La osadía de la antimodernidad.
Una lectura de los diarios de José Jiménez Lozano

Ángeles Salgado Casas*

ninessalgadoc@yahoo.es


 

   
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Resumen: Después de una pequeña introducción en la que se presenta al autor y el contexto de la obra en el que se sitúa este artículo, se lleva a cabo un breve paseo por la obra diarística de Jiménez Lozano, atendiendo exclusivamente a lo que el propio autor califica de su antimodernidad. Se ha de entender ésta como una rebelión a la absolutización y deificación del progreso, actitud inaceptable para el autor pues pierde de vista todas las víctimas que ha causado a lo largo de la historia. Se rebela Jiménez Lozano contra el positivismo omnímodo aplicado a la visión de la historia que nos ha llevado a una aceptación dogmática de ésta, de modo que la historia lo habría hecho todo bien y al hombre no le quedaría más papel que el de asumir el triunfo de la historia como aplastadora, sin posibilidad de cambio futuro, y sin guardar memoria de todo un pasado de sufrimientos. De ahí la absoluta necesidad de reivindicar la existencia de las víctimas de la historia y de su memoria a través de la narración.
Palabras clave: Jiménez Lozano, antimodernidad, autobiografismo, narrativa española xx

 

Presentación

José Jiménez Lozano nació en Ávila en 1930. Toda su vida profesional la ha dedicado a ejercer el periodismo en el periódico de Valladolid, El Norte de Castilla. Sin demasiadas ambiciones de este tipo, nunca quiso dar el salto a Madrid; prefirió quedarse en su rincón vallisoletano, en un pequeño pueblecito, y mantener una absoluta independencia de todo poder cultural, político o mediático. Como él mismo reconoce, siempre ha escrito «al margen de la moda y lejos de los círculos literarios». Obviamente esta actitud tiene un precio que este escritor ha pagado gustosamente y es el del silencio, un tanto vergonzoso y vergonzante, que rodea toda su obra. Escritor prolífico, ha escrito más de cuarenta obras narrativas, entre novelas y cuentos, poesía, ensayo y tiene varias recopilaciones de artículos de su ininterrumpida labor periodística; ha recibido los más prestigiosos premios literarios que se conceden en España, culminando con la recepción del Premio Cervantes en 2002. Su obra se pasea por los escenarios más variados de la historia y la geografía, desde Judea hasta la España de la Inquisición o la posguerra, pero siempre con la mirada puesta en lo cotidiano, siempre eligiendo la perspectiva del «pequeño relato», dejando de lado el deslumbramiento de los grandes hechos históricos y el fasto de la corte de los poderosos. Porque el hilo que urde toda su narrativa, sus artículos y ensayos, es el grito contra la intolerancia, sea ésta provocada por arrogancia o por estolidez. La mirada de J. Lozano nunca se aparta de las consecuencias del pisoteo de la vida que lleva a cabo la máquina del poder. Sostiene la mirada a la desgracia y esta mirada nos ilumina con un resplandor de esperanza, porque es una mirada que no se resigna a la muerte. Su recorrido a través de las desgracias y las humillaciones que han sufrido los débiles de la historia rezuma una inquebrantable confianza en la vida.

 

I.- Rodeado de silencio

La fascinación, o el rechazo, por José Jiménez Lozano suele nacer en el mismo momento en que se lee por primera vez. Y este sentimiento inicial suele perdurar, dada la coherencia de su trayectoria. La sensibilidad hacia el sufrimiento, la mirada hacia esa Castilla que era en la que yo también vivía, tan lejos de triunfalismos y tan cerca de la pobreza, los personajes heridos que clamaban la injusticia, serán, a partir de esa primera lectura, la luz de esa candela que nos alumbra a todos en nuestro acercamiento a problemas fundamentales de la filosofía y de la literatura, de la vida, en suma. Una concepción propia del mundo, la creación de un universo, que caracteriza a todo gran escritor, unido a una escritura llena de hondura son cualidades propias de este autor que, desgraciadamente no es demasiado conocido, máxime teniendo en cuenta que Jiménez Lozano recibió el Premio Cervantes en 2002, a pesar de lo cual su obra está rodeada de un cierto silencio, en gran parte buscado por el propio autor que prefiere el alcance minoritario de su obra y el alejamiento de los medios de comunicación. Quizá porque a todos nos produce desazón la sensibilidad hacia los débiles, las críticas a un poder que funciona como aplastamiento y a un progreso ciego que parece caminar con orejeras para no ver la devastación que causa, porque nos pone en evidencia que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, preferimos obviar una literatura comprometida con estos temas.

Este hecho se convierte en un síntoma del estado de la crítica y del poder cultural en España. Todo escritor que no participa de la ortodoxia, de la doxa en términos de Jiménez Lozano, de esta modernidad y posmodernidad del pensamiento débil, está condenado al silencio. No es, desde luego, un escritor fácil; no por cuestiones de complicaciones formales, su estilo literario tiene algo de la difícil «sencillez» azoriniana. Tampoco por los temas que trata que son profundamente cercanos a la naturaleza humana. Su dificultad radica en la implacabilidad, la falta de complacencias de su pensamiento. Desde su ideología y creencias morales y religiosas analiza el poder y la historia sin ninguna concesión a ningún tipo de opinión mayoritaria, a ningún tipo de aplauso, y sin ningún sometimiento a cualquiera de los facta que dominan el espacio político y cultural. Su pensamiento no es cómodo porque nos enfrenta a lo que de enmascaramiento de la humillación sufrida por las víctimas del poder y de la historia, tiene la sociedad confortable en que vivimos.

 

II.- La mirada de la víctima

La obra del autor adquiere su sentido y gira siempre en torno a la mirada de la víctima, al sostenimiento de ésta, que pocos escritores y lectores pueden tolerar. A partir de esta mirada, de la constatación de la ineluctable existencia de éstas, la teorización sobre el poder o el transcurso de la historia, adquiere un sentido distinto. El poder, cualquier poder, se ha asentado sobre los padecimientos y la sangre de inocentes. Y cualquier justificación de este poder queda no sólo lastrado, sino incluso anulado por el hecho de que, como decía Kafka, son los pobres los que corren con los gastos de la historia. Y ello porque la historia positivista que ha perdurado en la doxa oficial, es aquella que narra exclusivamente los avatares de los vencedores. Por ello, sigue vigente la tesis de Walter Benjamin de que todo documento de civilización es, a la vez, un documento de barbarie [1]. Cada documento que nos narra un avance de la historia, nos oculta el precio que, en víctimas, ha costado este avance. El llamado progreso histórico es ciego y sordo a la queja de los aplastados por su implacable rueda. De modo que la pregunta que sobrevuela toda la obra de Jiménez Lozano es por qué considerar el progreso como algo siempre beneficioso para la humanidad, si en realidad está saturado de barbarie y ha conseguido borrar toda significatividad de conceptos clave para la vida y la historia del hombre. Cómo es posible que la modernidad derivada de la Ilustración haya pasado por alto todo el sufrimiento que han causado los dos últimos siglos plenos de guerras y totalitarismos, de mataderos.

En mi opinión, la ética de este escritor está fundamentada en las ideas de varios de sus cómplices intelectuales: la Escuela de Frankfurt, fundamentalmente Adorno y Horkheimer, Emmanuel Lévinas y, cómo no, Simone Weil. El pensamiento, implacable y durísimo de esta mujer, se nota, se percibe, se palpa, página a página en todas las obras de J. Lozano, sean del género que sean [2]. Los «seres de desgracia», término utilizado por Weil para referirse a todos los sufrientes de la vida y de la historia son la piedra angular de una obra literaria en la que está muy presente la pregunta básica que se planteó Adorno: ¿es posible la ética después de Auschwitz? ¿Y la poesía y la literatura? Aquí es donde las teorías de Lévinas se adecuan al pensamiento del escritor. La heteronomía ética de este pensador francés -opuesto a la autonomía absoluta del yo egoísta ilustrado- subyace en un autor que cita a Machado cuando éste escribe que la filosofía de Platón se asienta sobre el trabajo de los esclavos. El Otro necesitado de atención se convierte en el punto central de la filosofía levinasiana, de la misma manera que en la obra de Jiménez Lozano.

Esta idea del progreso como causante de víctimas y la escasa atención a éstas por parte de la modernidad ilustrada, llevan al autor a una postura profundamente crítica con la modernidad por su carácter instrumentalizador del ser humano y banalizador de los conceptos importantes para éste, desde la cultura hasta su esperanza en algún cambio que mejore la historia y supere el mecanismo de victimación que ha imperado, e impera, hasta nuestros días. Esta crítica a la modernidad continúa más clara y más acerba que nunca en su quinto y último, de momento, tomo de diarios publicado en octubre de 2006 y titulado Advenimientos.

 

III.- Poder, víctima y antimodernidad

Jiménez Lozano posee un descreimiento del funcionamiento del poder, sobre todo de las promesas emancipadoras de la Ilustración y el posterior triunfo de un positivismo omnímodo. Este positivismo, aplicado a la visión de la historia, nos habría llevado, en su opinión, a la aceptación dogmática de que son los hechos, sin más matizaciones, los que dictaminan y deciden la verdad y el bien, y, además, marcan el ámbito de lo posible. Es decir, que la historia lo habría hecho todo bien y al hombre no le quedaría más papel que el de asumir el triunfo de la historia como aplastadora, sin posibilidad de cambio futuro. Por otra parte, esta actitud positivista nos lleva a renegar de todo un pasado de sufrimiento, de la reivindicación de la existencia de víctimas de la historia y de su memoria. De ahí su rechazo por toda crítica literaria o hermenéutica histórica que pretenda una nivelación o un nihilismo ético y que afirme que no hay diferencia en las palabras o en los textos, digan lo que digan o las pronuncie quien las pronuncie. Lo que equivale a decir que no hay diferencia entre las víctimas y los verdugos, que es justamente lo que pretende el eterno funcionamiento del poder: que haya víctimas y que éstas acepten su culpa, tal como propone René Girard en su obra El chivo expiatorio. Pero hay víctimas que no quieren callar y narradores que recogen esas voces, como es el caso de J. Lozano; porque no hay que olvidar que se trata de un narrador y la narración es la única manera de salvar a todos los olvidados y aplastados de la historia. Incluso el lenguaje se ha convertido en un lenguaje sin memoria y sin esperanza, es decir, en un mero instrumento del olvido y de un puro embellecimiento, sin ninguna significatividad. La narración ha de volver a la vida a los «seres de desgracia», en expresión de Simone Weil, que nunca fueron escuchados, y por eso la narrativa de nuestro escritor es profundamente auditiva, es la escucha de los hombres y su queja lo que justifica y cimenta su literatura; y para esta función de escucha y reivindicación de los olvidados, sólo el pequeño relato de lo cotidiano sirve [3].

La antimodernidad de nuestro escritor se fundamenta en la creencia de que la modernidad y lo que se entiende por posmodernidad supone la reducción de la vida a fragmentos, sin memoria del pasado, pero también sin ningún proyecto de futuro que no sea meramente técnico. En cualquier caso, tanto la una como la otra, no logran ni evitar el afán de ocultamiento de la realidad, ni suprimir el afianzamiento propagandista de un orden impuesto con el fin de fortalecer cada vez más el poder del más fuerte. Toda la política y la economía están en manos y se realizan a través de los grandes. Las autoridades y los expertos se dedican a segregar verdades, principios como valores absolutos, cuando en realidad no son más que suposiciones que la ciencia y la técnica, los nuevos dioses, han objetivado, convirtiéndolas en una nueva religión, una nueva religión rentable siempre para los que ostentan el poder. En estos casos, los políticos, intelectuales o miembros de medios de comunicación recurren a la indiferencia o la ignorancia de la gente para justificar los excesos de este poder con el argumento de que ciertos sacrificios son necesarios para el progreso y la modernización. En opinión del escritor no parece que estos determinismos económicos, técnicos, políticos impuestos por la modernidad y convertidos en nueva religión vayan a acabarse. Más bien al contrario, son cada vez más sangrientos y duros y sus víctimas son las de siempre, y los aplastados también los de siempre. Eso sí, les damos nombres que nombran menos y lo hacemos edulcorando la amargura de los hechos.

Hasta ahora todo lo que hemos visto del pensamiento del escritor es una cosmovisión crítica y negativa. Casi parece que este pensamiento se configura como algo sombrío y desesperanzado, una idea perversa del hombre. Pero cuando se realiza una lectura más profunda y detenida, aflora otra verdad más radical y comprometida: la esperanza, la firme confianza en la posibilidad de otro modo de ser y sentir. Ciertamente, su crítica es exacta, da en el corazón de nuestras perversiones, en la fuente del mal del que todos somos capaces. Porque lo más terrible de nuestra cultura, derivada de la Ilustración, es que no puede acercarse a algo sin destruirlo en su propia entidad y convertirlo o asimilarlo a las categorías, absolutas y definitivas, del tiempo presente, considerado éste como culminación de la historia. La cultura se convierte en devoradora de memoria y absolutizadora de unos principios que no son más que los de los poderes de cada momento. Esta realidad absolutizada y convertida en categoría y baremo de todo pensamiento, termina por convertirse en conciencia y barra de medir moral y política. Se trataría de hacer este proceso a la inversa. Es decir, que nuestra conciencia adquiriera conciencia de la realidad y la crítica hacia ella se convirtiera en valor moral. El método que ha elegido Jiménez Lozano para esta crítica de la realidad factual y absoluta, en el aspecto narrativo, es el de contar historias que iluminan un momento, un personaje concreto de la historia y que suponen un acercamiento a la auténtica vida. En caso contrario, en un futuro próximo, con la secularización total y el olvido de la culpa y de la pasión por la verdad, ni siquiera tendrán ya sentido los relatos.

Nadie se pregunta, al parecer, si la banalización y trivialización de lo humano, y más tarde su desaparición, van a disminuir en algún aspecto el nivel de horror de la historia. Todo lo más que puede hacer esta modernidad tecnificada, que psiquiatriza todo lo heterodoxo, es justificar el horror o racionalizarlo para que los hombres lo vean como necesario e incluso beneficioso, «porque todo se hará para nuestro bien, incluso idiotizarnos» [4], como dice el propio escritor en uno de sus libros de diarios, Segundo abecedario. Por ello, el narrador tiene el compromiso de ser siempre fiel a su principio ético y estético de revelar la verdad de la manera más bella posible. Precisamente en esta propuesta es donde se puede encontrar la esperanza de un novum, donde alienta la confianza de algo que haga cambiar la marcha y la estructura de la historia y el poder. Esta esperanza íntima que provoca una profunda alegría interior no ha de perderse nunca, ni siquiera después de todas las fracasadas revoluciones del último siglo. Fracasadas no sólo por su puesta en práctica -como en la Unión Soviética, que se convirtió en otro gran matadero, con sus gulags-, sino también por su progresiva desideologización y pragmatismo. Es el caso de la socialdemocracia que renunció a su raíz marxista -y no hay que olvidar que estas raíces se hunden en la tradición judeocristiana- y con ello se convirtió en burocracia, en superestructura ideológica y política pura. Si el marxismo colocaba como valor central al hombre, este socialismo lo desplaza. Lo humano deja de ser valor supremo y toda la ideología se reduce a teoría económica.

Desde este punto de vista, tanto el socialismo como el capitalismo se convierten en máquinas devoradoras de hombres. Esta concepción del hombre como eje de la vida es el auténtico centro del pensamiento de nuestro autor. De ahí proviene su interés por pensadores como Benjamín, Adorno o Horkheimer, porque todos ellos se niegan a admitir los facta de la historia como realidades definitivas e ineludibles, sin apelación posible. «Por eso son hombres de izquierda» [5], añade J. Lozano, porque tienen la conciencia profunda de que el mundo de la sola apariencia no es todo, la realidad absoluta no es la verdad absoluta, no es lo definitivo. Tampoco consideran que la historia haya dicho la última palabra y los triturados por ella no puedan dar un giro a sus vidas. En este sentido, son también algo así como teólogos laicos, teólogos de una teología que no tiene nada de sectaria, que se refiere a todos los hombres, a la necesidad de no privar de esperanza al ser humano. Una teología que puede ser asumida por todas aquellas personas que no quieren resignarse a la última palabra de la historia, a la nada y la muerte como grandes señoras del mundo. El escritor, en otro de sus diarios, Los tres cuadernos rojos, cita a Horkheimer: «Yo quiero vivir según la verdad, quiero descubrir la verdad donde quiera que se esconda, quiero ayudar a los que sufren, satisfacer mi odio de la injusticia y vencer a los fariseos. Entonces más que nunca, los verdugos no podrán triunfar sobre sus víctimas» [6].

 

IV.- Necesidad de trascendencia

Una modernidad secularizada sin sombra de esperanza, ni siquiera cultural, y sin utopía marxista igualmente cultural, convierte la sociedad actual en pura horizontalidad, satisfecha de sí misma, sin expectativa (convencida de que no la necesita) de un cambio, de un novum en la historia. Persuadida de que estamos en el mejor de los mundos posibles, sin ideales posibles, la sociedad derivada de la modernidad no tiene conciencia de límite. La sociedad se ha convertido en pura inmanencia, todo empieza y acaba en ella misma: un mundo sin trascendencia de sí mismo, convertido en una red de aquietamiento de las conciencias. La existencia humana es puramente fáctica y no remite a ninguna pregunta más allá de las puramente técnicas o científicas. Como se ha dicho, en Advenimientos se muestra más implacable que nunca con respecto a la actitud de Occidente, concretamente de Europa, ante este adormecimiento. En su opinión, la vieja Europa desprecia los valores morales y éticos que han constituido su tradición y su razón de ser. Sólo parece dispuesta a esperar que de vez en cuando pase el «convoy de la Historia con ganado para el matadero». Sin embargo, estas tragedias no alteran la vida de los europeos, nunca la alteraron mucho realmente, desde los carros para la guillotina hasta los trenes de la muerte hitlerianos [7].

Sobrevuela la obra de este escritor un profundo cristianismo. Para él, lo que supuso el cristianismo en la convivencia humana es que, cuando lo habitual era aceptar la violencia de la historia o que el pez gordo siempre se comiera al chico, existiera alguien que proclamaba la bondad humana y que considerara humanos a todas las personas, incluidos proscritos o leprosos. Es decir, que un hombre pudiera saltarse todas las leyes naturales, amar a otro ser humano con un amor gratuito y llegar a morir por él. El cristianismo supone afirmar que en la vida de los hombres no todo se reduce al darwinismo, que la supremacía del más fuerte puede romperse. Éste es el auténtico novum, el hecho que nos permite confiar, la razón última por la que cabe esperar que el hombre pueda salir de las peores situaciones, de su propio envilecimiento. Y, además, esta consideración del hombre, aquella que considera y concede la misma dignidad a esos proscritos y leprosos, es la que conduce a aceptar la diferencia entre los seres humanos y considerarla como una riqueza. Este pensamiento y enfoque de toda su obra creativa constituye un anuncio de un nuevo porvenir, presente ya en el tiempo como simiente de esperanza y esbozo de una nueva creación de cultura e interioridad, ajena a los determinismos que impuso y sigue imponiendo la modernidad. En el mundo sin ninguna esperanza en un cambio radical de la historia, van desapareciendo los sentimientos de piedad y misericordia. Y estos sentimientos, recuerda Jiménez Lozano en La luz de una candela, no son atributos intrínsecos de la convivencia humana, sino que son «una conformación cristiana que luego se psicologizó» [8]. En el proceso de secularización total y de vaciamiento de significatividad, ahora hablamos de solidaridad sin saber muy bien lo que significa, pero que la jerga política ha impuesto. La pérdida del sentimiento de piedad conlleva también la pérdida del malestar con uno mismo -nadie actualmente se responsabiliza de nada; de un exceso de culpa hemos pasado a la absoluta falta de asunción de las consecuencias de los propios actos- y, como consecuencia de todo ello, la pérdida de la necesidad de hacer algo ante la desgracia o la necesidad del prójimo. En sus diarios, el escritor deja muy claro que la actual racionalidad científica exige no sentir ninguna de estas necesidades. Y en su última obra lo deja bien claro. La sobrevaloración del término liberación se ha realizado a costa de todo nomos moral o legal, y no respecto a una norma concreta. Toda norma aparece en este momento como represión y autoritarismo y «nadie parece tener ya ni la sombra de conciencia de culpa, en ningún ámbito de la realidad, cuando se la vulnera. No debe haber, y no hay nomos sencillamente» [9]. Es éste un tiempo de anomía, es decir, de falta de sentido de la responsabilidad puesto que se ha psicologizado lo que antes era moral o entraba en el campo de la eticidad. «Lo humano ya no tiene que ver nada con el nomos», y la crítica de esta anomía se presenta como sentimentalidad. Para concluir, y como oportuno ejemplo de la «antimodernidad» del escritor, en un momento de Advenimientos, cita a Jüng cuando éste le explicaba a Carl Smitt que el proceso que nosotros denominamos «Modernidad» consiste sobre todo en la disolución del Mal, «por lo tanto, para nosotros, todos los amoralistas son particularmente modernos». Añade Jiménez Lozano: «Y no sólo todos los amoralismos, sino todo lo que es anomía; en ella queda el mal diluido, y el hombre puede tragarlo como agua pura, y quedar liberado. Se inaugura la historia sin crímenes, ni criminales; sin culpables de nada; y también la historia de producción personal de moral individual y social.» [10].

 

BIBLIOGRAFÍA

Jiménez Lozano, José (1986): Los tres cuadernos rojos, Ámbito, Valladolid

____________ (1992): Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona

____________ (1996): La luz de una candela, Anthropos, Barcelona

____________ (2003): Los cuadernos de letra pequeña, Pre-textos,Valencia

____________ (2006): Advenimientos, Pre-textos, Valencia

Benjamin, Walter, “El narrador”, Revista de Occidente, diciembre 1973, núm. 129

__________ (1967): Ensayos escogidos, Sur, Buenos Aires

Girard, René (1986): El chivo expiatorio, Anagrama, Barcelona

González, José Ramón (ed.) ( 2003): Nuestros Premios Cervantes. José Jiménez Lozano, Junta de Castilla y León, Universidad de Valladollid, Valladolid

Higuero, Francisco Javier (1993): La memoria del narrador, Ámbito, Valladolid

Horkheimer, Max y Theodor W. Adorno (2005): Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid

Mardones, José María y Reyes Mate (eds.) (2003): La ética ante las víctimas, Anthropos, Barcelona

vv.aa. (1994) José Jiménez Lozano. Premio Nacional de las Letras Españolas 1992, Ministerio de Cultura, Madrid

Weil, Simone (2003): El conocimiento sobrenatural, Trotta, Madrid

_________ (2000): Escritos de Londres y últimas cartas, Trotta, Madrid

“José Jiménez Lozano. Una narrativa y un pensamiento fieles a la memoria”, Anthropos, 2003, núm. 200

 

NOTAS

[1] Benjamin, Walter, Tesis de filosofía de la historia, Ensayos escogidos, p. 46

[2] De hecho, esta pensadora francesa lleva a sus últimas consecuencias las tesis de Benjamín: «La historia está basada en la documentación, es decir, en el testimonio de los asesinos sobre las víctimas». Weil, Simone, Escritos de Londres y últimas cartas, p. 123

[3] Tal como dice Simone Weil y comparte Jiménez Lozano, «Belleza, una fruta a la que se mira sin alargar la mano. Semejante a una desgracia a la que se mira sin retroceder». Weil, Simone, El conocimiento sobrenatural, p. 17

[4] Jiménez Lozano, José, Segundo abecedario, p. 25

[5] Jiménez Lozano, José, Los tres cuadernos rojos, p. 13

[6] Íbid. p. 14

[7] Jiménez Lozano, José, Advenimientos, p. 21

[8] Jiménez Lozano, José, La luz de una candela, p. 120

[9] Advenimientos, ob.cit. p. 25

[10] Íbid. p. 127-128

 

* Ángeles Salgado Casas. Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Valladolid. Suficiencia investigadora en Filología Hispánica, Literatura española por la Universidad de Barcelona. Actualmente redacta su tesis doctoral sobre José Jiménez Lozano.

 

© Ángeles Salgado Casas 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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