“El árbol de piedra”. Entre apariencias y verdades.
14 cuentos náufragos de Joaquín Aguirre

Dr. Luis Quintana Tejera

Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM)

www.luisquintanatejera.com.mx


 

   
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Introducción

He leído con particular interés este volumen de cuentos de Joaquín Aguirre y descubrí en él no sólo el placer de recorrer a gusto cada uno de los paisajes narrativos aquí recreados, sino que además me encontré con un excelente narrador que sabe muy bien de qué está hablando y también conoce a la perfección la manera de expresarlo.

En el quehacer crítico que desempeño me he acostumbrado a identificar prácticamente en seguida las manifestaciones escasas o deficientes que en el marco de la creación literaria aparecen con tanta frecuencia. Por eso, de la misma manera que me reconozco incapaz de evaluar mi propia creación -me hace falta establecer una distancia que no consigo- también expreso el beneplácito que me ha causado leer estos relatos; al hacerlo he ido incorporando poco a poco el mundo que el narrador nos ofrece hasta llegar a concluir que es para mí muy grato leer a Joaquín Aguirre. Y lo es por el estilo depurado que maneja, por la capacidad que posee de incluir en el momento preciso la metáfora adecuada y por esa virtud narrativa -llamémosle de este modo- que le permite dibujar personajes y caracteres con maestría y acierto.

Para demostrar algunos de los aspectos anteriormente esbozados me he permitido escoger un cuento -uno de los que más me gustó- para llevar a cabo un análisis literario que incluye temas, estilo, personajes, sugerencias y símbolos.

 

“El árbol de piedra”

Ya desde el título nos involucramos con un mundo fantástico en donde el personaje -Nabu- vivirá una aventura curiosa al mismo tiempo que aparentemente inverosímil.

El relato comienza diciendo:

El sol despuntaba sobre las montañas y Nabu sabía lo que debía encontrar. Buscaba una roca con forma de árbol, una roca que sobresaliera en el horizonte monótono del desierto.

A pesar de que el cuento se inicia in medias res narrativamente no ofrece desperdicio alguno; quien presenta los hechos va de lleno al tema que desea contar. Arranca de una breve ubicación del paisaje, al mismo tiempo que se nos indica el objetivo de la búsqueda a la que estaba entregado el personaje: una roca con forma de árbol.

Además se encarga de aclarar en el párrafo segundo y mediante exacta analepsis qué es lo que Nabu debe hacer con el árbol cuando lo encuentre, en el bien entendido de que sus amigos mayores ya le habían contado de qué manera las aristas afiladas de la roca se le clavarían en el cuerpo. Aquí comienza la recreación del mito que halla su asiento en el curioso vegetal del relato. Nabu ha tenido una educación tribal y como parte de esta formación se incluyen las historias que supuestamente habían vivido durante aquellos tres días de iniciación por los cuales tenían que pasar todos y cada uno de los miembros de ese clan. El narrador les llama “sus amigos mayores” quienes estaban obligados a contar los sucesos acaecidos durante el lapso mencionado. Sólo mediante este rito de iniciación se podían convertir en hombres verdaderos, guerreros auténticos; si no lo hicieran así retornarían cargados de vergüenza y serían condenados de por vida a las tareas más humillantes.

Concluida la primera analepsis y ya en el cuarto párrafo, quien relata los acontecimientos nos pone de nuevo en contacto con el asustado Nabu, el cual después de llenar de agua el odre que llevaba en la espalda pasa la noche en la zona intermedia.

El cuento muestra y oculta en un incesante juego de reticencias que a la postre nos han de conducir al meollo del asunto. Durante el recorrido que el personaje lleva a cabo en ese día, el narrador aprovecha para introducir una segunda analepsis a través de la cual Nabu recuerda los relatos de sus compañeros en torno a los hechos que debieron enfrentar. Los pensamientos del indígena incluyen los siguientes aspectos:

1. No debía permitir que el temor se apoderara de él.

2. Cuando se aferrara al árbol no podía soltarse de él, porque si lo hacía las bestias nocturnas se verían atraídas por su sangre.

3. Los que no volvían sirvieron de alimento a aquellos monstruos temibles.

4. El recuerdo de los viejos contando las historias reviva su horror.

5. Hay un detalle importante que funciona como clave imprecisa, una suerte de guiño al lector sagaz, puesto que sólo los viejos narraban las historias y quienes supuestamente las habían vivido guardaban silencio, movían la cabeza manifestando un implícito y mantenían los ojos cerrados hasta concluir el relato.

6. El gesto de escuchar con los ojos cerrados había despertado aún más el miedo del muchacho.

7. Nabu interpreta este gesto desde una perspectiva individual: “Con los ojos así, tendrían que estar viendo de nuevo a aquellos seres mientras duraba la ceremonia. Las palabras recitadas llamaban a la experiencia vivida y ellos la vencían cada vez mostrando su valor ante todos.” Ésta es la primera aproximación a la clave anteriormente mencionada que explica de un modo apriorístico lo que después podrá observar y constatar en el marco de un razonamiento a posteriori.

8. Nabu ha oído tantas veces el relato de los monstruos insólitos que ya se lo sabe de memoria.

9. Los hombres resultan divididos así entre los que no volvían y los que habían regresado. En el relato el metalenguaje resulta señalado por la letra cursiva utilizada.

La segunda analepsis concluye con el recuerdo por parte del personaje de la recomendación que le habían hecho al partir: “No mires atrás” “Que tus ojos no busquen tus huellas”.

En el presente de la diégesis, Nabu ha llegado por fin, y aparece en medio del paisaje el temible árbol de piedra. Cae la tarde y la experiencia está a punto de comenzar. El personaje constata lo meramente objetivo, aquello que sus ojos asombrados le permiten ver:

1. Era en efecto un auténtico árbol de piedra.

2. La descripción que le habían proporcionado resultó exacta. De este modo Nabu comienza a “comprobar” lo que había oído de los otros. Veremos en seguida que esta comprobación se va distorsionando y cambia a medida que avanzan los acontecimientos.

3. Su mano temerosa tocó el árbol.

4. Lo invade el respeto ante aquella roca solitaria que es un modo de sentir lo mismo hacia los que habían regresado.

5. Si conseguía sobrevivir -era éste su deseo prioritario- se habría puesto al mismo nivel de aquellos a quienes admiraba.

6. Ahora estaba dispuesto a enfrentarse al dolor, a desgarrar sus carnes como el precio que debía pagar para no perderse en la vergüenza y en la indiferencia como les sucedía a los mudos, a los que no habían vuelto.

7. Antes que las heridas se cerraran debían ser exploradas por los viejos lo cual daría fe de su autenticidad.

Ha llegado el momento curiosamente tan anhelado y tan temido. El narrador no pierde de vista la relación directa que existe entre el paisaje y las acciones del personaje y por eso expresa en profunda metáfora: “El sol ya se enterró”. Nabu se dispone a abrazar al agresivo vegetal y de nuevo, primero se impone la reflexión en torno a lo que se va a hacer, y luego la realización de los hechos. Shakespeare le hace decir a César en la tragedia homónima: “Los cobardes mueren varias veces antes de expirar” Esta expresión se nos antoja como una clave que devela una de las notas dominantes en los acontecimientos narrados. Nabu ha reflexionado tantas veces en torno a lo que teme, que ha sufrido de manera reiterada en cada momento de la preparación de los sucesos el hecho que definitivamente vivirá. En este sentido Nabu es débil y será también cobarde cuando no enfrente los hechos tal y como ellos son.

Abrazó el árbol con fuerza y cerró los ojos. El dolor recorrió su cuerpo. Con los brazos y los muslos tensos, sintió como su pecho se desgarraba al contacto con las cuchillas de piedra. Ahora su mente debía volar lejos de allí.

La descripción del abrazo que une al hombre con el misterio es descrito de una manera genial; se invita al lector a participar de ese mismo dolor que recorre el cuerpo del personaje; las sensaciones plásticas resultan expresadas en ese desgarrarse al contacto con las cuchillas.

Previamente a la pérdida del sentido el indígena se halla expectante aguardando el aliento de las fieras que en cualquier momento lo rodearán.

El relato se interrumpe mediante tres puntos suspensivos que nos conducen al amanecer del día siguiente. ¿Se había dormido o se había desmayado? Con horror repite: “Había fallado”. Sus razonamientos lo conducen a comprender que las fieras no han llegado en esa noche de espanto que esperaba vivir. No había huellas alrededor que le permitieran concluir que las monstruosas criaturas habían estado allí.

Sus pensamientos lo conducen a la expresión de una suerte de paradoja: sería un cobarde si hubiera huido de las bestias; pero él ha cumplido su parte porque ha permanecido en espera de estos monstruos y los que han fallado son ellos puesto que no han asistido al enfrentamiento programado. Por lo tanto, a pesar de estar confundido reconoce que si bien se ha soltado del árbol las heridas marcan su pecho, y no es justo renunciar a todo sólo porque los animales feroces no se han hecho presentes.

Mientras Nabu inicia el camino de regreso hacia la zona intermedia sus pensamientos lo asedian, recicla la información que tantas veces había oído y de pronto, se encuentra con la sospecha de que a los demás, supuestamente valientes, les había pasado exactamente lo mismo que a él: se habían abrazado del árbol de piedra, habían transcurrido heridos la noche temerosa y los monstruos no habían llegado. Como consecuencia de esta reflexión, ¿entonces los guerreros que callaban habían mentido? ¿Todos se habían puesto de acuerdo en ofrecer para el conocimiento de los demás una verdad a medias que era mucho peor que una mentira? ¿Por qué él tendría que exiliarse en el desierto o transformarse en uno de los mudos? Él había cumplido y regresaría con la frente alta.

A pesar de su decisión, las dudas se atropellan en su mente afiebrada:

1. Ha concluido que lo importante es la historia contada y que no importa si los hechos relatados coinciden o no con lo narrado. He aquí un símbolo universal magistralmente alcanzado por el narrador: ¿Cuántas historias contamos los hombres que sólo reflejan el grado de mitomanía que padecemos y en la cual todos nos ponemos de acuerdo para no denunciarnos mutuamente? La complicidad de muchos revela la cobardía de tantos otros.

2. Si todos nos poníamos de acuerdo -se interroga el personaje- entonces, ¿por qué los mudos? ¿Por qué los que no volvían? La respuesta es sencilla después de conocer cara a cara los hechos: los mudos ni siquiera habían llegado hasta el árbol de piedra cumpliéndose en ellos, mejor que en los otros, la frase de César citada supra.

3. “¿Y los que no volvían entonces? Éstos se hallaban en una etapa superior a los anteriores, eran probablemente los más auténticos, porque después de comprobar el fraude de los monstruos no se atrevían a dar el paso de la simulación regresando tan solo con la historia.

4. “Pero, ¿por qué todos callaban? ¿Por qué permitían que esa mentira rigiera la vida del pueblo a través de generaciones?” La respuesta está en la última oración que cierra este párrafo: “Su valor no está en lo que ellos hacen, sino en lo que nosotros vemos”. He aquí la parábola implícita que representa este relato genial de Joaquín Aguirre; y le denominamos parábola porque esta anécdota tiene otra paralela en la vida real que nos muestra a los hombres asumiendo verdades que convienen a todos y entendiendo que lo más importante es cómo vemos y no lo que los otros hacen. Hemos establecido una suerte de contrato social implícito según el cual para que nuestra sociedad de “héroes modernos” siga existiendo es necesaria la mentira.

Se impone así la cobardía, la hipocresía, el ocultamiento y las máscaras del teatro griego alcanzan su plena significación, porque a través de ellas se ocultan verdades que de revelarlas llegaría a conmoverse el estado mismo de nuestras instituciones.

En conclusión, es necesario entregarnos al acto de la simulación como al hecho egoístamente sublime que nos autorizará a seguir viviendo de espaldas a nuestra propia razón. La tarea del hombre de todas las épocas parece haber sido la de tapar conciencias y acallar verdades.

Nabu regresa porque tenía las marcas y la historia; era todo lo que requería para integrarse a esa sociedad de apariencia fútil, trivial, insustancial y vacía.

 

Notas:

[1] Tendría algo que decir de todos y cada uno de los cuentos, porque -en verdad lo señalo- prácticamente no podría excluir a ninguno; pero por razones de tiempo y espacio me veo en la necesidad de destacar únicamente los siguientes: “El beso de Júpiter” por la refinada ironía que maneja así como por el tema propiamente dicho; “El camino del verdugo hacia su víctima” impacta por la recreación en la propia voz del verdugo de acontecimientos tan ingratos; “Linda y Betty” desde una atmósfera científica se eleva hasta alcanzar resultados que probablemente el lector no esperara; “Los fuegos literales” representa una bella metáfora de la vida y la creación en donde el fantasma de la inevitable inquisición amenaza al personaje y lo toma desprevenido en el instante que menos lo espera; por último, “La posición de las estrellas” enlaza los imponderables temas de la superstición hecha carne en el personaje, la creación a costa del otro que ha vivido los hechos, la muerte y el abandono.

[2] Joaquín Ma. Aguirre. 14 cuentos náufragos, presentación de Julia Otxoa, Madrid, Literatura. Com Libros, 2006, p. 43.

[3] Ibidem, p.45.

[4] William Shakespeare. “Julio César” en Obras completas, tomo I, trad. y notas de Luis Astrana Marín, Madrid, Aguilar, 2003, p. 490.

[5] Joaquín Ma. Aguirre. Op. cit., p. 47.

[6] Ibidem, p. 50.

[7] Ibidem, p. 51.

[8] Idem

 

© Luis Quintana Tejera 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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