Una voz entre las ruinas*

Rafael Fauquié


 

   
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Resumen: La escritura forma parte de la vida. Todo autor, todo ser de palabras no podría no escribir desde los instantes de su vida; desde lo que ellos fueron: lo que significaron, la manera en que diseñaron los rumbos de su camino.
Palabras clave: escritura, creación, experiencia, arte

 

“Próxima y no perdida quedaba, en medio de todo lo perdido, una sola cosa: la lengua. Ella no estaba perdida, no, a pesar de todo. Pero debía atravesar aún su propia falta de respuestas, atravesar un terrible enmudecimiento.” Paul Celan: “Discurso de Bremen”

 

Alguna vez dijo Mallarmé que escribir le había llevado a entender que “cada verdad adquirida no nacía sino de la pérdida de una impresión que, habiendo chispeado, se hubiera consumido (permitiendo) gracias a las tinieblas liberadas, avanzar más profundamente en la sensación de las tinieblas absolutas”. Uno de los legados esenciales de la Modernidad fue la Razón: otra manera de mirar, de valorar y de entender que terminó por imponerse a cualquier otra. Desvanecida o debilitada la fe, llegó hasta los hombres el tiempo nuevo de la Razón; y, junto con él, el de la Crítica, su inseparable compañera. Juntas, Razón y Crítica, comenzaron a conducir la aventura del pensamiento y la creación humanas. Juntas, se encargaron de demoler antiguas obediencias y de disipar muy arraigadas tinieblas; y, por supuesto, de imponer, también, nuevas formas de fe. Parafraseando a Mallarmé, podría decirse que Razón y Crítica liberaron a los hombres de viejas tinieblas sólo para conducirlos hacia otras diferentes. Una de ellas, acaso la más densa de todas, fue el escepticismo. De la oscuridad del dogma, los hombres entramos en la oscuridad de la sospecha y de la desconfianza, de la ciega solidez en naturalizadas obediencias nos adentramos en el desamparo del nihilismo. La Razón, que había comenzado por darnos absoluta confianza en nuestros actos y decisiones, nos colocó, también, a causa de demasiados excesos y absurdos errores, al margen de cualquier certeza y optimismo. La Razón terminó por decirnos que nuestras creaciones e ideales podían ser muy deleznables y que nuestros logros y sueños podían desvanecerse con demasiada facilidad.

Razón y crítica influyeron, también, en el arte, al que convirtieron en expresión de toda clase de inconformismos, cuestionamientos y condenas. “¡Es el tiempo de la Razón ardiente!” exclamó Apollinaire a comienzos del siglo XX. ¿Razón ardiente o Razón crítica? En realidad, la una no podría existir sin la otra. Pasión crítica: apasionada actitud cuestionadora, escepticismo como mecanismo de cualquier forma de comprensión. A la larga, Razón y Crítica terminarían por cuestionar, incluso, el sentido mismo del arte. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Theodor Adorno pronunció una frase que llegó a ser célebre: “toda forma de cultura después de Auschwitz es mierda”. O sea: no hay sentido en el arte, en la literatura, en el juego de las palabras después de un suceso como Auschwitz. Sin embargo, Paul Celan, un ser de palabras, judío y sobreviviente de un campo de concentración, pudo llegar a desmentir a Adorno cuando escribió poesía en medio de aquellos lugares de muerte a los que había sido confinado y de los que logró sobrevivir. Celan escribió. O sea: creó palabras, jugó con las palabras, jugó el juego de las palabras, y, haciéndolo, introdujo su propio mundo de voces dentro del universo de pesadilla que lo rodeaba. Y años después pudo afirmar que, tras las ruinas creadas por los hombres, había logrado sobrevivir “algo accesible y cercano: el lenguaje”.

Ruina es muchas cosas y puede aludir a muchas cosas: a lo destruido, a lo saturado, a lo absurdo, a lo inconsistente, a lo vacuo. Alguna vez leí el comentario de que a las espaldas de los hombres de nuestro tiempo se encontraban las ruinas y que, delante de ellos, se hallaba el vacío. O sea: en medio de los despojos del pasado y del cada vez más incierto rostro del porvenir, se encuentra el presente: un aquí y un ahora de instantes vividos y de experiencias nombrables. Entre las ruinas de un pasado cubierto de despojos y el desconocimiento de un futuro que podría ser sólo oquedad, se halla el presente: exaltado o denunciado o condenado por los poetas. Y, de nuevo, regreso a Celan: en medio de la agonía de aquellos terribles momentos que él vivió y, junto con él, la Humanidad toda, ese ser de palabras que fue Celan se entregó a su juego estético movido por la más válida de las razones: la supervivencia. En uno de sus textos más célebres, “Fuga de la muerte”, escribió una poesía extraña, incomprensible; impactante y macabro juego de palabras convertido en asidero, resistencia, refugio necesario para su cordura **.

Escribir: nombrar: decir la realidad de quien escribe. Ni la realidad ni la vida podrían nunca eludirse. El ser de palabras precisa enfrentarlas. Vivirlas. Sobrevivirlas. Por eso escribe; y, haciéndolo, nombra su propia vida. Y en ésta, al igual que en todas las vidas, junto a los descubrimientos maravillosos y a la siempre posible felicidad, habitan también lo absurdo y lo terrible, lo dolorosamente insoportable. El ser de palabras escribe y, al hacerlo, se apoya en sus experiencias. En ocasiones, acaso en las más desgarradoras e intolerables; y el resultado pudiese ser, como en el caso de Celan, una escritura irreal, críptica; pero siempre poseedora de significados. O sea, que ante la afirmación de Adorno sobre la absoluta inutilidad de la poesía después de Auschwitz, de que la poesía tras Auschwitz no podía ser sino “mierda”, Celan mostró que sí era posible el juego de las palabras, incluso en medio del infierno de los campos de exterminio; un juego que no podía dejar de ser, al igual que cualquier juego poético, testimonio, diálogo, sustento y, también, redención. Con su palabra de sombras, confusa y extraña, pero, sin embargo, viva y desgarradoramente expresiva, Celan logró rescatarse de las ruinas, redimirse de la devastación dejada tras de sí por poderes y Estados y la cruel estupidez humana. Ante las ruinas, la escritura sirvió a Celan para conjurar la degradación que lo rodeaba. Herido por la realidad, logró recrear, poéticamente, la realidad; y logró sobrevivirla. Desgraciadamente, a la larga, la realidad llegó a pesar demasiado sobre él y su escritura se hizo insuficiente para ayudarlo a vencer tantas trágicas memorias. Los años de la guerra, el asesinato de sus padres; y, décadas más tarde, las acusaciones de plagio lanzadas en su contra por Claire Goll, esposa del poeta Ivan Goll, terminaron por arrastrarlo hacia cada vez más fuertes y frecuentes depresiones. Celan se suicidó en París, a fines de marzo de 1970, lanzándose desde un puente al río Sena. Pocos días antes, había escrito estas palabras que poseen todo el significado de un epitafio: “(esta) boca enmudecida por la verdad sobreviviente de las múltiples tinieblas del discurso mortífero”.

A todos los seres humanos nos rodea el lenguaje. Todos lo escuchamos y lo aprendemos, todos lo repetimos; pero, dentro de ese universo de signos comunes, está el mundo verbal de cada quien: su voz individual capaz de acompañarlo a la hora de enfrentar las ruinas e infiernos personales que pudiesen rodearlo: las de las incomprensiones e incertidumbres, las de los fracasos y anquilosamientos, las de las frustraciones y sinsentidos. En el caso de los seres de palabras, sus ruinas e infiernos propios serán conjurados a través de expresiones teñidas de penumbras y de solitario dolor. Ahora bien, proponer, como tantas veces escuchamos en nuestros días, que la degradación de los itinerarios humanos debería necesariamente coincidir con la vacuidad de los lenguajes de los seres de palabras, luce insuficiente, atrozmente insuficiente. La voz del poeta, con sus entonaciones hechas de ilusiones tanto como de sufrimiento, de memorias tanto como de sueños, de esperanza tanto como de desaliento, de armonía tanto como de incoherencia; en fin, eso que llamamos escritura o literatura o poesía, puede llegar a convertirse para cualquier ser humano en compañía y verdad, en aprendizaje y rescate. Aceptar, como alguna vez sugirió Jacques Derrida, que la conexión entre las palabras y el mundo era por entero arbitraria porque el mundo no desempeñaba papel alguno en las voces que lo evocaban, no pasaría de ser una apuesta a la ausencia de compromiso de los seres de palabras para con sus voces. Distinguir tanta devastación como la que a veces percibimos los hombres a nuestro alrededor o en nosotros mismos, no debería nunca llevarnos a quienes amamos las palabras al mutismo de lo ininteligible ni al vacío de lo inexpresivo ni a la banalización de las jergas. Llevada a tales límites, la poesía, el juego de palabras terminaría por convertirse en irrelevante parodia de la desolación: una ingeniosa destrucción -o deconstrucción- de las voces, una intelectualizada manera de hablar para no decir nada.

Opaca en ocasiones, en ocasiones luminosa e inspiradora, a veces aplastantemente agónica, la vida no podría nunca dejar de sugerir en los seres de palabras una escritura igualmente brillante o igualmente oscura, igualmente estimulante o mortecina; pero, por sobre todo, una escritura siempre viva y tensa. Cada ser de palabras deberá hallar en sí mismo la voz que le pertenece, la que es la suya; la que, por sobre todo, lo testimonia a él: genuina voz que surge de su alma y que humaniza sus comprensiones.

 

Notas:

* Capítulo del libro, aún inédito, Juego de palabras

** Transcribo el poema “Fuga de la muerte”, según versión de José Angel Valente:

“Negra leche del alba la bebemos al atardecer/ la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él/ Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe/ escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete/ lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus/ mastines/ silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra ordena tocad para la danza/ Negra leche del alba te bebemos de noche/ te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer/ bebemos y bebemos/ Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe/ escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él/ Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad/ empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules/ cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza/ Negra leche del alba te bebemos de noche/ te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer/ bebemos y bebemos/ un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete/ tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes/ Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro/ venido de Alemania/ grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como/ humo en el aire/ y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí/ Negra leche del alba te bebemos de noche/ te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de Alemania/te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos/ la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules/ te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere/ un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete/ azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido/ de Alemania/ tus cabellos de oro Margarete/ tus cabellos de ceniza Sulamita.”

 

© Rafael Fauquié 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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