Literatura infecta
(sobre ¿Inocentes o culpables? de Antonio Argerich)

Edgardo H. Berg

Universidad Nacional de Mar del Plata, CELEHIS


 

   
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Resumen: La inserción del modelo naturalista en la novela argentina de fin de siglo XIX, no estuvo excento de debates políticos y controversias estéticas. Las revistas y los periódicos de época publicados en Buenos Aires revela no sólo la repetición del escándalo europeo, sino también una marcada preocupación por los los efectos de lectura que el nuevo modo de representación podía producir. La novela naturalista argentina, a diferencia de Amalia de José Mármol o de María del colombiano Jorge Isaacs , atacará todo intento de alianza entre grupos sociales, razas y etnias diferentes. Las novelas, en este sentido, ponen de manifiesto la imposibilidad de unión entre criollos e inmigrantes, entre burguesía y pobres en ascenso, por causas biológicas y hereditarias. Antonio Argerich (1855-1940), miembro de una familia de médicos patricios con fuertes relaciones con el poder oficial, señala con su novela ¿Inocentes o culpables? el riesgo implícito en el ascenso social e intelectual de la generación de inmigrantes italianos. El temor a lo monstruoso es lo que define el naturalismo de Argerich, en el prólogo a ¿Inocentes o culpables? El autor se dirige al público argentino y al Presidente de la República, Julio Argentino Roca, previniendo, a ambos, sobre los efectos nefastos de la entrada masiva de inmigrantes inferiores.
Palabras clave: Antonio Argerich, naturalismo argentino, inmigración.

 

“Aquí he oído, dice Luz del Día, que gobernar es poblar. El axioma puede ser verdadero en el sentido que poblar es desenvolver, agrandar, fortificar, enriquecer un país naciente: poblar es educar y civilizar un país nuevo, cuando se le puebla con inmigrantes laboriosos, honestos, inteligentes y civilizados; es decir, educados. Pero poblar es apestar, corromper, embrutecer, empobrecer el suelo más rico y más salubre, cuando se le puebla con los inmigrantes de la Europa atrasada y corrompida”
          (Juan Bautista Alberdi, Peregrinación de Luz del Día o viaje y aventuras de la verdad en el nuevo mundo)

 

1

El movimiento literario llamado naturalista que surgió en Francia hacia 1868, se convirtió a partir de Ëmile Zola, y en especial con su ciclo novelístico Les Rougon-Macquart, en un dispositivo narrativo y en un laboratorio científico de los comportamientos y pasiones humanas. Deudor de Hipolito Taine y de Charles Darwin por la importancia que le concede a la doble influencia del medio ambiente y de la herencia genética como leyes que rigen la conducta del ser humano y por ende, del personaje novelesco, Zola exhibe y postula, desde el prefacio a Thérese Raquin (1868) a sus dossiers programáticos, un proyecto narrativo que trata de pintur sin tapujos a la bête humaine, surgida luego de la caída en París del llamado Segundo Imperio, en cualquiera de sus manifestaciones fisiológicas. En este sentido, Émile Zola presenta la poética naturalista como una transposición de los procedimientos experimentales de las ciencias médicas y naturales.

Para la versión oficial del género novelístico -desarrollada en las historias de la literatura y en la crítica literaria moderna y contemporánea- la novela argentina se inicia a fines del siglo XIX, a partir de la absorción y traslación del modelo naturalista francés e iniciado por la llamada generación del ‘80’; si bien es posible reconocer un antecedente del género, en 1851, en el período romántico, con Amalia de José Mármol [1]. En este sentido, las historias de la literatura argentina del período, así como los estudios críticos y teóricos del género novelístico han sostenido ese momento de origen, postulando una relación conflictiva entre las formas y sus contenidos -inscripto en el pasaje de la cultura francesa a la argentina del momento-. Sin embargo, la inserción del modelo naturalista en la novela argentina de fin de siglo XIX, no estuvo excento de debates políticos y controversias estéticas. Las revistas y los periódicos de época publicados en Buenos Aires revela no sólo la repetición del escándalo europeo, sino también una marcada preocupación por los los efectos de lectura que el nuevo modo de representación podía producir. [2]

De algún modo, la absorción del modo naturalista es una respuesta simbólica a los cambios históricos y culturales de fin de siglo. La expansión económica producto de la inserción de la Argentina al nuevo mercado internacional y la llegada masiva de inmigrantes, fundamentalmente de origen italiano y español, producen una transformación vertiginosa y radical de las ciudades. La aparición de la masa inmigratoria y su desarrollo, como una nueva fuerza social y económica y en conflicto con la sociedad tradicional, promovió el rechazo y la persecución social de la élite criolla: el problema de la barbarie ya no estará estigmatizado en el malón indígena o en el gaucho iletrado, sino que, ahora, pasará, como un bacilo o un germen hereditario, por “el cuerpo infecto del inmigrante”.

Por otra parte, en tanto práctica discursiva y ideológica, la novela naturalista, en la Argentina, fue instrumento para la consolidación política y estatal del modelo liberal y forjó, en consecuencia, un modo de pensar la nación a través de rasgos identitarios y de pertenencia social frente al impacto inmigratorio. Basta revisar los censos epocales del flujo extranjero del período para percibir el crecimiento acelerado de las poblaciones de Buenos Aires y del Litoral argentino. En este sentido, el problema de la inmigración comenzó a ser inseparable del problema de la Nación. Y la comunidad nacional comenzó a pensarse desde el horizonte epistemológico de las ciencias médicas: la nación sólo será posible a partir de la producción de ciudadanos sanos y aptos para el trabajo.

El itinerario del modelo naturalista en la Argentina significará, finalmente, el traspaso y la mudanza de un movimiento literario de fuerte reivindicación de las clases condenadas y humilladas (basta recordar como Ëmile Zola imbrica su adhesión epistemológica con el modelo positivista y el socialismo decimonónico) pasa a ser una fuente de legitimación discursiva del disciplinamiento social y, en sus manifestaciones más extremas (como es el caso de Antonio Argerich), una forma estigmatización paranoica del peligro inmigratorio y una cristalización de la persecución xenófoba. El gérmen patógeno peligroso para la salud de la sociedad puede pensarse, también, como una metáfora de los miedos imaginarios que acechan a quien ven llegar barcos cargados de extranjeros desconocidos, muchos de los cuales hablan otras lenguas y honran a dioses extraños. Buenos Aires comienza a parecerse a la Babel bíblica.

Si el programa naturalista argentino era subsanar los problemas derivados de las enfermedades hereditarias y los males congénitos, incorporados al cuerpo social del país a través de los “rezagos fisiológicos de la vieja Europa” (Argerich [1884] 1984: 14), el combate y la guerra racial se puede leer también, en términos políticos. El 22 de noviembre de 1902 se promulga la Ley de Residencia, durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca y bajo la inspiración de Miguel Cané, que permitirá la expulsión de todos los extranjeros indeseables -activistas, anarquistas y proletarios en su mayoría- Un poco más tarde, en 1909, y bajo la influencia de los médicos cultores de la eugenesia, se promulga, en la ciudad de Buenos Aires, un reglamento municipal que establecía la obligación de denunciar a los tuberculosos y prohibía el casamiento con ellos, asi como con los sifilíticos, ancianos, deficientes mentales y parientes cosanguíneos. [3]

 

II

Es conocido el lugar hegemónico que ocupó el conocimiento científico entre los saberes circulantes a fines del siglo diecinueve. Tanto las ciencias naturales como las ciencias bio-médicas y un conjunto de disciplinas y prácticas discursivas, como la fisiología, la eugenesia, la criminología de raiz lombroseana, la psiquiatría, la teoría biológica de la degeneración social, el alienismo y el llamado higienismo social, entre otras, expandieron sus instrumentos conceptuales y gnoseológicos, sus formas metodológicas e incluso sus estrategias discursivas al campo cultural y literario. En este sentido, la literatura y la novela de las postrimerías del siglo XIX se presenta por momentos, como un discurso sucedáneo de la monografía y el diagnóstico médico. El caso clínico funciona como la matriz estructural y diseña la cadena narrativa del texto naturalista: etiología (origen genético del mal) , diagnosis (mostración y descripción del caso) y prognosis (las consecuencias últimas de la evolución progresiva de lo patológico).

Siguiendo las formulaciones de Marc Angenot (1998: 20 y ss), dentro de la economía global del discurso social, el hecho literario se definiría, entonces, como aquel discurso que acepta, transforma y modifica las puestas discursivas de una época determinada. En sincronía con los enunciados y saberes que circulan y que configuran el campo de lo decible en el siglo XIX, la literatura, y en particular la novela naturalista, juega un papel de interferencia y, a menudo, legitima los discursos hegemónicos y refuerza las grandes líneas ideológicas imperantes de la época.

Durante el período que va de 1880 a 1914, aproximadamente, se produce en la población de discursos sociales emergentes, en la Argentina, una convergencia de tópicos, temas y argumentos entre los ensayos científicos y las narraciones literarias. La múltiple imbricación de saberes científicos y literarios sería una de las características dominantes de este período, que no sólo define la literatura en el espacio de la interdiscursividad e interferencia múltiple, sino que también, opera como verdadera estrategia de legitimación del género novelístico y configura la función social e imaginaria del escritor, en paralelo con la figura y el rol del médico y del investigador científico [4]. Si la teoría de la degeneración social (Bénédice Auguste Morel, Césare Lombroso), de herencia biológica y de guerra racial entre especies (Charles Darwin, Edmund Spencer, B. A. Morel, Pedro Giraud, André Pichot, Francis Galton, Ribot), entre tantas otras, aportaba un conjunto de tópicos, temas y estrategias retóricas en la configuración novelística, al mismo tiempo, otorgaban al escritor naturalista un fuerte poder de interpelación social, legitimado por la apoyatura científica. Una literatura de carácter cientificista y en franca oposición con la poética romántica (pasamos del escritor vate al escritor médico) se proyectaba como un instrumento potente de penetración cultural y legitimación en el ámbito letrado de la élite criolla. Al poner en escena los saberes considerados científicos en la época, los escritores naturalistas -Antonio Argerich, Eugenio Cambaceres, Julián Martel, entre otros- formularon una red discursiva que conectaba las novelas con los informes médicos, formalizando un espacio de interferencia entre la ciencia y la ficción literaria. La literatura, en este sentido, ficcionalizaba casos clínicos y las historias clínicas modelizaban los personajes literarios. La literatura, al igual que otros discursos y saberes de la época, comienza a transformar al inmigrante analfabeto, sin pan ni trabajo, en un cuerpo legible y controlable, objeto de diagnosis y vigilancia textual.

 

III

La novela naturalista argentina, a diferencia de Amalia de José Mármol o de María del colombiano Jorge Isaacs , atacará todo intento de alianza entre grupos sociales, razas y etnias diferentes. Las novelas, en este sentido, ponen de manifiesto la imposibilidad de unión entre criollos e inmigrantes, entre burguesía y pobres en ascenso, por causas biológicas y hereditarias. Las condiciones de vida de los ancestros se enraizan en los descendientes y actuan como naturaleza. La sífilis, la degradación alcohólica, la locura o el desorden moral pasan y migran de un cuerpo a otro: es la herencia de lo mismo que se actualiza en la progenie.

Novelas como ¿Inocentes o culpables? (1884) de Antonio Argerich, Sin rumbo (1885) y En la sangre (1888) de Eugenio Cambaceres, Irresponsable (1890) de Manuel Podestá, La bolsa (1890) de Julian Martel y Libro extraño (1894-1902) de Francisco Sicardi, giran obsesivamente alrededor de las uniones problemáticas entre criollos, inmigrantes y mestizos. Los finales infelices de estas novelas, alertan sobre los peligros de la violación de ciertas leyes biológicas y naturales (los relatos de parentezco y la lógica de los lazos de sangre). El uso del caso médico (casuística), como forma y estructura narrativa básica, sirven para demostrar la posibilidad de la degeneración nacional (étnica y racial) del cuerpo social y para advertir sobre su posible disolución.

Antonio Argerich (1855-1940), miembro de una familia de médicos patricios con fuertes relaciones con el poder oficial, señala con su novela ¿Inocentes o culpables? el riesgo implícito en el ascenso social e intelectual de la generación de inmigrantes italianos. La novela, en este sentido, puede leerse como un tratado de estrategia militar y un panfleto político, como una hipótesis de guerra racial entre los que detentan el poder y son los titulares de la ley y los otros peligrosos, los extranjeros recienvenidos. La historia argentina, en este sentido, es vista por el autor, como una crónica de los peligros de las transmisiones bacilares entre las especies.

Si por un lado, Argerich , apela con su novela a una genealogía familiar, la historia de los Dagiore, y, de este modo, conecta su proyecto literario con el de las grandes sagas del realismo (Balzac) y el naturalismo francés (los hermanos Goncourt, Zola); por otro, la configuración patológica en las líneas paternas-maternas y las psicopatías presentadas como hereditarias en la descendencia, relacionan la novela con las narraciones científicas de la época.

El temor a lo monstruoso es lo que define el naturalismo de Argerich, en el prólogo a ¿Inocentes o culpables? El autor se dirige al público argentino y al Presidente de la República, Julio Argentino Roca, previniendo, a ambos, sobre los efectos nefastos de la entrada masiva de inmigrantes inferiores.

Los inmigrantes europeos inferiores son factores de desequilibrio de la sociedad, entendida biológicamente como un organismo social (Edmund Spencer), factores disolventes que hacen peligrar el desarrollo de la Nación, pensada como una comunidad racial y social. La masa empobrecida, analfabeta y sin trabajo fijo de españoles e italianos que ingresan a las costas del Río de la Plata, contradice, para el autor, la imagen utópica del inmigrante laborioso que celebra Juan Bautista Alberdi en las Bases. Las figuras del anormal, del demente, del alcohólico, de la histería patológica y de la prostituta vienen a reemplazar las representación idealizada del mismo.

El reverso de la ciudad letrada, que en Sarmiento representaba el orden racional de la civilización, es la ciudad naturalista heterogénea y multiracial, el rostro infame de las nuevas formas del vicio y del crimen, encarnados en los nuevos monstruos urbanos [5]. La ciudad, Buenos Aires en particular, se ha impregnado de microbios, olores nauseabundos y de vida proletaria. Los males identificados en la ciudad moderna, el crimen, la prostitución, la mendicidad, el alcoholismo y la locura fueron inmediatamente atribuídos a la presencia inmigratoria. Todos los espacios urbanos donde tiene lugar la degeneración física y moral de la sociedad moderna son reductos extranjeros: los burdeles, la casa de citas, el café Tortoni, son lugares donde se mezcla el alcohol, la corrupción política, la promiscuidad sexual y los juegos de azar. Más abajo en la cadena, en los cementerios y en las puertas de las iglesias, se hallan los inmigrantes abyectos que han perdido su trabajo, los mendigos italianos y las prostitutas europeas, enfermas de sífilis. Sin embargo, en la ciudad moderna, hay un lugar de encuentro y de mezcla entre las clases, entre inmigrantes y criollos: en el burdel, los hombres de linaje y de buena familia se confunden con los jornaleros italianos ebrios.

La novela pensada, como un tratado y un estudio científico, se propone narrar la historia de una familia proletaria de origen italiana, los Dagiore; y, al modo de un caso clínico, sirve, según el autor, para mostrar las anomalías mentales y morales que pueden ser transmitidas a la familia criolla:

He estudiado una familia de inmigrantes italianos- y los resultados á que llego no son escepciones, sino casos generales; los cuales pueden ser constatados por cualquier observador desapasionado (.......)

(...) En mi obra, me opongo franca y decididamente á la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos á que legitimamente puede y debe aspirar la República Argentina; y no es sin pena que he leido la idea del primer magistrado de la Nación consignada en su último Mensaje al Congreso de costear el viaje á los inmigrantes que lo solicitaran (...)

(...) Creo que la descendencia de esta inmigración inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni dará jamás el hombre que necesita el país (...)

¿Cómo, pues, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generación inteligente y apta para la libertad?

Esta creencia reposa en muchas observaciones que he hecho -y es ademas de un rigor científico: si la selección se utiliza con evidentes ventajas en todos los seres organizados, ¿cómo entonces si se recluta lo peor pueden ser posibles resultados buenos? (Argerich [1884] 1984: 9-11). [6]

La descripción del proceso de desintegración (degeneración) mental que corroe a la familia Dagiore es una larga introducción para demostrar como la cadena de transmisión y de delegación patológica destruirá a la familia argentina, si el hijo de José Dagiore contrae matrimonio con Carlota, la virgen criolla.

El primer capítulo de la novela, además de la biografía, ofrece una descripción de José Dagiore, semejante a la descripción que realiza Eugenio Cambaceres en la novela En la sangre (1888) de Esteban Piazza, el padre de Genaro, uniendo, de un modo claramente lombroseano, los rasgos faciales y físicos con modalidades de comportamiento. El retrato del inmigrante italiano coloca lo social en una inscripción corporal que habla por sí misma. La frente estrecha y la apariencia fáunica inscriben en el cuerpo las anomalías y las fallas morales:

El pelo revuelto y enmarañado le ocultaba su frente pequeña y deprimida. Los ojos supuraban unas lagañas glutinosas de color blanquizco, con vetas amarillas. De la boca le caia una baba espesa que descendía por la camisa desabrochada á su pecho ancho y exuberante de vegetación cerdosa (28)

En este sentido, el caso Dagiore recupera las convenciones narrativas del caso patológico. Lustrador de botas, peón de albañil, vendedor ambulante y finalmente, dueño de una fonda, José Dagiore es arrastrado, por el alcohol y por el furor desmedido de la acumulación del dinero, a las formas más extremas de la demencia. La avaricia y los sueños monetarios son permutados por el delirio que roza el homicidio de su mujer, Dorotea.

El retrato de Dorotea se asemeja a los perfiles esbozados por Gustave Flaubert en Emma Bovary. Sus amores adúlteros con el Mayor Paz y el deseo de vivir otra vida y mezclarse con las familias criollas parecen diseñarse sobre la base de los tratados “científicos” acerca de la histeria femenina. Ante la atmósfera nauseabunda y fétida que genera el vapor de los cocidos y los fritos en aceite en la fonda de su esposo y frente al malestar de su propia vida, la mujer de Dagiore se forja otra realidad paralela, a partir de la lectura de los folletines románticos:

“Creía con cándida sinceridad que ella misma era una de las heroínas de las novelas que había leído” (145).

En este sentido, la lectura es vista como una adicción que distorsiona la realidad, como una enfermedad y un mal. Al igual que Madame Bovary, ella es el modelo de la lectura adúltera que percibe la realidad bajo la forma de la novela, un mundo de ficción que ocupa el vacío de lo que le falta en la vida (amor carnal y prestigio social). La novela romántica (La dama de las camelias de Alejandro Dumas, María de Jorge Isaacs o el Werther de Johann Wolfgang Goethe, entre otras lecturas) es el antídoto y el espejo de lo que la vida debería ser, el síntoma del bovarismo (la ilusión de la ficción en la realidad). Los microbios y la migración bacilar, para Argerich, también se corporizan en el alma y en la atmósfera moral. La literatura romántica, follestinesca y “enfermiza”, deforman y alteran las leyes naturales que gobiernan el organismo social (sociedad) y hacen confundir realidad y apariencia. Las imágenes falsas del amor romántico son equivalentes a los delirios de igualdad social y sufragio universal. Así el narrador afirma sus convicciones políticas reaccionarias:

Entre nosotros no puede haber elección libre ni elección consciente, porque la mayoría de la población carece de instrucción - y la misma estensión del territorio obsta a la independencia necesaria que requieren actos de esta naturaleza. ¡Pobre del habitante de una región aislada que no siga á su Comandante! Año tras año estará sangrando faltas y vejámenes (193).

Y uniendo las fantasmagorías del credo romántico y político, afirma:

Es pues, la política, entre nosotros, esencialmente romántica, y como D. Quijote, confunde pedantescamente un rebaño con vigorosos núcleos humanos. Este utopismo de las instituciones relaja las fuerzas sociales y entorpece su desarrollo, que no puede ser lógico ni proporcionado (194).

El hijo de ambos, José, intentará saltar su origen proletario e inmigrante, asociandosé con jóvenes criollos (José, Andrés, Juan Diego), pertenecientes a la alta burguesía urbana. El derroche de los ahorros del padre, el tedio y la promiscuidad sexual anticiparán el desenlace fatal y la crónica de una muerte anunciada. La sífilis impide la unión entre José y Carlota, la alianza entre las dos familias, la inmigrante y la patricia.

La descripción minuciosa de los estadios degenerativos en el cuerpo del hijo de Dagiore, culmina con la extirpación (castración) de los genitales de José. La biografía paterna se conecta con el rostro del hijo, consumido por la acción del treponema pallidum y, más tarde, desfigurado por su disparo suicida. La repetición en la cadena familiar del nombre propio, José (padre) / José (hijo), refuerza la repetición de lo mismo, la continuidad genética que culmina con la locura o el suicidio. Por otra parte, el nombre de Josefina, la prostituta italiana que contagia la enfermedad infecciosa en José, refuerza las conexiones significantes entre el nombre del hijo de inmigrantes y la prostituta, entre la enfermedad y la degeneración hereditaria.

Al final de la novela, en el entierro de José Dagiore hijo, la discusión entre un cura y un abogado cierra el interrogante abierto en el título de la novela. El sacerdote adhiere a la tesis de culpabilidad en el suicidio por el libre albedrío, el abogado su inocencia por la ignorancia congénita. Pero la imagen detenida en el cementerio de Recoleta, con sus sauces y cipreses, y el eco de las tumbas, une la cadena onomástica y sugiere la unidireccionalidad de los destinos. Entre el principio, la etiología, y el desenlace,la prognosis, se conectan los cuerpos pretéritos y futuros.

En la lucha por la vida, la “inflexible naturaleza” liga, con la fatalidad, las condiciones malsanas de la existencia y la advertencia de Luz del Día, consignada en el epígrafe, es el anverso perfecto de la mirada liberal: el cuerpo social dejó de ser una metáfora jurídica y política para convertirse en la transcripción biológica de una guerra.

 

Bibliografía

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Argerich, Antonio [1884] (1984). ¿Inocentes o culpables? Buenos Aires: Hispamérica.

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Rosa, Nicolás (1990). El arte del olvido (sobre la autobiografía) . Buenos Aires: Punto Sur.

___________ (1999).Usos de la literatura. Universitat de Valencia: Tirant lo Blanch Libros.

 

Notas:

[1] El escritor argentino Ricardo Piglia (1990: 66; 107-108; 140-1) ha sostenido en entrevistas y breves ensayos críticos, la posibilidad de pensar en el uso nacional del género a partir de la tradición de la “novela extraña”, que se iniciaría con el Facundo de Sarmiento y que continuaría, en el siglo XIX, con Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla y el Libro extraño de Francisco Sicardi, y, en el siglo XX, con Museo de la novela de la eterna de macedonio Fernández, Los siete locos de Roberto Arlt y Adan Buenosayres de Leopoldo Marechal, entre otros.

[2] El punto de arranque en la Argentina, fue la publicación de la primera entrega de La taberna de Zola, el 3 de agosto de 1879, en el diario La Nación. La reacción negativa del público porteño (burguesía) no sorprendió, si tomamos en cuenta que el folletín publicado en 1876, en Le bien public de París, tuvo que interrumpirse por cartas de protesta y bajas en la suscripción del periódico. En Buenos Aires, la reacción fue similar: al día siguiente de la primera entrega de Naná, se suspende su publicación por falta de espacio en el diario La Nación.

[3] Francis Galton (1822-1911), primo de Charles Darwin había acuñado en 1883, el término de “eugenesia” para designar una ciencia que postulaba el mejoramiento de la raza humana. Entre sus sugerencias se contaba con la regulación del matrimonio civil y de la progenie de acuerdo al patrimonio hereditario de los padres.

[4] Nicolás Rosa (1999: 16) afirma que “en la teoría del discurso contemporáneo, y en particular en la sociocrítica, que tiene por objeto la interdiscursividad, la literatura es un conjunto de enunciados de saberes sociales o socializados pero también una interferencia de esos saberes”. Y ve, epistemológicamente, la novela realista del período como una “enciclopedia de todas las ciencias de la época” que narra los saberes circulantes en distintos niveles y registros posibles.

[5] Michel Foucault (1996 b: 62), al analizar el lugar social del discurso médico y psiquiátrico, en el siglo XIX, revisa las transformaciones de la figuración histórica de lo monstruoso: figura bivalente, mitad bestia, mitad hombre, en la Edad Media, individualidad doble en el Renacimiento, hermafrodita en los siglos XVII y XVIII, reactualizado en la figura del peligroso, del loco, del inmigrante, del degenerado, del perverso, del criminal, del judío en el siglo XIX. Y concluye: “El anormal del siglo XIX, es un descendiente de los viejos monstruos seculares y de los incorregibles”.

[6] Las citas siempre respetan la ortografía original del texto, por eso se marcan en cursiva las indecisiones léxicas.

 

© Edgardo H. Berg 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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