Anotaciones acerca de Wenceslao Fernández Flórez
y el mundo de la Antigüedad

Fernando Fernández Palacios


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: Aproximación a la obra del escritor W. Fernández Flórez desde la perspectiva de la inserción de elementos relacionados con la Antigüedad grecolatina (lingüísticos, mitológicos, etc.) el mundo bíblico y el céltico.
Palabras clave: Wenceslao Fernández Flórez, narrativa española XX, Antigüedad

 

1. Wenceslao Fernández Flórez parece que nació en La Coruña el 12 de febrero de 1885 y murió en Madrid el 29 de abril de 1964 [1], por lo que vivió algo más de 79 años [2], que le permitieron ver publicados alrededor de 40 novelas y narraciones breves. Nació en el seno de una familia burguesa y su primera vocación fue la Medicina, que sin embargo se frustró al quedar huérfano de padre. Sus ojos se abrieron al mundo en la España de la Restauración, con la figura de Alfonso XII al frente de los destinos de un país gobernado por la alternancia en el poder de Cánovas y Sagasta.

Empezó su carrera de periodista en Galicia, colaborando en La Mañana, diario coruñés al que envió, con 15 años, versos que asombraron al director. Al morir su padre la necesidad le hizo decantarse por dicha profesión, colaborando en el Diario de La Coruña. En 1908, con 23 años, se trasladó a Ferrol y se hizo cargo del Diario Ferrolano, moderno periódico que contaba ya por entonces con telégrafo sin hilos. Allí ejerció de redactor de mesa pero despuntó sobre todo gracias a sus agudas crónicas. Por esta época ya escribía cuentos cortos. A punto de cumplir los 25 regresó a su ciudad natal para colaborar en el intelectual diario El Noroeste [3], pero Madrid era su lógico objetivo y hacia allá se fue, acompañado por su madre -que vivió siempre con él y murió dos años antes que el escritor-, mas no como periodista [4] sino en calidad de oficinista de aduanas. Sin embargo, pronto entró en contacto con periodistas, escritores y críticos literarios, pasando a colaborar en ABC y Blanco y Negro hasta su fallecimiento.

El mismo año de la llegada a Madrid (1910) publicó su primera novela, La tristeza de la paz, y cuatro años después La procesión de los días. Es precisamente en 1914 cuando salieron a la luz sus primeras crónicas políticas [5]. De aquellos tiempos datan también los relatos breves Luz de luna -publicado por la "Biblioteca Patria"- y La familia Gomar. No obstante, el espaldarazo definitivo lo debió a Volvoreta (1917) [6]. En 1918 apareció Silencio, en 1920 Ha entrado un ladrón, y su primera etapa se cerró en 1922 con la publicación de Tragedias de la vida vulgar, cuando el escritor contaba con 37 años.

La siguiente etapa, en la que, en palabras de B. Varela Jácome,

«intenta elaborar un mundo utópico y proyectar sobre él la crítica de la sociedad contemporánea»,

comenzó con El secreto de Barba Azul (1923) y continuó brillantemente con Unos pasos de mujer (1924) -calificada por F. Lázaro y E. Correa como una de sus obras más perfectas- [7], Huella de luz, La casa de la lluvia y Las siete columnas (1926), para adquirir después un enfoque distinto en Relato inmoral (1927). La década de los 20 se completó con El ladrón de glándulas y una despiadada crítica social en Los que no fuimos a la guerra (1930) -en la que la acción transcurre en Iberina, la misma fantápolis de Relato inmoral-, que tuvo su continuación en El malvado Carabel (1931), personaje que fue interpretado en la segunda de sus versiones cinematográficas por Fernando Fernán-Gómez [8]. Durante dicha década se publicaron dos novelas suyas en gallego: A miña muller (1924) y O ilustre Cardona (1927), que son traducciones del español y que fueron publicadas en esta lengua en 1925 y 1929, respectivamente.

A partir de entonces su crítica social mantuvo la agudeza pero se volvió menos áspera -El hombre que compró un automóvil, 1932, y Aventuras del caballero Rogelio de Amaral, 1933-. La línea emprendida, que le llevó a ser elegido Académico de la Lengua en 1935, se truncó debido al estallido de la guerra civil española [9]. Fruto de dicha contienda, en 1939 dio a la madrileña imprenta de Ediciones Españolas Una isla en el mar rojo [10], y resonancias de ella alcanzaron también a La novela número 13 (1941), segunda del autor que vio la luz en la famosa "Colección Austral" [11].

Wenceslao Fernández Flórez contaba con 58 años y una larga experiencia cuando en 1943 apareció su obra más celebrada, El bosque animado (1943), que tan maravillosamente fue llevada al cine en los años 80 del siglo XX [12]. En 1945, diez años después de su elección, ingresó por fin en la Real Academia Española [13]. Ya había dado lo mejor de sí, y por lo tanto a partir de entonces aparecieron trabajos que, sin dejar de ser notables, no aportaron nada esencial a su obra, como no fuera la constatación de que cualquier tema podía ser objeto de tratamiento literario: así el deporte en El sistema Pelegrín (1949) y De portería en portería (1957), obra esta última producto de una serie de artículos publicados en ABC. En 1958 se produjo un gran escándalo como consecuencia del fallo del Premio Planeta, entre cuyo jurado figuraba nuestro autor, que debido a ello anunció su decisión irrevocable de no volver a participar en tales eventos.

 

2. Todavía en vida, el autor fue ya incluido en historias de la literatura. G. Díaz-Plaja [14] le consideró el más notable de los cultivadores del humorismo, considerándole superior a Ramón Gómez de la Serna y Julio Camba. En 1957 se le señalaba como un novelista muy leído y admirado, que

«como humorista logra sutilísimos aciertos»;

se decía que Volvoreta era posiblemente su mejor obra, aunque no la más conocida, y se añadía que había publicado miles de artículos y crónicas en la prensa española e hispanoamericana, que algunas de sus novelas más celebradas habían sido llevadas a la pantalla, y que su nombre era

«mundialmente conocido y admirado». [15]

En una obra de 1962 se decía que su estilo era muy cuidado [16]. J. García López escribió que la nota que mejor le caracterizaba era el

«humorismo escéptico y negativo que impregna su obra prestándole un fondo corrosivo»

y que en sus novelas no faltaba nunca la sátira social unida al rasgo caricaturesco y al ingenio vivaz, siendo menos ambiciosos pero quizá más conseguidos los artículos periodísticos y las narraciones breves, provisto todo ello de un estilo de gran originalidad en la que se fundían la ironía mordaz con la deformación de intención puramente cómica [17]. En 1969, F. Lázaro y E. Correa señalaban que la obra de W. Fernández Flórez gozaba de enorme popularidad pero que no había merecido una atención condigna de la crítica, de lo que se había quejado el propio autor [18], y en 1973 J. Domingo se lamentaba que resultara imposible encontrar en sus días en el campo de la novela humorística la consistencia de un autor como W. Fernández Flórez [19].

 

3. FERNÁNDEZ-FLÓREZ Y LA ANTIGÜEDAD

Ya se ha mencionado el trabajo de Fernández Flórez en el diario coruñés El Noroeste. Gracias a él había conocido, por ejemplo, a Alfonso Rodríguez Castelao en el verano de 1912 [20]. Fue precisamente un suplemento cultural de dicho periódico, aparecido por vez primera en septiembre de 1918, el germen del más importante grupo cultural galleguista del siglo XX. El suplemento, dirigido por Eladio Rodríguez González, se llamó Nós, páxinas gallegas, y dio pie dos años más tarde al nacimiento de la revista Nós de Vicente Risco.

Aunque W. Fernández Flórez dirigió su interés primordial a su reconocimiento en Madrid también estableció contacto con integrantes de Nós, entre los cuales cabe citar al conocido arqueólogo Florentino López Alonso-Cuevillas (1866-1958). Que los asuntos arqueológicos debieron llamar la atención en algún momento de su vida al escritor coruñés es algo que se desprende de la lectura de «Efemérides. 25 de febrero 3401. Se publica la obra fundamental del profesor Cuspius, llamado el padre natural de la Arqueología» [21], donde demuestra un desusado conocimiento del discurso arqueológico y que paradójicamente utiliza para mostrar su escepticismo ante lo que puede obtenerse a través de dicha actividad [22].

A la Prehistoria recurre alguna vez como argumento de autoridad. Así en «Lo necesario y lo superfluo» [23] dice:

«[...] la prueba de que el hombre no se avino nunca a aceptar el agua como bebida es que ya en la prehistoria se esforzó con éxito en descubrir los licores y los vinos» [24].

Aparte de las anteriores referencias y de otras más pequeñas [25], el mundo propiamente de la Antigüedad aparece en diversas ocasiones en sus páginas y debido a las más variadas circunstancias que se pueda uno imaginar.

3. 1. EL MUNDO LATINO

W. Fernández Flórez, a pesar de no haber cursado una carrera universitaria, fue un hombre culto. Como consecuencia, es frecuente que aparezcan latinajos en su obra. Así sine qua non [26], do ut des [27], minimum [28], Papam habemus [29], ipso facto [30], et ejusdem furfuris [31], in péctore [32], etc.

También hay referencias generales de la lengua española que, en última instancia, remontan al mundo latino de la Antigüedad. Por ejemplo:

«y en mi imaginación era yo jefe de escuadrones de Hércules: hombres cuyas blancas capas rebosaban por los lomos de los blancos caballos y que me seguían silenciosos». [33]

O también:

«Poco a poco Kay logra imponerse con su voz fuerte, acostumbrada a dominar desde el púlpito, y fulmina una ardorosa catilinaria contra el progreso». [34]

A juzgar por la reiterada aparición en sus escritos debió de marcarle profundamente el haber, de manera muy probable, traducido en clase de Latín al menos algunos fragmentos de los Comentarios de Julio César. De esta manera, en la Estancia VII de El bosque animado, que lleva por título «El libro de San Ciprián», el volumen que maneja la bruja para sus predicciones, conocido popularmente como El libro de San Ciprián, en realidad se trataba de una edición de los Comentarios sobre la guerra de las Galias de Julio César. En El sistema Pelegrín [35] vuelve a nombrarlos con el propósito de alabar las crónicas deportivas de Waterpolo, que son encumbradas por encima de la obra del dictador. El latín se asocia por parte del coruñés con personalidades tranquilas y mesuradas, ya que en la misma novela que acabo de citar [36] se dice que hasta el profesor de Latín del Gran Colegio gritaba que se acabara con el árbitro, y se tiene la idea de que la época romana está definitivamente muerta y enterrada en «Lances entre caballeros», de Las gafas del diablo, en donde para hacer ver su postura de que los duelos son un anacronismo señala que había recibido

«una circular invitándome a formar parte de una Asociación que se ha impuesto el deber de perseguir el duelo. No me he inscrito. Igual conducta adoptaría si se pretendiese alistarme para combatir contra los escitas o para hacer oposición a la política de Trajano». [37]

En un artículo de febrero de 1932 dedicado a alzar su queja contra los inconvenientes circulatorios que provocaba la celebración de los Carnavales en la Castellana madrileña deja escrito:

«El Estado es laico, y el Municipio también. Que sea Momo el único dios que aquí goza de predicamento, me parece un favoritismo imperdonable. Personalmente no tengo nada que decir contra Momo. Hasta confieso la amistad con muchos paganos (a mí se me antoja más elegante profesar el priscilianismo por razones de paisanaje), pero odio las injusticias y los privilegios. ¡Momo, a la excedencia, como todos los otros! ¡Pues hombre!...» [38].

En «El cofrecillo de Mefistófeles» deja escrito:

«Los romanos, antes de visitar a sus amadas, les enviaban peces suculentos, carnes escogidas, vinos que debían refrescar entre nieve», [39]

en un contexto en el que se recurre al mundo antiguo como argumento de autoridad.

3. 2. EL MUNDO GRIEGO

El mundo griego tampoco falta en las líneas escritas por W. Fernández Flórez. Es posible, como señala J.-C. Mainer [40], que el escritor no hubiera leído nunca a Aristóteles, pero en cualquier caso ello no le impidió citar al mencionado filósofo. Así en el cuento «La madre naturaleza», de Perros, gatos y otras amistades, dice que en el mundo

«ha habido muchas civilizaciones que se extinguieron de un modo misterioso, sin dejar ni noticia de sus adelantos. Aristóteles ha afirmado gravemente que «las ciencias y las artes se han perdido más de una vez» [41].

Como la tragedia es algo consustancial en la obra del escritor gallego, en reiteradas ocasiones se acuerda de las tragedias griegas. De esta manera, en Impresiones de un hombre de buena fe (1914-1919) señala sarcásticamente:

«Pero se levanta el señor Allende. Lo irremediable atenaza los espíritus con aquella fuerza del destino en las tragedias griegas».[42]

En Aventuras del caballero Rogelio de Amaral señala Beatriz:

«-No; las hazañas de los héroes deben de ser contadas como en la Ilíada»,

a lo que responde Sandoval:

«Es que a mí me parece que solo se podrán apreciar con justicia y en toda su realidad los heroísmos belicosos cuando los narre un médico. Se trata de matar, de destruir tejidos, de perforar entrañas, de perturbar funciones vitales. Y un poeta no suele entender de eso, y a un historiador no le importa. Yo le cuento ahora el mismo hecho que otros le han contado, pero visto por los ojos de unos médicos que no me han ocultado ninguna verdad. Parece que la proeza ya no es hermosa; sin embargo, así fue». [43]

En sus crónicas parlamentarias acude también a la epopeya:

«Allá en El Ferrol, el general Moreno consumió veinte o treinta años de su vida en la obstinada empresa de arrebatarle el acta al general Mille. Fue aquello una especie de Ilíada, en que el priamida Moreno y el atrida Mille lucharon denonadamente por la posesión de la Helena ferrolana». [44]

Y en sus Historias del Tranvía, en la titulada «El niño y sus aplicaciones», señala:

«La vida es dura, amigo mío. Siempre fue dura. Si lee usted la Ilíada, descubre que dentro y fuera de Troya se pasaba muy mal, y esto ya en tiempos homéricos». [45]

En el artículo «Los trajes nuevos. (Un incidente diplomático)», de octubre de 1931, escribe:

«Cualquier otro ministro puede hacer las afirmaciones más temerarias sin que los comentarios rebasen las fronteras. El de Estado, no. Si Albornoz hubiese proclamado la inutilidad de los riegos; si Largo Caballero hubiese dicho que el trabajo es una maldición; si el ministro de Economía recomendase la lectura de Homero en las fábricas, la opinión extranjera no se conmovería; todo vendría a ser algo así como una extravagancia, acaso justificada por circunstancias peculiares en un país mal conocido. Pero lo que ha dicho el señor Lerroux...» [46].

Y en «La lucha por el gol» [47]:

«Y llegó el domingo. El campo, colmado; los nervios, tensos; los montes del bello paisaje circundante, estirando sus cumbres para ver mejor; silbidos, aplausos, lucha homérica. Como los dioses invisibles se mezclaron, según "La Ilíada", entre los combatientes, junto a las murallas de Troya para favorecer a sus elegidos, así descendieron aquí sobre el estadio de La Rosaleda, en ayuda de uno u otro bando. Apolo manejaba sus rayos para deslumbrar a los jugadores forasteros, porque ya se sabe que el sol es muy malagueñista, y Minerva -ligada a los granadinos por razones universitarias- se dolía de que su escudo, y su casco, y su lanza y su embarazosa túnica le impidiesen ser eficaz. Lo que hoy importa y mueve a los hombres no es Helena, es un gol».

La preferencia por los trágicos y la epopeya contrasta con la aparición del mundo griego en la obra de Enrique Jardiel Poncela. Por ejemplo, en No se culpe a nadie de mi muerte Jardiel acude no a Esquilo ni a Homero sino al fabulista Esopo:

«CRISTINA.- ¿No cree usted en la felicidad?

NARCISO.- La felicidad es una fábula de Esopo, arreglada por Samaniego». [48]

3. 3. EL MUNDO BÍBLICO

Las alusiones bíblicas tampoco faltan en sus escritos. Así, por ejemplo, en «Los compromisos», de Historias del Tranvía, dice:

«El caso fue que aquel joven consiguió que subiese a la plataforma la muchacha que iba con él; pero luego, así como se cerraron las aguas del mar Rojo sobre los perseguidores de los israelitas, así se cerró la masa humana ante nosotros». [49]

Hacia el final del capítulo VII de Los trabajos del detective Ring:

«[...] voy a formular otra [profecía] más segura que las de Daniel» [50],

y en el IX y último capítulo de la misma obra aparece otra mención del profeta Daniel:

«Si fuese usted tan buen profeta como buen policía, Daniel vería oscurecida su fama». [51]

En el artículo del día 20 de noviembre de 1932 titulado «El curtidor despreciativo», a propósito del argumento del artículo -una persona que, al paso de Azaña por un pueblo castellano, permaneció inmóvil y lo miró con desprecio-, trae a colación una parte de la vida de Amán:

«-¿Ha leído usted la Biblia? ¿No? Pues en la Biblia se refiere un episodio de la vida de Amán que no difiere de esotro. Amán era un hombre rico y poderoso, señor entre los señores, primer ministro del rey Asuero. Una vez, cuando él pasaba con su brillante comitiva, un pobre mardoqueo, un miserable y harapiento mardoqueo, no quiso levantarse para saludarle.

-¿Y qué hizo Amán?

-Se consideró el hombre más desgraciado de la tierra, y le pareció que nada significaba todo lo que había conseguido cuando alguien podía menospreciarle así. Amán era soberbio».[52]

En las Aventuras del caballero Rogelio de Amaral apunta:

«Con su fina comprensión de la Historia, Amaral adivinó que en el cielo de España una mano había escrito, después de tales imprudencias, las mismas palabra fatídicas que destellaron en las paredes de cierto palacio de Babilonia, en el transcurso de un memorable banquete» [53],

y poco más adelante:

«Esta interpretación siempre la he rechazado como apasionada y viciosa, porque si hubiésemos de atenernos a ella, tendríamos que negar eficacia a Jeremías. En apariencia, Jeremías no hizo más que correr, vaticinando desdichas y anatematizando conductas, alrededor de las murallas de Jerusalén. Sin embargo, nadie sino él puede jactarse de haber hecho caer por tal procedimiento los fuertes muros. Quizá alentado en lo profundo de su patriotismo por tan elevado ejemplo, seguro del valor representativo de todos los episodios bíblicos, Amaral no quiso nunca apelar a otros medios para conseguir el cambio por que suspiraba en la vacilante marcha del país». [54]

En «Lo necesario y lo superfluo», incluido en La Nube Enjaulada (Zaragoza, 1956), se recoge el siguiente diálogo:

«- Querida esposa: eres la mujer fuerte de la Biblia.

  • -¿Cómo era?

    -No sé -confesó sinceramente el señor Domínguez-. Pero desde luego, una mujer fuerte». [55]

    De nuevo en relación con una mujer se producen otras citas de inspiración bíblica:

    «No sé hacer descripciones ni creo que sirvan para nada; sí diré únicamente que era hermosa como fue hermoso Luzbel». [56]

    Y también:

    «Albertina me empujaba hacia el «estraperlo» como Eva empujó a Adán hacia la manzana». [57]

    3. 4. EL MUNDO CÉLTICO

    No obstante, la aparición en su obra más característica de entre las que comentamos y en la que nos vamos a centrar es la de “los celtas”, cuyo estereotipo, en una aparente contradicción, tiene mucho que ver con la idea que se hacían de los gallegos el resto de los españoles según el propio escritor. [58]

    En Volvoreta, como un aviso de lo que vendrá más adelante en su producción, rinde un pequeño homenaje a autores de novelas históricas que de alguna manera él relacionaba con ambiente céltico:

    «Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto [...] Rodeiro, que era un fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos libros». [59]

    En El bosque animado, en la Estancia I, titulada «La fraga de Cecebre», dice del paisaje que parece estar

    «en el fin del mundo, pero en los días de noroeste el aullido de las sirenas de los transatlánticos que anclan en La Coruña llega hasta allí, salvando quince kilómetros, y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy por ambos hemisferios». [60]

    En la estancia XI, titulada «Luna clara», al tratar sobre la muerte de Gervasio, apunta que según

    «antigua costumbre del campo gallego, cada cual daba al muerto recados para el otro mundo o le recordaba episodios vividos en común o le expresaba su cariño. Para esta vieja raza celta, inmemorialmente espiritualista, el alma del que se va está aún allí, entre ellos, escuchándolos con la tristeza de la separación, anotando en su memoria turbada los encargos de los que se quedan, murmurando un «¡adiós, adiós!», que cada uno oye dentro de sí como una respuesta. (...) su idea de que la muerte no es desaparecer, sino ausentarse». [61]

    Unos cuatro años después de escribir El bosque animado, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, señala que

    «hay razas y pueblos especialmente capacitados para el humor, y (...) entre aquéllas, la céltica fué [sic] la que produjo más y muy famosos escritores que lo cultivaron. Pues bien: esa vieja sangre regaba también el cerebro del Príncipe de los Ingenios (...) el de Saavedra es puramente galaico y el de Cervantes está en la toponimia gallega». [62]

    Antes había anotado:

    «Una de las más viejas razas del mundo -la céltica- es la que ha producido en mayor número y más estimables escritores humoristas. Irlandeses fueron Swift y Chesterton, Bernard Shaw y Oscar Wilde, en cuyas obras hay tan elegante y, a veces, tan enternecido humor. No desconozco el cuidado con que debemos manejar en estos nuestros civilizados tiempos ese concepto de las razas; pero (...) el poso anímico persevera y siempre subsiste una impregnación de tipo espiritual que, más que los aspectos exteriores, permite determinar los contornos de un islote étnico. (...). Todas son actitudes ante la vida, y vienen a caracterizar fuertemente su historia». [63]

    Los apuntes de celtismo están también presentes en una de las crónicas futbolísticas realizadas para el diario ABC, en concreto en la titulada «Se puede ser portero y ser cortés» [64]:

    «Voy a ver frente a frente al Celta y al Madrid. Yo soy un celta entre los celtas. Si consigo olvidarlo y aplaudir únicamente al mejor, comprobaré que mi espíritu es el de un buen deportista. Si la simpatía racial logra arrastrarme, aquí se ha terminado mi carrera. Observémonos». [65]

    Continúa un poco más adelante en el mismo artículo:

    «Salieron los iberos. Salieron los celtas... Mi corazón dio un ansioso saltito, como si quisiera ser visto por ellos. [...]. Detrás, empujándonos, está todo el vigor de una raza que llegó desde la asiática cuna hasta los finisterres de Europa, que prefirió la espada a la lanza, que se formó con vates y con sacerdotes y filósofos espiritualistas. Detrás está el Rey Artús y Tristán e Isolda y las asombrosas empresas que llevaban a nuestros héroes a visitar el submarino reino de los muertos. Y ahora sólo se trata de introducir una pelota en una red. ¡Hacedlo!». [66]

    Puede incluso que la hospitalidad celtibérica recogida en las fuentes clásicas estuviera detrás de la siguiente observación:

    «En los tiempos, remotos, las obligaciones de la hospitalidad crearon esta práctica y los hombres se han olvidado de suprimirla, a pesar de que inventaron y distribuyeron profusamente los hoteles y los restaurantes. Invitar o dejarse invitar a comer son hábitos muy agradables». [67]

     

    4. Me detengo aquí en el desbroce del estudio de la relación entre Wenceslao Fernández Flórez y el mundo de la Antigüedad. Aunque para el escritor no fue una prioridad ni mucho menos el conocimiento preciso de las épocas antiguas, lo cierto es que si se sigue espigando entre sus obras se continuarán encontrando referencias relacionadas con el mundo de la Antigüedad. Es cierto que muchas de tales referencias eran y son de carácter ordinario entre escritores, pero no por ello dejan de tener interés, por un lado, para el mejor conocimiento de nuestro autor y, por otra parte, para el estudio de la visión de la Antigüedad en el Madrid burgués de la primera mitad del siglo XX.

     

    Notas:

    [1] Digo que parece que nació en 1885 por lo que se apunta en la nota 2. Existe un notable número de monografías recientes sobre el autor. Así, C. Fernández, Wenceslao Fernández-Flórez. (Vida y obra), La Coruña, 1987; M. L. Varela Barroso, Wenceslao Fernández Flórez: reivindicación de la paradoja, La Coruña, 1994; F. Díaz Plaja, Wenceslao Fernández-Flórez, el conservador subversivo, La Coruña, 1998, que es básicamente una ampliación del camino abierto por G. Díaz-Plaja, «España en el espejo irónico de Wenceslao Fernández-Flórez», en idem, España en sus espejos, Esplugas de Llobregat, 1980 (3ª ed.; 1ª ed., 1977), pp. 95-117; y F. López Criado et al., La cuentística de Wenceslao Fernández Flórez, La Coruña, 2001. Datos básicos de su biografía aparecen en el artículo dedicado a él en la Gran Enciclopedia Gallega, tomo 12, Gijón, 1974, pp. 55c-59a, escrito por B. Varela Jácome.

    [2] Fue proverbial su reticencia a decir los años que tenía, y sólo la glosa de su fallecimiento en ABC desveló el secreto tan bien guardado, y con todo J.-C. Mainer, Análisis de una insatisfacción: las novelas de W. Fernández Flórez, Madrid, 1975, pp. 11-2 no se muestra absolutamente convencido de que estemos ante la fecha auténtica. Así no es extraño, por ejemplo, que en el Prólogo de la edición de Las Siete Columnas por parte de Ediciones Alonso (Madrid, 1974), J. Alarcón diga, a pesar de que habían transcurrido varios años de la revelación, que W. Fernández Flórez nació en 1879. El escritor está enterrado en un cementerio de las afueras de La Coruña.

    [3] Durante la etapa gallega también trabajó para los periódicos Heraldo de Galicia y Tierra Gallega.

    [4] A pesar de lo cual siguió colaborando con El Noroeste y vio publicados trabajos suyos también en La Esfera y Diario Gráfico, de Barcelona.

    [5] Véase Impresiones de un hombre de buena fe (1914-1919), Madrid, 1964.

    [6] Algunos opinan (así F. Lázaro Carreter, E. Correa Calderón, Literatura española contemporánea, Salamanca, 1969, p. 203) que acaso el germen de dicha novela sea Bucólica, de Emilia Pardo Bazán, que vio la luz en 1884. Precisamente E. Pardo Bazán, al publicarse Volvoreta, escribió un artículo en ABC donde señalaba que el escritor coruñés había logrado su renombre sin deberle gran cosa a la crítica (M. Gómez-Santos, W. Fernández Flórez, Barcelona, 1958, p. 43). En cuanto a la influencia de la condesa sobre nuestro autor, sí puede afirmarse que éste fue un admirador de aquella, a la que calificó de insigne en su discurso de ingreso en la Real Academia Española (publicado originalmente en Madrid, 1945, cf. W. Fernández Flórez, Obras completas, tomo 5 [a partir de ahora OC V], Madrid, 1960, p. 1006). Es más: el escritor poseía en su casa de la madrileña calle de Alberto Aguilera un retrato en tintas azuladas y enmarcado en plata de la condesa de Pardo Bazán, el cual estaba dedicado a W. Fernández Flórez (M. Gómez-Santos, op. cit., p. 27).

    [7] F. Lázaro Carreter, E. Correa Calderón, op. cit., p. 204.

    [8] Sobre Wenceslao Fernández-Flórez y el cine cf. J. M. Company Ramón et al., Wenceslao Fernández Flórez y el cine español, Orense, 1998 (Tercer Festival de Cine Independiente de Orense). En dicha versión, del año 1955, el actor mencionado escribió el guión junto con Manuel Suárez Caso y también se encargó de la dirección. La primera versión cinematográfica de El malvado Carabel data de 1935 y fue dirigida por Edgar Neville, quien asimismo participó en el guión -L. Gómez Mesa, La literatura española en el cine nacional, 1907-1977. (Documentación y crítica), Madrid, 1978, p. 109-.

    [9] En “La novela de una hora”, que echó a andar el 6 de marzo de 1936, nuestro autor publicó con el nº 2 Un cadáver en el comedor. Estallada la guerra, W. Fernández Flórez consiguió refugiarse en la embajada holandesa de la capital española, algunas de cuyas vivencias dejó plasmadas en O terror vermelho, Lisboa, 1938, y sobre todo en la obra que a continuación se menciona en el texto.

    [10] Sobre dicha obra véase J. M. Martínez Cachero, La novela española entre 1939 y 1969. Historia de una aventura, Madrid, 1973, pp. 34-6. No estoy de acuerdo con M. Lacarta, Madrid y sus literaturas. Del Modernismo y la Generación del 98 a nuestros días, Madrid, 2002, que trata de dicha novela en las pp. 258-60, cuando dice (p. 260): «Con todo, la obra de W. F. F. resulta una de las menos estridentes y rabiosas entre las escritas en «el bando nacional» con inmediatez a la Guerra Civil misma».

    [11] La primera fue Las gafas del diablo (1940), recopilación de trabajos, algunos de ellos publicados anteriormente en El espejo irónico.

    [12] Precisamente en 1943 el falangista José María de Vega comenzó a publicar en Juventud una serie dedicada a vilipendiar a la llamada generación del 98 y tildó a W. Fernández Flórez de pertenecer a la «tabernaria, cochambrosa, sucia y fea caterva de viejos literatos» (vid. J. M. Martínez Cachero, op. cit., p. 67, nota 36). Sobre El bosque animado conviene apuntar que en 1975 se había filmado una película llamada Fendetestas, dirigida por Antonio F. Simón y con guión de éste y Miguel Gato y que, de hacer caso a L. Gómez Mesa, op. cit., pp. 111-2, estuvo infundida de «autenticidad».

    [13] Sustituyó a J. Alemany Bolufer, muerto en 1934, y su discurso de entrada, pronunciado el 14 de mayo de 1945, versó sobre El humor en la literatura española (cf. W. Fernández Flórez, OC V, pp. 979-1010), siendo contestado por Julio Casares. A partir de su nombramiento como académico en 1935 reflejó en ocasiones tal condición en la firma de sus escritos, así por ejemplo en «El olor marxista», ABC 28 de mayo de 1939, p. 3.

    [14] Historia de la literatura española a través de la crítica y de los textos. Volumen II. Siglos XVIII-XX, nueva edición ilustrada, Barcelona, 1949, pp. 191-2.

    [15] J. Costa Clavell, Literatura gallega actual, Madrid, 1957, p. 18b (Temas Españoles, nº 335).

    [16] L. Sanz , E. Villamana, Historia de la literatura española, 4ª ed., Málaga, 1962, p. 238.

    [17] J. García López, Historia de la literatura española, 9ª ed., Barcelona, 1965, p. 616.

    [18] F. Lázaro Carreter, E. Correa Calderón, op. cit., p. 204.

    [19] J. Domingo, La novela española del siglo XX. 2- De la postguerra a nuestros días, Barcelona, 1973, p. 126.

    [20] C. Fernández, op. cit., p. 30.

    [21] W. Fernández Flórez, Las terceras de ABC, Madrid, 1976, pp. 139-43.

    [22] En similar sentido conviene anotar la consideración que tenía Fernández Flórez de la producción histórica: «La historia es como las tesis de las novelas. Con un poco de habilidad se puede probar todo lo que se quiera» («El parto de los montes», en Impresiones de un hombre de buena fe (1914-1917), p. 125, publicado originalmente en El Noroeste de 28 de mayo de 1917).

    [23] Incluido en La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, pp. 21-48.

    [24] Op. cit., p. 23.

    [25] Por ejemplo, en el artículo del día 20 de febrero de 1922 titulado «La invasión de los árabes y la de los mosquitos» (W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe (1920-1936), Madrid, 1964, pp. 47-51), dedicado a unos comentarios acerca de la guerra de África y la industria española, dice al final: «Conviene no olvidar que España estaba llena de conejos en las épocas de la protohistoria. Y los conejos se comen algunas veces sus hijos».

    [26] OC V, p. 997.

    [27] W. Fernández Flórez, El sistema Pelegrín. Novela de un profesor de cultura física, Zaragoza, 1955, p. 57.

    [28] W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe. I. 1914-1919, Madrid, 1964, p. 67.

    [29] Op. cit., p. 133.

    [30] Op. cit., p. 138.

    [31] W. Fernández Flórez, Perros, gatos y otras amistades, Madrid, 1991, p. 45.

    [32] W. Fernández Flórez, «Un error judicial», en idem, Unos pasos de mujer, Madrid, 1934, p. 149.

    [33] Aventuras del caballero Rogelio de Amaral (OC III, p. 916).

    [34] OC III, p. 666, de Colofón fantástico, cap. II.

    [35] Op. cit., p. 81.

    [36] Op. cit., p. 87.

    [37] W. Fernández Flórez, Las gafas del diablo, Madrid, 1956 (4ª ed. en la Colecc. Austral; 1ª ed.: 1940), p. 21.

    [38] «¡Ese dios..., a la cola!», en W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe (1920-1936), Madrid, 1964, p. 201.

    [39] La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, p. 64.

    [40] J.C. Mainer, Análisis de una insatisfacción: las novelas de W. Fernández Flórez, Madrid, 1975, p. 195.

    [41] Op. cit., p. 62.

    [42] Op. cit., p. 62. A propósito de las tragedias griegas, el también gallego y coetáneo a nuestro autor, Julio Camba, recurrió a ellas con similar intención irónica al menos en «Papús y la revolución social», en J. Camba, Haciendo de República, Madrid, 1968, pp. 138-9: «Esto me dijo Papús, y todavía recuerdo la emoción que me produjeron sus palabras. Alguien abrió una puerta, produciendo una corriente de aire, y yo me estremecí como si en el pequeño comedorcito del Hôtel du Nord hubiese entrado de pronto el soplo de la tragedia griega».

    [43] OC III, p. 912.

    [44] W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe. I. 1914-1919, Madrid, 1964, p. 87.

    [45] OC V, p. 422.

    [46] W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe (1920-1936), Madrid, 1964, p. 194.

    [47] W. Fernández Flórez, De portería a portería. (Impresiones de un hombre de buena fe), Madrid, 1957 (3ª ed.), p. 64.

    [48] Cf. M. Ariza Viguera, Enrique Jardiel Poncela en la literatura humorística española, Madrid, 1974, p. 223. No se culpe a nadie de mi muerte era un juguete cómico en tres actos del año 1928 que firmaron Felipe Moreno y Jardiel y que se recoge en la recién citada obra de M. Ariza, pp. 213-88.

    [49] OC V, p. 426.

    [50] OC V, p. 466.

    [51] OC V, pp. 477-8.

    [52] W. Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe (1920-1936), Madrid, 1964, pp. 220-1.

    [53] OC III, p. 1005.

    [54] Op. cit., p. 1006.

    [55] W. Fernández Flórez, La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, p. 29.

    [56] De «Lo necesario y lo superfluo», en La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, p. 58.

    [57] De «El cofrecillo de Mefistófeles», en La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, p. 72.

    [58] Cf. «Teoría del gallego», en Las gafas del diablo, op. cit., pp. 43-9.

    [59] W. Fernández Flórez, Volvoreta, Madrid, 1999 (4ª ed.), ed. de J.-C. Mainer (Ed. Cátedra), pp. 114-5.

    [60] W. Fernández Flórez, El bosque animado, Madrid, 1979 (5ª ed. en la Colecc. Austral; 1ª ed.: 1965), p. 11.

    [61] Op. cit., p. 152.

    [62] OC V, p. 1001.

    [63] OC V, p. 996. Dicha opinión de W. Fernández Flórez es prácticamente idéntica a la de Gregorio Marañón, quien en «Menéndez Pelayo y España. (Recuerdos de la niñez)», en idem, Tiempo viejo y tiempo nuevo, Madrid, 1956 (7ª ed. en la Colecc. Austral; 1ª ed.: 1940), p. 86 decía, hablando de los habitantes de la ciudad de Santander: «En nobles y plebeyos hay [...] una inteligencia viva, adornada de un sentido muy especial del humor, sin duda de origen céltico, pero algo más cazurro y a veces villano que en otras provincias españolas influídas [sic] por la misma sangre céltica, como Asturias y Galicia».

    [64] W. Fernández Flórez, De portería a portería. (Impresiones de un hombre de buena fe), Madrid, 1957 (3ª ed.), pp. 13-6.

    [65] Op. cit., p. 13.

    [66] Op. cit., pp. 13-4.

    [67] De «Lo necesario y lo superfluo», en La Nube Enjaulada, Zaragoza, 1956, p. 32. En 1942, por ejemplo, J. M. Ramos Loscertales había publicado en la revista Emerita el estudio titulado «Hospicio y clientela en la España céltica», pp. 308-27.

     

    © Fernando Fernández Palacios 2007

    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/wferflo.html