Las "charlas populares" de Adeflor

José Luis Campal Fernández

Real Instituto de Estudios Asturianos


 

   
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Resumen: Recuperación de la figura del periodista y escritor gijonés Alfredo García y García, conocido en su tiempo -la primera mitad del siglo XX- como Adeflor.
Palabras clave: periodismo asturiano, regionalismo, "Adeflor"

 

Los medianos y grandes autores de las letras regionales quedan, generalmente, perpetuados en la historia literaria y en la memoria colectiva si se han dedicado a los géneros prestigiados (novela, poesía y teatro). Pero si no ha sido así puede que, como punto de partida, no tengan tanta fortuna, porque aquellos escritores que hicieron de las columnas del periódico -y que no pertenecen a una especie de división inferior con respecto a los que tienen sus obras cosidas y encuadernadas- su territorio de actuación suelen caer en el olvido cuando dejan de frecuentar las páginas de los diarios. Es la del periodismo una zona que proporciona a los creadores fama y admiración entre los lectores que los siguen y aplauden, pero cuando ese contacto regular desaparece, se transforma, con la misma intensidad, en una fosa de indiferencia ante la suerte del periodista y de los logros que éste hubiera obtenido.

Algo de esto me temo que ha ocurrido con el gijonés Alfredo García y García, conocido en su tiempo -la primera mitad del siglo XX- como Adeflor, apodo que construyó alterando el orden de colocación de las letras con las que estaba compuesto su nombre de pila. Siempre con la mayor de las reputaciones entre los integrantes del gremio literario asturiano, Adeflor permaneció al pie del cañón más de medio siglo, pocos años más de los que ya lleva muerto, que son 48. ¿Quién se acuerda hoy de Adeflor? Es más, ¿lee alguien hoy a Adeflor?, ¿aprenden de sus crónicas los que velan sus primeras armas en los periódicos de nuestra provincia? La respuesta, de tener que darla ahora, sería muy cruel, siendo como fue él un maestro de periodistas (creó escuela), frase ésta que se ha convertido en un latiguillo flácido pero que en su caso estaba cargada de verdad y justicia, pues Adeflor fue un estilista que reverenciaba el buen uso del idioma y sus posibilidades, además de un sagaz observador del devenir cotidiano de su ciudad natal en sus múltiples ramificaciones y de un lector avezado y atento, premisa irrenunciable para no caer en la petulancia de creerse infalible; era capaz de descubrir en los principiantes la madera de la que están hechos los auténticos profesionales. Baste decir sólo que a él, que fue sucesor de otra institución de las letras gijonesas como Ataúlfo Friera, le sucedió al frente del periódico decano de la prensa asturiana nada menos que Francisco Carantoña. Ni Ataúlfo Friera, Tarfe, ni Alfredo García, Adeflor, son hoy más que una caritativa sombra en el panorama mediático, y quién sabe si dentro de veinte años, o menos, Francisco Carantoña, Till, pasará a engrosar también esta nómina ignominiosa de aparcados. Ninguno de ellos hizo en vida méritos para ser laminado por la losa del olvido, tan pesada e injusta como difícil de levantar cuando se abalanza sobre un creador.

Contra lo que pudiéramos pensar, Adeflor no estuvo predestinado desde joven a empuñar la pluma con la que levantó acta de la cotidianidad gijonesa, reuniendo, en sus textos de envidiable acabado artístico, las más granadas tipologías que deambulaban por su ciudad, inmortalizándolas en pasajes literarios a base de una tierna ironía que comprende y se apiada de los defectos y debilidades humanas, sabedor de que todos estamos expuestos a contagiarnos de semejantes flaquezas. Durante casi medio siglo, para entender lo que se cocía en Gijón a todos los niveles, para introducirse en el imaginario de esta comunidad y apresar, aunque fuera sólo en la corteza, su esencia había que acudir a las crónicas de Adeflor. Fue, salvadas las comparaciones, que, como es sabido, son siempre, amén de odiosas, embaucadoras, el César González Ruano o el Francisco Umbral que ilustraba a Gijón.

Pero Adeflor tuvo sus vacilaciones al principio de su andadura. Hasta el punto de que, una vez que se había internado en el mundo de la prensa (sus primeras colaboraciones en El Comercio se cifran en torno a 1897) intentó seguir los pasos de su padre, Justo García Fernández, que era maestro y tenía escuela propia, en la que el futuro periodista cursó los primeros años de su enseñanza elemental. De hecho, una vez superado el Bachillerato, que hizo en el Instituto Jovellanos, Adeflor alcanzó el título de maestro elemental y superior de un modo poco rutinario, pues cumplimentó los estudios en sólo un curso. Y cuando su nombre empezaba ya a ser más o menos habitual en las redacciones de rotativos como El Comercio, El Noroeste o El Porvenir Asturiano, siente nuevamente la llamada de la pedagogía y trata de labrarse, como nos refiere Españolito, una posición como profesor de un colegio dirigido por Benito Conde. No renuncia a las colaboraciones periodísticas, pero enfoca su trayectoria más hacia la enseñanza. Prueba de que, al inicio del siglo XX, Adeflor sigue viendo el periodismo como una actividad precaria, subsidiaria y, por lo tanto, incapaz de facilitar por sí sola la supervivencia económica de una familia es que, antes de que concluya la primera década de la nueva centuria, el escritor se ha sacado el título de contador mercantil y la licenciatura de Derecho. Sin embargo, no hará falta que eche mano de estas ocupaciones ni que renuncie a sacarle provecho a sus aptitudes naturales para el comentario de la actualidad que le sale al paso, pues entra, primero, en calidad de redactor en el diario democrático El Noroeste y, apenas dos años más tarde, tiene lugar la reestructuración de El Comercio, recurriendo a él su director, Felipe Requejo, y nombrándole redactor jefe. Se aseguraba, de esa forma, unos ingresos fijos mensuales que iban a permitirle contraer matrimonio al año siguiente de su incorporación a El Comercio, a cuya dirección llegará en 1920. En los dos principales periódicos de Gijón, Adeflor despliega las posibilidades que, entre otros, había vislumbrado en él Tarfe. Va construyendo, artículo a artículo, un edificio robustecido por el cuidado en la composición y transmisión de cuanto bullía en todos los rincones de la ciudad; no desatendió, ni siquiera, la guerra de Marruecos de 1921, haciéndose cargo del relato de sus incidencias, porque al autor agudo y mordaz que Adeflor demostró ser le atraían las circunstancias locales, pero también los aconteceres internacionales o los tejemanejes de los cenáculos políticos.

Su crédito desde la tribuna periodística fue en aumento, como lo prueba, por ejemplo, que los autores de la región le demandasen prólogos, ya que salir al ruedo literario apadrinados por él era tener ya las espaldas muy bien cubiertas. Con páginas de presentación suyas se editaron obras de Ludi, de Marino Busto o del presbítero gijonés Cristóbal Fournier. Resultó tan notable la fama cosechada en la prensa por Adeflor que van a requerir sus servicios desde Madrid, como ha recordado Patricio Adúriz, el último cronista oficial que tuvo Gijón: «Nunca quiso marcharse de su villa natal y desestimó las propuestas con las que se le seducía para que se trasladara a Madrid, en donde se le ofrecía la plaza de redactor jefe de El Sol». Adeflor entonces, como Carantoña décadas más tarde, y a pesar de las regiones y países que recorrería, no se mudaría de Gijón, desde donde iría haciendo su obra, la que le reportaría las mejores credenciales; era tal simbiosis la que existió entre Adeflor y El Comercio que llegó a establecer su residencia en el edificio donde el rotativo tenía su sede. Cuando falleció, el periódico ovetense Región, y en primera página, condensó la valía de Adeflor con las siguientes palabras: «Fue un periodista dominador de todas las facetas de la profesión, en la que hizo descollar su pluma inteligente e ingeniosa. Nadie como él convirtió en naturales relatos los hechos más escabrosos de los tiempos políticos que le correspondieron vivir. Y asombraba la ductilidad de su estilo temperamental, que acostumbraba a verter en el periódico de cada día».

Las alabanzas -todos somos conscientes de ello- son inseparables del momento infausto del fallecimiento, pero Adeflor también las recogió en vida a manos llenas. Por ejemplo, el erudito avilesino Constantino Suárez afirmó de Adeflor, en la época de esplendor de éste, que su escritura iba «desde lo mordaz como polemista hasta la simple gracia, sin más intención que ganar una sonrisa», y enumeró las distintas modalidades periodísticas en las que dejaba su sello inconfundible: «El artículo de tesis o político, la información sensacional, el comentario sutil de la actualidad, la crónica puramente amena, la crítica de arte, con especialidad la de música, en la que tiene raros conocimientos, la correspondencia como viajero». De esto último da exacta medida un libro de 1902 titulado Crónicas (a través de Galicia); en él nos ofrece un recorrido literario por la comunidad vecina y está dedicado «a la eximia escritora gallega doña Emilia Pardo Bazán», quien, asegura Adeflor, le había permitido, con sus escritos, «admirar tanto derroche de poética naturaleza», todo lo cual había movido al asturiano a emprender ese viaje.

Adeflor recibió elogios no sólo en prosa, sino también en verso, y en éste en las dos variedades idiomáticas de Asturias. Fabriciano González, Fabricio, le dirigió en 1925 un soneto que forma parte de su celebrado libro Munchu güeyu con la xente de casa, y cuyos dos tercetos van rematados del modo siguiente:

Fala de too bien y com’un cura,
escribe con maxencia y galanura,
y periodiste ye de bona estrella;

a la risa tomó como collacia,
y si oye daqué, que i cai en gracia,
echa una carcaxá que s’esmorciella.

Adeflor llevó siempre a gala su profesión, a la que le exigía la misma entrega que él depositaba en ella. Y aunque probó fortuna en otros géneros, lo mejor de sí mismo lo dio en sus secciones “Charlas gijonesas” y “Charlas populares” (que no fueron las únicas que tuvo a su cargo), donde las conversaciones en bable brotaban con una espontaneidad y brillo pocas veces igualado en las estampas costumbristas que circulaban entonces y cautivaban a los lectores de la época. En El Comercio las “Charlas populares” se insertaban, con meridiana regularidad, los domingos en su primera página. Constituían un prodigio de acierto psicológico en el dibujo de las conductas juiciosas que exteriorizaban las gentes llanas de una villa marinera como Gijón que iba camino de erigirse en una portentosa ciudad industriosa y fabril. Encontramos en ellas la pasmosa facilidad que asistía al autor gijonés para sacarle todo el jugo costumbrista. El escritor se muestra ingenioso sin ser cansino, al tiempo que habilidoso para afrontar el juego de preguntas y respuestas con que se estoquetean los personajes y que van encadenando con fluidez las réplicas y contrarréplicas. Y es que las charlas de Adeflor son diálogos perfectamente escenificables, sintéticas y sincréticas piezas de inclinación sociológica que apostaban decididamente por una clase de teatro cotidiano hecho en una prosa vivaracha y palpitante, cercana a los modos que tenían los gijoneses de comunicarse en la calle, la plaza o el mercado.

Los personajes que capitalizan la atención del lector ponen en funcionamiento su astucia para sobrevivir en un ambiente de pobreza y necesidad, son arquetipos de gentes realistas a las que la llegada de los nuevos tiempos las superan, pero que, lejos de acobardarse, toman al toro por los cuernos y hacen pasar todas esas «novedades» que se les plantan delante por el turmix de su campechanía. Los protagonistas de las charlas emplean en un bable desenvuelto y muy significativo, un registro con el que todavía hoy se identificarían, y más si son de Gijón, quienes se acercasen a estos textos, porque el autor conoce y comulga con el lenguaje vivo del pueblo. Se trata de un habla que convive, sin desentonar, con el castellano que usa el periodista para hacer las acotaciones descriptivas de la narración, otro recurso netamente teatral que me reafirma en lo antedicho. Pensamos que hay una confluencia bastante acusada entre la psicología de las criaturas de ficción y el periodista que las mueve sobre el papel, ya que éste poseía una forma de expresarse en la que «daba [a su voz] matices llenos de una mezcla de sabia y aldeana intención», como se decía en la noticia de su muerte dada por el diario La Nueva España.

Los títulos que Adeflor les otorgó a sus charlas eran en sí mismos un acierto y una bocanada de aire fresco que hablan de la pujanza que aleteaba en las situaciones imaginadas por el periodista. He aquí tres entresacados al azar del año 1929: “¡Facéi lo que queráis; pero hay que quedar bien pa que non nos venga mal!”, “Pero, ¿ye verdá eso que salió en periódicu?”, “¿Pa qué quies lo que tienes, Samuel?”. Para redondear lo expuesto acerca de estas piezas en las que el escritor pone al descubierto los defectos del ser humano, no me resisto a reproducir un fragmento de una de ellas, publicada el 27 de octubre de 1929 bajo el título “¡Má, qué torreznón!”, en la que unos paisanos maliciosos interrogan a un chaval despabilado, quien va sorteando todas las preguntas que le hacen con una sagacidad que no ha perdido fuelle a pesar del tiempo transcurrido:

-Y tu pá, ¿dónde estará a estes hores?

-Donde el suyu.

-Y ¿dónde está el míu?

-Usted sabrá.

-¿Cuántos jamones vendió tu má esti añu?

-Dos por cada gochu que compró.

-¿Y hay muchos gochos?

-Por lo que se ve sí. Y déjenlos andar por la calle.

-¿Vas a la escuela?

-Toos los días.

-Y ¿qué facéis allí?

-Esperar a que salgamos.

-¿Cuántos son uno y uno?

-A veces tres, si están casaos.

Las charlas de Adeflor alcanzaron tal grado de aceptación que, una vez que aparecían en El Comercio, eran inmediatamente reproducidas por los periódicos y revistas hispanoamericanos dirigidos a los emigrantes asturianos, de tirada más que respetable, publicaciones como el boletín del Centro Asturiano de Buenos Aires o El Progreso de Asturias, semanario que se imprimía en La Habana para la populosa colonia asturiana de la isla. Pero Adeflor nunca les otorgó especial relevancia a estas estampas dialogadas, a pesar del éxito que tenían, de forma que cuando algunas de estas muestras de su peculiar visión del folclorismo local se reunieron en volumen, no lo fueron por iniciativa del autor: los editores en 1935 de las Charlas populares señalan que el autor «nunca ha pensado en hacer libros con lo escrito a vuela pluma en los periódicos, insistiendo en que no merecen la pena».

Cuando publicó sus crónicas, Adeflor no siempre apareció en solitario, pues compartió cartel con otros reconocidos periodistas del momento, como fue el caso de Luis Vigil Escalera, que empleaba los seudónimos de Agustino Vélez Albo o Alegrete. Con éste editó tres obras: 0,50 de tipos y tipadas (1900), colección de artículos a la que siguió Más tipos y más tipadas (1903), y en los cuales trataban, como reconocen los autores, de «caricaturar gentes y pintar escenas “de casa”». Entre ambas salió En vacaciones (1901), donde Adeflor y Vélez Albo nos cuentan una estancia por tierras de Aragón y Barcelona. Los dos prosistas son de la firme convicción de que viajar es muy sano porque se conocen otras realidades que enseñan mucho, ya que oxigenan las ideas y así se consigue que «desechemos unos juicios, rectifiquemos otros y asintamos abiertamente a los que resultan fundados en la verdad y no son producto exclusivo de las preocupaciones, de los espejismos o de la acalorada fantasía de los turistas». Con Vigil Escalera llegó incluso a pensar en publicar un grupo de cuentos que llevaría por título Seis de cada uno, pero esta aspiración, que yo sepa, no pasó de ser un proyecto más.

Pero Adeflor no fue únicamente el periodista portentoso que se ocupaba de hasta tres secciones distintas diarias en El Comercio. En el verano de 1908 ensayó con El concejal un tratado de sátira política que definió como «libro de honda filosofía y de buen humor». Lo presentó como un didáctico «libro de texto para los concejales» cuyo objetivo, afirmaba con indisimulada sorna, no era «poner en ridículo a los señores concejales» porque «sabemos que hay ediles apreciabilísimos» (el empleo de superlativos siempre es muy sospechoso), sino hacer una llamada de advertencia contra los «desaprensivos» que aspiran «a un cargo que tiene más importancia que la que actualmente se le concede, por la excesiva complacencia en creer que cualquiera está en condiciones de ser munícipe». El concejal estaba planificado como la piedra primera de una tetralogía, si bien las siguientes obras, que iban a ocuparse del diputado, del ministro y del rey, no se materializarían.

La senda del teatro no le resultó indiferente a Adeflor. Penetró por ella en sus comienzos y retornó a la misma cuando ya era un autor aclamado. En la escena estrenó cuatro comedias entre 1903 y 1935. La primera fue una pieza social titulada Lucha de clases, a la que también se la conoce como La eterna lucha. La siguieron La señora del palco, en 1916, y Los Rubianes, en 1918, para concluir, en 1935, con El Milanu.

La señora del palco es una comedia en prosa en un acto sobre los celos que transcurre en Madrid, que redactó, según confiesa, en unas horas para una velada del montepío de la Asociación de la Prensa de Gijón y que se estrenó en el teatro Jovellanos el 21 de febrero de 1916, con gran aceptación del público, quien reclamó, con insistencia, la presencia del autor en el escenario, propósito que no vería satisfecho el respetable. Dos años después, Adeflor ofreció en Los Rubianes una comedia en tres actos acerca de los indianos desarrollada en Cantabria y ambientada en el presente. Estrenada el 13 de diciembre de 1918 en el teatro Robledo, de ella escribió Julio García Quevedo en La Voz de Avilés que «está muy bien dialogada, perfectamente movidas las figuras, los caracteres admirablemente delineados, sostenidos a la perfección, sin decaer un instante; y el nervio, el alma del argumento, suavemente llevado, sin transiciones fuertes, nos conduce a un desenlace natural y de efecto». La última aportación suya conocida en el género dramático sería El Milanu, que tuvo su puesta de largo el 18 de diciembre de 1935 en el teatro Dindurra a cargo de la Compañía Asturiana de Comedias del actor gijonés José Manuel Rodríguez y contando con decorados realizados ex profeso para la ocasión por el gran pintor Marola. Por vez primera, la acción de la acción transcurría en un lugar próximo a Gijón y, contra lo que había ocurrido con sus libretos anteriores, no gustó a todos, ya que, mientras entusiasmaba al comentarista de El Comercio, el crítico de El Noroeste escribió, al día siguiente de su estreno, que la obra estaba «trazada sobre la base de un argumento vulgar e inconsistente, con una falta de lógica evidente, y en la que no hemos podido apreciar un acierto que se salvase del juicio general». De la interpretación pensaba L. C. (iniciales del susodicho crítico) que «los actores accionan y reaccionan de una manera inesperada y como automática, sin que el proceso psicológico previo se insinúe siquiera».

A Adeflor sólo lo apartará de las redacciones periodísticas la enfermedad: se jubiló forzado por ella en 1954, cinco años antes de su muerte, acaecida a los 82 años de edad, la tarde del día primero de abril de 1959, a causa, tal y como recogió la prensa regional, «de una larga y penosa» afección que «lo retuvo en cama desde hacía mucho tiempo», pero que no lo amilanó, porque, seguía refiriendo la necrológica de Arias en Región, «él, dinámico y pleno del humorismo que caracterizó toda su vida, soportó con entereza sus dolencias, comentándolas incluso desde un ángulo de resignada ironía». El duelo por la desaparición de Adeflor fue grande y a su funeral en la iglesia de San José y posterior entierro en el cementerio de Ceares asistieron no sólo autoridades políticas como el alcalde en funciones de Gijón, Gil Eloy Díaz, o el delegado provincial del Ministerio de Información y Turismo, ya que hubo una amplísima representación, a título corporativo e individual, del periodismo asturiano y estuvieron despidiéndolo, al completo, las humildes clases trabajadoras de Gijón, esas mismas gentes anónimas que gracias a Adeflor habían adquirido una dimensión más trascendente a través de sus escritos.

Que el autor gijonés desempeñó su labor a plena satisfacción de todos lo demuestra el hecho de que se le concediese la encomienda de número con placa de la Orden del Mérito Civil de Trabajo; de que la Dirección General de Prensa le otorgara el título de “Periodista de honor”; o de que fuera elegido miembro numerario del Instituto de Estudios Asturianos, si bien no llegó a tomar posesión de la plaza porque no leyó su discurso de ingreso, que iba a versar sobre el humor asturiano. A tales reconocimientos el Ayuntamiento añadiría el póstumo de bautizar con su nombre una calle de Gijón, premio que tal vez Adeflor, de saberlo, hubiera estimado por encima de otros honores.

Adeflor fue un escritor de pura cepa que no deben olvidar las nuevas generaciones, porque leyéndolo se aprende a mirar con ojos tolerantes la realidad inmediata y a tratar de asimilarla sin demasiados prejuicios.

 

[Conferencia pronunciada en el Ateneo Jovellanos de Gijón el martes 6 de marzo de 2007, a las 19.30 horas]

 

© José Luis Campal Fernández 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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