El joven Maeztu y la canalla periodística

Cristobal Cerrato

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Resumen: Revisión de las colaboraciones de Ramiro de Maeztu (1875-1936) con el destacado semanario progresista de fin de siglo Vida Nueva (93 números, entre junio de 1898 y marzo de 1900). Uno de los temas más recurrentes para el vitoriano fue el de reflexionar sobre el papel de la prensa en el turbulento asunto de la pérdida de las últimas colonias y los mecanismos de regeneración nacional.
Fueron un total de cinco artículos. Acusa a los periodistas de haber contribuido, en algunos casos con su ignorancia, pero sobre todo con sus intereses partidistas, al descalabro español en la guerra contra los Estados Unidos. Igualmente, Maeztu acusa a la prensa “oficial” de no haber previsto las posibles consecuencias que se derivarían de estos hechos, manifestadas, como se verá, en un inusitado auge de los nacionalismos vasco y catalán, ambos movimientos de características distintas, pero unidos en el hartazgo y el rechazo hacia una España agotada por la incompetencia de sus dirigentes, eso sí, siempre convenientemente asesorados desde determinadas redacciones madrileñas.
Palabras clave: Ramiro de Maeztu, periodismo político, regeneracionismo

 

Del joven Ramiro de Maeztu creemos saber muchas cosas. Creemos saber que fue un defensor a ultranza del socialismo, un acérrimo enemigo de la ideología reaccionaria, un ambicioso aspirante a transformar la sociedad sobre unas bases más justas. Un regeneracionista, en definitiva, siguiendo el término propio de finales del XIX. Y ciertamente fue esto último, pues sus ansias de cambio impregnaron todos sus escritos de juventud, aunque hubiera que establecer matices acerca de su posición ante el socialismo o el reaccionarismo, incluso respecto a su concepto de justicia social. Pero por encima de su ideario político y social, el joven Maeztu fue ante todo un periodista que, en su labor, tuvo tiempo de pasar por múltiples redacciones y observar el comportamiento de sus colegas, circunstancia que le llevó a forjarse una opinión nada favorable de esta profesión.

Ramiro de Maeztu y Whitney nació en Vitoria el 4 de mayo de 1875, hijo de padre cubano y madre inglesa, ambos de ascendencia acomodada. Su padre, de hecho, poseía importantes negocios azucareros en Cuba, mientras que su progenitora era hija del cónsul británico en París. Esta situación familiar le permitió disfrutar de una infancia y adolescencia elitistas en la isla, situación que se vio abruptamente truncada a consecuencia de la crisis de la hacienda paterna que, con motivo de la guerra contra los revolucionarios cubanos mantenida por el Gobierno español de forma ininterrumpida desde 1868, afectó la economía familiar a principios de los 90. Así, al muchacho de 16 años no le quedó más remedio que viajar a París para trabajar como comerciante en una empresa de cubiertos, merced a los contactos de su familia materna, allí afincada en su mayoría.

Será gracias a esta dura experiencia, este paso del todo a la nada, que Maeztu considerará, a partir de ese momento, la importancia del trabajo como único mecanismo para labrar hombres de bien. El contraste entre su placentera vida en Cuba y su odisea en la capital francesa (doblemente humillado por su condición de trabajador e inmigrante) forjaron un nuevo Maeztu, que durante el resto de su vida ya no se perdonaría (ni perdonaría a ningún otro) el no sudar para ganarse el pan de cada día.

Aunque regresó a Cuba para intentar salvar lo poco que de los negocios de su padre quedaban, la irremediable ruina de estos, unida a la cada vez más crítica situación entre los rebeldes y el ejército, propiciaron el abandono definitivo del lugar que le viera crecer. Lo único que Maeztu se llevó de la mayor de las Antillas fue un espíritu de lucha y combatividad que le acompañarían hasta la muerte, y que sin duda constituye su principal seña de identidad durante su etapa periodística juvenil.

Si bien inició su carrera periodística en Bilbao a mediados de los años 90, una disputa con un cacique local le obligó a trasladarse a Madrid ya en 1897. En la capital, además de colaborar con algunas de las revistas literarias y diarios de corte regeneracionista más destacados, como Germinal, El País, El Progreso, La España Moderna, El Socialista o Vida Nueva, comenzó a forjar una peculiar línea de pensamiento, mezcla de las tesis regeneracionistas propugnadas por Joaquín Costa, el darwinismo social de Spencer y los planteamientos nietzscheanos respecto a la idea del superhombre.

Al sobrevenir la crisis de 1898, ninguna de estas publicaciones tuvo reparos a la hora de criticar con dureza la política gubernamental en relación a la gestión de la guerra tanto con los rebeldes cubanos como contra los Estados Unidos. Maeztu tampoco. De hecho, su desconfianza en los políticos (especialmente los herederos del viejo sistema de la Restauración) no haría sino acrecentarse en lo sucesivo.

En 1901 redactó, junto a Azorín y Baroja, el conocido Manifiesto de los Tres, donde dejaban claro que la esperada regeneración de España sólo sería posible aplicando los principios de la ciencia a la problemática social.

Con el paso del tiempo, y principalmente merced a su viaje a Inglaterra, donde residió entre 1905 y 1919, fue forjando un profundo entusiasmo por las instituciones británicas, en especial por la sociedad fabiana y su idea de un cambio pacífico y gradual hacia una sociedad capitalista. De su estancia en Londres, creyó descubrir una de las causas fundamentales del atraso español con respecto a las grandes naciones europeas, atraso que no obedecía únicamente a razones de tipo económico, sino sobre todo intelectuales y morales. De ahí que mostrase en lo sucesivo una profunda preocupación por la educación de las clases dirigentes, que debían aprender a convivir con el trabajo.

A su retorno a España, se producirá el que muchos han considerado como un abrupto giro ideológico que convertiría a Maeztu en uno de los máximos exponentes de la derecha autoritaria, mostrando una afinidad cada vez mayor con el fascismo y el nacionalismo integral de Charles Maurras. Muy posiblemente, la construcción de esa España moderna (pero garante del orden social) y liberada de las rémoras del pasado que pretendía en su juventud ya no podía depender de los “corruptos e inútiles” gobiernos que se sucedieron hasta 1923. Partidario de la intervención del general Primo de Rivera, apestado de la República; se acogió a la sublevación militar (como al principio de la misma también haría Unamuno), como la única vía aún inexplorada para tratar de alcanzar la España que siempre deseó. Fue hecho prisionero y asesinado en la madrileña cárcel de las Ventas por los republicanos a finales de 1936.

Con respecto a sus colaboraciones con el destacado semanario progresista de fin de siglo Vida Nueva (93 números, entre junio de 1898 y marzo de 1900), uno de los temas más recurrentes para el vitoriano fue el de reflexionar sobre el papel de la prensa en el turbulento asunto de la pérdida de las últimas colonias y los mecanismos de regeneración nacional.

Fueron un total de cinco artículos, a lo largo de los cuales Maeztu no deja “títere con cabeza” a la hora de acusar a los periodistas de haber contribuido, en algunos casos con su ignorancia, pero sobre todo con sus intereses partidistas, al descalabro español en la guerra contra los Estados Unidos. Igualmente, Maeztu acusa a la prensa “oficial” de no haber previsto las posibles consecuencias que se derivarían de estos hechos, manifestadas, como se verá, en un inusitado auge de los nacionalismos vasco y catalán, ambos movimientos de características distintas, pero unidos en el hartazgo y el rechazo hacia una España agotada por la incompetencia de sus dirigentes, eso sí, siempre convenientemente asesorados desde determinadas redacciones madrileñas.

 

El General leyenda: número 7; 24 de julio de 1898.

Como primera colaboración en las páginas de la revista Vida Nueva, Maeztu escribió un escueto artículo centrado en la figura, en aquel momento muy popular, de Ramón Blanco y Erenas, Capitán General de Filipinas durante la insurrección de la isla de Luzón en 1896. El motivo de que el periodista vitoriano le dedique sus primeras líneas en la revista se debe a la negativa relevancia que entre la prensa diaria adquirieron sus métodos de gobierno en la colonia, a raíz de su nombramiento en el cargo por Cánovas en 1893.

Mientras duró su estancia en Filipinas, Blanco hubo de hacer frente a la creciente hostilidad de los independentistas liderados por el Katipunan, sociedad secreta filipina que se manifestaría con toda su violencia en agosto de 1896. Aunque el político y patriota José Rizal no tenía nada que ver con esta organización, sus principales dirigentes (Emilio Aguinaldo y Andrés Bonifacio), le habían atribuido el cargo de presidente honorario, inspirados por sus ideas acerca del futuro de Filipinas como un estado libre. Desde el gobierno español se acusó rápidamente a Rizal de ser el ideólogo de los insurrectos, por lo que fue apresado y fusilado en diciembre de ese año, a pesar de la oposición de militares como el propio General Blanco y de políticos como Pi y Margall.

Durante todo este proceso y a lo largo de la posterior revolución, el general Blanco se mostró tolerante y contemporizador con los independentistas, buscando muy posiblemente transmitir una imagen internacional que evitara la campaña de desprestigio mediático que las enérgicas actuaciones de su homólogo en Cuba (Valeriano Weyler) estaban generando entre la prensa estadounidense. A finales de 1896, Blanco sería destituido de su cargo por el gobierno a raíz de una campaña orquestada por la prensa conservadora y las órdenes religiosas y trasladado a Cuba, precisamente en sustitución de Weyler ya en 1897, ante el cariz cada ver más complicado que estaban adquiriendo los acontecimientos en la mayor de las Antillas (curiosamente, Sagasta decidió recurrir a sus dotes pacificadoras con el fin de llevar adelante su plan de autonomía para Cuba). Veamos en las propias palabras de Maeztu su crítico retrato acerca del poder de la prensa:

“Pero Blanco, Blanco que en Filipinas, contra la opinión de la Junta de Autoridades y los ilustrísimos señores periodistas, mantuvo las tropas en la capital durante largo tiempo, juzgando preferible una prudente expectativa a una muerte gloriosa, pero estéril, el sensato Blanco no ignora cuán necesarias son a la nación las vidas de esos heroicos defensores de Cuba, ahora más que nunca, cuando necesitamos de todas nuestras fuerzas y de todos nuestros hombres para regenerar y rehacer la Patria, para levantarla de entre sus ruinas, para hacer revivir en ella el simbolismo consolador del ave fénix. ¿Y, entonces, por qué repite la fórmula de supremo y desesperado pesimismo con que la prensa nos ha embarcado en las luchas coloniales a todo trance? ¿Por qué es su fórmula la paradójica de hasta el último soldado, fórmula de desaliento con que preténdese alentarnos?”

Resulta comprensible que Maeztu realice esta feroz crítica a la prensa, no sólo por el hecho ya señalado de que provocó la injusta caída de Blanco en Filipinas, sino por un hecho mucho más sangrante: el confundir a la opinión pública española, presentándole una guerra inútil e imposible de ganar como una cuestión de honor y orgullo nacional. Además, debemos tener en cuenta que el autor fue testigo de una de las más feroces campañas de manipulación orquestadas por la prensa que se han dado en la historia: nos referimos, claro está, a la emprendida contra el gobierno español por Joseph Pulitzer en connivencia con los republicanos estadounidenses a partir de la reanudación de las hostilidades hispano-cubanas en 1895. Por ello, su crítica parece referirse no únicamente a la prensa nacional:

“¡Prensa omnipotente, señora del mundo, tú que dispones de la paz y de la guerra, tú que posees, como Dios, el don de cegar a los pueblos a quienes perder quieres, tú que formas y reformas los gobiernos, tú que llevas escuadras poderosas al fondo de los mares y enloqueces a los hombres más cuerdos, continúa impertérrita tu marcha, amontona catástrofes [...] Cuando todo se haya hundido, tú te erguirás en los escombros arrojando, como Júpiter, rayos, inculpaciones y responsabilidades sobre los supervivientes... y los últimos ahorros de las madres, anhelosas de conocer el género de muerte de sus hijos, esas últimas monedas de cobre entrarán en tus arcas!”

 

El delito de la prensa y su rescate: número 13; 4 de septiembre de 1898.

Contesta Maeztu en esta ocasión a otro artículo publicado con anterioridad por su compañero de redacción Miguel Santos Oliver. Este opina (y Maeztu así lo refleja) que la causa del desprestigio que afecta a la prensa de Madrid se debe principalmente a que no ha tenido en cuenta el sentir popular, la opinión de las masas provincianas. Maeztu está de acuerdo con esta tesis, pero va más allá. Considera que la modernidad implica una mayor necesidad de información para el público, una mayor contextualización de los hechos según sus causas y las consecuencias que se pueden derivar de los mismos. Sin embargo, esa cada vez más acuciante necesidad de información no ha venido acompañada de una mayor participación ciudadana en el desarrollo periodístico, algo que ha llevado a la implantación de lo que Maeztu llama el gobierno por la prensa: “que ha sustituido a la utópica soberanía popular en las naciones llamadas democráticas”. El autor es de la opinión de que la prensa en España ha llegado a un nivel de influencia tal que es capaz de dirigir la política de la nación, lo que dejan bien claro estas palabras:

“Precisamente porque bástase la prensa para poner y quitar gobiernos, para hacer la paz y la guerra, para nombrar y deponer a los jefes de los ejércitos, las multitudes han relegado al olvido el empleo de aquellos motines, manifestaciones, etc., etc., con que acostumbraban a dar fe de vida en materias políticas resueltas contrariamente a sus antojos”.

Son los medios escritos los que deberían, en palabras del periodista vasco, asumir la responsabilidad de haber conducido a España a una guerra perdida de antemano por un estúpido patriotismo:

“También a Cuba y Filipinas fueron corresponsales de los diarios españoles. Los más de ellos eran incapaces de formarse opinión sobre ningún asunto de cierta complejidad. Los menos ineptos se han ocupado únicamente de buscarse una posición fuera del periodismo o de asegurarse un acta para lucirla ante sus compañeros. ¡Como si al escritor de “pura sangre” pudiera comprársele el placer de decir la verdad y de sufrir por ella! ¡Como si fuera algún honor pertenecer a unas Cámaras, cuyos miembros han de ser manifiestamente imbéciles!... ¡Y esos corresponsales ni siquiera se han dado cuenta de la enormidad que cometían!”.

A pesar de todo esto, Maeztu habla de una posibilidad para la prensa nacional de redimirse (el “rescate” al que hace referencia en el título). Tras la pérdida de Cuba (a fecha de la publicación del artículo aún no oficial, pero si de facto tras la capitulación del Almirante Cervera en Santiago en el mes de julio), el autor opina que aún se podrían conservar las Filipinas, y que sería inútil repetir la historia enviando 50.000 soldados a las islas, como parecía ser el propósito del gobierno por aquel entonces. Como vemos, Maeztu estaba muy alejado de la realidad, pues el 10 de diciembre en París se firmó el tratado que desposeyó a España de la totalidad de sus colonias, tanto antillanas como asiáticas.

 

La política y la prensa: número 17; 2 de octubre de 1898.

En otro esclarecedor artículo, Ramiro de Maeztu critica los errores de previsión cometidos por la prensa a la hora de enjuiciar las posibles consecuencias de la guerra para España: frente a las conmociones previstas por esta para el caso de perder las colonias (se llegó a hablar incluso de la inminencia de una guerra civil, auspiciada de nuevo por los carlistas, tras la que se vengaría a la gloriosa España), la realidad fue muy distinta. La asunción sin paliativos de la derrota por parte de la opinión pública nacional es algo que la prensa no había previsto, como tampoco el conjunto de conmociones (aunque de índole bien diferente) que finalmente vieron la luz en España.

La gran pregunta que se hace Maeztu en el texto versa sobre el motivo por el que los periodistas madrileños han estado tan ciegos en relación a este asunto, siendo incapaces de interpretar el verdadero sentir de las masas. El propio escritor vasco ofrece una explicación muy elocuente:

“De los 200 escritores que redactan los diarios madrileños apenas encontraremos una docena que hayan hecho del periodismo su profesión definitiva. Para los más, la prensa es el camino; la estación es la credencial, el acta, la gobernación de una provincia, ¡tal vez una cartera! Desde el propietario de un periódico al último reporter (sic), todo el pensamiento del personal de redacción gira siempre en derredor de la política”.

¿Pero cuáles son esas conmociones de que hablaba el autor a las que han permanecido ciegos los periodistas durante el conflicto? Dos principalmente: el ascenso de los nacionalismos catalán y vizcaíno y la necesidad de reconstrucción del país:

“Los periódicos no dejan de advertir que la nación se les ha escapado de entre las manos. Hace ya muchos años, por ejemplo, que el nacionalismo catalán y vizcaíno venía incubándose. [...] Hechos tan notorios se han deslizado inadvertidos para la prensa, y como la prensa debe desempeñar respecto de la nación el papel de los sentidos respecto de los individuos, nadie ha pensado en atajar esa corriente. ¡Qué más! La prensa madrileña nos lanzó a la guerra con los Estados Unidos, o cuando menos no hizo nada para evitarla, suponiendo que pervivía en el país el espíritu del Cid Campeador y el concepto calderoniano del honor. ¡Ni siquiera se había dado cuenta del cambio sufrido en los espíritus! ¡Así se ha indignado contra el laudable ejemplo de sentido práctico y de apego a la vida y a la hacienda que ha dado el pueblo en masa!”.

En última instancia, Maeztu opina que los mismos diarios que dirigieron a España al desastre pueden redimirse y contribuir a la reconstrucción del país, si bien se muestra bastante escéptico respecto a este punto, dada la incapacidad de los periodistas de renunciar a la aspiración política:

“Mucho pueden hacer los diarios madrileños para que, a su vez, no lleguen tarde las soluciones descentralizadoras. De acoger con entusiasmo las nuevas tendencias, de compenetrarse en las aspiraciones de la parte más vigorosa del país, aún lograría el periodismo madrileño rehacer su crédito [...] Pero dudamos mucho de que comprenda sus verdaderos intereses (se refiere a los del pueblo). Fuera para ello preciso el previo renunciamiento a toda esperanza de intervención en la política, y este renunciamiento requiere la reconstitución del periodismo con elementos completamente ajenos a los partidos presentes y futuros y no le creo capaz -quisiera engañarme- de semejante sacrificio; preferirá seguir creando y destruyendo reputaciones de prohombres”.

 

La política y la prensa (aclaración): número 18; 9 de octubre de 1898.

Por medio de este breve artículo, Maeztu responde a las objeciones hechas por sus colegas a ciertas ideas expuestas en el artículo del mismo nombre aparecido en el anterior número de Vida Nueva. Entre otras cosas, se le reprocha su injustificada confianza (que ya señalamos anteriormente no era demasiada) en la prensa y los periodistas para poner remedio a los males de la nación. El escritor vitoriano responde a esta crítica dejando claro que en caso alguno incluía a la morralla periodística al hablar de posibles medios al servicio de la prensa para su redención, puesto que es obvio que con este grupo de individuos no se puede contar para nada. Esto quiere decir que Maeztu acepta la objeción, que considera fundada, pero al mismo tiempo concede el beneficio de la duda a aquellos periodistas que opten decididamente por la reconstitución de la prensa “curándose de máculas políticas, apartándose de los prohombres consagrados y por consagrar, y viviendo las antipolíticas aspiraciones nacionales”.

Siguiendo con su tesis de que el país está verdaderamente hastiado de los partidos políticos (como prueba fehaciente del fracaso del sistema canovista), el autor se congratula de que la Cámara de Comercio de Madrid decidiera que la Asamblea de las Clases Productoras se celebrase fuera de la capital (tendrá lugar semanas más tarde en Zaragoza, y el propio Maeztu acudirá como corresponsal a las sesiones públicas): “a fin de que la política no ejerza presión alguna en las deliberaciones [...] La Cámara de Madrid proclama la incompetencia de nuestros hombres públicos acerca de las necesidades del comercio y la industria”. El autor, convencido de que el asunto no interesaría a la prensa generalista, se vio forzado a incluir una rectificación, que los tipógrafos incluyeron a pie de página:

“Veo a última hora que la prensa consagra varios escritos a los acuerdos de los gremios de Madrid, conformes en un todo con los de la Cámara de Comercio. Me felicito de ello. No el deseo de vanas censuras, sino el de infundir propósitos de enmienda, ha movido mi pluma. Pero mucho me temo que la obsesión política de los periódicos haga pasajera la preocupación que muestran ante los anhelos nacionales. Para que tales anhelos encarnen definitivamente en los periódicos, fuera preciso que estos vivieran la vida del país. ¿Y pueden vivirla gentes cuyo pensamiento no ha salido nunca de las miserias de los partidos y de las conjuras?”

 

Sin prensa: número 37; 19 de febrero de 1898.

Tras un largo descanso en sus colaboraciones con Vida Nueva, retorna Maeztu al conocido asunto de la prensa como punto de partida para realizar una crítica más profunda acerca de los males que afectan a España.

Para su mejor estudio, realizaremos una división en cuatro partes de este breve artículo. En la primera, y bajo el pretexto de “recompensar al público lector los siete meses de silencio” desde la pérdida de Cuba en julio de 1898 (Filipinas cayó en el mes de mayo de aquel año), Maeztu pretende dar a conocer la que denomina “causa verdadera de la pérdida de las últimas colonias”, y su dedo acusador señala a los colonos españoles como unos de los principales responsables del desastre:

“Desígnese a los Gargantúas que han devorado los millones; señálese, junto a los cien mil soldados muertos y a los doscientos mil espectros que nos devuelven las colonias al despedirse de nosotros, a los que regresan gordos, tranquilos, satisfechos”.

Maeztu critica con dureza a los ex-colonos que, regresados a la Patria tras el desastre, se dedican a publicar en los medios que les dan cabida sus propias versiones acerca de las causas y el desarrollo de la guerra. Tampoco se salvan del vituperio los periódicos y periodistas que, en busca de mejorar sus tiradas, deciden dar cabida en sus páginas a estas “historietas”, hasta que en unos meses queden agotadas y se vuelva a los insulsos contenidos de siempre:

“Todo lo que puedan decir los periódicos, lo están publicando, hasta entre las gentes que no saben leer, cien mil repatriados... ¡y nadie se levanta de su asiento! ¿Se trata únicamente de explotar un negocio? [...] Si no lloramos la pérdida de las Colonias es porque, a la par que ellas, se han perdido ciertos prestigios... que nos tenían con el agua al cuello”.

Pensemos que el grueso de esos miles de repatriados que no han tenido más remedio que volver a engrosar los censos de la Metrópoli constituyeron, en muchos casos junto a una parte destacada de la rica población criolla, la más dura oposición a los revolucionarios, y fueron por tanto los máximos defensores de la tristemente utilizada política de guerra total contra la insurgencia, amén de defender a ultranza la necesidad del conflicto contra los estadounidenses.

La diferencia entre ambos grupos radica en que, mientras que los segundos acabaron arrimándose al árbol que mejor sombra les daba (los Estados Unidos), los primeros no tuvieron más remedio que regresar a la Madre Patria con el oprobio no ya de la derrota, sino sobre todo de haber contribuido en gran medida a la misma. De ahí se colige que Maeztu les acuse de ser causa de la pérdida de las colonias, considerando poco menos que ofensivo el que la prensa nacional les atribuya el papel de héroes cuyas historias merecen ser leídas y escuchadas por las resignadas gentes de la Metrópoli.

Claro que no todo iba a ser negativo. En la segunda parte del artículo, Maeztu deja bien patente que ante la nueva España surgida del desastre, con sus importantes recursos naturales prestos para ser explotados y sus gentes dispuestas a desembarazarse de la pesada carga del pasado, se abre la posibilidad de que surja una nueva prensa:

“Nace con ella (con la nueva España, se sobreentiende) una gran obra periodística, para el corresponsal, para el reporter, para el articulista, para todos. Cumple al periódico una enorme labor removedora, en la que puede fundir su espíritu con el alma naciente de España. Esa empresa tiene por recompensa indefectible la resurrección de las buenas tiradas de hace seis meses, el pan para el periodista, sin acudir a los bonos ni a los destinos del municipio, el pan con dignidad”.

Estas palabras nos sirven para recordar la pésima imagen que de ciertos sectores de la prensa, especialmente la madrileña, transmitía el escritor vasco en sus artículos dentro del semanario que nos ocupa. Precisamente uno de los puntos clave de esta crítica residía en el hecho, incuestionable para Maeztu, de que los periodistas buscaban en la mayoría de los casos una mayor notoriedad o un reconocimiento que les permitiera escalar posiciones dentro de una hipotética carrera en el mundo de la política. De ese modo, olvidaban lo más importante dentro de su profesión: hacerse eco continuo de la realidad que les rodea, pero, ante todo, siendo fieles a la verdad.

No es de extrañar por este motivo que, ya en la tercera parte, el autor muestre un cierto pesimismo ante la posibilidad de reconstitución de la prensa por la que él mismo abogaba unas líneas antes. Maeztu opina que lo natural sería renovar la prensa al tiempo que se renueva España entera, pero las cosas no son tan sencillas:

“No soñemos. Es más cómodo sumirse en los divanes de las redacciones, dejando que la vida nacional pase por las ventanas, sin cuidarnos de ella. Inflemos los telegramas de provincias. ¡Ya se cuidarán los corresponsales de no comunicarnos más que las novilladas, los crímenes y los viajes de los prohombres! [...] Amenicemos las columnas de los diarios con recuerdos históricos. Hagamos chistes. [...] Si aprieta el hambre, explotemos la vanidad de algún aventurero de la política, creando en su obsequio periodiquines que nacen muertos. Cada tertulia dispare bala rasa contra la de enfrente... ¡Y viva el hambre!”

En la última parte del artículo, ofrece el autor la prueba más contundente de su desconfianza en la profesión que le encumbró: se congratula Maeztu de que el conocido periodista, dramaturgo, poeta y narrador Joaquín Dicenta, director, entre otras publicaciones, del semanario Germinal y del diario republicano El País, no pudiera erigirle un busto a su recientemente fallecido colega Rafael Delorme (uno de los colaboradores de Germinal, y máximo exponente de lo que sus mismos integrantes vinieron a llamar la Gente Nueva, es decir, un grupo selecto de republicanos, utópicos, anticlericales, independientes y honestos periodistas y hombres de letras disconformes con la sociedad española de su época). El motivo de esta actitud resulta en parte irónico, pero no carece de explicación: ciertamente de Delorme, como claro representante de esa Gente Nueva, como intelectual exponente de la bohemia finisecular, no podría decirse nada peyorativo, al menos en los términos en los que Maeztu considera como perniciosa la actitud de los periodistas. Por tanto, el simple hecho de simbolizar por medio de un busto de este periodista tan notable a un gremio tan depauperado le resulta insoportable. Sus palabras resumen el sentimiento de un desencantado Maeztu ante el papel de la canalla periodística con quien le tocó convivir:

“¡Fuera hermoso que el mármol perpetuara, en el busto de Delorme, la estulticia, la miseria y los piojos de nuestros periodistas!”

Queda pues patente por medio de estos artículos la idea de que el joven Maeztu desdeñó siempre a aquellos medios que tendían a sembrar la confusión entre la opinión pública en beneficio de sus propios intereses, abocando hacia una guerra a España en el momento de su historia en que menos le convenía. También critica su falta de previsión, como consecuencia de los intereses de unos periodistas más preocupados por hacerse un hueco en el mundo de la política (o simplemente por hacerse notar) que en reflejar la realidad de la situación. De hecho, su ceguera les impidió, a juicio del autor, apreciar el alarmante ascenso de los movimientos regionalistas, así como constatar la urgente necesidad de acometer un proceso de reformas. Por último, Maeztu critica el incremento de poder experimentado por la prensa, cuya influencia es tan grande entre la clase dirigente que desde sus páginas ha llegado a marcar la pauta de la política interior española.

 

© Cristobal Cerrato 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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