La máscara del lenguaje
en Cuentos de Hades de Luisa Valenzuela [*]

José María Areta

Universidad Nacional de Seúl


 

   
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Resumen:Cuentos de Hades es una sección compuesta por seis pequeños relatos incluida en el libro Simetrías (1993). En una primera lectura, son relatos basados en la deconstrucción de algunos de los más famosos cuentos infantiles publicados por primera vez por Charles Perrault en 1697. Al mismo tiempo, como veremos a lo largo de este trabajo, pueden interpretarse como un intento de revelar y desvelar la tragedia de Argentina durante la durísima época de la dictadura (1976-1983), para buscar sus raíces.
Palabras clave: Luisa Valenzuela, relato político, narrativa argentina

 

“La literatura es ese momento donde las palabras
adquieren otro valor y te sacuden”
                                    Luisa Valenzuela

 

Cuentos de Hades es una sección compuesta por seis pequeños relatos incluida en el libro Simetrías (1993). En una primera lectura, son relatos basados en la deconstrucción de algunos de los más famosos cuentos infantiles publicados por primera vez por Charles Perrault en 1697: Caperucita Roja, Blancanieves, Cenicienta, Barba Azul y La bella durmiente, aparte de hacer referencia a otros como La princesa y el guisante o El príncipe rana. Los seis cuentos que forman la sección son “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”, “No se detiene el progreso”, “4 príncipes 4”, “La densidad de las palabras”, “Avatares” y “La llave”. El hecho de que estos cuentos estén agrupados bajo el título de “Cuentos de Hades” es una indicación de qué es lo que deberíamos buscar en ellos: un descenso a los infiernos, un ejercicio de deconstrucción de los fundamentos de nuestra mitología (si consideramos mitos los cuentos). Son un viaje al origen de nuestra concepción del mundo, nuestros prejuicios y nuestros miedos. Son también, como toda la literatura de Valenzuela, un ejercicio lingüístico, la deconstrucción del lenguaje, de la composición literaria en pos de esa máscara: “El lenguaje es en sí mismo una forma de máscara: cubre y desvela a la vez”, ha dicho Valenzuela (Russo 1978~2000, 6). Al mismo tiempo, como veremos a lo largo de este trabajo, pueden interpretarse como un intento de revelar y desvelar la tragedia de Argentina durante la durísima época de la dictadura (1976-1983), para buscar sus raíces. Es, como dice Valenzuela, un ejercicio de “[…] desarticular las apariencias, desenmascarar los discursos, empezando por el discurso de los dominadores, que es presentado como la única verdad y suele ser falso” (Russo 1978~2000, 1). Así puede entenderse en la figura constante de la abuela, que en “La llave” acaba convertida en una de las “Abuelas-Madres de la Plaza de Mayo”, que pretenden precisamente eso: desenmascarar a los dominadores-torturadores-represores. ¿Por qué incluyó estos cuentos en el libro Simetrías, junto con otros relacionados directamente con la realidad de Argentina (como “Tango”, “El café quieto” o el relato que da nombre al libro, “Simetrías”)? ¿Qué tienen que ver estos cuentos con las posibles simetrías?

Como veremos al estudiar cada uno de ellos, dos elementos simétricos son aquellos que son exactamente iguales pero contrapuestos, como la imagen que vemos en un espejo: no es nuestra propia imagen la que vemos, sino la contraria, pero reconocible. Este objeto, el espejo, aparece en varios de estos Cuentos de Hades, devolviéndonos la imagen contrapuesta del mundo infantil de los cuentos.[1] Nuestra sociedad es un reflejo de estos cuentos ya que estos textos delimitan los papeles y las relaciones que se establecen en una determinada cultura, como bien apuntaba Andrea Dworkin en Woman Hating (1974). El valor del cuento tradicional radica en la moraleja, y esta moraleja es la expresión de un mundo de dominadores, sobre todo en relación con la mujer. De este modo, la deconstrucción de estos cuentos es, en cierto sentido, la de nuestra sociedad patriarcal y restrictiva. Así podemos ver las tumultuosas relaciones madre (o madrastra)-hija, marido (dominador)-mujer (dominada), príncipe (activo)-princesa (pasiva), etcétera.[2] Por último, otra posible lectura de estos textos sería la de contenido político: el rey-príncipe-señor, dominador, no es más que la imagen del poder, bien sea político o militar, mientras que la imagen de la princesa, dormida unas veces (La bella durmiente), bailando otras (La Cenicienta) representarían al pueblo sometido que no lucha por liberarse, que acepta el discurso impuesto, la verdad conveniente, el miedo y se dedica a bailar (la imagen del tango en el cuento del mismo título y el baile de la Cenicienta es otro punto de unión entre cuentos aparentemente tan dispares). En todos estos casos, y citando a la propia Valenzuela: “[…] nuestra capacidad como bien apuntó Lacan de acceder a lo real sólo se ejerce por la mediación de lo simbólico” (Bilbija 2000, 12). En este caso, llegaríamos a comprender lo que nos rodea partiendo del mito. La deconstrucción del mito (lo simbólico) nos ofrece la clave (llave) del mundo real. Pero el lenguaje también es parte del mito (“el lenguaje nunca es inocente”, Valenzuela cita a Juan Goytisolo en su entrevista con Bilbija 2000, 13). Las palabras vuelven a ser las bestias negras de Cortázar, la palabra como símbolo: la única manera de capturar la realidad, de interpretarla.[3] El proceso de deconstrucción del mito tiene que pasar por la deconstrucción del lenguaje que es el espejo donde se refleja ese mito (otra simetría). Todo este proceso es un viaje, bien interior o exterior, para desenmascarar el lenguaje y el “cuento de hadas” que esconde. Es el mismo viaje de muchos de esos cuentos (pensemos en Caperucita Roja, que Valenzuela elige como el primero de esta serie), pero un viaje a la inversa, al interior del símbolo para intentar descubrir lo real. En este sentido vuelve a aparecer otra simetría: símbolo/mito-realidad, viaje-descubrimiento (Maci 1986, 69). Así, el lenguaje de Valenzuela adquiere un protagonismo aun mayor que en otros cuentos de Simetrías. No es de extrañar que uno de esos relatos se intitule “La densidad de las palabras”. Como el “sexo, la actitud sexual y el deseo aún implícito tiñen la palabra”, es obligada la lectura femenina de estos cuentos, ya que son una exploración de los deseos de la mujer, divorciados ya del deseo del hombre que siempre los ha dominado (Russo 1978~2000, 2).

Por supuesto que estos cuentos se podrían incluir en cualquier antología sobre el realismo mágico argentino y latinoamericano: el mundo de la magia es simétrico del mundo real, y en ese paso de lo mágico a lo real y viceversa, como el paso de Alicia a través del espejo, descubrimos esas relaciones tan estrechas de ambos. El viaje de Alicia no es distinto al de Caperucita: son viajes iniciáticos, sendas de aprendizaje y maduración.

Como hemos visto hasta aquí, estos cuentos que nos ocupan pueden descodificarse de múltiples maneras, pero todos estos códigos están entremezclados de tal forma que no es posible hacer un solo tipo de interpretación: al igual que el espejo de Blancanieves aparece en el cuento de Caperucita Roja, las distintas codificaciones también están mezcladas. Vamos a analizar más detenidamente cada uno de los relatos que componen la serie para intentar descubrir esta red de interpretaciones.

El primer cuento de la serie es “Si esto es vida, yo soy Caperucita Roja”. Ya el título hace referencia a ese viaje vital de la protagonista, de la autora, y de cualquier ser humano. La literalidad del título nos obliga a cierta descodificación “literal” del texto, la escritura literal a la que hace referencia Gutiérrez Mouat (1995): una oración como la del título del relato nos obliga a deducir la falsedad de la prótasis por la imposibilidad lógica que presenta la apódosis. Como el hecho de que yo sea Caperucita Roja es imposible, se obliga a interpretar como falso el hecho de que esto sea la vida. Pero Valenzuela nos obliga así a deconstruir el lenguaje: tanto la prótasis como la apódosis son verdaderas. Efectivamente, es Caperucita Roja y es su viaje vital.

Una de las obsesiones literarias de Valenzuela parece ser el tema de la travesía en busca del deseo, tal y como intituló su entrevista Guillermo Saavedra (2001). Esta travesía está relacionada con el viaje vital, pero también con el exilio en busca del deseo, femenino en este caso, de la propia autora: “[…] cuando conozco el camino me aburro, necesito ir descubriéndolo con la marcha y no siempre la cosa se hace fácil”. Caperucita es cualquier mujer que debe “salirse de la madre” para “caminar hacia la abuela” (Russo 1978~2000, 8). Valenzuela reconstruye el viaje de Caperucita Roja: el paso infancia-adolescencia-madurez puede estar lleno de peligros (el lobo: los propios deseos), pero es un viaje necesario, lleno de sombras, hasta aceptar sus propios deseos (hasta convertirse en lobo). Este viaje es el de una niña (un ser incompleto) que se ha de convertir en abuela-lobo (un ser completo y complejo). El lobo es “ajeno” (p. 64),[4] por eso el viaje continúa, hasta hacerlo propio, hasta convertirse en él. De ahí que los cuatro personajes (la madre, Caperucita, la abuela y el lobo) se conviertan en uno (“Y la boca traga y por fin somos una”, p. 70). Esta búsqueda de satisfacer los deseos, de aceptarlos, es un viaje erótico lleno de símbolos fálicos (los árboles a los que se sube Caperucita), de placeres (las frutas prohibidas), de experiencias (la cesta donde Caperucita recoge lo que va encontrando en el bosque). En ese camino, la caperuza va deshaciéndose en jirones. Esas experiencias que nos dejan huella, nos hieren (“En el dintel de mi abuela me lamo las heridas, aúllo por lo bajo, me repongo y compongo”, p. 69), son las que definen lo que somos: el lobo ya no es algo ajeno, sino propio. El viaje es una metáfora de la vida: muchas preguntas y pocas respuestas.[5]

Valenzuela ha dicho que el origen del cuento son algunas preguntas que se hizo al leerlo: “‘Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja’ se originó con una pregunta, como muchos de mis textos. Me pregunté un buen día por qué la madre de Caperucita, que se supone que es una buena madre, la manda a la nena al bosque tan peligroso donde mora el lobo feroz” (Russo 1978~2000, 8). ¿Por qué esta lista de preguntas? Posiblemente porque Caperucita Roja es un cuento diferente: no hay príncipes, princesas, reyes o señores. Es un cuento de tres mujeres y un lobo, un cuento atípico, y creemos que ése es el motivo de que inicie la serie. Por ello, la referencia al espejo de Blancanieves, donde Caperucita ve reflejada a su madre (madrastra)-ella misma. El mismo espejo sirve para crear otra relación mítica, Alicia y Caperucita: “Me reí, se rió, nos reímos, me reí de este lado y del otro lado del espejo, todo pareció más libre, más liviano; por ahí hasta rió el espejo. Y sobre todo el lobo” (p. 66). Es la forma de descubrir simetrías, de invitar al lector a descodificar los textos. ¿Qué significado tiene el espejo? El espejo nos devuelve nuestra imagen contrapuesta, pero los espejos mágicos no hablan sólo de nosotros, sino del entorno: “¡Tu madre, boluda!” (p. 66). Es un espejo argentino, que habla en argentino. Este viaje a través del bosque es el viaje de Luisa Valenzuela y una referencia a su madre, Luisa Mercedes Levinson. Es un viaje al exilio en Francia, Estados Unidos, España, donde pasó buena parte de su vida. La visita de Caperucita Roja a su abuela (su madurez) es un camino de exilio. Esta relación madre-hija está muy presente en toda la obra de Valenzuela.[6] Pero al ser interpretada como exilio, podemos ver este viaje como la búsqueda de la madurez fuera de Argentina (la madre-madrastra), que envía a su hija al bosque peligroso donde está el lobo feroz (sus propios miedos): “Ahora, el proceso de escribir es también una larga aventura”, dice Levinson en un trabajo en la página web de Valenzuela. Desde este punto de vista, este cuento puede interpretarse también como el proceso de escritura: el tema (Caperucita), el proceso de escritura (el viaje por el bosque), los desafíos (el lobo) y el resultado del proceso (la abuela): “Yo soy Caperucita. Soy mi propia madre, avanzo hacia la abuela, me acecha el lobo” (p. 67). Es la génesis del proceso de escritura literaria. De ahí la escritura “literal” de Valenzuela. Es literal porque refleja el proceso creador y porque desdibuja los límites entre ensayo y creación literaria.

El segundo cuento de la sección es “No se detiene el progreso”, una deconstrucción de La bella durmiente del bosque. En el cuento tradicional,[7] Aurora, que cumple 16 años, es objeto de un hechizo de Carabosse, el hada vengativa, y acaba pinchándose con un huso, lo que la hace caer en un profundo sueño del que despertará por un beso del príncipe. Al contrario de lo que ocurría en Caperucita Roja, este cuento habla del poder (la realeza, las hadas y brujas -Brhada, como Valenzuela llama en su relato a Carabosse-), un mundo dominado por el varón-dominador (que bien podría no ser un varón en absoluto): “El mundo no le ha pasado por encima porque el mundo, con todo su horror y destemplanza, no concierne a las damas” (p. 75). Aunque se han hecho interpretaciones de la imagen de un varón oculto (rey o señor) que determina el destino de la princesa (Marting 1995), creo que se puede hacer una lectura distinta: volvemos a tener la imagen de la abuela (la Brhada) que ha asumido su vejez (“Ella se había dejado, eso sí, marcar por las experiencias y había asumido su vida hasta el punto de permitirse envejecer despreocupándose de su aspecto de hada” p. 72). Esta figura de la abuela, a la que se hace también referencia en “Si estoy es la vida, yo soy Caperucita Roja”, bien podría ser la misma abuela de Caperucita Roja en el sentido de que es una mujer que ha asumido su vejez (su proceso de aprendizaje, de aceptación y búsqueda de sus deseos), que ha aprendido (en el cuento ella aparece como la inventora de la rueca=rueda, es decir, el origen de las cosas, la auténtica búsqueda de la verdad). Esta imagen contrasta con la Bella durmiente, una bella princesa que acepta su condición servil ante el príncipe azul (“El mundo no le ha pasado por encima porque el mundo, con todo su horror y destemplanza, no concierne a las damas. […] Ella no se preocupa por esas nimiedades y el príncipe la quiere tal cual, inocente de todo cuestionamiento vano” p. 75). Aquí está el contraste con Caperucita Roja, que inició un viaje vital en busca de sí misma, para aceptar el propio proceso de madurez (aprendizaje), mientras que la Bella durmiente es precisamente eso, una princesa durmiente que ha dormido en el bosque. Y es el papel social que tiene asignado por el varón-dominador, de donde surge la interpretación feminista (o femenina) del cuento: “El príncipe azul sólo atina a cambiarle el ajuar. Es así como la quiere, con ideas de antes y la moda de su tiempo”. Es la sociedad patriarcal la que exige belleza en la mujer, con ideas conservadoras. En este sentido, la imagen de Brhada es la antítesis de la imagen de la princesa: una ha asumido su vejez (ha madurado siguiendo el proceso natural de aprendizaje) y la otra ha pasado por la vida sin pena ni gloria. Sin embargo, el origen de esta situación es la indolencia de la sociedad patriarcal, de la figura masculina tradicional que cabalga a lomos de un corcel para despertar a las princesas con un beso (con todas las connotaciones sexuales que esto pueda tener): “Lo que el príncipe nunca llegará a saber es que su amada princesa cien años atrás se durmió de un pinchazo. Y tampoco le importa”.[8]

La princesa es un ser reprimido en una sociedad patriarcal y ella misma, sometida, asume su papel aunque en el interior tenga deseos de escapar: “La ama con pasión creciente mientras ella se sumerge cada vez más en sueños[9] más profundos donde cabalga víboras y la sangre se le hace clorofila y todo su cuerpo ruge como rugen las ganas a merced de las tormentas” (p. 75). Surge otra vez la imagen del árbol (la clorofila) de ese bosque que es la vida, símbolo fálico y de aprendizaje, tal como hacía Caperucita Roja en su viaje, subiéndose a todos ellos: “Al principio me trepaba a cuanto árbol con posibilidades se me cruzaba en el camino” (p. 61), y de ahí que el príncipe “La ama mientras de sus gráciles bracillos van creciendo poco a poco unos zarcillos viscosos que lo atrapan” (p. 75).

Aparte de esta relación del príncipe y la Bella durmiente, que se basa en un patriarcado improductivo, hay otra relación en el cuento que nos puede ayudar a interpretarlo: la de la Bhrada con su ahijado Buerdagundo, quien por indicaciones del hada madrina, ha construido la rueca (el origen del “sueño-ignorancia-represión” de la princesa). Esta relación parece un símbolo de un matriarcado original que generaba un modelo social productivo (la creación de la rueda-rueca). Aquí encontramos de nuevo esta simetría: dos mundos contrapuestos, un matriarcado productivo y un patriarcado estéril donde la mujer, al tener limitada su capacidad de desarrollo social e intelectual, se convierte en una planta.[10] Desde este punto de vista, podemos volver al cuento de Caperucita Roja, donde parece que nos encontramos en un matriarcado (los protagonistas son mujeres: Caperucita, la madre y la abuela) y ese matriarcado conduce a un proceso de aprendizaje por ser una sociedad más libre, menos represora. En este sentido también, el título visto desde esta perspectiva nos ofrece una clara ironía. “No se detiene el progreso”, sarcasmo sobre el supuesto “progreso” de paso del matriarcado fértil al patriarcado estéril que limita las posibilidades de desarrollo de la mujer.[11]

El tercer cuento de la serie es “4 príncipes 4”, y son 4 pequeñas y crípticas historias de príncipes basadas en algunos personajes de cuentos infantiles como El príncipe rana, el príncipe de La bella durmiente, La princesa y el guisante, de Hans Christian Andersen, y un pequeño texto muy crítico que no tiene aparente relación con ningunas de las figuras de los cuentos de hadas. Estos pequeños relatos, titulados “Príncipe 1-4” no parecen ser textos independientes, aunque las apariencias y el título así lo indiquen, pero tampoco están conectados si no es por el hecho de que ofrecen diversos puntos de vista sobre la sociedad actual a través del análisis de personajes de cuentos de hadas.

El primer texto hace referencia al cuento El príncipe rana. Este relato infantil podría considerarse la antítesis de La bella durmiente en el sentido de que el beso que “despierta” lo da la princesa. Pero la moraleja del cuento es distinta: “hay que mantener las promesas”. La deconstrucción y reconstrucción de Valenzuela habla de la desaparición de la princesa: el príncipe no quería dejar testigos. La desaparición (¿posible asesinato?) de ella hace que él no tenga recuerdos. Nadie le puede contar el cuento. ¿De qué cuento estamos hablando? El espejo no le devuelve la imagen al príncipe: su cuento no existe y por ello, él tampoco. El príncipe sigue siendo una rana porque nadie proyecta su mundo como dominador. El dominador necesita súbditos: desaparecidos éstos, aquél no tiene sentido de ser. El acto de la princesa le lleva a su perdición. Una lectura feminista nos obligaría a pensar que el beso de la princesa, que provoca la transformación del sapo en príncipe, acaba con ella misma, dominada de nuevo en una sociedad patriarcal y machista, lo cual, a su vez, lo inhabilita a él. Ella se ha quedado sin voz. Su cuento ha desparecido. Si mi interpretación política es correcta, el sacrificio personal de las “Abuelas-Madres de la Plaza de Mayo” desvirtúa el milagro de la metamorfosis del príncipe dominador (que como rana tenía en su poder la bola de oro de la princesa). Podemos seguir también aquí interpretando el paso de una sociedad matriarcal a otra patriarcal y restrictiva donde el pasado siempre es el presente.

El segundo relato, “Príncipe 2” vuelve al tema de La bella durmiente. En este texto retoma la idea que expresaba en “No se detiene el progreso”, pero nos ofrece una metáfora más: el príncipe despierta a todas las princesas que encuentra, pero ellas “se vuelven exigentes, despiertan a la vida, al mundo, a sus propios deseos y apetencias; empiezan los reclamos. No es así como él las quiere” (p. 76). Por eso, se niega a despertar a la que busca desde hace tiempo. La deja dormida en su sarcófago y “’La respeto’, dice a quienes quieran escucharlo. Y ellos aprueban”. Aunque la imagen sea distinta a la que nos ofrece en el cuento anterior, la conclusión es la misma: la sociedad patriarcal anula a las mujeres, las deja dormidas sin posibilidad de despertar a la vida y a sus pasiones. Mientras el príncipe se hace más sabio (?), la princesa dormirá por siempre en un sarcófago.[12] En una interpretación más prosaica, podríamos ver el comportamiento sexual despreocupado del príncipe cuando es joven, pero su cautela en la relación de madurez (su esposa, probablemente). Así se puede entender la frase de “La respeto”. No despertar a su princesa le condena: “La salvación de ella y también la de él. Simultáneas, equivalentes” (p. 77). Desde el punto de vista político, el sarcófago nos devuelve al primer relato de este cuento y el concepto de la muerte como impedimento de desarrollo (político y social). El pasado, asimismo, no deja de ser pasado.

“Príncipe 3” es la deconstrucción del cuento de Andersen “La princesa y el guisante” (1838). En este relato sí hay claras discrepancias respecto al cuento original, ya que desaparece de él la reina, que es quien tiene la idea de poner el guisante debajo de tantos colchones. En el relato de Valenzuela es el príncipe, por lo que debemos buscar una interpretación feminista del texto. La princesa, por otra parte, es la superviviente de un naufragio en el cuento original, mientras que aparece en una carroza rodeada de lujos en este relato. Valenzuela intenta llevar la metáfora de la “sensibilidad” de la princesa más allá de lo que permiten los cuentos infantiles. De hecho, La princesa y el guisante ha recibido varias interpretaciones que lo alejan de los relatos infantiles tradicionales: la princesa es una mujer de una gran entereza y fortaleza, superviviente de un naufragio. En el texto de Valenzuela, por el contrario, aparece como una mujer hipersensible que no puede casarse con el príncipe porque todo le provoca dolor y molestias: “[…] que el recamado de perlas del vestido de novia se le clavaba en la finísima piel de sus hombros color albayalde, que el velo de tul de ilusión le raspaba la naricita, que una sutilísima costura en los guantes de gasa le arañaba la mano. Esos detalles” (p. 78). Sigue siendo una sociedad machista, de ahí que “[…] sin jamás de los jamases convocar a hada alguna por miedo a que le arruinara el pastel. No precisamente el de bodas” (p. 78). El hada, de nuevo, es el símbolo de la abuela, aquella que ha cruzado el bosque y se ha enfrentado a sus deseos y sus miedos, por lo que ha alcanzado la sabiduría y la independencia, como las de la Plaza de Mayo.

El cuarto texto, “Príncipe 4” es, podríamos decir, la explicación del código interpretativo de los demás: en este caso no habla de princesas. El príncipe es aquí imagen de la Argentina de la dictadura y de su guerra sucia. El príncipe es el dictador, de cualquier dictador. Es la imagen del poder, del ejército y del poder político que no permite la disidencia. Es asimismo, el símbolo de la sociedad jerarquizada donde la mujer no tiene posibilidad de desarrollo: “Todo empieza con él y con él todo acaba. Quienes no pueden seguirlo, quienes no cambian de dirección y mutan y atienden los intereses del príncipe, caen como pins” (p. 79). El príncipe es así la manifestación más macabra del poder. Si tenemos razón en esta interpretación, entonces todo el relato de “4 príncipes 4” (y quizá todos los cuentos de la serie y del libro Simetrías) tiene una interpretación política. La imagen de la princesa es la de todos aquellos (hombres y mujeres) que no quieren saber, que aceptaron o dieron la espalda a la represión sin plantar cara a los que promulgaron la “Ley de Punto Final y Obediencia Debida”.[13] Por eso, “Se juega al Final de la Historia, o al Posmodernismo, juego este que es pura parodia, que nunca es tomado en serio, gracias a lo cual cumple con precisión su cometido”, quizá como el papel de los cuentos de hadas que, sin ser tomados en cuenta, aparentemente, cumplen su función de mitificación de la sociedad. Emplea así Valenzuela varios niveles de interpretación: la represión machista de la sociedad patriarcal y la represión generalizada del poder político, quizá ambas con el mismo origen.

El cuarto relato es “La densidad de las palabras”. Es una reflexión sobre el papel del escritor en la sociedad contemporánea usando como pretexto historias infantiles: “Pero soy escritora. Sapos y culebras resumen mi necesidad de amor, mi necesidad de espanto” (p. 85). Este cuento profundiza en el mito de Caperucita Roja, Cenicienta o Blancanieves: la actividad frente a la pasividad, el compromiso político frente a la aceptación de una sociedad injusta y represora. Es, sobre todo, un cuento sobre el oficio de escribir, sobre el proceso creativo. Este proceso creativo es un viaje figurado por el exilio del bosque: “Antes de mandarme al exilio en el bosque debo reconocer que hicieron lo imposible por domarme” (p. 84). Es un exilio doloroso y liberador. El relato es la contraposición de dos posiciones en la vida: el viaje iniciático, lleno de peligros, frente al sedentarismo conformista (el escritor-activo frente al contemplador-pasivo). En realidad, este cuento es la recreación de Caperucita Roja, es otra vuelta de tuerca en ese viaje vital en busca de la realización personal, de la satisfacción del deseo (prohibido por la sociedad patriarcal-dominadora). Ese viaje está lleno de dudas, de ahí el gran número de preguntas que aparecen en el texto, al igual que ocurría en “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”. Son preguntas abiertas, honestas, dirigidas directamente al lector que, como dice Valenzuela, es quien tiene que rescribir la historia en su lectura.[14] El lenguaje se convierte así en el propio mensaje y toma tintes vanguardistas:

“Y fue así como
                     ahora
                            estoy sola en el bosque y de mi boca
                s a l e n   s a p o s   y   c u l e b r a s ”      (p. 82).

Dice Valenzuela que la mujer tenía prohibidas ciertas palabras (Russo 1978~2000, 1). Este relato es la liberación de esa prohibición, un acto total de rebeldía que se refleja en la tipografía del texto. Es una rebelión absoluta contra la sociedad patriarcal-dominadora, asumida por padres y madres sin cuestionarla. De las dos hermanas que han ido a la fuente, una regresa con el regalo del hada de escupir piedras preciosas y la otra de escupir “sapos y culebras”. Aquí Valenzuela no deconstruye un cuento, sino varios, o quizá su propio recuerdo de un cuento: “Tengo una vaga imagen de la escena, como en sueños. Me temo, que no se la debo tanto a mi memoria ancestral como al hecho de haberla leído y releído tantas veces y en versiones varias”. No es un cuento, sino una tradición, infantil y no infantil: es Caín y Abel, Eva y Adán, Cenicienta y Blancanieves, el escritor comprometido y el buscador de estética. Todas las imágenes confluyen en una sola historia: la madre/madrastra, las hijas, el hada: “Ahora sé que no quiero bellas señoras que vengan a pedirme agua. Quizá no quiera hadas o maravillamientos. Me niego a ser seducida” (p. 83). El cuento es también una promesa, un planteamiento ontológico sobre la escritura: “Las hay peores. Las estoy buscando”, dice refiriéndose a las palabras (p. 84). La reconciliación de las dos hermanas al final del cuento nos hace pensar en su concepción de la literatura como lenguaje: estética y compromiso, belleza y lucha social. Si el lenguaje es una máscara, expongámoslo en toda su extensión: “Y mientras con mi hermana nos decimos todo lo que no pudimos decirnos por los años de los años, nacen en la bromelia mil ranas enjoyadas que nos arrullan con su coro digamos polifónico” (p. 86). Pero esta interpretación puede traspasarse a la visión política: si la hermana es Argentina ella busca una reconciliación por años de exilio. Busca reconciliarse con su pasado (que es su presente) y unir su voz, su denuncia social, a las joyas (argenta=plata) de su hermana.

El quinto relato es “Avatares”, estudiado en bastante profundidad por Magnarelli (1995) desde una perspectiva política. Vuelve otra vez Valenzuela a los cuentos de Blancanieves y de Cenicienta igual que hizo en el relato anterior, aunque de forma más literal. Los señores de la guerra (el Señor del Norte, padre de Blancanieves, y el Señor del Sur, padre de Cenicienta) han dejado de pelear por imposición del Rey. La sociedad patriarcal aparece en toda su crudeza en este cuento, con las imágenes del Norte y el Sur, posiblemente como referencia a la riqueza y pobreza de ambos hemisferios que, aunque sometiendo a las mujeres del mismo modo, expresan su violencia de género de forma distinta: destacando la belleza en unas y el trabajo en otras. En las seis páginas del relato, Valenzuela toca temas tan dispares como la pedofilia-incesto, la esclavitud, la violencia de género y la corrupción del poder. Si el cuento anterior era un manifiesto literario, éste es un manifiesto ideológico. Aunque la autora ha reconocido que no se considera feminista porque no se ajusta a ninguna corriente ortodoxa de esta corriente (Russo 1978~2000, 1), lo es de forma heterodoxa. Está preocupada por la represión de la mujer en una sociedad dominada por señores de la guerra, una clara referencia al poder como generador de violencia. Este poder no sólo es político o militar, sino doméstico. El objeto de dominio ha de ser sumiso (sea una mujer o un pueblo), y aquí es donde mi interpretación se distancia de la de Magnarelli: aunque la lectura feminista es obvia, creo que es la visión política la que se impone. Las madres han muerto (la madre patria) y quedan los padres (los padres de la patria) que maltratan y torturan a sus hijos (los ciudadanos). Creo que el título de “Avatares” (fases de algo cambiante)[15] ayuda en esta interpretación. La comparación entre una sociedad feudal y la sociedad presente está al alcance del lector. Seguimos viviendo en una sociedad feudal con una mentalidad represora que maltrata a todos los súbditos, especialmente a las mujeres, y que les impide crecer. Las madres no llegan a ser abuelas. “La paz nos está conduciendo a la locura” (p. 89). Pero en ese proceso no hay nadie inocente: ni las madres, ni las madrastras. Sólo las abuelas han llegado a alcanzar la sabiduría, algo que veremos en el próximo cuento: “Los ronquidos de los padres no llegan allí donde las niñas empiezan a cobrar brillo propio” (p. 90). Las madres y madrastras han desaparecido porque ya reflejan la imagen del marido (la sociedad dominante), una nueva referencia a la simetría de la que se hace eco el título del libro.

Valenzuela vuelve a usar el recurso del baile como imagen de la imposibilidad de aprender, de la ausencia de “viaje”: “Yo, que nunca supe nada de caricias. Bailo, me elevo hasta el sol y ya soy otra. Soy del aire, estoy en medio de un vórtice que me aspira hacia arriba, hacia el sol más radiante. Ya no hay brazos, no hay palacio, sólo luz. Me entrego”. Esta ambigua imagen tienen en nuestra opinión una clara explicación: “Fue Charles Perrault, en 1670,[16] quien primero las puso por escrito [estas historias], redactando moralejas restrictivas, reificando [sic] a la mujer. Debemos recordar que Perrault fue asesor de Colbert y el hombre que escribía los discursos de loas al Rey Sol. No debe sorprendernos que alguien tan enamorado el autoritarismo les aconseje a las niñas ser modositas, dormir hasta que llegue el príncipe, no apartarse del camino trillado” (Russo 1978~2000, 8). El oro es, pues, oropel, un engaño que atrae a las mujeres a la parte más oscura del ostracismo. Pero la autora reconoce los caminos de las niñas: “Somos Blancacienta y Ceninieves, un príncipe vendrá si quiere, el otro volverá si puede. Y si no, se la pierden. Nosotras igual vomitaremos el veneno, pisaremos esta tierra con paso bien calzado y seguro” (p. 92). El viaje ha concluido, y tenemos otra simetría, la de dos niñas que acaban mezclando sus nombres, como puede ocurrir en un espejo. Dos historias paralelas unidas por el hilo de Ariadne en el laberinto del Minotauro. Es, al final, el hilo de Ariadna, el hilo que Valenzuela pretende que el lector halle. El oro, símbolo de poder y el dominio (el argentum se convierte en oro), se convierte y transforma ahora en imagen del sol. Ese ascenso es otro viaje en busca de la identidad: de los deseos. Este ascenso, este viaje, es el trayecto iniciático de cualquier oprimido en cualquier estructura social que permita dicha represión.

Y así llegamos el último cuento de la serie, que nos dará las claves para la interpretación que hemos venido haciendo de todos los demás relatos.

“La llave” cierra esta serie de Cuentos de Hades y da las claves interpretativas de toda la sección, de ahí el título, para descodificar y desenmascarar el lenguaje de todos los cuentos que hemos visto hasta aquí y, quizá, muchos más de la obra de Valenzuela. Es una deconstrucción del relato de Perrault Barba Azul. “Una muere mil muertes” es la oración inicial del cuento (p. 93). La lectura política de este relato es obvia: la cámara de la tortura de la dictadura argentina (o de cualquier otra). La deconstrucción no avanza paso a paso, sino que: “Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente” (p. 93). La cámara de los horrores es del siglo XX, no del XVII. La narradora del cuento es una profesora que da seminarios y que, como la abuela destino del viaje, invita a todas sus estudiantes (“Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino”, p. 93) a ese viaje iniciático, vital, interior de Caperucita Roja. Como la protagonista del cuento de Perrault, una debe abrir la habitación prohibida para descubrir los cadáveres de las mujeres asesinadas por Barba Azul, y ese proceso deja la llave manchada de sangre. La sangre (símbolo del paso de la infancia a la adolescencia, color de la caperuza de Caperucita, símbolo de la madurez) es imborrable. Igual que Caperucita acaba convertida en lobo al arriesgarse y hacer el viaje, las alumnas deben introducirse en esa cámara de los horrores y confrontar sus propios miedos-deseos como paso de liberación y madurez. No hay Bella Durmiente, sino Caperucita. No hay príncipe. El hada, ahora, es una de las Abuelas-Madres de la Plaza de Mayo, aquellas que, desafiando el poder de la dictadura, penetraban en las cámaras de las torturas exigiendo, “con ranas y lagartijas en la boca”, la verdad. Todos los símbolos quedan expuestos: la llave se convierte en la clave, la que abre puertas y códigos de escritura. Es una invitación expresa al lector para que busque en su cámara personal de los horrores e inicie un viaje vital en busca de sus propios esqueletos. Eso nos convertirá en Brhadas, llenas de arrugas, desdentadas y viejas, pero sabias. Dejar la puerta cerrada es perder la oportunidad de crecer: es seguir esperando un príncipe que la abra por nosotros, aunque ya sabemos que nos pueden dejar en el sarcófago, bellas y aisladas, jóvenes y muertas para siempre. La caperuza roja se convierte en un pañuelo blanco: “Menos esta mujer, hoy, en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave” (p. 97). Las muertes son las de sus propios hijos, nietos, maridos, hijas, nietas… Esa llave es la clave para desenmascarar el lenguaje y hacerlo transparente: de Caperucita Roja a “Caperucita Blanca”. La niña finalmente ha crecido, y el viaje ha merecido la pena. Los domingos, el día de reunión de las abuelas y las madres de la plaza de Mayo, acaba el seminario.

 

Conclusiones

Luisa Valenzuela nos ofrece un juego de palabras: desenmascarar los mitos por medio de la deconstrucción lingüística y temática de los cuentos tradicionales. Las múltiples capas interpretativas nos exigen una relectura continua y una reconsideración de las creencias personales que forman nuestro “realismo mágico latente”. Al igual que los psicólogos y psiquiatras deconstruyen nuestra historia, Valenzuela deconstruye nuestras creencias como individuos y como sociedad. Pero su visión es optimista porque cree que podemos reevaluar nuestras creencias y ofrecer una solución. El bosque puede ser un lugar habitable. No es una escritora feminista porque a ella le interesa más la realidad política de todos, aunque en sus relatos la mujer sea la imagen de la represión; también lo es de una sociedad. Es, en definitiva, una mujer argentina comprometida políticamente. Todos estos contenidos están en su obra: como mujer, como argentina y, sobre todo, como persona comprometida políticamente frente a las atrocidades de la dictadura argentina y de la represión machista que ha perdurado hasta el presente.

 

Notas

[*] Agradezco los comentarios, sugerencias y labor de corrección de la profesora Claudia Macías Rodríguez, profesora de la Universidad Nacional de Seúl. Por supuesto, todos los errores son míos.

[1] Sharon Magnarelli (1995) intitula su trabajo precisamente “Luisa Valenzuela´s Simetrías: Mirror, Mirror, on the Wall”. Uno de los cuentos que analiza en este trabajo es “Avatares”.

[2] La simetría radica en que el dominado suele reflejar los deseos del dominador, al igual que la víctima de abusos suele convertirse en abusador. Creo que ahí radica el énfasis de Venezuela en buscar el deseo personal, que no sería otra cosa que romper el círculo vicioso del abuso y, por ende, de la dominación.

[3] Podríamos citar muchas obras que han tratado este tema, desde R. Barthes a U. Eco, desde el punto de vista de la semiología-semiótica, hasta Lacan, desde la psiquiatría estructuralista, pero excedería los límites de un trabajo de esta naturaleza.

[4] Todas las citas de los cuentos son de Valenzuela (1999).

[5] Hay veinte preguntas en el cuento y ninguna de ellas se responde explícitamente. Son, evidentemente, una invitación a que las responda el lector que se convierte así en participante del proceso creativo. Hay muchos ejemplos en la literatura hispanoamericana de este tipo de escritura “comunitaria”. Por citar a dos mencionaremos a Cortázar (Rayuela) y Cabrera Infante (Tres tristes tigres), aunque la lista podría ser interminable.

[6] “Cuchillo y madre”, en el mismo libro, es un claro ejemplo de este tema.

[7] Tanto la versión de Perrault como la de los Hermanos Grimm (1812-1815) presentan pocas variaciones.

[8] Debemos recordar aquí el valor metafórico que Valenzuela hace en varias de sus obras de la imagen del pinchazo (cuchillo u otro objeto punzante) como huella del proceso de aprendizaje vital. Los cuentos “Cuchillo y madre” o “El zurcidor invisible” son claros ejemplos de esta figura del pinchazo.

[9] Habría que hacer notar que la simetría sueño-sueño personal y la ambigüedad que este término tiene en español (equivalente a deseo) nos refleja otra vuelta de tuerca de Valenzuela (las negritas son mías).

[10] Éste podría ser otro de los ejemplos de escritura literal de Valenzuela: toma una figura del habla, un tropo, y lo plasma literalmente en el texto, lo cual nos obliga a una lectura distinta y a una reflexión sobre el lenguaje que nos ayuda a desenmascararlo. Cf. Gutiérrez Mouat (1995).

[11] Otra referencia que creemos que existe en el cuento, pero que no podemos explorar aquí, es a Cien años de soledad, de García Márquez (1967): desde ponerle nombres a las cosas, o hacer referencia al origen de la vida en comunidad, es decir, al origen de la sociedad (tanto en Cien años de soledad como en “No se detiene el progreso” se nombran objetos primarios). Además, el epígrafe “Cien años después” en el cuento de Valenzuela alude a esa desintegración social que se puede ver en el libro de García Márquez.

[12] Como ocurre en todas las obras de Valenzuela, la elección de las palabras es muy cuidada: la urna del cuento original se convierte aquí en un sarcófago. Gran parte de la bibliografía sobre esta escritora se centra en su cuidado empleo del lenguaje (Cf. Gutiérrez Mouat (1995), Magnarelli (1995), y Morello-Frosch (1986), entre otros).

[13] Ley aprobada bajo la presidencia de Raúl Alfonsín el 24 de diciembre de 1986 que paralizó los procesos judiciales por la persecución política durante la dictadura (Cf.

[14] Esta idea aparece en muchas entrevistas a Valenzuela: “[…] quiero un lector/a que no entre a un libro buscando algo en particular, que descubra hilos secretos, que pueda añadirle algo al texto. Quien no espera nada, encuentra. Como bien dicen los indios norteamericanos: no hay que salir a cazar un animal en particular porque entonces no logramos ver las demás posibles presas. O como en Zimbabwe, donde el guía me dijo que para ver los animales en el monte no debemos buscar formas sino movimiento”. Entrevista con Bilbija (2000), 11.

[15] “(Gralm. pl.) Por extensión, fase o aspecto nuevo de una cosa cambiante: ‘Los avatares de su azarosa existencia’. Moliner (2001).

[16] Realmente fue publicado en 1697.

 

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Páginas web

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© José María Areta 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/mascara.html