La evolución de Virgilio y Horacio respecto al amor
vista a través del tópico de la enfermedad de amor en su obra

Manuel Cabello Pino

Universidad de Huelva
manuelcabellopino@hotmail.com


 

   
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Resumen: el presente artículo pretende mostrar cómo tanto Virgilio como Horacio sufren a lo largo de su vida una evolución ideológica y filosófica respecto al tema del amor como pasión enfermiza que les hace oscilar entre las dos concepciones imperantes en su época: la de los epicúreos de Lucrecio y la de los neotéricos de Catulo. Así mismo pretende demostrar cómo esa oscilación ideológica queda patente en su obra a través de la utilización del tópico de la enfermedad y de la visión más positiva o negativa de dicho tópico que se da en cada caso y momento.
Palabras clave: Virgilio, Horacio, enfermedad de amor, epicureismo, neotéricos.

 

Cuando a mediados del s. I a.C. Catulo introduce el tópico de la enfermedad de amor en la literatura amatoria latina, éste se expande rápidamente y los primeros en utilizarlo con cierta asiduidad en sus respectivas obras son dos de los poetas más grandes y más influyentes en toda la literatura occidental posterior hasta nuestros días, con lo que ambos contribuyeron en gran medida a la difusión del tópico tanto en la propia Roma como varios siglos más tarde en todo el Renacimiento Europeo. Estamos hablando de Virgilio y Horacio.

 

Virgilio

Ambos poetas pertenecen a la generación inmediatamente posterior a la de Catulo, con lo que cuando el mayor de ellos, Virgilio, llega a Roma, aquel ya había muerto. Pero el joven mantuano es acogido con entusiasmo por el resto de los “neotéricos” que todavía estaban en su máximo esplendor, de modo que en sus primeros años como poeta Virgilio se adhiere a su novedoso programa estético basado en la cultura poética alejandrina y recibe una gran influencia de sus representantes latinos, especialmente del ya fallecido Catulo. A esta época pertenecen las que se creen son sus primeras obras recogidas en el Apéndice Virgiliano.

Pero son las Bucólicas la primera obra de Virgilio en la que la enfermedad de amor tiene una presencia importante, sobre todo en la 2, en la que es Coridón quien la sufre, y en la 10 con Cornelio Galo padeciendo la locura del amor. Con esta obra introduce Virgilio en Roma el género pastoril, heredero de Teócrito con sus Idilios. Virgilio lo redefine y lo populariza en Roma creando una escuela que seguirán entre otros Calpurnio Sículo todavía en Roma y muchos siglos más tarde todos los autores que en la Edad Media y el Renacimiento recuperan este género. Y es éste uno de los aspectos en los que tiene Virgilio una importancia vital como transmisor y propagador del tópico, ya que es éste un género especialmente propicio a la aparición de la enfermedad de amor, al cantar las desventuras amatorias de pastores en un ambiente “idílico”.

Sin embargo, si ya hemos dicho que en la forma Virgilio es claramente influido por la poesía alejandrina y por Catulo, en el contenido, sobre todo en el de tema amoroso, el de Mantua se revela seguidor del epicureísmo de Lucrecio. Alrededor del 50 a.C., varios años antes de escribir sus Bucólicas, Virgilio se había sentido atraído por esta doctrina tras leer De rerum natura. Había decidido retirarse a Nápoles para recibir las enseñanzas del maestro epicúreo Sirón, pasando a formar parte de un grupo en el que también estaba Horacio. Virgilio aunque nunca se adscribió por completo a dicha filosofía, extrajo algunas enseñanzas y una de ellas, por influencia de Lucrecio, es la concepción de la pasión amorosa como una locura o enfermedad autodestructiva que hay que intentar evitar. En la Égloga 10 el protagonista hace referencia hasta cuatro veces (Verg. Ecl. 10. 22, 38, 44, 60) a su locura de amor además de hacer mención en la Égloga 29 al cruel amor. Y en la Égloga 2 Coridón tras contarnos lo mucho que ha sufrido por el pastor Alexis reflexiona finalmente (Verg. Ecl. 2. 69-73):

¡Ah! Coridón, Coridón, ¿qué locura se apoderó de ti? A medio podar tienes las vides sobre el frondoso olmo.
    ¿Por qué no, más bien, te preparas a lo menos algún objeto de los que el uso pide, tejiendo mimbres y flexibles junco? Otro Alexis encontrarás si te desdeña éste.

Sin embargo su concepción de la pasión amorosa se irá haciendo cada vez más negativa como podemos ver en la Geórgica 4, en la que Orfeo tras perder definitivamente a su amada Eurídice por no ser capaz de controlar “una locura repentina” motivada por su excesiva pasión y volverse para verla (Verg. G. 4. 508-511):

Cuentan que siete meses enteros y seguidos lloró él al pie de una aérea roca, cabe las riberas del Estrimón desierto y que en el fondo de heladas grutas dio a sus cuitas rienda suelta, amansando a los tigres y arrastrando con su canto a las encinas.

Hasta que finalmente esta loca pasión recibe su castigo con la muerte violenta de Orfeo a manos de las mujeres de los Cicones, celosas de ese amor imposible (Verg. G. 4. 523-527).

Pero es en su obra más madura y famosa, la Eneida, donde Virgilio da rienda suelta a todas sus reservas acerca de la pasión amorosa. En ella el de Mantua, siguiendo la tradición que había iniciado Eurípides con su Fedra de mostrar a la mujer como víctima de la pasión amorosa por ser “un ser más débil”. Virgilio dedica el libro cuarto entero a describir cómo es esa pasión que siente Dido por Eneas, los estragos que le provoca y, finalmente, las consecuencias desastrosas que resultan de ésta. Su enamoramiento al igual que el de las heroinas que la precedieron (Fedra en el Hipólito, Medea en Las Argonáuticas o Ariadna en Catulo 64) es comparado a una herida (Verg. A. 4. 1-2):

Mas la reina, hace tiempo el alma herida
del mal de amor, con sangre de sus venas
nutre su llaga, y en oculto fuego
consumiéndose va.

Y sufre múltiples síntomas de amor, como el insomnio causado por la inquietud (Verg. A. 4. 8), o las lágrimas (Verg. A. 4. 49) que ella misma reconoce como “las señales de la llama antigua”, para luego entrar en el estado de bacante o furens (Verg. A. 4. 101-112) inspirado por la locura de amor (Verg. A. 4. 131).

Al igual que sus predecesoras en la literatura griega la reina Dido considera una traición ceder a su pasión por Eneas (y en efecto es una traición hacia su patria) pero no puede evitar caer. Y también al igual que ellas su debilidad es castigada por los dioses con la ingratitud y el abandono del héroe. Y es que la pasión amorosa en la Antigüedad se consideraba un vicio, algo reprobable y, por ejemplo, ya Lucrecio atacaba a los poetas amatorios romanos contemporáneos suyos por “defenderla” en su poesía. Por eso parece contradictorio o cuando menos curioso que, como señala Betensky (1980: 295) sea precisamente la Dido de Virgilio, junto con el resto de los poetas amatorios romanos, una de las principales responsables de la revalorización del concepto de amor romántico y pasional que tiene lugar desde entonces hasta nuestros días. Y es que, como dijimos, Virgilio comparte las reservas hacia la pasión amorosa del epicureísmo lucreciano y éstas se reflejan en la historia de Dido y Eneas, donde Virgilio deja claro que para él la pasión es una violenta y peligrosa pestis que se acaba pagando con la muerte, como demuestra cuando dice “¡Primer día de muerte fue este día, causa de todo mal!” (Verg. A. 4. 247-48), refiriéndose al día en que Dido y Eneas ceden por primera vez a su pasión. La respuesta probablemente esté en que lo que impresionará a los lectores del libro cuarto de la Eneida será la forma de esa descripción de la enfermedad de amor de Dido, los límites que alcanza su locura, lo que es capaz de hacer por amor, antes que su mensaje ideológico de condena a esa pasión.

Así podemos ver como crea escuela ya incluso entre las generaciones inmediatamente posteriores, y su Dido es imitada por la Medea y la Biblis de Ovidio, la Medea de Valerio Flaco o por la Escila de Ciris, obra ésta que, aunque incluida en el Apéndice Virgiliano, hoy en día se piensa que es posterior a él y que está muy influida por el retrato de la enfermedad de amor de Dido. Pero en todas ellas se ha perdido ya el componente de ataque a la pasión amorosa que hace Virgilio, y los autores, por lo general, cuidan mucho de achacar la pasión amorosa de sus heroínas a un complot divino, quitándoles responsabilidad y ganando así la obra en romanticismo.

 

Horacio

También Horacio, al igual que Virgilio, tiene en su obra esa doble vertiente de seguidor por un lado del novedoso programa poético introducido en Roma por los neotéricos, y por el otro de la filosofía epicúrea y de lo que ésta opinaba sobre la pasión amorosa. Sin embargo la evolución del Venusino respecto a esa pasión parece ser la contraria a la de Virgilio. Mientras el de Mantua parece mostrar con el paso del tiempo una concepción cada vez más negativa del tema hasta llegar al auténtico alegato contra la pasión amorosa y los estragos que ésta causa que supone su Dido furens del capítulo IV de la Eneida, Horacio comienza su producción literaria con un género, el de las sátiras, que se basaba en el ataque por medio de la ridiculización de determinados temas o personas. Y uno de los temas contra los que Horacio carga de forma más violenta en ésta primera obra es contra la pasión amorosa propia de los neotéricos y de los elegíacos latinos (contemporáneos suyos), por considerarla causante de muchos males y sufrimientos que dan lugar a la enfermedad de amor.

Así podemos verlo en la Sátira 1. 2 en la que el autor habla sobre el problema que tanto preocupaba a Lucrecio en su discurso sobre el amor, esto es, el de la tendencia representada por esos poetas a enamorarse de matronas romanas y mantener con ellas relaciones extraconyugales. Pero Horacio, como siempre en su vida y obra, se muestra más moderado en su interpretación del epicureísmo que el autor de De rerum natura y no recomienda como éste recurrir a las meretrices para evitar la enfermedad de amor (ya que según Horacio éstas destruyen la buena fama de la persona), sino que encuentra un término medio entre éstas y la pasión de las matronas, peligrosa “pues te hace enloquecer” (96-97). Horacio pregunta al lector (109-110):

¿Crees que con estos versecillos puedes expulsar del pecho
dolores, abrasadora pasión y penosas cuitas?
¿No aprovecha más averiguar la medida que fija a
los deseos Natura: qué puede soportar, qué privación
le va a causar dolor; y así separar el grano de la paja?
Cuando a tu bocaza abrasa la sed, ¿buscas copa de oro?
¿Acaso hambriento rechazas todo salvo pavo y
rodaballo?. Cuando se te hinchan las ingles, si tuvieras
a mano esclava o esclavo doméstico en que descargar
tu ataque, ¿preferirías reventar de empinamiento?
Yo no: amo la Venus asequible y fácil. La del “más
tarde” o “necesito más dinero” o “si se va mi marido”
Filodemo dice que para los galos, para él la que no
se pone precio alto ni duda, cuando se le manda venir.

Horacio se refiere por supuesto a la segunda clase, a las libertas. Es exactamente la misma preocupación que muestra en la Sátira 2. 3, donde habla sobre todos los tipos de locura. Para él una de las peores es la del amante que llora “atormentado por el amor de una meretriz” (252-53) y pasa a describir en un pasaje realmente hilarante el comportamiento irracional que caracteriza al amante típico de los neotéricos y de la elegía latina (258-271):

Si ofreces fruta a un niño enrabietado, la rechaza.
‘¡Toma, chiquitín!’ Dice que no. No se la des, la querrá.
¿En qué difiere el amante desdeñado, al meditar
si ir o no adonde iba a volver sin ser llamado y pegarse
a odiada puerta? ‘¿No ir, ahora que me llama ella?
¿No sería mejor pensar en poner fin a mis dolores?
Me echó. Me llama. ¿Volveré? No, así me suplique’
Mira al esclavo, no poco más listo: ‘Oh amo, lo que
no tiene ni modo ni razón, no permite que se trate con
razón ni modo. En el amor los males son dos: guerra
y luego paz. Si uno se esforzara por reducir a norma
segura estas cosas inestables, casi como el tiempo, y
a merced del ciego azar, no las aclararía más que si
quisiera ser loco con método y procedimiento lógico.’

En esta primera etapa de su obra es cuando más predomina en Horacio la influencia del epicureísmo lucreciano, y por ello se encuentra más cerca de la filosofía que de la lírica. Otra parece su concepción más tarde cuando con los Epodos y sobre todo las Odas se inscribe de lleno en la poesía amatoria. Pero no es tan distinta esa concepción si la analizamos más detenidamente. En los Epodos Horacio, o su yo poético, nos cuenta a menudo que sufre por amor como en Epodos 14, donde el amor de Frine no le permite ni escribir (6-16):

        un dios, sí, un dios me prohibe
alcanzar el ombligo del rollo con este poema, estos yambos
        que empecé y te he prometido.
No de otro modo se cuenta que ardió por el samio Batilo
        Anacreonte el teyo: a veces
el metro en que llora su amor con la hueca tortuga no muestra
        la elaboración debida.
Tú, pobre, te quemas también y celebra tu suerte, pues no era
        más bello el fuego que a Ilión
asediada incendió; en cambio a mi una liberta me pierde, que es Frine,
        a quien no basto yo solo.

Sin embargo no hay en su obra una gran pasión al estilo de la Lesbia de Catulo o la Cintia de Propercio, sino que Horacio es inconstante y continuamente se enamora de distintas personas. El poema que mejor explica su concepción del amor es Epodos 11 donde retomando la idea de que el amor no le deja escribir versos dice (1-4):

        Ya, Petio, escribir como antes versillos
no me gusta, que herido por un grande amor estoy,
        Amor, que me inflama más que a ningún otro
o por muelles mancebos o por niñas.

Para continuar recordando su amor anterior por Inaquia y los síntomas de amor que por ella padeció, ante lo que siente vergüenza (7-24):

        ¡Ay de mí, vergüenza siento ante ello, cuánto
di en la ciudad que hablar! Me arrepiento de las fiestas
        en que delator el silencio lánguido
era de aquel amante que tan hondo suspiraba.
        “¡Que el sentir sincero del pobre no pueda
con el afán de lucro!” Quejábame así llorando
        frente a ti: el impúdico dios y el vino fuerte
con su valor hacíanme los secretos revelar.
        “¡Ah! ¡Si en mis entrañas pudiese la bilis
libre hervir y a los vientos echar los pobres remedios
        que a mí mal me ayudan, sin pudor dejara
de luchar con rivales a cuya altura no estoy!”
        Y cuando, tras estas serias reflexiones,
iba a casa, por ti despedido, mi inseguro
        pie contra una hostil puerta y duro umbral
tropezó y me rompí los lomos y las costillas.
        ahora enamorado me tiene Licisco
que en encantos de vencer a toda mujer se jacta;

Y terminar contándonos que ahora está enamorado de otra persona, Licisco. Pero el poeta deja claro que (25-28):

        De ahí los amigos no podrán librarme
con sus buenos consejos ni las más graves ofensas,
        sino un nuevo fuego de muchacha espléndida
o de bien torneado mozo que su pelo anude.

Por lo tanto, en este poema vemos como Horacio no lleva a gala su enfermedad de amor como Catulo o Propercio, sino que para él es algo digno de vergüenza, y además, al contrario que estos, no está dispuesto a sufrir eternamente por nadie y no tiene ningún reparo en enamorarse de una nueva persona y olvidar así a la anterior. Es la concepción horaciana del carpe diem que inunda toda su obra y que le lleva a querer disfrutar de todos los placeres de la vida (entre ellos por supuesto la pasión amorosa) pero sólo hasta el momento en que ésta se convierte en auténtico sufrimiento, ya que para él la vida es muy corta para desperdiciarla sufriendo en lugar de gozando. Por eso es Horacio uno de los poetas que más remedios propugna contra la enfermedad de amor, como por ejemplo la vida campestre (Hor. Epod. 2. 38-39), el vino (Hor. Carm. 2. 12. 1) o incluso sustituir la pasión que se convierte en sufrimiento por otra nueva como acabamos de ver en el Epodo 11.

Pero como decíamos al principio, la evolución de Horacio, al menos en su obra, al contrario que la de Virgilio, tiende a acercarse cada vez más al tipo de pasión enfermiza que propugnan los elegíacos. Así podemos verlo en su obra más tardía, las Odas, en las que es frecuente el uso de la terminología referida a la enfermedad de amor del poeta (Carm. 3. 10. 15), su locura (Carm. 1. 13. 11; 1. 25. 11; 1. 25. 14; 3. 15. 10; 3. 21. 3; 3. 27. 36) o a multitud de síntomas de amor repartidos por toda la obra.

Sin embargo, siempre se ha acusado a Horacio de ser un poeta muy artificial ya que no se le conocieron amores públicos. Esto nos hace pensar que en él el tópico de la enfermedad de amor no es más que mero artificio que Horacio utiliza a imitación de la moda elegíaca y, sobre todo, de sus admirados líricos arcaicos como Anacreonte, Alceo y, especialmente Safo, a cuya descripción de los signa amoris del famoso poema 31 parece homenajear en Carmenes 1. 13. 1-12:

        Cuando tú el rosado cuello
de Télefo alabas, ¡oh, Lidia!, y los brazos
        céreos de Télefo, en mi hígado
hierve dolorosa la bilis, mi mente
        se extravía, de color
cambio y unas gotas furtivas recorren
        mis mejillas demostrando
qué hondamente un fuego lento está abrasándome.
        Y me enardecen tus blancos
hombros lacerados por ebrias querellas
        o en tu labio la señal
visible del diente del furioso mozo.

En definitiva, ha quedado claro que tanto Virgilio como Horacio con sus respectivas obras se encuentran en un punto intermedio entre las dos corrientes opuestas que existían en su tiempo respecto a la pasión amorosa y sus efectos devastadores: la epicúrea y la neotérica. Como se ha constatado, ambos en su carrera fluctúan entre la condena de la pasión amorosa como sufrimiento que realiza Lucrecio, y la utilización profusa del tópico de la enfermedad de amor como máxima expresión del amor verdadero propia de la poesía amatoria de su época, representada en un principio por los neotéricos y que llevarán a su máxima expresión los elegíacos latinos: Tibulo, Propercio y Ovidio.

 

Bibliografía

Fuentes primarias

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Fuentes secundarias

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© Manuel Cabello Pino 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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