FRAGMENTO DE “LOS CAMINOS A KARYUKAI”

Ángela Mallén

 

Taahra. La casa de trencadís

Tanta belleza, sin embargo, está hecha para mí.
La registro y sé que es tan evidente a mi alrededor
para concretar mi angustia.
Jean Genet

 

Pasajeros en tierra

Llegaron los tres cuando el tren ya había partido y no quedaba ni rastro de él: ni el humo, ni el ajetreado trasiego, ni el silbido. Estaban la nieve y las huellas de haber chapoteado los viajeros, el olor agridulce que deja la gente en el frío, los rótulos azules orlados de blanco, los luminosos desactivados, los barrios severos que dan la espalada a la estación, la negrura de la noche, el brillo fatuo de la nieve. Y nada más.

_ Vaya tela. So ein Mist! _Le oí decir al más alto.

_ ¿Qué harremos nosotros ahora? _Preguntó con fuerte acento el delgadito.

_ Ni puta idea, mein Schatz.

En ese momento apareció una gran dama de alta alcurnia, que llevaba al hombro una orquídea contrahecha con el mismo orgullo que los piratas llevan a su loro.

_ I ara? _Preguntó, ajetreada, con voz de corsario.

Así fue como los conocí. En uno de esos momentos cruciales en que las constelaciones hacen encaje de bolillos. El mismo tren que me repudió a mí, los había olvidado a ellos. Yo iba de vuelta a mi país, con la cabeza bajo el ala, acarreando a Ulrike como el boceto de un artilugio absurdo. Me había apeado a comprar unos periódicos y no entendí la llamada del tren deformada por la megafonía. Ellos tres vivían en aquella ciudad cuyo nombre aún no me había aprendido. Se iban para Budapest a pasar una semana: los billetes en la mano, los pasaportes y las reservas. Pero no siempre se puede alcanzar al tren. A ellos se les veía contrariados, pero no enfadados. Yo estaba todavía en pleno shock.

_ Haben Sie auch den Zug verpasst? _Me preguntó la dama atiplando mucho la voz.

_ No, yo no. Me ha dejado tirada él.

_ ¡Madre del amor hermoso! -Dijo el alto- Cuatro desahuciados con una lengua común. ¡Qué argumento para un corto!

En el restaurante de la estación, situado en el primer piso como en los aeropuertos, nos recogimos a pensar qué hacer con el estado de las cosas. Mi maleta sería la única que disfrutaría de Budapest. Por la mañana la reclamaría. Ellos le habían dejado las llaves de su casa a sendos amigos y/o vecinos para que cuidaran de las gatas y regaran la colección botánica. Hasta la mañana no era plan de alertarlos. De modo que teníamos toda la noche por delante. En una noche hay tiempo para forjar una relación basada en un conocimiento detallado. Eso no ocurre durante el día. Esa noche nos cantamos una ópera de idiomas entrelazados. Y cuando amaneció, estábamos al tanto de los pormenores de nuestras vidas y sentíamos la fuerza de la amistad imperecedera.

_Vas a alucinar con la casa. _Dijo Isadora, que así se hacía llamar la dama estrambótica, a quien le debo mi siguiente reencarnación.

_Cuando deseas, poderás quedarte, nosotrros tenemos habitasión líbera por ti. _Añadió Markus, poniendo en ello los cinco sentidos. Markus era jardinero. Aprendió el oficio en una prestigiosa escuela de Innsbruck, pero ya lo llevaba antes en la sangre. Conocía desde niño las especies botánicas por sus nombres latinos. Había memorizado los ascendentes y parientes mendelianos de todo cuanto germina con la misma precisión que si hubieran nacido en el mismo pueblo que él. Sabía darles toda clase de caprichos minerales. Las pocas veces que se le secaba una planta, Markus dejaba de comer y se marchitaba.

Estaba amaneciendo cuando levantamos el campamento. Yo iba ligera de equipaje, pero ellos llevaban el suficiente como para haberse afincado en Budapest. Camino a la casa, tras dejarnos conducir por insondables trazados del metro, semejábamos cuatro porteadores. Nunca antes había visitado barrio tan distante. Recorrimos largas calles de casuchas a medio enlucir, con absurdas escaleritas en la fachada que no conducían a ninguna puerta. Dos pequeñas fábricas de ladrillo, la una junto a la otra, compartían el nombre: “Gebrüder Helzenhamer”, la peineta del barocker Baustil y la manufactura de envases. Parecían heredadas por dos mellizos. Hasta sus escuchimizadas chimeneas decían las mismas señales de humo. Vi algún que otro almacén con enormes portalones, en uno de los cuales un tal Peter les guardaba la llave de la casa y les habría dado de comer a las tres gatas. Ni tiendas, ni bares, ni quioscos, ni colegios, ni iglesias. Era un barrio destartalado y sobrio, un cruce entre Harlem y el Londres de Oliver Twist, recubierto de una nieve sucia que no parecía de verdad. El cielo tenía el color del óxido, y el frío era tan intenso que penetraba en el cerebro. No había ni un alma.

_ Bueno, me dijo Andreas, ahí la tenemos: Taahra.

¿Taahra? Y entonces fue cuando la vi, en la siguiente manzana de las fábricas mellizas, penetrando por una retorcida callejuela. Como surgido del hechizo de la fealdad, se materializaba un palacete flotando sobre la neblina, acariciado por la arboleda milagrosa y perenne de Markus. Era una casa de inspiración modernista, enlucida por entero con trencadis. Tenía una pequeña torre octogonal a la izquierda, forrada de trepadoras y enredaderas que ya empezaban a verdear. Ventanas de tamaño irregular y estilos distintos le conferían un aire hechicero: las de la torre eran ojivales, con una pequeña columna torneada en el centro; en los pisos superiores, estaban adornadas unas con vidrieras verdes, ámbar y azules, y otras con venecianas de color añil. En el frontis, como si fuera el ojo de un cíclope, llevaba la casa incrustada una escotilla decorada con vidrios de colores, igual que los camafeos. La escalera, cuyo primer tramo era semicircular, estaba flanqueada por una balaustrada de mármol negro.

Después de haber pasado toda la noche en blanco, entré en la casa aquella como si me estuviera durmiendo. Un gran salón digería a la entrada la plana luz de fuera y, haciendo uso de todas sus truculencias: vidrieras, cristales glaseados y lámparas estratégicas, expelía una luminotecnia de reflejos coloreados y sombras veladas. Allí dentro, en un constructo mental escamoteado del espacio físico, los cuatro cobrábamos un efecto de ánimas bailando al son de una música interior potente. Hasta mucho después de haberla abandonado, no he comprendido que aquella casa fue mi primer nido, mi última oportunidad y mi única escuela.

...

El alto era Andreas, había nacido en la provincia de Ciudad Real, de padre alemán y madre manchega guapetona. Tenía la arquitectura de los germanos y la expresión corporal de Sara Montiel. Su modelo cultural y su patrón de conducta eran los admirados en la figura romántica de su padre medio ausente; pero el molde psicológico que lo troqueló era el de su madre reforzada por su abuela, ambas cluecas. El resultado era un húsar gallardo y femenino, que miraba pícaramente con sus ojos de un azul gélido y admiraba a Werner Herzog cuando quien le emocionaba era Pedro Almodóvar.

El padre de Andreas había abandonado a su madre al poco de nacer él. Pertenecía a una seductora familia de judios adinerados y demócratas que nunca repudió a la española, aunque tampoco la bendijera con los rezos del talmut. Se ocuparon, sin embargo, de que a la rama bastarda no le faltara de nada. Cuando el hijo sentó por fin la cabeza para emplearse en los negocios familiares, supo reconocer que la española había sido un affaire de juventud y aceptó contraer nupcias con la hija de un ex-rabí praguense. Pero los designios sagrados son inescrutables, y el buen Dios no consagró esta unión con un heredero. De manera que hubo un intercambio pactado de Andreas, un trenzado familiar de inviernos y veranos con vistas al porvenir; porque en la vida hay que saber hacer frente a la adversidad, según está escrito.

El chico creció bilingüe, si bien se trataba de un bilingüismo disyuntivo que le iba acentuando una bipolaridad. Lo mandaban a un cursillo de esquí en Innsbruck, donde le enseñaban a respetar la flora alpina, y luego a unas colonias en los Montes de Toledo, donde era costumbre desmembrar a las lagartijas. Estudió el bachillerato en español y una ingeniería en alemán, un Máster en Frankfurt y unas prácticas en una empresa de Buenos Aires. Así fue trampeando hasta que se le cruzaron las coordenadas, como al perro de Pavlov, y empezó a formarse el hombre-síntesis que no nacería hasta que Markus le trajo el regalo clorofílico de su amor y la belleza de su lentitud.

La casa la mandaron construir los bisabuelos de Andreas, mucho antes de que aquellos terrenos fueran tragados al alimón por un polígono industrial y un barrio obrero. Allí vivió la familia años de bonanza y expansión entre planificaciones comerciales y celebraciones en familia. Eso fue también mucho antes de que el nazismo se cebara en los gentiles de Sión y diezmara a la familia.

Cuando Markus y Andreas decidieron su unión inquebrantable, surgió de ellos una fuerza sugestiva que allanó el terreno y limó las asperezas de forma muy imprevista. La madre de Andreas los bendijo, con el beneplácito de la abuela, quizá calibrando la sorpresa de Andreas como una sutil venganza contra el padre. La familia alemana, hecha históricamente a las adversidades, dio por saldada la deuda de honor regalándoles la casa de los ancestros, que de todas formas daban por perdida, como nido apto para esa clase de amor.

Andreas y Markus comenzaron su nueva vida. Una vida de convergencias. A la casa le insuflaron su aliento, y resucitaron en el jardín todos los árboles frutales. Juntos sabían optimizar sus conocimientos y su creatividad. Cuidaban jardines ajenos, hacían pases de modelos, fotografía artística y pequeños papeles en el cine, escribían proyectos de ingeniería industrial y guiones muy visuales para seducir a las productoras. En todo colaboraban. Y un día de aquel collar de días perlados, conocieron a Isadora. Porque las felicidades nunca vienen solas, y es aconsejable engolosinarlas.

El nombre de Isadora fue Isaac. Es bueno recordarlo, porque también le pega. Tiene cara de llamarse Isadora e Isaac, al cincuenta por ciento. Ese nombre que tuvo fue seguramente la pista que siguió para acercarse a esta casa de judíos. Isadora vestía como la Duncan, excepto por el foulard, porque no quería tentar al diablo. Ella fue mi madre, o la enviada de mi madre, o como me decía Isadora: _Yo soy la madre que no te parió.

Nació en Barcelona. La madre de ella era la portera de un edificio de raigambre barceloní, de aquellos que hacen compatible los estilos barroco y veneciano, dotada de un ascensor rococó de madera oscura y muchos espejos. En el tercero vivía un componente de un conjunto musical de los sesenta, “Los Mustang”, o “Los Sirex”. Era una calle al pie del Tibidabo, pegada a una zona residencial de alto copete, arbolada con plátanos, álamos y acacias. El padre de Isadora trabajaba de bedel en un instituto y había nacido en la provincia de Lleida. Junto con un paisano de su mujer, llevaba a medias un taxi que le ocupaba las tardes. La madre era de un pueblecito pegado a Badajoz. Aparte de apacentar la portería, le hacía de peluquera a las señoras del vecindario. El ático donde habitaban olía siempre a mongetes bullides, a choricito extremeño y a productos oxigenados. _Els pares son mes macos que macos. _Decía siempre Isadora. Tenía cuatro hermanos, todo tíos, el bachillerato y una esmerada ilustración autodidacta. Había abandonado Barcelona con la idea de trabajar como mecánico en la Mercedes o en la Ford, pero ella tenía ya en la cabeza una factoría. Le nacían ideas tipo Tricicle y tipo Pere Calders envueltas en poesía, filosofía y psicología.

Al juntarse con Andreas y con Markus, nació la mujer meridional como un fragmento nuevo para enlucir la casa de trencadís. Abandonó la mecánica, aprendió alemán y se zampó entera la biblioteca de la casa.

A mí me alojaron en el segundo piso, en la habitación del ojo por el que se veían de colores los cielos cenicientos y los humos gemelos de las fábricas. Tenía una cama con dosel y un armario barrigudo con patas de león. En la escena celestial representada en el techo, dos angelitos obesos, que parecían salidos del pincel de Rubens, desenrollaban un pergamino donde constaba, según Andreas, un pasaje ancestral del Talmud babilónico. De la palabra “yehudi” pendía una gran lámpara de cristalillos de colores en forma de estrella de David. En aquel escenario semita, y en compañía de Markus, Andreas e Isadora, cada día celebrábamos la fiesta que debería ser celebrada, si las cosas fueran como deberían ser siempre. Como fueron durante un tiempo....

_Tenemos que nos organizar nosotros. _Comenzó a decir Markus despedazando la sintaxis. _Por comer y por beber hay ningunas cosas en el frigo.

Las tres gatas aparecieron a la vez, soñolientas y parsimoniosas, en absoluto sorprendidas. Parecían alertadas por la palabra “frigo”. La mayor, una Tabby con los ojos hipnóticos de los hindús, llevaba el nombre de Tabitha; la más traviesa era una bolita de peluche plateado que se llamaba Samantha; y Endora tenía la cara triangular y el talante hosco de los Devon Rex. Aunque sus nombres eran de embrujadas, sus almas eran las de una matriarca celta, un enanito bufón y una archiduquesa resentida.

_ A Budapest ya no vamos. ¡Auf keinen Fall! A mí se me han ido todas las ganas. Cuando se pierde un tren es porque ese no es tu sino. De manera que tenemos que hacer la compra de siempre. Y luego lo que le guste a Genoveva. _Concluyó Andreas, que era, dentro de lo que cabe, el principio de la realidad.

Ángela Mallén: Los caminos a Karyukai, Arte Activo Ediciones. Vitoria-Gasteiz, 2005 ISBN: 978-84-933716-8-5

 

ÁNGELA MALLÉN (Alcolea del Río, Sevilla). Poeta y narradora. Licenciada en Psicología, con estudios de Pedagogía y Filología, ha sido funcionaria, profesora universitaria, intérprete y traductora. Ha hecho nido en Andalucía, en el Mediterráneo, en Austria y en el País Vasco. Premio Internacional de Poesía “Leonor de Córdoba” (Córdoba, 2003), con la publicación del poemario: Courier -Los trenes del sur- (Andrómina, Córdoba 2003). Publicación de la novela Los caminos a Karyukai (Arte Activo Ediciones, Vitoria 2005). Colaboradora en las revistas Galerna (USA) Espacio Luke de la Editorial Bassarai, Texturas, Arte Activo y otras. Participación en la Antología de poetas por la paz Pólvora blanca, (Ayuntamiento de Córdoba, 2003); y Antologia de Poetas en Solidaridad con los Afectados por el Sida (Junta de Andalucía, Córdoba 2007). El poemario Palabra de elefante saldrá a la luz en septiembre 2007, de la mano de la editorial Arte Activo.

DE LA CONTRAPORTADA

Los caminos a Karyukai es un cuento contemporáneo donde los perversos hacen un daño impreciso, ambiguo, colateral, del que resulta más fácil ironizar que dramatizar. Su protagonista es una mujer fragmentada y fútil que vive durante el viaje una epopeya psicológica: la búsqueda de su propia cohesión identitaria y la construcción de un hábitat efímero.

Un artificio que, para escribirlo, sólo cabía la técnica del trencadís -la composición de un concepto a base de reunir añicos- y el arte prestidigitador de la Papiroflexia: aquel de quienes saben extraer volúmenes de un plano.

Una lectura que se disfruta desde la profundidad y la distancia, cumpliendo las leyes que rigen la percepción.

 

DE LA CRÍTICA

Karyukai quiere decir “el mundo de la flor y el sauce”. Según la estética japonesa parece ser un lugar destinado a recrear el alma por medio de la vista, o un lugar donde alcanzar sosiego espiritual. En cualquier caso, cada uno tiene su karyukai personal, y no estaría de más encontrarlo. Algunos se lanzan a enigmáticos viajes para alcanzarlo, otros no salen de casa. Para Angela Mallén, a Karyukai se llega en tren.

Los caminos a Karyukai, editado en la colección Menhir de la firma alavesa Arte Activo, es una novela en la que el tren juega un doble papel. Es el medio de transporte de la protagonista por siete lugares diferentes de toda Europa, pero también sirve como metáfora de la vida cotidiana, la rutina y lo establecido por la moral y la ética occidental.

Un libro culto, original y creativo, en el que desfilan citas al comienzo de cada capítulo, como faros para viajeros desorientados; a modo también de credo personal de la autora: Bukowski, Stefan Zweig, Günter Grass, entre otros.

Según palabras de la autora: “El tren tiene la virtud de ser una especie de salón social que se va y vuelve, que va por un carril del que no se puede escapar, aunque a veces consigue desviarse; el libro es una reflexión sobre qué grados de libertad podemos alcanzar y si es posible salir de la concatenación del raíl”.

La búsqueda entre la libertad y la normalidad concluye, como refleja el título de la obra, en Karyukai, ”Es algo que quiero que cada lector defina y que comprenderá a la perfección según vaya pasando página”.
           (Crítica aparecida en la revista “LUCES DE BOHEMIA”, Praga)

 

    Los caminos a Karyukai, un intenso relato de formación de la personalidad o bildungsroman. El tren se convierte en alegoría de la fusión de contrarios, del viajero inmóvil, del espíritu migratorio y sedentario -de la fábula del águila y la tortuga- en el camino férreo -y dúctil como el hierro- que conduce a la narradora, en su novela en marcha, desde el conductismo de la educación adquirida hasta la cognición de su penúltima parada -tras pasar revista a la peripecia interior de sus siete vidas pasadas-...
          Luis Arturo Hernández (Bitarte, Donoitia, abril 2006)

 

Una colección de imágenes al estilo de las que se ven a través de las ventanas del tren, como un cinematógrafo de la realidad, que rastrea el interior del alma y lo expresa en palabras. La capacidad de observación e intuición, con un final inesperado. Sobresale de la narrativa actual. Su vocación cuarteada, a pinceladas, le da una visión impresionista. El lugar hacia donde nos lleva el título está más alejado que la tradición nipona, nos llevan al propio “yo”.
          Antonio Varo Baena (Andrómina, Córdoba)

 

© Ángela Mallén 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/karyukai.html