Los hombres de maíz se volvieron guerrilleros...
(Miguel Ángel Asturias en la visión de su hijo, el comandante Gaspar Ilom)
Entrevista con Rodrigo Asturias Amado

Saúl Hurtado Heras

saulhurtadoheras@yahoo.com.mx


 

   
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Por fin establecí contacto él. Paradójicamente, tuvimos que posponer la fecha inicial de nuestra entrevista: Yo llegaba a Guatemala cuando él se encontraba en México. Por ser uno de los más importantes dirigentes de la URNG, él había sido invitado por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano a la ceremonia de la toma de posesión de éste como primer jefe de gobierno electo del Distrito Federal. De cualquier manera, yo me adelanté a localizar la sede de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, ubicada en una casa de la calle Independencia de la zona 2, en Guatemala. Iba predispuesto a encontrar un ambiente hostil, de marcada desconfianza. Para mi sorpresa, sucedió lo contrario. Fue un encuentro muy afectuoso con los anfitriones. Días después, durante la primera entrevista, le hice notar a Rodrigo Asturias lo que yo consideraba la falta de medidas precautorias para resguardar la integridad de los máximos dirigentes de URNG. Sonrió complacido y me externó un comentario de otro de sus entrevistadores: ¿Cómo era posible que en plena ciudad de Guatemala, donde hasta una farmacia podría estar custodiada por personal armado, de las oficinas de URNG cualquiera entraba y salía como Pedro por su casa? Después pude advertir, sin embargo, que sí contaba con equipo de seguridad, integrado por puros jóvenes apostados en la azotea. Uno de ellos interrumpió de improviso nuestra conversación para notificarle que “ya era hora”. Como si esa desfortuna no bastara, el primer lado del cassette terminó en el preciso momento de responderme sobre la relación con Luis Cardoza y Aragón. Había fervorosa molestia en esa respuesta, con evidente desaprobación de los comentarios de Cardoza sobre su padre y sobre él mismo (como los expresados en Miguel Ángel Asturias: casi novela). “Luis exageró”, dijo Gaspar Ilom, entre otras cosas, cuando respondió.

A Rodrigo Asturias Amado, el comandante Gaspar Ilom, lo conocí personalmente en diciembre de 1997, en Guatemala. Tras enterarse que desde hacía tiempo yo estudiaba la obra de su padre, me recibió muy amablemente y me concedió dos entrevistas: la primera, una charla apresurada sobre el Nobel guatemalteco, conversación que se vio abruptamente interrumpida cuando uno sus colaboradores llegó a notificarle, intempestivamente, “como de película”, que era hora de partir. Haciendo gala de la cordialidad que otros tantos le han reconocido, el comandante Gaspar Ilom acudió a las oficinas de la URNG exclusivamente para conversar conmigo, con la advertencia de que tenía prisa y tal vez fuera necesario interrumpir la charla, como en efecto ocurrió en los momentos en que la conversación comenzaba a tomar una dinámica de más confianza. Pero me ofreció otra entrevista, “con más calma”, me dijo. Nuestro segundo encuentro lo tuvimos el veintidós de diciembre, también de 1997 y conversamos muy largamente sobre las vicisitudes de la aparición de la guerrilla en Guatemala y los acuerdos de paz firmados entre el Gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, en 1996. No me pareció oportuno retomar la primera conversación acerca de su padre, pues la segunda conversación se había prolongado tanto y él comenzaba a impacientarse (a veces a incomodarse) con algunas de mis preguntas sobre la URNG. La muerte lo sorprendió el 15 de junio de 2005, pero en mayo de 1999 había vuelto a verlo: El Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala me había otorgado el premio de ensayo Miguel Ángel Asturias. Invité a Gaspar Ilom a la ceremonia. Fiel a su costumbre, él asistió, pero esta vez con mucha más prisa que antes. No platicamos acerca de la publicación de las dos entrevistas. Yo se las había enviado antes para conocer su opinión, aunque debió ser el ritmo de su vida lo que le impidió revisarlas. Por si alguna duda quedara acerca de su importancia en URNG, en 2003 compitió como candidato de esa organización, en las elecciones presidenciales.

Como un reconocimiento a su gentileza, van estas notas de la primera conversación del 07 de diciembre de 1997:

 

Actualmente, ¿qué representa para usted la figura de Miguel Ángel Asturias?

—Después de haber participado en la lucha de mi pueblo, creo que tengo una visión más completa en el sentido de que la puedo valorar mejor. Desde hace unos diez años, más o menos, el pensar en él, el analizar su obra, el ver su vida con todas las dificultades y tragedias que tuvo, me han llevado a que se agrande mi juicio sobre él, mi juicio positivo. Yo creo que realmente fue un extraordinario escritor y fue un gran hombre, ya en el balance de su vida, de sus cualidades y también de sus defectos. Yo creo que esta perspectiva, ya en mi madurez, me hace verlo en su totalidad, y lo he ido valorando más en la medida en que conozco más la sociedad guatemalteca, y me imagino lo que debe haber sido la sociedad que a él le tocó vivir.

Si la sociedad guatemalteca de finales del siglo XX es una sociedad arcaica, una sociedad casi antropófoga, en que las pugnas, las negaciones de los valores, la visión aldeana persiste, la época que a él le tocó, en la primera mitad del siglo, debe haber sido terrible, debe haber sido asfixiante y creo que (realmente, por un lado, lo que se dice de él: que hizo su obra y vivió prácticamente fuera de Guatemala buena parte de su vida, cosa que es cierto) es lo que le permitió salvarse y poder experimentarse. Si él hubiera vivido en la Guatemala de ese entonces, aquí, permanentemente, yo creo que ese mundo lo hubiera terminado de destruir, como estuvo a punto de destruirlo, como destruyó su matrimonio con mi madre, como casi le hace naufragar sus posibilidades literarias. Él a los veintitrés o veinticuatro años había escrito prácticamente El señor presidente. Lo pudo publicar en México como una edición de autor porque mi abuelo sufragó los gastos [?], porque no hubo una editorial que quisiera publicarle, a los cuarenta y ocho años y hasta ese momento. Yo creo que tenía un talento genial, y sólo había producido hasta los cincuenta años (que es cuando escribe Hombres de maíz) El señor presidente, Leyendas de Guatemala y la compilación de poesía. No tenía más obra que ésa y lo que debe haber tenido adentro era un huracán para poder crear, que después lo empieza a lanzar cuando llega a Buenos Aires, y lo sigue haciendo casi hasta el final de sus días, pues llega un momento creativo desde los cincuenta años hasta su muerte. Entonces, es ya la fase en que él logra vivir los grandes momentos de la vida, su consagración, después su producción mundial, como Premio Nobel y como premio Lenin de la Paz. También tuvo, junto con Neruda, esas dos categorías. Así que fue reconocido de un lado y otro, en aquel momento en que el mundo estaba no globalizado, sino enfrentado completamente. Yo creo que esa fuerza se logró proyectar en la medida en que él pudo encontrar un ambiente más propicio. Por otra parte, a mí me sigue sorprendiendo todos los días la genialidad de que con tan poco conocimiento del medio, con tan poca vivencia cotidiana, lo haya podido recrear de la manera en que lo recreó. Sé pues que él no tuvo una vida rural, nunca, no; estuvo algunos años en Salamá, a donde yo llegué preso muchos años después, en el año de 1962 (ahí encontré vestigios de la familia de mi abuela, ahí había sido juez mi abuelo, a principios de siglo), al mismo juzgado a donde yo llegué consignado por rebelión. Mi padre no tuvo una vida rural, no es alguien que haya vivido en comunidades indígenas, sino que la visión que tuvo fue desde la casa de mi abuelo, en la relación con la gente que llegaba (Era un comercio que tenía una especie de almacén, aquí en las afueras, muy cerca de este lugar donde estamos).

Pero alguna vez le pidieron etiquetar esa relación con las comunidades indígenas y él parece que estuvo tentado a aceptarlo.

—Mira, yo creo que lo que pasa es que él genuinamente sí estaba muy identificado y logró percibir y retener todo un mundo que después, cuando a mí me tocó vivir en el mundo indígena también, en la época de la guerra (la zona de operaciones nuestra era fundamentalmente indígena), entonces tuve la experiencia de ver cómo los indígenas se sentían reflejados en la obra de él y cómo yo encontraba un mundo, incluso, de olores, de sabores, de plantas que parecían descritas por un botánico, ¿no?; o por alguien muy... un experto en antropología, que ha estudiado las comidas, la formulación de las comidas, las costumbres, el hablar, el ritmo, el pensar y el actuar de la gente. Entonces, yo creo que él no es un indigenista ni fue alguien que se vinculó al pueblo indígena por razones de lucha, sino que realmente, por una gravitación cultural, por una identificación cultural, en una época en que el indígena era un tabú: sólo se veía en aspectos un poco exóticos. Guatemala es una sociedad racista, lo sigue siendo. Entonces, yo creo que fue fruto de esa sensibilidad de él, porque es con lo indígena pero también es con lo social con lo que se identifica, como se ve, por ejemplo, en las novelas bananeras. Las novelas bananeras recogen muy bien el ambiente que se vivió en Guatemala en el momento de la llegada de la United Fruit Company, de las grandes compañías. Él estuvo poco tiempo; habrá estado unos quince días en la zona bananera. Fíjate que yo eso alguna vez lo comenté con él.

—Muy poco tiempo, ¿no?

—Sí, porque yo trabajé con él como secretario cuando fui a hacer la Universidad a la Argentina. Entonces fui su mecanógrafo, porque secretario es mucha pretensión, y pasé dos novelas a máquina.

— ¿Dos novelas de la trilogía?

—Sí, y pasé sobre todo Los ojos de los enterrados. Y tuve la gran experiencia, en ese año que estuve trabajando con él, de ver cómo iba reconstruyendo, como iba alargando sus monólogos, descripciones del mundo que vivía, porque él tenía una cosa muy característica de su personalidad: vivía sus novelas internamente, y uno se daba cuenta en lo familiar o en la vida social que él conectaba su novela a las cinco de la mañana y hasta que terminaba la novela, mucho tiempo después, él vivía pensando en su novela. Entonces, uno podía hablarle de cualquier cosa, y él aparentemente ponía atención, porque ya cuando uno lo conocía, al poco tiempo te dabas cuenta que lo que estaba viviendo era otra cosa; y entonces comentaba como si fueran cosas de vida cotidiana las escenas de la novela, lo que había sucedido, lo que pensaba que le podía suceder, o iba a cambiar en la tarde un párrafo completo, o algo. Alargaba las páginas a veces hasta de metro, metro y medio, porque les iba pegando nuevos diálogos, nuevas descripciones, las volvía a trabajar, era realmente un artífice, cosa que no siempre se percibe desde afuera porque las novelas son una gran avalancha de un mundo que se desborda, pero él las trabajaba ya sobre todo en su madurez. Yo creo que sólo la primera novela de la trilogía bananera, Viento fuerte, la trabajó como unos seis meses, pero El Papa Verde lo trabajó más de un año y Los ojos de los enterrados lo estuvo trabajando como tres años, en sus diferentes etapas y en diferentes épocas. Él tenía una vida interior creativa que lo hacía absorberse del mundo, y podía trabajar en condiciones, a veces, de mucho ruido, aunque él prefería las madrugadas para trabajar. Pero trabajaba en cualquier momento; no importaba lo que sucedía alrededor. Él seguía con el hilo de su creación y metido en ese mundo. Mi percepción es que él llevaba a Guatemala adentro y [esto] se expresa, creo que muy bien, en algunos de los poemas de la época del destierro, de cuando él estuvo exilado. Son poemas, los he vuelto a leer, el otro día los volví a oír, porque mi hermano (Miguel Ángel) tenía una grabación personal de varios de sus poemas que le había hecho a mi mamá; mi hermano la conservó, y hasta hay muchos de los poemas de la Letanía del desterrado, los de Guatemala, que son poemas poco conocidos, pero que, además, dan la dimensión, el dolor nacional que él sentía.

— ¿Qué opina de aquellas críticas que se han hecho continuamente acerca de un cambio rotundo en la mentalidad del Asturias: de la tesis de 1923 a los planteamientos de las novelas de los años posteriores, concretamente el de Hombres de maíz, donde hay una exaltación de la cultura indígena sobre la europea?

—Mira, yo creo que es lógico que a los cincuenta años se piense de una manera diferente de como se pensaba a los veintidós. Yo creo que es muy difícil que se tenga un hilo de pensamiento así, sobre todo en las condiciones que se vivían en ese entonces en Guatemala. Si a mí me costó escribir, y para hacerlo tenía que estar en armas sobre el racismo, en el año 1971 y 1972, imagínate lo que debió haber sido en la Guatemala de los años veinte. Entonces, yo creo que es un mérito haber tocado como tema de tesis el problema social del indio, cómo lo veían. La posibilidad de planteárselo como problema ya era avanzar, aunque no son admisibles algunas de las tesis que tiene dentro del escrito, que eran sobre todo las conclusiones, que eran las soluciones, pero eso estaba en boga en toda América. Como pensamiento más avanzado frente a lo que era ya el pensamiento colonial devastador, [se creía] que lo que había que hacer era acabar con los indios. El siguiente paso fue eso de inventar el mestizaje y de por ahí derivar lo que es una de las tesis que son racistas, en la tesis de abogado, pero que si se explican en aquel entonces, no se puede contraponer al pensamiento que él desarrolló a sus sentimientos.

¿Y con respecto al periodo de Jorge Ubico, del que también tanto se le ha recriminado?

—Sí, mira, eso sobre todo se habla en Guatemala y con otras razones. Yo creo que no tiene justificación que haya formado parte de un congreso de la dictadura, pero yo creo que se entiende más en un medio como ése para poder hacer otra cosa, como fue el Diario del aire, el haber inventado los radio periódicos en Guatemala, porque eso fue una idea de él. Lo que son ahora los noticieros y los radio periódicos, él lo empezó en 1939. En 1939, que es el año en que yo nací, en Guatemala no podías hacer nada si no te lo autorizaba el dictador; incluso, la oposición que había era una oposición muy limitada. Realmente surge una oposición ya al final de la dictadura, en 1943 y 1944. Antes, era una situación muy chata la que debe haber habido, y la necesidad de sobrevivir y poder hacer algo en el país, debe de haber estado íntimamente ligada a la dictadura. Ahora bien, yo no encontré nunca alguna defensa de la dictadura, sino que siento que [lo cuestionable] fue formar parte de ese aparato.

—¿Qué otras actividades realizaba Miguel Ángel Asturias por aquellos años, aparte de la actividad radiofónica?

—Hasta donde sé, ésa era la más importante y escribía bastante poesía. Yo encuentro a veces familias que fueron amigas de él, que me hablan, que se encontraban... Es una época en que él tomaba mucho y alguien le decía que en Guatemala sólo se podía vivir o loco o borracho, y creo que de alguna manera expresaba esa situación de frustración. Yo lo vi una vez y es un recuerdo mío que me impactó mucho: yo tenía unos cinco años, y lo vi en un intento así desesperado de quemar uno de sus originales.

—¡Ah, caray!

—Eso me permitió a mí entender el grado de frustración que él tenía, viviendo en una sociedad, te digo, absolutamente chata. Un escritor o una gente así, genial, era muy susceptible y él buscaba la manera de evadirse de la sociedad, del medio en que vivía.

—Por otro lado, ¿cómo surge la relación homónima de Gaspar Ilom entre el hijo de Asturias y uno de los personajes de su novela, Hombres de maíz?

—Mira, Hombres de maíz es una novela que yo leí desde muy jovencito. Debo de haberla leído entre 1954 y 1955, cuando tenía trece o catorce años, y me impactó mucho, aunque no la entendí en toda su dimensión. Pero el personaje se me quedó en el subconsciente. Después la aprecié más porque, ya por razones de familia, alguna vez yo le pregunté que cuál era la obra que él más apreciaba. Me dijo que era Hombres de maíz, que era la obra que él sentía, su obra más acabada y la que él la sentía más. Eso está publicado en algún lado, aunque él trataba de no dar opiniones, así, sobre obras en particular. Entonces, era también un vínculo que yo sentía, en un momento de una gran definición (como era el movimiento hace veinticinco años, sobre reiniciar la lucha, de hacer la guerra y realizar un nuevo proyecto) y estando en el centro de la zona indígena, los que empezamos el proyecto, decidimos ponernos, los tres, nombres indígenas, como una prueba de identificación con el medio. Entonces, así fue como yo me puse Gaspar Ilom. [Pensé:] Qué nombre puede ser significativo. Yo quiero acomodarme un nombre de la misma sangre.

—¿Es esta idea de identificar, digamos, la personalidad de Gaspar Ilom como el líder social y cultural de su pueblo, con la de Rodrigo Asturias como líder social también de Guatemala?

—No, porque en ese momento Rodrigo Asturias era simplemente un luchador que estaba empezando un proyecto (antes, unos meses antes, incluso unos seis meses, antes de que se hiciera el proyecto), el proyecto nuestro, el proyecto que con el tiempo sería, es ahora. Luego, lo que influyó en mí fue la identificación en la rebeldía de Gaspar Ilom y tratarlo de llevar, pues, a la práctica ya en un momento. Sólo le pude mandar a mi padre, en la sierra una notita que decía: “Los hombres de maíz se volvieron guerrilleros” y firmaba Gaspar Ilom, ya con mi letra, pues, como una carta mía.

—También se ha especulado acerca de la relación que mantuvieron ustedes dos, por las circunstancias en que se dieron, es decir, su padre optó por la carrera diplomática, concretamente durante el periodo de Méndez Montenegro. Rodrigo Asturias optó por la carrera de las armas. Se habla de desavenencias, algunas veces de confluencia de opiniones, ¿cuál es su versión?

—Mira, efectivamente hay algunas desavenencias, pero que más que políticas fueron desavenencias de carácter familiar, en cuanto a la angustia de mi padre porque a mí me fuera a suceder algo. Ser jefe guerrillero, ser guerrillero en los años setenta, era casi estar condenado a muerte. Las posibilidades de sobrevivencia eran muy pocas. A él le había impactado mucho el primer levantamiento de 1962, en el que yo participé, y del cual creo que con bastante suerte fue que logré salir vivo y después de estar en Salamá, en un proceso de rebelión, eso sí lo conmovió mucho a él.

—Pero, ¿no es propiamente una ruptura ideológica?

—No. Hubo, sí, una diferencia política muy fuerte cuando él aceptó ser embajador de [Méndez] Montenegro; entonces sí tuvimos una opinión política muy encontrada, y en ese momento en mi izquierda el único que impugnó esto fui yo, porque él había consultado su decisión con el Partido Guatemalteco del Trabajo, que era entonces la única organización de izquierda que había. Y fue el PGT quien le pidió que aceptara la embajada de Guatemala en París. Y el único que se opuso, fui yo.

—Y esto también trajo algunas dificultades en la relación entre Luis Cardoza y Aragón y Miguel Ángel Asturias, ¿no fue así?

—Mira, ahí creo que Luis... [segmento interrumpido]... En cuanto a su ética frente al poder, en ese aspecto siempre fue muy riguroso. Yo conocí mucho, mucho, a Luis; lo traté mucho, todo el tiempo que estuve en el exilio, sobre todo, y había, pues, desencuentros y encuentros con ellos, que yo creo que después Luis, también, no sé si magnificó o interpretó el problema de otra manera, desde otra óptica, porque a Luis también le impactó mucho. Con Luis era muy amigo y Luis tuvo mucha preocupación, en los tres primeros años que yo estaba acá, motivado por eso, el riesgo era un momento en que tal vez sólo los que estábamos adentro, participando de la dinámica social, podríamos encontrarle una razón al esfuerzo del guerrillero, que ya había sufrido una gran derrota en los años setenta. Entonces sí hubo [desavenencias], sobre todo después que yo me vine, pero hay cosas de las que yo no soy testigo, pues las conozco por el libro de Luis.

—Y durante los últimos años de su vida, ¿cuál fue la relación de Miguel Ángel Asturias con sus hijos, específicamente con Rodrigo Asturias?

—Fue una relación distante por razones físicas. Yo me fui en 1971 a la montaña, y lo vi a él, la última vez, en el año 1970, en París. Me despedí de él sin que lo supiera, porque él pensaba que yo seguía (y yo así se lo había hecho creer), en la editorial. Yo era entonces gerente de Siglo XXI, era ya un funcionario de mucho éxito, era gerente editorial, miembro del Consejo de Administración y tenía treinta o treinta y un años.

¿Eso facilitó la publicación de las Leyendas de Guatemala?

—No, no, el libro que...

Perdón, El espejo de Lida Sal...

—Ésa ya fue una petición mía, que yo le hice a mi papá. Le dije: “Mira, nosotros queremos que la editorial tenga un libro tuyo” y entonces fue que nos dio El espejo de Lida Sal. Yo intuí que le iban a dar el Premio Nobel ese año, estaba casi seguro.

Ah, ¿sí?

—Y un mes antes, como gerente de la editorial, se lo planteé al director. Le dije: mire, ya quedan mil ejemplares nada más de la primera edición de El espejo de Lida Sal; creo que debemos mandar hacer la segunda edición y hacer una edición muy grande, porque este año le van a dar el Premio Nobel. Y él se me quedó viendo. “¿Cómo?”, me dijo. Entonces yo le dije: “Yo siento, ya han sido varias veces que ha estado en la final, en la final, y creo que ahora ya todo el entorno que hay... el hecho que esté en París va a facilitar que le den el Premio Nobel, aparte de que ya le tocaría a América Latina. Y mandamos hacer efectivamente veinte mil ejemplares, que se vendieron en 15 minutos el día del premio Nobel (risa de ambos).

En términos generales, ¿qué opinión le merecen los estudios que se han hecho a la obra de Asturias?

—Mira, francamente, yo prefiero más leer las obras que estudios sobre las obras porque no soy especialista; no soy un especialista en literatura, yo soy un aficionado a la literatura, que tengo el gran paquete de que mi padre era un gran literato (risa prolongada). Pero entonces, prefiero, y así me sucede también en la política, más que leer estudios sobre temas, prefiero leer directamente a los autores.

Pero en cuanto a aceptación y reconocimiento, ¿le parece que ha sido justipreciada la obra de Asturias?

—Sí, yo creo que sí. Ya hay una idea más completa de eso. Como pasé veinticinco años en la guerra, hay muchas cosas que no conozco, de estudios que se han preparado o que se han elaborado. Quien conoce más y ha tenido la oportunidad de profundizar más en eso, es mi hermano. Él ha seguido más de cerca los estudios, sólo que vive en Buenos Aires. Tal vez venga en marzo; iba a venir en Navidad, pero por razones de trabajo ya no pudo venir. Él sí tiene, además, todo un archivo personal de mi papá; tiene muchos de sus objetos, muchas cosas. Anoche hablé con él por teléfono y me decía que le acaban de pasar todo lo que hay en internet sobre mi papá; me dijo que hay mucho y bastante completo y me dijo que ya te incluyó en la ficha de internet, que está actualizada hasta la discusión de este mes: que si van a retornar sus restos a Guatemala o no.

Pero tal vez, de lo que dices, de cómo se ha valorado su obra, yo lo he podido ver de otra manera, que es muy interesante: he encontrado en mi trabajo de relación política y diplomática, encontré en Europa, toda una generación de altos dirigentes de diferentes organismos: de partidos políticos, dirigentes religiosos, o dirigentes sociales europeos. En todos ellos, el punto de partida es decir: “Yo conocí Guatemala gracias a la novela de su padre.”

—Ha repercutido positivamente, entonces, para usted, la imagen de su padre.

—Muy positivamente. Lo mismo he encontrado en Naciones Unidas. En el medio temático es muy valorada, muy reconocida; es raro que no haya alguien que haga referencia a que leyó la obra de mi padre, que la conoce, que por eso se interesaron sobre América Latina.

Durante 1996, la Colección Archivos publicó un relato que no se conocía antes: El árbol de la cruz ¿Conoce algunos otros textos inéditos de él?

—Me han hablado más bien de cartas, de cartas inéditas. Mira, francamente yo no conozco algún otro texto. Blanca Mora, la viuda, que ha seguido eso con verdadera pasión, parece que ha logrado rescatar, de los papeles, archivos que le quedaron: algunos cuentos o algunos textos. Me hablaron de que había un texto de una novela que no se sabía si era auténtica o no, o hay una que no sé si sea parte de la novelística; el asunto es que hay una novela desaparecida, bueno, no se si realmente sea esa que él tenía en mente. Él me habló de esa novela, se llamaba Dos veces bastardo. Yo no sé, realmente, si realmente él la llegó a escribir, y si ese texto desapareció y quién pudo haberse quedado con él.

—La señora Blanca Mora, ¿vive todavía?

—Sí, ella vive en Palma de Mallorca. Allí fijó su residencia porque era un lugar que le gustaba mucho a mi padre. Yo la fui a visitar en enero pasado, después de varios años que no la veía. Ella no es mi madre, es la segunda esposa de mi padre. Pero, te digo, hacía unos treinta años, unos veintisiete años tenía de no verla. La última vez que la había visto fue en París, en 1970. Nunca más supe de ella, más que por la noticias, de prensa o algo así, entonces yo la busqué y fue un encuentro magnífico, ¿no? Ella ya está anciana, tiene noventa y tres o noventa y cuatro años, pero se mantiene muy lúcida. Cuando supo que yo la andaba buscando, inmediatamente me recibió. Me recibió así como Gaspar Ilom, el comandante Gaspar Ilom (risa de ambos).

Le ha de haber dado mucho gusto, me imagino.

—Sí, fue un momento muy emocionante para ella y para mí también. Habíamos estado muy distantes. Imagínate, después de tanto tiempo. Ahora tenemos una muy buena relación y muy buena comunicación. Yo te puedo dar, incluso, sus señas. Hoy, casualmente, arreglando unos papeles, mis papeles que vinieron de México, se me había extraviado su dirección y no tenía cómo comunicarme, y estaba un poco angustiado por eso, y hoy encontré la tarjeta. Yo te paso sus datos y le puedes decir que hablamos y que yo te pasé su dirección. Ya tiene una secretaria que atiende las cosas, tiene hasta e-mail. No lo tengo, pero alguna vez me ha mandado comunicaciones por correo electrónico.

Y su madre, la señora Clemencia Amado, ¿vive aún?

—No, no, ella murió también. Ella murió poco tiempo después que él. Ella murió en el setenta y ocho; murió aquí, en Guatemala. Ella se quedó en México; después de que se separaron, se quedó como veinte años viviendo allá. Después regresó, se estableció y vivió varios años acá. Yo tuve la suerte de poder verla cuando yo estaba en la clandestinidad. Pude tener relación con ella y lograba verla cada seis meses. Alguna vez que yo viniera por la ciudad, o iba ahí a Quetzaltenango, algún lugar del interior, aunque tenía control de parte del ejército, logramos burlar eso, yo logré estar con ella un mes antes de que muriera...

 

© Saúl Hurtado Heras 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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