Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Rafael Alarcón Sierra (Ed.)

«No ha mucho tiempo que vivía...»
De 2005 a Don Quijote

   

 

José Palomares
IES Cañada de las Fuentes (Quesada)

Con motivo del cuatricentenario de la Primera Parte del Quijote, el grupo de investigación «Estudios de Literatura Hispánica» (HUM780) organizó en la Universidad de Jaén unas jornadas conmemorativas, cuyas actas se recogen en el presente volumen, estructurado en dos partes.

La primera sección (Cervantes y Don Quijote. Vida y Literatura) se abre con la ponencia de Cristóbal Cuevas «Cervantes y la felicidad como utopía». Defiende aquí el profesor Cuevas que el temperamento melancólico adusto de Cervantes casa bien con una filosofía pesimista. No obstante, su melancolía es más bien una actitud cultural y estética en la que “la felicidad terrena es pura utopía”. La dicha, pues, sólo es posible en el futuro (la salvación escatológica) o en el pasado (la Edad Dorada), nunca en el presente. En este sentido, el mito de la Edad de Oro consoló el espíritu cervantino, sus angustias y pesares, con los ideales de paz, armonía y concordia, presentes, por lo demás, en todas las religiones antiguas. Pero siempre se trata, al decir de Cristóbal Cuevas, de una felicidad utópica en el tiempo presente.

Antonio Rey Hazas («Vida y literatura en Cervantes, el Quijote y el Persiles») mantiene que el cautiverio de Cervantes en Argel -cuyas variopintas interpretaciones (Combet, Rossi) son puestas en cuarentena- propiciará que vida y literatura intercambien los papeles en su obra. Por otro lado, del Quijote estudia lo que él llama poética de la libertad, de motivación biográfica y cultural, ética y estética, aspectos ya reivindicados en su día por Luis Rosales. Además, esa libertad es también literaria “a despecho de las limitaciones previas que libros de caballerías y novelas picarescas imponían a sus héroes y antihéroes”. Se trata de una libertad inextricablemente unida al perspectivismo o relativismo de lo real, que, como recuerda Rey Hazas, también afecta a la propia prosa cervantina. De otra parte, la simbiosis -si no sinergia- vida / literatura será total en la Segunda Parte, cuando don Quijote se sepa leído, del mismo modo que Persiles y Sigismunda se sabrán contemplados en el lienzo grande que manda pintar Periandro -con lo que el binomio sería ahora vida / arte-. En cuanto al Persiles, señala que la peregrinación religiosa de los protagonistas se armoniza perfectamente con la esperanza cervantina de eternidad. Al mismo tiempo, como señala Rey Hazas, en el Persiles la literatura crea la vida gracias a la verosimilitud. Por último, ejemplifica también aquí la citada poética de la libertad y destaca la visión dual que Cervantes ofrecerá de Roma: santa, sí, mas también pecadora.

Juan Carlos Rodríguez («El escritor que compró su propio libro: lectura del Quijote»), a partir de su libro homónimo (El escritor que compró su propio libro. Para leer el Quijote), se plantea una serie de interrogantes: “de qué hablamos cuando hablamos del Quijote y cómo nos enseñaron a leer el Quijote”. Señala cómo la escritura misma se convierte en protagonista de la Segunda Parte, auténtico juego de espejos con la Primera. Del escritor nos dice que Cervantes tenía como única salida al público y al mercado (el desocupado lector), un mercado que crea la figura de autor / propietario de lo escrito, de ahí que el plagio avellanesco devenga robo literario. Para J. C. Rodríguez (como para Borges), la concepción romántica de don Quijote como la idealidad y Sancho como la realidad resulta hoy incomprensible e inaceptable. Ambos son tan reales como la vida misma; reales y libres, aunque con las limitaciones propias del mercado y la realidad. Sólo una matización a su artículo: lo que J. C. Rodríguez considera “cuento chino”, vale decir, la presunta carta del Emperador de China, parece esconder una realidad cuyo contexto bosqueja José María Bellido en un trabajo rebosante de erudición («Cervantes y Confucio», en prensa).

Santiago Fabregat Barrios («Realidad y ficción en la ‘caballería’ española de los siglos XVI y XVII: caballeros andantes, cortesanos y aventureros en el Quijote») comienza señalando que, aunque los motivos caballerescos son parodiados en la obra, suelen echarse en el olvido los referentes vivos (desechados ya, acaso con razón, por Menéndez Pidal). En este sentido, F. Barrios se pregunta por la vigencia de tales modelos en el tiempo histórico del Quijote. Repasa así algunos espectáculos caballerescos como la justa y el torneo, junto con los elementos parateatrales y humorísticos con que se fueron adornando a lo largo del siglo XVI. Pues bien, toda esa realidad caballeresca se vuelca en la obra cervantina en tres tipos distintos de caballeros: los caballeros andantes, los aventureros y los cortesanos, cuyos rasgos esenciales estudia con tino F. Barrios.

José Julio Martín Romero («Intertextualidad y humor paródico en el Quijote de 1605. La aventura del vizcaíno») señala cómo en la batalla entre don Quijote y Sancho de Azpetia puede observarse la presencia intertextual y paródica de los libros de caballerías. Así, la narración del combate sigue de cerca los relatos caballerescos de lides singulares. Ahora bien, la parodia estriba en que la lucha se cuenta como espantosa a pesar de que Cervantes la despacha con solo tres golpes. Asimismo, el léxico empleado en la narración es deudor del que puede comprobarse en otros textos caballerescos (y, añadimos nosotros, en algunas batallas de las Décadas de Tito Livio). En definitiva, lo imitado aquí es la propia narración caballeresca, de suerte que «en aquella época [un lector] todavía era capaz de captar la ironía y la parodia del texto cervantino al compararlo mentalmente con las conocidísimas descripciones de batallas de estos libros».

Florencio Sevilla Arroyo («El texto del Quijote: opciones críticas») señala que tanto el «libre y caprichoso ‘correctismo’» como el «respeto ‘cervántico’» aplicados a la princeps resultan hoy inapropiados ecdóticamente. Como sabemos, la cadena de montaje de un libro áureo interponía todo un «rosario de manipulaciones» desde la imprenta al lector. La textual bibliography ha supuesto un aporta valiosísimo en este sentido, pero no la panacea filológica, como ha querido Rico, cuya metodología crítica ataca el profesor Sevilla Arroyo, quien legitima la princeps como texto base para una edición crítica rigurosa.

Mª. Dolores Rincón González («Literatura neolatina en tiempos de Cervantes») comienza señalando la ausencia de estudios de conjunto sobre las interrelaciones entre la producción neolatina y romance. Comenta la naturaleza osmótica de lo latino y lo vernáculo: si El Licenciado Vidriera se conoció en Alemania gracias a la traducción latina de K. Ens (1631), Lope de Vega leyó la Franciada de Ronsard en el neolatín de Dorat (un proceso distinto seguiría La Celestina, que el lector alemán, contrariamente a lo dicho por la profesora Rincón, podía leer ya en su lengua nativa desde la traducción de Cristóforo Wirsung (1520), una centuria anterior a la versión neolatina de K. von Barth). En cuanto a la literatura neolatina, destaca aspectos como el influjo de las retóricas latinas sobre la producción vernácula, la influencia del diálogo humanístico en la novela, y el interés de otros géneros en prosa como la epistolografía (opuesta a las artes dictaminis medievales), la historiografía, los repertorios eruditos, los refranes. De otra parte, la profesora Rincón incide también en géneros poéticos como la égloga. Por último, la autora se centra en la traducción latina del Quijote, tanto la macarrónica de Ignacio Calvo como la espléndida de Antonio Peral Torres.

La segunda parte del libro (Don Quijote después de Cervantes) se abre con un artículo del profesor Dámaso Chicharro («La prolongación cervantina en el siglo XVIII español: Donato de Arenzana y su Don Quijote de la Manchuela»). El profesor Chicharro principia su artículo comentando el sentido irónico de la obra del presbítero sevillano, para quien La Manchuela no es sino el símbolo de toda España, de todo un problema nacional (el atraso y la incultura). Seguidamente, inserta esta novela en el contexto del cervantismo y quijotismo dieciochescos. En este sentido, comenta brevemente la nómina de imitaciones quijotescas en España, cuyas características comunes serían la falta de uniformidad ideológica, el predominio de la lección sobre la lectura, «o sea, el prodesse sobre el delectare» y una defensa férrea del inmovilismo social -no otra cosa, concluye el autor, era el quijotismo «o vanidad infame/ de no vivir contento/ con su destino nadie» (Bernardo de Quirós al canto)-. La segunda parte del artículo se centra ya en la obra literaria de Donato de Arenzana, con especial atención a su Don Quijote de la Manchuela (1767), encendido alegato contra los sistemas educativos del momento, absolutamente inútiles e inanes. Así, se destacan aspectos como la burla, mediatización y gobierno del lector, la estética deformadora de las descripciones o la defensa apasionada del español que se hace en la obra.

Rafael Alarcón Sierra («El Quijote modernista (Unamuno, Maeztu, Azorín)») señala cómo la gente nueva hizo de don Quijote un «símbolo del vitalismo irracionalista propio del modernismo». En este sentido, se centra en el influjo que ejerció sobre Unamuno, Maeztu y Azorín. El primero, comenta el profesor Alarcón, hizo de don Quijote no sólo un símbolo contradictorio, mesiánico, sino también un alter ego («Este donquijotesco/ don Miguel de Unamuno…», cantará Antonio Machado). Analiza la honda presencia en su obra, especialmente, claro está, en su Vida de Don Quijote y Sancho («autobiografía espiritual», en palabras de Azaña). Por su parte, Ramiro de Maeztu, inserto en la querella de viejos y jóvenes, ve el Quijote como un libro decadente, un «libro de viejos» propio de la España oficial y academicista, según postula en su conocida ensayo de 1926 Don Quijote, Don Juan y la Celestina, donde concluye que Cervantes prefirió consolarnos, en suma, «de nuestros desconsuelos limpiándonos la cabeza de ilusiones»). Por último, Azorín practica con los clásicos en general y con Cervantes en particular lo que Ortega llamó sinfronismo, esto es, «la coincidencia de sensibilidad, pensamiento y estilo de Azorín con los escritores objeto de sus lecturas». De otra parte, para Azorín, el paisaje y el paisanaje manchegos son claves de lectura fundamentales para entender el Quijote (no otra cosa persigue La ruta de don Quijote). Y es que, al cabo, la interpretación azoriniana del Quijote es emocional, «psicológica, realista» (Con permiso de los cervantistas) -interpretación que él mismo relacionará con la de Heine-.

Gracia M. Morales Ortiz («La aventura quijotesca en la nueva narrativa hispanoamericana») habla de la cotidianeidad literaria y vital del Quijote en América Latina. Lo primero se verifica en la propia voz narrativa de los autores; lo segundo, en la hermandad de la figura de don Quijote con personajes históricos como el Ché Guevara y Simón Bolívar (el propio Unamuno publicó un texto titulado Don Quijote Bolívar). Por otra parte, la autora comenta que en el siglo XIX influye poderosamente en autores como Lizardi, Alberdi y Montalvo. Ya en el siglo XX, se centra en la influencia sobre autores como Darío, Borges, Bioy Casares, Roa Bastos y los más recientes Bryce Echenique y Carlos Fuentes. En todos encuentra una visión positiva de la locura y, emparentada con ella, de la utopía, concepto fundamental en la crítica hispanoamericana del siglo XX (véase La utopía de América de P. Henríquez Ureña). Así, la profesora Morales Ortiz comenta la fe en lo real maravilloso y el realismo mágico de los escritores latinoamericanos.

Carmelo Medina Casado («Traducciones del Quijote al inglés y su influencia en la novela inglesa») comienza su artículo incidiendo en la trascendencia del Quijote en Inglaterra ya desde la temprana traducción de Shelton en 1612. En una primera parte comenta las traducciones posteriores de John Phillips -sobrino de Milton- a fines del siglo XVII, de Peter Motteux, Charles Jarvis y Tobias Smollet en el XVIII, de Alexander J. Duffield, John Ormsby y Edward Watts en el siglo XIX, las de Putnam, Starkie, Burton y Cohen en el XX y las recientes de Rutherford y Crossman en lo que llevamos de siglo XXI. Ya en la segunda parte de su trabajo hace un recorrido por la influencia de la obra en la literatura inglesa. Tras citar a algunos autores dramáticos, con especial atención a Shakespeare -cuya lectura de la traducción inglesa de Shelton no discute-, el profesor Medina Casado señala su influjo en la poesía inglesa (Hudibras de Butler, Wordsworth, Coleridge, Shelley, Byron), el periodismo (Addison, Samuel Jonson) y, sobre todo, en la novela (Defoe, Swift, Sterne, Fielding, Smollet, Scott -si bien se echa en falta a Richardson-).

Para José Manuel Lucía Megías («El Quijote en imágenes: Un recorrido por la lectura coetánea») la historia de la ilustración del Quijote es la historia de la visión de la obra. Las primeras imágenes, dice el autor, representan el Quijote como un libro de entretenimiento e ilustran un repertorio de aventuras muy reducido y repetitivo. De otra parte, destaca el valor de los grabados para la llamada Teoría de la lectura coetánea. En este sentido, el análisis de los mismos admite tres perspectivas: la jerarquía iconográfica, el vínculo iconográfico y el lenguaje iconográfico. En una segunda parte, a partir de las ediciones ilustradas del Quijote durante los siglos XVII y XVIII (unas 150) el profesor Lucía Megías identifica cuatro modelos iconográficos, que analiza y comenta brevemente: el modelo holandés, que ilustra la obra como un libro de caballerías de entretenimiento, el francés, que creará un imaginario cortesano, el modelo inglés, que inaugura un nuevo ámbito de difusión: el libro de lujo, y el español, que persigue la fijación de un imaginario canónico, «una lectura, podríamos atrevernos a decir, científica».

Carlos Alvar («Don Quijote más allá de Cervantes») analiza esa nueva vida del caballero andante que se desarrolla fuera de la letra impresa de mano -o por obra- de los imitadores, que le nacieron apenas publicada la obra. En este sentido, se describe la utilización de don Quijote como referente ideológico de varia significación según la época y el lugar (desde el periódico Punch hasta los carteles de la izquierda antifascista en la Guerra Civil). En este sentido, el profesor Alvar estudia brevemente la presencia de don Quijote en diferentes espectáculos (teatro, música, ballet, ópera, comedia musical, circo, cine y otras manifestaciones culturales como el cartel publicitario).

 

Índice:

“’No ha mucho tiempo que vivía’... De 2005 a Don Quijote” (Introducción), Rafael Alarcón Sierra

I. Cervantes y Don Quijote. Vida y literatura

“Cervantes y la felicidad como utopía”, Cristóbal Cuevas (Universidad de Málaga); “Vida y literatura en Cervantes, el Quijote y el Persiles”, Antonio Rey Hazas (Universidad Autónoma de Madrid); “El escritor que compró su propio libro: lectura del Quijote”, Juan Carlos Rodríguez” (Universidad de Granada); “Realidad y ficción en la ‘caballería’ española de los siglos XVI y XVII: caballeros andantes, cortesanos y aventureros en el Quijote”, Santiago Fabregat Barrios (IES “Sierra Mágina”, Huelma); “Intertextualidad y humor paródico en el Quijote de 1605. La aventura del Vizcaíno”, José Julio Martín Romero (UJA); “El texto del Quijote: opciones críticas”, Florencio Sevilla Arroyo (Universidad Autónoma de Madrid); “Literatura neolatina en tiempos de Cervantes”, M.ª Dolores Rincón González (UJA).

II. Don Quijote después de Cervantes

II. 1. Presencias

“La prolongación cervantina en el siglo XVIII español”, Dámaso Chicharro (UJA); “El Quijote modernista (Unamuno, Maeztu, Azorín)”, Rafael Alarcón Sierra (UJA); “La aventura quijotesca en la nueva narrativa hispanoamericana”, Gracia M. Morales Ortiz (UJA); “Traducciones del Quijote al inglés y su influencia en la novela inglesa”, Carmelo Medina Casado (UJA).

II. 2. Iconografía

“El Quijote en imágenes: un recorrido por la lectura coetánea”, José Manuel Lucía Megías (Universidad Complutense de Madrid); “Don Quijote más allá de Cervantes”, Carlos Alvar (Universidad de Ginebra).

 

© José Palomares 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 200