Modalizados en Estilo versus Moda de Roberto Echavarren

Gabriel Saldías R.

Pontificia Universidad Católica de Chile


 

   
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Resumen: Echavarren, a través de su libro Arte andrógino, postula tajantemente que la moda no es el camino para la identidad. Propone, en cambio, la vía del estilo como algo contrapuesto, insurgente y categórico en la propia formación de un carácter individual. Ligado a estos términos, establece la androginia como una forma, como un camino dentro de la divergencia estilística para diferenciarse. Echavarren habla de la moda como una forma de domesticación del estilo por parte de la cultura imperante (esfera mayor) sobre los estilos de las subculturas (esferas menores).
Palabras clave: Moda, postmodernidad, Echevarren, androginia

 

La búsqueda de la identidad de los individuos ha sido problematizada a través de distintas instancias tanto artistas como históricas; la literatura, el cine y todo medio de expresión cultural en el cual la humanidad pretenda encontrar claves identitarias complejiza la identificación del ser humano como entidad única e irrepetible.

En la Biblia (e incluso antes) se pueden encontrar, las problemáticas de la propia identificación: ni el “conocerse a uno mismo”, grabado en los antiguos monumentos de la Grecia arcaica, ha hallado las grandes respuestas.

En la modernidad y más adelante, en la época contemporánea, esta búsqueda por el auto-conocimiento se liga a la identificación a través de los mecanismos físicos y discursivos que la propia cultura propuso. La moda nace, entonces, como una forma de diferenciarse de un resto, un artilugio artificioso que genera en los demás la sensación de distinción.

Si este precepto alcanza o no a categorizar a las personas como “distintas” es algo discutible. El autor, Roberto Echavarren, a través de su libro Arte andrógino, postula tajantemente que la moda no es el camino para la identidad. Propone, en cambio, la vía del estilo como algo contrapuesto, insurgente y categórico en la propia formación de un carácter individual. Ligado a estos términos, establece la androginia como una forma, como un camino dentro de la divergencia estilística para diferenciarse. ¿Acaso estas vías, según el estar en contra de la moda, alcanzan su meta? ¿Es el ser humano diferente en cuanto lucha contra la moda, en cuanto se establece marginal o anticultural?

Basándose en los preceptos que esboza el autor, y que por cierto tienen un muy buen fundamento teórico-histórico, el auto-conocimiento, la diferenciación o el esbozo de una identidad particular estaría trazado dentro del margen de los “otros”. La tercera voz de la cultura, en sus distintas esferas, sería lo que le proporcionaría al ser humano la satisfacción de conocerse distinto.

Esta hipótesis tendría su sustento, en cuanto la diferenciación es distinguida dentro de la teoría de los opuestos, pero se vuelve contraproducente pensar en uno mismo como ser individual siempre ateniéndose al marco comparativo de los demás.

La tesis de Echavarren peca de optimista en muchos aspectos, y este trabajo tratará de cimentarse sobre las proposiciones de moda versus estilo que lanza el autor, para demostrar que una vez más, el ser humano está perdido para siempre en su intento vano e inseguro de alcanzar el conocimiento de sí mismo.

 

Esferas

Primero que todo, hay que comenzar por comprender la estructuración de la cultura antes de desglosarla y poder adentrarse más a fondo en sus agujeros canónicos. Para esto seguiremos el trazado que los estudios culturales esbozaron cerca de la mitad del siglo XX.

La cultura, al menos la Occidental, puede ser comprendida como una formación en esferas. La cultura predominante, o sea, la que establece las leyes y normas morales que han de seguir todos los pertenecientes a ella, sería la esfera más grande. Ahora bien, dentro de esta esfera mayor existen pequeñas esferas de menor envergadura que se inscriben en su interior. Cada una posee su centro, que es igualmente legislativo y establecido de acuerdo a las normas de poder del determinado grupo.

Cierto es que estas pequeñas esferas se trazan dentro del marco de la marginalidad, algunas más al extremo de la cultura imperante y otras más apegadas hacia el centro, pero no en torno a la conceptualización nuevamente peyorativa de marginalidad, si no exclusivamente por su alejamiento, sea mayor o menor, al eje cultural imperante en determinada época.

Las esferas más pequeñas siempre están en constante movimiento y choques entre ellas. Por choque no se debe comprender lucha, ya que de un choque puede surgir una fusión o una convergencia de esferas que terminan por unirse y formar otras más grandes. Del mismo modo, éstas pueden disgregarse y, como moléculas, dividirse en pequeñas partículas más pequeñas. De cualquier forma, para que las esferas se mantengan y tengan algún grado de consideración dentro de su influencia cultural, deben intentar mantenerse lo más formadas posible, pues si se disgregan demasiado corren el riesgo de desaparecer o escapar de la esfera mayor.

Si una esfera se fusiona con otras, o sencillamente crece su poderío, puede ser capaz de destronar a la esfera mayor y hacerse con el poder. Los medios pueden ser diferidos y no incurrir necesariamente en la violencia. Por ejemplo, la revolución bolchevique en Rusia fue un crecimiento brusco y violento, pero la influencia de Ghandi en la India o la de Martin Luther King en E.E.U.U fueron movimientos hacia la paz y el buen entendimiento que igualmente tuvieron sus frutos.

Las esferas inscritas se forman, generalmente, por su diferenciación. Nacen a raíz de no compartir tal o cual precepto con la esfera mayor y deciden marginarse voluntariamente criticando lo que no les parece favorable para el establecimiento de una cultura mejor.

Los ideales de las esferas menores pueden ser de cualquier orden y por lo común se encuentran en constante choque con la esfera mayor, de tal forma que buscan reformarla para su propio beneficio o hacia un deseo altruista en pos de los que más lo necesitan.

Toda esta introducción a la definición de la movilidad cultural tiene como fin el lograr adentrarse más hacia la idea de cultura, pues en adelante hablaremos de la moda y del estilo, y es necesario comprender como algunos conceptos son manejados por la esfera mayor y otros son esgrimidos por las más pequeñas para generar los cambios respectivos. La lucha de la moda y el estilo, como lo explica Echavarren, se adscribe a la misma lucha de las esferas menores contra la mayor, o incluso a pequeñas sub batallas que son libradas entre las esferas menores, ¿para que? Será lo que intentaremos dilucidar en adelante.

 

Moda y estilo: falacias de la manipulación cultural

Echavarren habla de la moda como una forma de domesticación del estilo por parte de la cultura imperante (esfera mayor) sobre los estilos de las subculturas (esferas menores). Esta concepción se ajusta a lo llamado “manipulación cultural” o falsa pluralidad.

La cultura imperante no puede permitir que existan insurgencias que pongan en duda su jerarquía, por lo que para calmar a las masas disconformes, les da una especie de “placebo” con el cual puedan sentirse integradas. En términos de Echavarren, esto es lo que se consideraría como moda.

La moda le permite pensar a los sujetos “marginales” que forman parte de la cultura y que no tienen necesidad de batallar contra ésta, ya que forman parte integral de su desarrollo. Es la estrategia utilizada en las campañas políticas en las cuales instan a los jóvenes a votar, pues “son escuchados”, o en términos de moda, la incorporación de estilos anteriormente marginados al mercado masivo.

Sin embargo, todos los estilos integrados a la moda son manipulados, de tal forma que la totalidad de los integrantes de la cultura imperante no se sientan agredidos en su superioridad. Así, se pueden ver tiendas en las que se ofrecen las tan cotizadas chaquetas de cuero, pero que de ninguna forma incluyen las cadenas, parches o consignas subversivas de los punkies o de los rockeros.

Echavarren opina que el estilo es la forma de individualización completamente opuesta a la moda; una forma de mostrarse distinto ante los demás y por ende, identificarse dentro de la masa como un ser único y especial. Extendido este concepto, podría ser considerado un recurso de autoconomiento, una forma de identificación particular que generaría en los sujetos la falsa sensación de pertenecer a un mundo paralelo donde ellos son los protagonistas.

La teoría de Echavarren, se puede especular, no estaría completa de ninguna forma. Creer que los estilos son formas paralelas a la moda y que no la integran es no ver lo elemental.

La “moda” concebida como el medio manipulador de la esfera mayor, ciertamente tiene su carácter de imperante y de regidora del mundo del buen gusto y del mal gusto, pero aún así, hay pequeñas modas que se instauran dentro de las esferas menores y que ya no pueden ser llamadas estilos.

Quizás en sus inicios, cuando una forma de expresión física diferente nacía, era considerado único y especial pero de inmediato otros sujetos, sedientos de una identidad diferente a la de la esfera mayor, la devoraban rápidamente y la integraban dentro de sus propios preceptos. Ese era el destino de los movimientos originales.

Las esferas menores de la cultura nacen por la apropiación de medios que flotan en el universo de la esfera hegemónica y que no consiguen atar cabos. Cuando estos elementos son recogidos por una persona, y más tarde por un grupo, son extendidos y “sociabilizados” dentro de la cultura mayor.

Así, quizás cuando Bob Marley utilizaba su conocida tenida o cuando Elvis Presley instauró el su particular peinado, algunas personas podían decir que eran estrafalarios entes que no se ajustaban a la medida cultural, pero cuando los fanáticos de Presley y Marley comenzaron a copiar los estilos, solamente lograron convertirlos en una moda más. Ya nadie se sorprendería de ver a un imitador de Marley caminando por la calle, si no que sencillamente lo observaría y lo categorizaría taxonómicamente como uno de sus seguidores; uno más.

El estilo no es una forma de alcanzar la identidad, ni tampoco una forma de diferenciación, porque el estilo sencillamente no existe. La moda, jerárquica y orgullosa, es hija de la globalización occidental y de la pluralidad potenciada por la democracia, en que cada uno puede verse como quiera.

Bajo este precepto, no existen estilos insurgentes, dado que tampoco existe la insurgencia como concepto individual (a nivel público es diferente, dado que el orden hegemónico social si posee reglas, a diferencia de la formación individual, en donde el estilo es una elección personal)

Ya no pesa sobre los sujetos la espada de Damocles que perseguía a los que se vestían diferentes en la China de Mao o que se permitían lujos en la época de Stalin. Como todo es aceptado, la moda se ha extendido tanto que ha devorado a los estilos; los sujetos pasan a ser entidades sociales una vez más, ni si quiera diferentes unos de otros en su mera expresión física. Los estilos se vuelven entonces los uniformes de la sociedad republicana democrática.

A partir de esta definición, nos damos cuenta que la búsqueda de la propiedad de los sujetos mediante su representación ante los demás, queda sesgada solamente a un parámetro de clasificación diferente. Lo más llamativo de este intento es que las personas siguen creyendo que son particulares, que no son entes sociales únicos, cuando en realidad lo que hacen es re-afirmar la pluralidad “asesina” que los condenó a ser una producción social.

También cabe destacar que las esferas menores, tan fervientemente delirantes en su propia forma de ser, cometieron el error de enfrentarse a otros que deberían ser sus camaradas en la lucha contra la cultura mayor. Punkies y rockeros, skinheads y gays, hoperos y punkies, y así una larga lista de antagónicos que luchan entre ellos mientras los poderosos regidores de la cultura integran más y más pantalones anchos, más y más pulseras con puntas, más y más botas militares.

Cabe preguntarse, ¿de que le sirve ahora a una banda insignia como “The Ramones” haber escrito canciones con consigna antipolítica, si toda una generación nueva similar en estilo, vacía en su contenido, carente en sus ideales (en comparación a la banda antes mencionada) genera sensación en los medios masivos de comunicación, durmiendo a todos en el inocente pensamiento del insurgente melódico? Los que alguna vez bogaron por un estilo y lo defendieron e intentaron mantenerlo limpio de la mancha de la cultura dominante, actualmente se han visto transformados en meros productos comerciales de la sociedad de consumo. Ahora son moda.

Sin embargo, una tenue luz de esperanza brillaba para las esferas menores. Si no podían presentarse únicos, si no podían generar el escándalo visual en la sociedad, podían pensar diferente. Desde allí, las esferas menores comenzaron a adherir a todos sus elementos físicos algún tipo de soporte intelectual que pudiera presentarlos no meramente como imágenes, si no como pensamiento también.

Aquellos que lograron convertir su cultura de dominante a dominada siempre tuvieron esto en cuenta. Por eso Hittler, además de todas sus águilas imperiales y svásticas esparcidas alrededor de Alemania, tomó la doctrina teosófica y la re-adaptó de tal forma que le pudiese ser productiva en su afán conquistador. Pero en la actualidad, niños de catorce años se rapan la cabeza y se tatúan svásticas y no tienen la menor idea de la teoría de la evolución de las razas.

La gran mayoría de las esferas menores trataron de crear discursos propios que los identificase. Nadie consideró que la moda no solo se atañía a vestimentas o adornos peculiares, si no que también a las distintas formas de ver el mundo.

El marxismo se convirtió en una moda, el nazismo y el anarquismo también. La política, tema tan manoseado por las esferas menores, solamente los llevó a reproducir discursos y prologar así, su propia transformación en entes sociales completos.

Vale la pena aclarar algo, y es que no es necesario pertenecer a la esfera mayor para ser parte de ésta. En la época de las monarquías o de los regímenes de cualquier tipo, la cultura estaba tan delimitada que si alguien no se ceñía a ella era considerado un ser marginal y, por ende, creador de un estilo.

Sin embargo, en la cultura moderna y post moderna con los conceptos de globalización, pluralidad y democracia, la esfera mayor extendió tanto su influencia que terminó por transformar todo en moda. Como todo es aceptado, no existe nada incorrecto, y con esto les bastó a las esferas menores.

Los punkies siguen apedreando los carros de los policías y los hip-hoperos rayando los espacios públicos con spray, y ambos van a dar a la cárcel por contravenir el orden público, pero no existe condena cultural. Las acciones del estilo quedan así, como acciones del estilo, y cada reacción, en especial las adversas al orden hegemónico, lo afianzan.

Por esto las esferas menores se han condenado, pues como son aceptadas dentro de la realidad cultural de Occidente, al mismo tiempo han perdido la facultad de generar discursos, y se limitan a reproducirlos, al igual que sus vestimentas y hábitos han sido publicitados por la cultura para hacerlos parecer un producto más del incesante mercado.

 

Bendita inconsecuencia

Aventurar una hipótesis acerca de cómo una esfera menor puede constituirse como tal y mantenerse así a través de los tiempos es, a lo poco, irrisorio. A menos que la modalidad cultural mute nuevamente hacia algo menos ambiguo, las esferas menores seguirán siendo constituyentes esenciales de la mayor.

Se puede, sin embargo, generar una idea o promulgar un pensamiento particular que puede ayudar a desbaratar este “complot cultural” al que están sometidos aquellos que quieren ser diferentes; la inconsecuencia.

La cultura imperante solamente conserva una regla social inamovible, que es el hecho de creer ser algo. Una vez que el sujeto ha establecido su etiqueta, pasa a formar parte de una moda, pierde su estilo y se convierte en una entidad social.

La forma de rebatir este recurso taxonómico de la cultura es afirmarse inconsecuente: no formar parte de nada formando parte de todo. Así, un hip-hopero que escuche rock, se vista como gótico y se confirme en la fe cristiana al mismo tiempo que participa en marchas homosexuales y va a las reuniones de los candidatos de todos los partidos, es un ser completamente inadmisible dentro del catastro occidental.

A lo sumo lo podrán caracterizar dentro de todos sus grupos, pero cuando traten de explicar que “es” (me refiero a “ellos” o “nosotros”, la entidad cultural predominante), quedarán en blanco y no sabrán que decir. Dentro de las esferas menores, es un paria, y para la esfera mayor un producto de inadaptación, el sujeto se convierte en lo que durante la edad media se llamó “un loco”.

No se asegura con esto que el antes entidad social pase a ser repentinamente un sujeto, o que encuentre la forma de apoyarse en un estilo completamente propio, pero al menos no se verá encadenado a formar parte de la esfera mayor. Los sujetos que no pertenecen completamente a nada, o que son rotundamente inconsecuentes, son mirados con desprecio dentro de las esferas mayores y menores, pues generan desconfianza y sospechas. Ellos son, en realidad, los únicos completamente marginales dentro de un mundo donde todo, pensamientos, discursos, vestimentas, hábitos, formas de hablar o presentaciones de cualquier tipo, son una moda expandida, creada y repartida como se les entregaba a los romanos: ¡pan y circo!

 

Bibliografía

James Curran, David Morley y Valerie Walkerdine. Estudios culturales y comunicación : análisis, producción y consumo cultural de las políticas de identidad y el posmodernismo ; trad. Esther Poblete, Jordi Palou , Barcelona : Paidós, 1998.

Roberto Echavarren Arte andrógino: Estilo versus moda en un siglo corto. Montevideo: Brecha, 1997.

 

© Gabriel Saldías R. 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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