En loor del maestro.
Notas necrológicas sobre Ibsen
en la prensa de la ciudad de México: 1906 [1]

Mtra. Leticia Romero Chumacero

Universidad Autónoma de la Ciudad de México
romero_chumacero@prodigy.com.mx


 

   
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Resumen: Acaso la mención más temprana de Ibsen en la prensa de la capital de México data de 1892. Entre ese año y el de su muerte, 1906, su recepción en el país hispanoamericano osciló del franco entusiasmo a la sinuosa desaprobación, con mayor énfasis en lo primero. Dos generaciones cardinales relacionadas con estéticas cosmopolitas lo conocieron parcialmente; lo colocaron entre sus figuras tutelares y admiraron tanto su osadía como la vena poética de su dramaturgia: tal fue la recepción del noruego entre modernistas y ateneístas.
Palabras clave: Ibsen, recepción literaria, México, Modernismo, Ateneo

 

I

La mañana del jueves 24 de mayo de 1906 los más de cien mil lectores del periódico El Imparcial hallaron entre las “Notas cablegráficas” una que anunciaba la muerte de Henrik Ibsen, acaecida el día previo.[2] Para cualquier mexicano culto aquel nombre tenía resonancias que se remontaban por lo menos una veintena de años atrás, cuando el prolífico Manuel Gutiérrez Nájera enjuició con alguna dureza el trabajo del dramaturgo noruego.

Efectivamente, en 1893 y 1894 Gutiérrez Nájera había calificado los dramas de Ibsen como “obras de pesimismo eslavo, intrincadas, simbólicas, hieráticas”.[3] También había insistido en una comparación -reiterada en varios artículos- entre Ibsen y Tolstoi, a quienes consideraba herederos de “la irreductible fatalidad de la tragedia esquiliana”.[4] La innovación de sus respectivas propuestas literarias pareció excesiva al Duque Job, quien se pronunciaba por hacer cosas nuevas, sí, “pero no algo descabellado o sin pies ni cabeza”.[5] Un mes después de publicadas aquellas palabras en El Universal, en mayo 1894 El Correo Español ofreció una traducción al español de Casa de muñecas, basada en una versión de origen galo.[6] En efecto, así como el cuentista norteamericano Edgar Allan Poe fue conocido en México a partir de la traducción francesa preparada por Charles Baudelaire, las piezas ibsenianas arribaron al país en versiones francesas firmadas por el conde ruso Moritz Prozor; a saber: Les revenants. La maison de poupées (París, 1889) y La puissance des ténèbres (París, 1890).[7] Ese brevísimo repertorio estaba en la mente lectora cuando El Siglo Diecinueve, diario liberal que a la sazón se auto-nombraba “Decano de la prensa mexicana”, publicó a mediados de 1892 una reseña firmada por Carlos Ernesto Lichtenberger. El título de la nota era “Henrik Ibsen y el teatro contemporáneo, por Augusto Ehrhard”.[8]

Presumiblemente una traducción del francés, la colaboración de Lichtenberger apareció en aquel diario cuando los directores eran Luis Pombo y Francisco Bulnes; entre los redactores sobresalían Carlos Díaz Dufoo y Luis G. Urbina. La presencia de estos últimos torna más significativas las apreciaciones vertidas en aquella ocasión ya que ambos serían protagonistas del movimiento modernista mexicano y sus inclinaciones estéticas pudieron haber influido en la inserción del comentario. El autor de la reseña que publicaron sostenía que si bien “la doctrina de Ibsen [era] esencialmente turbia”, su valor estético no radicaba en la “doctrina misma ni en la tesis”:

fúndase antes bien en los problemas planteados [...] que no en las soluciones distantemente radicales que propone. Despertar nuestra conciencia, sacudir nuestro moral abatimiento, entibiar nuestra fe en principios de mentida evidencia, he aquí su papel: papel bienhechor, pues que hasta en sus mayores osadías a que le arrastra su espíritu ávido de verdades morales, se transparenta una alma meditabunda y sincera; no rasga por fútiles antojos el velo del santuario en donde nuestra conciencia elabora sus propios mandamientos, descórrelo, sin embargo, con mano firme, persuadido de que para el hombre enérgico y de sana razón, no hay santuario cuya entrada le esté prohibida, ni deber místico que le exija actos de fe ciega. [...Si pensáis] que los problemas morales deben ser tan libres como los problemas filosóficos y científicos, políticos y sociales; si no teméis contemplarlos frente a frente, cualesquiera que sean los peligros que este examen origine a vuestra dulce tranquilidad; si opináis que la empresa más noble y más imperiosa del hombre verdaderamente hombre, es la de formarse su propia moral, entonces sin duda aplaudiréis la excelencia de la obra de Ibsen -como tan brillantemente la ha hecho M. Ehrhard- y como yo, con él también la reconozco.[9]

No obstante aquel voto de confianza divulgado en uno de los principales diarios del país, Gutiérrez Nájera se mostró decididamente opositor del dramaturgo. Hacia 1893, el poeta y periodista mexicano podía conocer algo del corpus ibseniano a través de las traducciones de Prozor; más adelante, él y sus lectores contaron con la versión castellana de Casa de muñecas divulgada en El Correo Español, pero, como ha quedado dicho, la difusión del repertorio dramático del noruego se limitaba a ese y dos títulos más. De ahí que sea lícito suponer que Casa de muñecas, la obra más citada por comentaristas de la época, fue la pieza que el Duque Job estimó del todo ajena a la realidad mexicana; así lo dijo en la Revista Azul, publicación modernista dirigida por él y Díaz Dufoo:

[en] cuanto a Ibsen, entiendo que lo asombroso para los españoles (que son los que más le traen en lenguas [era público y sabido que Benito Pérez Galdós admiraba al noruego]) es lo que tiene de original, estupendo y exótico, más que el mérito intrínseco de sus creaciones, rayanas, no pocas veces, en la extravagancia. [...] Ibsen es casi exclusivamente autor dramático, autor dramático revolucionario y de alto vuelo. Pero [ni él ni Tolstoi] pueden ser tomados por modelos o por jefes de escuela. Son grandes personalidades que resumen, en época determinada, el genio, el ensueño y la esperanza de una raza que no se parece a la nuestra. [...] Hombres así no piensan ni ven como nosotros, ni aspiran a lo que aspiramos. Por eso el imitarles, amén de grave desacato [...] me parece [...] empeño estéril, al par que ímprobo.[10]

Es interesante que Gutiérrez Nájera se negara tan enfáticamente a considerar al dramaturgo como jefe de una escuela literaria pues dos años después, en 1896, el nicaragüense Rubén Darío adoptó una posición del todo contraria y dedicó al “Visionario de la nieve” uno de los capítulos de Los raros, libro donde estableció la genealogía de lo que hoy llamamos estética modernista. Y no fue el único del continente que reconoció a Ibsen como miembro privilegiado de ese linaje; hicieron lo propio el uruguayo Víctor Pérez Petit, en Los modernistas (1902), y el chileno Francisco Contreras, en Los modernos (1909).[11]

En efecto, entre los “raros”, “modernistas” o “modernos” figuraban nombres como D’Annunzio, Tolstoi, Verlaine, Strindberg, Mallarmé, Wilde, Whitman, Nietzsche, Heredia, Rodin e Ibsen. A tal grado se vinculaban estos escritores con rupturas que iban más allá de lo textual, que el 30 de abril de 1905 un discurso de ingreso a la Real Academia Española estuvo dedicado a condenar el modernismo hispanoamericano al lado de otras formas de “libertinaje intelectual” de carácter “decadentista” y “satánico”, como las de los prerrafaelistas y preciosistas; derivadas, todas ellas, de la doctrina nietzscheana. De tal estirpe emanaba, en opinión del nuevo académico de número, el pensamiento de Ibsen.[12] En tono satírico, por aquellos años en Barcelona un “Manual del perfecto modernista” ironizaba con los devotos de esa “divertida enfermedad” y exhibía la celebrada recepción del dramaturgo como una suerte de moda: “Si se habla de literatura, no tiene que haber ningún escritor español que valga dos cuartos. Los únicos buenos son los del Norte. Ibsen ¡oh! Björnson ¡ah!... Nómbralos siempre. No pasa nada si no los conoces ¡tampoco te conocen ellos a ti! Estaréis en paz”.[13]

A pesar de lo anterior, ahí donde algunos vieron extravíos morales otros hallaron motivos de fascinación. En Los raros, Darío ponderó la revolucionaria capacidad del noruego para acometer contra “la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro de la mujer logrando convertirla, en el transcurso de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo [...]; contra la política fatigosa y el pensamiento prostituido”. Ni más ni menos. Igual que Lichtenberger, Darío apelaba a la vena indócil, renovadora, de Ibsen.

Entre el sobresalto y la admiración el dramaturgo fue mencionado igualmente en las páginas del diario privado de Federico Gamboa, narrador mexicano de visos naturalistas. Mientras buscaba casa editorial para su novela Santa -a la postre, un éxito de ventas-, Gamboa comentó el 9 de abril de 1902 su reciente lectura del Zarathoustra, de Nietzsche, y de El rey y El periodista, de Bjórnson; y observó: “Entrambos autores déjanme idéntica impresión que los locos semilúcidos de los manicomios: piedad y miedo. Doy a los dos por Henrik Ibsen”.[14] Empero, el 1° de mayo de 1904, consignó: “Mi sobrino [me lee su nuevo drama.] Tiene un final soberano, a la Ibsen”.[15] Un mes más tarde la compañía de Teresa Mariani arribó a la ciudad de México: el domingo 19 de julio de 1904 en el teatro Arbeu, ofrecería una versión italiana de Casa de muñecas. El público mexicano, por fin, presenciaría la puesta en escena de una obra del controvertido nórdico, ratificando con ello su asombro ambivalente.

 

II

Entre mayo y junio de 1906 varios hechos noticiosos ocuparon las páginas de los periódicos capitalinos. Los devastadores terremotos en San Francisco, California; el atentado contra los reyes de España el día de su boda, los “sucesos de Cananea” minimizados por el gobierno porfirista, y la sorpresiva detención de un bandido mexicano apodado Tigre de Santa Julia; todo ello tuvo a los lectores pendientes de lo remitido por los reporters. Por aquellos días comenzó a pregonarse también la inminente coronación de los reyes de Noruega, país cuya unión con Suecia recientemente había sido disuelta.[16] Casi un mes antes de la fastuosa coronación ocurrió la muerte de Ibsen. El poderoso periódico de Rafael Reyes Spíndola, El Imparcial, le dedicó un artículo extenso y dos gacetillas en la innovadora sección “Notas cablegráficas”: el 24 de mayo se limitó a informar sobre el deceso; dos días después anunció que por decisión unánime del Parlamento noruego se efectuarían los funerales del dramaturgo “por cuenta del Estado”.[17]

Paralelamente, un grupo de jóvenes comenzó a planear un homenaje auspiciado por su revista literaria. El día 27 La Patria, diario dirigido y editado por su propietario, el licenciado Ireneo Paz,[18] comunicó:

Los redactores de la revista Savia Moderna, organizan actualmente una gran velada como tributo a la memoria del insigne dramaturgo noruego.

Con tal propósito han invitado ya, para que recite una “Oda a Ibsen” -inédita- a Salvador Díaz Mirón, el admirable poeta. Además de éste, figuran en el programa algunos de los más prestigiados escritores mexicanos.

Es muy digna de alabanza la iniciativa de los jóvenes artistas, que demuestra real admiración por el colosal pensador de Los espectros y Casa de muñecas.[19]

Sobre aquella tentativa pueden apuntarse dos anécdotas. La primera, relativa a la “Oda a Ibsen”, misma que motivó décadas más tarde un mordaz comentario de Alfonso Reyes -uno de los organizadores del homenaje aludido. En El deslinde, Reyes evocó cierta oda de Díaz Mirón reducida al valor retórico puro en virtud de que “el autor mismo comenzó por declararla consagrada a Henry George, luego a Ibsen y, finalmente, a un profeta”.[20] Cabe añadir que con esta última dedicatoria la oda de marras apareció en una temprana antología poética del veracruzano.[21] La segunda anécdota es de otro de los organizadores: Pedro Henríquez Ureña escuchó “de labios del poeta” que éste pensó dedicar el poema primero a Ibsen y luego a Tolstoi.[22] Pues bien, sin dedicatoria para los europeos y con el título “A un profeta”, la composición fue divulgada finalmente en Revista Moderna de México un año después.[23]

Otro asunto a destacar consiste en que, en efecto, los editores de Savia Moderna anunciaron la preparación de un homenaje. El título de la nota, firmada por la Redacción, es “Los que se van” y finaliza así:

«Yo, -dicen-, soy un rayo de ese núcleo divino de donde salen otros infinitos rayos. Esencialmente, por mi misma idiosincrasia, soy único, a pesar de mi semejanza con otros como rayo de luz. Dentro de la infinita gama de la luz ideal, soy, como ella, enemigo de lo blanco. Sorprender el divino matiz de mi yo, entre los múltiples que brotan de ese núcleo ideal, es el fin de mi vida». Tal es la enseñanza que nuestros espíritus reverentes han recibido del maestro que acaba de desaparecer: Ibsen”.

Savia Moderna une su clamor al grito de duelo del alma universal y prepara un modesto homenaje a la memoria del dramaturgo excelso.[24]

También en junio, los lectores del diario católico de Victoriano Agüeros, El Tiempo, fueron notificados sobre aquello.[25] El rotativo confirmaba que habiendo superado diversas dificultades, los jóvenes planeaban la solemnidad para “antes de que termine el mes que corre”. A la participación de Díaz Mirón -“primer poeta mexicano”- la publicación sumaba la de don Luis G. Urbina (antiguo redactor de El Siglo Diecinueve), quien leería “un estudio que ha hecho sobre el teatro de Ibsen”. Se anunciaba asimismo una alocución de Antonio Caso, aún estudiante de leyes, y la posibilidad de que los números musicales fueran ejecutados por la orquesta del Conservatorio -potencial sede del acontecimiento-, dirigida por el maestro Julián Carrillo. La gala sería tal que El Tiempo estimaba dable la asistencia del presidente Porfirio Díaz y de su secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, licenciado Justo Sierra.

Lamentablemente Savia Moderna sólo alcanzó un número más y en él no abundó en datos concernientes a aquello, por lo que ignoramos si el acto tuvo lugar. Quizá no, pues en marzo de 1907 El Imparcial dio a conocer que la Revista Moderna planeaba una velada similar, ahora “en honor del dramaturgo Enrique Ibsen y del poeta [galardonado con el Nobel, Giousuè] Carducci, «que dejaron la vida de los hombres para pasar a la vida de la gloria»”.[26] Una vez más se prometía la participación de Díaz Mirón (“quien vendrá de Jalapa a tomar parte en la velada”) y la lectura de traducciones de los homenajeados. Es preciso acotar que El Imparcial citaba un anuncio del nuevo órgano de los jóvenes ateneístas, llamado Revista Moderna de México, cuya circulación abarcó de 1903 a 1911, siendo dirigido por Amado Nervo; su antecesora, mencionada erróneamente por el gacetillero, era la Revista Moderna, vigente entre 1891 y 1903, bajo la dirección de Jesús E. Valenzuela.[27]

 

III

Tanto los nuevos diarios de clara tendencia gubernamental y estilo noticioso, como los antiguos, de probado gusto por el periodismo editorialista, dedicaron a la muerte de Ibsen largas notas necrológicas. El 30 de mayo apareció la de El Imparcial, sin firma, e ilustrada con un retrato del noruego. Ostensiblemente laudatorio, el artículo destacaba el cariz polémico de su obra: “ha sido el que más discusiones ha suscitado”, dice, pero también “el autor sobre el cual se han escrito más libros durante su vida. La bibliografía «ibseniana» pasa ya de cien volúmenes y promete rivalizar algún día, si no con la shakesperiana o la dantesca, por lo menos con la goethiana o la wagneriana”.[28] Su condición de provocador se ilustró en esas líneas con la siguiente anécdota: “[Casa de muñecas] fue tan discutida en los países del norte [...] que en Cristiana [Oslo] llegó a ponerse en las invitaciones de comidas, y reuniones: «Se ruega que no se hable de Casa de muñeca [sic]»”.[29]

Por otra parte, la nota avalaba la excelencia del fallecido con base en datos sobre su entusiasta recepción europea. Mencionaba, por ejemplo, que la deslumbrada intelectualidad francesa -“con Zola a la cabeza”- le aplaudió sin reservas. También citaba entre sus ilustres defensores al escritor irlandés George Bernard Shaw. El redactor de El Imparcial concluía aseverando que la influencia del dramaturgo era decisiva: “ha marcado los rumbos del teatro contemporáneo”.

Semejante intención panegírica guió a Carlos González Peña cuando redactó su columna de los jueves para la primera plana de La Patria, y la rotuló sencillamente así: “Enrique Ibsen”.[30] “Ha muerto el más grande de los dramaturgos de nuestro tiempo”, aseguró, para argumentar después: “Ibsen es sin duda el primer dramaturgo del siglo, porque, en su obra, la profundidad de sus pensamientos respondía a la maestría de su ejercicio”. En esta necrología el extenso pero incompleto inventario de obras escritas por el noruego es similar al ofrecido por El Imparcial, por lo que resulta probable el uso de cablegramas -originados en Europa o en Estados Unidos- para la elaboración de ambos textos. Con todo, las apreciaciones personales del joven González Peña (más tarde autor de manuales de historia de la literatura mexicana) descuellan por su honestidad cuando muestra turbación ante ciertos rasgos del teatro ibseniano:

Creó el simbolismo, y por errores de escuela alguna vez llegó a apartarse de la realidad. No comprendemos muchos el suicidio de Hedda Gabler, ni los episodios de algunos de sus últimos dramas. ¡Mas quién sabe! ¡es el genio tan alto! A la manera de los alpinos picos, cubre su sima nieve tan blanca, que desaparece a las humanas pupilas, envolviendo las nubes grisáceas que entoldan los cielos de tempestad.[31]

Admiración y pasmo, una vez más, ante quien era capaz de presentar en escena, inquietante y convincentemente, a una suicida y a una madre que abandona su hogar. Ambos, personajes vigorosos y, como afirmó Darío, hábiles para oponerse “contra lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro de la mujer logrando convertirla, en el transcurso de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo”. Apuesta atrevida, formulada a contrapelo de los tradicionales roles de género, sin duda. Esa situación límite fue resaltada por Alfonso Reyes mucho después durante un curso donde habló de Eurípides comparándolo con Ibsen, pues “escandalizó a los comienzos y luego fue proclamado campeón del feminismo”.[32] Escandalizó y fue proclamado campeón; acogida vacilante la de este escritor.

 

IV

Dos décadas después de la muerte del dramaturgo, en un pequeño colegio de Zapotlán el Grande, Jalisco, un niño recitó con fruición los primeros versos de un poema incluido en su libro escolar: “El ave de las tempestades hace su nido donde la tierra falta...” Esas palabras resonaron en su mente durante años hasta que siendo ya un anciano escritor reconocido, admitió que las evocaba entre aquellas que más lo habían marcado en la vida. El niño era Juan José Arreola, e Ibsen el autor del poema.[33] Quizá era entonces, más allá de toda admiración ampulosa o receloso temor, cuando Ibsen comenzaba, por fin, a ser admitido en el repertorio emotivo de un escritor mexicano.

 

Notas

[1] Una versión previa de este trabajo fue leída el 4 de septiembre de 2006 durante el Primer Congreso Internacional Ibsen en México, convocado por la Universidad del Claustro de Sor Juana y la Embajada de Noruega en México.

[2] “La muerte de Ibsen” en “Notas cablegráficas”, El Imparcial, t. XX, núm. 3523 (24 de mayo de 1906), p. 2. En todas sus entregas el periódico se ufanaba de tirar más de cien mil ejemplares diarios; dos días después, por ejemplo, reportó 100,917 (véase El Imparcial, t. XX, núm. 3525 (26 de mayo de 1906), p. 2).

[3] El Duque Job, “Nos intimes. La dama de las camelias”, en El Partido Liberal, t. XVIII, núm. 2709 (25 de marzo de 1894), p. 1. También en Obras VIII. Crónicas y artículos sobre teatro, VI (1893-1895), introducción, notas e índices de Elvira López Aparicio, edición crítica de Yolanda Bache Cortés y Elvira López Aparicio; México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001 (Nueva Biblioteca Mexicana, 142), pp. 264-265.

[4] El Duque Job, “La bella Helena”, en El Partido Liberal, t. XV, núm. 2497 (9 de julio de 1893), p. 1. También en Obras VIII, p. 38.

[5] Puck, “Crónica dominical”, en El Universal, t. XII, 2ª época, núm. 97 (29 de abril de 1894), p. 1. En Obras VIII, p. 333.

[6] Puck, “Correo de París”, en El Correo Español, 3ª época, núm. 2091, año IV (18 de mayo de 1894), p. 1. Cit. en Obras VIII, p. 333 n.

[7] También en Argentina circularon las versiones de Prozor en 1895. Véase Jorge Eduardo Arellano, “Ibsen, El visionario de la nieve, visto por Darío”, en la página web Ibsen Worldwide, revisada el 25 de agosto de 2006 y cita en la siguiente dirección electrónica: «

[8] Carlos Ernesto Lichtenberger, “Henrik Ibsen y el teatro contemporáneo, por Augusto Ehrhard”, en El Siglo Diecinueve, 9ª época, año 51, t. 102, núm. 16,367 (miércoles 20 de julio de 1892), p. 2. Probablemente se trataba de la traducción de una reseña de Charles Ernest Lichtenberger (1847-1913).

[9] Loc. cit.

[10] M. Gutiérrez Nájera, “Pérez Galdós, autor dramático”, en Revista Azul, t. I, núm. 3 (20 de mayo de 1894), pp. 33-35; t. I, núm. 5 (3 de junio de 1894), pp. 65-69. En Obras VIII, p. 355-356.

[11] Max Henríquez Ureña, Breve historia del modernismo, México: Fondo de Cultura Económica, 1978, pp. 239-240, 355-356, 415 y 451n. El autor añade referencias relativas a dos textos sobre la obra del noruego: uno del crítico costarricense Alejandro Alvarado Quirós (en Escritos varios, 1910) y otro del mismo dominicano. Habría que añadir a estos, el estudio que el mexicano Luis G. Urbina anunció para el homenaje a Ibsen organizado por Savia Moderna. Vid. infra.

[12] Op. cit., pp. 164-165. El académico entrante era Emilio Ferrari.

[13] Véase “Manual del perfecto modernista”, en Las vanguardias del siglo XIX, edición a cargo de Mireia Freixa, Barcelona: Gilli Gaya, 1982 (Fuentes y Documentos para la Historia del Arte, VIII), pp. 395-396.

[14] Federico Gamboa, Mi diario. Mucho de mi vida y algo de la de otros, Primera Serie-III, México: Botas, 1920, p. 147.

[15] Ibid., p. 397.

[16] “Los Reyes de Noruega. Su coronación”, en El Mundo. Diario de la Tarde, t. XIX, núm. 2919 (8 de junio de 1906) [p. 1].

[17] “Los funerales de Ibsen” en “Notas cablegráficas”, El Imparcial, t. XX, núm. 3525 (26 de mayo de 1906), p. 2.

[18] Dicho sea de paso: Ireneo Paz (Guadalajara, 1836-ciudad de México, 1924) fue el abuelo de Octavio Paz, poeta mexicano ganador del Premio Nobel de literatura en 1990.

[19] “En honor de Ibsen”, en La Patria. Diario de México, año XXX, núm. 8,830 (27 de mayo de 1906), p. 2.

[20] Alfonso Reyes, El deslinde, en Obras completas, vol. XV, México: Fondo de Cultura Económica, 1976, p. 131.

[21] Salvador Díaz Mirón, “A un profeta”, en Poesías completas, 7ª ed., edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México: Porrúa, 1978 (Colección de Escritores Mexicanos, 12), pp. 286-288. Al calce: “Revista Moderna, diciembre 1907”.

[22] Manuel Sol, Poesía completa, recopilación, introducción, bibliografía y notas de Manuel Sol; México: Fondo de Cultura Económica, 1997 (Letras Mexicanas), p. 485, nota de pie de página, sin número.

[23] “A un profeta”, en Revista Moderna de México (diciembre de 1907), pp. 197-199.

[24] “Los que se van”, Savia Moderna, t. I, núm. 4 (junio de 1906), p. [291].

[25] “Velada en honor de Ibsen” [El Tiempo, 19 de junio de 1906], en el anejo documental de Conferencias del Ateneo de la Juventud, 3ª ed., prólogo, notas y recopilación de apéndices: Juan Hernández Luna; anejo documental de Fernando Curiel Defossé; México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2000 (Nueva Biblioteca Mexicana, 5), p. 333.

[26] “Ibsen y Carducci”, en El Imparcial, t. XXII, núm. 3,806 (3 de marzo de 1907), p. 2.

[27] Belem Clark de Lara y Fernando Curiel Defossé, El modernismo en México a través de cinco revistas, México: Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 2000 (Colección de bolsillo, 16), pp. 31, 35 y 39-41.

[28] “Henrik Ibsen”, El Imparcial, t. XX, núm. 3529 (30 de mayo de 1906), p. 6.

[29] Idem.

[30] Carlos González Peña, “Enrique Ibsen”, en La Patria. Diario de México, año XXX, núm. 8,833 (31 de mayo de 1906), p. [1].

[31] Loc. cit.

[32] Alfonso Reyes, “Aristófanes o la polémica del teatro” [en La crítica en la Edad Ateniense], en Obras completas, vol. XIII, México: Fondo de Cultura Económica, 1976, p. 147.

[33] Juan José Arreola, Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947), contada a Fernando del Paso, 2ª ed., México: Conaculta, 1996 (Memorias Mexicanas), pp. 49-50 y 52.

 

Bibliografía

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Fuente electrónica

Arellano, Jorge Eduardo. “Ibsen, El visionario de la nieve, visto por Darío”, en la página web Ibsen Worldwide: http://www.noruega.org.ni/ibsen/IbsenNic/Visionary.htm .
Revisada el 25 de agosto de 2006.

 

Hemerografía

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“Los funerales de Ibsen” en “Notas cablegráficas”, El Imparcial, t. XX, núm. 3525 (26 de mayo de 1906), p. 2.

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Lichtenberger, Carlos Ernesto. “Henrik Ibsen y el teatro contemporáneo, por Augusto Ehrhard”, en El Siglo Diecinueve, 9ª época, año 51, t. 102, núm. 16,367 (miércoles 20 de julio de 1892), p. 2.

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“Los que se van. Ibsen”, Savia Moderna, t. I, núm. 4 (junio de 1906), p. [291].

“Los Reyes de Noruega. Su coronación”, en El Mundo. Diario de la Tarde, t. XIX, núm. 2919 (8 de junio de 1906) [p. 1].

González Peña, Carlos. “Enrique Ibsen”, en La Patria. Diario de México, año XXX, núm. 8,833 (31 de mayo de 1906), [p. 1].

 

© Leticia Romero Chumacero 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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