Introducción a la simbología del dedo
en los clásicos de la Literatura Rusa
de la segunda mitad del siglo XIX

Benamí Barros García

Universidad de Granada
benami@inbox.ru


 

   
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Resumen: En el presente artículo analizaremos algunos ejemplos en los que es evidente y relevante la simbología del dedo en el contexto literario de la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX. Tras una breve introducción teórica, que servirá de contextualización de la cuestión, se estudiarán los significados y significaciones de este símbolo en cuatro obras, a este respecto, muy representativas: Padres e Hijos de I. S. Turguénev, El Padre Sergio de L. N. Tolstói, Crimen y Castigo y Los hermanos Karamázov de F. M. Dostoievski. Como objetivo nos planteamos poner de relieve la trascendencia simbólico-literaria del dedo en tanto que símbolo recurrente en la literatura de este período, así como facilitar unas pautas para su correcta interpretación.
Palabras clave: simbología, dedo, literatura rusa del s.XIX, mutilación del dedo.

 

1. Introducción

En este artículo analizaremos algunos ejemplos en los que pensamos que es evidente y relevante la simbología del dedo en el contexto literario de la Rusia del siglo XIX. En cualquier caso, lo hemos hecho teniendo presente que la simbología es, cuanto antes, interpretación y, por tanto, subjetiva. Tratando de identificar más a fondo los significados y significaciones a priori más representativos, nos hemos centrado en cuatro obras: Padres e Hijos de I. S. Turguénev, El Padre Sergio de L. N. Tolstói, Crimen y Castigo y Los hermanos Karamázov de F. M. Dostoievski.

Especial atención hemos prestado a la mutilación del dedo o a cualquier otra forma de castigo o agresión sufrida en este miembro, pues pensamos que es el motivo más relevante y más susceptible de interpretación referido al dedo, ya que, al fin y al cabo, la auto-amputación de un dedo es algo así como un suicidio, es comprender hasta la última posibilidad que la cercenación es un método para cortar lo sobrante (con el fin de mantener el todo en su forma debida), para separar de ti algo que no quieres ver ni sentir. La disminución consecuente de esta amputación deja, sin lugar a dudas, una mella en el individuo, una huella que, a diferencia del suicidio, está asegurada en tanto que existe la cercenadura. Es decir, es un suicidio en que se pretende aún más llamar la atención, decir algo (aquí encontramos la esencia de la simbología). Por esto creemos que tiene una gran importancia para la posterior comprensión del tema que tratamos.

No se debe olvidar, sin embargo, que el auto-castigo es propio de los estados depresivos, con lo que se tendría que tener no sólo en cuenta la simbología de la amputación, sino, también, la propia simbología de las enfermedades psíquicas.

Si bien siempre se ha tendido a interpretar el dedo como símbolo fálico, hay que apresurarse a decir que no es ésta la única interpretación posible. Se debe tener en cuenta, en primer lugar, que el dedo es una parte periférica del cuerpo y que, por tanto, está muy a la vista. Es algo así como una extensión de éste que se aleja de nuestro centro y que, a su vez, nos une con los objetos palpables, es decir, con la realidad que nos rodea.

Desde la Antigüedad, el dedo simboliza el falo en prácticamente todas las culturas del mundo. Psicoanalíticamente, esta interpretación lleva a relacionar el dedo con “la envidia del pene” que puede sufrir la mujer, con los complejos de castración y de Edipo y con el parricidio. De esta manera, el dedo adquiere una simbología aún más amplia. Si bien el dedo, por su labor de herramienta básica (constituyente de la mano), está ya de por sí cargado de simbología, con todo lo expuesto se le añade la fuerza de la virilidad. El dedo aparece, pues, como símbolo de poder.

Históricamente, la simbología del dedo está bien justificada. Basta con comprender que, desde el hombre primitivo, han sido los dedos, precisamente, las mejores herramientas para conseguir la autosuficiencia (fabricación de utensilios, búsqueda de comida, autodefensa, etc.). Son, por eso, muchos los casos en que se optaba por cortar los dedos a los enemigos para, así, empequeñecerlos. No sólo se lograba de esta manera disminuir sus habilidades y posibilidades, sino que, también, el cercenado se convertía, en cierto sentido, en esclavo del cercenador. Los griegos cortaban los dedos pulgares a sus enemigos para que estos no pudiesen volver remando y, con esto, prácticamente se aseguraban la permanencia como esclavos de los cercenados. De un modo similar lo hacían los franceses con los ingleses, sólo que a estos les cortaban el dedo corazón y el índice para que no pudiesen disparar flechas con sus arcos. Esto es, aquí la mutilación de los dedos tiene, como fin principal, menguar la fuerza del enemigo: el dedo como símbolo de poder y utilidad.

Por su parte, en la mitología griega, las Amazonas tenían por costumbre quemarse el seno derecho para facilitar la tensión del arco. De nuevo vemos que la mutilación tiene como fin la utilidad, pero aquí ya estamos hablando de autocercenación. Sabido es que las amazonas o bien mataban a los hijos varones que parían, o bien los enviaban a vivir con sus padres. Es evidente que rechazaban al sexo masculino. Pero, en este caso, de este rechazo y de la necesidad de quemarse una parte del cuerpo inherente a la mujer para poder luchar en las mismas condiciones que los hombres, se puede sacar a colación la idea de “la envidia del pene” (muy presente en los cuentos maravillosos rusos). El rechazo del sexo masculino se puede entender, pues, como una consecuencia del enfrentamiento contra su propia naturaleza femenina. Por tanto, la cercenación del seno (como sustituto femenino del pene: parte saliente y colgante) adhiere un significado añadido al dedo en tanto que parte saliente y colgante también: la actitud de la mujer para con el hombre.

Tema éste fundamentalmente psicoanalítico, puede ser complementado por la historia, también mitológica, de que de la sangre derramada tras la mutilación de Urano (llevada a cabo por sus hijos los titanes guiados por Cronos) nacieron las tres Erinias o Furias, encargadas de vengar los crímenes de parricidio y perjurio. El enfrentamiento padre-hijo ya al nacer (complejo de Edipo y miedo de castración) condiciona el parricidio.

El duelo padre-hijo rebasa las fronteras del ámbito familiar hasta llegar a la generalización del Dios-padre y el Hombre-hijo. El dedo de Dios, que todo lo manda, contra el dedo del hijo, que aspira a ser Dios. Ésta es la tragedia romántica. El dedo que accionaba el gatillo durante los años románticos del s. XIX (Pechorin/Lérmontov, Pushkin), es, a mediados y finales de susodicho siglo, mordido, machacado, cortado... El dedo que otrora apretó el gatillo, aún sigue intentando ser el dedo ordenador (superhombre de Nieztsche, Raskólnikov, etc.). Todo lo que atañe al dedo, atañe, con gran fuerza, a la relación hombre-Dios. [1]

Así pues, la automutilación del dedo puede interpretarse como rebeldía, como protesta, como tránsito a veces; pero siempre hay que saber entrever el conflicto fálico de poder.

Aún quedan tribus en las que, tras la pérdida de algún ser querido, se machacan el dedo con una piedra y, después, se lo cortan en señal de duelo. Como también quedan manifestantes japoneses que se cortan el dedo en señal de protesta o antiguos miembros de bandas de mafiosos orientales que han de cortarse el dedo meñique si acaso quieren salir para siempre de la banda o si han cometido algún tipo de traición.

La religión castiga suficientemente la automutilación, ya que dañarse a sí mismo sin motivo justificable es dañar a Dios, que creó al hombre a su imagen y semejanza. Se confirma, pues, la importancia del conflicto hombre-Dios representado por el dedo. En la mutilación del dedo, entendida como enfrentamiento alegórico, se pone en juego el cielo, el reino de los cielos. Y se hace adrede. La automutilación puede suponer un ataque directo, una señal explícita de que se está disconforme, de que hay algo que debe ser cortado para mantener el todo en su forma debida.

El dedo que ordena, que juzga, que toca, que elige, que llama la atención, que pide silencio, que se alza al cielo, que se pone en la llaga, que tiembla, los dedos que se cruzan, que se muerden, que se queman, que se cortan... todas estas apariciones pueden ser resumidas en el conflicto simbólico principal: mi dedo y el dedo de los demás. [2]

 

2. Análisis de la simbología del dedo a través de algunos ejemplos

2.1. PADRES E HIJOS, Iván S. Turguénev (1862)

No deja de ser llamativo que Bazárov, protagonista de esta novela, muera tras cortarse en un dedo y contagiarse. Más aún si añadimos que se trata de un supuesto nihilista que busca universalizar su teoría. Una teoría que sintetiza en gran medida el significado del nihilismo ruso y, por tanto, que está repleta de utilitarismo, positivismo (con algunos matices) y, por qué no, de desencanto. La herida (con el significado también de pesar, de sufrimiento, de aparición negativa que existe en la sociedad) es, para Bazárov, mutilación. La casualidad corta los pasos de este supuesto gigante que se ve reducido a gusano. Mas hay que prestar atención, junto a la importancia de los ojos en la muerte de este personaje, a la importancia del dedo, a través del cual penetró la enfermedad en su cuerpo. Una vez que la herida está hecha, una vez que el contacto con el exterior dañino (la realidad, es decir, el contrincante directo del protagonista) ha dejado huella, una vez que la vida (su posibilidad de destruir lo que es a expensas de la construcción de un futuro mejor; esto es: la recompensa a la que aspira) se le escapa por esa pequeña herida... es tarde ya para sentimiento alguno. Aquí, el dedo simboliza el contacto con la realidad, entendida como conflicto generacional y contradicción vida-pensamiento, temas éstos que suponen la crisis ontológica del personaje (y recurrentes en casi toda la literatura rusa del siglo XIX). La realidad mutila a Bazárov y, por tanto, se eleva por encima de él, lo convierte en esclavo. Ahora, Bazárov sólo puede esperar la muerte: el juicio final ha tenido ya lugar (el dedo de Dios que señala) y el veredicto está en su dedo. No le ha sonreído la suerte.

2.2. EL PADRE SERGIO, Lev N. Tolstoi (1911)

El padre Sergio, ante la tentación de ver a esa mujer desnuda, de franquear el umbral que lo separa de su deseo, del pecado carnal, decide acercar el dedo a la llama. El autocastigo aparece como la única posibilidad de redención. Decide, pues, poner el dedo sobre la llama para quemar su virilidad. El símbolo fálico debe ser quemado para evitar caer en la tentación-perdición. Mas no lo resiste y recurre a alejarlo lo más posible de él; es decir, a cortárselo. Aleja de sí el pecaminoso símbolo de masculinidad y, con eso, acepta su error. Por una parte, al cortarse el dedo está tanto renegando del camino a la perdición como pidiendo la redención; y, por otra parte, está reconociendo su error ante Dios. Él lo hizo a su imagen y semejanza... Ahora esto no se conserva. Puesto que no se conserva en el plano espiritual, tampoco ha de conservarse en la apariencia. La castración (representada por la amputación del dedo-símbolo fálico) trata de aliviar el conflicto surgido por amenaza de la atracción fatal (el regreso a la nada, la fidelidad al costado materno como pago por la deuda de la vida) y el dedo que indica el camino correcto. El dedo cortado se puede interpretar, por tanto, como una castración de cara a Dios y a los demás, que, a partir de ahora, podrán reconocer en su dedo la cercenadura, la huella del pecado. Y todo estigma es una cruz que se lleva durante toda la vida. La amputación priva del miembro amputado, supone la invisibilidad del mismo, con lo que a priori se anula la posibilidad del juicio de los demás; pero, no hay que olvidar que el hecho en sí de la amputación presume el miembro mancillado. El dedo que cayó será para siempre el miembro fantasma: el cargo de conciencia. Pero esto no es lo importante o, al menos, no lo es por ahora. Lo importante es que, de momento, ha salvado su futuro.

El Padre Sergio representa la lucha encarnada del dedo fálico contra el dedo ordenador de Dios. Es exactamente el mismo conflicto que el que genera el complejo de Edipo y su condicionamiento al parricidio. Así, la castración del dedo tiene una cierta función de paz: mitigar la amenaza surgida por la atracción fatal y por el dedo que manda a renunciar para seguir el buen camino. Pero, también, hay que reconocerle un matiz de rebeldía, en tanto que lo que se desea es cortado de cuajo. Es una huida, pues, basada en la imposibilidad, una búsqueda de aire fresco que refresque la sangre tibia que recorre el dedo, un símbolo de la necesidad de expiación.

2.3. CRIMEN Y CASTIGO, Fiódor M. Dostoievski (1866)

Encontramos en esta novela un motivo muy frecuente en la literatura rusa de este período: el mordisco en el dedo. La vieja usurera muerde en el dedo a la inocente víctima de Raskólnikov (Lizaveta), la sobrina jorobada y mala muerde a su vieja tía también en el dedo (El Idiota de F.M. Dostoievski), Iliusha lo hace con Aliosha (Los Hermanos Karamázov de F.M. Dostoievski), un perro muerde el dedo de Jriukin (El camaleón de A. P. Chéjov), etc. Salta a la vista que se trata de un tema interesante, sobre todo, si se advierte que todo aquel que recibe un mordisco en el dedo es, a priori, víctima inocente. O, al menos, así nos presenta Dostoievski a sus personajes que sufren los mordiscos. Vemos, sin embargo, que en la novela Los Hermanos Karamázov la simbología del mordisco en el dedo está necesariamente relacionada con otras interpretaciones; pero en la novela que ahora nos ocupa, Crimen y Castigo, el mordisco sólo le sirve a Dostoievski para insistir en la inocencia de Lizaveta. Muere víctima involuntaria de un crimen del que ella, su vida, es en parte partícipe. Es decir, Dostoievski nos presenta a Lizaveta como una persona maltratada por la vieja usurera, una persona acobardada que vive bajo la presión de una mala mujer, que, además, es su hermana. En cada palabra de la descripción de Lizaveta se acentúa su condición de víctima. Pero es su propia subyugación y triste biografía lo que corrobora la hipótesis de Raskólnikov de que el fin podría justificar los medios, de que una víctima puede dar cien vidas. Y esta misma función tiene el mordisco: la de asegurar que Lizaveta sea presentada como un ser inocente, casi como un mártir. De esta manera, el doble crimen [3] cometido por Raskólnikov se torna más innecesario. Lo que es lo mismo: Raskólnikov se pone a prueba no sólo ante una víctima de la que pudiese ponerse en duda su bondad e inocencia, sino que lo hace ante otra víctima que, a priori, completamente es digna de vivir. Dostoievski hace uso aquí de la mutilación como procedimiento estilístico (usado también por Lérmontov, cuando decide “matar” a su personaje no habiendo llegado ni siquiera a la mitad de la obra Un héroe de nuestro tiempo): arranca de cuajo la controvertida teoría sobre la justificación del crimen que, por designio del destino, había Raskólnikov escuchado en la conversación mantenida por un estudiante con un joven oficial. Es decir, ahora ya no le sirve tratar de justificar el crimen intentando demostrar que la vieja no era del todo inocente. El mordisco en el dedo de la vieja usurera a la víctima inocente de Raskólnikov tiene, pues, consecuencias trascendentales para él.

La especial importancia de la simbología del dedo en esta novela se ratifica cuando prestamos atención a la escena que tiene lugar justamente después de que Raskólnikov asesine a la vieja: mira el cadáver y piensa en tocarlo con el dedo, pero cambia de opinión cuando comprende que esta prueba es innecesaria. Parece, pues, que los ojos son suficientes para comprender lo que ha hecho. Ya desde el primer momento tras el crimen, Raskólnikov intenta que la huella sea menor en su conciencia. No quiere tocar el cuerpo de la vieja porque, parece ser, ha comprendido que la imagen grabada por los ojos será tan difícil de soportar que teme añadirle la verdad del tacto; pues, al fin y al cabo, es el tacto el sentido que más nos acerca a la realidad. Así, el dedo que no pone sobre el cadáver es el primer indicio de debilidad moral (incapacidad) de cara a su hombre extraordinario.

Su dedo tuvo la voluntad de elegir a la vieja como punto de arranque de su nueva vida de hombre extraordinario. Pero su dedo también le indica, desde un primer momento, la pulsión de apocatástasis, la evidencia de ser no más que un piojo. Encerrado entre el dedo que eligió y el dedo que señala o indica, le confiesa a Sonia que lo que le irrita es pensar que le señalarán con el dedo; esto es, el dedo de los demás entendido como juicio. Y este dedo que lo juzga, y únicamente por tener derecho a juzgarlo, desciende a Raskólnikov a la categoría de hombre ordinario.

El dedo simboliza, por tanto, el contacto con el mundo exterior (sentir y consentir la realidad), la facultad de elección (libertad, voluntad y esperanza) y la posibilidad de juicio (símbolo de poder).

2.4. LOS HERMANOS KARAMÁZOV, Fiódor M. Dostoievski (1879-1880)

De entre las numerosas referencias que se hacen en esta obra al dedo vamos, en primer lugar, a referirnos al hijo de seis dedos que nace de la relación entre Marta Ignatieva y Grigori Vasilievitch Kutuzov. Un niño con seis dedos no es hijo de Dios. El niño de seis dedos, como aquel que decide cercenarse un miembro, está violando la semejanza con Dios. El inconveniente de haber nacido le supone estar predestinado: en cuanto Grigori, su padre, ve al recién nacido, sale a cavar una fosa en el jardín. Grigori ya ha elegido el destino de ese dragón de seis dedos, de ese error de la Naturaleza. Pero, ¿por qué el designio divino iba a querer atentar contra sí mismo? ¿O es que acaso el dedo intencionado de Dios le mandó una prueba a Grigori? Quizá sea esta misma pregunta la respuesta [4]. Dios está simbólicamente representado por un dedo.

En segundo lugar, y a colación de lo dicho, encontramos el mordisco de Iliusha a Aliosha en el dedo corazón. Aquí, el mordisco se puede interpretar como ya lo hicimos en el análisis de Crimen y Castigo, es decir, como una acción que recalca la inocencia de la víctima del mordisco y, también, como señal de unión entre quien muerde y quien es mordido. En este sentido, hay que comentar que el dedo siempre se ha asociado a la unión de dos personas [5] o, como ya se ha dicho, a la unión del individuo con la realidad. Y, efectivamente, Iliusha y Aliosha estarán estrechamente relacionados desde el momento del mordisco hasta el mismo final de la novela en que Aliosha hace un panegírico de Iliusha.

En cuanto al engrandecimiento de la inocencia de Aliosha, el mordisco constituye para él algo así como un bautismo de sangre, el ánimo para seguir adelante en su camino. Este castigo inmerecido de Aliosha le ayuda a acercarse al ápex, a merecer el epígrafe. En el panegírico final, el agradecimiento y cariño con que recuerda a Iliusha denotan que aquel mordisco constituyó para él un acontecimiento esencial.

Otro suceso de interés es el que tiene lugar tras la confidencia de Liza a Aliosha de que ansía destruirse. En concreto, interesa el momento en que Liza se aplasta el dedo con la puerta tras haber despedido a Aliosha dándole una carta remitida a Iván. El dedo de Liza simboliza el hombre y su poder. Sacrificando su dedo, Liza reacciona tanto contra Iván como contra Aliosha. A uno intenta matarlo en tanto que lo identifica con su dedo (Iván), mientras que, por otra parte, sabe el daño que causará el ennegrecimiento del dedo a Aliosha. Alegóricamente, está castigando al sexo masculino, a la potestad del hombre y, consecuentemente, a su propio hastío vital (que cree consecuencia de susodicha potestad). Y es importante advertir que esta reacción sucede después de haberse abrumado de maldad y de culpa, después de haber reconocido que a veces se cree culpable de la crucifixión de aquel niño judío al que su padre antes de crucificar cortó los dedos (¡!), de reconocer que desea no dejar títere con cabeza, de sus terribles ganas de renegar de Dios. Liza juzga al hombre… y a Dios. Y lo hace estando en condiciones de juzgar porque se considera más criminal que ellos. Su dedo simboliza, en conclusión, el deseo de castigar y arrancar de sí al hombre.

La simbología del dedo en esta novela es harto interesante y significativa. Sirvan de ejemplo el placer morboso de Liza por sentirse señalada con el dedo por todo el mundo [6], la amenaza del padre de Iliusha con cortarse cuatro dedos para compensar el daño que ha sufrido Aliosha por el mordisco, la pregunta en el juzgado a Grigori de si sabe cuántos dedos tiene en las manos, las numerosas descripciones de las sortijas de los personajes como símbolo de poder [7] (especial importancia tiene la profunda impresión que causa la sortija del juez en Mitia), etc.

 

3. Conclusiones

Como ha quedado de manifiesto, los mencionados autores dotaron al dedo de una significación trascendente. Si se analiza la literatura de aquella época un poco más a fondo, se comprende rápidamente que el motivo del dedo es muy recurrente y, lo que es más interesante, siempre trasciende, digamos, su aparente o casi establecida significación.

Por ejemplo, se podrían analizar las referencias al dedo que se hacen en las obras de N. V. Gógol (descripción del dedo de Grigori Petróvich en El capote), las constantes referencias al tamaño de los dedos en la obra de L.N. Tolstói Resurrección, la posibilidad que tiene Golyadkin, en El doble de F.M. Dostoievski, de deshacerse de su doble cortándose el dedo [8], etc. Y todo esto no haría más que ratificar lo aquí expuesto de manera muy somera: el dedo como motivo simbólico del personaje en la Literatura Rusa del siglo XIX (en particular, de la segunda mitad) remite al enfrentamiento Hombre-Dios en cualquiera de sus posibles variaciones, es decir, al punto en que converge el dualismo decimonónico del personaje ruso: yo soy - yo aspiro a ser.

¿No es cierto que todo hombre que desee
mutilarse está ya condenado?
(A. Rimbaud)

 

Notas:

[1] Cabe recordar que, en las ceremonias de consagración a los dioses, muchas veces se ofrecía un trozo del dedo meñique del niño como sustituto de la circuncisión.

[2] El dedo de los demás suele ser una alianza entre el dedo de Dios (de la Providencia) y el de todos aquellos que no son yo.

[3] Aunque debemos advertir que este doble crimen, a priori, constituye un solo crimen, puesto que el desarrollo psicológico de Raskólnikov tiene lugar bajo la concepción del crimen en términos abstractos: el crimen es el punto de partida de la comprobación de su condición de hombre extraordinario. No obstante, el papel de la víctima inocente constituye el veredicto del autor; esto es, le sirve a Dostoievski para refutar la idea de Raskólnikov.

[4] Así se demostrará en el desarrollo ulterior de la novela.

[5] Sirva de ejemplo el hecho de que los anillos de boda se colocan en los dedos de los cónyuges.

[6] Compárese este placer con la irritación, ya comentada, que siente Raskólnikov por la misma causa. En este caso el dedo de los demás más que juicio significa atención. Liza quiere que la escuchen y que sean los demás quienes levanten el dedo para darle la palabra.

[7] Estas descripciones están muy presentes no sólo en la novela Los hermanos Karamázov, sino que lo están en muchas más obras tanto de Dostoievski como de otros autores de este periodo.

[8] De nuevo vemos que la mutilación del dedo simboliza el alejamiento de algo que existe en contradicción con el pensamiento.

 

© Benamí Barros García 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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