El tío Ratero

Jorge Urdiales Yuste

Filólogo y doctor en Ciencias de la Información
Institución Educativa SEK
jurdiales@jorgeurdiales.com


 

   
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Resumen: Análisis del personaje del tío Ratero, perteneciente a la obra de Miguel Delibes, Las ratas, a través de elementos internos, externos y circunstanciales.
Palabras clave: Delibes, personaje, análisis literario

 

Sumario

1. El yo del tío Ratero
    1.1. Ente real y ente de ficción.
    1.2. Retrato físico.
    1.3. Retrato moral.
2. La circunstancia del tío Ratero
    2.1. El pueblo en el que vive.
    2.2. El campo.
    2.3. La presión del “progreso” urbano sobre el campo y el Ratero.
    2.4. El cazador.
    2.5. El tío Ratero pierde y se pierde.

 

"La visión amable de la vida rural que encontrábamos en El camino se ha transformado en un espeluznante cuadro naturalista" [1].

"La oposición Ratero/Sistema se presiente inexorable: el viejo morirá en la cárcel por un asesinato cometido por motivaciones puramente animales, como es la defensa de su territorio de caza" [2].

 

1. El yo del tío Ratero

1.1. Ente real y ente de ficción

Por el testimonio de Miguel Delibes sabemos que el tío Ratero es la sombra hecha ficción y personaje de novela de un concreto personaje real que encontró el novelista en una de sus cacerías en tierras de Segovia.

El novelista no nos da el nombre del tío Ratero. Quizá no lo sabe. Lo deja en puro apodo, que lo señala singular y definitivamente. Sin perder su raíz de ser concreto, el tío Ratero, personaje concreto, con el transcurso del relato de Las ratas, va emergiendo a la par que como personaje singular, como caricatura de un tipo de personas extrañas. Es un tipo esperpéntico, pero se sostiene objetivamente y resulta símbolo estilizado de una zona infrarreal de personas que de hecho se han dado -mutatis mutandis- en el orbe rural de las tierras castellanas.

1.2. Retrato físico

Lo primero que parece ver Miguel Delibes en el físico del Ratero es su dentadura. Tiene los dientes podridos [3] y las encías descarnadas. Enseguida se fija en sus ojos, que califica con un adjetivo poco frecuente: son rudos; además son huidizos [4]. En ocasiones son ojos de alimaña [5]. En cuanto a su boca, sus labios los tiene agrietados y la sonrisa estúpida [6] , con frecuencia, socarrona [7] , indescifrable [8]. Su boca, por otra parte, rara vez pronuncia más de cuatro palabras seguidas [9] : le cansa el esfuerzo físico, aunque le fatiga más el mental [10].

Se cubre la cabeza con una sucia boina capona que hunde en su cráneo hasta las orejas [11]. Se la sujeta con un cordel al cuello.

Los brazos le penden a lo largo del cuerpo. Las manos, de dedos iguales, como cortados a guillotina, le llegan a las rodillas [12]. El aspecto es de simio.

Exteriormente es hombre fornido de hombros, cuello de músculos recios, conjunto fuerte, rechoncho “casi del Paleolítico, la última persona de Castilla la Vieja que vive en cuevas” [13]. En cuanto a su inteligencia natural, es hombre de instinto, no de razonamiento ni de sentimientos. No puede pensar, le fatiga el acto de pensar. Por eso no articula más de cuatro palabras ni hilvana más de dos ideas seguidas [14]. Esta es la razón por la que el Nini, su hijo, ha puesto de nombre a su perra Fa, para evitarle la fatiga de nombre más largo. En la matanza que se lleva a cabo en el corral y cocina de la señora Clo, toda una fiesta rural, el Ratero mira a unos y a otros estúpidamente, sin comprender [15].

Casó con una hermana, Marcela, que se llevaron al Instituto Psiquiátrico, el manicomio, de la ciudad [16]. Cuatro años pasaron y aguantó el Ratero desde que la Marcela, perdido el juicio, serró las cuatro patas de una mesa porque banqueaba y la vez que, horadando la cueva para hacer la chimenea, la mujer le dio la horca al pedirle arena [17].

Tuvieron tres hijos: dos deficientes y el Nini.

1.3. Retrato moral

El tío Ratero es un personaje singular. Podría representar como símbolo una especie compuesta de extraños tipos castellanos, la de determinados individuos primitivos, salvajes (en el sentido de no cultivados o modelados por la civilización] , es decir, de vida naturalmente espontánea, cuyo único fin sobre la tierra parece reducirse a asegurarse la propia subsistencia de su ser primitivo.

El tío Ratero tiene, no obstante, su mundo interior. No es un mero animal salvaje, pura naturaleza. Es cierto que se mueve por instintos más que por razones. Así, como los animales depredadores, el tío Ratero marca, por ejemplo, su territorio de caza. Pero los acontecimientos que le sobrevienen le hacen pensar. Cuando viene un mal período para las ratas, el Ratero piensa en que pueden ser varias las causas de la escasez: la mixomatosis de los conejos, el estiaje temprano, pero sobre todo el que el furtivo de Torrecillórigo invada su terreno. Su interior, entonces, se pliega sobre sí, se vuelve más huraño y hermético, como para dejar menor espacio a la razón. Lo que hasta el momento pudiera considerarse un principio de pensamiento, pasa a ser en él taciturna cavilación. Deja de pensar, cavila.

Le ocurre al Ratero como a otros personajes de Delibes: cuando les acosan circunstancias adversas, se repliegan sobre sí, se cierran y se vuelven herméticos. Su cerebro empieza a destilar cavilaciones siniestras, cuyas consecuencias resultarán poco previsibles, puede que fatales.

En medio del campo, no siente simpatía por los animales, tampoco por la Naturaleza, no sale a recorrer los alrededores de la cueva. El espectáculo de la Naturaleza ni en sus momentos más esplendentes alcanza a su sensibilidad. El estímulo no tiene otra respuesta en su ser que el de ponerle en marcha: “Habrá que bajar”, gruñe más que pronuncia [18].

Y, en cuanto a sus semejantes, afirma que las ratas son mejores que los hombres.

Perezoso interior, se deja arrastrar por los consejos de Malvino, Antoliano y Rosalino.

 

2. La circunstancia del tío Ratero

2.1. El pueblo en el que vive

No se dice expresamente en ningún lugar del relato que sea el pueblo del Ratero un pueblo castellano. Pero se supone que en el pensamiento del novelista es así. Es un pueblo muy pequeño. Entre los años 1950-1960. No pasa de los treinta vecinos. Geográficamente es reseco. Económicamente, mísero.

En el capítulo 11 se lo describe a grandes trazos. Lo preside el campanario. Como en los pueblos castellanos desde él se domina todo. Al pueblo del Ratero lo delimita el arroyo, la carretera provincial, el Pajero comunal y los establos de don Antero, el Poderoso [19] , el rico del pueblo de quien son las tres cuartas partes del término [20]. Al otro lado del río está la cueva del Ratero, y a la vuelta del cueto, las derruidas de Sagrario, la Gitana, y del Mamés, el Mudo, sus padres.

La visión más pesimista del pueblo del Ratero es la de la Columba. Columba, la mujer de Justo, el alcalde, había nacido en la ciudad y el pueblo le parecía cargado de primitivismo y le sublevaba en él su silencio, el polvo y la suciedad [21] , renegaba de que no tenía agua corriente, de que las calles estaban sin asfaltar, de que carecía de baile y de cine. Esto era cierto, pero ella exageraba su desamparo y voluntaria soledad en él. Le parecía un desierto, porque estaba ciega y sorda para sus encantos como la llegada de las golondrinas y de las perdices, el concierto de los grillos en los sembrados y otras señales, flores, frutos y provechos de la naturaleza. No congeniaba con el Nini, la inteligente e infantil joya del pueblo, a quien sólo ella en el pueblo miraba con desdén, aunque acudía a algunos de sus servicios. Con esto estaba claro que, llevando alguna razón, su visión del pueblo era extrema y la negativa [22] , todo un símbolo de la valoración del mundo rural desde el “progreso” corto de la ciudad.

Hubo en el pueblo, en otros tiempos, caballerías, de lo que ya sólo quedaba un anticuado potro donde se herraban. Ahora sólo se podían ver algunos asnos que acarreaban paja para los hogares del Pajero del común a las casas [23].

Por las noches, en medio de la oscuridad, cuatro agónicas lámparas eran toda la luz del pueblo [24].

Una visión opuesta y, en parte, complementaria de la que tenía la Columba del pueblo del Ratero hay que buscarla en las repetidas enumeraciones de elementos con las que el novelista da noticia de aspectos vitales naturales del campo y de la vida rural de sus vecinos. En ocasiones no parece sino que Miguel Delibes hace gala de sus conocimientos agrarios y de su simpatía por el mundo rural. Con frecuencia, en ocasiones, su relato alcanza tonos líricos. El capítulo 15 abunda en este tipo de descripciones [25]. Por otra parte, el Nini, el hijo del Ratero, vive, disfruta y se recrea, con la plenitud que le permiten sus diez años y su condición de personaje prodigio, de múltiples elementos naturales que tiene el pueblo.

2.2. El campo

La naturaleza impera en este pueblo, es parte de su ser y modela el ritmo de su vida. La novela nos presenta el campo durante el tiempo que transcurre de un otoño al verano siguiente. El campo lo impregna todo. El novelista encontrará ocasiones de mostrarlo con detalle. El canto de los grillos, escribe, por ejemplo, a partir de la festividad de San Gregorio Nacianceno, 9 de mayo, “se filtraba por todos los resquicios, ponía un fondo estridente a todas las faenas (...) una suerte de nerviosa vibración que se ensanchaba en ondas crecientes” [26].

Abundan en Las ratas las ocasiones en las cuales el novelista se detiene a enumerar elementos geográficos, agrícolas y naturales que rodean el poblado y lo humanizan [27]. Igualmente el mundo animal salvaje y doméstico es tratado por Miguel Delibes con abundancia de datos e, incluso con detenimiento y mimo, que contrasta con la dureza del relato en su conjunto [28].

Al final del capitulo 3 la tradición que ha acumulado sabiduría rural sobre el campo está en la lengua y los hechos de los abuelos del Nini, el abuelo Abundio y el abuelo Román. De los dos aprende el hijo del Ratero. La expresión no puede ser más feliz ni más completa: “Pero también aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno [29].

El novelista se fija en la cortedad y pobreza del hombre de campo que desconoce y no aprecia lo que tiene a mano. Las gentes del campo, incluso, maldicen de su suerte por los nublados, la sequía, la helada negras...: “blasfemaban y decían: “No se puede vivir en este desierto” [30]. Lo que para las gentes es desierto, pura negación de vida, para el hijo del tío Ratero no lo era: “El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaba un centenar de seres vivos [31].

2.3. La presión del “progreso” urbano sobre el campo y el Ratero

El Ratero vive en paz con su hijo en su cueva, a las afueras del pueblo, a mitad del teso [32]. Allí el tío Ratero enciende el fuego que le relaja y hasta le hace sonreír [33] y allí duermen sobre la paja él, su hijo, el Nini, Fa, la perra y, un tiempo que se terció, un zorrito que domestica el niño [34].

La cueva tiene una excelente vista sobre el río, el valle y el pueblo. El Ratero ha horadado cuatro metros de tierra en el techo para dotarla de una chimenea [35]. Está a gusto en su cueva, no quiere más. Allí hace fuego y guisa, duerme y vive [36].

Se lleva bien el Ratero con los demás vecinos del pueblo, a los que ni crea ni ellos le quieren crear problemas. Vive de vender las ratas que caza en el río. El mundo urbano es el que vendrá fatalmente a caer sobre él. Le presionará para que deje la cueva en la que vive y se vaya a una casa, terminando con “la vergüenza de la cueva” y huyendo de calamidades sin cuento que le presagia el Alguacil [37]. Terminar con las otras tres cuevas que había en el pueblo fue fácil: cambiaron sus dueños por una casita en la Era Vieja, soleada y de tres piezas, que rentaba veinte duros al mes [38]. A José Luis, el Alguacil le presiona Justito, el Alcalde. Y a éste, el Gobernador Civil, que se siente presionado por el supuesto pensar del Ministro. Repetidamente - acuerdo de la Corporación de desalojar la cueva, que lee Frutos, el Pregonero [39] , ofrecimiento de un jornal de 30 pesetas a condición de dejar la cueva [40] , la simple compra sin fijar precio [41] , otras razones [42] - aquellos le ofrecen al Ratero varias soluciones, con tal de que deje la última cueva que hay en el lugar. Él las rechaza y sigue en sus trece: “No me voy”, “La cueva es mía” [43]. Es un caso concreto del más general de una sociedad que cree haber “progresado” y por ello se enfrenta, arrincona y desplaza a una sociedad rural a la que no acaba de entender.

El mundo industrializado, civilizado y hecho sistema no aprecia el valor de aquella cueva como balcón de la Naturaleza, desde la que se disfrutan y poseen:

1. Espacios naturales únicos: un valle, un río, tesos, páramos, cuetos, linderones, alcores... 2. Animales espléndidos sin cuento, distintos unos de otros: sisones, alcaravanes, comadrejas, perdices, liebres, alcotanes palomeros, camachuelos, pardillos, escribanos, engañapastores, avefrías, urracas, tordos, alondras, abubillas, rabilargos, abejarucos, chotacabras, búhos nivales, cínifes, trigueros... 3. Variadas especies vegetales de diferente interés y buena planta: trigales, patatares, huertas, carrizos, espadañas, junqueras, hierbabuena loca, florecillas de toda especie, argayas, zaragüellles, centellas, juncos... y 4. Se conviva con fenómenos atmosféricos tan puros como la: cellisca, el viento matacabras, las aguarradillas, la helada negra, el pedrisco, las nevadas, el sol de justicia...

2.4. Cazador

En Las ratas, el tío Ratero es un innato cazador de ratas, no se le puede pedir más arte ni mejor técnica venatoria. Un instinto animal le hace ser limpio, rápido y certero. El novelista lo presenta así en el capítulo 4. Allí se le ve con la oreja pegada al suelo: ausculta las entrañas de la tierra. En la primera ocasión que se describe le acompañan el Nini, pequeño, y la perra Fa. Hunde el Ratero el pincho a tiempo y en el lugar preciso. Escapa la rata. La persiguen los tres. La perra regresa con la rata en la boca. En otras ocasiones, el tío Ratero, solo, hunde su mano derecha en el cieno del fondo del río, pincha con la izquierda y, al poco, iza triunfante la presa que ase por el morro con la derecha.

Pero cuando llega la veda, el Ratero, que respeta el celo de estos animales, deja la caza, hasta el siguiente otoño. En esto es un perfecto cazador. A su lado, Matías Celemín, es un cazador furtivo, Matías Celemín, el Furtivo, está animalizado como el Ratero, pero de otra manera, es astuto y malintencionado, repulsivo para el Nini, vela de noche y duerme de día, caza todo el año y no deja a la pieza de caza que se defienda, como es ley de la auténtica caza: a las liebres las “achicharraba en la cama, volándoles el cráneo de una perdigonada, sin darles opción” (IB p. 33). La parte romántica del cazador no existe en Matías, no es verdadero cazador, es un matador.

El Ratero le vende las ratas de agua a Malvino, que tiene una sórdida y angosta taberna en el pueblo. Malvino se las paga a dos pesetas la pieza. Se queda con las que le traiga el Ratero en su morral, después de separadas dos que el Ratero se come fritas rociadas con vinagre. El banquete del Ratero incluye dos vasos de clarete y media hogaza de pan [44].

Otro personaje que tiene en frente de su existencia el Ratero es Luis, el ratero de Torrecillórigo. Es solamente un aficionado, está en la caza por matar el rato, pero, como le advierte Malvino al Ratero, en su taberna, viene a quitarle el pan. Antes de que naciera ya era el Ratero maestro en el oficio [45]. Se trata de un “apuesto joven, de ojos vivaces y expresión resuelta” [46].Viste americana de pana parda e imita al Furtivo en el calzado, sus botas son claveteadas. Aparece en el relato en el capítulo 4. El Ratero no pronuncia su nombre. Para él y para el pueblo es “ése”. Señala con el pulgar hacia el pueblo vecino, Torrecillórigo, y pregunta el tío Ratero: “¿Viste a ése?” [47]. No vuelve al relato hasta el capítulo 8, en el que las ratas escasean. Lo matará el tío Ratero en el capítulo 17 y se acabará la novela.

2.5 El tío Ratero pierde y se pierde

Finalizada la temporada de caza, la sombra del hambre cae sobre los rateros. En la fiesta de despedida de la caza no hay ratas para nadie, con gran furor por parte del Ratero.

La caza del cangrejo parece que puede aliviar la situación de los rateros, pero, al poco, también los cangrejos menguan alarmantemente. En el pueblo la cosecha está ya casi salvada cuando aparece una neblina sospechosa en el horizonte. El Pruden sigue el consejo del Nini y empieza la siega de su trigo, pero el resto del pueblo no le hace caso. Una formidable tormenta de granizo en cinco horas arrasa todos los sembrados y se pierde la cosecha. En este ambiente de miseria y desesperación, el joven Luis, el furtivo de Torrecillórigo, y el Nini se encuentran junto al cauce, del lado de los chopos. Hablan. Aparece el tío Ratero que ataca furiosamente al competidor de Torrecillórigo: “Las ratas son mías” [48]. Luis le razona, forcejea con él y trata de contenerlo. El tío Ratero embiste una y otra vez, con la pincha en alto y a gritos. Finalmente consigue herir de muerte a su rival y remata su obra arrojando el cadáver de Lucero -al que acuchilla el corazón por tres veces, sin piedad, dice el novelista-, sobre el del muchacho de Torrecillórigo [49].

Por defender su cueva a ultranza -“la cueva es mía” [50] -, perderá la cueva y se perderá a sí mismo. Él que es Ratero dejará de serlo, no volverá a cazar ratas. El artefacto y artificio del mundo urbano, la máquina organizada del sistema no le comprenderá: -“No lo entenderán”, dice el Nini [51] - y ha aplastado en este punto al mundo salvaje, espontáneo y natural. El orbe rural del Ratero no ha sabido defender su parcela de vida -su punto de razón y su punto de bondad- , en parte por ignorancia y por la falta de luces en las que está sumido y en parte por el abandono en que lo tiene arrinconado el sistema organizado y civilizado, que tampoco se detiene a examinar sus razones profundas.

El hijo del Ratero, el Nini, sobre uno y otro mundo, sobre el mundo rural concreto, hundido en la ignorancia y la miseria, y el mundo del “progreso” en marcha que ha perdido el sentido real de las cosas y de las personas, sin que lo ahogue la Naturaleza ni lo vacíe el “Progreso”, alza su grandeza moral de alma a una altura de prodigio y deja un resquicio para la esperanza de salvación del mundo rural. Termina la novela: “tras el alcor se veía flotar el campanario de la iglesia y en torno a él fueron surgiendo, poco a poco, las pardas casas del pueblo...” [52].

Lo que Unamuno llamaba vida silenciosa y continua, tradición eterna, en este caso, del mundo rural y de su peripecia de los años 50-60 y la de siempre -la obra ya ha pasado a ser clásica y, por ello, universal-, lo ha mostrado Miguel Delibes en su Ratero de Las ratas de manera compleja, simbólica y a la par concreta y personal [53].

En el Ratero han chocado el mundo rural, el urbano y la máquina del sistema social, pero su peripecia, que condena sus mentiras, rigideces y espacios nefastos, salva a la vez las verdades de los tres extremos.

 

Edición empleada de El camino: Destino, Barcelona, 1999.

 

NOTAS

[1] Manual de literatura española XIII. Posguerra: narradores, Felipe IB Pedraza Jiménez - Milagros Rodríguez Cáceres, Cénlit Ediciones, Pamplona, 2000, p. 447.

[2] Historia de la Literatura Española, tomo VI, Época contemporánea, Ángel Valbuena Prat, 9º edición ampliada y puesta al día por María del Pilar Palomo, Gustavo Gili, Barcelona, 1983, p. 415.

[3] Las ratas (1962) , Miguel Delibes, Destino, Barcelona, 2000, p. 11, passim.

[4] Ibídem, p. 11.

[5] Ib. p. 179.

[6] Ib. p. 11.

[7] Ib. p. 29.

[8] Ib. p. 89.

[9] Ib. p. 29.

[10] Ib. p. 69.

[11] Ib. p. 126.

[12] Ib. p. 126.

[13] Cf. La caza en la obra de Miguel Delibes Guy Harland Wood, tesis doctoral, 3/129026, p. 146.

[14] LR, Ib. p. 29, passim.

[15] Ib. p. 53.

[16] Ib. pp. 68-69.

[17] Ib. p. 75.

[18] Ib. p. 126.

[19] Ib. p. 107.

[20] Ib. pp. 44-45.

[21] Ib p. 116.

[22] Ib. p. 117.

[23] Ib. p. 63.

[24] Ib. p. 64.

[25] Ib. pp. 145-155.

[26] Ib. p. 115.

[27] Ib. p. 58 passim.

[28] Ib. p. 117 passim.

[29-31] Ib. p. 34.

[32] Ib. p. 10.

[33] Ib. p. 64.

[34] Ib. p. 65.

[35] Ib. p. 64.

[36] Ib. p. 61.

[37] Ib. p. 65.

[38] Ib. pp. 67-68.

[39] Ib. pp. 68-69.

[40] Ib. p.158.

[41] Ib. p. 159.

[42] Ib. pp. 67 y 133.

[43] Ib. p. 158, passim.

[44] Ib. p. 11.

[45] Ib. p. 41.

[46] Ib. p. 100.

[47] Ib. p. 41.

[48] Ib. p. 178.

[49] Ib. pp. 177-180.

[50] Ib. p. 133, passim.

[51-52] Ib. p. 181.

[53] Cf.. Miguel de Unamuno, En torno al casticismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 1996, p. 63.

 

© Jorge Urdiales Yuste 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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