Una aproximación a Cuando era muchacho
de José Santos González Vera

Roberto Angel G. 1

rangel@uc.cl
Pontificia Universidad Católica de Chile


 

   
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Resumen: Análisis de la obra Cuando era muchacho del chileno José Santos González Vera (1897-1979). El autor, tal vez sin pretender ir más allá del hecho narrado logra, sin embargo, dar un ejemplo de alta actitud cívica y, por medio de sus anécdotas, procurarnos una nueva imagen de la idea de nación.
Palabras clave: José Santos González Vera, narrativa chilena xx

 

“Uno de los chilenos más cargados de chilenidad en sus temas y, a la vez, uno de los chilenos más liberados del espíritu y de las letra locales…Tengo en alta virtud como un servicio civil, de alta civilidad. A la Patria se la sirve de varias maneras, menos con el modo adulador e infantil del chovinista ‘convencionanciero’. González Vera siempre tuvo la náusea del halagador de multitudes.”
          Gabriela Mistral.

 

El epígrafe de Gabriela Mistral nos da algunas pistas para hallar las claves de la escritura de González Vera. Provee dos entradas con respecto al escritor; por un lado, lo sitúa como chileno en cuanto a su tema y en pugna espiritual con las letras locales. Por otro lado, desvela la mayor virtud del escritor González Vera: “Tengo en alta virtud como un servicio civil, de alta civilidad. A la Patria se la sirve de varias maneras, menos con el modo adulador e infantil del chovinista ‘convencionanciero’”. Lo último permite inscribir, al menos problemáticamente, a González Vera en una tradición donde la literatura-ensayo-nación impera en la literatura nacional, desde el discurso inaugural de Andrés Bello (1843). Bello inscribe a los poetas o literatos en el imaginario de la nación y les da como tarea principal de su quehacer relatarla. Esta tríada es, además, central para poder justificar cualquier lectura fuerte del ensayo chileno de fines del siglo XIX y principios del XX. Lo más caro de González Vera, para Gabriela Mistral, es la fuerte tensión cívica de los escritos del autor. Por tanto, para Mistral, hay una identificación notoria entre el escritor y la Patria. Para comprender esta identificación, habría que llevar a cabo una lectura de Cuando era muchacho, considerando que la memoria actúa desde un doble dispositivo y de esta forma transita desde el narrador autobiográfico y sus recuerdos hacia un discurso mayor, llamado Patria o nación. De esta forma, el texto se distancia de las retóricas comunes para definir a la patria, pero por otro lado se repliega en ella.

La pregunta que guía el proceso de identificación del narrador es sencilla, pero a nosotros, sujetos post-modernos, puede que nos provoque desazón, escepticismo, desgano, sospecha o zozobra: ¿Dónde está el alma, la Patria? [2]

Esta pregunta tiene que ver con las decisiones del muchacho. Es su guía y fuente de búsqueda. La primera página del texto parte con un González Vera remembrante, quien recuerda a su madre, quien le enseña las primeras letras y que es su primera alma. Después se identifica con el padre, el cual, a pesar de su lejanía, no deja de producir en el niño cierta admiración e incluso sus primeras adherencias ideológicas se deben a la relación bastante compleja que establece con él. De esta relación, por lo menos hay dos rasgos que lo acompañaran el resto de su vida: el primero es el “anarquismo”, del cual escucha [3] al padre y para acercarse a éste se prenda de esta palabra, y lo segundo es su actitud laica frente a la religión. Tanto su anarquismo como su escepticismo religioso se refugian en un lugar que él identifica como su alma, la cual después actúa y ejerce juicios de discernimiento: un ejemplo de esto es su ingreso a un colegio religioso, para luego marcharse presuroso de ahí, puesto que le “falta” alma. Ésta se amplía y no acontece a ella un subordinarse a las costumbres sociales. Él procura buscarla en la naturaleza o personajes que lo circundan. Así, a su llegada a Santiago, recorre a pie el barrio y de ahí éste se impregna en su alma, para así rechazarlo o aceptarlo. Conforme el muchacho crece y gana en experiencia, su precaria y mínima existencia lo lleva a transitar en diversos trabajos, sin perder en ningún momento su pequeña “libertad” [4] y retratando en la fisonomía de los rostros aquello que se denomina carácter o alma. A medida que el texto avanza se establece una empatía entre el protagonista y una serie de personas en general: anarquistas, trabajadores, bohemios, escritores y la federación de estudiantes. El narrador termina constituyéndose en un cronista de su convulsionada época, la cual, al igual que su prosa, se fuga de convenciones medias, lo que permite una construcción híbrida [5], ya que Cuando era Muchacho no puede considerarse de forma exclusiva dentro de un género literario específico. La ciudad de Santiago está cambiando su fisonomía y la escritura del narrador es fiel, pero a la vez pálida reverberación de ésta.

El narrador, ávido de conocimientos producto de su formación autónoma, procura diversos encuentros con personas de distintos ámbitos sociales; por ejemplo con la ilustrada Gabriela Mistral; con zapateros anarquistas que frecuenta en las reuniones del “Centro Francisco Ferrer”, los cuales después fueron sus empleadores y sus maestros de lecturas; con gente de abolengo, como el poeta Juan Egaña o Miguel Luis Rocuant; así su formación está en deuda con la amistad de todos ellos. El contacto con el maduro Atria provoca una lectura sistemática en la Biblioteca Nacional, las cuales se mezclan con las lecciones orales recibidas de este Santiago que conllevaba las primeras ideas anarquistas, socialistas, radicales, conservadoras [6]. Estas ideas que pululan por Santiago tienen que ver principalmente con una transmisión oral. De ahí su asombro por la capacidad de los declamadores, de los cuales quedaba hechizado, lo que provoca su adhesión al pasquín de la literatura anarquista en la revista “Claridad”. Su formación diversa es producto de esta serie de encuentros. Así, la pequeña libertad de González Vera va sufriendo un ensanchamiento, conformando una memoria social regida por una serie de ideas que le permiten formarse una opinión bastante poco corriente de Patria.

Con respecto a la Patria, su formación autodidacta no le impide una actitud crítica hacia ella, que se ve reflejada en la actitud que tiene hacia los otros y que se vuelve más severa consigo mismo. El “hombrecillo” que se le aparece hasta los quince años cada vez que se sale la “bestia” es señal de ello. Cuando es mayor, algo parecido a la conciencia es lo que le nace en el inventario de la casa de remates, la cual no permite que se robe un cortaplumas y se resigne diciendo: “La honradez es una forma de sacrificio.” (130). Es más, es la crítica la cual lo estimula a ir un poco más allá de la opinión común y lo lleva a tratar con personas de distinta clase social, lo que conlleva a que se introduzca poco a poco en el círculo literario de la época, donde la literatura transitaba en medio de una ideología mayor (la Patria). González Vera se ve afectado por esta construcción de la Patria, forjando expectativas con respecto a una utopía que construya una futura realidad. A pesar de las adversidades y las distintas corrientes ideológicas de su tiempo, se vincula con lo más granado de la época intelectual, lo cual le permite involucrarse en una construcción del discurso nación.

González Vera presenta una crónica sosegada. Lo verosímil de su anécdota, en la cual no hay proclamas, sino gestos mínimos, como alguna frase acerca de cómo se comporta el hombre en determinados ámbitos sociales, tiende a la simplicidad y no al barroco, resultando una prosa ligera, fina y no exenta de humor como a su vez de comprensión. Se produce una distancia del hecho con el afecto, que deja de lado cualquier romanticismo o moralidad de la prosa y que lo acerca a una narración escéptica. Esto conlleva que su discurso, encabalgado por medio de su memoria, sirva para la reconstrucción de la nación, el cual aparece desligado de “tópicos comunes”, articulando en el imaginario, a través de los recuerdos, otra noción de Patria. González Vera pretende dar cuenta de ésta por medio de la memoria.

Todo el relato no tiene un eje propio, puesto que el mismo González Vera, habiendo publicado en la revista “Babel” dos o tres narraciones que se incluyeron finalmente en Cuando era Muchacho, señala que varios lectores creyeron que se trataba de las partes de un libro, ante lo cual González Vera se dejó ganar por esta creencia. De ahí el relato se convierte en ensayo y se produce el traspaso desde una memoria individual a una social. Así, no hay una continuidad o trama con respecto a los capítulos. La novela parece entregarse a un relato mínimo, donde la memoria del narrador va acopiando ciertos hechos, los cuales dan la impresión de constituir su vida de muchacho, por medio de anécdotas cuya síntesis es el título de cada capítulo.

Se suma la renuncia al sentimentalismo con los hechos relatados, lo que debilita la posibilidad de una lectura masiva [7]. Hay pocas gestas afectivas, pero mucha empatía con ciertos hechos o personas. No hay una memoria de la emotividad o afectividad, esta memoria no cohabita con los lugares comunes de la remembranza y no se carga de juicios morales. El narrador guarda una distancia con los hechos, no parece atribuir a éstos algún grado de comprensión, un estado de juicio o alguna relativa importancia. Si los hechos escapan a su comprensión, no parece afectarle. De esta forma, la escritura está enlazada por medio de un yo endeble [8], que actúa como el único elemento articulador de los relatos, por medio del cual la única función de la memoria es el simple gesto de “relatar anécdotas”. Este yo endeble es el garante de la experiencia de la anécdota, el cual anuda la triada experiencia-escritura-autor.

Finalmente, el análisis de Cuando era Muchacho pretende dar cuenta de gestos mínimos que predominan en los relatos del libro y cómo éstos reconstruyen otro discurso minoritario con respecto a un discurso mayor del imaginario de Patria. Es extraño, pero los relatos de González Vera, si bien parecen simples historias o anécdotas sin importancia más allá de ellas, éstos, sin embargo, parecieran forjar en sus líneas una idea más fuerte de Patria que los tradicionales escritos que buscan una identificación ideológica. González Vera, tal vez sin pretender ir más allá del hecho narrado logra, sin embargo, dar un ejemplo de alta actitud cívica y, por medio de sus anécdotas, procurarnos una nueva imagen de la idea de nación.

 

Notas

[1] Roberto Angel. Ingeniero Civil de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente cursa el grado de Magíster en Letras Mención Literatura, en la casa de estudios antes mencionada. Ha participado en diversos Congresos de Literatura Hispanoamericana, miembro de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios (SOCHEL) y autor de diversos artículos publicados en destacadas revistas nacionales e internacionales.

[2] Solamente para este trabajo esta asociación es válida, ya que el alma estaría inscrita dentro del imaginario de la Patria.

[3] La escucha de González Vera es muy singular. Al parecer, su primera escucha tiene que ver con la del hechizado o fascinado por ciertos mitos percibidos de oídas. No es una escucha atenta sino azarosa, es decir, más relacionada con la oralidad. La segunda operación que realiza el narrador una vez sintomatizada la escucha, es la contraposición de esta enseñanza con el habla oficial, entendiéndose en esto las creencias, las costumbres, las reglas.

[4] Por pequeña “libertad” entiendo varias cosas: la primera es su deseo de conocer, saber, vivir, relatar experiencias nuevas. La segunda son las renuncias provisionales a los diversos oficios donde ejerce el lado activo de su libertad.

[5] Existe un vacío de poder, que actúa como una nueva conciencia social, pero a la vez permite nuevos formatos o estructuras literarias que corresponden a este vacío de poder.

[6] Es el nacimiento de la clase media, pero también de la clase obrera, la cual, dada su aciaga situación, estimula afectivamente al narrador en su proceso de toma de conciencia. Las ideas conservadoras, por otro lado, comienzan a encontrarse con un movimiento social más complejo y empiezan a radicalizarse. Todas estas diferentes conciencias sociales conllevan a un imaginario social compartido, que confluye en la idea de Patria.

[7] “Por la saludable sequedad de su lengua y por su repugnancia del lugar común y del sentimentalismo sacarino de nosotros, González Vera fue desde sus primeras páginas un prosista no destinado a la popularidad y eso sigue siendo todavía.” (Mistral).

[8] Con un “yo endeble” me refiero a un uso del yo que predomina en el relato, pero de forma débil. El yo no es el protagonista, sino es sólo un narrador secundario con respecto a los hechos.

 

Bibliografía

González Vera, José Santos. Cuando era muchacho. Chile: Nascimento, 1951.

 

© Roberto Angel G. 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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