Escarceos policíacos en Madrid

Maria Sergia Steen

Assistant Professor
University of Colorado
msteen@uccs.edu


 

   
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Resumen: Análisis de la novela de A. Muñoz Molina Los misterios de Madrid desde la perspectiva de su protagonista, Lorencito Quesada. Su ausencia de Madrid durante años, le permite distanciarse y observar como testigo el desfile de ciertos acontecimientos un tanto ajenos a su formación, timidez y solera personal. Es un personaje que, como Don Quijote, se resiste a lo rutinario y se lanza a descubrir una verdad imaginaria.
Palabras clave: Antonio Muñoz Molina, novela policiaca, novela española contemporánea

 

Antonio Muñoz Molina describe las peripecias detectivescas de Lorencito Quesada, dándonos un recorrido por el Madrid de hoy en el que se incluyen calles, distritos y puntos fundamentales y distintivos de la capital de España, así como el conglomerado étnico actual y el ingrediente cultural religioso, en clave humorística.

La aventura de Quesada constituye su contribución al conocimiento de un crimen que se desarrolla por medio de peripecias entre jocosas y paródicas. El autor nos hace sentir la estratificación de ambientes y gentes que integran la sociedad madrileña. La ironía está presente, siempre tamizada por la mente de un personaje-narrador provinciano. Su ausencia de Madrid durante años, le permite distanciarse y observar como testigo el desfile de ciertos acontecimientos un tanto ajenos a su formación, timidez y solera personal. Es un personaje que, como Don Quijote, se resiste a lo rutinario y se lanza a descubrir una verdad imaginaria.

Se trata de aclarar la misteriosa desaparición de la reliquia máxima de Mágina mientras nos pasean por un Madrid con música de folletín, donde el autor afinca su realismo social y nacional. Su pesquisa queda dificultada ya que en la capital, según el narrador: “Nada ni nadie es lo que parece” (109). El comentario nos adentra en los postulados posmodernistas, más que apropiados, para desarrollar el mundo de apariencias en que se mueve el protagonista. Aguirre Romero, hablando de posmodernidad, nos dice que la cultura es el mundo simbólico, la capa que cubre nuestra naturaleza, filtrada por el lenguaje. (“La mujer descabezada”,1); así es como experimentamos nuestra naturaleza. Diríamos que nuestro detective viene del mundo natural y se adentra en el simbólico, el del ser sofisticado representado por Don Sebastián de Guadalimar y la Condesa de la Cueva, dueños de la imagen del Cristo de la Greña.

En Los misterios de Madrid, Lorencito Quesada se lanza a la gran cruzada de héroe al tratar de recuperar el robado Santo Cristo; empresa que le dará protagonismo como ciudadano de Mágina y reportero. El tema de la honra personal y el honor no son aquí tópicos literarios, sino estrategias para que Lorencito se mueva en la dirección marcada. Es decir, como proceso de conocimiento. Recurso que Lorca usa también en Yerma con el propósito de hacer de la protagonista un personaje trágico.

La novela desarrolla una trama de intriga en la que, según le dice el mismo autor a Jochen Heymann: “El detective, en realidad, es una cristalización de la figura del héroe, del héroe solitario, del Quijote” (“Simulacros de realidad: Antonio Muñoz Molina”, 106). De ahí que se preste a esos efectos humorísticos propios de un ser, cuya acción responde a una intencionalidad concebida por la mente del protagonista. Así entramos en el juego cervantino de apariencias, puesto que al final no hay logros.

La aventura durante tres semanas en Madrid, nos descubre una geografía detallada, propia de la técnica de Muñoz Molina; realismo elegido por él, para que saboreemos las incidencias y situaciones humorísticas, al mismo tiempo que refleja la vida ‘tal como es’. Hay que conocer Madrid y estar al tanto de la cuestión religiosa española y su culto externo, para poder percibir la intención del autor. Nos la da de su boca por medio de una entrevista con Maria Lourdes Cobo, en la que comenta: “La Constitución establece separación de Iglesia y Estado y en la Semana Santa salen los representantes del Gobierno en primera fila” (Los presentes pasados de Antonio Muñoz Molina,46-49).

En otra entrevista que le hace Javier Escudero, publicada en Letras Peninsulares ( Spring, 1994), nuestro autor se queja de que nadie ha entendido el propósito de la obra. “ Pero no creo haber tenido éxito porque la sátira que yo creía feroz fue entendida como un elogio y porque casi nadie se ha dado cuenta de que era un libro de risa”(286). Naturalmente que nos está hablando de la denuncia que hace de ese Madrid al que encuentra desconocido y del embrujo que experimenta Lorencito al adentrarse en el mundo simbólico. En el fondo, experimentamos la vida en su fase posmodernista como también lo hicimos en Beltenebros y El invierno en Lisboa.

De posmodernismo nos hablan Jean Baudrillard, Jean-Francois Lyotard, Linda Hutcheon y más, aunque en realidad no hay parámetros coincidentes entre todos, y que según Randolph D. Pope no pueden existir ya que el proceso es más bien de descentralización y continuamente haciéndose.

Posmodernista sería la imagen que Lorencito quiere proyectar de hombre honrado y excelente reportero, porque supondría querer emular, imitar, representar proezas que no le son propias a su carácter, sino hijas de su fantasía, copiadas. Son más bien valoraciones basadas en referencia al cine como irrealidad que suplanta una verdad y un sistema de valores, confeccionados por el lenguaje. Los personajes que encuentra tienen vidas dobles; son puros simulacros; viven de la mentira y arrastran a nuestro hombre hacia el descontrol de su círculo humano, su centro: todo aquello que el creía ser esencia de vida. Antonio Muñoz Molina le confiesa a Elizabeth Scarlett que si posmodernista significa posición de rebelión contra lo académico o asumir la actitud que uno quiera, sí. Pero añade: “Si posmodernidad implica irresponsabilidad moral y estética, entonces, no”( España contemporánea, 75).

La ingenuidad o falta de juicio del personaje para medir cuanto ocurre, produce humor ya que se adentra en situaciones sin éxito que el lector ya anticipa o intuye. El tema religioso surge constantemente en la historia y sirve para crear la causa de las aventuras y el humor existente, tanto en el lenguaje tópico que usa como en sus peripecias de aventura.

Querer alcanzar un destino excepcional por parte del protagonista, se fija desde un principio, puesto que cree encontrarse en el umbral de una inminente gloria periodística (Los misterios de Madrid, 11). Con esta motivación se deja llevar por los engaños de Don Sebastián de Guadalimar, consorte de la Condesa de la Cueva, ante el que se doblega con la intención de ser reconocido. Lorencito interpreta las acciones de los demás de forma personal, según le conviene, y cree que el hecho de que Don Sebastián lo llame por teléfono ‘tarde’, constituye signo de intimidad.

El lector va captando sus malos juicios y empieza a perfilar la imagen de este antihéroe. Contraponiéndose a sus fantasías está su realidad: Lorencito es dependiente de tejidos en “El Sistema Métrico”; lo ha sido por más de 30 años, y en ocasiones, reportero de Singladura. El personaje fue ya perfilado en el Jinete Polaco donde aparece a lo largo de la novela, aunque no se desarrolle (23). Solamente se menciona, pero no una vez sino muchas. Apunta a la existencia de un ser menor cuyo oficio es el de constatar hechos, sin más relevancia.

En Los misterios de Madrid, la hazaña de Lorencito consistirá en rescatar al Santo Cristo de la Greña, perteneciente al pueblo de Mágina por casi 400 años que, aparentemente, ha sido robada__tema que la conecta con La tabla de Flandes de Pérez Reverte. A la llamada telefónica de socorro del prócer, Don Sebastián, se presenta “pertrechado como un explorador”(Los misterios, 14) con atuendo y armas propias: la grabadora Sanyo y la pluma Bic. Enfrente del consorte de la Condesa de la Cueva, se abre incondicionalmente. Y antes de salir para Madrid, lugar de su misión, Don Sebastián ya le da una pista: han hallado en el lugar del robo el peluquín de Matías Antequera, hijo del pueblo de Mágina y autor de canciones como Soy de Mágina y Carnicerito torero. Del engaño en que lo sumerge Don Sebastián no se dará cuenta hasta el final.

Nuestro protagonista, aunque sorprendido de la acusación contra Matías, se alía con la nobleza y se muere de gusto de pensar que él pueda ser el hombre que devuelva la dignidad de la Semana Santa a su pueblo. Y es esa inocencia natural provinciana lo que nos hace reír y proseguir la farsa. En medio de todo, se nos expone el comportamiento de las cofradías, sus reyertas y envidias, cuestión social que el autor critica por creerlo opio al pueblo. (La situación del monopolio ejercido por las cofradías de Semana Santa, ya nos la contó Juan Bonilla en Nadie conoce a nadie). Al final del capítulo y en adelante en todos ellos, el narrador nos dice...continuará. Para dar mayor verisimilitud a la acusación contra Matías, se le atribuye una personalidad falsa: su nombre no es Marías Antequera, sino Matías Morales Taravilla, lleva peluquín y actúa en lugares poco nobles, distintos a la verdad divulgada.

Lorencito llega a la estación de Atocha de Madrid y allí comienza este disfraz de aventura, ya que no tiene ni idea de cómo llevar a cabo la recuperación de la imagen. Va a la pensión que se le ha indicado y ni las cosas ni la gente son como antes; como él las recordaba. Ahora hay chinos, africanos y gente de todo el mundo en la ciudad y la pensión del Rojo ya no huele a cocido madrileño. Allí precisamente se le envía la primera pista para guiarle hacia la búsqueda del Cristo: la uña implantada a la estatua, perteneciente al mártir de Mágina de tiempos del descubrimiento de América.

Lorencito equipara su honor interior con la percepción de sí mismo, de su físico y compostura en el espejo, y de su higiene personal. Por eso, se siente mermado, inseguro, al haberse echado en la cama con la ropa puesta. El narrador nos dice que: “Se sentía como un bohemio”(Los misterios, 40). Su imagen, su forma de ‘estar’, es básica para creerse apto o inepto en sus empresas. Continúa con referentes formados en su pueblo y en el mundo del cine. Poses de teléfono y alusiones a películas de Charles Heston y Sofia Loren, serán parte del marco que compone su norma de conducta y código de acción.

Por fin, logra hablar con Matías Antequera y éste le notifica que vaya con cuidado con la gente que le rodea, afirmándole que él es inocente. Al acecho de Lorencito hay un grupo de sicarios como son su mismo amigo Pepín, y los llamados Bocarrape y Bimbollo. Descubriremos más adelante que quieren atrapar a nuestro héroe y tirarlo desde el viaducto de Madrid junto a Matías Antequera, para culparles del robo de la imagen y podérsela vender a un anticuario. Se satiriza España 1992, La Olimpiada, La Expo, etc. La intriga continúa, y la intención se revela, cuando aparece Pepín, su paisano del pueblo, y Lorencito descubre que hay un complot contra él. Si no ¿cómo sabía Pepín que estaba hospedado en el Rojo? El azar lo lleva a la tienda de los peluquines y a saber que el dependiente está al tanto del asunto Matías.

Más tarde, su honra, su castidad, es atacada cuando va por la calle Montera y las mujeres de la noche mancillan su pureza (Los misterios, 64). Llegado a la Plaza de Benavente, conversa mentalmente con el autor español que significa algo así como: “ Si viera usted como estamos en su ciudad”.Pero cuando ve una rubia seductora, la sigue; le emergen deseos afrodisiacos con menoscabo del respeto a sí mismo. Sin embargo, él, muy humano, decide seguirla ‘a lo loco’. En realidad no tiene alternativa porque Bocarrape y Bimbollo lo persiguen y la rubia le proporciona la estratagema de escape. En compañía de la mujer se le rehace un tanto su compostura al confesarle ella que su amigo Matías no es un asesino, ella lo conoce, sino un ser muy decente, y porque Lorencito tiene ocasión de recibir el afecto de ella en un beso húmedo. La rubia lo atrae a su boca únicamente para protegerlo de los dos malhechores que lo venían siguiendo. Ella también tiene sus razones particulares para actuar como lo hace y que luego veremos.

Después del ataque sexual, se siente “como un degenerado” (Los misterios, 83). La camisa salida y el peluquín revuelto tras el encuentro, no responden a sus ideas de lo que es decencia. El contraste entre su canon y lo que va experimentando, le perturba en lo más hondo, especialmente porque sus sentidos se sienten halagados. Al paso le sale su paisano Pepín, quien le recuerda que “no todo van a ser novenas al Santísimo”( Los misterios, 87).

Continuamos con el itinerario de este hombre, que ya de por sí resulta ridículo, y presenciamos su entrada en un “sex-shop”. En una cabina una mujer despampanante lo mira e incita a insertar monedas para que pueda hacerle un “show” particular. No tiene tiempo de seguirla en el momento de su masturbación con artefactos mecánicos puesto que ha entrado a su cabida un oriental con ánimo de cargárselo. La secuencia de luces que aparece al echar las monedas, reaparecerá más tarde en la iglesia del Cristo de Medinacelli ; allí también usan la misma técnica para alumbrar las imágenes. Al establecer la comparación, Lorencito la califica de gran adelanto ya que insertando una moneda se enciende también una luz y no hay peligro de incendio. Claro que el propósito es diferente y Lorencito al ver la luz roja no puede evitar sonrojarse de vergüenza por su conexión con el sex-shop.

Después de la aventura y a altas horas de la madrugada, aterriza en la puerta de la iglesia del Cristo de Medinacelli; cansado, se queda dormido entre los mendigos. La llegada de un señor importante, seguido de sus guardaespaldas, nos brinda una escena quevedesca. Los mismos que le habían plantado cara, porque usurpó el puesto de un ‘habitual’, se doblegan ante la aparición de JD. El prócer al salir del coche les arroja monedas, comportándose como el dios a quien realmente deben pleitesía y reverencia: el dinero.

La parte folletinesca nos crea un simulacro de realidad vivido por el protagonista, al mismo tiempo que descubre situaciones de humor por la ingenuidad del personaje. Lorencito inventa sus propias fantasías y deseos de aventura, tratando de rescatar la estatua, así como Don Quijote revivía los libros de caballería-comentario que el autor hace a Jochen Heymann y Monserrat Mullor-Heyman en Retratos de escritorio (107).

Por fin logra darles sentido a las últimas palabras pronunciadas por Matías antes de morir: “El universo de hábitos”. Esa es la clave. Y sale para la calle de Postas donde está la tienda del mismo nombre. En la tienda logra escurrirse a la trastienda y, detallista que es, descubre no sólo sotanas, sino uniformes de “clergyman”: mercantilismo consumista. En cuanto a los santos que ve, recuerda la utilidad de ellos por las cosas que pueden remediar, naturalmente, a través de la oración. Su intuición le ha llevado allí y huele a Cristo de la Greña. En efecto allí se encuentra junto al cadáver de Matías, aún blando. Su alta concepción de la honra y el deber le aumentan, y como Don Quijote, va a proseguir la empresa todavía con más ardor. El pobre Cristo lleva las uñas del mártir ya mencionado de Mágina__que salió a relucir por aquello de la celebración del “Quinto centenario del descubrimiento de las Américas”.

Lorencito es sorprendido y maniatado mientras oye que lo van a llevar, junto con el cadáver de Matías Antequera al viaducto para arrojarlos y deshacerse de ellos. La parodia continúa al caerse del camión en que los llevaban e ir a parar a un arcén de la M-40 donde dice “Bienvenidos a Madrid, capital europea de la cultura”. Rehecho del susto sigue por un campamento de chabolas a las afueras de Madrid, ocasión adecuada para presentar el mundo del hampa. Nuestro antihéroe va de tumbo en tumbo sin que ninguna de las peripecias le haya llevado a conseguir la imagen robada del Cristo de la Greña.

En el narrador, detectamos la voz del autor, dando detalle de una sociedad que mantiene un vaivén entre apariencia y realidad. La descripción de tipos va del caballero digno, anticuario, con guardaespaldas y alardes de dios, que no repara en nada para almacenar sus fetiches, hasta los sex-shops, las chabolas, los mendigos y los desahuciados. Representación espacial y de contenido de un Madrid que ya no es lo que era. Naturalmente que es una pieza realista y así se lo atestigua el autor a Alan Smith en una entrevista: “Quería hacer un retrato de lo inmediato de Madrid que yo estaba viviendo...no sé, nombrar las cosas reales”(Anales de la literatura española, 234). En la misma entrevista exalta el valor de la narrativa periodística que el pueblo norteamericano sabe hacer tan bien, con tanta naturalidad y acierto (235).

El menoscabo de su persona sigue y es objeto de vergüenza y burla al subirse a un autobús de cercanías en el que Lorencito, desaliñado y sucio, se encuentra rodeado de la gente más soez. Su superego le acusa del estado de desaliño en que se ve. El narrador se recrea mordazmente en la descripción de los pasajeros mientras a través del protagonista comenta que se ha perdido la educación. Asi le pasó al Imperio Romano dice, según la película que vio de Sofia Lorén (Los misterios, 129). Para añadir más, recuerda a Franco, su paz y la Adoración Nocturna, no pudiendo evitar compararlos con la presente moral. La enumeración de los componentes del autobús es quevedesca; no merma vulgaridades ni comentarios. Ocasión que toma el autor para criticar ese lenguaje de masa tan prevalente en el periodismo.

Su aventura lo ha empequeñecido al no tener éxito y sentirse fuera de control. Sin embargo, no ceja en su intento. A los que lo persiguen , él, Lorencito, les va a cantar las cuarenta (Los misterios, 131). Deduce que más que a él, se les ha ofendido a su patria chica , al Cristo y a la fe católica. Por otro lado sabe que Pepín, su compatriota, ha renegado del escudo y el himno de Mágina .La parodia es fulminante si se compara la intención de este Quijada/Quesada con el contrasentido de los resultados.

De vuelta a la oficina de Pepín encuentra a su paisano medio muerto. Consigue que se retracte de sus malos pasos y le dé la llave del Cristo, tan pequeña, que se oculta en la uña postiza del Cristo que lleva Pepín superpuesta. En este momento exhala las últimas palabras ya mencionadas: “El universo de hábitos”. Para que su amigo tenga un buen morir le canta el himno de Mágina al que había renunciado. Después de un desvaído, Pepín le pide confesor aunque sea él mismo como vicepresidente de la Adoración Nocturna. Critica lo religioso al mismo tiempo que hace exposición de la movida madrileña que afloró después de la muerte de Franco con posturas diametralmente opuestas a la Iglesia , a base de carteles como “Sin bragas y a lo loco”, anuncios que ha visto en su camino hacia la oficina de Pepín. La cuestión palpitante, le dice nuestro hombre, es salvar tu honor. Y lo hace, dándole la llave del Cristo. Pero todo el esfuerzo de Lorencito se esfuma cuando se encuentra con la rubia, se lo lleva a su casa, le hace el amor y le roba la llave. Entonces descubrimos que se llama Olga.

Después de una noche de lujuria deliciosa, nuestro héroe queda desbancado, desarmado y sin honra. Es, dice: “La primera noche en su vida que durmió sin pijamas” (Los misterios, 147) y además, cometió el ‘acto’(148). Se encuentra descentrado y presiente que debe de llamar a su madre para volver a su realidad, pero no delante de Olga; le da vergüenza. En el teléfono le habla de sus prisas porque está en un Congreso Eucarístico con el Nuncio de Su Santidad (Los misterios,149).

Olga, la traidora, se nos transforma de amiga aventurera, en agente Bond 007 y se le presenta a Lorencito en el Rastro como consumada ganster. Se puede visualizar el espacio dominguero a través de la descripción precisa, pero es el lenguaje lo que desplaza la aventura; ésta queda postergada, empequeñecida, comparada con la exhuberancia narrativa. El desbarajuste que presencia lo compara de nuevo con la película de Charles Heston, Los diez mandamientos (Los misterios,154). En el almacén 421 de la “Galerías Piquer”, Lorencito es de nuevo deshonrado por la protagonista-traidora que lo merma con sus carantoñas. Se ve torpe y se ríe de su propia credulidad y del nombre Lauren que ella le dio. ¿Será Lawrence de Arabia o Lawrence Olivier? No sólo ha tropezado una vez con ella, sino que van tres. “Tropezar con las misma piedra , según nos canta Julio Iglesias, es imperdonable” (Los misterios, 159). Hay una comparación por contraste:“ellos/ella” la Iscariote, y “él y su Mágina”, valor ancestral.

El hombre que echó las monedas en la iglesia es JD (¿Dallas?); es coleccionista de fetiches; tiene hasta el brazo incorrupto de Santa Teresa, en otros tiempos posesión de Franco. Ridícula es la descripción que JD hace de objetos en sus manos y más que nada la reverencia con que lo hace. En la mencionada entrevista con Alan Smith, el autor dice que se trataba de hacer humor al estilo Eca Queiroz y específicamente sobre su cuento “La reliquia”( Los misterios, 234). Naturalmente que todo el embrollo del robo se ha montado para que Don Sebastián pueda venderle la imagen del Cristo a JD. Lorencito/Quijote se enfrenta con él, le recrimina su conducta y manifiesta que él, estandarte de la honra, prefiere la muerte al baldón( Los misterios, 169).

Olga se pronuncia aliada de Lorencito, alza la sangre de Santa Cunegunda en sus brazos y la va a derramar si no los dejan libres. Escapan de una situación sin salida y los volvemos a ver en Mágina. Olga, que ha sido reconocida como hija legítima de la condesa , fruto de un amor con Antequera, se pasea de penitente en la procesión de Semana Santa__este era su propósito desde un principio. Lorencito la mira pero ella lo ignora. El mundo de nuestro hombre se tambalea una vez más. Rosa Montero en La loca de la casa comenta que los filósofos y científicos desde Einstein nos explicaron que: “...no nos podíamos fiar de lo que veíamos o sentíamos y que ni siquiera eran seguros los pilares elementales de nuestra percepción, como el tiempo, el espacio y el propio yo. Para que la novela funcione hoy día, para que nos la creamos, tiene que reflejar esa incertidumbre y esa discontinuidad...”(220)

Ha sido necesario este recorrido para darnos cuenta de que este antihéroe tiene paralelismos con nuestro Don Quijote. El juego ha consistido en asignarle un papel que de principio llevaba la derrota en germen. Finalmente, se desmontan las apariencias de la farsa, se descubren los personajes y todo vuelve a la normalidad aparente de principio, aunque recuperemos un hombre quemado por tanta mentira y desengaño.

El personaje de Lorencito es de corte cándido, novato en experiencias, que contiene su propio particularismo, pero que al mismo tiempo encierra huellas de todos nosotros. Él es la causa del humor en la novela por esa imperturbable fe en los demás y la persecución de una causa paródica con una dama hermosa, ego-centrista.

Resumiremos el humor:

1) Se encuentra en el lenguaje, en la frase hecha, hueca portadora de clichés y fórmulas; es paródico de buen lenguaje y sin comparación con el utilizado por el autor en obras como El invierno en Lisboa, Beatus Ille , El jinete polaco etc. Lo ha tenido que captar y usar con intención estilística, por voluntad propia. Para comenzar, el diminutivo Lorencito lo ridiculiza. La inclusión del mundo de la canción, el nombre de los pasodobles “Soy de Mágina” y “Carnicerito torero” cifran en lo vulgar y falto de imaginación. Todo para denotar la falta de médula intelectual. Hay continuo uso de anglicismos: reportero, Bic, etc, como parte del consumismo y de galicismos por la clase alta, tratando así de adoptar una pose falsa de alcurnia

2) Lo vemos también en las vicisitudes azarosas del personaje; en el ambiente ajeno que se le impone, donde pierde el control. Son resultado de su candidez y su torpe deseo de figurar, de ser reconocido y de imitar modelos existentes dentro del mundo virtual o literario. La emoción sentida por Lorencito ante la propuesta de Don Sebastián de rescatar el Cristo es pusilánime, propia de quien vive bajo los auspicios del de arriba, dios y dador de favores, a cuya amistad aspira Lorencito. El canon social de este hombre es anacrónico y cae en la trampa de situaciones falsas en las que opera fuera de contexto. Se sabe quien es Lorencito; por eso se abusa de él. Sus desaciertos nos reflejan y nos hacen sentir empatía asi como lo conocemos. Y aunque se vea vapuleado por la vida, nunca dejará de creerse importante. Lo piensa cuando en el barullo del tráfico dice: “Mira que si me pilla un coche y me mata y no se entera nadie”( Los misterios, 34)

3) Humor existe en el contraste de la realidad del personaje, que se apoya en el simulacro de situaciones, y en su continuo desdoblamiento. Don Sebastián aparece como ferviente cofrade y hombre sin escrúpulos con tal de hacer dinero. La Condesa hace de todo y según el marido es capaz: “De tirarse al Delfín de Sigüenza”(Los misterios, 178). Olga se la pega, así como su amigo Pepín/Jota-Jota. Total que el mundo le da vueltas, falto de verdad esa seguridad que él busca. Sus modelos tambalean.

4) En el tema religioso, médula de una vivencia corrupta minada por el materialismo, se pone de relieve la ignorancia y la apariencia. Al culto externo de imágenes como fetiches arremete el autor. La descripción quevedesca, barroca e irreverente de las reliquias que guarda JD es ridícula, pero es así como lo ve quien queda fuera del marco beato de la religión. Aquí se incluyen los 15cm de colón que le quitaron al Papa, la sangre de santa Cunegunda y el brazo de Santa Teresa. La Acción Católica, La Adoración Nocturna y sobre todo La Semana Santa, son los blancos de Antonio Muñoz Molina con los que crea su parodia.

La máscara que el autor le puso al personaje cae al final. Ha cumplido su misión. Despierta a la realidad, aunque esto no va a terminar así: su historia se quedará en la grabadora. Confesión personal dejada en la mano firme del dependiente de farmacia con ambiciones de escritor. En el momento de grabar se le da la categoría de vivencia al suceso del robo. Pero después, pasa a la historia; se repetirá como simulacro de verdad. Y es el seguidor de Lorencito quien ha recreado la historia para nosotros. Lo importante es que se cuente. En “La invención del personaje”, artículo del autor, nos dice que Gatsby es un héroe “porque lo mira otro” (El personaje novelesco, 88). Eso es lo que busca: trascender en una sociedad marcada por la polifonía y la apariencia .“Si lo real es artificiosa impostura, el arte es el único refugio de la verdad...”, nos dice Marta Beatriz Ferrari hablando de Beltenebros (“La retórica del artificio”, 177).

Más al caso nos viene el comentario de José-Carlos Mainer de que lo que ha querido conseguir el autor: “En primer lugar, la orgullosa necesidad de ser leído pero, a la vez, la concepción de la escritura como un atesoramiento personal de experiencias compartidas...” (“Antonio Muñoz Molina o la posesión de la memoria”, 2). O podemos optar por la posición de Randolph Pope, quien comenta la pérdida de control del personaje, quedando en manos de la usura, el engaño y la palabra (España contemporánea, 118). Al final se repite su historia en la grabadora, como confesión de su verdad, por si le pasa algo. Pero esta repetición de lo que pasó ya no es real.

Para cerrar diremos que Care Santos considera Los misterios únicamente un patinado en la historia del novelista (Quimera, 70) ya que el lenguaje no se puede comparar con Beatus Ille, Beltenebros, El invierno en Lisboa y El jinete polaco, cuya elocuente prosa nos envuelve. Pero Muñoz Molina había hecho una decisión consciente al perfilar el personaje en El jinete desde la página 23 hasta casi el final. Hubo intencionalidad, no error.

Podíamos imaginar a Antonio Muñoz Molina, cerrando el último capítulo y, en lugar de dejarnos a la espera del siguiente, diseñara una especie de epitafio, a modo de reivindicación, con estas palabras:

“Uds. perdonen, mi personaje exigió el cambio de postura. Continuaremos”.

 

BIBLIOGRAFÍA

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© Maria Sergia Steen 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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