Crímenes en Chilangolandia

Juan Carlos Hernández Cuevas

Universidad de Alicante


 

   
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Resumen: Es nuestro propósito demostrar que los Crímenes ejemplares (1957), de Max Aub, son una alegoría histórica que toma como punto de referencia rasgos de carácter atribuidos al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México (1934), de Samuel Ramos y El laberinto de la soledad (1949), de Octavio Paz. Nuestro estudio propone que los crímenes mexicanos describen el fenómeno social que origina en el sexenio de Miguel Alemán. Un gobierno que impulsó el desarrollo capitalista por medio de la reestructuración ideológica del Partido oficial, la acelerada industrialización de la ciudad de México -apoyada por la emigración rural-, la colaboración con los Estados Unidos, inversiones de capital, y el sometimiento del ejército, los sindicatos e intelectuales.
Palabras clave: Max Aub

 

Un número considerable de los micro-relatos intitulados “crímenes mexicanos”, de Crímenes ejemplares (1957) de Max Aub, recrean el ámbito social, histórico y político del periodo gubernamental del ex presidente mexicano Miguel Alemán Valdés (1946-1952). Ignacio Soldevila Durante define esta obra e indica sus características:

Crímenes ejemplares es un anecdotario en torno al tema del homicidio sin premeditación y, en general, con alevosía por parte de la víctima [. . .] En efecto, la provocación, por parte de la víctima, no requiere normalmente una tan violenta réplica. La agresión cae como el rayo del cielo azul, siguiendo la técnica ya señalada para el relato breve de Aub. Podemos afirmar sin abuso que los crímenes son relatos en los que la historia se reduce al mínimo para centrar el interés en el desenlace. La brevedad de éste, al no quedar contrastada con la extensión normal de la exposición y el nudo, pierde en intensidad todo lo que gana en sorpresa, y la extremada violencia de la acción [. . .] En realidad, los autores de los crímenes, cuyas confesiones en primera persona son el contenido exclusivo de cada historia, no razonan su homicidio. Dan, sencillamente, la «reconstrucción del crimen», contando cuál fue el acto, la palabra o la situación que les impulsaron a la reacción violenta y fatal. (La obra narrativa de Max Aub (1929-1969 183-84)

Con base a la explicación de Soldevila y las coordenadas histórico-culturales encontradas en el texto, es nuestro propósito demostrar que los “crímenes mexicanos” son una alegoría histórica que toma como punto de referencia rasgos de carácter atribuidos al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México (1934), de Samuel Ramos y El laberinto de la soledad (1949), de Octavio Paz.

La complejidad de los mini-relatos no ha permitido hasta ahora estudiar su contexto socio-histórico y político. Empero, María Paz Sanz Álvarez asienta que Crímenes ejemplares contiene observaciones y puntualizaciones de la política y sociedad de México, enmascaradas por el humor y la ironía. Asevera que Aub retrata contradicciones de la sociedad mexicana (246).

Entre las publicaciones progresivas de Crímenes ejemplares, empleamos la edición de 1996, cuya nota editorial explica: “Cierto es que agrega bastantes crímenes en el cuerpo principal del libro; además, añade, completas, las series de «De suicidios»», «De gastronomía» y «Epitafios»” (83). No incluimos o cotejamos con ésta, las versiones de crímenes encontradas en revistas, ediciones previas u originales ya que los cambios detectados no alteran el contenido de la obra. Sin embargo, consideramos necesario reproducir parcialmente la nota “AL LECTOR” añadida por Aub al final del manuscrito original de Crímenes y epitafios mexicanos, y algo de suicidios y gastronomía.

No creo que te diviertas. Otra vez será. En general, el motor de estas narraciones es la indignación, como todos saben, mala consejera de literatos, llevándolos más allá o abandonándolos antes de cualquier meta escrita; a menos de levantarlos a profetas. Visto desde cualquier ángulo el autor nada tiene de ello. Se quedó en plañidera. (60)

Nuestro estudio propone que los crímenes mexicanos describen el fenómeno social que origina en el sexenio de Miguel Alemán. Un gobierno que impulsó el desarrollo capitalista por medio de la reestructuración ideológica del Partido oficial, la acelerada industrialización de la ciudad de México -apoyada por la emigración rural-, la colaboración con los Estados Unidos, inversiones de capital, y el sometimiento del ejército, los sindicatos e intelectuales.

La nominación y posterior campaña presidencial de Miguel Alemán, indica Dan Hofstadter, fue favorecida por el Partido de la Revolución Mexicana (PRM). En la convención del PRM, realizada el 18 de enero de 1946 en la capital mexicana, el candidato reiteró con “El Plan Alemán”, su compromiso gubernamental de industrialización y armonía social. La misma convención reconstituye al PRM y lo transforma en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) [1]. Alemán inicia funciones presidenciales el 1 de diciembre de 1946. Estipula la póliza del “Buen Vecino” con los Estados Unidos, promete mayor protección arancelaria para las industrias mexicanas, una campaña contra la inflación y un nuevo proyecto de irrigación de tres y medio millones de acres. El dignatario mexicano y su homólogo norteamericano Harry S. Truman efectúan visitas oficiales en las capitales de ambas naciones por primera vez en la historia de México y los Estados Unidos de América. En el encuentro de Washington, D.C., enfatizan en la cooperación bilateral: Truman promete ayudar con préstamos a la estabilización del peso. La retribución del gobierno mexicano consistirá en apoyar la política exterior de los Estados Unidos (33-37).

Miguel Alemán afianzó, expone Tzvi Medin, el control del PRI y sus sectores mediante la depuración de los elementos marxistas en la organización sindical más grande de México: la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM). La expulsión de las filas priístas de Vicente Lombardo Toledano, ex profesor del primer mandatario y primer secretario general de la CTM, determinó la política sindical del sexenio:

El “charrismo” [2], la cooptación, la represión, serían algunos de los medios del presidenciato alemanista y conformarían definitivamente en este sexenio un “disciplinamiento” muy claro del movimiento sindical a las directivas del presidente. (El sexenio alemanista 53, 54)

Esta administración tiene una significación especial, pues el ascenso de Alemán representó la confianza depositada por los generales de la Revolución en un presidente civil con estudios universitarios en derecho. Es probable que la aceptación haya estado fundamentada en que el mandatario fue hijo del general revolucionario Miguel Alemán González (1884-1929), cuya carrera militar incluye haber combatido a Porfirio Díaz, Adolfo de la Huerta, y haberse opuesto a la reelección de Álvaro Obregón.

Según Humberto Musacchio, en materia de infraestructura, el presidente Miguel Alemán construyó o concluye grandes presas, promueve el servicio de los ferrocarriles y los amplía. Inaugura importantes carreteras, autopistas e impulsa la construcción de centros educativos, entre ellos la Ciudad Universitaria de la ciudad de México. Edifica complejos multifamiliares en la capital del país, estrena el Hospital Manuel Gea González y las instalaciones de la Secretaría de la Defensa. Recurrió al crédito externo para hacer frente a la devaluación del peso, aumentó la producción de petróleo e indemniza a la compañía petrolera El Águila. El gobierno expidió resoluciones de dotación de 5.330.000 hectáreas, y se ejecutaron por 4.900.000. Se extendieron cerca de 67.000 certificados de inafectabilidad agrícola, y 678 de la ganadera: hecho que ofreció gran seguridad a los propietarios privados. Se concedió el derecho de amparo para protegerse de resoluciones agrarias. El voto femenino en elecciones municipales fue concedido. El Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), el Instituto Nacional Indigenista (INI) y el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJM) fueron creados. Introdujo la televisión en 1950 e impulsó el sector turístico por medio de la Dirección General y Comisión Nacional de Turismo (1: 111-12). El mismo año, la oposición de izquierda representada por el Partido Comunista Mexicano o PCM declara que el régimen progresista de Alemán se ha convertido en: “un gobierno de los banqueros, comerciantes y latifundistas que cada día realiza mayores concesiones al imperialismo” (Medin 79). Krause asegura que las historias sobre el alemanismo, relacionadas con la corrupción, llenarían varias series de volúmenes (555).

Los “crímenes mexicanos” reconstruyen acontecimientos y hechos inherentes a la realidad de los habitantes de la ciudad de México que experimentaron la imposición de un modelo de desarrollo económico que transformó sus existencias. La exitosa reorganización de la economía nacional y aparente paz social de la administración, contó desde un principio con el apoyo de las fuerzas armadas de México y el PRI que colaboraron para incrementar y otorgar seguridad a la inversión de capitales. El orden social, la estabilidad política y el “Plan Alemanista” fueron instaurados por medio de la violencia institucional:

en momentos de agitación política, los generales del ejército y el ejército en tanto tal se preocuparon por hacer público su incondicional apoyo al presidente de la república como en el caso de los petroleros en 1946 o la agitación política de 1948. (Medim, El sexenio 67)

El liderazgo sindical de la CTM impuesto, en manos de Fidel Velázquez, por el ex presidente Manuel Ávila Camacho, fortificó al charrismo cetemista arraigado desde 1941 en la Secretaría General del sindicato. Aunque Velázquez fue reemplazado, entre 1947 y 1950, por Fernando Amilpa, volvió al cargo que ocupará hasta su muerte en 1997. Al igual que otros sindicatos, la CTM se subordinó al PRI. El 7 de octubre de 1951, Velázquez nombra a Miguel Alemán “Obrero de la Patria” y “Secretario General Honorario” (Medin, El sexenio 56). Alemán demostró una abierta intolerancia ante la insubordinación sindical: “El presidenciato, simplemente, no admitía limitación alguna fuera de aquella que se encontraba en los límites de la colaboración incondicional” (Medin, El sexenio 103).

En 1948 y 1949, el régimen impuso a Jesús Díaz de León, alias “El charro”, en la Secretaría General del sindicato ferrocarrilero (STFRM):

En este caso se dio el llamado de “El charro” a la Procuraduría General para que actuara contra sus rivales en el sindicato; la intervención violenta de fuerzas del gobierno (aparentemente la policía secreta); el encarcelamiento de los líderes de oposición [. . .] Estos acontecimientos se desarrollaron bajo el doble trasfondo del intento del gobierno para dominar el sindicato y asimismo poner fin a una oposición sindical que era también política a nivel nacional en medio del problemático 1948, con la devaluación del peso y el alza del costo de la vida. (Medin, El sexenio 97)

Desde nuestro punto de vista, la violencia, corrupción e impacto paulatino del sexenio motivó a Max Aub a escribir los “crímenes mexicanos”. El 28 de mayo de 1951 anota su frustración con el régimen: “Que me gobiernen como quieran, pero que me dejen decir lo que me da la gana” (Diarios 191). Pero y dada la constante represión gubernamental [3], al igual que en los demás cuentos de tema mexicano, incluye pistas o datos que aparecen a veces de manera subrepticia con el fin de introducir al lector en la atmósfera recreada. El valor literario de los crímenes mexicanos consiste en su sofisticada y original elaboración que toma como base las ideas intelectuales en boga:

El estilo de Crímenes es, ante todo, conversacional, introducidos cada uno de ellos en el discurso del macrorrelato in media res, de sopetón, con las contradicciones y paradojas de la vida misma, tan absurda a veces [4]. (Arranz 14)

A la reconstrucción narrativa de cada crimen se añade y alternan, según el caso, aspectos sociales, históricos o políticos relacionados con el periodo narrado.

Por otra parte, en estos Crímenes también vemos la huella vanguardista y surrealista de Aub, como:

Puntos de vista múltiples y fragmentados en la percepción de la realidad: Variación y diversidad.

Analogía y contraste: a veces el tema es uno y el enfoque diverso. Lenguaje sentencioso, brevedad esquemática [. . .] (Sanz 255)

Los personajes, señala Soldevila, no razonan su homicidio y reconstruyen el crimen, al contar el acto, palabra o situación que propició su reacción violenta: “los móviles no tiene una justificación exterior, racionalmente previsible y objetivable: son auténticos auto-móviles” (La obra 184). Añade Soldevila:

Por otra parte, y por la brecha del ejemplo de Aub, volvemos a la propuesta inicial de que el cuento sea a su vez susceptible de verse reducido a la mínima expresión, a una esquemática narración compuesta de una o dos frases, como es el caso de los Crímenes ejemplares [. . .] (Historia de la novela 79)

La estructura y argumento permiten que cada micro-relato se explique por sí mismo, evitando así el resumen de éstos. La ubicación geográfica de los crímenes en la capital mexicana, trama y personajes, tono irónico e intensidad narrativa, propician el análisis textual por temas y bloques que, en conjunto, recrean el periodo especificado. Una particularidad de la obra consiste en que los cuentos son narrados siempre por un o una protagonista omnisciente y anónimo que establece el sentido de los ejemplos:

Hay también en el Aub de Crímenes ejemplares un desdoblamiento de voces polifónicas, una de las constantes del planteamiento irónico: el narrador tan pronto es un hombre como una mujer, un asesino como un asesinado. Y entre esas voces se establece una relación de eco, consistente en la recuperación de elementos informativos ya aparecidos en un cuento anterior. (Arranz 5)

Una de las más sorprendentes aportaciones de Aub al género breve, consiste en haber escrito los “crímenes mexicanos” a raíz de los postulados de Ramos y Paz, los cuales son combinados en los cuentos.

Max Aub y el debate de lo mexicano, parte del capítulo primero, interpreta la visión general adquirida y aprovechada por él para crear mini-cuentos que alegorizan el momento histórico en que el discurso de lo mexicano fue apropiado por el priísmo. Una declaración reciente de Elena Aub sobre su padre, ratifica la tesis de nuestro estudio: “¿Qué dijo de México? Nos dijo que lo leyésemos en sus libros [. . .]” (J. Cruz 39).

El arquetipo ideológico de la mexicanidad apareció con la publicación del Laberinto de la soledad (1949), de Octavio Paz: escrita y publicada en los años que corresponden a la administración de Alemán [5]. Entre 1946 y 1952, Paz fungió como tercer secretario del servicio exterior mexicano en Francia.

La difusión nacional e internacional del Laberinto de la soledad confirma su relevancia como proyecto social de autoconocimiento en un país que emergía en la esfera económica mundial. Cuarenta y dos años después de la primera publicación del libro, Paz comenta en retrospectiva:

Dicho esto, confieso que la concepción central de El laberinto de la soledad me sigue pareciendo válida. El libro no es un ensayo sobre una quimérica “filosofía de lo mexicano”; tampoco una descripción psicológica ni un retrato. El análisis parte de unos cuantos rasgos característicos para enseguida transformarse en una interpretación de la historia de México y de nuestra situación en el mundo moderno. La interpretación me parece válida, no exclusiva ni total. (El laberinto 577)

El discurso de Octavio Paz, asegura Max Parra, fue parte de la estrategia postrevolucionaria de integración capitalista:

Identificar los rasgos distintivos -generalmente asociados con problemas de disciplina social- “somos pendencieros, arbitrarios, etc.,”que impiden el funcionamiento adecuado del mexicano en un contexto moderno, se convierte en una de las tareas apremiantes de la élite intelectual. (29-30)

En este periodo, la influencia ideológica de José Vasconcelos y Samuel Ramos continuaba vigente en la agenda del PRI. Desde 1944 hasta 1952, Ramos fue director de la Facultad de Filosofía y Letras, Coordinador de Humanidades y maestros de carrera de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) [6]. En los dos últimos años del alemanismo, aparecen tres ediciones de El perfil del hombre y la cultura en México: la de Imprenta Mundial (1951) y Espasa-Calpe (1951), (1952). Vasconcelos, inmortalizado [7] en la UNAM por su lema: “Por mi raza hablará el espíritu”, prosigue en el mundo filosófico en calidad de conferenciante internacional en Nueva York (1947) y Mendoza, Argentina (1949) (Kaplan 65). En 1940 es nombrado director de la Biblioteca Nacional de México. Cargo que ocupó hasta su muerte en 1959.

El antecedente de la relación intelectual de Vasconcelos y Ramos origina con la publicación semanal La Antorcha (1924-1925), fundada por José Vasconcelos. La revista incluye publicaciones de letras, arte, ciencia e industria. Ramos fue director de ésta a partir del número 30 y hasta el 41 (Martínez 2: 154). La Antorcha, El Maestro: Revista de cultura nacional (1921-1923), publicada por la Universidad Nacional, y La Falange, Revista de cultura latina (1922-1923), “fueron portavoces del nuevo credo” hispanoamericanista promovido por Vasconcelos (Martínez 1: 28).

Octavio Paz -discípulo de Ramos- acoge la idea del mestizaje de Vasconcelos para explicar la circunstancia histórica y social del mestizo mexicano. En su examen de Vasconcelos, contradictoriamente y a guisa de paliativo afirma:

La obra de Vasconcelos posee la coherencia poética de los grandes sistemas filosóficos, pero no su rigor; es un monumento aislado, que no ha originado una escuela ni un movimiento [. . .] No es difícil encontrar en el sistema vasconceliano fragmentos todavía vivos, porciones fecundas, iluminaciones, anticipos, pero no el fundamento de nuestro ser, ni el de nuestra cultura. (299-300)

Si para Vasconcelos, la creación de “una raza cósmica” es la vía de integración étnica, el enfoque de Paz corrobora la idea al especificar la mexicanidad con el mestizaje. Así, el esquema ideológico de Paz redefine el planteamiento vasconceliano del mestizaje trazado en La raza cósmica:

En todo caso, la conclusión más optimista que se puede derivar de los hechos observados es que aun los mestizajes más contradictorios pueden resolverse benéficamente siempre que el factor espiritual contribuya a levantarlos [. . .] El objeto del continente nuevo y antiguo es mucho más importante. Su predestinación obedece al designio de constituir la cuna de una raza quinta en la que se fundirán todos los pueblos, para reemplazar a las cuatro que han venido forjando la Historia. (12, 27)

Paz comenta en El Laberinto, el mexicano “es un hombre” que reniega de su “hibridismo” (225); pero no es cósmico ni se siente ligado a México o al resto de Hispanoamérica. No obstante, augura que tendrá cabida en el nuevo orden priísta. Los “hijos de la Chingada” (212), pasan a ser “hijo[s] de la nada”: solitarios y desarraigados de su origen (225). Sin embargo, la Revolución-PRI ofrece la posibilidad de remediar esta vacuidad histórica. El laberinto de la soledad refuerza la idea contenida en La raza cósmica: si el mexicano-hombre “no quiere ni ser indio, ni español”, “mestizo” (225) o africano, la idea del “hombre cósmico” es idónea ante la modernidad. El mexicano, frente a “su soledad abierta”, ratifica Paz, es ante su historia, contemporáneo de “todos los hombres” (340). El mexicano, perteneciente a un país multiétnico, es transformado, filosófica y literariamente, en un ser universal:

Los mexicanos no hemos creado una Forma que nos exprese. Por lo tanto, la mexicanidad no se puede identificar con ninguna forma o tendencia histórica concreta: es una oscilación entre varios proyectos universales, sucesivamente trasplantados o impuestos y todos hoy inservibles [. . .] Una filosofía mexicana tendrá que afrontar la ambigüedad de nuestra tradición y de nuestra voluntad misma de ser, que si exige una plena originalidad nacional no se satisface algo que no implique una solución universal. (El laberinto 315)

Las reflexiones de El laberinto de la soledad, con el propósito de facilitar el establecimiento del capitalismo, reafirman el programa de homogeneización étnica y cultural anhelado por Vasconcelos:

En fin, orden y progreso, poca política, mucha obediencia a las leyes, la ideología de la mexicanidad por encima de cualquier desviación de izquierda o de derecha, nada de socialismo, de proletariado, de lucha de clases [...] Mexicanidad y anticomunismo. Y entonces la revolución queda reducida a una connotación desarrollista. Revolución será crecimiento económico y no precisamente justicia social [. . .] El partido de la revolución siempre se había plantado frente a la derecha reaccionaria, pero ahora al acentuar su mexicanidad como esencia ideológica venía a limpiar las alternativas ideológicas, sociales y políticas de connotaciones izquierdistas que había albergado en su propio seno [. . .] (Medin, El sexenio 60, 62)

El PRI encontró en Paz una voz intelectual joven que sostendrá paulatinamente su plataforma ideológica. En una carta fechada el 25 de mayo de 1960, Paz justifica ante Aub su colaboración con el régimen:

En lo que a mí toca -en estas cosas más vale hablar a título personal- colaboro con el Gobierno, en primer término, porque me parece que, con todos sus defectos, es lo mejor que podemos tener y porque, así sea con vacilaciones, continua (sic) la política de la Revolución, fundamentalmente en lo que se refiere a nuestra actitud internacional. Y yo presto mi colaboración en ese campo. Esto no me impide, cada vez que me ha parecido justo, publicar críticas contra él. Tú lo sabes mejor que nadie. Además, en casi todas mis obras hago juicios nada benevolentes o complacientes, sobre la situación social de México y sus clases dirigentes, sin excluir naturalmente a la casta política y bancaria [. . .] Esto no quieren comprenderlo las personas, que son muchas en los países de nuestra lengua, que no conciben una actitud de izquierda independiente. Lo que pasa, querido Max, es que yo no estoy al servicio de ningún partido [. . .] Perdona el tono polémico de esta carta. ¡Cómo me gustaría hablar contigo de cosas más afradables (sic) y fecundas! ¿Por qué nuestra vida tiene que ser una lucha permanente por cosas que no valen la pena?

La respuesta de Aub, con fecha 30 de mayo de 1960, es tácita con respecto a la adhesión de Paz a las filas del priísmo:

Por otra parte la colaboración con el gobierno mexicano me parece normal, necesaria, tan necesaria como estar en contra de algunos aspectos de su política para cumplir los preceptos democráticos [. . .] vamos a dejarlo, tú tendral (sic) el Nobel sin peinar demasiadas canas, para mayor alegría de tus amigos.

El 13 de octubre de 1959, Aub ya había manifestado a Paz su actitud contradictoria: “Tu carta del 8. No sorprende y no me sorprende. Nunca te han detenido las contradicciones. Al fin y al cabo de ellas estás hecho [. . .]”.

La mexicanidad como instrumento de control social, cultural y político, es un tema que Tzvi Medin ha ampliado en “La mexicanidad política y filosófica en el sexenio de Miguel Alemán. 1946-1952”. Medin destaca que la ideología política del mexicanismo o mexicanidad fue postulada para contrarrestar los efectos del cardenismo y su postura antiimperialista. El mexicanismo ideológico facilita la consolidación del poder político al eliminar el influjo de la izquierda y la lucha de clases promovida por Cárdenas. El asentamiento del nacionalismo ideológico converge con la corriente filosófica predominante de “lo mexicano” (1-8). El contrapunto del movimiento es la transformación social y cultural efectuada en la capital mexicana por los productos estadounidenses distribuidos en el mercado reproducido por Aub.

Es preciso aclarar que el tono de los crímenes da un giro inesperado a las perspectivas de Ramos y Paz, ya que, la ironía implícita satiriza la imagen patológica irracional e impulsiva atribuida al mexicano. Por un lado, Aub literaturiza ideas sobre la psicología mexicana contenidas en “El psicoanálisis del mexicano”, de El perfil del hombre y la cultura en México. Ensayo que distingue las características del habitante de ciudad de México en El mexicano de la ciudad, parte del mismo capítulo:

Todo lo interpreta como una ofensa. En esto el mexicano llega a extremos increíbles. Su percepción es ya francamente anormal. A causa de la susceptibilidad hipersensible, el mexicano riñe constantemente. Ya no espera que lo ataquen, sino que él se adelanta a ofender. A menudo estas reacciones patológicas lo llevan muy lejos, hasta cometer delitos innecesarios [. . .] El mexicano tiene habitualmente un estado de ánimo que revela un malestar interior, una falta de armonía consigo mismo. Es susceptible y nervioso; casi siempre está de mal humor y es a menudo iracundo y violento. (81)

Esta tipificación del chilango [8] provee la base idónea para concebir crímenes que reúnen, según el caso, ideas extraídas del mismo texto que ejemplifican una situación determinada:

Nadie puede tocarlo sin herirse [. . .] Practica la maledicencia con una crueldad de antropófago. El culto del ego es tan sanguinario como el de los antiguos aztecas; se alimenta de víctimas humanas. Cada individuo vive encerrado dentro de sí mismo, como una ostra en su concha, en actitud de desconfianza hacia los demás, rezumando malignidad, para que nadie se acerque. Es indiferente a los intereses de la colectividad y su acción es siempre de sentido individualista. (86-87)

El contexto de los micro-relatos intitulados “De gastronomía”, abraza las características designadas por Soldevila, Sanz, Arranz, y concuerda con la perspectiva antropófaga y social atribuida a los mexicanos en el ensayo de Samuel Ramos:

NO HAY NADA como comer el ojo del enemigo. Revienta entre las muelas como granote de uva, con gustito de mar. (77)

LAS NALGAS son mejores al tacto que al gusto, más duras de mascar que de tentarrujar. (77)

LE GUSTABA tanto que no dejó nada. Le chupó hasta los huesos. De verdad había sido bonita. (77)

-LE COMERÍA los hígados -dijo Vicente.

No pudo: amargaban. (77)

Las reflexiones de Octavio Paz son -simultáneamente- un medio eficaz y adicional para especificar la conducta criminal de los personajes aubianos. Según Paz:

[. . .] vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intrascendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas, el mexicano se cierra, las ignora. (El laberinto 194)

Estas elucubraciones permiten y justifican el proceder de los personajes de “crímenes mexicanos”. Reitera Paz la ambivalencia del homicidio:

Cuando el mexicano mata -por vergüenza, placer o capricho- mata a una persona, a un semejante. Los criminales y estadistas modernos no matan: suprimen. Experimentan con seres que ya han perdido su calidad humana [. . .] El criminal típico de la gran ciudad -más allá de los móviles concretos que lo impulsan- realiza en pequeña escala lo que el caudillo moderno hace en grande. También a su modo experimenta: envenena, disgrega cadáveres con ácidos, incinera despojos, convierte en objeto a su víctima. La antigua relación entre víctima y victimario, que es lo único que humaniza al crimen, lo único que lo hace imaginable, ha desaparecido. (El laberinto 196)

El perfil del macho mexicano relaciona la intrascendencia del vivir o morir, reflejada en el comportamiento agresivo de éste:

El “Macho” es el Gran Chingón. Una palabra resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la violencia, y demás atributos del “macho”: poder. La fuerza, pero desligada de toda noción de orden: el poder arbitrario, la voluntad sin freno y sin cauce. La arbitrariedad añade un elemento imprevisto a la figura del “macho”. Es un humorista. Sus bromas son enormes, descomunales y desembocan siempre en el absurdo. Es conocida la anécdota de aquel que, para “curar” el dolor de cabeza de un compañero de juerga, le vació la pistola en el cráneo. Cierto o no, el sucedido revela con qué inexorable rigor la lógica del absurdo se introduce en la vida. El “macho” hace “chingaderas”, es decir, actos imprevistos y que producen la confusión, el horror, la destrucción. Abre al mundo; al abrirlo, lo desgarra. El desgarramiento provoca una gran risa siniestra. (El laberinto 219)

Aub ilustra los puntos de vista citados, y nos ofrece personajes enajenados que se dedican a chingar al prójimo en un entorno deshumanizado e incomprensible. Situación que confirma al referirse a los micro-relatos donde emplea “evidentemente, un tono absurdo para presentar estos ejemplos” (Crímenes 17).

Los siguientes crímenes reproducen la figura del macho descrita por Octavio Paz. El análisis argumental, clímax y desenlace trágico reproducen, a través de los protagonistas y el humor negro característico de México, el proceder del macho mexicano y su indiferencia hacia la vida y la muerte [9]:

LO MATÉ porque me dolía la cabeza. Y él venga a hablar, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces, descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta. (31)

MATAR, MATAR sin compasión para seguir adelante, para allanar el camino, para no cansarse. Un cadáver aunque esté blando es un buen escalón para sentirse más alto. Alza. Matar, acabar con lo que molesta para que sea otra cosa, para que pase más rápido el tiempo. Servicio a prestar hasta que me maten; a lo que tienen perfecto derecho. (54)

LO MATÉ por no darle un disgusto. (89)

LO MATÉ porque bebí lo justo para hacerlo. (64)

LO MATÉ porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decía era una gran mentira. (17)

LO MATÉ en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio. (23)

LO MATÉ porque estaba seguro de que nadie me veía. (23)

LO MATÉ sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez. (62)

¿USTED NO HA MATADO NUNCA a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido. (26)

¡TANTA HISTORIA! ¿Qué más daba ése que otro? ¿A poco usted escoge su clientela? (57)

LO MATÉ porque tenía una pistola. ¡Y da tanto gusto tenerla en la mano! (44)

[. . .] Entonces saqué la pistola y disparé. (20)

-¿POR QUÉ se me va a acusar de haberle matado si se me olvidó de que la pistola estaba cargada? Todo el mundo sabe que soy un desmemoriado. ¿Entonces, yo voy a tener la culpa? ¡Sería el colmo! (86)

ERRATA.

Donde dice:

La maté porque era mía.

Debe decir:

La maté porque no era mía. (44)

NO, SI YO ME IBA a suicidar. Pero se me encasquilló la pistola. Juro que la última bala era para mí. ¿Qué más daba que me llevara unos cuantos por delante? Allí, desde la ventana no se me escapaba uno. Me recordaba mis buenos tiempos de cazador. (55)

RONCABA. Al que ronca, si es de familia se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó.

-Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo…

Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento…pero en seguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido. Una catarata. Un volumen tremendo de aire, una fiera acorralada, el estertor de cien moribundos, me rasgaba las entrañas empozoñándome el oído, y no podía dormir. Y no me daba la gana de cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino. (27-28)

LO MATÉ porque no pude acordarme de cómo se llamaba. Usted no ha sido nunca subjefe de Ceremonial, en funciones de Jefe. Y el Presidente a mi lado, y aquel tipo, en la fila, avanzando, avanzando… (57)

En el texto, comenta Soldevila: “Aub presenta a veces dos crímenes seguidos con «catalizadores» diametralmente opuestos: «Le maté porque era más fuerte que yo», frente a «Le maté porque era más fuerte que él»” (La obra 184).

Los rasgos dictaminados por Ramos y Paz son parodiados para introducir progresiva y alegóricamente al lector en la atmósfera alemanista. Aub emplea las ideas intelectuales predominantes para escribir mini-relatos que, en un aparente desorden, recrean el ambiente de la ciudad de México. Los crímenes representan una urbe que crece con una problemática que comprende marginación social, acentuada por la división de clases, industrialización y éxodo que incrementan el tráfico citadino, neurosis, alienación, aglomeraciones y represión política.

El contraste entre la actitud violenta y trágica de los personajes nos introduce a un entorno de difícil interpretación, dado que los crímenes carecen de un aparente “precedente lógico” que “provoca la comicidad” (Soldevila, La obra 184). Consecuentemente, el antecedente ilógico de los cuentos encuentra una explicación que puede sustentarse en las visiones de los intelectuales mexicanos. Dice Paz:

Para nosotros el crímen es todavía una relación -y en ese sentido posee el mismo significado liberador que la Fiesta o la confesión- De ahí su dramatismo, su poesía y -¿por qué no decirlo?- su grandeza. Gracias al crimen accedemos a una efímera trascendencia. (El laberinto 197)

Acerca de los personajes de Crímenes ejemplares, Arranz Lago repara en el común denominador violento que rige el comportamiento de cada individuo:

Ironía -aunque no lingüística- es que los criminales son gente que se sabe educada y sentimental [. . .] Pero paradójicamente, irónicamente, tras la vida ordenada de estos sujetos se oculta un estado de violencia latente. (9)

Uno de los crímenes sintetiza los puntos de vista anteriores con un interlocutor educado y violento que, para imponer sus ideas, emplea el habla coloquial de la ciudad y giros populares cargados de la agresividad descrita en “Los hijos de la Malinche”, de El laberinto de la soledad.

EN NUESTRO lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. (211)

El léxico del relato incorpora una locución latina, una expresión de Estados Unidos y otra de España que reafirman el mestizaje cultural:

MIRE, SEÑOR, no vaya a ir en contra de mis ideas. No lo tolero. Yo acepto las suyas: para usted. Se las queda, las mastica, las digiere, las expulsa si a tanto le lleva su gusto. En general, los hombres desde hace un par y pico de siglos creen que son lo mejor de la humanidad. El non plus ultra. O.K. Allá ellos. Yo estoy convencido de lo contrario, de que todos somos unos hijos de la chingada por el hecho mismo de ser hombres. Hace mucho que quedó probado que el hombre ha llegado a domesticar la naturaleza a fuerza de mala leche, ingratitud, instintos asesinos, palos, pedradas, machetazos, tiros, hipocresía, asesinatos a mansalva, imposición de la esclavitud. Cualquier hombre, por el hecho de serlo, es un hijo de puta. No discuto que otros piensen de manera distinta. Para mí, el imbécil mayor -suizo tuvo que ser- fue Juan Jacobo Rousseau. Con estas ideas, ¿qué de extraño tiene que yo sea una buena persona? Que matara a don Jesús, no tiene nada de particular: no le debía un céntimo a nadie. (90-91)

Los “crímenes mexicanos” reconstruyen la expansión urbana que surge a causa de la industrialización de la economía. Las 13.000 industrias existentes en 1940 se incorporan miles de nuevos establecimientos industriales que en 1950 llegaron a alcanzar la suma de 73.000. La póliza del mexicanismo gubernamental se orienta a reemplazar las importaciones con productos nacionales. La libre competencia invade el mercado mexicano que ve crecer algunos de los negocios más importantes del país. Una característica de estos negocios fue el estar ubicados en la ciudad de México. El gobierno anuncia “estamos construyendo la Patria”. La construcción de los aeropuertos en la capital mexicana, Tijuana, Ciudad Juárez y Acapulco se suman a las obras de infraestructura. La población capitalina fue incrementada de 1.76 millones de habitantes en 1940 a 3 millones. La vida urbana concentra el tráfico de automóviles, rascacielos, nuevas avenidas y prolongaciones de éstas (Krause 543-49).

El mercado libre capitalino y su repercusión aparecen en la estratificación social expresada en las ocupaciones y actividades de los personajes. Uno de los cuentos narra la desconfianza entre socios basada en el carácter del mexicano y la atmósfera del sexenio:

SÍ SEÑOR JUEZ: no intento justificarme, sino explicar, darle noticia. Soñé que mi socio me estafaba. Lo vi tan claro, tan evidente, que aunque al despertar me di cuenta de que era una imagen de la modorra, tuve que degollarle. Porque no podía deshacer nuestra sociedad sin razón valedera y no podía aguantar verle cada día teniendo presente la sombra del sueño que llegó a quitármelo. (63)

La ciudad de Acapulco de Juárez, Guerrero, es mencionada en estos dos relatos, y uno posterior, para mostrar la emergente significación turística del puerto. El gobierno destinó “cuantiosos recursos federales a la construcción de obras de infraestructura y aumentó considerablemente la planta hotelera” (Musacchio 1: 44).

EL AVIÓN SALÍA a las seis cuarenta y cinco. Le dije que me despertara a las cinco. Me desperté a las siete. Lo peor es que aseguró haberme llamado. Nunca me duermo si me despiertan. No tenía nada que hacer en Acapulco, pero se emperró: «Yo le llamé, señor. Yo le llamé». Y las mentiras me sacan de quicio. Le hice rebotar la cabeza contra la pared hasta que me lo quitaron de las manos (32-33)

La forma de vida que se describe implica ya una valoración desmedida del dinero:

ME DEBÍA ese dinero. Prometió pagármelo hace dos meses, la semana pasada, ayer. De eso dependía que llevara a Irene a Acapulco, sólo ahí podía acostarme con ella. Se lo había prestado para dos días, sólo para dos días… (53)

La urbanización y centralización industrial son ejemplificadas con la descripción de autobuses repletos de trabajadores de origen rural que son forzados a adaptarse a los deficientes servicios públicos. Aub expone al mismo tiempo la incorporación de la mujer mexicana en el sector obrero. En condiciones infrahumanas, las mexicanas aprenden a sobrevivir en un medio hostil y vulgar controlado por la CTM que ordena a todos sus afiliados a pertenecer a las filas del PRI (Krause 573).

El género cinematográfico de la comedia urbana en películas como Esquina bajan…! (1948), de Alejandro Galindo, es otro valioso recurso adaptado para reflejar la vida cotidiana de la mujer y el pueblo:

ES QUE USTEDES NO SON mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que le metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos o las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes. Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél. (Crímenes 65)

La sinopsis de Esquina bajan…! presenta a un chofer “atrabancado y peleonero” de la ruta “Zócalo-Xochicalco y anexas”. Él y su ayudante el cobrador apodado Regalito, son despedidos por haberse desviado de la ruta oficial con el fin de congraciarse con la pasajera Cholita: “Incapaz de moderar su explosivo carácter”. El comentario provisto ubica a la película en un ambiente arrabalero muy semejante al que describe Aub. El filme capta aquel cambio trascendental en la vida de los mexicanos:

La acelerada urbanización de la ciudad de México provocaba desconcierto entre sus habitantes, de ahí que el público recibiera favorablemente a un cine que reflejaba sus temores y ofrecía personajes con los cuales identificarse [10].

Los personajes anónimos de varios micro-relatos pueden ser insertados en Esquina bajan…!, pues experimentan y padecen una condición paralela. Un segundo relato es paradigma de la problemática planteada que determina el desarraigo, hacinamiento, envilecimiento y marginación productos del aislamiento étnico del campesino en el área metropolitana. La narradora compara el espacio del autobús con el de una lata de sardinas, y resalta el acoso de un personaje sin nombre y condición deplorable :

ÍBAMOS COMO SARDINAS y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima. (22-23)

Las descripciones del transporte masivo son un tema recurrente. El incidente ocurrido en un tranvía repleto de gente sirve de trasfondo para manifestar la inversión de capitales provenientes de Estados Unidos:

[...] Y tomé el tranvía. La cosa empezó enseguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático. Un momento después -creo que fue a la parada siguiente, a la entrada de la Calle Mayor- nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez. Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte, que soy muy hombre. (35-36)

Los efectos y condiciones sociales generadas por el creciente ambiente industrial son un tema que persiste en las descripciones de individuos que revelan conductas anómalas provocadas por la aglomeración en el transporte público:

NO HICE MÁS que rozarla. Se revolvió hecha una fiera. ¡Total por un estregón de nada! Y, además, no valía la pena, blandengucha. Quizá por eso se indignó tanto. Yo no lo iba a consentir. Se agolpó la gente. Yo empecé a bofetadas. Si aquel pequeñito cayó bajo un camión que pasaba no tengo ninguna culpa. (25)

Hay crímenes que enfocan la presencia de la migración proveniente de los estados. Acontecimiento patente en la película Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, en la cual y como se ha referido, Aub colaboró. Buñuel examina y yuxtapone la problemática social de niños, jóvenes y adultos inmigrantes que habitan en ciudades perdidas aledañas a las barriadas que conforman el ensanche urbano. Con un recurso similar al que Aub utiliza en sus cuentos, la cámara de Buñuel contrapone la ciudad moderna que emerge ante la miseria de sus habitantes marginados por el priísmo.

Las peripecias de los personajes provincianos de Crímenes son acentuadas por el humor negro:

FICHA 342.

Apellido del enfermo: Agrasot, Luisa.

Edad 24 años. Natural de Veracruz, Ver.

Diagnóstico: Erupción cutánea de origen probablemente polibacilar [. . .].

Observaciones: Caso único [...] (36)

YO HABÍA ENCARGADO mis tacos mucho antes que ese desgraciado. La mesera, meneaba las nalgas como si nadie más que ella tuviera, se los trajo antes que a mí, sonriendo.

La descristiané de un botellazo: yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado, cojo y con acento del norte, para mayor inri. (52)

PUEDEN USTEDES PREGUNTARLO en la Sociedad de Ajedrez de Mexicali, en el Casino de Hermosillo, en la Casa de Sonora: yo soy, yo era, muchísimo mejor jugador de ajedrez que él. No había comparación posible. Y me ganó cinco partidas seguidas. No sé si se dan ustedes cuenta. ¡Él, un jugador de clase C! Al mate, cogí un alfil y se lo clavé, dicen que en el ojo. El auténtico mate del pastor… (32)

¡Y AQUEL JIJO CERRÓ a seises, cuando estaba tan claro como el día que yo tenía la última blanca! No lo volverá a hacer. Y se decía campeón de Tulancingo. ¿Para qué hablamos? (46)

[. . .] Claro, usted no está en casa a esas horas; además, no espera cartas. Ni las escribe ni las recibe. ¿O me equivoco? Los que reciben cartas tienen cierta sonrisa que no engaña. Dirá que yo tampoco tengo cara de recibir cartas. Acierta, pero debiera recibirlas. Mi hija debiera escribirme como tiene la obligación, y no me escribe [. . .] (50)

La crítica mordaz de la corrupción está presente en otro crimen que recrea la vida plagada de semáforos, coches, tráfico y agentes del departamento de Tránsito que mienten para morder abiertamente. Los agentes de la policía abusan de las atribuciones conferidas para obtener ilegalmente dinero de los automovilistas.

Herbert Cerwin distingue a la mordida como una práctica cotidiana y generalizada en todos los niveles gubernamentales. Y aunque Miguel Alemán anunció en todos los diarios su eliminación, los bajos salarios de la policía, de tres cincuenta a seis pesos diarios, promovieron tal conducta (324-25).

El humor fino de la protagonista, la agilidad del divertido monólogo y las rápidas imágenes citadinas, recuerdan escenas de las películas de Mario Moreno Reyes “Cantinflas” (1911-1993): Ahí está el detalle (1940), de Juan Bustillo Oro; El señor fotógrafo (1952), Caballero a la medida (1954), de Miguel M. Delgado. El artículo de Aub, “Cantinflas, torero”, publicado en 1947, describe el entendimiento personal del histrionismo de Cantinflas: “El éxito de Mario Moreno está basado tanto en el oído como en la vista de sus espectadores” (Ensayos mexicanos 286). El crímen que presentamos, tampoco se encuentra exento del influjo del popularísimo género de la comedia urbana cinematográfica:

AHÍ ESTÁ LO MALO: Que ustedes creen que yo no le hice caso al alto. Y sí. Me paré. Cierto que nadie lo puede probar. Pero yo frené y el coche se detuvo. En seguida la luz verde se encendió y yo seguí. El policía pitó y yo no me detuve porque no podía creer que fuera por mí. Me alcanzó en seguida con su motocicleta. Me habló de mala manera: «Que si por ser mujer creía que las leyes de tránsito se habían hecho para los que gastan pantalones». Yo le aseguré que no me pasé el alto. Se lo dije. Se lo repetí. Y él que si quieres. Me solivianté: la mentira era tan flagrante que se me revolvió la sangre. Ya sé yo que no buscaba más que uno o dos pesos, o tres a lo sumo. Pero bien está pagar una mordida cuando se ha cometido una falta o se busca un favor. ¡Pero en aquel momento lo que él sostenía era una mentira monstruosa! ¡Yo había hecho caso a las luces! Además el tono: como sabía que no tenía razón se subió en seguida a la parra. Vio una mujer sola y estaba seguro de salirse con la suya. Yo seguí en mis trece. Estaba dispuesta a ir a Tránsito y a armar un escándalo. ¡Porque yo pasé con la luz verde! Él me miró socarrón, se fue delante del coche e hizo intento de quitarme la placa. Se inclinó. No sé que pasó entonces. ¡Aquel hombre no tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo! Yo tenía la razón. Furiosa, puse el coche en marcha, y arranqué… (21-22)

El incremento del tráfico citadino es parte de la temática del desarrollo urbano. Algunos crímenes ilustran la introducción de automóviles. “En 1946 la importación de bienes de consumo durable constituía el 11% del total de las importaciones [. . .]” (Medin, El sexenio 116):

ESTÁBAMOS EN EL BORDE de la acera, esperando el paso. Los automóviles se seguían a toda marcha, el uno tras el otro, pegados por sus luces. No tuve más que empujar un poquito. Llevábamos doce años de casados. No valía nada. (25)

ME SALPICÓ de arriba abajo. Eso, todavía, pase. Pero me mojó toditos los calcetines. Y eso no lo puedo consentir. Es algo que no resisto. Y, por una vez que un peatón mata a un desgraciado chófer, no vamos a poner el grito en el cielo. (56)

METO reversa. (75)

-¡A VER SI traes buenos frenos!

Y se tiró bajo el coche. (71)

El ritmo de la modernidad es narrado en crímenes que ocurren en diversos estratos sociales. Max Aub se asegura de establecer la causa-efecto del homicidio conforme a la capa social del asesino y la víctima [11]. La omisión de nombres propios, en la mayoría de relatos, parece tener el objetivo de mostrar un ambiente masificado donde el individuo anónimo es identificable sólo por su degradación, oficio o profesión:

YO SOY MODISTO. No lo digo por halagarme, mi reputación está bien cimentada: soy el mejor modisto del país. Y aquella mujer, que se empañaba en que yo la vistiese, llegaba a su casa y hacía de su capa un sayo, dicho sea con absoluta propiedad. Sobre aquel traje verde se echó la echarpe de tul naranja de su conjunto gris del año pasado, y guantes color de rosa. Até disimuladamente el velo a la rueda del coche. El arranque hizo lo demás. ¡Que le echen la culpa al viento! (29)

SOY PELUQUERO. Es cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy buen peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mí me molestan los granos.

Sucedió así: me puse a afeitar tranquilamente, enjaboné con destreza, afilé mi navaja [...] (19)

ME DIJO que aquel negocio no le interesaba. No tengo por qué aclarar cuestiones personales que nada tienen que ver con el caso. Pero me aseguró que compraba aquellos calcetines de lana más baratos. Y no podía ser: se los ofrecía al costo. Se los saldaba porque tenía necesidad de ese dinero con gran urgencia. Y me salió con que los compraba dos cincuenta más baratos por docena. Era una mentira indecente. Y había que ver con qué seguridad, con qué seriedad lo aseguraba, fumando un mal puro. Le di con la pesa de dos kilos que estaba sobre el mostrador. (30)

YO ESTOY SEGURO de que se rió. ¡Se rió de lo que yo estaba aguantando! Era demasiado. Me metía y me volvía a meter la fresa sobre el nervio. Con toda intención. Nadie me quitará esa idea de la cabeza. Me tomaba el pelo [...] (20-21)

NO PUEDO TOCAR el terciopelo. Tengo alergia al terciopelo. Ahora mismo se me eriza la piel al nombrarlo. Aquel hombre tan redicho no creía más que en la satisfacción de sus gustos. No sé de dónde sacó un trozo de aquel maldito terciopelo y empezó a restregármelo por los cachetes, por el cogote, por las narices. Fue lo último que hizo. (28)

La incorporación de anglicismos en el lenguaje mexicano y la imitación del estilo de vida estresante de los Estados Unidos aparecen junto a formas de entretenimiento típicas de los estadounidenses. Un relato específica las costumbres y preferencias de los sectores privilegiados que substituyen el gusto decimonónico francés con lo norteamericano:

SI NO DUERMO ocho horas soy un hombre perdido; y me tenía que levantar a las siete… Eran las dos y no se marchaban: repantigados en los sillones, tan contentos. Y sabe Dios que no había tenido más remedio que invitarlos a cenar. Y hablaban por los codos, por las coyunturas, a chorros, lanzándose el uno al otro la hebra, enredándola a borbotones, despotricando de cosas insubstanciales, y venga tomar copas de coñac y otra taza de café [. . .] Y usted por aquí, y usted por allá… y aquél, y el de más allá. El gin rommy, el ajedrez, el poker… Ginger Rogers, Lana Turner, Dolores del Río (odio el cine). El sábado en Cuernavaca (odio Cuernavaca). ¡Ay, la casa de Acapulco!, y Mengano perdía tanto y tanto, ¿a usted que le parece? A usted, a usted, a usted… Y el Presidente, y el ministro, y la ópera (odio la ópera). Y el casimir inglés, don Pedro, la chamba, las llantas.

Y aquel veneno tan parecido al color del coñac… (34-35)

Al lado de los juegos de cartas importados, la cinematografía norteamericana invadió el mercado mexicano. Ginger Rogers participó exitosamente en The Bakleys of Broadway (1949), de Charles Walters, su décima y última comedia musical al lado del famoso bailarín Fred Astaire. La popularidad internacional de Rogers incorpora los títulos: Magnificent Dolls (1946), It Had to be You (1947), Perfect Strangers (1950), Storm Warning (1950), The Groom Wore Spurs (1951), We´re Not Married (1952), Monkey Business (1952), Dreamboat (1952). Lana Turner está en el apogeo de su carrera con The Postman Always Rings Twice (1946), Green Dolphin Street (1947), Cass Timberlane (1947), The Three Musketeers (1948), Homecoming (1948), A Life of Her Own (1950), Mr. Imperium (1951), The Bad and the Beautiful (1952), y The Merry Widow (1952). La actriz mexicana Dolores del Río, después de una estancia prolongada en los Estados Unidos, regresa a México donde adquiere enorme fama por su participación en las películas de Emilio Fernández. Actúa en la producción estadounidense The Fugitive (1947), de John Ford, y Doña Perfecta (1950), de Alejandro Galindo. Carlos González Peña, en un testimonio del año 1947, resalta el abandono de los teatros ante el fortísimo apoyo gubernamental a las corridas de toros y -sobre todo- a la industria del cine:

[. . .] -una metrópoli con más de dos millones de habitantes-, donde, en cambio y a costa de millones, nos asiste el triste privilegio de que se hayan erigido dos grandes plazas de toros, una de las cuales es la mayor del mundo. En tanto que se multiplican los cines; en tanto que surgen vastas, magníficas, suntuosas construcciones por dondequiera, destinadas al espectáculo cinematográfico, los viejos teatros se apolillan, se desmoronan y son descarnada ruina. El más mísero barrio tiene su cine; pero no hay un solo teatro limpio, cómodo, atrayente, propio para la efusión dramática. (El alma y la máscara 277-78)

Una famila de tantas (1948), de Alejandro Galindo, documenta el fenómeno de transculturación que proyecta, a la vez, el medio de los personajes aubianos.

La segunda mitad de la década de los cuarenta representó, por lo menos para los sectores más favorecidos de la sociedad mexicana, la época en que nuestro país ingresó a una modernidad caracterizada por un estilo de vida fuertemente influenciado (sic) por costumbres y hábitos de consumo importados de los Estados Unidos [. . .] Una familia de tantas es uno de los mejores retratos fílmicos de esta etapa de cambios sociales en México que José Emilio Pacheco describiera de forma magistral en su famosa novela “Las batallas en el desierto”. Como en la novela de Pacheco, los personajes de la cinta de Alejandro Galindo se ven enfrentados a una ruptura de orden tradicional en el núcleo familiar, lo cual desencadena un choque de voluntades irreconciliables [12].

El influjo estadounidense es insertado en la existencia ordinaria y vulgar de los protagonistas de crímenes y sus víctimas, atrapados ambos en una dinámica social enajenante que provoca la desaparición progresiva de la cultura tradicional mexicana mediante la imitación de modelos de comportamiento y hábitos impuestos por los medios de comunicación y la inversión extranjera. Aub testimonia el proceso de aculturación que comprende, entre otras costumbres, juegos de béisbol, naipes y la adoración de perros que substituyen a los miembros de la familia nuclear:

¡ERA SAFE, señor! Se lo digo por la salud de mi madrecita, que en gloria esté… Lo que pasa es que aquel ampáyer la tenía tomada con nosotros. En mi vida he pegado un batazo con más ganas. Le volaron los sesos como atole de fresa. (47)

ME INSULTÓ sin razón alguna. Así, porque se le subió la sangre a la cabeza. Estábamos jugando rommy, hizo una trampa, se lo advertí. Decidí no jugar más. Lo resintió como un bofetón. No nos volvimos a hablar. Él era el culpable. Lo malo es que teníamos que vernos a diario en la oficina. Yo esperaba que me pidiese perdón. Pero ¡ca!, no era de ésos. Su presencia me molestaba cada vez más hasta que aquel día le vacié la pistola. Ni modo. (62)

AQUELLA SEÑORA SACABA a pasear su perro todas las mañanas y todas las tardes, a la misma hora. Era una mujer vieja y fea y evidentemente mala. Eso se notaba a primera vista. Yo no tengo gran cosa que hacer y me gusta aquella banca. Aquella banca, y ninguna otra. Evidentemente lo hacía adrede: aquel perrillo indecente era el animal más horrible que se haya podido inventar. Alargado, con pelos por todas partes. Me olía, reprobándome, cada día. Luego se ensuciaba en mis propias narices. La vieja le llamaba con todos los diminutivos posibles: cariñito, reyecito, emperadorcito, angelito, hijito [. . .] (40)

SUCEDIÓ ASÍ. Estaban casados hacía cuarenta y seis años. Los hijos se les casaron, y se fueron; otros se quedaron a medio camino. Cayeron en los perros. Tuvieron siete, a lo largo de casi un cuarto de siglo. (Tenían una casa vieja, húmeda, larga y estrecha, con olor a albañal, que no percibían, oscura.) Ninguno de los canes les llegó tanto al corazón como Julio, un faldero blanco y sucio, cariñoso en extremo, que se pasaba el día lamiéndoles cuanto alcanzaba. Dormía a los pies de la cama y, tan pronto como asomaba la primera claridad descolorida, subía a despertarlos, a lengüetazos. Un día, le entraron celos a la vieja; creyó que el perro prefería a su cónyuge. Calló, padeció, trató de atraer al can con triquiñuelas y golosinas; pero Julio siguió lamiendo a su esposo en primer lugar y, sin duda, con predilección. La mujer envenenó, lentamente, a su marido. Se dijo que el perro murió el mismo día que el viejo, pero fue licencia poética: le sobrevivió tres años, para mayor felicidad de la buena señora. (42-43)

La novela policíaca o “murder story”, nos informa Octavio Paz, gozaba de “popularidad” (196) [13]. Este crímen narra la aceptación de un género que ejemplifica la penetración cultural anglosajona:

NO SE PUDO DORMIR hasta acabar de leer aquella novela policíaca. La solución era tan absurda, tan contraria a la lógica, que Roberto Muñoz se levantó. Salió a la calle, fue hasta la esquina a esperar el regreso de Florentino Borrego, que firmaba Archibald MacLeish -para mayor INRI y muestra de su ignaridad-; lo mató a las primeras de cambio: entre la sexta y la séptima costilla. (56)

La información general del siguiente cuento nos sitúa en una de las áreas más transitadas del centro de la ciudad. El referente geográfico y el discurso narrativo, enfocados en la importancia de las horas, son puntos que nos aproximan al crecimiento urbano y al respectivo modelo anglosajón del tiempo que, Aub coloca vis à vis ante el concepto mexicano. Para una persona de los Estados Unidos, u otra influida por esa manera de pensar, el tiempo es oro: Time is money. El mexicano tradicional, decía Aub, no tiene “noción del tiempo” (Sanz 264):

HACÍA UN FRÍO de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y media, lo mismo da las ocho. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:

-¡Hola, mano!

Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad. (44-45)

Un caso análogo es incluido para resaltar una vez más la utilidad del tiempo. Aub asigna al vocablo cita, y al proceder del protagonista, la connotación social y cultural de appointment: el equivalente inglés.

SOY UN HOMBRE exacto, nunca llego tarde a una cita. Es mi hobby. Y tenía una cita. Tenía una cita y tenía hambre. La cita era muy importante. Pero aquel mesero tardó tanto, tanto en servirme, y yo tenía tanta, tanta prisa y me contestó de una manera tan lánguida, tan sin querer comprender la prisa que me reconcomía, que no tuve más remedio que darle en la cabeza. Ustedes dirán que fue desproporcionado. Pero, hagan la prueba: entre plato y plato tardó exactamente diecisiete minutos. ¿Ustedes se dan cuenta lo que son, uno tras otro, diecisiete minutos de espera, viendo correr la aguja del reloj, viendo cómo el minutero da vueltas y más vueltas? Y la cita, haciéndose imposible. Lo malo, desde luego, que no se defendió. No quiero recordarlo. (39-40)

El tiempo es expresado aquí como obsesión típica del sistema capitalista:

ELLA SABÍA que yo sabía que ella mentía. Pero juntaba lo verdadero con lo falso, encubriendo la intención:

-Eran las siete-repetía terca-. Eran las siete.

Había estado en la librería, pero no a las siete, lo sabía de la mejor tinta: la mía. Y ella.

-Eran las siete.

Pura patraña. La rabia me consumía. Algo me ataba los brazos: los biceps (sic) por delante, los triceps (sic) por detrás. Agarrotado. De pronto estalló, se rompieron cadenas y me libré. No braveo ni hago locuras, pero fue como si hubiera salido de la cárcel, fuera de toda servidumbre, el alma en limpio, limados los grillos: tan ancho como la tierra. Le quité la mentira de la boca; agarrotada. Ahora, ahora sí, lo vi en mi reloj pulsera, eran la siete por casualidad, pero eran las siete. Lo que va de ayer a hoy. (51-52)

La crítica vinculada con las diferencias de clase y condición de los trabajadores es un asunto que abarca diversos relatos. En el periodo descrito surge la primera generación, posterior al Porfiriato, de millonarios mexicanos [14].

El desarrollismo capitalista dependiente exigía evidentemente una coalición política muy determinada entre el Estado, la burguesía nacional y los intereses norteamericanos y extranjeros en general. (Medin, El sexenio 122)

La alianza con los Estados Unidos contribuyó al crecimiento del país y al enriquecimiento de las élites protegidas por el gobierno que, como hemos referido antes, mantuvo una posición intolerante frente a cualquier insubordinación del sector obrero:

¡A POCO los hijos de millonarios tienen algo especial en la cabezota! (87)

¡SÍ, ERA un pobre imbécil! ¿Qué valía de él? Su dinero, exclusivamente su dinero. (55)

ERA MÁS INTELIGENTE que yo, más rico que yo, más desprendido que yo [. . .] (33)

ERA LA SÉPTIMA VEZ que me mandaba a copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era parte, otra vez porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue una v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez: «Mire usted, señorita…» No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores. (48)

LO MATÉ porque no pensaba como yo. (49)

¡QUE SE DECLARE en huelga ahora! (27)

LO QUE IMPORTA es conseguir y tener paz entre los hombres. Si para lograrlo hay que llegar a esto (e hizo un gesto que abarcaba toda la plaza), ¡qué le vamos a hacer! (89)

En suma y para ilustrar las condiciones laborales de la servidumbre doméstica que por regla general era integrada por inmigrantes procedentes de los estados de México, añadimos aquí un micro-relato inédito que está clasificado en INFANTICIDIOS del borrador de Crímenes y epitafios mexicanos, y algo de suicidios y gastronomía.

-Soy una criada. Lo acepto. Sirvo, pero no tanto. Dejé que el viejo me mirara como una serpiente y me manoseara al paso, si puede, que el joven me metiera mano, que la “señora” me gritara por nada, que la joven me acuse son motivo pero que, además, el crío se me meara, impepinablemente, cada vez que lo cogía; que al lavarlo o bañarlo cada tarde y que cuando lo talqueara me suelta (ininteligible) [15] el chorrito, bueno, pero además de aprovechar de cada momento -y Dios sabe si los tiene- para cagárseme encima y llorar como un condenado, no. Ya sé que nadie me acusa, pero yo se lo digo: lo dejé adrede encima de la mesa y me fui al escusado. Era de la mismísima piel de Barrabás. (7)

Aub satiriza más aspectos de la realidad sociopolítica mexicana. Uno de los crímenes más concisos exterioriza la atmósfera que ejerció un control totalitario de la prensa:

YO NO TENGO VOLUNTAD. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mí me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. El mató a su mujer, yo a la mía. La culpa del periódico que lo contó con tantos detalles. (57-58)

Aclara Krause que la falta de libertad de prensa fue un distintivo gubernamental:

El lector podía enterarse con detalle sobre el crimen pasional de la noche anterior, las corridas de toros, los deportes, fiestas, chismes de la sociedad, etc. Pero si lo que el lector buscaba era la verdad informativa y la opinión desinteresada sobre la realidad nacional, tenía que acudir a una prensa no escrita: la del chisme, la conseja y el rumor. (577)

Para que el lector logre ubicar el periodo narrado en este cuento, el lugar donde ocurren los crímenes, posición política del homicida y hasta el consecuente motivo ideológico de su crimen, Aub utiliza procedimientos ya mencionados, y ofrece indicios directos mediante el contraste ideológico entre dos de los periódicos más conocidos de la época. Coloca un producto mexicano ante uno importado para hacer patente una vez más, la inversión de capital norteamericano:

LE PEDÍ el Excelsior (sic) y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield [...] (41)

El Excélsior, fundado en 1917, se anunciaba como “El periódico de la vida nacional” (Musacchio 1: 929). El Excélsior, además de haber sido uno de los principales diarios nacionales y capitalinos de este tiempo, tuvo una posición semioficial con respecto a su relación con el gobierno. El modelo porfirista de censura de la prensa había sido reinstalado por el gobierno de Alemán (Krause 579-80). El Popular, diario de izquierda fundado en 1938 y desaparecido a finales de los cincuenta, fue en un principio órgano de la CTM. Vicente Lombardo Toledano fungió como su primer director y Fidel Velázquez ocupó el cargo de gerente general (Musacchio 3: 2420).

Los cuentos presentados a continuación pueden relacionarse también con la censura:

LA ÚNICA DUDA que tuve fue a quién me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto. (54) [16]

ME DIJO que lo publicaría en mayo, luego en junio, después en octubre. Pasó el invierno, con la primavera se me revolvió la sangre [. . .] (89)

Hay una serie de mini-relatos que satirizan a la Lotería Nacional para la Asistencia Pública. El edificio actual de la Lotería fue inaugurado en 1946. El siguiente año, el gobierno presenta el Reglamento de Juegos para el Distrito Federal y Territorios Federales que, “prohibía la realización de juegos de azar con excepción de la Lotería Nacional” (Musacchio 1: 1669).

Los cuentos narran la actitud del homicida hacia diferentes tipos de vendedores de lotería, quienes por lo general son gente de origen humilde. De esta forma, se expone la bonanza para unos cuantos ante el detrimento de otros que enriquecen a los funcionarios gubernamentales. A nivel popular, es consabido que la Lotería Nacional ha sido una de las vías más directas para cometer peculado.

Aub acentúa el contraste de capas sociales para realzar la desigualdad económica:

SOY VENDEDOR de lotería: es una profesión tan decente como otra cualquiera. Estaba seguro de que aquel 18.327 iba a salir premiado. Corazonadas que tiene uno. Se lo ofrecí a aquel joven bien vestido que estaba parado en la esquina. Entre otras cosas, era mi obligación. Se mostró interesado en los números que le enseñaba. Es decir, que me dio pie. Le ofrecí el 18.327. Se negó suavemente. Esa no es manera. Cuando no se quiere algo se dice de una vez. Yo insistí: era mi deber. ¿O no? Sonrió, incrédulo, como si estuviese seguro de que aquel número no había de salir premiado. Si yo hubiese creído que lo que quería era no comprar, no hubiera pasado nada. Pero cuando uno se interesa ya contrae una obligación. Se aglomeró la gente. ¿Qué iban a pensar de mí? Era un insulto. Traté de defenderme. Siempre llevo una navajita, por lo que pueda pasar. La verdad es que aquel billete no salió premiado, pero sí con reintegro. No hubiera perdido nada: el 7 es un buen número final. (31-32)

¿USTEDES NO HAN TENIDO ganas de asesinar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos. (24)

Es probable que el próximo cuento se refiera a un personaje popular que deambuló por muchos años en las calles de la capital mexicana y que es homenajeado por León Felipe en su poema “Ángeles” de ¡Oh, este viejo y roto violín! (1965).

Ese jorobadito que vendía lotería

por las calles y los cafés de la ciudad

y ahora está dormido

en esa caja blanca

acostado de perfil… (Rubio 164)

La condición del personaje descubre más aspectos de la injusticia social:

HABÍA JURADO hacerlo con el próximo que volviera a pasarme un billete de lotería por la joroba. (54)

Otro distintivo de la administración de Alemán fue el control de la inteligencia mexicana. Según Krause, el gobierno imitó la táctica de Porfirio Díaz para subordinar a la mayoría de los intelectuales mexicanos: ofreció puestos gubernamentales, universitarios y contratos privados. En el caso de los intelectuales de izquierda, les cerró las puertas, pero algunos tuvieron la oportunidad de trabajar escribiendo guiones de cine y en el periodismo cultural (589-90).

Max Aub sufrió represión laboral por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes dirigido entonces por el músico Carlos Chávez, y el poeta Salvador Novo que ocupaba el cargo de primer jefe del Departamento de Teatro. El 29 de enero de 1947, y por conducto de Chávez, Aub fue designado consejero de la Comisión de Repertorio del Departamento de Teatro del INBA (Diarios 1939-1952 137); pero, y con la excusa de una “reorganización del Departamento de Teatro”, el nombramiento fue retirado por Chávez el 1o de abril de 1947:

En vista de estarse planeando una reorganización del Departamento de Teatro, esta Dirección ha tenido a bien declarar sin efecto la designación que tenía usted como Miembro de la Comisión de Repertorio. (Diarios 138)

Pese a lo ocurrido, Aub colabora en El Nacional y aporta ese año crítica teatral de las obras de Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Agustín Lazo y Julio Jiménez Rueda. El 28 de junio de 1947, Aub es acusado de ser comunista en el periódico Excélsior (Soldevila, Max Aub: veinticinco años después 239).

Tal vez y debido a la experiencia política con el régimen, el prólogo de Crímenes ejemplares incluye una denuncia relacionada con la situación del hombre de nuestro tiempo:

En su submundo estos humildes criminales se explican aquí sin saber siquiera cómo; pero no creo que den lástima. En eso son tan mediocres como nosotros, que no nos atrevemos a gritar en el enorme proceso de nuestro tiempo. Aceptamos lo que nos imponen con voluntad deliberada, no discrepamos, todos conformes. (15)

Es pertinente subrayar que gracias a su versatilidad intelectual, Aub pudo percibir ingresos sin estar subordinado al priísmo. Desde 1943 hasta 1951 fue consejero técnico de la Comisión Cinematográfica y profesor del Instituto Cinematográfico de México. Trabajó como adaptador, autor, guionista, coguionista, dialoguista y traductor de películas de corte comercial. Fue adaptador de La monja Alférez (1944); dialoguista de Amok (1944); coadaptador de Marina (1944); guionista de Sinfonía de una vida (1945) y La viuda celosa (1945). Coguionista de El sexo fuerte (1945), La rebelión de los fantasmas (1946), Contra le ley de Dios (1946), Otoño y primavera (1947). Guionista de Hijos de la mala vida (1946); coguionista de Al caer la tarde (1949); argumentista y coguionista de Mariachis (1949), y guionista de El charro y la dama (1949). Fue dialoguista de Los olvidados (1950); coguionista de Para que la cuña apriete (1950); coargumentista de Pata de palo (1950); coguionista de Entre tu amor y el cielo (1950), Historia de un corazón (1950) y Cárcel de mujeres (1950). Tradujo al español el guión Le silence est d’or (1947), conocido como El silencio es oro (1949). Colaboró en el cine mexicano hasta 1954 (Abellán 5: 119-20).

El contacto habitual de Max Aub con la industria cinematográfica es reflejado en un par de relatos que nos aproximan al ambiente vivido. El 1 de octubre de 1943, se afilió al Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica con la intención de conseguir un ingreso adicional. La incorporación sindical le abrió las puertas en la participación de más de cincuenta guiones (Calles 135). No obstante, la experiencia personal insatisfactoria con el cine nacional y la limitación de fuentes de empleo adecuadas para los intelectuales de izquierda, parecen haberle motivado a exponer la manipulación sindical que avasallaba todos los medios:

EL OFICIAL MAYOR de la Unión de Autores Cinematográficos me devolvió amablemente mi manuscrito:

-Lo siento mucho, señor, pero la comisión de registro ha dictaminado que su argumento no se puede aceptar porque su historia es idéntica a otra que registró hace un mes el señor Julio Ortega.

-No es posible. ¡Esta historia se me ha ocurrido a mí! ¡Es mía!

-Según dice, sólo varía el título y unos pequeños detalles.

Era imposible. Era una historia muy buena, completamente original. Seguramente le habría gustado a alguno de los componentes de esa misteriosa comisión, y decidió apropiársela. Apuré mi paciencia.

-¿Puedo ver el argumento del señor Ortega?

Me lo tendió y lo hojeé. Efectivamente, los dos asuntos eran muy semejantes. ¡Pero era imposible que se le hubiese ocurrido a él! ¡Aunque lo hubiera registrado antes que yo! ¡Así lo escribiese antes que yo! La idea era mía y nada más que mía ¡Era un robo!

Así lo dije, así lo grite. No lo quisieron comprender. No acertaron a darse cuenta de que el tiempo no importa absolutamente nada para las ideas. Muy pocas gentes saben lo que es poesía: la confunden con la historia, con la historia falsa que inventan para satisfacer sus mezquinas necesidades. Yo vi cómo cuchicheaban, sonreían. ¡Botarates! ¡Hasta me sonrojé! No me pongo colorado más que cuando me achacan algo falso. Se me revolvieron las tripas.

Entonces entró el señor Ortega. Era un hombre completamente vulgar, a quien evidentemente no se le podía haber ocurrido aquella idea: la frente estrecha, la panza grande; con tipo de carnicero. Lo hice con la plegadera, pero lo mismo hubiera podido ser el pisapapeles. Sangró como un cochino. (38)

Al lado de aspectos autobiográficos, Aub ubica al lector en la época de oro de los noticieros y el cine mexicano para presentar, con las descripciones del narrador, la dinámica social utilitaria e inculta que los medios de comunicación perpetuaban con desinformación, caricaturas y la copiosa producción de películas que -con la excepción de Buñuel, Fernández, Galindo, Delgado y algunos otros- contribuían escasamente a enriquecer el arte nacional.

A MÍ ME GUSTA mucho el cine. Yo llego siempre a la hora exacta en que empieza la función. Me siento. Me arrellano, me fijo, procuro no perder palabra, primero porque he pagado el precio de mi entrada, segundo porque me gusta mucho instruirme. No quiero que me molesten, por eso procuro sentarme en el centro de la fila, para que no pasen delante de mí. Y no resisto que hablen. ¡No lo resisto! Y aquella pareja se pasó El Noticiero Universal cuchicheando. Demostré comedidamente mi desagrado. Estuvieron más o menos callados durante la película de dibujos, que no era buena y que además ya había visto. (Es una cosa a la que no hay derecho, en un cine de estreno.) Volvieron hablar durante el documental. Me volví airado, con lo que se callaron durante medio minuto, pero cuando empezó la película ya no hubo quien los aguantara. Yo estaba seguro de contar con la simpatía de los que estaban sentados a mi alrededor. Empecé a sisear. Entonces se volvieron todos contra mí. Era una injusticia flagrante. Me revolví contra los habladores y grité en voz alta:

-¡Van a callar ustedes de una vez!

Entonces aquel hombre me contestó una grosería. ¡A mí! Entonces saqué mi fierrito. A ése y a los demás para que aprendieran a callar. (58-59)

La inclusión textual de El Noticiero Universal nos remonta a las décadas de los años cuarenta y cincuenta que fueron la ‘edad de oro’ de aquellos noticieros que antecedían rigurosamente la proyección de cualquier película en las principales salas de la Ciudad de México (Pérez 203).

Dos cuentos relacionados con el teatro, exhiben la reluctancia profesional de directores y dramaturgos que, conjeturamos, apadrinaban la ineptitud artística de actores con recomendaciones oficiales y, para ahorrar presupuesto, recurrían a grupos de aficionados. En 1947, la crítica teatral de Aub apunta graves fallos en las representaciones de obras sobresalientes como Corona de sombra (1943), de Usigli [17]:

Rodolfo Usigli escogió a una casi principiante: Josette Simó. Como es natural la joven actriz, pese a su formidable voluntad, no puede matizar como fuera debido papel tan complejo. Se deja avasallar por el personaje que la desborda en muchas ocasiones. La señora Simó no tiene voz suficiente -en registro, en tonos- para salir coronada de gloria. Quizá esté mejor en su caracterización de Carlota anciana que no en su juventud ambiciosa, lo cual dice bastante de su talento interpretativo. (Ensayos 239)

Sobre Invitación a la muerte (1940), de Villaurrutia, repara en la actitud hierática y pobreza de dicción de los actores aficionados que interpretaron con nerviosismo sus respectivos papeles. Sugiere Aub: “Si el teatro es literatura, su vehículo es la palabra: aprendan fonética antes que historia del teatro” (Ensayos 207). La reseña de La silueta de humo (1928), de Jiménez Rueda, descubre la participación de más actores aficionados y mal pagados que, bajo la dirección de Ignacio Retes, sobreactúan, gritan, “gesticulan, corren, manotean, se persiguen con demasiada buena voluntad y excesivamente” (Ensayos 264). En aquel entonces, González Peña comentaba la triste situación: “Falta el ambiente, la influencia cultural del teatro, y ello se advierte en el descenso -cada vez mayor- del gusto del público, prostituído por la habitual sandez que irradia de la pantalla” (El alma 278). Una realidad que Aub testimonia en El Nacional: “El público mexicano está ansioso de teatro, aun sin saberlo. Danle cine y lo toma como mal menor, pero con lo que se divierte, en la pantalla, es con el teatro” (Ensayos 286).

ESTABA LEYÉNDOLE el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho, como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a transponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle lo descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró. (26)

AQUEL ACTOR era tan malo, tan malo que todos pensaban -de eso estoy seguro-: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el telar y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte. (27)

Sin tomar en consideración la amplia familiaridad de Aub con la atmósfera teatral mexicana, el medio le fue vedado por los dramaturgos más sobresalientes del México [18]. El acontecimiento no impide que A la deriva (1944), Los guerrilleros (1944), La vuelta (1947) y María (1964), fueran representadas respectivamente en 1947, 1948, 1947 y 1964 (Soldevila, El compromiso 174-78). En fecha imprecisa, la adaptación de La Madre (1938), fue puesta en escena en el anfiteatro de la primaria anexa a la Escuela Nacional de Maestros. En 1963, La cárcel (1946), obtuvo el primer premio a la mejor obra inédita del Festival Nacional Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) (Magaña 18-19).

La década teatral de los cuarenta vio el surgimiento de grupos “experimentales” como La Linterna Mágica, liderado por Ignacio Retes, Teatro Estudiantil Autónomo, dirigido por Xavier Rojas, y el Teatro de Arte Moderno que estuvo en manos de Hebert Darién y Lola Bravo. Proliferaron las obras escenificadas en inglés y francés. A principio de los cincuenta, Ignacio Retes prosigue su labor teatral. En 1951, Salvador Novo estrenó con gran éxito La culta dama (Musacchio 3: 2949-950).

Más quejas y observaciones relacionadas con la realidad mexicana aparecen en los Diarios de Aub. Con fecha 1 de junio de 1948, se reproduce el punto de vista de Alfonso Reyes sobre el estado intelectual en la capital:

A.R., como siempre, despotricando horrores contra la incultura de los intelectuales mexicanos. (154)

Esta atmósfera parece ser el origen de un crímen que relata la muerte de un portador de varios doctorados honoris causa:

[. . .] Y aquel viejo carcamal imbécil, barba sucia, sin dientes, con sus doctorados honoris causa a cuestas, poniéndolos en duda, emperrado en sus teorías pasadas de moda [. . .] (29)

El cuento, aparte de su sentido paródico, tal vez es una alusión directa al deseo de Alemán por conseguir un doctorado honoris causa, el cual sí obtuvo. Se decía por entonces que el presidente había recibido un: “ignoramus causa” (Krause 558). A continuación se descubre un aspecto del mundo académico donde, y debido a la sátira, es difícil discernir entre la ficción y verdad:

LO ENVENENÉ porque quería ocupar su puesto en la Academia. No creí que nadie lo descubriera. ¡Tuvo que ser ese novelista de mierda que, además, es comisario de policía! (89-90)

Otros crímenes evocan aspectos de la realidad socio-política del alemanismo que idealizaba la vida de cada mexicano con un Cadillac, un puro y un boleto de admisión a las corridas de toros.

Durante el sexenio se fumaron muchos puros y las plazas de toros fueron llenadas cada domingo, aunque sólo se vendieron cientos de Cadillacs entre los 25 millones de habitantes. Alemán enseñó a los mexicanos a pensar en millones (Krause 543)

El cuento que incluimos a continuación es testimonio de la demagogia gubernamental que, entre todas las promesas, sí cumplió con el cometido de abarrotar la monumental Plaza de Toros donde empezaron las primeras corridas en febrero de 1946. La recreación literaria parcial de la fiesta taurina hace hincapié en el entretenimiento nacional de la administración:

¡HABÍA EMPEZADO la lidia del primer toro! ¡Ya estaban los picadores en el ruedo! ¡Yo iba a ver a torear a Armilla! ¡Los demás me tenían sin cuidado! ¡Aquel acomodador era un imbécil! ¿Voy a ser responsable de la idiotez de los demás? ¡A dónde íbamos a parar! Tenía el número veinticinco de la séptima fila y aquel asno con brazalete me llevó al doscientos veinticinco. ¡Del otro lado de la plaza! La gente empezó a chillarme. ¿Dónde me iba a sentar si aquel desgraciado se había equivocado y la plaza estaba llena a reventar? Reclamé, intenté explicarme. Se quiso escabullir. La gente me insultaba. ¡Y oí la ovación! ¡Y no había visto el quite! Me dio tal rabia que lo tiré tendido abajo. ¿Qué se fracturó la base del cráneo? ¡Qué tengo yo que ver con eso! ¡Si cada uno cumpliera con su obligación! Bastante castigo tengo con no haber visto la corrida. (59-60)

La mención del torero Fermín Espinosa Saucedo (1911-1978) conocido con el sobrenombre de Armilla o Armillita es una segunda pista que nos ubica en el periodo estudiado, pues Armilla toreó hasta los cincuenta (Musacchio 1: 908).

Junto con los toros, el fútbol resurgió como otra forma de divertimiento popular promovida por las autoridades. En 1946 se inauguró el estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes. El recinto incluye la primera cancha -en el Distrito Federal- con tribunas de concreto. El parque de Oblatos empieza a funcionar en Guadalajara: segunda ciudad a nivel nacional. La actual Federación Mexicana de Fútbol es fundada en 1948. Dos años más tarde, México asistió a la Copa del Mundo en Brasil: la selección nacional pierde ante Brasil 4-0; con Yugoslavia 4-1 y con Suiza 2-1 (Musacchio 1: 1045). Aub describe el apego del mexicano al fútbol como un hecho generado por el gobierno. Recurre al empleo del lenguaje popular con el fin de retratar el efecto enajenante en las capas destituidas económica y culturalmente:

¡SI EL GOL ESTABA hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado… ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda allí a chutar como Dios manda. (47)

MATAR A DIOS sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbol: ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar. (55-56)

POR MUCHO QUE FUESE mi tía María… A mí nadie me encierra en casa cuando les prometí a mis cuates que iría a jugar con ellos. Y andimás cuando no tienen ningún delantero centro como yo… (87)

EL BALÓN era mío y muy mío. La navaja, no. Pero de lo que se trataba era del balón. (86)

Debemos asentar que el contexto de Crímenes ejemplares reproduce la realidad y huella del alemanismo en la ciudad de México, cuyos habitantes se encuentran aún atrapados en un estilo de vida generado por la evolución del capitalismo. En contraposición a la pobreza material de los personajes obreros, la aparición de personajes de las clases media y alta apunta el privilegio creado por el sistema priísta.

Este ensayo confirma el talento de Max Aub, cuentista universal, que recurrió a la alegoría histórica para crear una narrativa sin precedente en las letras hispanoamericanas. Los “crímenes mexicanos” verifican la posición política del autor, quien y gracias a su capacidad intelectual escribió una obra que contiene una versión excepcional de la situación mexicana.

 

Notas:

[1] Los antecedentes oficiales del PRI se remontan a la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) promovido por el Gral. Plutarco Elías Calles en la Convención de Querétaro del 1º al 4 de marzo de 1929. La intención de Calles fue la unificación de las fuerzas revolucionarias. El Partido de la Revolución Mexicana (PRM) nace el 1º de abril de 1938 (Diccionario Porrúa. Historia, biografía y geografía de México 3: 2211-212).

[2] Término usado en México para denominar la práctica sindical corrupta que fue entronizada con la imposición del líder sindical Jesús Díaz de León: gran aficionado del espectáculo y deporte de la charrería.

[3] En una carta del 14 de septiembre de 1961, dirigida a Octavio Paz, Aub resume el trato irreverente por parte del sector político: “Ví al Presidente el 28 del mes pasado. Para mayor claridad te diré que desde Inglaterra llevo barba, una barba discreta, sin bigote. Más o menos la entrevista puede resumirse así:

   -¿Es usted alguien disfrazado de Max Aub?

   -Sí señor Presidente.

   -¿No le han sonado los oídos?

   -No señor Presidente.

   -El Dr. Morones Prieto y yo estuvimos hablando mucho de usted.

   -Ya lo sé. Hablé con el señor Tello. Faltan algunos detalles. Ahora usted dirá señor Presidente.

   -Por de pronto se me quita usted esa barba.

   -¿Es una órden? (sic)

   -Definitiva.

   Me llevó aparte.

   -Ya ha visto usted señor Presidente que día sí día no me mientan la madre.

   -Sí. No se preocupe, es una campaña pagada y yo sé por quién. No haga usted caso. Siga adelante [. . .]

[4] David Felipe Arranz Lago en su conferencia del Congreso Internacional Max Aub: Testigo del Siglo XX, determinó que “la respuesta de Aub es el juego lingüístico subversivo, la ironía su forma y es precisamente esta concepción lúdica de la escritura la que le ha reservado un lugar en el podio de los escritores renovadores. En realidad se trata de una combinación magistral de dos elementos: la ironía lingüística y la presuposición. Según María Ángeles Torres Sánchez, es el encuentro de estos dos recursos discursivos cuando se descubre el ingenio del hablante: Normalmente, tanto los enunciados críticos como los humorísticos tiene una característica comunicativa básica común: producir una ruptura de las expectativas del receptor, y este primer desconcierto es el que obliga a hacer inferencias encaminadas a esclarecer la intencionalidad que ha llevado al hablante a actuar con esa aparente incoherencia en tal contexto, y a descubrir el sentido pertinente del mensaje” (3). Ver bibliografía.

[5] Para mayor información, véase el prólogo de Enrico Mario Santí en la edición citada del Laberinto de la soledad.

[6] Parece ser que la relación de Aub con Ramos fue sólo académica. En una carta fechada a 2 de junio de 1949, Aub solicita a Rodolfo Usigli su intercesión: “Dos palabras para rogarte que le escribas a vuelta de correo a Samuel Ramos, pidiéndole una licencia de 4 meses, ya que es la única manera de que yo pueda cobrar el importe de las lecciones que empiezo a dar en la Facultad”.

[7] La inauguración de la megabiblioteca “José Vasconcelos”, el 16 de mayo de 2006, en la ciudad de México, confirma esta realidad.

[8] Según el Diccionario de Mejicanismos, de Santamaría, chilango proviene del vocablo maya xilaan que significa pelo revuelto o encrespado. Además, es el apodo distintivo del habitante de la ciudad de México, en especial el pelado (971).

[9] Sanz Álvarez aporta testimonios de Aub que facilitan la apreciación de Crímenes ejemplares. “Es decir, que entonces la mayoría de los microcuentos -si no todos- son mexicanos; donde, por otra parte, la concepción de la vida humana tiene otro sentido a la concepción europea, pues se le da menor importancia (por un “quítame allá esas pajas” se puede acabar con la vida de otro). Esto lo apuntaba Aub en sus Notas mexicanas donde decía que en México “pierde importancia la muerte”. Aunque, por supuesto, en cualquier lugar del mundo hay asesinos y no se diferencian mucho unos de otros. De hecho, tan sólo hay dos o tres cuentos que pueden ser españoles, los demás se ve claro tanto por los giros lingüísticos como por el contenido que son mexicanos. Precisamente ese desprecio por la vida que tiene el mexicano quizá sea debido a la inseguridad de su país [. . .] (256).

[10] La sinopsis y el comentario provienen de “Más de cien años de cine mexicano” (1996), de Maximiliano Maza. http://cinemexicano.mty.itesm.mx/peliculas/esquina.html.

[11] La edición de 1972 alterna fotografías que ilustran la dinámica social de un país de contrastes económicos

[12] Véase “Más de cien años de cine mexicano”.

[13] María Elvira Bermúdez prologó la antología Los mejores cuentos policiacos mexicanos. México: Biblioteca Mínima Mexicana, vol 15., 1955 (Leal, Breve 122).

[14] La información procede de “Más de cien años de cine mexicano”.

[15] El manuscrito muestra muchas correcciones efectuadas con bolígrafo.

[16] Palabra que se usa en México para referirse a los homosexuales.

[17] En las cartas inéditas de Max Aub y los escritores de México, localizadas en el Archivo-Biblioteca de la Fundación Max Aub, encontramos una extensa correspondencia, con fechas de 1944 a 1966, entre Max Aub y Rodolfo Usigli. Varias de éstas contienen valiosos comentarios acerca del teatro en México y la obra de Usigli.

[18] Celestino Gorostiza fue una excepción. Puso en escena y dirigió La vida conyugal, de Aub. El estreno fue el 2 de septiembre de 1944 en la ciudad de México (Diarios 13).

 

BIBLIOGRAFÍA

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© Juan Carlos Hernández Cuevas 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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