martín Fierro. [4] Acaba de volver de tierra de indios, donde pasó los últimos cinco años. Gracias a las informaciones que le brindó un amigo, está enterado de las novedades producidas durante su ausencia.

Pero no sólo reconstruye y sintetiza, sino que -rasgo muy humano- tiende a justificarse y a minimizar su parte de culpa en los sucesos en que derramó sangre. Éstos, cronológicamente, son tres: la pelea con el negro, la pelea con el terne [5] (es decir, el bravucón) y la pelea con la partida de la policía.

Empecemos por analizar este último episodio. Consta en el canto IX de El gaucho Martín Fierro. El amigo le había dicho

que ya no hablaban tampoco
[…]
de cuando con la partida
llegué a tener el encuentro.

Y, naturalmente, alega sus razones:

Esa vez me defendí
como estaba en mi derecho,
porque fueron a prenderme
de noche y en campo abierto.

Es verdad: en El gaucho Martín Fierro se nos dijo:

Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas.

Ahora, cinco años más tarde, Martín Fierro evoca la llegada de los policías:

se me acercaron con armas,
y, sin darme voz de preso,
me amenazaron a gritos
de un modo que daba miedo,
que iban a arreglar mis cuentas,
tratándome de matrero:
y no era el jefe el que hablaba
sino un cualquiera de entre ellos,

Todo lo que consigna es rigurosamente cierto, como podemos verificarlo al consultar El gaucho Martín Fierro (IX):

«Vos sos un gaucho matrero»,
dijo uno, haciendosé el güeno.
«Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que viene a ajustar tus cuentas;
te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día».

Martín Fierro juzga el episodio ocurrido un lustro atrás y comenta:

y ése, me parece a mí,
no es modo de hacer arreglos,
ni con el que es inocente,
ni con el culpable menos.

Por lo cual, y tal como lo manifestó antes,

Esa vez me defendí
como estaba en mi derecho,
porque fueron a prenderme
de noche y en campo abierto.

De manera que, en este caso, Martín Fierro se ha ajustado a la verdad.

Pero, ¿qué ocurre con los dos episodios anteriores, ambos acaecidos, no cinco, sino siete años atrás?

a) Pelea con el negro

El amigo le había dicho

que ya nadie se acordaba
de la muerte del moreno.

Parecería muy verosímil que, tras siete años, ya nadie recordase esa muerte; sin embargo, y como se verá en La vuelta de Martín Fierro (XXX), este aserto resulta equivocado.

La gente, reunida alrededor de Martín Fierro, lo escucha con atención: ¿qué mejor momento, entonces, para explicarse, justificarse y tratar de obtener aprobación?:

aunque si yo lo maté
mucha culpa tuvo el negro.
Estuve un poco imprudente,
puede ser, yo lo confieso,
pero él me precipitó,
porque me cortó primero,
y a más me cortó en la cara,
que es un asunto muy serio.

Ocho versos para rememorar y mitigar sus culpas. Dijo:

aunque si yo lo maté
mucha culpa tuvo el negro.

¿Mucha culpa tuvo el negro…? Más bien parecería que el único culpable de haber desencadenado la pelea no es otro que el mismo Martín Fierro. Porque, tal como lo cuenta en El gaucho Martín Fierro (VII),

Como nunca, en la ocasión
por peliar me dio la tranca,
y la emprendí con un negro
que trujo una negra en ancas.

Al ver llegar la morena,
que no hacia [6] caso de naides,
le dije con la mamúa:
«Va… ca… yendo gente al baile».

La negra entendió la cosa
y no tardó en contestarme,
mirándome como a perro:
«Más vaca será su madre».

Y dentró al baile muy tiesa,
con más cola que una zorra,
haciendo blanquiar los dientes
lo mesmo que mazamorra.

«¡Negra linda!», dije yo.
«Me gusta… pa la carona»,
y me puse a talariar
esta coplita fregona:

«A los blancos hizo Dios,
a los mulatos san Pedro,
a los negros hizo el diablo
para tizón del infierno».

Habia estao juntando rabia
el moreno dende ajuera;
en lo escuro le brillaban
los ojos como linterna.

Lo conocí retobao,
me acerqué y le dije presto:
«Por… rudo que un hombre sea
nunca se enoja por esto».

Corcovió el de los tamangos
y, creyéndose muy fijo,
«¡Más porrudo serás vos,
gaucho rotoso!»,[7] me dijo.

Martín Fierro comete, sucesivamente, las siguientes acciones repudiables: llama vaca a la negra; le dice que le gusta pa’ la carona, es decir, para la cama; se muestra racista, al identificar a los negros como creados por el diablo; al negro lo tilda de porrudo.

Siendo esto así, ¿qué culpa le puede caber al negro, que no hace otra cosa que reaccionar ante la serie de agravios que Martín Fierro les dirige a él y a su mujer?

Algo de esto admite Martín Fierro:

Estuve un poco imprudente,
puede ser, yo lo confieso.

¿Sólo un poco imprudente…? Más bien estuvo todo lo imprudente que se pudo haber estado, pero es cosa sabida que el hombre tiende a empequeñecer sus culpas y a proyectarlas sobre los demás:

pero él me precipitó,
porque me cortó primero,
y a más me cortó en la cara,
que es un asunto muy serio.

Que el negro lo cortó en la cara, que era un asunto muy serio porque significaba una cicatriz visible, es cierto. Pero es falso que lo haya cortado primero, pues, antes de que el negro lo hiriese con el cuchillo, ya Martín Fierro lo había golpeado dos veces (una, con el porrón de ginebra; la otra, con la cara de la hoja del facón):

y un golpe le acomodé
con el porrón de giñebra.

Unos segundos más tarde:

y en el medio de las aspas
un planazo le asenté.

Como consecuencia:

Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida.

O sea que, de los dos contendientes, el primero que es herido y que pierde sangre es el negro y no Martín Fierro. Por lo tanto, éste busca, por medio de una mentira, atenuar su culpa.

En ese canto VII de El gaucho Martín Fierro hay otras circunstancias penosas, que vuelven más reprobable la acción del héroe. Los negros han concurrido al baile con la idea de pasar un rato agradable y, lejos de eso, a los pocos minutos de llegar se vieron envueltos en la inimaginable tragedia que le costó la vida al hombre y sin duda destrozó la existencia futura de la mujer. Por otra parte, la negra es impotente espectadora de la pelea y de la muerte de su marido, a la que asiste en medio de lágrimas, tal como lo puntualiza Martín Fierro:

En esto la negra vino
con los ojos como ají
y empezó la pobre allí
a bramar como una loba.

En la pobre asoman la compasión y la culpa; sin embargo (y contradictoriamente), en medio aún de su furia homicida, Martín Fierro piensa en castigarla:

Yo quise darle una soba
a ver si la hacia callar.

Por fortuna, una pizca de lucidez lo disuade y permite que la situación sea un poco menos atroz:

mas pude reflesionar
que era malo en aquel punto,
y por respeto al dijunto
no la quise castigar.

No cabe duda de que -pese a la indulgencia que muestra hacia sí mismo- no podríamos, en este caso, liberar de culpa alguna a Martín Fierro, quien, por otra parte, ha expuesto más mentiras que verdades.

b) Pelea con el terne

Martín Fierro evoca así este episodio:

Me asiguró el mesmo amigo
que ya no habia ni el recuerdo
de aquel que en la pulpería
lo dejé mostrando el sebo.[8]
Él, de engreido, me buscó:
yo ninguna culpa tengo;
él mismo vino a peliarme

Examinemos si es verdad que el terne fue a provocar a Martín Fierro.

La situación es, por lo menos, dudosa. El episodio se relata en El gaucho Martín Fierro (VIII). Recordemos que el terne en cuestión, a diferencia del negro del canto VII, ya era conocido -y detestado- por Martín Fierro, que lo describe sólo con rasgos negativos:

cayó un gaucho que hacia alarde
de guapo y de peliador;
a la llegada metió
el pingo hasta la ramada.
[…]
Era un terne de aquel pago
que naides lo reprendía,
que sus enriedos tenía
con el señor comendante;
y, como era protegido,
andaba muy entonao
y a cualquiera desgraciao
lo llevaba por delante.

Es evidente que experimenta hacia el terne un aborrecimiento feroz. Y, como viene de padecer una sucesión de terribles desdichas, no es extraño que esté predispuesto a la cólera y a la suspicacia. Más aún en este caso, ante la presencia de un individuo, para él, abominable. Quizás está deseando y esperando el menor pretexto para poder pelearse con el bravucón.

Éste

se tiró al suelo; al dentrar
le dio un empellón a un vasco
y me alargó un medio frasco
diciendo: «Beba, cuñao».

Tal vez el terne, utilizando el tratamiento afectuoso y familiar de cuñao, quiso francamente convidar con un trago a Martín Fierro. Si fue así o no, lo ignoramos: muchas veces una misma expresión puede conllevar significados muy distintos para diversos receptores. Pero sí es indudable que Martín Fierro responde, apoyándose en la relación que implica el término cuñado, con un irritante ataque verbal:

«Por su hermana», contesté,
«que por la mia no hay cuidao».

Esta respuesta provoca la airada perplejidad del terne, que, ante su convite -que ahora debemos creer sincero-, recibió una imprevista agresión:

«Ah, gaucho!», me respondió,
«¿de qué pago será criollo?
Lo andará buscando el hoyo,
deberá tener güen cuero,
pero ande bala este toro
no bala ningún ternero».

De inmediato se produce la pelea que Hernández, con su habitual destreza literaria, relata en sólo una sextina y sin mayores detalles: decisión perfectamente sensata, ya que en el canto anterior había descripto con pormenores la lucha con el negro y sería de torpeza narrativa reiterar, muy cercanos, episodios parecidos.

Acaso el terne, con sus actitudes ampulosas al entrar en el boliche y con sus antecedentes, haya exacerbado la ira de Martín Fierro. Sin embargo, parecería que, de nuevo en este caso, no pudiéramos liberar de toda culpa a Martín Fierro. Probablemente ha interpretado de manera errónea las palabras del otro gaucho, atribuyéndoles una intención mordaz que, en verdad, no existía.

 

Notas

[1] Empleo el término héroe no con la acepción de «varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes», sino con la más modesta de «personaje principal de un poema o relato en que se representa una acción».

[2] Hernández comparte aquí la misma idea de Lope de Vega: «las relaciones piden los romances» (Arte nuevo de hacer comedias, 309).

[3] La acción novelística de El gaucho Martín Fierro dura diez años: «tres años en la frontera, / dos como gaucho matrero / y cinco allá entre los indios» (II:1589-1591).

[4] Así como en la segunda parte (1615) del Quijote aparecen referencias a la primera (1605), también en La vuelta de Martín Fierro (1879) hay quienes han leído (o escuchado leer) El gaucho Martín Fierro (1872): «No faltaba, ya se entiende, / en aquel gauchaje inmenso / muchos que ya conocían / la historia de Martín Fierro» (II:1657-1660).

[5] El DRAE registra este término: «(Del caló terno, joven). 1. adj. coloq. Que se jacta de valiente o de guapo».

[6] Formas que, en la lengua culta general, se silabean con hiato, aparecen con sinéresis en Martín Fierro, pero sólo cuando se hallan en el interior del verso; en los pasajes transcriptos encontramos hacia, habia, engreido, mia. En cambio, cuando están al final del verso, siguen la norma general: pulpería, polecía, día, reprendía, tenía.

[7] Este adjetivo rotoso no es gratuito ni intercambiable con cualquier otro: es coherente con lo que había declarado Martín Fierro antes de dirigirse al baile: «No tenia una prenda güena / ni un peso en el tirador».

[8] Cosa curiosa, repite literalmente el mismo verso utilizado en El gaucho Martín Fierro: «lo dejé mostrando el sebo / de un revés con el facón» (1305-1306).

 

Buenos Aires, marzo de 2007

 

© Fernando Sorrentino 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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