¿Un héroe en cierne?: Interpretación de el Chino
en El caldero de oro de José María Merino

Daniel Gier

University of Wisconsin Oshkosh
gier@uwosh.edu


 

   
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Resumen: Aunque el principal objetivo de este ensayo será el de debatir la posible creación literaria de una visión heróica transmitida en los sueños, y su aceptación por parte del lector y la crítica, quisiera sugerir, de lo contrario, que una lectura alternativa se percataría del trágico fracaso personal del protagonista.
Palabras clave: José María Merino, héroe.

 

El marasmo de planos temporales, la ambigüedad creada por ellos, la salteada introducción de personajes, el uso y construcción de la memoria y la revelación de ella, y otras cuestiones narrativas han acaparado comprensiblemente gran parte de la crítica en torno a la dilatada obra de José María Merino.[1] Me interesa particularmente un estilo narrativo bastante habitual en la obra de Merino, y especialemente llamativo en la novela puesta en consideración aquí, El caldero de oro; la fusión del mundo onírico con el real vivido, con el peso narrativo puesto sobre el primero. El propio escritor ha confirmado el papel fundamental que los sueños juegan en nuestra existencia: “Toda la realidad humana se nutre de sueños. Creo que debería imponerse lo que se sueña sobre el imperio de los datos y de los hechos.”(36 Quimera) Es comprensible, por ende, que esta característica de la obra de Merino llame la atención, y sea la que tira y convence al que tiene entre manos una de las novelas del escritor leonés.

No obstante, el dilema para el lector en El caldero de oro, aflote en el mundo novelesco confuso de Merino, y desorientado por una técnica caótica en la que se une la gran fuerza de la imaginación con la realidad más convencional vivida, es que puede llegar a aceptar que la exposición novelística de la existencia del protagonista revela a éste como heróico. Esta es la imagen que proporciona un hincapié en sus sueños, o como se quiera llamar el estado de semi-consciencia en que queda, herido después de huir del lugar del atentado contra la central nuclear. De lo contrario, la más prosáica realidad cotidiana del protagonista es la que está representada en la novela como, “el lado de acá de los espejos.”(116) Es esta percepción novelesca de la experiencia del protagonista la que aparece con menos fuerza en la novela pero la que, al fin y al cabo, proporciona una semblanza antitética de el Chino, revelando su carácter indeciso y débil, y dando al lector posiblidades de una lectura de la novela, a mi juicio, persipicaz y distinta a la que se ha hecho habitualmente.

Por ello, aunque mi principal objetivo en este ensayo será el de debatir la posible creación literaria de esta visión heróica transmitida en los sueños, y su aceptación por parte del lector y la crítica, quisiera sugerir, de lo contrario, que una lectura alternativa se percataría del trágico fracaso personal del protagonista; este siendo más bien el resultado directo de sus características personales más impotentes. La conclusión sería que el individuo, simbolizado por el Chino, es incapaz de frenar la implantación de algo que el poder fáctico, en su forma más anónima, denomina el progreso, como podría considerarse en esta novela la construcción de una central nuclear y la consiguiente desaparición de la cultura rural tradicional. Se detallarán los incidentes y peripecias formativos del protagonista que ejercen un impacto en el transcurrir de la novela y que determinan su mensaje final, la de la impotencia de la acción frente a la potencia de los sueños y de la memoria.

Una breve referencia a algunos de los estudios hechos en torno a esta novela, revela que varios críticos exploran como su fuerza motriz el vaivén entre el mundo imaginario y el mundo real, haciendo hincapié en lo que perciben como la dilatada fuerza que tienen los sueños frente a la realidad en la novela, y el empeño del escritor Merino por construir una nueva realidad, “la realidad de lo imaginario,” (226) como dice Eduardo Larequi. También este crítico dice que, “La imaginación y la ficción se incorporan a la realidad habitual con tal fuerza que llegan a imponerse sobre ella.”(236) Ciertamente ejemplos narrativos se encuentran en la novela que avalan esta afirmación. Uno aparece al principio de la novela, cuando el mismo protagonista, al intentar evocar el recuerdo del caldero de oro que aparentemente está en algún lugar de la finca de su abuelo, no sabe si lo ha visto alguna vez o no, puede o no formar parte de su existencia real. Al final de cuentas, sin embargo, se le da crédito a la imaginación, “voy aceptando que no se trata de un recuerdo, sino de la propia realidad.”(7)

El lector de El caldero de oro sabe que los sueños y los recuerdos del protagonista vienen impulsados por el acto de atentar contra la central nuclear, la herida que recibe a raíz de él, y el hecho de reconocerse impotente ante su construcción y posterior funcionamiento. Sin embargo, a pesar de esta impotencia, el atentado parece relacionar inextricablemente al protagonista con la gran estirpe guerrera de la que aparentemente proviene, según le ha relatado su abuelo. Parte de la crítica ha creído conveniente analizar las acciones del protagonista como heróicas. Antonio Candau le ha atribuido al Chino rasgos habituales de un guerrero, “Su peripecia repite la de cientos de antepasados que, como él, hicieron frente a los invasores, y como él, murieron en el empeño”(89). O que el Chino es como “aquellos que mueren defendiendo el territorio de los invasores.”(91) Kathleen Glenn relaciona al protagonista con, “la gente del caldero, who over the centuries have repeatedly and heroically resisted invasions of their territory.” (121) El Chino también llegará a dotarse en ocasiones con cualidades heróicas. Después del atentado en el que queda herido de muerte, habla de su propia persona como un “guerrero vencido” (50). Asimismo se cree “la guarda del caldero”(51), asociándose con gente de enorme honradez a la que él aparentemente pertenece por tronco familiar. Hasta llega a decir refiriéndose a sí mismo que, “tú eres la materia de una historia que alguien está contando, de una historia gloriosa.”(54)

Lo que puede quedar empotrado en el hilo narrativo, perdido por el lector entre el ir y venir de los sueños y la realidad, es la derrota del protagonista en la central que le infunde con la más pesimista visión del futuro, “Tu propio cuerpo aquí tirado, abandonado al hambre de las bestias salvajes, indica que el resultado de la batalla ha sido desfavorable...Las sombras se han hecho aun más espesas en torno al futuro de tu pueblo.” Este comentario contundente viene a resumir el cariz desastroso del atentado, y por consiguiente, de la propia vida del Chino, y empieza a desmenuzar la percepción heróica del Chino que ha visto la crítica.

El involucramiento en el atentado por parte de el Chino no debería considerarse un acto social desafiante o heróico, ya que no lleva implícito ningún compromiso de causa; viene en pos de una pseudo-concienciación acerca del entorno rural y su empeño en que se conserve. Participa, pues, de una reconsideración al concepto de Arcadia. Sugiero que preferiblemente el lector observe que la herida que recibe el narrador al huir del escenario del atentado es el último en una larga sarta de actos fracasados que apunta al carácter endeble e indeciso del narrador, e impulsa la novela desde sus comienzos, llegando a significar la impotencia del individuo ante el progreso arrollador.

Para el lector atento, el narrador llega a tener una identidad bicéfila, difícil de desentrañar. Una de estas identidades está reflejada en la “Historia gloriosa”: su reincarnación en sueños como miembro de una expedición de españoles al nuevo mundo en el siglo XV, historia en la que por lo general se porta valiosamente, y en la que llega a incorporarse cómodamente en una sociedad ajena a la suya (la indígena, hecho parecido a su incorporacion en el mundo tradicional agrícola castellano-leonés), y la otra identidad, la suya verdadera, la que queda al descubierto después de un repaso de los momentos más señalados y formativos de su vida; los que le llevan últimamente a estar en trance de muerte. Las cualidades de héroe, de guerrero, de defensor de una tradición cultural que él considera más importante que la que la central viene a implantar, aparecen con frecuencia en sueños al pasar revista de su vida, pero no por ello dejan de ser maquinaciones de su inconsciente. En última instancia se da cuenta él mismo de la realidad descarnada, que todo ha sido un fracaso estrepitoso. Léase el importante comentario después de enterarse de que los que cometen el atentado han caído en una embosacada, “Todo es verdad. Ninguna ensoñación protege una realidad diferente.”(175). En otra ocasión después de la muerte de su abuelo, de regreso a su existencia gris en Madrid, el protagonista reitera la dificultad de desvincularse de la experiencia vivida, “ninguna penumbra piadosa disimulaba ahora los límites de la realidad.” (114)

La realidad diferente, la que rige su vida, queda aparente a lo largo de la novela en numerosas ocasiones en las que el narrador se muestra una persona poco atrevida, reticente de involucrarse en cualquier acción que pueda suponer un compromiso personal. Salvo una ocasión, la más sonada, su participación en el atentado que bien mirada resulta muy periférica, al margen de la actividad importante. Desde un punto de vista crítico, este rasgo de su carácter es determinante en socavar las ensoñaciones de guerrero propiciadas por la herida. Ejemplo de ello es cuando en preparación para llevar a cabo el atentado él se dice a sí mismo, “tu papel es al fin pasivo...tú no eres un actor, ni siquiera el traspunte...eres un simple espectador, “(30) a pesar de que luego ofrece su ayuda como conductor de la furgoneta en la que todos irían a la central durante la nochevieja. También intenta convencer a su primo Lupi de que no se inmiscuya en el atentado, “Oye Lupi, no te vayas a meter en un lío. Que no te enreden esos chavales, lo de la planta no tiene remedio.” (31)

La destrucción del campo tradicional, mínimamente propiciada por la implantación de centrales nucleares en la provinica de León, es uno de los hilos conductores de El caldero de oro, y refleja obvias convicciones del escritor José María Merino. En el libro de viajes escrito conjuntamente con Juan Pedro Aparicio, Los caminos del Esla (1980), ambos escritores lamentan la construcción en la provinica de León tanto de centrales nucleares, como embalses. Hablando de Riaño, un pueblo entre varios que quedaron sumergidos por un embalse enorme, dicen, “Un mecanismo tan implacable como irracional estrangula estos valles. Los derechos humanos, tan en candelero en nuestros tiempos, han hallado para Riaño muy pocos valedores. Con Riaño se está cometiendo, se ha cometido, una especie singular de genocidio.”(98) El caldero de oro gira en torno a esta misma violación de los derechos humanos, según los jóvenes que llevan a cabo el atentado. Asistimos en la novela, pues, a la exposición de las actitudes socio-políticas bien desarrolladas de Merino, cosa que por otra parte no tiene por qué comentarse más ámpliamente aquí. Me limitaré a decir que el Chino comenta, como para hacer hincapié en estas convicciones, “Pertences a un comando secreto, heróico, un comando en lucha contra la Planta que es el gran invasor, el Gran Conquistador.”(176) Pero en El caldero de oro, a cambio, sabemos que aunque el narrador participa en el atentado contra la central nuclear, y que empieza a descubrir una conciencia anti-urbana, por ende anti-progreso, no se puede decir que sea un personaje comprometido con la causa, sino todo lo contrario. Apunta más bien a la poca fe que el escritor, Merino, tiene en el poder del que dispone el ciudadano de a pie de cambiar una acción (la construcción de la central) que pudiera considerarse implacable y arrolladora.

El Chino, que también podría ser emblemático del pueblo que invariablemente tiene que aceptar las imposiciones del poder del estado, despliega delante del lector una sarta de debilidades. La breve observación de rasgos de su carácter que se verá a continuación no depende de la estructura temporal de la novela- por ejemplo un seguimiento lineal de las acciones del narrador, que sería difícil, haciendo caso omiso de los saltos temporales. Depende más de estudiarlas en su conjunto, ateniéndose a las etapas importantes de vida sobre las que se hacen hincapié en la novela; los veranos que pasaba en la granja de su abuelo, su etapa universitaria en Madrid y el simultáneo distanciamiento del mundo rural, la alienación de su novia y de su familia y finalmente, lo que se podría llamar la actualidad, o lo más actual, período en el que se ha trasladado definitivamente al pueblo de su abuelo en la provincia de León y su empeño en quedarse con la casa de su abuelo en contra de la voluntad de sus padres y hermanos. No impacta en esta novela cuando pasa una cierta acción, sino lo que pueda significar dentro del desarrollo de la novela. No nos olvidemos que toda acción novelesca viene empujada por la gran potencia memorística que le asalta al narrador en trance de muerte, momento que produce una fragmentación en el orden con el que suele estructurar la memoria. Esta técnica en la que Merino mezcla acciones heróicas con otras más bien cobardes, pueden llegar a confundir al lector y hacer que llegue a la conclusión de que la memoria es el equivalente a la realidad encarnada. (Recuérdese que sólo me refiero a la realidad tal y como se expone en la novela, no a alguna realidad aplicable a la vida de otro.) Las ocasiones que se enumeran a continuación señalan que una reconsideración de la heroicidad que habitualmente se ha visto en el protagonista, desembocará en una forma nueva de considerar esta novela.

Pronto en la obra nos damos cuenta del carácter algo endeble del protagonista. Por sus rasgos ligeramente orientales le han apodado el Chino, mote que en absoluto le molesta. Más que elasticidad de carácter, se diría que su pasividad reponde a no querer luchar contra lo que el colectivo de estudiantes ha decidido llamarle. A pesar de que en esta obra el narrador puede parecer en algunos momentos de carácter truculento, principalmente se le puede definir por su necesidad de absorberse, no dejarse destacar. Mientras a un compañero le molesta sobremanera su apodo: “El filipino rechaza con enérgica resolución ese mote...pero yo no replico, asumo mi mote con un sentimiento ambiguo en que conviven la humillacion y el halago.”(13)

Con sus compañeros de colegio se muestra reticente de meterse en líos. Cuando él y algunos más deciden entrar en una parte del colegio cerrada al paso, el Chino no se atreve, “Yo me quedaba atrás, reconociendo y asumiendo que mi intepridez no tenía parangón con aquella determinación impetuosa de Carro y de los otros. Yo les miraba desde una posición que era casi la de un contemplador ajeno.”(22) Las pinceladas de la vida colegial son escasas y únicamente esbozan lo que es el carácter reticente del protagonista. Mejor ocasión para presenciar el perfil de carácter más redondeado del protagonista es en el pueblo, con la aparición del primo Lupi, y el abuelo. En una ocasión notable, los dos primos acompañan al que surte la tienda de su abuelo, Abilio Curto, a su casa, donde éste clava un cuchillo brutalmente en el cuello de un caballo viejo, ya que tiene previsto hacer una “cecina mundial”. La brutalidad e injusticia del acto suscita una reacción violenta de repudio por parte de Lupi, pero no de el Chino, quien se queda “inmóvil.” (74) Es un claro ejemplo de la impotencia ante lo que ve como algo incontrolable. Paralelamente en uno de los sueños, el Chino es el último explorador que será sacrificado por los aztecas. Pero justo en el momento en que el cura levanta el cuchillo de piedra para matarlo, cruza el cielo una estrella fugaz. Como señal de los cielos, el Chino se libra del sacrificio. (164-165) Es decir, que como todo lo demás en la novela concerniente al protagonista, también, dentro del mundo onírico, hay indicios de que el Chino no está llamado a la misma obligación a la que los demás tienen que acudir, entiéndase el atentado contra la central, y su permanencia al margen de los acontecimientos.

Observamos al protagonista en un momento revelador cuando ya decide marcharse definitivamente de Madrid, y se niega a despedirse de su novia Ana Mari; no encuentra la fuerza. El mismo reconoce una flaqueza importante en su carácter, “Todavía no comprendo la razón, pero esa fue mi vil despedida. Y comportándome así, yo mismo me castigaba.” (143) Por último, y desde luego no habiendo agotado las posibilidades, me referiré a un viaje que el protagonista hace a León para consultar a un abogado los asuntos relacionados con la herencia de la casa de su abuelo. Mientras está en la ciudad ve a su padre y hermano bajarse de un coche:

Yo me quedé mirándoles, desconcertado de pronto, sintiendo en mi pecho un latigazo de culpabilidad. Pero a pesar de que lo angosto del espacio les obligó a acercarse mucho a nosotros, pasaron junto a mí sin reconocerme...y continué andando, con la avergonzada pesadumbre de mi reaccion instintiva. (152)

La naturaleza de la reacción le da pausa al lector, quien detecta que la idiosincrasia del personaje es el titubeo, la vacilación y la timidez, características todas ellas lejos del heroismo atribuido al Chino.

Para acabar, mientras afirmaría que el hincapié que José María Merino pone en los sueños, y en su contundente impacto que ejercen en la vida del protagonista (y de todos), queda patente a lo largo de esta novela, más esclarecedor para mí es el énfasis, a veces oculto, en lo más prosaico. El mensaje central que se transmite es la incapacidad del individuo frente a la fuerza arrolladora de la sociedad. Y pese a la heroicidad con la que el protagonista se porta en sueños, está claro que la vida de este hombre en el fondo es triste, quizás sugieriendo que los esfuerzos del ser humano por cambiar su sociedad serán en vano. Finalmente, este mensaje, si queda tapado para el lector, demuestra la intricada composición de la novela, y la no menos intricada composición de todos nosotros, dispuestos a ver en un ser humano vacilante, rasgos de guerrero.

 

Notas

[1] Emilia Velasco Marcos comenta que estas consideraciones técnicas son fundamentales a la hora de desentrañar la ya considerable producción literaria de Merino, “Algo sí puede hacer el crítico literario. Puede referirse a las variadas técnicas utilizadas por Merino, entre las cuales se podrían citar algunas relacionadas con el cine; flash-back, y fundido, sobre todo.”(19) Kathleen Glenn examina el entrelazamiento de planos temporales en El caldero de oro como técnica que, al cabo de una lectura de la novela. Funde el presente con el pasado y cohesión al relato. Germán Gullón discurre sobre el uso de lo que él llama “el efecto estereoscópico”en el que “las realidades onírica y física...casi se juntan.”(77)

[2] El tema de la destrucción del campo tradicional tiene una larga trayectoria literaria en este siglo. Dos de las novelas más renombradas que versan sobre esta temática son La turbina (1931) de César Arconada y Central eléctrica (1950) de Jesús López Pacheco. La obra de Miguel Delibes en gran parte defiende los valores del campo tradicional y lamenta su desaparición.

Bibliografía

Candau, Antonio. La obra narrativa de José María Merino. León: Diputación Provincial de León, 1992.

Glenn, Kathleen. “Recapturing the Past: José María Merino’s El caldero de oro”. Monographic Review (3): 1-2, 1987.

Larequi García, Eduardo. “Sueño, imaginación, ficción: los límites de la realidad en la narrativa de José María Merino”. ALEC (13): 1988.

 

© Daniel Gier 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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