De cómo Borges no recreó un episodio del Quijote

Fernando Sorrentino


 

   
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Resumen: Revisión de una anécdota recogida por Mª Esther Vázquez respecto al padre de Aldolfo Bioy Casares, contada por Borges, constatación de la aparición de una similar en el Quijote y dudas sobre el origen borgiano atribuido.
Palabras clave: Borges, Quijote

 

María Esther Vázquez publicó La memoria de los días. Mis amigos, los escritores. [1] En la página 86 presenta una semblanza del doctor Adolfo Bioy (1882-1962), es decir el padre de Adolfo Bioy Casares (1914-1999):

Fue ministro de Relaciones Exteriores y presidente de una serie de instituciones prestigiosas, que agrupaban a la alta sociedad argentina de su época. Al mismo tiempo, más allá de este esquema prototípico de personaje importante, se trataba de un señor muy sencillo, casi humilde, incapaz de colocar a nadie en una posición desairada.

Como ejemplo de esta prudente manera de ser, María Esther aduce este testimonio:

Me contó Borges que una noche habían invitado a alguien del campo, quizás un arrendatario o un capataz. El hombre no estaba acostumbrado a ningún tipo de refinamiento y observaba qué cubiertos usaban los otros antes de tomar los que le correspondían. De postre trajeron una fuente con frutas diversas entre las que había varios racimos de uvas y, junto al plato, el bol con agua para enjuagarse los dedos. El invitado tomó las uvas, la fruta más fácil porque no hay que pelarla, y cuando terminó de comerlas, levantó el bol con las dos manos y se bebió el agua. Inmediatamente, se dio cuenta de que algo andaba mal; el clima de la mesa había cambiado. El doctor Bioy, entonces, alzó su propio bol, tomó el agua y con una ojeada invitó a su hijo a hacer lo mismo.

Imposible me resultó no recordar al instante que, mutatis mutandis, lo mismo le había ocurrido a don Quijote en el castillo de los duques burlones de la parte publicada en 1615. Una rápida consulta al libro me reveló que el episodio consta en el capítulo XXXII y empieza con este pasaje:

Finalmente, don Quijote se sosegó, y la comida se acabó, y en levantando los manteles llegaron cuatro doncellas, la una con una fuente de plata y la otra con un aguamanil asimismo de plata, y la otra con dos blanquísimas y riquísimas toallas al hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos -que sin duda eran blancas- una redonda pella de jabón napolitano.

Puesto que no hay aquí espacio para transcribirlo por completo, el lector podrá ver, en el lugar señalado, el gracioso relato. Que concluye de esta manera:

Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le enjugó muy reposadamente; y haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda inclinación y reverencia, se querían ir, pero el duque, porque don Quijote no cayese en la burla, llamó a la doncella de la fuente, diciéndole:

-Venid y lavadme a mí, y mirad que no se os acabe el agua.

La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al duque como a don Quijote, y dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y dejándole enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Después se supo que había jurado el duque que si a él no le lavaran como a don Quijote, había de castigar su desenvoltura, lo cual habían enmendado discretamente con haberle a él jabonado.

En su edición anotada del Quijote, [2] don Francisco Rodríguez Marín comenta:

A lo que parece, esto del lavado de las barbas de don Quijote es reminiscencia de un hecho que se contaba como sucedido en el palacio del duque de Benavente y que trae don Luis Zapata en su sabrosa Miscelánea, publicada en el Memorial histórico español, t. XI. Ya Pellicer indicó la semejanza, a que también se refirió Clemencín, resumiendo el relato de Zapata de esta manera: «Un hidalgo portugués se hospedó en la casa de don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente; y estando de sobremesa, los pajes del conde, por burlarse del portugués, salieron con bacía, aguamanil y toallas, y le lavaron muy despacio la barba, trayendo la mano por las narices y boca y haciéndole hacer mil visajes. El conde, por disimular la burla, y porque no se corriese su huésped, mandó que a él también le lavasen la barba».

Y, en la suya, [3] don Francisco Rico señala:

Es versión de una sabida anécdota, según la cual el rey se bebe el contenido del aguamanil, para no dejar en ridículo al invitado que ha hecho otro tanto.

Menos crédulo que María Esther, declaro con todas las letras que, a mi juicio, la historieta en cuestión jamás sucedió: ni en la casa del doctor Adolfo Bioy ni en ningún otro lugar del mundo. Sólo es un embuste de algún hablador jactancioso (especie abundante entre los escritores argentinos), quien, como vemos, se remonta, más allá del Quijote, hasta el origen tal vez folclórico. El «invitado» ha sido sustituido por el «arrendatario» o «capataz»; el «rey» o el «conde», por «Adolfo Bioy»; el «aguamanil», por el «bol».

Por otra parte, resulta del todo inverosímil que Borges fuera tan ingenuo como para relatar, a modo de anécdota verdadera, un cuentecito literario que cualquier aficionado a los libros reconocería sin vacilar.

Mi conclusión es que, con toda buena fe, María Esther ha confundido dos personas distintas. Le pareció recordar que la anécdota estaba en labios de Borges, cuando sin duda su narrador fue otro individuo cualquiera.

 

Notas:

[1] Buenos Aires, Emecé, 2004.

[2] Madrid, Espasa-Calpe, 1944, tomo VI, págs. 266-267.

[3] Real Academia Española / Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid, Santillana, 2004, pág. 797.

 

© Fernando Sorrentino 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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