Una lectura mítico-simbólica de Evita y Juan Domingo Perón
a partir de Ernesto Sábato y otros narradores argentinos

Dr. Alejandro Hermosilla Sánchez

Universidad de Murcia
adler136@hotmail.com


 

   
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Decía Octavio Paz en perspicaces palabras que “toda sociedad moribunda o en trance de esterilidad tiende a salvarse creando un mito de redención, que es también un mito de fertilidad, de creación. Soledad y pecado se resuelven en comunión y fertilidad”. Según el lúcido poeta y ensayista mexicano, esta necesidad del nuevo mito nace como respuesta a la “conciencia del pecado” en el que la sociedad vive y que se manifiesta en “el desamparo y abandono” en que gran parte de sus habitantes se encuentran que hace surgir “la necesidad de la redención”, al tiempo que “ésta engendra la del redentor”. Lo que provoca, inevitablemente, la aparición de “una nueva mitología y una nueva religión” y de una nueva sociedad que a “diferencia de la antigua” (…) “es abierta y fluida, pues está constituida por desterrados”. [1]

Precisamente, estas palabras venían a ceñirse exactamente al estado de la decaída sociedad argentina de los años cuarenta del siglo XX pues si de algo estaban necesitadas las masas fragmentadas que componían este país era precisamente de una figura femenina de talante redentor a la que pudieran donar los atributos fundamentales de madre de la patria, que pudiera concederles una concavidad segura en la que resguardarse, habitar y vivir la Argentina. Se necesitaba una mujer carnal, forjada en el sufrimiento que había embargado a las clases desfavorecidas pero cuya presencia, a la vez, ofreciese el milagro de descubrir el velo de la santidad, engalanada con una espiritualidad telúrico-mágica que permitiera acrecentar la fe perdida en el destino sobrenatural del país.

Más aún, cuando las gastadas postales y los antiguos reliquarios dedicados a la Virgen María parecían más retales desprendidos de un mundo perdido para siempre (el país de origen), que no podían otorgar consuelo real frente al asedio salvaje de la dura vida cotidiana, que presencias y representaciones vivas a través de las que alumbrar las vidas en su continuo fluir.

Por ello, Argentina necesitaba a una madre que supiese amalgamar a las dos mujeres cuya semilla eterna había penetrado a la humanidad, Eva y María; las dos mujeres más importantes de las dos culturas de las que la mayoría de habitantes del país descendían: la judía y la cristiana. Una virgen de pureza que no perdiese ni dejase de lado la sexualidad presupuesta a la primera mujer y que conjugase a ambas, sin denegar a ninguna de las dos, adaptándose al nivel de realidad, de deseo que solicitaba la libido imaginaria del país. Y, al mismo tiempo, se necesitaba un referente paternal cuya apariencia fuera benigna, cuyo abrazo alcanzase a todas los solitarios habitantes de Argentina necesitados de ser redimidos por el guiño cómplice de un padre juguetón, cariñoso y que, por una vez, estuviese de parte de ellos sin necesidad de fustigarlos, golpearlos con el látigo de su voz y sus gestos.

De esta manera, se estaba abriendo la puerta al advenimiento de aquella pareja que formarían Eva Duarte y Juan Domingo Perón que, en un principio, parecerían capaces de hacer realidad el ensueño de tantos hombres de la Argentina por encontrar unos bondadosos padres y una nueva religión viva que supiese plegarse a su realidad: el justicialismo.

Ambos, Eva y Perón, consiguieron realizar -gracias a los simbolismos de su unión- una sorprendente síntesis de las antítesis y contradicciones de la cultura judeocristiana, forjando una inédita unión entre aquellas dos concepciones diferentes del ser humano que permitiría que pudiesen operar a la vez sin estorbarse mutuamente, y, por tanto, consiguiendo obrar un mensaje de dimensiones universalistas sin dejar de ser localista. Forjaron el sueño plural, el delirio antes nunca entrevisto del acceso de todos los hombres al resguardo del manto de la divinidad. Un ensueño donde todo era posible. Y en el que Yahvé limpiaba a las ciudades de su maldición y regalaba maná a todo el mundo. La fuerza del poder y la más desinteresada pasión del amor en una fórmula que no podía fracasar. Y después de siglos de dispersión, de cientos de años de represiones e imposibilitados para volver a la tierra de la que un día salieron para no regresar, los hijos de Caín parecían haber encontrado a su padre y madre y llantos y gozos se escuchaban en la Nueva Jerusalén. La esperada liberación de Babilonia y el nuevo pacto de Yahvé con su pueblo había de recomenzar.

Sin embargo, frente a los gritos victoriosos de su pueblo, al enjambre de aullidos lanzados al viento que siguieron a la liberación del encierro al que se vio sometido Perón por las fuerzas político-militares de su país pronto se alzaron voces disidentes a su fulgurante toma de poder y dominio de la sociedad civil argentina.

Así, por ejemplo, Sábato no dudaría en considerar a aquel padre de la nación que se presentaba risueño y cosido a su sonrisa de comedor, masticador satisfecho del hambre vital o espiritual de la nación ante sus exiliados hijos, un impostado redentor, un hábil estadista que, amparado por el don de la oportunidad, supo aprovecharse de las circunstancias de guerra en medio mundo y las contradicciones internas del poder en la Argentina, para rodear su figura con un hálito de salvador que no era tal. Pues para Sábato, si bien un movimiento como el peronismo que consiguiera aglutinar a los desclasados en su entorno y al fin prometiera repartir la riqueza sobrante del país a sus integrantes era necesario, en verdad, lejos de permitir hacer evolucionar al pueblo en la dirección adecuada -la compasión y la comunión- ahondaba y se aprovecha de su herida cainita, profundizaba en la misma, en la sed de venganza del ciudadano oprimido y sometido a sus pasiones, para alzarse en el poder. Es decir, en realidad estaba jugando con el pueblo herido y justificando la necesidad cainita del crimen o el robo de tantos ciudadanos desorientados que, como el Carlos de La fuente muda o Juan Pablo Castel en El túnel poblaban Buenos Aires.

Por esta razón, la postura de Sábato hacia este movimiento“paternalista y populista”,[2] como lo califica Juan José Saer, siempre fue crítica. Pues lo que para unos fue una posibilidad concedida a las masas, a los excluidos de disfrutar el oropel de riqueza argentina siempre negado, él, como tantos otros, lo entendió, en el fondo, como una manera de usurpar el poder vacante en tiempos revueltos gracias al resentimiento de las masas a las que, en realidad, únicamente se las manipulaba. Así lo señalaría en su carta magna contra el peronismo, El otro rostro del peronismo, en donde no dudaría en indicar cómo Perón supo aprovechar la situación de Argentina antes de su llegada en la que “había un cargo vacante de líder, (…) había una total desorientación de los partidos”, [3] permitiendo al “desconocido coronel observar con claridad “que había llegado para el país la era de las masas”. Y donde afirmaría sin ambages del nuevo salvador de la patria que “tanto su aprendizaje en Italia, su natural tendencia al fascismo, su infalible olfato para la demagogia, su idoneidad para intuir y despertar las peores pasiones de la multitud, su propia experiencia de resentido social -hijo natural como era- y por lo tanto su comprensión y valoración del resentimiento como resorte primordial de un gran movimiento de masas, y finalmente su absoluta falta de escrúpulos”, [4] le permitieron llegar a un poder en el que “sus aliados naturales tenían que ser al final (…) los ladrones y los asesinos. En otras palabras: los jerarcas y los aliancistas”. [5]

Por tanto, para Sábato Perón no habría sido sino otro de aquellos jerarcas cuya palabra vendría aún más a encadenar al pueblo al código del pecado, a la materia y a la falta que ésta invoca generando una sinfonía de salmos y cánticos a su alrededor que hundirían aún más a su pueblo en el olvido. Porque, en realidad, la palabra embelesada de Perón que escondía la promesa de sufragar la falta de su pueblo nacía de un taimado engaño y surcaba la distancia que la separaba de los ciudadanos que la miraban atónitos por su belleza y contundencia como un oculto látigo presto a dispararse ante cualquier voz disidente. De este modo, es comprensible que Sábato visualizara a Perón cercano a un emperador a Rosas o a aquel Dios omnipotente del Antiguo Testamento, más allá del bien y del mal, de cualquier ley o poder de este mundo, dispuesto a cortar todo diálogo con quien no siguiera las leyes que con potencia divina decretaba y derogaba, y para quien, en el fondo, el pueblo no dejaba de ser una enorme masa sometida a sus intereses, tal y como lo ha querido comprender Sembreli: “Perón fluctuaba entre el bonapartismo y el fascismo, era la cabeza bifronte de Jano; de un lado el caudillo militar, que ante las Fuerzas Armadas o los capitalistas se presentaba frenando el peligroso avance de las masas; del otro, el líder que delante de la clase trabajadora se mostraba defendiéndolas de los capitalistas. (…) Sin embargo, había una imperceptible diferencia en su actuación según se tratara de unos y otros. Con la clase obrera, (…) las relaciones eran entre un sujeto -Perón- y un objeto -los obreros-, en tanto que con los empresarios y los militares actuaba como un sujeto frente a un sujeto”.[6]

Y en este sentido, Sábato no estaría muy lejano de la visión que del peronismo tuviera Borges. Aunque, bien es cierto, que si, en verdad, Sábato sí que consideraba que la llegada de Evita era necesaria para la constitución una identidad real en la Argentina, para Borges, esta mujer -actriz de segunda fila y poseedora de una cultura forjada en retales de novelas rosa y culebrones sentimentales-, era, en verdad, indigna de manejar los destinos de una nación. Además, es necesario concebir en qué medida -como pone de manifiesto las vejaciones que sufrieran entre otros Mújica Lainez y el propio Borges- el dominio ejercido sobre las masas de desheredados argentinos que hiciera Perón, en realidad, ayudó a crear un clima, a la vez, de disensión y de crispación en una sociedad en la que los estratos sociales cada vez se separaban más.

De este modo, el hombre de la clase media, el artista, el heterodoxo, paralizado entre la necesidad de tomar partido por estas reformas, enfrentarlas o aislarse en un radical mutismo, quedó atrapado entre dos bandos, las oligarquías y las clases proletarias, entre las que no sabía cómo reaccionar, propiciando que las distintas capas de rencor aislaran aún más a los individuos libres en sus recintos cerrados. Y es por esta terrible situación que permitió que tantos de los artistas argentinos durante el peronismo se vieran abocados a vivir en recintos cerrados, atrapados en la soledad más atroz, mientras un sinfín de discursos voraces se sucedían en la sociedad argentina que se ha podido entender el siguiente personaje que Sábato compusiera, Juan Pablo Castel, no sin acierto, como una crítica velada al régimen de Perón. Pues ese hombre, Castel, encerrado en sí mismo e incapaz de relacionarse con los “otros” a no ser a través de un discurso tiránico y preñado de palabras huecas, vacías, podría, sin dudas, remitir en primera instancia al fracaso y verdadero rostro del sueño imposible del discurso justicialista argentino.

Porque el discurso mass-mediático argentino, en contra de lo que pretendía parecer, es para Sábato semilla y fruto de una palabra cerrada, aislada. Y, desde esta perspectiva, el fondo retórico de los discursos de Perón, por tanto, no podía más que ser un artificio pomposo que intentaba ocultar lo evidente, según el cristal de la mirada de Sábato: Argentina no dejaba de ser una tierra perdida, sin ley, donde la concepción darwinista de la existencia imponía un discurso monolítico sin espacio a la protesta, disidencia o la libertad, creando una irreal burbuja de progreso que antes o después estallaría ante los atónitos hijos de aquellos que hubieran creído en Perón como su salvador.

Pues, como hemos ido observando, en realidad, esa ilusión de que, al fin, con el advenimiento del peronismo, Argentina pudiera, al fin, representar, como señalaría Ricardo Campa, “la progresión porvenirista” de América Latina, habría de ser imposible en la medida en que Perón sólo fue un accidente necesario en una sociedad dominada por la esclerosis maníaca de arcaicas concepciones sociales, y necesitada de hacer frente, de realizar un pacto taimado con las masas de emigrantes crecidas en su seno para frenar su posible movilización, revolución. Una revolución que Perón, “ese apóstol de la materia pura, ese profeta de la víscera”, como lo nombrase Sábato, lejos de ayudar a constituir, en realidad, ayudó a apaciguar, comiéndose los deseos de tantos hombres desvalidos de la Argentina -aquel alma y espíritu auténtico y reales que diría Mallea fueran invisibles en la Argentina- con cada uno de sus interesados gestos, como pone de manifiesto aquella famosa frase suya que horrorizase a Sábato: “en última instancia todo es cuestión de estómago”. [7] O, como muestran, algunos de sus célebres discursos, donde, precisamente, el respeto a la pluralidad de cultos e ideas brilla por su ausencia: “El adoctrinamiento nacional representa para nosotros el punto de partida de una Nueva Argentina que piensa de una misma manera, siente de un mismo modo y obrará unánimemente en una misma forma”. [8]

De este modo, se comenzaba a cifrar de nuevo en la sociedad argentina una polaridad de opuestos irreconciliables que imposibilitaría la unión total de esa excelente generación de intelectuales nacidos en su seno durante el siglo XX y que permitiría, una vez más que la misma se encontrara de nuevo escindida desde su raíz siendo fiel a sus cruentos orígenes. Porque si bien el peronismo actuó, en su rama masculina, como un Dios orgulloso y guerrero, capaz para mantener su poder de realizar depuraciones a gran escala y censuras, lo cierto -y es aquí donde radica todo su carácter paradójico y ambiguo del que se nutre y aprovecha para ejercer su irremediable fascinación contradictoria- es que también ayudó a muchos hijos de Caín a conseguir alojamiento en el país, alzar su voz y comenzar a creer por una vez en la patria Argentina.

Y no es de extrañar que -a pesar de su carácter tantas veces intolerante- dada la inédita posibilidad que se le ofrecía a la ciudadanía cainita de mirar el cielo del país argentino, americano y considerarlo como suyo, Marechal se sintiera irremediablemente atraído por él. Pues en él y, sobre todo gracias la presencia en su rama femenina de aquella mujer, Evita, dispuesta a morir y sacrificarse como Cristo por todos sus hijos, Marechal observó la oportunidad de concebir una auténtica revolución espiritual. Una revolución no muy lejana de la marxista pero con unos matices distintos en cuanto estaría fundamentada en la comunión ontológica desde la desgracia de la caída en el tiempo inmisericorde americano de los distintos pueblos y ciudadanos de América. Porque Marechal -que intentó hilar una vía de ascensión purificadora para el ciudadano argentino a través de un camino que, fundándose en la irremediable materialidad de la constitución americana, trabajase por y a partir de ella para conseguir una verdadera liberación de la misma- no vio en Evita, al contrario de Borges, sino una llamada del destino, una posibilidad que éste ofrecía para hacerse uno con la telúrica naturaleza espiritual de América.

Sin embargo, -como Marechal y a diferencia de Borges- Sábato sí que alabaría y encontraría un sentido muy justo a la llegada de Evita: “La que creía verdaderamente en la revolución, la auténtica revolucionaria, fue Evita Duarte”, [9] nos dirá. De hecho, en realidad, hubiera sido inconcebible que el legado de Perón hubiera calado tan hondo en la sociedad argentina si no hubiera sido por ella.

Exactamente, el partido peronista, justicialista, en su rama femenina -a diferencia de su temible vertiente masculina- sería juez de amor y de compasión a los humildes, un partido profundamente convencido de sus valores cristianos, pero que debido a las características que exigía la sociedad argentina al nuevo mito redentor, como sugiriera Octavio Paz, habría de superponerse a éste. Por tanto, su objetivo sería cumplir aquello que los sacerdotes de la ley cristiana habrían dejado a medio hacer en América y que tanto en el mundo americano como en el europeo permitió que Caín no pudiera redimir su falta. Pues no otra había sido la promesa lanzada y traicionada por el cristianismo al proclamarse religión de los pobres y exaltar la pobreza hasta llegar a considerarla un verdadero valor espiritual ganándose, por tanto, el favor del pueblo llano: “esperar tanto bien viviendo en la opulencia como en la miseria”, [10] gracias a la identificación realizada entre la “paupertas” y la “humilitas”, como nos sugiere M. Cataluccio

Consecuentemente con estos hechos, Evita, por ejemplo, no dudaría en gritar a su pueblo de viva voz: “Lo que ha fracasado no es el cristianismo. Son los hombres los que han fallado aplicándolo mal”, o “El cristianismo será verdad cuando reine el amor entre los hombres y entre los pueblos, pero el amor llegará solamente cuando los hombres y los pueblos sean justicialistas”. [11]

Y es que, Evita, ejemplificando la realidad del mito gnóstico, se aparecía por fin a sus fieles, a todos los perdidos hijos cainitas -y, por ello, todavía hoy sigue siendo considerada una figura más mítica que real con unas dimensiones universales aún por explorar en su totalidad- como una reencarnación, una aparición y transmutación real de la primera madre con la que cohabitasen todos en el mundo occidental: Eva.

No sólo esto, sino que como su mismo nombre indica, Eva María Duarte Perón obraría el misterioso hecho de aunar a las dos madres deseadas por el pueblo argentino, Eva y María, eligiendo, sin vacilaciones ni dudas pues las circunstancias lo pedían así, tomar cuerpo y hacerse una con la primera, Eva, sin que esto implicase desdeñar a la segunda, María, a la que consiguiera revitalizar y resucitar de su papel de símbolo estéril y hueco. Es decir, Eva Perón supo jugar ambivalentemente con las facetas de una sexualidad no negada y de una pureza infatigable digna de una Virgen con la que abrazaba a los descamisados.

Así, por ejemplo, nos dice María Esther Díaz de Evita: “Contenía a la bruja y en otra a la santa; de un lado a la hechicera, del otro la virgen; una cara idealizada y cortés, la otra despreciada y plebeya”, “supo anudar en su imagen a la Eva originaria (madre de la humanidad) y a la María redentora (madre de Jesús). Además, algo que parece casualidad, pero tal vez sea determinismo onomástico. Se llamaba María, también se llamaba Eva”. [12] Nombre que lejos de ser causal, como hemos visto, por mor otra vez del azar objetivo, habríamos de considerar, en verdad, necesario. Pues este nombre que la vinculaba a un pasado remoto y mítico en que estuviera unida con sus hijos allende las fronteras de la tierra prometida argentina le permitiría exactamente ser nombrada en un desierto nacional poblado de sangre y héroes malditos, la primera madre de la nación argentina.

Ser aquella mujer que, unida a su nombre de mito bíblico, llegara a la Argentina para instaurar el reino matriarcal de las diosas y amparar bajo sus maternales senos a su hijo favorito, Caín, (el pueblo llano, los cientos de emigrantes expulsados de Europa) acabando con los absurdos privilegios de los que, hasta entonces, había gozado Abel (la clase terrateniente de la Argentina): “Yo sé que Dios está con nosotros porque está con los humildes y desprecia la soberbia de la oligarquía, y por eso la victoria será nuestra. Tendremos que alcanzarla tarde o temprano, cueste lo que cueste y caiga quien caiga”, [13] dirá en uno de sus discursos a través de los que dejaba claras sus intenciones, de parte de quién estaba y a quiénes había venido a redimir.

Y al mismo tiempo, unida a su nombre mariano, se permitía la posibilidad de resucitar la figura de la Virgen que, inevitablemente, al hacer referencia a Cristo, indicaba, con sus actos, -y esto lo supo ver con clarividencia Sábato- a todos sus hijos el camino de sacrificio que debían seguir si querían terminar de transformar la faz de la Argentina, y si querían hacerse unos con aquella tierra que no les debía estar negada.

Porque Evita, siguiendo el mito bíblico, concedió, gracias a su apoyo, rango divino a Perón. Así, si volvemos a dirigirnos a la historia narrada en la Biblia, hemos de dejar constancia que Eva, en verdad, no había concebido a su hijo Caín, a diferencia de Abel, con Adán. Lo había engendrado con la ayuda de Yahvé, como confirma una lectura atenta del texto bíblico y, entre otros muchos exégetas, ha destacado León Rozitchner: “Ella infanta al infante Caín, su preferido, no con su esposo sino con su padre Jehová; Dios le dio el hijo, y es posesión suya: “lo he adquirido con el favor de Jehová”, no de Adán, dice Eva de su primer hijo en la Biblia. El hombre-esposo quedó desplazado y en lo imaginario Dios-Padre prevalece en ella como primero”. [14]

Lo que permite visualizar con claridad cuál fue el papel simbólico que Perón pudo desempeñar para el ciudadano cainita de Argentina y qué mecanismo psicólogos e internos motivó su presencia, una vez que Evita había asumido el rol de la Eva bíblica y lo había designado como su compañero: él sería el mismísimo Yahvé que, por una vez, había decidido volver el rostro a sus hijos y reconocerlos al fin como hijos legítimos suyos dándoles en propiedad la Tierra Prometida. A lo que, sin duda, ayudó el que Evita fuese mucho más joven que Perón, pudiendo concebirse su relación afectiva como la de Yahvé y Eva, como la resultante del encuentro furtivo pero legalizado entre un padre- amante (Dios) y una hija (Eva, madre de la vida). Y por ello, lejos de extrañarnos ante los constantes signos de sumisión y de desmedido respeto casi divino con los que Eva Perón concebía su relación con su marido, desde este punto de vista, hemos de considerarlos como lógicos resultados del trasfondo simbólico que forjó esta unión. Dirá en varios discursos Evita: “Nada de lo que tengo, nada de lo que soy, ni nada de lo que pienso es mío: es de Perón”, “él ha sabido conciliar en mí la “esclavitud” con la libertad. Como mujer le pertenezco totalmente, soy en cierto modo su “esclava”, pero nunca como ahora me he sentido tan libre”. (..) “él (es) enorme, y yo, pequeña”. [15]

Por tanto, Evita fue el escudo sabiamente utilizado por Perón para seguir continuando los dictados despóticos a través de los que se había forjando el país argentino. Porque, precisamente el ser poseedor del falo a través del que podría adentrarse en las cavidades uterinas de Evita, le permitiría seguir imponiendo en el reino del olvido en Argentina.

Precisamente, como ha dicho Kristeva en aquel excelente capítulo dedicado al Cantar de los Cantares -que con tanto cuidado podría ser revisado por algún exegeta para establecer una sutil conexión entre la historia de amor narrada en el texto bíblico y la relación de Perón y Eva- de su Histories d’amour: “en hebreo “memoria” y “falo” aparecen unidos a la misma raíz”. [16] Lo que permitiría entender que aquel que poseyera el falo, la capacidad de fecundar a esa madre de todos los vivientes que simbolizara Evita, sería el encargado de guardar la memoria de la nación argentina, el hombre a quien se le encomendase la misión, por tanto, de construir y reconstruir su historia a su antojo y quien -si hiciera un mal uso de esta capacidad- podría enterrar aún más a su pueblo en las corrientes del olvido. Además, falo, vida y memoria van unidos tan estrechamente que la ausencia del primero -al fin, el propulsor que hace nacer la vida en el vientre de la mujer, en la tierra- degenera, ineludiblemente, en muerte y olvido. Y, por ello, no sería extraño, por ejemplo, que en un texto, como el Cantar de los Cantares, donde el amor se declara -como en aquella recreación fílmica, L´amour à mort, que realizara Alain Resnais de esta idea que es imposible no ligar con el mito de Orfeo y Eurídice- tan fuerte como la muerte, muchos investigadores hayan encontrado una fuerte conexión con “las celebraciones orgiásticas de los cultos funerarios babilonios y griegos (…)” e incluso “ugaritas”, [17] como nos dice Kristeva o que Marvin H. Pope, no tuviera dudas en considerarlo como descendiente de orgías funerarias.

Pues, en realidad, este canto dirigido, como excepcionalmente explica la escritora búlgara, dirigido a Yahvé -que nos habla inconscientemente del poder de resurrección generado a través del acto sexual, amoroso gracias a la posesión del instrumento, el falo, que otorga el éxtasis, el goce que permite al hombre igualarse al creador- es un intento de luchar contra la inevitable muerte de todas las cosas, de asemejarnos a Dios. Y es lógico que, en las ceremonias rituales, en los enterramientos que las culturas mitológicas, como la egipcia, realizaran, siempre se pueda rastrear detrás de los signos que las rodean, un falo escondido, más o menos explícito, a través del que los familiares o amigos del muerto mostraban su deseo no sólo de que su compañero cayese en el olvido de la muerte sino la posibilidad de su resurrección. Como asimismo, en muchos de los grabados a través de los que se nos han presentado ceremonias desarrolladas a partir de, como así se ha querido llamar, el satanismo o en tantas representaciones, el demonio o el diablo, haya sido representado con un tremendo falo que, lejos de ocultar, se precia de enseñar.

De esta manera, no resulta extraño, y una vez visitado el poder simbólico otorgado al falo de Perón -en realidad, el verdadero rostro oculto de Yahvé jamás mostrado y enseñado a nadie salvo a su mujer- que el pueblo argentino, no tomara conciencia de algo que, por ejemplo, años después y con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, Gemán Arciniegas observó con claridad y ya vislumbrara sabiamente Borges. Esto es, que el antecedente de Evita no era aquella primera madre de todos los vivientes, sino, Encarnación Ezcurra, la mujer de Rosas.

De hecho, el título de aquel catecismo, de aquel testamento, La fuerza es el derecho de las bestias, que con el carácter de una buena nueva promulgado por toda la Argentina, legase al pueblo argentino los mandamientos del justicialismo, los deseos y voluntades expresas de Perón, no dejaría lugar a dudas de quién era el nuevo señor de la Argentina. No sólo de Argentina sino de las naciones -España e Italia, indistintamente padre y madre del país argentino- que siendo la base a través de las que se había fundado la identidad argentina en el siglo XX y estando todavía bajo la influencia de aquellos dos hombres, Mussolini y Franco, tan afines a Perón, se jactaba ahora y, gracias a los sacrosantos, desmesurados esfuerzos de Evita, de ayudar.

Sin embargo, y al tiempo que el pueblo argentino se regodeaba de estar entre los brazos de protectores de esta madre, de manera exacta, concisa, como por fuerza de un azar objetivo que en Argentina siempre se desarrollaría cruelmente, Eva Perón moriría en la plenitud de su vida. Como si tuviera que pagar una deuda con la vida por haber querido cambiar el destino de su pueblo. Por haber querido ser madre de una tierra que, en principio, ya tenía siglos antes de su aparición a sus propias madres indígenas, sus deidades. Y si su muerte temprana permitirá su canonización, su santificación eterna en la conciencia de millones de argentinos que, desde su presencia, sintieron que este país era el suyo o que la madre a la que llorar y pedir ya no se encontraba lejana, también permitió que el peronismo fuese degenerando cada vez más hasta construir otro mito cruento en la historia de Argentina y a dejar un poco más sola a la Argentina, (a lo que ayudaría su esterilidad, el que no dejara descendiente alguno) a la hora de luchar contra sus eternos demonios. Permitió que la mancha borrada con su presencia y actitudes marianas volviera a resucitar con su muerte.

Y lo cierto es que, si intentamos leer el porqué de su muerte a través de los hilos ocultos de la historia argentina, a través de los tejidos míticos que forjaron la leyenda de las dos madres que intentara suplantar, la misma no debería sorprendernos. En realidad, según la cultura judía e incluso, más tarde, la católica, la esterilidad de la mujer era un signo deshonroso que habría de, en ciertos casos, separarla de la comunidad donde habitaba o, al menos la obligaba a separarse del marido. Y si, el marido o la esposa no se separaban voluntariamente, la ley de Yahvé y de sus sacerdotes debería alzarse sobre ellos, pudiendo ser lapidados, expulsados de la comunidad. En este sentido, Evita no estuvo muy lejos de transgredir el tiempo fijado para donar hijos a su esposo, según marca la ley judía, y bajo estas circunstancias, no tenía otra vía, otra salida que desaparecer, pues era indigna de querer llamarse o ser hija directa y amante de Yahvé. Había finalmente demostrado que aquellos jerarcas, sacerdotes de Yahvé -la clase agropecuaria argentina- que se opusieran a su llegada al poder, finalmente, tenían razón: Evita nunca había merecido gobernar los designios de la nación argentina. Precisamente, había demostrado todo lo contrario. Que ella era una usurpadora del trono únicamente concedido a los elegidos y a los más sabios profetas del pueblo hebreo. Y, que en realidad, toda su bondad estaba construida a partir del rencor, su deseo de huir del pecado, pues si ella lo hubiera merecido, si ella hubiera sido lo suficientemente buena, como lo fuera la mujer de Isaac, Rebeca, el mismo Yahvé le hubiera permitido engendrar a aquel hijo, Jacob, que concediera tras su lucha con el ángel, el nombre definitivo, al pueblo hebreo.

De hecho, que Perón se opusiera años más tarde al culto católico, justificaría por último la nueva revuelta de los sacerdotes judeo-cristianos contra el peronismo y su posterior caída y daría la razón implícitamente a quienes se oponían al culto Eva-Perón en la Argentina. Lo que sucede es que los nuevos gobernantes que proscribieron el peronismo al no considerarlo digno de regir los destinos de la Argentina, olvidaron una de las verdades más sangrantes de la historia argentina: no era Sarmiento (Jacob) quien había nombrado definitivamente a su país sino el animalesco y cruento -tantas veces comparado con Perón- Rosas (Esaú). Por lo que, en realidad, y volviendo a caer en la contradicción de tantos gobiernos dictatoriales que quisieron ser los baluartes de la verdadera Argentina, seguían estando ciegos para reconocer en sí mismos el mal y la falta que intentarían que purgase la parte del pueblo argentino opuesta a ellos. Es decir, ellos eran también unos impostores, unos cristianos que habían renegado de las enseñanzas del Dios de quien vinieron a traer, no otra buena nueva que la del amor a esa tierra pre-mítica y paradisíaca que fuera América. En realidad, unos pecadores, como siempre había sabido Evita.

Sí, porque Evita, aun acaso desde su inconsciencia, lo supo desde el principio: entre el nombre de Eva o el de María, ella había optado por el de Eva. La mujer que nos encadena a la vida, querámoslo o no. Pero también a la muerte y al pecado, según el cristianismo. Y, por tanto, al denegar en ella, al poner en segundo plano a la mujer mariana frente a Eva en su deseo de fundirse en su vientre con su hijo más querido, Caín, había optado por encadenarse al pecado, a la falta, al código del Antiguo Testamento, a la irrefrenable espiral de revanchas continuas a través de la que se construye la violencia original desde los tiempos de Caín y Abel. Lo que no permitió, una vez que María, como señala Berdiaev dejaba “fuera de la feminidad antigua (el) mal y la esclavitud” -que es lo que anuncia, según el ensayista ruso, “el culto del eterno femenino, en (…) épocas de(..) rescate, (…) ligado con la Virgen María”- [18] que aquel mito redentor cifrado por Octavio Paz y que citamos al principio de este capítulo, pudiera hacerse realidad en su totalidad.

Lo que propiciaría que, y una vez que su figura se había hecho una, indisoluble e inquebrantable con el pueblo argentino, fuera el mismo pueblo quien la rescatase. Y que fueran los sufrientes habitantes de Argentina quienes (determinados a que su esencia jamás desapareciera de sus vidas), le hicieran decir, una vez muerta y por fuerza de ese amor que debió sentir por su pueblo tan o más fuerte que la muerte, como el del Cantar de los Cantares, aquella apócrifa frase escrita en las calles de Buenos Aires: “Volveré y seré millones”. Y lo que daría pie, igualmente, a que más tarde, cientos de personas cegadas por poseer un hueso, un pedazo del cuerpo de aquella mujer casi sobrenatural, rozada por el velo de la santidad, y que debía haber estado en contacto con un Dios, se avalanzaran sobre la tumba de Evita, la profanasen. Y que las leyendas sobre las múltiples andazas del cuerpo de la primera y única madre sentida como tal de la Argentina, se multiplicasen hasta el infinito, preludiando, inquiriendo sobre una esperada pero siempre denegada posible resurrección de Eva en Argentina.

 

Notas

[1] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. Postdata. Vuelta a El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica. México. 2002, págs., 224, 225.

[2] Saer, Juan José. El río sin orillas. Tratado imaginario. Alianza Editorial Madrid. S.A. 1994., pág., 180

[3] Sábato, Ernesto. El otro rostro del peronismo. Carta abierta a Mario Amadeo. s.n. Buenos Aires. Segunda edición. 1956. págs., 18 y 19.

[4] Ibídem.

[5] Ibíd, pág., 26

[6] Sembreli, Juan José. Págs., Crítica de las ideas políticas argentinas. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2003. págs., 233 y 234.

[7] Sábato, Ernesto. El otro rostro rostro del peronismo. op.cit., pág., 58.

[8] Ibidem.

[9] En Una histórica charla para argentinos. Diálogo Fangio-Sábato. en Medio siglo con Sábato. Entrevistas. Prólogo, recopilación y notas de Julia Constenla. Ediciones B Argentina S.A. 2000. pág.,186.

[10] En Geremek, Bronislaw. Le fils de Caïn: l’image des pauvres et des vagabonds dans la littérature européenne du XV au XVIIe siècle. Ed. Flammarion. Paris. 1991.,pág., 12.

[11] Moreno, Marcelo A. Contra los argentinos y otros ensayos. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. Primera edición. 2002., pág.,188.

[12] Esther Díaz, María. Buenos Aires. Una mirada filosófica. Editorial Biblos. Buenos Aires. 2001. pág., 184.

[13] Moreno, Marcelo A. Contra los argentinos y otros ensayos. op.cit, pág., 89.

[14] Rozitchner, León. La cosa y la cruz. Cristianismo y Capitalismo. (En torno a las Confesiones de San Agustín). Editorial Losada.S.A. Buenos Aires. 2001., pág., 126.

[15] Moreno, Marcelo A. Contra los argentinos y otros ensayos. op.cit., pág., 90

[16] Kristeva, Julia. Histories d´amour. Éditions Denoël. Paris. 1983. pág., 111. La traducción es mía.

[17] Ibidem

[18] Berdiaev, Nicolás. El sentido de la creación. Traducción de Ramón Alcalde. Ediciones Carlos Lohlé. Buenos Aires. Argentina. 1978., pág., 245.

 

Bibliografía.

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Doctor en Literatura española, teoría de la literatura y crítica literaria con mención europea por la Universidad de Murcia

 

© Alejandro Hermosilla Sánchez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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