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Avelino Hernández:

Cartas desde Selva

      

 

SOBRE LAS CARTAS DE AVELINO HERNÁNDEZ

Dr. Luis Veres
Universidad Cardenal Herrera-CEU
Valencia-España

Ante el agotamiento de las propuestas de la novela experimental, que se desarrolla en España durante la década de los años sesenta, algunos escritores de la década siguiente recuperaron el gusto por la ficción bien hecha, por el artefacto novelístico, historias de historias, de antihéroes, villanos y pobres gentes, de soñadores e ilusos de medio pelo, una novela que intentaba recuperar el arte de narrar historias, abandonado por los escritores de la generación inmediatamente anterior que fijaron su atención en las innovaciones narrativas llevadas a cabo en Europa y América desde principios del S.XX.

Desde Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, José María Merino, hasta Julio Llamazares, escritores fundamentalmente castellanos son los que han puesto en marcha la denominada novela de la memoria, “una literatura de recuperación de la memoria” como la ha calificado Santos Alonso.

Contemporáneo de Llamazares es Avelino Hernández (Soria 1944-Selva 2003), escritor extraño, autor de literatura infantil, de relatos rurales, un hombre en definitiva que rebusca en el acervo popular la esencia de sus historias, cargadas con un simbolismo y una intensidad poco usual. Estas virtudes le fueron reconocidas con el Premio Miguel Delibes, pero su obra ha continuado edificándose con títulos como Donde la vieja Castilla se acaba (1984), Historia de San Kildán (1987), La Sierra del Alba (1989), El día que lloró Walt Whitman (1994) y Una casa en la orilla de un río (1998). De estos títulos destaca el último, en el cual Avelino Hernández construye una historia de lo cotidiano alrededor del milagro de vivir y en donde aparecen algunas de sus constantes novelísticas, la memoria, la insistencia en el aprovechamiento vital y el alejamiento de la civilización como razones que fructifican en la grata existencia.

Con Los Hijos de Jonás, Avelino Hernández sitúa a una familia que habita un molino en el seno de un pueblo mítico denominado Campo del Agua y que tiene como referente real los campos de su Soria natal. En ese mundo se insertan un conjunto de relatos orales repletos de un aire legendario, primitivo y supersticioso que consiguen seducir al lector desde las primeras líneas. La historia de la familia pasa así a un plano paralelo con el conjunto de estas historias que se desarrollan a modo de cajas chinas y que consiguen desentrañar la esencia de la leyenda de un pueblo alejado de las urbes y de la cultura que en ella germina. El mayor mérito del libro reside en el carácter genuino de estas historias, en su sencillez, en la placidez con que resultan contadas. Por ello, Los Hijos de Jonás es un libro para disfrutar de la literatura con el sabor de los viejos relatos.

Pero el relato más ambicioso des este escritor soriano se sitúa en su última entrega. La señora Lubomirska regresa a Polonia mantiene ese tono insertado en lo mítico, en la magia, en las historias irreales que mantienen un sabor diferente del grueso de relatos confeccionados en España en los últimos años y que caracteriza la novelística de Avelino Hernández. Porque esta última historia es un monólogo de la agonía, un soliloquio que sirve, a partir de la presencia de una anciana en su lecho de muerte, para reconstruir la historia de Europa del S.XX acompañada de todas sus miserias. Pero la novela se nos muestra como un objeto fractal, un discurso que puede ser visto desde múltiples ángulos: como una novela de misterio que oculta desde el principio la razón de los rencores de la protagonista, testigo de las masacres que sufrió su país, un diálogo imaginario que conduce hasta los fondos abisales de una realidad convertida en infierno. De ello que el relato de Helena Lubomirska no se pueda ajustar a los márgenes de la novela histórica, pues su autor renuncia voluntariamente a tal propósito, ajustándose exclusivamente a lo estrictamente necesario para que el relato progrese con amenidad. Por ello Avelino Hernández renuncia a cualquier costumbrismo, a los detalles históricos, a la linealidad, lo cual, junto al fragmentarismo, son sus peculiaridades más destacables.

La novela indaga, de este modo y con gran maestría en los grandes temas universales que recorren el S.XX: la soledad, la guerra, la memoria y la imposibilidad de cambiar el pasado, la vejez, las envidias que pueblan la existencia. Todo ello consigue levantaren un sorprendente edificio narrativo cuya cimentación es un elemento de extremada sencillez, la psicología de una anciana que va a morir. La incrustación en este tema existencial de holgada hondura se encuentra marcada por un profundo pesimismo, a veces acorde al de alguna novela de Onetti, Quizás el viento nos lleve al infinito o La vida breve, que viene acompañado de cierto caos y confusión nada desestimables, cualidades que penetran en aquella sentencia de Barthes presente en su obra maestra, S/Z, cuando “la verdadera obra de arte se pierde en su propia significación”.

Tras la desgraciada muerte de Avelino Hernández y gracias a la tenacidad de su viuda, Teresa Ordinas, y con la colaboración de la fundación Claudio Guillén, los textos que el mismo Avelino Hernández no pudo terminar o textos que permanecían dispersos han sido recogidos por ésta con el fin de completar la imagen de uno de los escritores a los que la muerte le privó de ofrecer una de las manifestaciones literarias más singulares del panorama español de los años 90.

Muestra de esta interesante labor editorial fue el extenso poemario El septiembre de nuestros jardines, publicado en 2005, libro de una intensidad escalofriante, escrito a las puertas de la tragedia en donde se funde uno de los temas esenciales de la poética de Avelino Hernández: el conflicto surgido de la apetencia vital ante la cruel presencia de la evidencia de la muerte. Los orígenes de su enfermedad, su evolución, la presencia inútil de una esperanza existente hasta el fatídico final y el amor por su esposa son las constantes de este libro muy acorde con las claves de los poetas realistas de los años cincuenta, cuestiones muy visibles en su poema “Un bar cualquiera”:

Entre en el bar, un bar cualquiera.
Tenías en la mesa una cerveza, yo pedí un martín seco.
Me mirabas con ansiedad pero me sonreías.

“Cáncer irreversible; un año…”
“¡No puede ser! ¿Por qué?
Y los dos nos callamos.
Sólo acertábamos a no dejar de mirarnos.

Bebí vermú,
Bebiste cerveza.
Me tomaste la mano,
Te trencé los dedos,
Me acariciabas el vello del brazo.
Sin decirnos nada.

Nos levantamos.
(En otras mesas
A nadie le importaba)
Hiciste el gesto
De sacar el pañuelo
Y enjugarte los ojos.
Pero lo guardaste
En el tirante del sujetador.
Y los dos nos reímos.
Y nos dimos un beso.

Fuiste a pagar al mostrador.
Tomé la bolsa con lo que habías comprado
Mientras me esperabas.
Guardaste las vueltas,
Regresaste,
Buscabas la bolsa.
La tenía yo,
Me dijiste gracias.
Y salimos a la calle cogidos de la mano,
Sonriéndonos,
Para volver a casa.

Nunca ya aquel bar podrá ser para nosotros un bar cualquiera.
Ninguno de nosotros recordamos cómo se llama.

Ese mismo año se publica la novela Mientras cenan con nosotros los amigos, en la incipiente editorial Candaya. Se trata de un libro a mitad camino entre las memorias, el diario y la novela, obra que enlaza con Una casa a la orilla del río y con Los hijos de Jonás, y en donde se entrecruzan historias y relatos, textos breves de distinta factura con poemas y meditaciones diversas, siempre con el referente del ímpetu vital, de la amistad, del amor a la vida, del deseo de sobrevivir a la enfermedad y superar así el fatídico destino.

Precisamente estos temas son los más habituales de su correspondencia. Con el título de Cartas desde Selva, estas cartas suponen una selección de las que escribió Avelino Hernandez desde el 17 de marzo de 1996 al 13 de marzo de 2003.

El libro arroja muchos de los motivos esenciales de la obra de Avelino Hernández que divide el mundo de los hombres entre quienes sienten el apego a la vida y quienes desatienden dicho sentido aproximándose a la muerte. Eros y thanatos se enfrentan dando lugar a un conflicto, según el cual la personalidad del hombre debe seguir un sentido epicúreo.

“Aún no sabemos dónde viviremos, qué casa tendremos. Pero vivir en el Puerto mientras tanto es ya maravilloso.

Aún no sabemos dónde trabajaremos, de qué viviremos finalmente. Pero la semana pasada nos fuimos a Menoría en barco en uno de esos viajes tan nuestros que te reafirman en el precepto epicúreo de que lo que importa es vivir -sólo después tiene sentido el dónde y el cómo.

Por lo demás todo lleva sus pasos. Aún no hemos encontrado la casa exacta que queremos, pero tras ver muchas y de dudar en algunas, sabemos que existe y que la encontraremos -nos damos un año para hallarla.”

Este sentido epicúreo se manifiesta en la importancia que cobran en la vida las cosas insignificantes, la vida sencilla y los pequeños detalles, lejos del materialismo de la vida moderna, cuestión que emparenta algunas de sus cartas con Una casa a la orilla del río, libro heredero de lo mejor de Delibes y de la literatura rural de los escritores leoneses, defensores de la cultura tradicional y de la pervivencia de dicha cultura:

“Y esta fue la segunda lección del extraño satélite: salimos a contemplar un hecho espectacular que sólo se produce una vez cada 15000 años…y hemos descubierto la infinita belleza de la soledad en la noche, junto al mar, bajo el cielo estrellado -hecho que se produce constantemente junto a nosotros. ¿No nos ocurre a veces que, preocupados por no sé qué cosas trascendentemente intelectuales nos perdemos el disfrute de la belleza de lo elemental cotidiano: comer, beber, amar -¿habéis visto la película?-, mirar al cielo, escribir a los amigos, intentar un poema, darle un beso a Teresa…?”

Ante esa búsqueda de lo insignificante se encuentra el problema de pagar un precio y ese precio no es otra cosa que la libertad. Pero Avelino insistira en el hecho de que “vivir es el único argumento de la obra”, contradiciendo el verso de Gil de Biedma. Para Avelino Hernández vida y literatura quedan íntimamente vinculadas en un todo inseparable. Por ello dirá que “la única obra de arte que vale la pena firmar es la vida propia”.

“Un tiempo increíblemente fecundo en lo existencial -crear y cimentar otra forma de vivir los trabajos y los días; la única obra de arte que merece la pena firmar.”

Y no por otras razones en la correspondencia de Avelino Hernández abundan los comentarios y críticas sobre libros recibidos de amigos y conocidos. Estos juicios van mucho más allá del simple agradecimiento o de la mención de los aspectos más relevantes del libro, de modo que la crítica profundiza en el proceso de gestación de la obra literaria con pronunciamientos bastante agudos y muy próximos a la crítica periodística, aunque de manera mucho más sucinta para ajustarse a la brevedad del estilo epistolar contemporáneo:

“El poema brevísimo de siete versos y sin título es muy bueno; con independencia del sentido negativo de la misión que trasmite. Un acierto el paralelismo felicidad-tristeza, invierno-infierno. Y otro acierto la simetría formal de dos estrofas de tres versos paralelos rotos por un verso final definitorio: la Vida.

El poema- alegoría sobre el tren, salvo algunos términos prosaicos innecesarios -“devorando millas”, “silbando fuerte”…- es un precioso texto con gran fuerza formal, muy en línea con los procedimientos poéticos narrativos que van desde los clásicos a Bécquer, Machado y algunos del 27. Y todo cuajado de sugerencias de contenido fuerte arropadas y resaltadas por imágenes sorprendentes por su eficacia comunicativa (…)”

También Avelino Hernández, obviamente, tenía que ofrecer datos sobre su propia obra, una obra de la que dice repetidamente que está en marcha, que se está construyendo, obra que sólo la muerte pararía, quizás cuando estaba en su mejor momento. Por ello son frecuentes los comentarios de sobre la novela que llevaba entre manos cuando le sorprende el anuncio del cáncer, novela basada en la vida de una amiga, a la cual Avelino y su esposa Teresa le compraron la casa de Selva, en Mallorca:

“Querido Toni:

Esta vez quiero contarte una historia: la historia de Mary Hippisley, de soltera Maria Stomnichka -1910- hija segunda y última de una familia de terratenientes polacos de origen judío, profundamente católica. Sus heredades se extendían por el territorio de la actual Ucrania; los criados que las cultivaban eran rusos.”

Esa novela no era otra que La Señora Lubomirska Regresa a Polonia. De ella se detalla su historia, luego trasformada en materia literaria en la novela:

“Mary Hippisley es uno de ellos.; viuda hace 26 años, polaca de nacimiento, inglesa de nacionalidad, alemana de educación, ochenta y seis años, conduce, es voluntaria de Caritas, colabora con la sociedad protectora de animales, da clases de inglés…; ella fue la pionera, hace ya treinta años, de cuantos hemos escogido este pueblo por voluntad propia para vivir. Su marido está enterrado aquí. Y hace dos meses nos vendió su casa.”

Su historia será convertida en novela, transformada en ficción del mismo modo que la propia Señora Lubomirska transformaba el pasado a su antojo:

“María anduvo por los caminos. Desesperada, al caer la noche, hizo detenerse a un camión del ejército ruso y, subiendo al pescante, le dijo al conductor: Sé hablar cinco idiomas y puedo conducir un camión como éste. Dadme trabajo. Unos días después trabajaba para el alto mando del Ejército soviético en Viena.”

Esta aventura vital le servía a Avelino Hernández para poner en cuestión la validez de la memoria y el peso de la fatiga motivada por el tiempo y los años en la figura de María:

“Pero estaba claro que, por su pasado, aquel no era su espacio. De manera que otro día repitió exactamente la misma escena con un jeep del ejército norteamericano que había entrado en la ciudad: Sé hablar cinco idiomas y puedo conducir un jeep como éste. Dadme trabajo.”

La obra de un escritor como Avelino Hernández a veces puede parecer apresurada en unos años en los que, en plena madurez vital, entra en el círculo de la prestigiosa agencia Carmen Balcells, momento en el cual se le abre el mundo editorial. Esta circunstancia podría hacer pensar en la premura con que se pudieron forjar los libros. Pero su correspondencia ofrece datos de que no se daba tal situación. Así, al hablar de Los hijos de Jonás, tras dar numerosos datos sobre la obra, señala:

“Es todo lo que me viene a vuelapluma, Manuel. Te lo estoy escribiendo tal como me brota frente al ordenador. No sé si logro trasmitirte algún tipo de claridad o al menos pautas para interpretar el bloque del iceberg que subyace bajo el mar de ese trabajo que has leído. Y menos todavía sé si el resultado -Los hijos de Jonas- está a la altura del intento. En cualquier caso quiero que entiendas que se trata de una obra que responde aun propósito de calado hondo y a todo un proyecto literario en el que me hallo inmerso.”

Pero los momentos más impresionantes del libro se presentan en aquellas cartas que revelan el enfrentamiento del hombre con la muerte, el dolor derivado y la entereza con que se afrontan las malas noticias y el anuncio del cáncer:

“Cierto, los médicos dieron sus palabras y las máquinas sirvieron sus imágenes. Una y otras las quise expresamente en su desnudez más precisa: cáncer maligno, metástasis, estadísticamente irreversibles, en condiciones ordinarias meses…

Y luego fui a decírselo a Teresa.

(…)

Lo del humor no puede ser de otra forma: cuando ves cómo en dos días se desmorona un roble de lustros quedan pocas cosas que no merezcan una sonrisa. En cuanto al juego de sustancialidades y accidentalidades, pienso que acaso la enfermedad haya venido a depararme -o acaso a hacer irreversible- la ocasión de una segunda vuelta de tuerca en la línea de tirar por la borda tantas inutilidades que ya iniciamos con nuestro abandono de Madrid y enraizamiento en Selva.

Te copio para recontarla, la hermosa anécdota de los 50 gramos de la anciana vitoreada. Y, releído Marcas, aprenderé de ti a escuchar cada día la canción oculta de las cosas: Me: M perderá cada tarde por el huerto absorto en los efectos del calor y el agua en las semillas. Haré que todas las ventanas se me llenen de gorriones. Y mientras los niños vayan a la escuela abriré de par en par el balcón a la hora del recreo.. Los vecinos me dejan fruta en la puerta y preguntan a Teresa que cómo estoy, en voz baja, para no inquietarme a mí, que estoy arriba se supone que ‘padeciendo’: en realidad leyendo a Claudio, efectivamente, y a Eugenio de Andrade -gran descubrimiento de esta primavera- y a los poetas chinos y otra vez a Jayyam…”

Todo ello pone de relieve el interés de un epistolario que va más allá de lo meramente literario. Libro bien escrito, por supuesto, pero que destaca por sus valores humanos, por la firmeza ante la importancia de la presencia de lo humano en la tierra y su irreversible insignificancia ante el hecho de la muerte. Un libro lleno de juicios y opiniones interesante sobre ese entrecruzamiento de la vida y la literatura, sobre el impulso vital y literario hecho poco a poco, con el detenimiento de lo que cuesta construir y que es verdaderamente meritorio.

 

© Luis Veres 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/cselva.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2007