Saber, amar, instruir:
ingredientes y fórmulas en Laura Esquivel [1]

Lic. Natalia Ferro Sardi

CONICET - Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos
Universidad Nacional de Tucumán
nataliaferro@universia.com.ar


 

   
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Resumen: El artículo describe algunos principios a partir de los cuales se estructuran y construyen la trama de las novelas aquí estudiadas. Las narraciones trabajan con pocos elementos: Sentir, saber y transmitir. El orden de estos términos puede alterarse: transmitir el saber, transmitir el sentir, saber transmitir (el saber y los sentimientos), saber sobre el sentir, sentir el saber (ya que la experiencia se aprende, primero, a través de los sentidos). Examina las figuraciones femeninas repetidas y establece, consecuentemente, un patrón. Además analiza el itinerario de aprendizajes de los personajes femeninos, relacionados a las emociones.
Palabras clave: Laura Esquivel, narrativa mexicana XX, aprendizaje emocional

Abstract: The article describes some principles on which the plots of these novels are built on. The stories work with few elements: To feel, to know, to communicate. The order of these terms can be changed: to communicate the knowledge, to communicate the feeling, to know how to communicate (both: knowledge and feelings), to know about feelings, to feel the knowledge (since the experience is first learnt through the senses). It also examines the repetition of female’s figures and defines consequently a common pattern. Moreover, the article analyzes the itineraries of understandings that the female characters go through. That journey is related to their emotions.
Key words: Laura Esquivel, XXth mexican narrative, emotional learnig

 

Sabían que ésa era la única manera en que el ser humano aprendía, recibiendo las experiencias a través de los órganos de los sentidos.
          La ley del amor, Laura Esquivel

El amor, en la literatura sentimental se convierte en centro del mundo de las pasiones. Se excluyen, así, de las narraciones, las emociones ligadas a la maternidad, la amistad y el amor filial. Si éstas aparecen no disputan el cetro a lo amoroso. Lo político o la recreación histórica actúan a modo de “telón de fondo” sobre el cual se tejen estas historias. En estos escenarios, los sentimientos motivan y condicionan las acciones que los personajes van desarrollando a lo largo de la trama, en una lógica basada en la díada deseo-frustración.

El recorte temático sobre el que estas escrituras vuelven de manera insistente y las transformaciones nunca radicales por las que atraviesan los protagonistas han llevado a la crítica a señalar la “regionalización” como una de las características principales de este tipo de relatos (Sarlo: 1985). Sufrimiento y placer, de manera insistente, dominan las páginas empujando a los sujetos a una serie de cambios que de ninguna manera implican una alteración substancial de los valores o de las jerarquías del orden social. La felicidad es posible siempre y cuando los individuos controlen y adecuen sus deseos a las normas de este mundo.

Las novelas de la escritora mexicana Laura Esquivel, Como agua para chocolate y La ley del amor, se encuentran, al igual que esta clase de literatura, estructuradas alrededor de estos tópicos. En sus tramas puede identificarse una “patrón emocional”. Esta denominación hace aquí referencia al itinerario estereotipado de aprendizajes por el que deben atravesar las heroínas, siempre presentado como único e individual pero compuesto a partir de experiencias y sentimientos comunes. Esta travesía está construida con un número determinado de vivencias seleccionadas. Las mismas cumplen la función de presentar situaciones que generan conflictos, en el personaje femenino y hasta un desequilibrio temporal. El dolor y el sufrimiento obtienen, ya hacia el final, un matiz positivo debido al beneficio que acarrean.

La protagonista sigue en su trayectoria hacia una maduración emocional, una serie de pasos ordenados que están destinados a devolver a la misma a un estado de armonía enriquecido por los saberes adquiridos a lo largo del camino. Este proceso implica la decodificación de las reglas que regulan el orden del mundo y la consecuente adaptación a ellas.

En el México futurista, de La ley del amor (año 2200 después de Cristo) convergen, a través de los recuerdos de los personajes de vidas anteriores, hechos históricos pertenecientes a una época remota (la llegada de los conquistadores españoles a Tenochtitlán), y a un pasado un no tan lejano (el terremoto de México en el año 1985). La heroína, Azucena, inicia su recorrido a partir de la separación, de su “alma gemela”, Rodrigo. El consiguiente desequilibrio da comienzo a un viaje exterior e interior. Doble búsqueda, que incluye desplazamientos físicos que van desde los cambios de espacios hasta los cambios de cuerpos.

La autora recurre a procedimientos similares en Como agua para chocolate. Los amantes también desunidos deben, enfrentar una serie de impedimentos, antes de poder reencontrarse. En el ambiente opresivo, que constituye la hacienda familiar, con reglas dictadas por Mamá Elena, Tita, la protagonista principal es recluida en la cocina, castigada a permanecer ahí debido a su ausencia cuando Pedro propuso matrimonio a Rosaura. Aprende ahí a reivindicar el lugar físico y simbólico que se le ha asignado, a usarlo para su beneficio. Reprimidos sus sentimientos y sin la posibilidad de manifestar su amor por Pedro, este personaje femenino se ejercita no sólo en el dominio de los secretos del “arte culinario” (1995: 38) sino también en la comunicación de sus emociones al resto de los miembros de esa familia a través de la comida:

Tal parecía que en un extraño fenómeno de alquimia su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices, en el vino y en cada uno de los olores de la comida. De esta manera penetraba en el cuerpo de Pedro, voluptuosa, aromática, calurosa, completamente sensual.

Parecía que habían descubierto un código nuevo de comunicación en el que Tita era la emisora, Pedro el receptor y Gertrudis la afortunada en quien se sintetizaba esta singular relación sexual a través de la comida (1995: 41)

Esta escena reconvierte la cocina - que deja de ser cárcel para devenir puerta desde la cual conectarse con el mundo - y resignifica la actividad de preparar los alimentos. Tita altera y reescribe las recetas, dictadas por Nacha desde el más allá, cambiando los faisanes por codornices. Los aprendizajes culinarios anteceden a los sexuales y sin embargo están muy relacionados ya que a lo largo de la novela se traza un paralelo entre ambos tipos de conocimiento. La experiencia no sólo puede potenciar la imaginación sino que además puede condicionarla. Por esta razón, ella puede realizar innovaciones en los platos y no obstante presenta una capacidad bastante restringida cuando se trata de conjeturar sobre el destino de su hermana Gertrudis, después de su rapto: “Claro que su imaginación era en este aspecto bastante limitada, por su falta de experiencia” (1995: 46)

Las escrituras procesan la vivencia personal o generacional con el propósito de rescatar del olvido e inscribir en la memoria no sólo las pericias sino también las indagaciones y reflexiones sobre las mismas. La representación de generaciones, al permitir el contacto entre vidas que abarcan distintos momentos en el tiempo cumple diferentas funciones. Por un lado, la vida de esas otras mujeres al ponerse en relación con la de la narradora o con la existencia de otros personajes femeninos enfatiza el hecho de que existen puntos en común que trascienden los vínculos sanguíneos y/o temporales. Se postulan, por lo tanto, determinadas características como habituales a las mujeres de todas las épocas y lugares. Por otro lado, esa conexión que parece superar estas barreras le otorga continuidad y vigencia a los saberes que se intercambian, volviéndolos atemporales y desvinculados a cualquier coordenada espacial.

La escritura sirve, entonces, a dos propósitos: registro y guía. Los rasgos compartidos son explicitados, en determinadas zonas, ya que de esta manera legitiman a la narradora, quien valora los aprendizajes de las otras y los propios. La escritura se presenta como un proceso en el cual comprender/se y explicar/se corren paralelos.

Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar. No sé si a ustedes les ha pasado pero a mí la mera verdad sí. Infinidad de veces. Mamá decía que era porque yo soy igual de sensible a la cebolla que Tita, mi tía abuela. (1995: 9)

La sobrina nieta-narradora encargada de organizar la historia “traduce” el sentir de la tía y los personajes y lo verbaliza transformándolo en un saber que acompaña al hacer, es decir a la preparación de la receta. El cuerpo, entendido en el plano de lo emocional y en el de lo sexual, cumple entonces la función de registro por, sobre, y para el cual las sensaciones se condensan o materializan en palabras que se traspasan de mujer a mujer, en una relación de horizontalidad, mediante el susurro, el chisme, o el diálogo. Se trazan genealogías, sellando un gesto de complicidad, entablando una relación de solidaridad que supera los lazos sanguíneos.

Estos relatos trabajan con pocos elementos. La matriz contiene tres verbos: Sentir, saber y transmitir, cuyo orden puede alterarse. Las diversas situaciones son inscriptas, por el movimiento textual, en combinaciones de estos vocablos: registrar el sentir (emociones, vivencias que constituyen la materia prima de la experiencia, es decir, la experiencia no elaborada), saber sobre el sentir (traducir el registro del cuerpo al registro del pensamiento), transmitir el saber sobre el sentir (traducir el registro del pensamiento al registro verbal) y saber transmitir, es decir elegir entre las formas posibles para compartir la experiencia y el conocimiento que se desprende de ésta.

Como afirma Mammon, el demonio de Isabel en La ley…:

La única manera de templar un alma es a través del sufrimiento y el dolor. No hay forma de evitarle este padecimiento al ser humano. Tampoco es posible darle las lecciones por escrito. El alma humana es muy necia y no entiende hasta que vive las experiencias en carne propia. Sólo cuando procesa los conocimientos dentro del cuerpo los puede adquirir. (1995: 73)

Transmitir el saber, transmitir el sentir, saber transmitir, saber sobre el sentir, sentir el saber (en tanto la experiencia pasa primero por los sentidos).Los saberes adquiridos en esa cadena “solidaria” de transmisión horizontal actúan a modo de “bisagra” entre las pautas impuestas desde afuera y los impulsos del mundo interior permitiendo la resolución o desaparición de los posibles conflictos entre lo individual y lo social al restablecerse el equilibrio en el proceso de “maduración” del personaje. La simulación se convierte, entonces, en una de las principales estrategias a aprender a fin de evitar las tensiones de ese vivir en los “bordes”.

Las recetas y las leyes orientan a los sujetos sobre comportamientos a seguir, trazan un deber hacer, a veces desde una caracterización negativa, señalando al receptor lo que no puede llevarse a cabo. El fracaso puede ser el resultado, en caso de no continuarse lo pautado. El recetario de Como agua... parece indicarnos no sólo cómo elaborar las comidas ahí mencionadas sino como comunicarnos con el otro. Plantea una especie de instructivo para alcanzar el amor: paciencia, resignación, perseverancia y comprensión por parte de las mujeres hacia los hombres. Se comparten, saberes culinarios, emocionales y sexuales. El intercambio legitima, mediante la generalización y el uso del apelativo, la representación de las mujeres como parte de mismo grupo [2].

(...) Yo no sé por qué a mí nunca me ha quedado como a ella y tampoco sé por qué derramo tantas lágrimas cuando las preparo, tal vez porque soy igual de sensible a cebolla que Tita, mi tía abuela, quien seguirá viviendo mientras haya alguien que cocine sus recetas. (1995: 173)

El Ego sufre si alguien nos rechaza, pero si uno lo supera por medio del conocimiento se dará cuenta de que ese rechazo fue ocasionado por nosotros mismos al romper la Ley del Amor, y que la única manera de restablecer el equilibrio es por medio del Amor (1995: 201)

En la novela a la que pertenece esta última cita, el instructivo inicial destinado a orientar el uso del CD, se extiende, además, al resto del texto haciendo manifiesto su carácter normativo y/o prescriptito. El caos, de no cumplirse lo normado, seguirá reinando no sólo en el mundo narrativo sino también en la vida emocional de los posibles lectores ya que la ley que equilibra el universo es la del amor.

Estos relatos fundan, así, las condiciones de una lectura identificatoria-emocional, reforzada asimismo, por un marcado maniqueísmo social, ideológico o moral. El mundo narrativo se divide en dictadores y guerrilleros o corruptos y honestos. Los referentes históricos son omitidos. Los hechos históricos aparecen seleccionados, recortados y construidos de acuerdo a su incidencia en la esfera de los sentimientos. “Una guerra o una revolución, a pesar de que a veces son necesarias y logran la obtención de beneficios colectivos, pueden retardar la evolución individual” (1995: 199) Las circunstancias pueden modificar el destino de los caracteres pero no su esencia ni los pasos a aprender.

De esta forma se propone a quien lee estas “fórmulas de amor y mercado”, un encuentro con elementos conocidos. Se diluye, poco a poco, la distancia entre el personaje principal y el lector. Se presenta a éste último, entre consejos y apelaciones, no sólo un conjunto de conocimientos relacionados a la esfera de lo emocional sino también una guía en ese proceso de enseñanza-aprendizaje, devolviéndole la convicción de que la felicidad es ineludible y está al alcance de todos.

El equilibrio y la armonía no obstante, son posibles, si se está dispuesto a volver la mirada hacia el interior para disociar voluntad personal de acatamiento de mandatos sociales. Lo aprendido debe permitirnos conjugar lo individual y lo social, o simular que se prioriza lo segundo para poder disfrutar de lo personal. Se diferencia y hasta se opone, entonces, el matrimonio al amor-pasión que puede, tener lugar fuera de aquel.

Observando detenidamente las delicadas formas del muñeco, pensaba lo fácil que era desear cosas durante la niñez. Entonces no hay imposibles. Cuando uno crece se da cuenta de todo lo que no se puede desear porque es algo prohibido, pecaminoso. Indecente. (1995: 126)

El placer femenino está ligado a lo emocional y las comprensiones que se pueden conquistar en este plano se ven reforzadas por las alcanzadas en la esfera afectiva. El mero acto sexual se opone al acto amoroso en donde el sexo va acompañado por caricias que buscan la satisfacción de la mujer:

Existe una diferencia abismal entre los apareamientos de cuerpos de almas diferentes y los de cuerpos de almas gemelas. En el primer caso, hay una urgencia por la posesión física, y por más intensa que llegue a ser la relación, siempre va a estar condicionada por la materia. Nunca se logrará la comunicación perfecta de almas por más afinidad que haya entre ellas. A lo más que se puede llegar es a obtener un enorme placer físico, pero no se pasa de allí (1995: 34)

Las mujeres continúan siendo asociadas a la irracionalidad, al capricho y a la sensibilidad, mientras que los hombres, objetos de amor o de odio, son reducidos a personajes protectores, practicantes de un paternalismo sin variantes, o amantes que seducen y abandonan. No nos encontramos frente a una reformulación de las relaciones de género. La comunicación, con esos “otros” que no comprenden “el universo femenino”, es en lo concerniente a lo físico y no a los aspectos simbólicos. Los sujetos masculinos sólo aceptan lo que entienden como un misterio esencial. Cualquier cuestionamiento relacionado a las situaciones de las mujeres o de otros grupos se detiene donde comienza el sentimiento por el sujeto masculino.

Mientras que por un lado, se subrayan las diferencias entre los sexos dejando de lado sus semejanzas; por el otro, se anulan los contrastes presentes en los miembros de un mismo sexo. Hombres y mujeres no se parecen. Las mujeres, en cambio, son todas iguales. Las diferencias, las contradicciones, las tensiones y los posibles conflictos entre las clases - Tita y Chencha, Azucena y Cuquita - son disueltos. La escritura, entonces, ordena o atenúa en el ámbito de los signos el caos, la fragmentación que tiene lugar en la ciudad real al mismo tiempo que fija sentidos mediante la repetición y dibuja asociaciones en torno a los espacios y a los sujetos.

Las novelas, por momentos, refuerzan la ilusión de que las fronteras que dividen una clase social de otra se vuelven difusas ya que, antes de pertenecer a un determinado grupo social, todas forman parte de una comunidad mayor “las mujeres”. De esta forma, lo que une a Nacha, Tita, Chencha y Mamá Elena, más allá o quizás más acá de la pertenencia a distintos grupos sociales, etnias, dada la simplificación que se hace de las asimetrías existentes, es que ellas, en su totalidad, vivieron el amor:

Durante el entierro Tita realmente lloró por su madre. Pero no por la mujer castrante que la había reprimido toda la vida, sino por ese ser que había vivido un amor frustrado. Y juró ante su tumba que ella nunca renunciaría al amor, pasara lo que pasara. (1995: 101)

(...) a Nacha le entró de golpe una gran nostalgia. (...) A sus 85 años no valía la pena llorar, ni lamentarse de que nunca hubieran llegado ni el esperado banquete ni la esperada boda, a pesar de que el novio sí llegó, ¡vaya que había llegado! Sólo que la mamá de Mamá Elena se había encargado de ahuyentarlo. Desde entonces se había conformado con gozar de las bodas ajenas y así lo hizo por muchos años sin repelar. (1995: 85)

Se homogeneizan las experiencias: qué es el amor, cómo y a quién se ama. Las narraciones parecen postular “todas hemos sufrido o amado alguna vez de la misma manera y por eso podemos entendernos”. Esta igualdad sólo aparente, conforma una ficción dentro de la ficción. En este sentido este último ejemplo puede servirnos a modo de ilustración de las relaciones entre las mujeres de distintas clases sociales o etnias. Aquí es donde el referente “mujer” vuelve a trazar sus bordes haciendo de un determinado “margen” un centro y excluyendo al otro sector que permanece doblemente marginado.

La ilusión de unidad hace evidentes sus fisuras a medida que nos adentramos en los textos y los abordamos desde una perspectiva feminista. Una vertiente del feminismo cuestionó la posibilidad de un sujeto unitario femenino [3] ya que de homogeneizar el uso del término “nosotras” o “mujer” se niega la heterogeneidad y se terminan reproduciendo las mismas prácticas que se buscan socavar [4].

El lugar que le corresponde a las mujeres de baja condición es el de ser meras observadoras de las acciones o de los logros de aquellas pertenecientes a la clase letrada y dominante. Poder elegir y poder alcanzar la felicidad sólo está reservado para este grupo social que ocupa además el lugar protagónico en las novelas. En La Ley…, este conflicto es reemplazado por las tensiones entre los “evolucionados” y los “no evolucionados”, entre quienes pagaron su karma y están autorizados a encontrar su alma gemela y quienes todavía deben “pagar” sometiéndose a continuos abusos. Este es el caso de Cuquita la casera de Azucena - la astroanalista - quien debe soportar los continuos golpes de su marido. Mientras que Azucena recupera a Rodrigo al final, Cuquita debe limitarse - como Nacha - a mirar desde “detrás del vidrio”.

El poder masculiniza. Si se intenta ingresar a la esfera pública deben conocerse sus reglas y adoptar sus posturas, renunciando así al bien más “cotizado” en el mundo narrativo: el amor. Con respecto a la noción de éxito que ponen en circulación los textos podemos señalar que se reivindican los logros afectivos por sobre los materiales o laborales. A las ambiciones se les asigna un valor negativo. A Isabel, candidata a la presidencia en La ley, le corresponde el papel de villana. Ella representa el obstáculo para la felicidad de Azucena y del resto de los personajes. En Como agua…, ese rol le corresponde a Mamá Elena. Al morir su esposo, ella debe conducir la hacienda. Esto implica, administrar justicia, dictar leyes pero claudicar las emociones y esconder todo indicio de que alguna vez estuvo enamorada.

Desear o poseer poder se asocia a la esfera pública y a lo masculino, un mundo ajeno cuyas reglas la mujer no entiende pero se resigna a aceptar. En este sentido los modelos presentados por las novelas tampoco cuestionan las representaciones tradicionales en las cuales las demandas, en ambos espacios, eran percibidas como contradictorias. Lejos de cuestionarlas o problematizarlas y presentar nuevas representaciones, las adoptan, las naturalizan y buscan resemantizarlas añadiéndoles un valor positivo. Como hemos venido viendo hasta aquí, nos encontramos frente a repeticiones de personajes, espacios, esquemas, secuencias, situaciones y sentimientos. En otras palabras, desfilan por los textos una sucesión de estereotipos - entendido en el sentido barthiano [5] -. Las mujeres son definidas como superiores y también se revaloriza la esfera de lo privado (Osborne: 1993). Sin embargo, esta definición lejos de cuestionar las asociaciones mujer-naturaleza, hombre-cultura. Se consolida una visión dicotómica del mundo que acarrea una jerarquización de los términos implicados, promoviendo, por su mirada parcial de la realidad y la homogeneización de las conductas de cada sexo, una situación conveniente a y favorecida por, un sistema patriarcal.

La historia contada es la de un determinado grupo de mujeres. Aquí sólo hemos intentado desglosar sus características. Uno de los riesgos que acarrea esta reproducción de modelos simplificados y simplificadores, “autorizados” por determinados centros de poder, como el mercado editorial, es que lo femenino, en tanto que unidad de significado, deviene una categoría fácilmente manipulable. La misma es sustraída del campo de tensiones que la afronta discutiblemente a lo masculino y es aislada en un sistema aparte que vuelve a excluir la diversidad y la heterogeneidad (Richard: 1996). Los tipos y estereotipos que difunden se proponen como representativos de todas las mujeres latinoamericanas sin importar distinciones de origen nacional, ni religión, etnia o clase social, negando a los sujetos concretos. Se habla del otro y por el otro intentando que una voz sea leída y entendida como representativa de otras. La tendencia de esta escritura es claramente reguladora más que emancipadora.

 

Bibliografía:

1. Obras de Laura Esquivel:

Esquivel, Laura (1995): Como agua para chocolate. Grupo Editorial Planeta, Barcelona.

——— (1995): La Ley del amor. Editorial Grijalbo, México.

 

2. Bibliografía crítica:

Barthes, Roland (1969): El placer del texto. Madrid, Siglo XXI.

Benhabib, Seyla “Feminismo y posmodernidad: una difícil alianza”, Feminaria, 1995, VIII, pp. 22-28.

Bravo, Victor “Dones y miserias del lugar común”, Revista SYC, 1999, n° 9/10, pp. 141-145.

Kirkpatrick, Gwen: “El Feminismo en los tiempos del cólera”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 1995, Nº 42, pp. 45-55

Masiello, Francine: “La insoportable levedad de la historia: los relatos best-sellers de nuestro tiempo”, Revista Iberoamericana, 2000, N° 193, pp. 799-814

Osborne, Raquel (1993): La construcción sexual de la realidad. Ediciones Cátedra S.A, España.

Perilli, Carmen: “Mujer e Identidad en la narrativa latinoamericana de fines del milenio”, Memorias de JALLA, 1995, Vol. II, pp. 476-487.

Richard, Nelly: "Feminismo, experiencia y representación”, Revista Iberoamericana, 1996, Núms. 176-177, pp. 733-744.

——— (1993): Masculino/Femenino: Prácticas de la diferencia y cultura democrática. Francisco Zegers Editor, Chile.

Sarlo, Beatriz (1985): El imperio de los sentimientos. Catálogos Editora, Argentina.

 

Notas:

[1] Este artículo, revisado y corregido para su publicación en esta revista, forma parte de una investigación más extensa cuyo corpus está conformado por otras escritoras latinoamericanas (Ángeles Mastretta, Gioconda Belli, Isabel Allende y Zoé Valdés). Los distintos estudios y análisis se encuentran compilados en un libro que fue publicado a fines de mayo de este año con el título de Fórmulas de amor y mercado. La narrativa de mujeres en América Latina.

[2] Francine Masiello, califica al texto Afrodita de Isabel Allende, en un análisis sobre varios best-sellers, como “una variante de los manuales de autoayuda, a través del cual se auxilia a las mujeres de la casa en sus planes para las aventuras amorosas no importa que estén en Barcelona, Santiago de Chile o en San Francisco de California.” (2000: 808).

[3] Gwen Kirkpatrick analiza los problemas que se le plantean al feminismo. Con ese propósito cita a Domitila Barrios quien subraya las diferencia entre clases sociales, niveles económicos y etnicidad (1995: 46).

[4] Seyla Benhabib, analizando en un artículo la complicada relación entre feminismo y posmodernidad, afirma: “Si el sujeto de la tradición intelectual occidental ha sido normalmente el cabeza de familia varón, blanco, propietario, cristiano; entonces la Historia tal como se recuerda y narra hasta ahora, ha sido ‘su historia’” (1995: 23)

[5] En El placer del texto, Barthes, afirma “el estereotipo es la palabra repetida fuera de toda magia, de todo entusiasmo, como si fuese natural, como si por milagro esa palabra que se repite fuese adecuada en cada momento por razones diferentes, como si imitar pudiese no ser sentido como una imitación...” (1969: 69)

 

© Natalia Ferro Sardi 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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