La piel de los tomates, de José Jiménez Lozano
Estudio preliminar*

Dra. Guadalupe Arbona Abascal

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Resumen: Anlaisis de la última obra publicada (2007) de José Jiménez Lozano, La piel de los tomates. La estima por la vida es la única razón por la que el autor escribe. Lo ha señalado en muchas ocasiones: “La literatura es levantar vida con palabras”. Esta claridad se refleja en la antirretórica y transparencia de sus cuentos porque para él la escritura es “poner una pared de cristal o, mejor, de puro aire, entre la realidad y el lector; y escribir, por lo tanto, con palabras verdaderas y carnales, que nombren esa realidad. Sin la mínima voluntad de estilo”. De este modo, con esta sencillez, como la de su título, se enfrenta a los que consideran que este motivo, el de crear vida, es demasiado evidente u obvio, para Jiménez Lozano es la preocupación fundamental.
Palabras clave: Jiménez Lozano, narrativa española xx, vitalismo

 

La piel de los tomates, mucho más que un título

La piel de los tomates es un título desconcertante. ¿Es que algo tan insignificante como la piel de los tomates merece nuestra atención? Ésta es la perplejidad que provoca el primer acercamiento al nuevo texto de José Jiménez Lozano porque, aun sabiendo que la piel es parte del tomate, no deja de desazonar que el autor se fije en esa forma de vida inapreciable. José Jiménez Lozano logra turbar con este título porque, señalando esa finísima capa que recubre los tomates, a la que es difícil prestar atención, invita a un cambio en la mirada del lector desde el principio, o al menos, sugiere una pregunta. En el cuento que da título al conjunto, el narrador describe los tomates que cultiva la señora Julia, la piel de éstos es tan suave como la chaquetilla que pone una madre a su hijo cuando hace fresco y que nadie, excepto ella, sabe que el niño necesita; o es piel tan fina y tan lisa como la de una mujer sana, alegre y sonrosada. En la transparencia y sencillez de la piel de unos tomates, eso sí, cultivados en los márgenes de un enigmático, estático y extraño lugar, hace descansar todo el significado de su libro.

Y es que este título, además de hacer referencia al cuento que lo lleva, es muestra de la apasionada estima de José Jiménez Lozano por la vida. Este palpitar que acontece en la sencillez de sus historias no se reduce a un sentimiento; que esto es casi siempre fácil: se elige una emoción a flor de piel y se le da un argumento; tampoco busca el narrador una definición conceptual de la vida, sino no estaríamos hablando de literatura sino de reflexión ensayística, de propaganda en el peor de los casos; ni siquiera, aunque en ocasiones se haya explicado así, su obra es una estampa del pasado y un lamento por la existencia que se fue con sus dolores y alegrías. No. Jiménez Lozano nos ofrece perfiles, instantes, retazos, vibraciones de la vida. Quien busque en sus cuentos escenas sentimentales, no las encontrará, ni doctrinas aleccionadoras, ni consuelos para nostálgicos y, sin embargo, encontrará la intensidad de la vida presente en lo más humilde y en lo más sencillo. Sus historias inacabadas, rotas, o entrevistas fugazmente que casi, casi podrían parecer prescindibles, ofrecen en su pequeñez la vibración del ser; de este modo el lector se siente comprometido en un mundo imaginario tan vital que parece llamado a implicarse en su entorno y puede, si quiere, verse envuelto en la vertiginosa experiencia de la vida que sugieren.

Las vidas de La piel de los tomates, desde su aparente insignificancia, retan o vencen el olvido y el desinterés. Jiménez Lozano dedica su libro a “lo eterno en los campos de enebros”, como reza la cita inicial. Es decir, en cada historia vibra el ser y lo eterno se esconde en cualquier pliegue de la narración, por eso estos cuentos permiten renovar la mirada y sorprender donde menos lo esperemos y con la forma más desconcertante, el susurro o el estallido de la vida en su misteriosa belleza.

La estima por la vida es la única razón por la que el autor escribe. Lo ha señalado en muchas ocasiones: “La literatura es levantar vida con palabras” [1]. Esta claridad se refleja en la antirretórica y transparencia de sus cuentos porque para él la escritura es “poner una pared de cristal o, mejor, de puro aire, entre la realidad y el lector; y escribir, por lo tanto, con palabras verdaderas y carnales, que nombren esa realidad. Sin la mínima voluntad de estilo” [2]. De este modo, con esta sencillez, como la de su título, se enfrenta a los que consideran que este motivo, el de crear vida, es demasiado evidente u obvio, para Jiménez Lozano es la preocupación fundamental.

Las historias de los cuentos de La piel de los tomates ofrecen esta vida discreta custodiada en los personajes, siempre sencillos, o preservada silenciosamente en objetos. El narrador elige una categoría del texto, puede ser un personaje, una cosa, un espacio o un tiempo, en la que se oculta y desvela la vida, y la hace centro de gravedad del conjunto. La centralidad de estos elementos se presenta, paradójicamente, con la forma de lo leve, de lo sencillo, y la debilidad con la que se ofrecen está siempre expuesta a ser negada o afirmada. La sutileza, no ausente de rotundidad, de la vida aparece en el texto en el difícil equilibrio que ofrece el ser susceptible de ser aupada o pisoteada. Esta concepción del cuento como ofrecimiento de vida escondida, permite hablar de una estructura ordenada armónicamente en torno a este vértice escogido por el narrador que, casi siempre, ocupa una posición discreta. El punto de máxima intensidad de la narración descansa en un acontecimiento [3] que desvela la precariedad de la vida presentada: puede ser admirada o aplastada y, al mismo tiempo, ofrece su grandeza porque refleja la eternidad [4]. Precisamente en esta tensión interior -discreta pero real- está la clave de la belleza de sus cuentos.

Esta alternativa entre el respeto admirado por cualquier forma de vida y el desprecio por ella aparece ordenada en torno a dos motivos en paralelo: la vida es la de unas ancianas que se reúnen a merendar y sirve de contrapunto a otras ancianas “inservibles” que han sido asesinadas por “compasión”, en “La compasión”; la vida hecha cultura puede ser subvertida y utilizada como instrumento totalitario de poder, en “Revivir los clásicos”; puede ocultarse en un abono de extrañas propiedades en “Los útiles del jardín”. En este sentido, los cuentos ofrecen una estructura en la que se entrecruzan los dos motivos, se separan o prevalece uno sobre otro, es decir, de una manera más o menos explícita, la vida como tema general de los cuentos es o bien reconocida o bien negada. Y en todos ellos, uno u otro motivo transcurren hasta converger en un acontecimiento central en el que se desvela el significado del cuento, ya sea éste un descubrimiento miserable y desastroso, o un acontecimiento discreto y feliz.

En coherencia con este desarrollo de las historias, la muerte, máxima negación de la vida, está presente. La muerte ofrece, como se verá, muchas máscaras. Por un lado, es la muerte como final de la existencia humana -de la peripecia del personaje-, y, por tanto, como destino inevitable. Ese destino aparece terriblemente estático, triste y oscuro en “La piel de los tomates”; el destino se pinta como la esperanza de un juicio personal en “El día del Juicio” y, por lo tanto, como el dolor de un nuevo nacimiento; como tentación ante la experiencia del mal en “La traición”; en “El viajero”, la muerte revela el anhelo de que no muera la persona amada; también la enigmática dama se nos muestra como el resultado de la injusticia de la guerra que manda caprichosa y absurdamente a la muerte a personas: es el caso de “La guerra de los grillos”; o como resultado del odio en “Pago por adelantado”; o la muerte justificada por una sociedad que no tolera la vida débil, la vida precaria, tal y como se insinúa en “Confidencia” y “La compasión”; la muerte como la consecuencia del odio en “La despreciada” y “La farsa”. Además de la muerte física existen otras formas terribles de muerte o de humillación en vida; humillación por la arbitrariedad de los poderosos, es el argumento de “Una taza de té”; la humillación en el seno de la vida familiar que puede imponer las más terribles injusticias en “Un fin de semana largo”; y la humillación que procede de la satisfacción en la vejación y la violencia en “La educación sentimental”.

La vida, estos retazos entrevistos por el narrador, está siempre amenazada por la muerte que, en su carácter de umbral misterioso, interroga la existencia concreta. No es de extrañar entonces, cómo la inquietud, la pregunta y el drama se desatan cuando se masacra la vida, por eso sus escritos manifiestan la perplejidad ante la muerte [5]. En el cuento “La piel de los tomates”, que da título al conjunto, esa transparente, lisa y brillante piel desafía la muerte estática, inmóvil, desconocida, oscura, e incluso temible que rodea la casa en la que doña Julia cultiva sus prodigiosos tomates.

 

“No sabe uno donde poner su alma”

En este sentido, una muerte tan injusta e hiriente como el atentado terrorista de Atocha el 11 de marzo de 2004 -del que, mientras escribo estas páginas se cumple el tercer aniversario- será objeto de las reflexiones del autor en su reciente libro de apuntes. En Advenimientos, dice Jiménez Lozano a propósito de este terrible atentado terrorista: “...el constante recuerdo del atentado de Madrid del 11 de marzo, en el que fueron asesinadas casi doscientas personas, es como un sombrío nubarrón en nuestra existencia colectiva. Pero todo se resumirá en un episodio político más, y seguirá el mundo rodando. No sabe uno dónde poner su alma” [6].

Un mal como la muerte de tantas personas no puede agotarse en explicaciones políticas. La reflexión de Jiménez Lozano es expresión de este inconformismo con una explicación insuficiente sobre lo que ocurrió y por eso es fácil consentir con ella. Sus palabras traen a la memoria el peso doloroso y brutal de esa no lejana mañana de marzo, nos recuerdan el hecho que nos hizo temblar de dolor y de rabia. Es casi inmediato coincidir con la experiencia que describe el autor como un sombrío nubarrón que sentimos sobre nuestras cabezas, es así, el dolor y la muerte de los inocentes todo lo confunde y oscurece. Y si la única respuesta es la explicación política y después el olvido, antes o después, la terrible herida, cerrada en falso, volverá a mostrar sus labios. “No sabe uno dónde poner su alma” es una sencilla y a la vez grandiosa expresión para reflejar el pesar por lo que pasó, es la frase de la fuerza del alma, energía inextirpable, que salta ante la muerte y el dolor. El yo es la exigencia y la búsqueda de un lugar familiar, un sitio al que volver en el que se pueda escuchar la verdad de las cosas, o sea, que no todo es mal. Lo que nos prometen las cosas que amamos y por las que trabajamos no puede morir, el alma suspira, subversivamente, por un espacio en el que volver a sentir la vida en su vibrante intensidad, en su incansable gratuidad, en su hiriente hermosura. “No sabe uno dónde poner su alma”: el alma está hecha para la vida y cuando esta es masacrada, se tiembla y se busca dónde ponerla.

En estos mismos diarios y tan sólo unas páginas antes, el autor señalaba cómo el nihilismo de nuestra cultura, el que afirma, trágicamente, que todo es nada o, divertidamente, que todo es juego, lo que ha hecho es expulsarnos de nuestra casa, es decir, de la casa donde poner el alma. El desasosiego que manifiesta en estos diarios es el de un hombre -o un ánima- que, gustando de la vida, sus hermosuras y su bondad, no puede conformarse con que su destrozo pueda explicarse con una justificación política o se pueda cancelar como si fuese nada. Dice así: “Desde la literatura a la teología, se le ha expulsado al hombre de su casa, y se le ha dejado a la intemperie”. Podríamos añadir, creo que sin traicionar su pensamiento, que también la política nos intenta expulsar de casa. Pero el yo sigue buscando dónde poner su alma y por eso la frase de Jiménez Lozano resuena: “No sabe uno dónde poner su alma”. Solamente el grito es ya confianza en que se puede volver a casa, sintiendo el dolor en el alma. Resuena en esta frase de Jiménez Lozano el grito del hombre más amante de la vida que ha habitado la historia, el de San Francisco de Asís -Quid animo satis?-, el que hizo de la creación su casa y que, pertinazmente, seguía preguntándose por el lugar en el que satisfacer el ánimo.

Las palabras, las historias, “las pieles de los tomates” son una aproximación a la belleza del mundo y, por eso, una forma de desafío al nihilismo contemporáneo, un envite sencillo, casi despreciable si no se percibiese en él que se trata de recrear la casa donde puede descansar el alma, casa en la que volverá a resonar el grito del yo porque sino no sería más que otra cárcel. Precisamente de esta vibración ante el drama de la muerte o la herida de la injusticia y de este temblor silencioso y agradecido por la vida es de dónde nacen sus historias. Además, creo que los cuentos de Jiménez Lozano son profecía de la victoria sobre la muerte porque en ellos despunta esta hermosa mirada sobre los “enebros” en los que se anuncia lo “eterno”.

 

La casa de la palabra

Todas las palabras de Jiménez Lozano, las pensadas que son numerosas -artículos, diarios, prólogos, ensayos, etc. -, y las imaginadas -novelas, cuentos e historias- se han levantado para construir la casa de la palabra. El escritor, evitando la cultura española de moda y situándose en sus márgenes, no ha logrado evitar el reconocimiento público [7] y de lectores. Uno y otros agradecemos la originalidad de una obra en la que vibra la genuina y hermosa experiencia humana en esa forma infatigable de la pregunta por su drama.

De esta manera, el discurso que pronunció tras la obtención del Premio Cervantes es un homenaje a esta casa que descubrió siendo niño en la destartalada escuela rural a la que asistió, y en la que desde entonces ha querido educarse, oyendo las voces de los que como Cervantes “cuenta[n] y pesa[n]en los pensares y sentires universales y hondos”. Por eso relata cómo el descubrimiento de esta casa se produjo en el momento en que entró en la escuela, viaje el suyo que compara con el maravilloso de Cenicienta que, en carroza de cristal y tras la invitación de un príncipe, partió hacia la aventura de la lectura y la escritura. Un viaje que le adentró en “la gloria y el misterio de la literatura, que es el alzar vida con palabras hasta de un cuerpo muerto, y asentar en la verdad las historias que se cuentan” [8].

En este camino ha encontrado compañeros de viaje o una nueva familia [9] con la que sigue conviviendo y que describía así: “¿Y cómo se hace uno con esa familia? ¿Cómo me encontré con ella, y nací, y crecí, y vivo con ella? Probablemente (...) porque se busca más vida u otra vida que sea tu propia vida y la vida que te rodea (...) quizás es un instinto que te arrastra, o un pasión irreprimible, o un amor profundo del que no puedes librarte. O la pervivencia de las preguntas de la infancia: “¿Y por qué?”, que no mueren con ella y buscan respuesta hasta poner todo patas arriba, rebuscar en los laberintos de las personas y las historias, y mirar por detrás para ver cómo está hecho el tapiz de la vida” [10].

José Jiménez Lozano pertenece a la casa de la palabra y describe su oficio como el de quien está con “los pies en el jardín de casa, y tocando con un dedo en las esferas del cielo”[11], lo creía así el día que recibía el Premio Cervantes y lo sigue creyendo hoy porque vive en esa casa habitada por “una pequeña porción al menos los que fuimos preservados, probablemente por ser griegos y papistas; es decir, amar el mundo y su hermosura, y la estatura humana cuando alcanza su libertad, incluso sabiendo que el mundo pasa y el hombre es miserable. Así que fuimos preservados de la intemperie del nihilismo o, en todo caso, pudimos volver a casa, a tratar de reconstruirla y hacerla habitable de nuevo, seguir tratando de hacer habitable el mundo por los hombres. Porque, además no se trata de restaurar nada, sino de volver del exilio y de la estepa a calentarse de nuevo” [12]. Esta es la casa de Jiménez Lozano, en la que conoció y aprendió a amar la hermosura del mundo y a identificar sus miserias; esta casa a la que el autor ha querido volver para hacerla habitable de nuevo, sabe, como lo sabía el poeta inglés, que hay “mucho que derruir, mucho que edificar, mucho que restaurar” [13] y se agradece que Jiménez Lozano construya una casa llena de nuevas vibraciones del ser, en las que el lector pueda poner su alma. A esta casa es a la que nos invita a entrar.

 

Notas:

[1] José Jiménez Lozano en una conferencia pronunciada el 1 de febrero de 2007 en el Instituto San Juan de la Cruz de Fontiveros, Ávila Digital, 2 de febrero de 2007, que consigno por ser cercana en el tiempo pero que va precedida de muchas otras en torno a su poética.

[2] “Sobre este oficio de escribir”, en Archipiélago, núms. 26-27, invierno de 1996, pp.158-162.

[3] Sobre el acontecimiento como categoría del cuento estoy trabajando y he aportado ya algunas primeras contribuciones: “El acontecimiento, una categoría del contar y del narrar”, en Personaje, acción e identidad en cine y literatura, Pamplona, Ediciones Internacionales Universitarias, 2006, ed. Marta Frago, Antonio Martínez Illán, Efrén Cuevas Álvarez, pp. 201-231; “La naturaleza del contar: las afinidades literarias entre José Jiménez Lozano y Flannery O’Connor”, en Homenje a José Jiménez Lozano, Pamplona, Eunsa, 2006, pp. 149-187 y “En torno a una teoría del relato: Flannery O’Connor y Jiménez Lozano”, en Espéculo, nº 31, nov-2005-feb-2006, año X. Revista digital cuatrimestral.

[4] En el caso de este libro, el autor es claramente explícito en lo que se refiere a su inclinación por la vida presente en lo más sencillo porque el paratexto o cita inicial que encabeza el texto es un comentario sobre esta elección. Se establece una complicidad con lo que afirma Willa Cather que, a su vez, cita a la señorita Jewett: “Hay muchas clases de personas en el estado de Maine, y en los estados colindantes, que no aparecen en los libros de la señorita Jewett. Puede que haya Otelos, Yagos y Don Juanes, pero no son muy propios del campo, no aparecen espontáneamente como lo hace lo eterno en los campos de enebros” (Willa Cather, Para mayores de cuarenta años, Barcelona, Alba, 2002, traducción de Alejandro Palomas). Es decir, del mismo modo que la señorita Jewett se inclina por los personajes del campo, no por las grandiosas figuras de la historia de la literatura, las de Shakeaspeare o la del metamorfoseante mito literario del burlador, Jiménez Lozano siente su preferencia por espiar vidas sencillas. De hecho el texto del que se recoge la cita concluye: “La señorita escribía sobre la gente común que se nutría de la tierra, no sobre individuos que estaban en guerra con su entorno. Esto no era en ella algo forzado, sino una preferencia instintiva”.

[5] En el estudio más amplio en el que estoy trabajando sobre los cuentos de Jiménez Lozano, sostengo que el tema de la muerte es central en su obra de creación y que adviene o sucede para señalar la pequeñez de las figuras pintadas y, paradójicamente, su grandeza. El autor lo ha explicado también en la reflexión teórica que desarrolla en “El mal en la literatura”, en Communio, I, V, 1979, pp. 64-75.

[6] Jiménez Lozano, J., Advenimientos, Valencia, Pre-textos, p. 149.

[7] Premio Nacional de la Crítica de novela en castellano 1988 por la colección de cuentos El grano de maíz rojo; Premio Castilla y León de las Letras en 1988; Premio Nacional de las Letras Españolas de 1992; Premio Luca de Tena de Periodismo en 1994 por el “El eterno retablo de las maravillas”; Premio Provincia de Valladolid a la Trayectoria Literaria de 1996; Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 1999; V Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes de 2000 por el artículo “Sobre el español y sus asuntos”, Premio de literatura en lengua castellana Miguel de Cervantes en 2002 y Premio Cossío a la trayectoria profesional en 2006.

[8] Discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2002.

        Cfr. http://www.mcu.es/autor/premioDiscursos/2154.PDF

[9] Los amigos de Jiménez Lozano son escritores, pensadores, artistas y filósofos, lo que él ha llamado sus cómplices y que constituyen presencias inequívocas y a las que vuelve una y otra vez en sus escritos. A estas presencias se aproxima de modo diverso: desde la creación literaria -construyéndoles un mundo imaginario-, a través de la reflexión que ilumina las cavilaciones de sus diarios o la reflexión del ensayo en artículos de fondo o los más ágiles de la prensa (cfr. “Mis cómplices americanos”, en Letras en el espejo, Ensayos de Literatura americana comparada, María José Álvarez y otros (coords.), Universidad de León, 1997, pp.13-22, artículo en el que define el concepto de complicidad, y Una estancia holandesa, conversación con Gurutze Galparsoro, Barcelona, Anthropos, 1998, en el que el autor comenta, en cada caso, por qué se ha rodeado de presencias cómplices. Ahora bien, en esta casa también resuenan las voces sencillas de la vida que desfilan como presencias recreadas por la imaginación y que le han ayudado a Jiménez Lozano a ser quien es: “rostros y los ojos y el ánima, o el llanto y la tos de quienes, siendo nadie, han importado más que un César o un filósofo para hacerte hombre” (en “Por qué se escribe”, en José Jiménez Lozano. Premio Nacional de las Letras Españolas 1992, Ministerio de Cultura, Centro de las Letras, Española, 1994, p. 23) y las palabras de agradecimiento a la mujer que le crió (en “Gracias porque sí”en Álvaro de la Rica (Editor), Homenaje a José Jiménez Lozano. Actas del II Congreso Internacional de la Cátedra Félix Huarte, Pamplona, Eunsa Ediciones Universidad de Navarra, 2006, pp.239-249).

[10] Jiménez Lozano, J., “Por qué se escribe”, Premio Nacional de las Letras españolas 1992, Ministerio de Cultura, Valladolid, 1994, p. 19.

[11] Discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2002.

[12] Jiménez Lozano, J., Advenimientos, Valencia, Pre-textos, p. 122.

[13] Eliot, T.S., Poesías reunidas1909-1962, Madrid, Alianza Editorial, 2002, p.72. Versión española e introducción de José Mª Valverde.

 

Nota bibliográfica. Obras de José Jiménez Lozano.

Novelas: Historia de un otoño, Barcelona, Destino, 1971; El sambenito, Barcelona, Destino, 1972; La salamandra, Barcelona, Destino, 1973; Duelo en la Casa Grande, Barcelona, Anthropos, 1982; Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (1325-1402), Barcelona, Anthropos, 1985; Sara de Ur, Barcelona, Anthropos, 1989; El mudejarillo, Barcelona, Anthropos, 1992; Relación topográfica, Barcelona, Anthropos, 1993; La boda de Ángela, Barcelona, Seix Barral, 1993; Teorema de Pitágoras, Barcelona, Seix Barral, 1995; Las sandalias de plata, Barcelona, Seix Barral, 1996; Los compañeros, Barcelona, Seix Barral, 1997; Ronda de noche, Barcelona, Seix Barral, 1998; Las señoras, Barcelona, Seix Barral, 1999; Maestro Huidobro, Barcelona, Anthropos, 1999; Un hombre en la raya, Barcelona, Seix Barral, 2000; Los lobeznos, Barcelona, Seix Barral, 2001; El viaje de Jonás, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2002; Carta de Tesa, Barcelona, Seix Barral, 2004; Las gallinas del licenciado, Barcelona, Seix Barral, 2005.

Cuentos: El santo de mayo, Barcelona, Destino, 1976; El grano de maíz rojo, Barcelona, Anthropos, 1988; Los grandes relatos, Barcelona, Anthropos, 1991; El cogedor de acianos, Barcelona, Anthropos, 1993; Un dedo en los labios, Madrid, Espasa Calpe, 1996; El ajuar de mamá, Palencia, Cálamo, 2006.

Cuento para niños: Tom, ojos azules, Valladolid, Diputación Provincial, 1995.

Antologías de cuentos: Objetos perdidos, Valladolid, Ámbito, 1993, selección de Francisco Javier Higuero; El balneario, Oviedo, 1998, selección del autor, edición no venal; Yo vi una vez a Ícaro, Valladolid, Castilla Ediciones, 2002, selección de José Luis Puerto; Antología de cuentos, Madrid, Cátedra, 2005, edición de Amparo Medina Bocos.

Poesía: Tantas devastaciones, Valladolid, Fundación “Jorge Guillén”, 1992; Un fulgor tan breve, Madrid, Hiperión, 1995; El tiempo de Eurídice, Valladolid, Fundación “Jorge Guillén”, 1996; Pájaros, Madrid, Huerga y Fierro, 2000; Elegías menores, Valencia, Pre-textos, 2002; Seis poemas de un día, pliego poético editado con motivo de la entrega del Premio Cervantes, Festival de la Palabra, Universidad de Alcalá, 2003; Elogios y celebraciones, Pre-textos, Valencia, 2005.

Diarios: Los tres cuadernos rojos, Valladolid, Ámbito, 1986, Segundo abecedario, Barcelona, Anthropos, 1992; La luz de una candela, Barcelona, Anthropos, 1996; Los cuadernos de letra pequeña, Valencia, Pre-textos, 2003; Advenimientos, Valencia, Pre-textos, 2006.

Ensayos: Católicos, sí, pero… Madrid PPC, 1961; Un cristiano en rebeldía, Salamanca, Sígueme, 1963; Meditación española sobre la libertad religiosa, Barcelona, Destino, 1966, Juan XXIII, Barcelona, Destino, 1973, editado también en Salvat, 1985; Los cementerios civiles y la heterodoxia española, Madrid, Taurus, 1978; Monasterios de Valladolid, Valladolid, Miñón, 1980; Sobre judíos, moriscos y conversos, Valladolid, Ámbito, 1982 (2ª ed.corr. y aum., 1989); Guía espiritual de Castilla, Valladolid, Ámbito, 1984; Ávila, Barcelona, Destino, 1988; Los ojos del icono, Valladolid, Caja de Ahorros de Salamanca, 1988; Una estancia holandesa, conversación con Gurutze Galparsoro, Barcelona, Anthropos, 1998; Estampas y memorias, Madrid, Incafo, 1990; Retratos y naturalezas muertas, Madrid, Trotta, 2000, Fray Luis de León, Barcelona, Ediciones Omega, 2001; Dos historias de otro tiempo, Salamanca, Gabriel Rivas, 2002; Libros, libreros y lectores, Valladolid, Ámbito, 2003; Vieja España, y tiempos nuevos, discurso de apertura de los Cursos de Verano de UIMP, Santander, 2003; El narrador y sus historias, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2003.

Recopilaciones de artículos periodísticos: La ronquera de Fray Luis y otras inquisiciones, Barcelona, Destino, 1973; Retratos y soledades, Madrid, Ediciones Paulinas, 1977; Ni venta ni alquilaje, Madrid, Huerga y Fierro, 2002.

Artículos y prólogos: “Introducción: El aggiornamento del papel laico en la iglesia y de su acción apostólica”, en Decreto sobre el apostolado de los laicos, Barcelona, Estela, 1966 (Documentos del Concilio Vaticano II), pp.7-31; “El cristiano Péguy. Apuntes para una biografía de su alma”, en Ch. Péguy, Palabras cristianas, selección, traducción e introducción de J.L. Martín Descalzo y J. Jiménez Lozano, Salamanca, Sígueme, 1966, pp.137-144; “El aporte del profesor Américo Castro a la interpretación del sentimiento religioso español”, en VV.AA., Estudios sobre la obra de Américo Castro, Madrid, Taurus; “Prólogo: Carta a un amigo sobre la vida y las vidas de estos versos”, en J. Herrero Esteban, La trampa del cazador, Madrid, Rialp, 1974, pp.12-18; “Sobre el jansenismo español”, en Ínsula, núm. 366, 1977, p.5.; “Oficio parvo”, en El Ciervo, núm. 340-341, 1979, pp.14-15; “El mal en la literatura”, en Communio, I, V, 1979, pp.64-75; “Prólogo”, en J. A. Llorente, Historia crítica de la Inquisición Española, Madrid, Hiparión, 1981, pp.7-37; “Retrato de Teresa o una aventura española”, en El País Semanal, 10 de octubre de 1982, pp.37-48; “Desde mi Port-Royal”, en Anthropos, núm. 25, 1983, p. 79; “Las Edades del Hombre”, en Nueva Revista, núm. 9, 1990, pp.6-8; “La catedral y sus iconos”, en Nueva Revista, núm. 18, 1991, pp.82-86; “Aceptar una herencia”, en Nueva Revista, núm. 22, 1992, pp.46-57; “Cantata “Las Edades del Hombre”, en Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, núm. 34, 1994, pp.113-119; “Mantener en pie una memoria”, en Nueva Revista, núm. 46, 1996, pp.33-47; “Estudio preliminar a San Juan de la Cruz” Poesía completa, Madrid, Taurus, 1983. Nueva edición en Valladolid, Ámbito, 1994, pp.15-102; “Introducción”, en M. de Unamuno. La tía Tula, Barcelona, Planeta, 1986, pp.9-29; “Prólogo: Una historia que no ha comenzado todavía”, en R. 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(Incluye los dos poemas aludidos, traducidos al alemán por Stephan Brühl.); “Una cierta mirada sobre la mística cristiana”, en Stromata, núm. 3, enero-junio de 2004, pp.11-29; “Acerca del señor Miguel de Cervantes”, en Los amigos de Cervantes en Valladolid, Valladolid, Museo Casa de Cervantes, 2004, pp.65-72; “Monjas pintadas al gusto del tiempo”, epílogo a Victoria Howell, Monjas pintadas. La imagen de la monja en la novela modernista, Salamanca, Junta de Castilla y León , 2005, pp. 105-136; “Prólogo-coloquio de Guadalupe Arbona con José Jiménez Lozano” en Flannery O’Connor, Un encuentro tardío con el enemigo, Madrid, Ediciones Encuentro, 2006, pp. 7-53; “Prólogo” a Shohei Ooka, Hogueras en la llanura, Libros del Asteroide, Barcelona 2006; “Prólogo” a Teresa Camps, La hora azul, Valladolid, Cosas Azules S.L., 2006; “Gracias porque sí”en Álvaro de la Rica (Editor), Homenaje a José Jiménez Lozano (Actas del II Congreso Internacional de la Cátedra Félix Huarte, Pamplona, Eunsa Ediciones Universidad de Navarra, 2006, pp.239-249, Un ojo holandés, discurso de inauguración de la biblioteca José Jiménez Lozano en el Instituto Cervantes de Utrecht, 18 de mayo de 2006; La paideia y sus mínimos, Federación de Asociaciones de Profesores de español, Madrid, 2006.

 

[*] Este texto es el estudio preliminar de la edición de La piel de los tomates, publicado por la editorial Encuentro, Madrid, 2007.

 

© Guadalupe Arbona Abascal 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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