Las rocas y el mar, lo azul, de Salvador Espriu

Paloma Andrés Ferrer

The Graduate Center of CUNY, New York
Universidad Complutense de Madrid


 

   
Localice en este documento

 

Resumen:
Palabras clave:

Las rocas y el mar, lo azul son un conjunto de cien magníficas prosas mitológicas escritas por el catalán Salvador Espriu. No estamos ante un tratado de mitología o ante un manual al uso. En Las rocas y el mar, lo azul el autor vuelve a “decir”, manipulándolos, los mitos de antaño, los de la Antigüedad Helénica, aquellos que forman parte de la memoria colectiva de nuestra cultura mediterránea. En la exposición que sigue me ocuparé principalmente de aquellas prosas en las que el acercamiento al pasado mítico y espiritual de la Hélade es admirativo y credencial: me refiero especialmente a los fragmentos 1 al 32 donde Espriu narra una Cosmogonía y una Teogonía primigenias al modo de Hesíodo, filtra una mirada y una voz semejantes a la de los líricos antiguos o los antiguos trágicos y ensaya un antiquísimo discurso sapiencial o didáctico, de adoctrinamiento para la vida. Es en ellas donde Espriu recupera una serie de viejos conocimientos a cerca del origen, el tiempo, el mal, el destino o la muerte e indaga qué valor y qué sentido pueden tener en la vida individual y concreta de un viejo pescador -Arístocles- y su hijo -Euforión- o en sí mismo y en todos los hombres.

En lo que considero segunda parte del libro, esto es, en las prosas 33 a 100, Espriu cambia el tono y la intención. Nos encontramos ahora con narraciones apócrifas y subversivas de las historias legendario-míticas de la Antigüedad donde prima el distanciamiento burlesco de la Mitología y sus figuras, así como la parodia de cierta manera afectada y pedante de acercarse a ella en la persona de Pulcro Trompelli. Atrás hemos dejado los mitos de orígenes, mitos de un tiempo aún a-histórico, vueltos al in illo tempore de la formación de las cosas y los seres o al período subsiguiente de su ordenación. Entramos ahora en el terreno de la leyenda mitológica, mundo de dioses con atribuciones humanas, hombres y dioses protagonizan historias conjuntamente, todo está formado y marcha con la precisión de lo viviente. Espriu, escéptico de la bondad comunitaria del hombre, proyecta una mirada irrespetuosa sobre las historias mitológicas que para él ya no son - como lo pudieron ser entonces- juego gozoso de los sentidos, levedad de la carne, brillo poético e imaginación narrativa. Espriu descubre, a veces de forma zahiriente, otras con intranscendencia zumbona, toda esa turbamulta de pasiones y mezquindades que se agitan bajo la superficie habitual de los comportamientos humanos. Hay, no obstante, excepciones y esas son las que me interesan en este momento. Ante personajes como Patroclo, Aquiles o Andrómaca, por ejemplo, Espriu abandona la postura iconoclasta e ironizante y deja constancia de la más rendida admiración ante lo que sus vidas -historias- significaron: amistad íntegra y honor (Patroclo), espíritu de lucha y dolor por la muerte (Aquiles), noble entereza ante la desgracia (Andrómaca). “Sólo recordaré que el lloroso -nos dice de Aquiles-, cuando a su vez cayó, añoraba en la tiniebla la lenta, quieta suavidad de la luz. Príncipe del más alto linaje, hijo de una nereida, (...) querría subir a la claridad de los prados, a la caricia de la brisa en los árboles. Se avendría incluso a cavar y a labrar, como el pobre cultivador de un campo bien humilde. Porque esta vida nuestra, a menudo tan dura y amarga, es el único frágil sostén de la breve miseria del hombre, el fino tabique alzado entre él y el enigma de un pavoroso camino sin retorno” (p. 54).

A Espriu le conmueve la tragedia de Aquiles, ese héroe que ha descendido, tan joven, a la pradera de los asfódelos, porque la muerte es su propia tragedia, la tragedia de la humanidad entera: ante ella no ironiza ni manipula; la dice, simplemente, con sufrimiento compartido, comunidad de destinos, fusión con el mito. En el dolor de Aquiles, en su añoranza de sol y brisa viva, en su rebeldía sin posible solución, es Espriu mismo quien gime y se desespera, quien teme la ley reservada a los mortales, la asechanza de la nada, la sombra levanta el vuelo y se desvanece como un sueño dice Homero (Od. XI, 222), y dejamos atrás nuestro cuerpo, la dulzura de los días, el placer absoluto de la vida.

Espriu siente también por Andrómaca, esposa de Héctor, la más sincera y conmovida admiración. Víctima de un destino cruel, zarandeada por la muerte, la esclavitud o la humillación, Andrómaca no inclina la cabeza, resiste a pie firme el hachazo cruel, asume su dolor y continúa, hay que continuar siempre, sin venganza en el corazón, vivir hasta el final es la máxima obligación y ha de hacerse con nobleza y dignidad, con el coraje inmenso de resistir, enfrentar el futuro, durar en medio del horror sin vacilaciones ni aspavientos. La muerte le acaba de arrebatar en el campo de batalla al dulce esposo; la ruina de Troya la condena al exilio y la esclavitud; será prostituida en brazos de Neoptólemo, hijo de Aquiles, asesino de su marido; perderá a su hijo Astinax, arrojado sin piedad por los vencedores desde lo alto de los muros de la ciudad; tendrá nuevos hijos de uniones no deseadas. En la prosa de Espriu, Andrómaca está sólo al comienzo de su desgracia, pero en ella está ya la adivinación del dolor que vendrá y la enérgica resolución de marchar por los caminos duros de la vida sin exigencias ni debilidades, la acción recta por encima de todo. Llora sin lágrimas su infortunio. Después, en seguida, se vestirá y emprenderá de nuevo su raro y embarazoso camino. Y nosotros, admiradores de esta bella y animosa figura, nos apresuramos a acompañarla con respetuoso silencio” (pp. 55-56).

Pero pasemos ya a las 32 primeras prosas de Las rocas y el mar, lo azul. “Me llamo Arístocles, pero no soy, es evidente, Platón.” Así comienza el libro. Aristocles es un viejo pescador que distrae las horas de faena en la mar con relatos antiguos sobre el origen de las cosas y fenómenos de la Naturaleza. No es Platón, pero es un griego como aquel ; su isla, Ítaca, patria perdida y añorada de Ulises. Arístocles ama su isla jónica de pescadores, aunque como el héroe homérico la sabe pobre y rocosa, no comparable a otras tierras más extensas y prósperas. Para Arístocles Ítaca es la belleza de la mar en los ocasos. También es hermosa la placidez del mar cuando Céfiro sopla y las aguas calmas invitan a pescar sin peligros (“Los vientos”, p. 33). Ítaca son las jornadas en la pequeña barca, haciendo más plácidas las horas con el recuerdo de viejos mitos o con breves siestas y merienda de caracoles y conchas, o con algún trago de más (“Glaucos”, p. 41 ; “Las sirenas”, p. 30). Ítaca es el regreso cansado al hogar por la noche, la cena junto a la chimenea y el lecho abandonado al amanecer (“Glaucos”; “Las sirenas”). Ítaca es, en definitiva, la vida de sencilla medianía que alterna el trabajo duro pero digno con los placeres del contacto con la naturaleza : “Sé pobre, pero no miserable.- le dice a Euforión- Faena en la mar, cuando la contemples plácida de veras” (“Vulgares adoctrinamientos de Aristocles” p. 32) “Dedícate al trabajo, come y duerme lo que estrictamente te sea necesario y no omitas detenerte a contemplar cada atardecer cómo se pone el sol en las más tranquilas aguas del mar, las más lejanas que tu mirada alcance” (“Ate”, p. 32). No se trata, es evidente, de la “aurea mediocritas” practicada por Horacio en su finca de Sabina, retirado de los negocios públicos y cantando los placeres de la vid, el amor y la amistad, vida de días placenteros y descansados, sin trabajo ni preocupaciones. La voz que se oye detrás de las palabras de Arístocles es la de Hesíodo en Trabajos y días : “Mas tú al menos, recuerda siempre mis consejos y trabaja, Perses, estirpe de dioses, para que el Hambre te aborrezca y la augusta Démeter, de hermosa corona, te ame y llene de alimentos tu cabaña (..) Los dioses y los hombres se indignan contra el que vive ocioso (...) Ningún trabajo es deshonra ; deshonra es la inacción.(...)”. Tenemos aquí la afirmación del trabajo como único medio lícito y seguro para vivir en cierta abundancia sin excesos. Es un trabajo que no da treguas, que exige esfuerzo y continuidad si se quieren resultados óptimos. Hesíodo también aconseja sobre las faenas en la mar y de forma similar Arístocles adoctrina a Euforión a cerca de la necesidad de buenos vientos para echarse a la mar y cómo es preferible no arriesgarse durante las estaciones tempestuosas (“Los vientos”, p.33).

El paralelismo de esta primera parte de Las rocas y el mar, lo azul con Trabajos y días descansa no sólo en contenidos concretos o en espíritu y tono; comunes son también la forma narrativa elegida y el género(s) en que ambas obras parcialmente pueden inscribirse: Trabajos y días es una larga exhortación de Hesíodo dirigida a Perses, su hermano, a lo largo de la cual el motivo inicial - hacerle desistir de un pleito- da paso a una serena reflexión a cerca de la justicia y el trabajo en la vida del hombre y los consejos prácticos para dedicarse a ellos con bien. La obra ha sido inscrita por algunos en el género sapiencial al modo de los proverbios de Salomón, o el Eclesiastés; otros la han clasificado como poema didáctico, poesía gnómica o poesía paidéutica o de adoctrinamiento. Narrativamente, el parlamento parte de un yo dirigiéndose vocativamente a un tú que no tiene voz discursiva propia. Idéntica modalización narrativa presenta Las rocas y el mar, lo azul. Los discursos de Arístocles a su hijo - “explicaba Arístocles a su hijo Euforión, cuando éste iniciaba la angustia de la adolescencia” (“Las Keres, p. 30) - se inscriben así mismo en el marco de una antiquísima literatura de adoctrinamiento a la juventud -paideía-: recordamos los diversos libros de Instrucciones y Consejos en la antigua literatura egipcia y babilónica; en el ámbito cultural griego tenemos, por ejemplo, los Consejos de Fénix a Aquiles en el libro IX de la Ilíada o los consejos de Néstor a Patroclo en el mismo libro. En Las rocas y el mar, lo azul, es el padre quien asume la función de pedagogo, conductor del joven hijo: los mitos e historias que relata pretenden enseñarle qué fue en el pasado, qué debe esperar de la vida, de qué hay que precaverse y a qué conviene dedicarse.

Pero veamos ya cuáles son algunos de los mitos contados por el viejo pescador y cuál la concepción del mundo que subyace en ellos. El planteamiento inicial de los orígenes del mundo coincide con Hesíodo, Teogonía: en el principio fue Caos, unidad ideal donde toda oposición estaba abolida; del Caos Uno se van desgajando progresivamente los contrarios que contiene para formar un Cosmos plural y opositivo donde la atracción la establece Eros y la repulsión Eris. ¿Cuál es la fuerza que actúa sobre este Cosmos ? En Hesíodo parece traslucirse, aunque no con mucha claridad, que Eros es el arch de la creación y la vida. Arístocles ha reflexionado y ha llegado a una conclusión propia: existe una fuerza, activa e independiente, que precedió o coexistió con el Caos y en un momento dado actuó sobre él para dar origen al Cosmos y organizarlo según su ley. Moira -Moira “parte, porción”, “lo justo, lo debido”, ”destino”- es entendida por Arístocles como la Ley, esto es la fuerza que dicta las normas por las que el Universo y sus seres, incluidos los dioses, se han de regir. Sobre el destino de los hombres, por ejemplo, reina una Moira universal que decide el nacimiento, género de vida y muerte final. La Moira asigna a cada hombre, de modo inexorable su “parte” de destino: feliz o desgraciado; frecuentemente alternativo. Donde Moira se iguala a Aisa (Igualdad) es en la Muerte, de la que ningún ser escapa, destino fatal del hombre, ser de un día, ejhmeros, efímero.

Semejantes a la Moira, pero independientes y subordinadas al cumplimiento de sus dictámenes son las terroríficas keres, khres. Como en Homero, las sangrientas divinidades se abaten sobres los guerreros, heridos o ya muertos, ultrajando sus cuerpos. Pero para Arístocles, además, como en los líricos (Mimnermo, 2D), las negras keres se ciernen vengativas sobre todos los hombres. Cada mortal tiene asignada una ker que es su muerte, qué clase de muerte tendremos, cuál será la circunstancia, cuál nuestro último gesto, es mejor vivir sin saber, ignorantes del fin.

En la lírica arcaica se agudiza el sentimiento de vulnerabilidad del hombre, a merced de la voluntad ciega de los dioses y del destino en todos los instantes de su vida: qué poco va de la felicidad a la desgracia, cómo se puede pasar de la riqueza a la pobreza sin apenas sentirlo, y siempre la muerte como horizonte final. El sentimiento de la amhcania, esa debilidad esencial del hombre, su desnudez, la absoluta impotencia, empañan la voces líricas con el clamor de la tragedia; no hay remedio y se canta la dulzura de la vida con el temor acechante de la pérdida. El sentimiento en Espriu es espiritualmente el mismo. “Cuando los hombres comenzaban a reflexionar -nos dice-, se dieron cuenta en seguida de que estaban sujetos, todos, sin excepción, a la necesidad y a la muerte. Y que sus destinos, mientras alentaban durante una breve y muy precaria vida, eran muy diversos, hasta que todos desembocaban -como los ríos, pequeños o grandes, en el mar- en un mismo y esencial acabamiento” (“Moira”, p. 15). La precariedad de la existencia es aterradora, los destinos adversos -recordamos la grandiosa figura de Andrómaca- asaltan impunemente y para qué sirve todo si al final sólo nos aguarda la muerte. Los hombres, seres de razón, saben su tragedia, han reflexionado sobre ella, y esa conciencia alerta les agranda en el dolor, les hace más míseros si cabe. Saber que todo ha de ser necesariamente así, todo tan triste entre las bellezas de la vida, es desolador. La angustia que provoca la fragilidad del existir es constante a lo largo de todo el libro de Espriu. Es un sentimiento intenso, sincero; asalta a cada paso en la lectura, donde lo esperas pero también en recodos imprevisibles, tras una chuscada o al hilo, incluso, de un personaje mediocre. La hondura dolorida que percibimos no es fraude literario ni reiteración irreflexiva de lo antiguo. Espriu dice como dijeron otros, porque la amhcania es un sentimiento universal, nos incluye a todos, pasados y presentes, somos comunidad dolorida por la adversidad y la muerte, y cada uno, Espriu también, siente de modo personal en la riada imparable de voces iguales.

Líricos arcaicos como Solón, Teognis, Semónides o Arquíloco respondieron a la amhcania con la fortaleza de la tlhmosunh o “resignación”: paciencia y valor para soportar los sufrimientos, acallar la desesperación, sufrir y seguir, esperar, aceptar. La tlhmosunh es, nos dice Arquíloco, el jarmakon anhkestoisi kakoisin, el único “consuelo a los males sin remedio”. Gozar de los placeres mientras se tienen, con moderación y sin jactancia - ubri j-, gozar del fruto de la vida para aplazar el mal y la muerte, sentir la belleza de una aurora de dedos de rosa, rebosar la copa de vino y el deseo de amor. La postura de Arístocles es espiritualmente la misma; sus consejos a Euforión recalcan la necesidad de abandonar la rebeldía ante los designios del destino y llevar doradamente una vida sencilla de trabajo sin abandonar la tierra propia, algunas distracciones y serenidad ante el espectáculo de la Naturaleza, espera confiada de la muerte, reposo final: “Inclina la cabeza ante la Moira, - le dice a su hijo- pero no pierdas el tiempo dirigiéndole plegarias, porque su sordera a la voz humana es total. Pesca y distráete. Y ahora ayúdame a sacar de la barca lo que capturamos hoy, que veo que las redes están a rebosar” (“Moira”, pp. 15-16).

Seguimos oyendo los preceptos de Arístocles para sobrellevar la pesada carga que es la vida: “Más vale que te prevenga ahora contra las riquezas de Plutón, contra todos los dioses, benévolos o perversos, y contra los hombres, a menudo más peligrosos y más crueles que Forkys y su estirpe. Porque no conseguirás evitarlo, intenta la amistad de algunos, fieles y pocos, y aún así te traicionarán, si les conviene. Sólo porque es preciso, procura casarte con una mujer que te guste y trata de amarla, que es un maravilloso esfuerzo, durante toda tu vida. (...) Deseo que tu Ker se demore, pero tu esposa, por excelente que la imagines, te hará anhelar, tarde o temprano, un bien logrado reposo, el término de tus días” (“Vulgares adoctrinamientos...” p. 31) . La referencia a la búsqueda de amigos y la dolorosa conciencia acerca de la imposibilidad de lealtad en las relaciones humanas, nos lleva, es evidente, a Teognis de Mégara, atormentado incesantemente en sus versos por la experiencia de la traición y la incapacidad de precaverse contra ella. La prevención que hace Arístocles frente a las riquezas deja el eco de Solón o el mismo Teognis: la riqueza debe ser deseada pero con medios honestos y sin desmesura o soberbia koros , “hartazgo”, ubris “desenfreno, jactancia”. Cuando esto ocurre, la divinidad se encarga de enviar el castigo debido, ath “infortunio” y dikh “justicia”. En cuanto a las enseñanzas de Arístocles sobre la mujer y el matrimonio, asalta al instante el recuerdo de la famosa diatriba de Semónides o el Mito de Pandora en Teogonía y Trabajos y Días.

Como en la tragedia antigua, Arístocles sabe además que el hombre puede llevar en sí mismo el principio de la destrucción, ath, “ceguera del alma”, “locura”, “error”, pero también “ruina”, “dolor”, “sufrimiento”. Arístocles previene a Euforión acerca de ella: “Si en alguna ocasión te inclinas a hacer el mal o a abandonarte a él, medita antes que te impulsa Ate (...) Vuela siempre sobre tu cabeza, para enturbiarte la inteligencia y el espíritu. Una vez cometido el crimen, dejas de ser tú mismo, eres un ciego con tu culpa sobre los hombros y corres a tientas hacia el castigo que mereces. (...) Perderás el descanso, porque Ate, al acecho, no reposa jamás ni permite que se adormezca el transgresor del bien (...)” (“Ate”, p. 32). Ate, divinidad infausta, ciega la razón del hombre y le lleva a elegir el mal. La culpa recae en el ejecutor del crimen y la ruina -dikh,”justicia”- se abate sobre él. El tema de la responsabilidad trágica está implícito.

La vida del hombre, por tanto, es incierta, turbia e infortunada. “Ningún hombre hay feliz, sino que desgraciados son cuantos mortales contempla el sol” decía Solón (15D) Si creemos llevar una existencia moderada y dichosa, miles son las amenazas que gravitan permanentemente sobre nosotros: maldad, soledad, insatisfacción, locura, furia de la naturaleza, destinos trágicos. El dramatismo profundo de Las rocas y el mar, lo azul proviene no sólo del sentimiento de menesterosidad que embarga al hombre, su insignificancia en un universo regido por el azar maligno, la destrucción y la muerte. La tragedia íntima del hombre de Espriu es tener además conciencia de la belleza del universo, el bien absoluto de la vida, y cómo no es posible hacer nada para combatir las fuerzas del mal que asolan cuando quieren una felicidad, un amor, una calma, un hombre. Anhelamos y perdemos. El destino, los dioses, la Moira inflexible juega refinadamente con nosotros. La vieja Enone, nodriza de Fedra, en el tramo final de su existencia, carente de bienes, dice: Vieja, amo más que nunca la vida. Vaya donde vaya, en todas partes habrá árboles, campos, aves, un amable río. Y me acompañará al menos, hasta que unos piadosos dedos cierren mis ojos par siempre, mi lucidez, que me ayudará a evocar, (...) las antiguas historias que me rodearon (...) (“Enone”, p. 102) . El tiempo que se desliza y la muerte al final son pavorosas porque nos arrancan de las serenas felicidades que son nuestro bien absoluto. Y la muerte es la nada, el vacío negro del que nada sabemos. El deslumbramiento que causa la luz de la existencia, mar, sol, campos, lento respirar, no evita a veces, sin embargo, un poso de tristeza infinita, un hueco desalentado en el corazón, la amargura de lo que vendrá, cansancio del eterno afanarse para qué, hay golpes duros en la vida y el hombre -Arístocles, cualquier personaje mitológico, Espriu en definitiva- llega a desear la muerte como reposo definitivo. “Sí, la vida propia es ciertamente un arroyo, pero con frecuencia tarda mucho, para quien con él arrastra, en perderse en el voraz espanto del mar” (“Andrómaca”, p. 55). Pero desear la muerte no invalida la vida, porque el hombre imaginado por Espriu, luchador sin tregua, siente la imperiosa necesidad de vivir en el breve tiempo que se le otorga, y resiste firme cada golpe, trabaja y sigue, sintiendo intensamente cada precaria dicha que el instante le otorga, la lumbre del hogar, unos caracoles, un hijo, un mar en calma, el brillo de un ocaso.

En el título del libro, Las rocas y el mar, lo azul, está ya cifrada la emoción ante la Naturaleza que preside tantos momentos de las prosas mitológicas y que constituye, junto a la serena, noble y lúcida actitud frente a la vida, el sufrimiento y la muerte, la segunda gran lección del libro, ambas lecciones en consonancia con el legado de la Antigüedad que Espriu ha querido llevar a su páginas. “Y las damas dejaban a un lado la estampa y a Pulcro éste todavía boquiabierto, y contemplaban árboles y sembrados, extendidos hasta pérdida de vista bajo el crepúsculo vespertino y un aire ligero y fresco que venía de la vecina mar” (“Nyx”, p. 60). Como hicieron los antiguos -“mar de olas de vino”, “aurora de sonrosados dedos”-, Espriu vuelve también sus ojos a la Naturaleza: fuente de recreación y sosiego, lección de vida, seno de esplendor y recursos inagotables, salvación del hombre angustiado por su tiempo frágil y su muerte cercana, liberación de las nieblas de la vana erudición o de los paraísos artificiales, serenidad. También como enraizamiento en una geografía concreta, Grecia, y al fondo, siempre, las tierras de Lavinia y Sinera, asomadas al mar antiguo y su vieja cultura.

Dice el lema que encabeza el libro: En los cerrados ojos, este mar tan antiguo. El mar que nombra Salvador Espriu es el mar de Roma y el mar de la Hélade, el mar de la cultura mediterránea, con su sol y sus mitos claros: origen nuestro, patria nuestra. Un mar persistente en el tiempo, que trae, en cada ola, el fulgor del pasado y su lección de conocimientos y fábulas. Un mar que nos hace sentir ancianidad de siglos y milenios : sucesión de generaciones formadas por las mismas costas y heridas por idéntica luz. Cierra Espriu el libro bellamente: Una lejana claridad de delfines. / Y en este sueño, desvelado, el miedo. Lejanos miedos y lejanas claridades. Y a cada desvelo, volvemos la vista atrás e inventamos, de nuevo, las fábulas que fueron. “El autor (...) le insta (...) a leer a los grandes clásicos de la antigüedad, y no por una temporadita, sino durante toda su vida (“Notas”, p. 121). Frente a la negra desesperación, el desconsuelo obsesivo o el desánimo improductivo, Espriu recoge el espíritu de lucha lúcida, serena y firme del mundo antiguo. En la prosa dedicada a Sísifo dice “Camus, en un magnífico libro, fundamenta en este mito su complejo y profundo sentimiento del absurdo. Según el noble, severo y compasivo escritor, el mundo es absurdo, está poblado de irracionales. De un modo u otro, sin embargo, todos participamos en la suerte de Sísifo, que jamás se desalentó. Nosotros, los hombres, tampoco nos desanimaremos y ayudaremos a Sísifo en su cruel lucha, en su esfuerzo. A ver si entre todos llegamos a colocar con Sísifo, a pesar de la perpetua amenaza del seguro fin, del lúcido conocimiento de nuestra radical extinción, la gran masa de piedra dura sobre la cumbre, con tal firmeza y tan estable equilibrio, que la ominosa roca no pueda rodar nunca más cuesta abajo” (“Sïsifo”, p. 25). Ojalá nosotros sepamos también, como Sísifo, como Arístocles, arrastrar nuestra imposible piedra sin desánimo, luchar en la breve tragedia de la vida con tenacidad y heroísmo, porque al final la muerte es irreparable y este mundo de pequeñas dichas y bellos crepúsculos, nuestro único bien verdadero. Y una dura condición diamantina permite descender uno a uno, sin rebeldía y sin miedo, los peldaños del pozo del silencio” (“Hermes”). Tal vez la muerte sea sólo eso, silencio, quietud, nada, la piedra por fin inmóvil.

 

BIBLIOGRAFÍA

ESPRIU, Salvador, Las rocas y el mar, lo azul, Madrid, Alianza Editorial [Biblioteca de cultura catalana], 1986.

----------------------, Les roques i el mar, el blau, Barcelona, Edicions 62, 1996.

HESIODO, Teogonía. Trabajos y días. Barcelona, Ed. Bruguera [Libro Clásico], 1975.

HOMERI, Opera : Iliadis libri I-XIII, Oxonii, Scriptorum Classicorum Bibliotheca Onoxiensis, 1989.

------------------------, Odyssea, Stutgardiae in aedibus B .B . Teubneri Bliblioteca scriptorum graecorum et romanorum Teubneriana, MCMXXXIV.

Líricos griegos : elegíacos y yambógrafos arcaicas (S. XVIII-V a.C), Madrid, CSIC [Alma Mater], 1990.

 

© Paloma Andrés Ferrer 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero37/espriu.html