Sociología de la Riqueza y la Pobreza en Roma

Marco Antonio Coronel Ramos

Universitat de València/Estudi General
marco.coronel@uv.es


 

   
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Resumen: El objetivo de este trabajo es estudia las variadas significaciones morales y culturales de la riqueza en el mundo romano clásico, centrándose en el papel jugado por la riqueza en los discursos histórico, filosófico y literario.
Palabras clave: Literatura Latina, Pensamiento Latino, Topicología.

 

En coherencia con lo dicho en el trabajo anterior titulado La Ética Ciudadana Romana en el Espejo de la Literatura Latina, el uso perverso de las riquezas procede de atribuir al dinero un valor inherente más allá de su uso social [1]. La perniciosidad de las riquezas es tan destacada porque, como explica Plutarco comparándola al ateísmo, deja en el alma una inclinación hacia lo dañino, hacia lo que aparta al hombre de la naturaleza y de la razón. De ahí deriva el tópico ya señalado de que el mal uso de las riquezas sea capaz de degradar los valores político-sociales de los mores y los éticos de la filosofía. Un ejemplo de ello es el caso de Verres al que Cicerón acusa de rapiñar con la mayor avaricia y lujuria lo más sagrado de las provincias: sus dioses y sus templos. Bajo el imperio de la avaricia cualquier malversación o cualquier inmoralidad o impudibundez es esperable a juicio de Cicerón [2] y de sus conciudadanos.

El más importante de los daños provocados por la riqueza es el desmoronamiento del poder y la decadencia de los principios que rigen a los gobernantes. En este sentido es muy relevante el pasaje en que Tácito narra el desasosiego de los ricos romanos ante unas medidas contra el lujo que los tribunos querían rescatar de la época de Augusto. Esas medidas buscaban poner coto a la ostentación y al lujo de los ricos paradigmatizada en la suntuosidad de sus casas y en la desmesura de sus banquetes. Esta proposición de los tribunos se sitúa en el año 22 d.C., aunque la ley suntuaria que pretenden hacer cumplir es del año 22 a.C. Recurriendo a esta ley, los ediles piden a Tiberio que vigile su cumplimiento para parar la escalada de precios debida a las especulaciones y ostentaciones de los ricos [3] . La respuesta de Tiberio es, como poco, cínica: duda de la operatividad de rescatar esa ley y así lo explica en una carta dirigida al senado que Tácito transcribe [4] .

En esa carta el emperador reconoce los problemas que plantean el lujo y los gastos suntuarios para la ciudad, pero con gran cinismo opina que es una situación de muy difícil solución. En este cinismo -ver la situación y aceptarla como imposible de variar- radica, a juicio de Tácito, el mal de la república: la riqueza ya lo ha corrompido todo y es muy difícil de parar toda esa escalada de gastos. La magnitud de la censura de Tiberio se pone de manifiesto en que éste aplica su raciocinio a explicar la decadencia de Roma y no, como según Virgilio hiciera Augusto, en restaurar los valores naturales de los mores. De hecho, el cinismo de Tiberio es tan grande que no siente empacho de afirmar dirigirse al senado por carta para no tener que sentarse frente a los acusados de lujo y ostentación. Con ello Tácito perfila la riqueza como el mal principal que aqueja al senado estableciendo así que la moral vulgar se ha asentado entre los que debían ser más austeros por estar en sus manos los destinos de la ciudad [5] , de ahí las siguientes palabras de Tiberio, según Tácito [6] :

quod si mecum ante viri strenui, aediles, consilium habuissent, nescio an suasurus fuerim omittere potius praevalida et adulta vitia quam hoc adsequi, ut palam fieret, quibus flagitiis impares essemus.

Por tanto, la actitud de inhibición de Tiberio socava la estabilidad del estado [7] y atenta, por contraposición con el Rómulo de Dionisio, contra los mores maiorum y contra la dignidad del ejercicio del poder. Esa dejación de sus deberes no es excusable por no proceder de una incapacidad de discernimiento, de ahí que Tácito se esfuerce por presentar a Tiberio como un hombre que aplica su razón a mantener un estado de cosas que aparta al hombre de la naturaleza. La ostentación y el lujo se han convertido en los valores preponderantes en la ciudad derogando las leyes naturales. Por ello es consecuente Tiberio al no empeñarse en prohibir el lujo, porque esa interdicción significaría el desmoronamiento de un imperio basado en el lujo [8] :

quid enim primum prohibere et priscum ad morem recidre adgrediar? villarumne infinita spatia? familiarum numerum et nationes? argenti et auri pondus? aeris tabularumque miracula? promiscas viris et feminis vestis atque illa feminarum propria, quis lapidum causa pecuniae nostrae ad externas aut hostilis gentis transferuntur?

De esta manera quedan establecidos tópicamente los valores de la sociedad romana decadente que se contraponen claramente con las virtudes o mores romulianas:

1. Solo se aprecia el lujo improductivo frente a las disposiciones en pro de la agricultura y de la guerra justa de Rómulo

2. Se acaparan tierras contra el principio de la equidad

3. Se hace ostentación en forma de esclavos, riquezas y bienes suntuarios

4. El emperador se muestra incapaz de contener esa situación y, por ende, está pervirtiendo la razón de ser de su poder

5. Todo ello deriva en que se pierda una gran parte de la riqueza de Roma en manos de los pueblos que proveen esos lujos

Tiberio está hablando con gran pragmatismo. Roma no puede renunciar a ese lujo porque, a pesar de sus miserias, es lo que garantiza el mantenimiento del statu quo de la ciudad y de la civilización que representa. Las prohibiciones no le resultan, por tanto, tan positivas [9] :

nam si velis quod nondum vetitum est, timeas ne vetere: at si prohibita impune transcenderis, neque metus ultra neque pudor est.

Así dice Tiberio porque hay leyes contra esos lujos, muchas de ellas del propio Augusto, que no se cumplen habiendo quedado abolidas por el olvido o el desprecio [10] . La gente ha perdido el respeto a esas leyes. El problema no es de la ley sino del talante social. Tácito no puede opinar de otro modo porque comparte la teoría expuesta por Escipión o Lelio de que la ley es una sanción socio-política de las virtudes ético-naturales. El olvido de las leyes no puede ser otra cosa que resultado del alejamiento del hombre de la naturaleza y, por ende, de la preterición de los mores. La regencia de las riquezas se explica entonces como un apartamiento de las necesidades naturales y, con ello, de los valores naturales sustentados por la razón y la propia ley.

Sin embargo, no es Tiberio el culpable de tal situación. Tácito retrotrae bastante el imperio de las riquezas sobre Roma, cuyo sostén es precisamente la ostentación y la pujanza de los valores externos y perecederos. Como fruto directo de todo ello se tiene ya al populismo, la hipocresía y la jactancia, que, según Tácito, imperaban ya bajo el propio Augusto como lo demostraría el hecho de que el emperador, tras nombrar primeros y principales herederos a Livia y a Tiberio, proceda del siguiente modo [11] :

in spem secundam nepotes pronepotesque, tertio gradu primores civitatis scripserat, plerosque invisos sibi sed iactantia gloriaque ad posteros. legata non ultra civilem modum, nisi quod populo et plebi quadringenties tricies quinquies, praetorium cohortium militibus singula nummum milia, urbanis quingenos, legionariis aut cohortibus civium Romanorum trecenos nummos viritim dedit.

Con estas palabras se acusa a Augusto de populismo, es decir, de tomar medidas demagógicas para garantizarse el aprecio post-mortem de su gente; de hipocresía, porque subvierte el valor de la herencia al atacar la integridad de sus oponentes con una fingida generosidad; de jactancia, porque, sintiéndose por encima de todo y de todos, juega a la magnanimidad -pervierte el significado del concepto, como diría Séneca- para quedar por encima de los que odiaba.

Con esta caracterización de Augusto Tácito se remonta al período tópico de esplendor de la ciudad para situar ya en él la existencia de una Roma degradada [12] . Está poniendo en cuarentena con ello los proyectos legales, administrativos y religiosos que Augusto había promovido y que Virgilio, como se indicó, había ensalzado. La degradación representada por Augusto en estas palabras queda rubricada por contraposición al Rómulo de Dionisio de Halicarnaso porque, si Rómulo asumía -como era su deber- la responsabilidad de salvaguardar los valores de la ciudad, porque ese es el cometido de todo aquel que ostente el imperium, Augusto antepone su vanagloria, sus recelos, odios y rencores a cualquier otra consideración. Este sería el origen de la pujanza de la adulación en la ciudad y que acaba por pervertir todos los principios ciudadanos reduciendo al pueblo a público que, abjurando de sus deberes ciudadanos, entrega su libertad por pan y circo, como decía Juvenal [13] .

La veracidad de esta interpretación se pone de manifiesto si se compara la actitud de Augusto con la de Agrícola, el amado suegro de Tácito, de cuyo testamento se dice lo siguiente [14] :

satis constabat lecto testamento Agricolae, quo coheredem optimae uxori et piissimae filiae Domitianum scripsit, laetatum eum velut honore iudicioque. tam caeca et corrupta mens adsiduis adulationibus erat, ut nesciret a bono patre non scribi heredem nisi malum principem.

Agrícola, por tanto, nombró heredero al emperador para salvaguardar a su familia, porque, de no haberlo hecho así, el emperador habría probablemente declarado nulo todo el testamento. La actitud de Agrícola representa a los ojos de Tácito la prudencia de saber defender los intereses de su familia frente a la rapacidad de los gobernantes. La artimaña de Agrícola denotaría su mesura y habilidad; la actitud de Domiciano, ignorancia de sí mismo y un extremo envanecimiento.

Domiciano, como los propios Augusto y Tiberio, es un gobernante incapaz de percibir la realidad porque es incapaz de reproducir el sentido exacto de las palabras: Augusto desconoce el sentido real de la magnanimidad y Domiciano el de ponderación y mesura. Domiciano se convierte en trasunto del poder degenerado y, Agrícola, en defensor del estado que antepone el bien público y familiar al personal. Por otro lado, la diferente actitud ante la herencia de Augusto y de Agrícola permite a Tácito caracterizarlos: Agrícola como hombre prudente que actúa dando una parte de su herencia a Domiciano para evitar que su familia quedase en la indigencia; Augusto, desde la preeminencia que le da el poder, como fingidor de magnanimidad para reservarse un gesto que la posteridad calificaría de largueza.

Todos estos textos permiten concluir que, a juicio de los romanos, el poder de la adulación nace del proceder arrogante e irrespetuoso con los mores de los gobernantes y, en este sentido, es un claro síntoma de la degeneración social. La ascendencia social de la adulación denotaría, además, la pujanza de las riquezas desde el principio mismo del imperio. En este sentido Agrícola es un personaje de la antigua Roma: muere sin codicia, sabiendo que se irá sin llevarse nada. Desde esa convicción actúa con la mesura que definía a un romano según Dionisio, blindando a su familia de la pérdida total de su herencia con la pérdida de una parte. Augusto, sin embargo, juega cínicamente con los numerosos pretendientes al poder. Agrícola, además, se adapta a la situación para salvaguardar un bien mayor -la familia; Augusto, se aprovecha de la situación para, utilizando la falta de integridad asentada en la sociedad, burlarse de sus enemigos. Ambos conocían su sociedad pero Agrícola, en posición débil, sabe mantener la prudencia y la mesura; Augusto en posición fuerte, se burla de su propia ciudad y no hace lo que se esperaría de un gobernante: habilitar los medios para cambiar ese estado de cosas.

La consecuencia social principal de la dejación de sus obligaciones por parte de los príncipes y de la extensión de la adulación como comportamiento ciudadano habitual es la desaparición de la libertad [15] . Este tema convertirá a la república en el imaginario romano en el sistema político anhelado por favorecer la libertad de todos los ciudadanos, es decir, su capacidad de actuar por el bien común y de decidir lo mejor para la ciudad. Por ello un autor como Suetonio, en la primera mitad del siglo II d.C., se esfuerce, para salvaguardar la imagen de Augusto, en presentar al emperador como un hombre de sincera liberalidad y generosidad. Caracteriza así una imagen opuesta a la de Tácito y lo hace apostillando precisamente que no se dejaba llevar por la adulación, convertida ya en signo tópico de la degeneración que la opulencia asienta en la ciudad: a su juicio, Augusto nunca actuaba para atraerse la popularidad de la gente [16] .

Ante la subversión del ejercicio del poder sea en forma de hipocresía -Augusto, de inhibición de responsabilidades -Tiberio- o de vanagloria -Domiciano- y ante la antigüedad y reciedumbre de estos vicios, Tácito se plantea la cuestión del origen del problema. Recurre entonces a la misma explicación que Salustio, según se comentó más arriba: el lujo y la decadencia proceden del enriquecimiento desmedido de la ciudad. Desde ese momento la nobleza, más rica de lo que requerirían sus necesidades naturales y el bien común, transformó la posesión en un valor en sí misma. Las riquezas adquirirían entonces el papel de determinar la influencia social y política de los ciudadanos [17] . El lujo y la ostentación, poco más tarde, acabarían por corromper todas y cada una de las instituciones tradicionales romanas. Ejemplo de ello es el clientelismo que transforma el noble mecenazgo en la patética dependencia de unos hombres libres con respecto a otros hombres libres que, a cambio de mendrugos de pan y de diversiones ridículas, se convertían gustosamente en público de la ostentación de los ricos [18] .

En este sentido Tácito da la razón a Tiberio: la superación de esta decadencia no podía provenir de las leyes dado que éstas, sustentadas por la razón y la naturaleza, son preteridas por la sinrazón. Será la sucesión de matanzas y desgracias promovidas por la codicia y por la competencia entre los ricos lo que obligaría a la discreción frente a la ostentación y, en cierto modo, lo que provocaría que pasara de moda alardear de las riquezas [19] . Donde no reina la ley natural, impera la inestabilidad que, instalada con fuerza en la sociedad, puede producir una cierta regeneración a fuerza de desgracias.

Al motivo tópico de la inestabilidad como propiciadora de la reestructuración social une Tácito el tópico del campo como lugar de la virtud frente a la ciudad como espacio de los vicios y las imposturas. Así lo hace para afirmar que la ostentación acabó no sólo por las desgracias que causaban, sino por la llegada masiva a Roma de gentes de provincias y colonos que, al ir entrando en el senado y adquiriendo mayores cotas de poder, reintrodujeron los valores de austeridad que se habría conservado en sus lugares de origen apartados de la vorágine de la Urbe [20] . Desde esta perspectiva, Tácito reconoce a Tiberio un gran pragmatismo y una gran capacidad de comprender la realidad, aunque le critique la inhibición con respecto a sus obligaciones de gobernantes [21] .

Ciertamente, es el propio Tiberio el que explica en su carta que la austeridad provenía de la moderación que las virtudes imprimen en el interior de cada individuo [22] . Para reconducir la moral de la ciudad hay que empezar por transformar los valores personales adecuándolos, como no podía ser de otro modo, a la naturaleza y a la razón [23] :

reliquis intra animum medendum est: nos pudor, pauperes necessitas, divites satias in melius mutet. aut si quis ex magistratibus tantam industriam ac severitatem pollicetur ut ire obviam queat, hunc ego et laudo et exonerari laborum meorum partem fateor: sin accusare vitia volunt, dein, cum gloriam eius rei adepti sunt, simultates faciunt ac mihi relinquunt, credite, patres conscripti, me quoque non esse offensionum avidum; quas cum gravis et plerumque iniquas pro re publica suscipiam, inanis et inritas neque mihi aut vobis usui futuras iure deprecor.

Tiberio justifica su inhibición no sólo en no querer afrontar las enemistades que su militancia contra el lujo le reportaría, sino también con el argumento filosófico de que las leyes no pueden actuar en un mundo que no se rija por principios racionales y naturales. Tácito no le criticará su análisis de la ley, sino su acción política concreta. Por ello el historiador procura constantemente poner de manifiesto la clarividencia de Tiberio como se refleja en las siguientes palabras [24] :

externis victoriis aliena, civilibus etiam nostra consumere didicimus. quantulum istud est de quo aediles admonent! quam, si cetera respicias, in levi habendum! at hercule nemo refert quod Italia externae opis indiget, quod vita populi Romani per incerta maris et tempestatum cotidie volvitur. ac nisi provinciarum copiae et dominis et servitiis et agris subvenerint, nostra nos scilicet nemora nostraeque villae tuebuntur.

En consecuencia, no encuentra Tácito otra manera mejor de presentar la cordura de los análisis de Tiberio que mostrarlo defensor de las ideas tópicas con que la sociedad romana se explicaba su decadencia, de ahí la opinión de que la afluencia extra-naturam de riquezas que desencadenó la pérdida de todos los equilibrios: los externos, al convertirse el pueblo romano ante los extranjeros y aliados en un brutal saqueador de recursos, y los internos, por extender las discordias civiles a lomos de la codicia y la ambición. Una vez asentada esta situación, la decadencia se retroalimenta al requerir seguir infundiendo miedo a los extranjeros y seguir azuzando la codicia interna para que la economía siga prosperando, aunque sea a costa de la subida de precios y de la pobreza de una gran parte de los ciudadanos. Este pragmatismo en la valoración de la situación y el cinismo de no hacer nada para cambiarla es lo que transforma a Tiberio en un mal gobernante.

Las ideas sobre el origen y consecuencias de las riquezas expuestas por Tiberio ya eran tópicas, como se ha dicho, en Roma desde hacía tiempo. Así se observa en un autor como Salustio, aunque, como cabe esperar, este historiador no esté de acuerdo con la inhibición de Tiberio como mejor receta para mantener la prosperidad de la ciudad. En este sentido Salustio sitúa la invasión de la ciudad por parte de los valores vulgares del dinero en un momento histórico muy concreto: después de la victoria definitiva de los romanos sobre Cartago [25] . Con ello, utilizando el tópico de la afluencia de dinero como razón de la decadencia de las costumbres, concilia esta idea con el hecho incontrovertible de que fue tras la victoria de Cartago cuando Roma consolidó su papel hegemónico en el mediterráneo. El empuje de las riquezas se relaciona así claramente con el empuje del poder.

El análisis de Salustio hay que situarlo en su momento histórico: él pretende describir la situación de una sociedad convulsa por las guerras civiles intentando encontrar salidas para ese callejón sin salida; Tácito, sin embargo, quiere describir la sociedad imperial destruyendo el tópico de la Pax Augusta. Salustio se siente en la obligación de remontarse a los acontecimientos relevantes de la historia pasada de Roma; Tácito sólo necesita poner en entredicho los fundamentos de la nueva Roma, la inaugurada por Augusto con la loanza de los Horacios y Virgilios. Por ello, si Tácito centra su acción en Augusto y en sus sucesores, Salustio, tras citar las guerras púnicas, centra el tema de la decadencia de Roma en la figura de Sila, al que caracteriza por la relajación de las costumbres. Salustio constata el alejamiento de los mores maiorum de Sila en su inmisericordia con los vencidos, en su tolerancia frente la profanación de los espacios sagrados y en su inhibición -como el Tiberio de Tácito- ante la decadencia de las costumbres y la pérdida de los auténticos valores militares [26] .

La magnificación social del valor de las riquezas será también el argumento de Salustio para explicar la convulsión de su sociedad como para Tácito lo fue para explicar la decadencia de Roma. Esta es la diferencia entre ambos: Salustio historia la convulsión y Tácito la decadencia. En Salustio las riquezas provocan discordias; en Tácito, relajación, de ahí que las discordias sean vistas por Tácito como algo positivo, ya que pueden servir como revulsivo. Ambos coinciden, no obstante, en representar las riquezas contraponiendo los vicios que éstas reportan con las virtudes tradicionales reflejadas en las medidas políticas ya expuestas de Rómulo.

El vicio principal es la consideración de la pobreza como un oprobio y de la rudeza como una condena. Este vicio será el responsable de que todos los romanos se lancen a obtener las mayores riquezas sin reparar en el método, cosa que contradice opiniones como las de Séneca que considera condición inexcusable para considerar aceptable la fortuna que su origen fuera justo. Sin embargo, cuando lo que importa es el enriquecimiento, -es la opinión tópica de los romanos- el hombre pierde la referencia de la naturaleza y de la razón convirtiendo entonces en valores supremos el engreimiento, la impiedad, la gloria, la maldad y la crueldad. La censura de la pobreza se transforma en censura de la austeridad -valor esencial dentro de los mores- dándose origen entonces a toda la panoplia de vicios que degradaban la sociedad según los romanos [27] .

Por otro lado, al igual que Tácito hará años más tarde, ya se encuentra en Salustio la idea de que las leyes trataban de impedir esa preponderancia del dinero pero, como constata el Tiberio de Tácito, esas leyes habían sido olvidadas por la tolerancia del poder frente a tales ostentaciones de riquezas [28] . De esta manera parece también apoyar la idea de Tiberio de que son los valores personales los que dotan de poder a las riquezas. Así se explicaría, desde la óptica de un Tácito, la actuación con respecto a su herencia de Augusto que, con ese acto, no estaría más que respondiendo a una decadencia de las costumbres que se habría asentado en Roma tiempo atrás y contra la que, como se constataría con Tiberio, ninguna ley había podido hacer nada, porque la única solución para ello era ética: el cambio de valores en los individuos. Queda reflejada así en un texto historiográfico la fusión que señalaba Cicerón o Séneca entre los mores y la filosofía: la reinstauración de los mores sólo puede provenir de la comprensión filosófica de la realidad.

Estos postulados explican que un autor como Lucano rompa, en la primera mitad del siglo I d.C., con otro de los mitos de la época imperial: el personaje de César, del que Augusto se reivindicaba sucesor [29] . Con Lucano fue más lejos que Tácito al retrotraer al antecesor de Augusto los vicios de la Roma decadente. En este sentido la Farsalia es una suerte de Anti-Eneida porque, mientras Virgilio convierte a Eneas en el trasunto de un Augusto restaurador de los mores, Lucano transforma al César más degradado en el trasunto de un Augusto ambivalente y tocado por los vicios de la decadencia originada por la afluencia de demasiadas riquezas [30] . Por ello Lucano recurre a argumentos que caracterizan a los contendientes en la guerra civil como personajes guiados por el mismo mal: la codicia y la ambición [31] . En este sentido, para presentar a Catón como un hombre de virtud, se ve obligado a describirlo siguiendo las virtudes de los mores, es decir, carente de riquezas desmedidas y alejado de lujos y vicios [32] . Más en concreto, Catón es reflejo del romano porque sigue los preceptos de los antepasados y porque su acción política se ciñe a los propósitos atribuidos al fundador de la ciudad Rómulo [33] . En este sentido, se le atribuye las siguientes virtudes:

1. Mesura

2. Aceptación de los límites de la naturaleza

3. Servicio a la patria como principal valor, colocando en último lugar los intereses personales

4. Carente de lujos suntuarios: no hace banquetes de ostentación, no vive en palacios desmesurados, no se viste de modo extravagante y lujoso y no practica el adulterio

5. Es honesto y justo y siempre busca el bien común

Resulta curioso que no se cite entre sus virtudes su elocuencia, tal vez porque esta cualidad sea entendida en una época de manierismo oratorio más como un modo de alejar a las palabras, por hablar con Séneca, de sus significados originarios.

Algunas de estas virtudes las atribuye también Pompeyo, aunque en un grado no tan colmado. Desde esta óptica, la mayor alabanza que recibe Pompeyo es que su elogio fúnebre lo pronunciase el propio Catón. En este sentido Catón está sancionando en Lucano, en cierto modo, la legitimidad de Pompeyo frente a César, al menos como mal menor [34] . A juicio de Catón, Pompeyo no es la panacea y, en realidad, Catón sabe que es inferior a los antepasados [35] . Sin embargo, partiendo de la premisa de la comparación con los grandes hombres de antaño, Catón introduce un argumento muy político y posibilista: no se le puede comparar con los sujetos que vivían en tiempos remotos porque, en aquel entonces, la vigencia de los mores maiorum era indiscutida; en la actualidad se necesitarían políticos posibilistas que, partiendo de la comprensión de la realidad, actúen con toda la prudencia necesaria para reconducir la ciudad a los valores que la definen.

Catón está atribuyendo a Pompeyo las virtudes que Tácito atribuía a su suegro Agrícola: ser un gran hombre por conocer perfectamente su tiempo y, partiendo de esa clarividencia, actuar sin corromper su integridad. De ahí nace la censura de un Tácito contra Tiberio: conoce su tiempo, pero no utiliza ese conocimiento para el bien común. En este sentido, Catón necesita recurrir, por razones de tópico literario, a los mayores para alabar a Pompeyo, pero es consciente de que su alabanza no puede basarse en adecuar las virtudes de Pompeyo a las ancestrales, sino en comparar el modo en que Pompeyo reiteraba aquellas virtudes pero en medio de su realidad socio-política. Por esa adecuación a la realidad era Pompeyo más útil a la república que César, según Catón. Entre las razones que justifican esta afirmación están las siguientes:

1. Tiene aspiraciones de poder como muchos de sus conciudadanos, pero no va contra la libertad, es decir, no trata de instaurar ningún poder personal. Su aspiración de poder está dispuesto a refrenarla con topes legales. En definitiva, quería el poder -ambición común en su época, pero no sufría ante la posibilidad de renunciar a él -virtud propia de los mayores que anteponían el bien común al ejercicio personal del poder.

2. No es un demagogo, por tanto, no quiere dividir la sociedad halagando los oídos de la plebe. No quiso fracturar la sociedad, aunque lo podría haber hecho porque la plebe quería ser su esclava -sigue así el mandato implícito de Rómulo.

3. Era el primer senador, pero quería mantener el senado con todas sus prerrogativas de poder real. Respetaba, por tanto, las tradiciones organizativo-políticas de la ciudad.

4. Fue un valiente soldado, pero no amaba la guerra per se, sino que era mesurado en su ambición bélica, como había aconsejado también el Rómulo de Dionisio de Halicarnaso. En definitiva era un hombre de leyes y siempre tuvo el objetivo de la paz.

5. Por derecho de guerra no reclamó más que lo que correspondía, por tanto, fue mesurado en la guerra y en el reparto de ganancias como se espera de un romano según el mismo Dionisio. Fue, en consecuencia, equitativo.

6. Por último, entre sus virtudes personales y familiares, está su atención a la familia, su castidad y la mesura de sus costumbres y de su hogar. Se destaca también que era rico, pero que no vivía por las riquezas y dio muchas al tesoro público, pero no como Augusto, que lo hizo por vanagloria y venganza.

Pompeyo era, en definitiva, el hombre que la república necesitaba: que pusiera orden sin que su ambición le cegara en sus objetivos y atentase al final contra el propio estado. Esta alabanza a la utilidad de Pompeyo se hace todavía más clara si se la contrapone con las caracterizaciones que hace Lucano de César. En efecto, César es presentado como un ambicioso que no repara en nada para conseguir sus objetivos personales. No le mueve, por tanto, el bien general, sino el poder personal. Ataca, para conseguir ese objetivo a un conciudadano, es decir, quiere sacar provecho de un compatriota, que es lo que Rómulo prohibió expresamente según Dionisio. Esa ambición y esa perversión de lo patrio se pone de manifiesto en la descripción que se hace de la saña con que saquea los campamentos [36] :

Caesar, ut Hesperio vidit satis arva natare
sanguine, parcendum ferro manibusque suorum
iam ratus ut viles animas perituraque frustra
agmina permisit vitae
(...)

Por tanto, César, el gran perdonador de todos y el gran comedido con los enemigos, imagen propagandística que César trazó de sí mismo en sus memorias bélicas, es presentado no como alguien que perdona por respeto a sus compatriotas, sino por desprecio a los vencidos. En este sentido es lo mismo que decía Tácito de Augusto: reparte una porción de su herencia entre los que odia por desprecio ante sus odiados. Su único interés es la riqueza, por eso no puede concebir Lucano que tenga respeto por ningún otro valor, porque la riqueza nubla todas las inclinaciones elevadas. Donde hay apego al dinero no hay ningún respeto a los valores, como dice Lucano. Dicho esto, no hace especificar más: César es uno de los soldados de la riqueza, uno de los que prostituyen el oficio y el deber romúleo de la guerra.

La culminación de esta crítica es su enamoramiento de Cleopatra, con ello se presenta a César como un hombre seducible con la riqueza y que no respeta ningún principio patrio enamorándose de una civilización como la egipcia que, según Juvenal, es de las más degeneradas [37] . Así, si Catón no hacía banquetes más que para alimentarse, César es pintado en un banquete con Cleopatra en el que el lujo y la ostentación es el único objetivo y disfrute. En ese episodio César es un loco y Cleopatra una fulana y ambos unos seres degenerados que se dejan llevar por el deseo y la lujuria [38] . Este César estragado por no seguir los mores, no sale mejor parado en el terreno privado que en el público [39] . En el privado, por ejemplo, aparece en brazos de Cleopatra frente a un Pompeyo que era amante de su esposa y de su patria [40] . Lucano, en definitiva, quiere representar a un César que ni pública ni privadamente respeta las costumbres de la patria. El origen de todo: la seducción de la opulencia que convierte en él a la riqueza en único objetivo de su ejercicio público y privado. Esta imagen de César es compartida por Suetonio que lo define como hombre que combinaba toda perversidad moral: se le llama marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos [41] y, aunque no era comilón ni bebedor [42] , según Suetonio, sí era avaro y saqueador de tesoros y fortunas [43] . Su avaricia es vista precisamente como origen de todas sus perversidades.

En definitiva, la opulencia puede definirse como la mala administración de riquezas adquiridas de modos reprobables. Su principal fruto, por otro lado, será la ostentación y el lujo que, además, son los signos más evidentes de la degradación humana y cívica: la riqueza será el acceso de todas las desviaciones de los mores [44] . Séneca, por poner un ejemplo, dedica su carta 87 a explicar cómo las riquezas mal administradas predisponen al hombre hacia el vicio. El mismo Séneca quiere transformar esta idea en verdad tópica, es decir, aceptada por los romanos y por ello, en su Octavia, pone en boca del coro la consideración de que la sociedad no tiene salvación por la falta de valores que destruye las virtudes tradicionales o mores [45] .

Frente a los vicios propagados por la opulencia parece no servir de nada la educación, de ahí la tristeza que transmina la Octavia de Séneca, tragedia escrita para constatar los efectos perniciosos de los vicios y, en este sentido, ante la evidencia de que los esfuerzos de Séneca por transmitir a Nerón los valores de la virtud no han surtido efecto, porque Nerón no se guía por la naturaleza ni por la razón [46] . De ahí también la actitud de Saturión, el personaje plautino que antes se citó, que se mostraba orgulloso de la educación recibida de su padre que, como él, no era más que un gorrón. En todas estas palabras está presente la idea contundentemente desarrolla por Juvenal de que los males se heredan [47] , es decir, que la práctica de los vicios se transmite de generación en generación: la vileza individual se acumula porque sus efectos son sociales. La sociedad actuaría como condensadora de los vicios que, de ese modo, se irían acumulando.

Por ello resulta especialmente grave que las riquezas socaven las leyes que, como antes se dijo, consolidaban, en la mentalidad romana, los principios naturales de la sociedad humana. De esta manera las riquezas, como también se indicó, eran antagonistas de la virtud, porque desgajaban al hombre de su propia naturaleza. La consecuencia práctica más clara de la acción negativa de las riquezas sobre las leyes será, en el imaginario político-jurídico romano, su poder de soborno. Siguiendo este tópico, Cicerón muestra su confianza, en el proceso contra Verres, de que las riquezas no impidan la aplicación de la justicia [48] .

Más desconfiado a este respecto se muestra Salustio al calificar a Roma de ciudad venal en la que nada se respeta y, por tanto, tampoco las leyes y la justicia [49] . Por esta razón se recomienda en el Pseudo-Salustio a César incitar al pueblo romano a vivir de conformidad con los valores de los mores [50] para lograr con ello rescatar a la plebe de la desidia y de la corrupción del dinero y, a la juventud, del despilfarro y las riquezas [51] . Para lo cual lo esencial es dimensionar el dinero en su valor de uso [52] . Este será el programa de Augusto pero, a juicio de Tácito, para entonces los principios ciudadanos de Rómulo -el cultivo de la tierra y en la guerra justa como las dos únicas actividades lícitas para un romano libre - ya estaban en decadencia y sólo cabía esperar una implantación formal de leyes que, como demuestra la carta de Tiberio, nacieron obsoletas porque los mores, sin el socorro de la naturaleza y de la razón filosófica, no podían prosperar. En este sentido y teniendo presente las leyes dictadas por Rómulo se comprenderá que la perversión del valor de la agricultura y de la guerra sean el perjuicio tópico más destacado que los romanos atribuyen a la opulencia.

 

Las riquezas subvierten el valor de la Agricultura

La reivindicación moral del campo y de su cultivo por parte de los romanos forma parte de varios tópicos muy arraigados en la cultura romana: el ya indicado de la superioridad de las épocas pasadas y el horaciano beatus ille [53] , ya que ambos tópicos contribuyen a convertir el campo en el lugar por excelencia de la austeridad, la resistencia y la tolerancia frente a la escasez; la ciudad, en paralelo, se transforma en transunto del lujo y la avaricia de la que, según se ha explicado, nace todo tipo de crímenes. Sin duda, la aceptación general de estos tópicos hay que ponerla en relación con la idea filosófica ya expuesta de la naturaleza como maestra de los hombres. Esta aseveración se justifica por la evidencia de que en textos de todo tipo -jurídicos, filosóficos, histórico-políticos y literarios- se reitere machaconamente la oposición entre la ciudad y el campo junto a la reivindicación de unos modos de vidas racionalmente acordes con la naturaleza. Cicerón, con reticencia retórica y en un contexto jurídico, trae a colación este tema en su defensa de Sexto Roscio en los siguientes términos [54] :

Qua in re praetereo illus quod mihi maximo argumento ad huius innocentiam poterat esse, in rusticis moribus, in victu arido, in hac horrida incultaque vita istius modi maleficia gigni non solere. Vt non omnem frugem neque arborem in omni agro reperire possis, sic non omne facinus in omni vita nascitur. In urbe luxuries creatur, ex luxuria exsistat avaritia necesse est, ex avaritia erumpat audacia, inde omnia scelera ac maleficia gignuntur; vita autem haec rustica quam tu agrestem vocas parsimoniae, diligentiae, iustitiae magistra est.

Si Cicerón utiliza el argumento de que la asiduidad de la vida en el campo para defender la honorabilidad de su defendido, es porque esta idea no sería contemplada por sus conciudadanos como una afirmación extravagante. El propio Cicerón, en un terreno más filosófico, utilizará de nuevo este tópico para defender la idea ya comentada de la superioridad moral de los romanos frente a los griegos explicándola como fruto del mayor apego de los romanos a la naturaleza frente a lo sofisticado y especulativo del pensamiento moral griego [55] . El campo y la práctica de la agricultura se convierten en un argumento de reivindicación general de la virtud tradicional romana.

Por ello, como antes se indicó, cuando Tácito se dispone a alabar a Agrícola, insiste en la idea de que su suegro vivía en consonancia con la moral natural de los mores sin dejarse invadir por el envanecimiento que provocaba en algunos hombres la sistematicidad especulativa de la moral griega. Esa superioridad -no está de más reiterarlo- proviene de la idea, expuesta claramente por Séneca, de que la opulencia y la sofisticación destruyen lo natural y aleja al hombre de la comunión con lo natural [56] . Por ello, un espíritu como el de Agrícola lo perfila Tácito en todo acorde con las costumbres morales de los romanos basadas en la naturaleza. Estos mismos principios sirven también para alabar la educación que Julia Procila, la madre de Agrícola, dio a su hijo [57] :

arcebat eum ab inlecebris peccantium praeter ipsius bonam integramque naturam, quod statim parvulus sedem ac magistram studiorum Massiliam habuit, locum Graeca comitate et provinciali parsimonia mixtum ac bene compositum.

De esta manera la educación sólo puede incidir positivamente en un niño cuando el contexto en que el niño se cría y el ejemplo de sus padres son acordes con la virtud. Esta idea podría reconciliar a Séneca consigo mismo, porque, si su educación de Nerón falló, se podría achacar ese fallo a la mayor pujanza que tuvo en su interior el contexto de disipación de la Roma del momento que los consejos de mesura y austeridad que Séneca procuraría transmitirle. Por ello ahora Tácito insiste en la idea de que Julia Procila mantuvo a su hijo Agrícola apartado de la ciudad, porque ello equivale a afirmar que lo reservó del ajetreo del vicio urbano.

Filosóficamente hablando, parece tan importante -salvo tal vez para Marco Aurelio- mantenerse alejado de la ciudad que aparece en ocasiones como condición sine qua non de toda virtud. Por ello, en el texto tacíteo citado, se insiste en la crianza de Agrícola en el campo, que estuvo en la base del éxito de su educación, de ahí su capacidad de unir la sobriedad provinciana, es decir, la austeridad ancestral, con la elegancia griega, es decir, los modales civilizados. Por ello recalcaba el propio Tácito en un pasaje antes citado que una de las razones de la superación de los males de la ostentación en Roma fue la llegada a Roma para ocupar puestos de responsabilidad pública de hombres de provincias. Todo ello sucedía en tiempos de Vespasiano, al que caracterizaba también por esos valores rurales. Estos argumentos servirán también para inhabilitar como dirigentes a los que carezcan de estas virtudes naturales. Uno de esos casos sería Metelo, censurado por Salustio por vivir en medio de lujos y extravagancias ajenas a la austeridad tradicional romana [58] que Tácito está adjetivando de rural o provinciana.

Estos mismos postulados sirven para distinguir históricamente la Roma hegemónica de la decadente. Ejemplo de ello es Lucano para el que la Roma moral coincide en el tiempo con el pasado remoto en el que el hombre vivía feliz aceptando los límites naturales que su razón le imponía. Por el contrario, la Roma Reversa se define por el deseo de acaparar tierras pervirtiéndose así el valor moral del campo que queda convertido en botín de hombres de ciudad [59] :

(…) tum longos iungere fines
agrorum, et quondam duro sulcata Camilli
vomere et antiquos Curiorum passa ligones
longa sub ignotis extendere rura colonis.

En estas palabras destacan la referencia a Camilo y a los Curios, porque, lo mismo que Escipión y Catón en Séneca, eran personajes que encarnaban tópicamente la austeridad antigua nacida del respeto a las virtudes y leyes naturales. El contraejemplo es la cita del campo de Marte, lugar donde se realizaban las elecciones que, según insinúa Lucano, eran ya un lugar en el que los romanos pervertían su libertad y su responsabilidad ciudadana vendiendo sus votos al mejor postor. De este modo, la perversión de los valores campesinos se presenta en Lucano como trasunto de la esclavitud que significa para un romano perder la soberanía política y vivir en una ciudad en la que la justicia es venal. Ejemplo de esta pérdida es que las tierras sean cultivadas por extranjeros, cosa que contravenía directamente las directrices del Rómulo de Dionisio [60] . Por todas estas razones ensalzará Virgilio estas virtudes del campo para describir la época de Augusto [61] :

At tibi prima, puer, nullo munuscula cultu
errantis hederas passim cum baccare tellus
mixtaque ridenti colocasia fundet acantho.

Consiguientemente, la manifestación más clara de la nueva época será la prosperidad de los campos, lo cual equivale a decir, restauración de las virtudes ancestrales -y naturales- de los romanos. En esta clave se pueden interpretar todas las Geórgicas, ya que, al asumir Virgilio con ella la tarea de explicar cómo se han de poner en cultivo los campos asolados por tantas guerras, está, en última instancia, propugnando la reinstauración de los mores que, en el imaginario romano, estaban indefectiblemente ligadas a lo campesino, como lo demuestra el hecho de que Dionisio de Halicarnaso atribuya esta idea al propio Rómulo [62] .

La productividad literaria de la oposición entre el campo y la ciudad fue considerable. En casi todos esos casos la significación dada a cada uno de los polos de esta oposición se mantiene estable: el campo como lugar de la austeridad y la virtud; la ciudad como lugar del ajetreo, la ostentación y los lujos. En este sentido puede destacarse, en la segunda mitad del siglo I a.c., a Propercio que diferencia entre el amor casto y el vulgar porque el amor vulgar nace de la codicia y, en ese sentido, proporciona grandes pérdidas al enamorado [63] . Entonces recurre Propercio, para dar más fuerza a su argumento al tópico de las virtudes del campo materializándolo en la mujer campesina que, como es de esperar vive el amor desde la sencillez, la honestidad y la castidad [64] . He aquí unas palabras suyas al respecto [65] :

at nunc desertis cessant sacraria lucis:
     aurum omnes uicta iam pietate colunt.
auro pulsa fides, auro uenalia iura,
     aurum lex sequitur, mox sine lege pudor.

De este modo se observa cómo el tópico de la riqueza y de la ciudad como lugar de todos los vicios se aplica literariamente a la explicación del buen y del mal amor. Las riquezas, reitera tópicamente Propercio, destruye el valor de la ciudad y la pujanza de sus mores [66] . El poeta elegíaco está utilizando el tópico de la riqueza que atenta contra el amor junto al tópico de la riqueza que ataca a la ciudad. En este sentido se siente como Casandra, dice, la hija de Príamo a la que nadie creía cuando prevenía del caballo de Troya porque, lo mismo que aquella predijo la destrucción de la ciudad, él predice lo propio pero ahora en manos de las riquezas. De ahí que repita las consabidas alabanzas a la Roma primitiva en forma de cantos de añoranzas por los dioses patrios que no requerían ofrendas de oro [67] .

También respetuoso con la significación del tópico ciudad/campo es, en la segunda mitad del siglo I d.C., Estacio. Así, al describir la villa de Manilio Vopisco en Tívoli la ubica en un paraje muy hermoso pintándola llena de bellas estatuas y grandes comodidades y sofisticaciones. Sin embargo, como Estacio quiere indicar que este poeta y erudito respeta las normas de la austeridad proverbial romana, concluye con unos versos que no dejan lugar a duda: aquellos parajes están destinados, a pesar de su confort griego, no a una petulante arrogancia o presuntuosidad, sino a pensar [68] :

Scilicet hic illi meditantur pondera mores;
hic premitur fecunda quies virtusque serena
fronte gravis sanusque nitor luxuque carentes
deliciae
(...)

Ese es también el tenor de la despedida del poema [69] :

digne Midae Croesique bonis et Perside gaza,
macte boni animi! cuius stagnantia rura
debuit et flavis Hermus transcurrere ripis
et limo splendente Tagus. sic docta frequentes
otia, sic omni detertus pectora nube
finem Nestoreae precor egrediare senectae.

Otro ejemplo del mismo tenor del propio Estacio es su descripción de la villa de Polio Félix en Sorrento [70] : también privilegiada por su naturaleza idílica y por el gusto griego de la decoración de la casa. Como en el caso anterior, tiene buen cuidado Estacio de decir que ese lugar no es simplemente de recreo, sino lugar de meditación [71] :

Vive Midae gazis et Lydo ditior auro,
Troica et Euphratae supra diademata felix,
quem non ambigui fasces, non mobile vulgus,
non leges, non castra tenent; qui pectore magno
spemque metumque domas voto sublimior omni,
exemptus fatis indignantemque refellens
fortunam; dubio quem non in turbine rerum
deprendet suprema dies, sed abire paratum
ac plenum vita.

Así quedan expuestos los valores poéticos de la riqueza cuando su uso está inspirado por la filosofía: la opulencia no impide la reflexión, sino que la facilita si el hombre no se deja deslumbrar por el confort cayendo en la tentación de la ostentación. Todos estos pensamientos se repiten igualmente en su oda a Septimio Severo que empieza con el tópico del pasado remoto austero y valiente [72] :

Parvi beatus ruris honoribus
    qua prisca Teucros Alba colit lares,
        fortem atque facundum Severum
         non solitis fidibus saluto.

La desusada lira de que habla Estacio son las estrofas alcaicas en que escribe el poema, único ejemplo de ello en toda su producción. Sin embargo, su contenido es el mismo que en los casos anteriores: alaba en Septimio Severo que persiga la misma tranquilidad y riqueza de espíritu que observa en el destinatario de la oda [73] :

est et frementi vox hilaris foro;
   venale sed non eloquium tibi,
     ensisque vagina quiescit
       stringere ni iubeant amici.
sed rura cordi saepius et quies,
   nunc in paternis sedibus et solo
     Veiente, nunc frondosa supra
       Hernica, nunc Curibus vetustis.
hic plura pones vocibus et modis
   passu solutis, sed memor interim
     nostri verecundo latentem
       barbiton ingemina sub antro.

Por tanto, Estacio se está sirviendo reiteradamente como motivo literario del tópico político-moral de las riquezas como enemigas urbanas de la virtud. Los lujos campestres, para ser percibidos por los romanos como aceptables, no deben colisionar con las virtudes del campo. Ideas semejantes aparecen en muchos otros autores como Marcial que recomienda a su amigo Esparso retirarse a meditar a la villa de Nomento para tranquilizar su espíritu y alejarse del estrépito de la ciudad [74] . Siguiendo este hilo argumental Marcial considera que se engañan todos los que consideran que la vida sólo es plena rodeada de lujos. Él opina algo distinto: non est vivere, sed valere vita est [75] . Por ello critica y censura tanto los ricos que despilfarran [76] como los pobres que viven miserablemente, en una miseria injustificable ni siquiera en función de su pobreza [77] . Estas ideas aparecen en muchos epigramas en los que mezcla la incitación a vivir en el presente [78] reproduciendo con ello el carpe diem horaciano con la recomendación de mantenerse alejado de los afanes políticos -urbanos [79] . Frente a todo ello Marcial, también imitando al Horacio de la frugalidad [80] , ofrece su casa a su amigo Turanio para una cena discreta y austera [81] .

La voz disonante con estos tópicos es la de Ovidio. Sin embargo, esta disonancia es claramente explicable por el destierro que Ovidio sufrió teniendo que abandonar Roma durante largos años. Esta separación forzosa de familia y amigos se le representa como la más cruel de las condenas, por lo cual, para presentar con la mayor crudeza su situación, recurre a la trastocación del significado tradicional de un tópico conocido de todos los romanos. La ciudad, Roma, ya no será el lugar de los ajetreos, sino el hogar, el amor de la familia, el lugar de los cultos religiosos, la sede del poder romano, etc.; lo que no es Roma representará entonces la soledad, la lejanía del orden social y político. Podría afirmarse que este trueque del tópico es la contribución de Ovidio al proyecto de Pax de Augusto. Por ello, más allá del lugar real de destierro de Ovidio [82] , la valoración positiva que Augusto hace de la ciudad, de Roma, debe ser interpretada como el reconocimiento por parte de Ovidio de la eficacia en la reinstauración de los mores tradicionales romanas.

Roma ya no es antagónica con el campo, sino que es la materialización de la Roma eterna, aquella fundada por el propio Rómulo con valores de mesura, austeridad y severidad. Desde esta perspectiva, la eficacia de la ruptura del valor tradicional del tópico es mayor y descubre a un Ovidio que utiliza el mejor recurso para alabar a Augusto: romper con la imagen de la ciudad como lugar de las subversiones y añorarla asignándole los valores más nobles de la civilización. De no haber contado Ovidio con este tópico, la eficacia de sus poemas habría sido menor. En este sentido se puede explicar la insistencia casi machacona del poeta en estas ideas: en su añoranza de la ciudad y su abominación del mundo rural, es decir, de todo espacio alejado de Roma.

Por esta razón no hay en Ovidio, en general, asomo de admiración por los bárbaros, como luego se verá en César, Juvenal o Tácito, en reconocimiento a su apego a los valores de la tierra. En Ovidio, los bárbaros son casi animales: hombres instintivos que sólo saben guerrear [83] :

vox fera, trux vultus, verissima Martis imago,
    non coma, non ulla barba resecta manu,
dextera non segnis fixo dare vulnera cultro,
   quem iunctum lateri barbarus omnis habet.

He aquí el otro rasgo verdaderamente magistral que utiliza Ovidio para impactar con su ruptura del tópico: atribuir a los bárbaros -al mundo rural- los vicios que caracterizaban en el tópico a la ciudad, tales como el alejamiento del cultivo del campo y la entrega por completo a una vida basada en la rapiña, es decir, en la guerra injusta [84] . A ello se une la incapacidad para comprender el sentido exacto de las palabras, de ahí que se califique su voz de fiera y de ahí que insista constantemente Ovidio en sus poemas que él recurre, para consolarse a la poesía, es decir, a recordarse el sentido exacto de las palabras ante la imposibilidad de vivir las realidades que éstas representan [85] . Por todo ello especifica lo que añora de Roma del siguiente modo [86] :

nec tu credideris urbanae commoda vitae
quaerere Nasonem, quaerit et illa tamen.
nam modo vos animo dulces reminiscor amici,
nunc mihi cum cara coniuge nata subit:
aque domo rursus pulchrae loca vertor ad urbis,
cunctaque mens oculis pervidet usa suis.

nunc fora, nunc aedes, nunc marmore tecta theatra,
nunc subit aequata porticus omnis humo.
gramina nunc Campi pulchros spectantis in hortos,
stagnaque et euripi Virgineusque liquor.

Lo que extraña es la recuperación de los valores tradicionales de Roma: sus dioses rehabilitados, el Campo de Marte, es decir, la libertad ciudadana, la urbanización de la ciudad que representa su salubridad y, sobre todo, los valores tan preconizados por Augusto, como la familia. De ahí que, cuando alude a lo que sería un lugar de destierro más amable, diga lo siguiente [87] :

(…) utinam contingere possit
hic saltem profugo glaeba colenda mihi!

Es decir, si no puede disfrutar de Roma como sede de los mores recuperadas, desearía, como mal menor, poder dedicarse a la agricultura, es decir, a un oficio digno de un hombre libre y, no se olvide, virtuoso. De esta manera vuelve a alabar a Augusto que, como había indicado Virgilio, trataba de restaurar el cultivo de los campos como trasunto de la rehabilitación de los mores. Su mal es mayor, dice Ovidio con las siguientes palabras [88] :

unde sed hoc nobis, minimum quos inter et hostem
discrimen murus clausaque porta facit?

Estas palabras equivalen a decir que vive en una situación anterior a la Pax Augusta, es decir, un momento de conflictos civiles constantes en los que el hombre se veía recluido en el interior de los reducidos espacios protegidos.

Podría concluirse que la maestría de Ovidio se demuestra con su tratamiento original de los tópicos. Ovidio juega incluso con el tópico de la modestia al convertir lo que considera falta de altura literaria de sus poemas de destierro en alabanza de la Pax Augusta [89] : lejos de la Roma augústea no es posible la creación literaria. En definitiva, el exilio de Ovidio es verse confinado lejos del disfrute de la Pax Augusta. Insistir en esta idea es alabar la Roma urbana y, con ello, a buen seguro, pretendería mover a Augusto a la revocación de la orden de destierro.

Esta afirmación se hace más evidente si se compara el Ovidio de antes del destierro con el de después: el anterior puja por aparecer como el gran connaisseur de la vida agitada de la ciudad. Quiere que se le reconozca como el gran maestro de las delicias del amor urbano. Sus consejos, como el de hacer regalos a la amada para conquistarla, hay que interpretarlos como adaptación a la vida liviana de la gran urbe de la paz [90] . Sin embargo, aunque Ovidio comente todos los aspectos de la canallesca amorosa, mantiene los principios morales básicos de su sociedad expresados en sus tópicos: considera que el dinero y la codicia hace que el amor muera [91] . Este es el Ovidio respetuoso con los tópicos literarios, como el de que el dinero corrompe el amor [92] o el más general que perfila el amor como una locura, de ahí que, con la desaparición de la pasión amorosa, recupere el hombre la sensatez. Frente a este Ovidio, el Ovidio más magistral es el del destierro, porque, si la ortodoxia en el uso de los tópicos le sitúa dentro de los maestros de la tradición, la heterodoxia en ese uso, como sucede en los poemas de destierro, le sitúa en el terreno de la excelencia y la singularidad. El tópico tranquiliza porque permite discernir el pensamiento, su ruptura desasosiega, porque conmina a abrir nuevos terrenos situando el poema en el terreno de los significados renovados.

 

Las riquezas subvierten el valor de la guerra

Otro fruto de la perversidad de las riquezas es la subversión de la función ciudadana de la guerra tal y como lo había instituido Rómulo. En este sentido, el concepto de guerra justa queda suplido por el de guerra de rapiña, cuyo único objetivo es la obtención fácil y descarnada de dinero y esclavos [93] . Así lo dice Séneca cuando presenta a guerra ajena a todo valor ciudadano, es decir, convertida en algo completamente ajeno al que le encomendó Rómulo [94] :

cupido belli crevit atque auri fames
totum per orbem, maximum exortum est malum
luxuria, pestis blanda, cui vires dedit
roburque longum tempus atque error gravis.

La degradación de los valores hace imaginar a Séneca que no hay época peor que la suya, en la que ha desaparecido incluso la función de la guerra. La guerra ya no es más que un indicio de la decadencia de la ciudad.

En esta afirmación Lucrecio estaría de acuerdo con Séneca dado que, para el escritor epicúreo, la guerra, junto a la necesidad de las leyes, el miedo a los dioses y el valor de codicia de los metales son prueba suficiente del apartamiento del hombre de su auténtica naturaleza. En ese sentido destaca Lucrecio la subversión de ciertos descubrimientos importantes que son pervertidos al ser utilizados para la guerra, como el del hierro [95] . Lo mismo podría decirse de la domesticación del caballo o del elefante con fines bélicos [96] . La guerra es la constatación en Lucrecio, toda guerra, del fracaso de la sociedad humano. Desde esta óptica, frente a la moral tradicional romana representada por Rómulo, la guerra en Lucrecio no tiene ninguna razón de ser. Lucrecio critica toda guerra, mientras que el común de sus conciudadanos criticaba el uso perverso de la guerra. Esta idea última aparece en autores como Juvenal [97] y es la que explica el giro temático que y sin dioses introduce en el género épico transformando su función laudatoria en un discurso sin héroes porque la guerra allí contada no está inspirada en ningún objetivo noble [98] .

En efecto, el autor cordobés manifiesta que no hay pietas que justifique esa guerra sino más bien lo contrario: hay un puro e impúdico conflicto de intereses y de ambiciones. No puede haberla en una guerra civil que atenta contra el principio fundamental de Rómulo: no luchar nunca un romano contra un romano. Por eso dice Lucano [99] :

(...) tu causa malorum
facta tribus dominis communis, Roma, nec umquam
o male concordes nimiaque cupidine caeci,
quid miscere iuvat vires orbemque tenere
in medio?

Para Lucano, la tendencia a la guerra injusta y a la venalidad de los valores acaba por caracterizar a unos romanos que han abandonado el ideal de la libertad [100] . Estas razones innobles para la guerra se hacen más claras poco después donde cita muchas razones sociales y económicas para la guerra como la riqueza excesiva de unos, el mal reparto de la tierra, la apropiación de tierras por los que no son sus dueños, es decir, las ya seculares luchas entre plebeyos y patricios. Estas ideas aparecen en un largo pasaje cargado de tópicos que conforman el modo de pensar del romano [101] :

1. El tópico de que la expansión del poder romano por el mundo trajo a la ciudad excesivas riquezas

2. El tópico de que esa afluencia excesiva de riquezas perjudicaron las costumbres

3. El tópico de que la prosperidad excesiva, el deseo de botín y el pillaje de los vencidos se convierte en motivo exclusivo de unas guerras que van destinadas en exclusiva a mantener el estado de lujo pernicioso

4. El tópico de que, una vez que el lujo se asienta en la ciudad, ya el hombre pierde todos los límites

5. El tópico de que la pérdida de límites trae consigo todas las perversiones tópicas que un romano detesta: lujo en las construcciones, menosprecio de la austeridad, falta de pudibundez y relajación de costumbres

Esta visión de la guerra como origen de perversidad conduce a la mitificación de la rudeza de muchos bárbaros que, aún siendo bárbaros luchan exclusivamente por valores como la libertad de sus pueblos. Así, coincidiendo con autores como Varrón o Juvenal [102] , que defienden la actitud de los bárbaros por entender que ellos estaban dotados de actitudes más nobles que los propios romanos, que sólo luchaban por la codicia [103] , Tácito aprueba la licitud de la guerra que los britanos promueven contra los romanos con las siguientes consideraciones [104] :

sibi patriam coniuges parentes, illis avaritiam et luxuriam causas belli esse. recessuros, ut divus Iulius recessisset, modo virtutem maiorum suorum aemularentur. neve proelii unius aut alterius eventu pavescerent: plus impetus felicibus, maiorem constantiam penes miseros esse.

La eficacia de estas palabras en un oído romano es directamente proporcional a la impresión que debía causar atribuirle a los bárbaros virtudes patrias como el cuasi-dogma que ya aparece en Lucilio de que virtud es anteponer la patria a toda otra consideración. Eso es precisamente lo que, según Tácito, hacen los britanos: anteponer la patria y la familia. Por eso su lucha es justa, porque defienden lo más sagrado que pueda existir. Estas expresiones quitan ciertamente legitimidad a la posición romana, movida únicamente por la codicia y el afán de riquezas. Sin embargo, como en Lucano, la fortuna parece hacer prosperar la posición más indigna: la romana. De ahí la virulencia de la conclusión: la fortuna da la victoria a los romanos [105] . La fortuna es la gran aliada de la perdición de los justos, opinan Lucano [106] y Tácito. Es ella la que imprime ímpetu a los malvados mientras a los perdedores sólo les queda el tesón. En este sentido, la actitud de los perdedores, aunque menos eficaz estratégicamente, es tenida por más justa y digna por Tácito.

Si a la afirmación anterior se une la evidencia, según Tácito, de que la rudeza de los britanos y su falta de civilización, entendida ésta como apego a los lujos, es lo que les incita a luchar por la libertad, se concluirá que, en autores postaugústeos como Lucano, Tácito o Juvenal, la civilización es un concepto negativo moralmente hablando porque va aparejada a un alejamiento de la razón y de la naturaleza. Estas ideas queda ejemplificadas en la arenga que uno de los jefes de la tropa britana, Galgaco, dirige a sus tropas enumerando los motivos -y sus ventajas en la guerra- para combatir el poder romano [107] :

1. Hace falta unión entre todos los britanos

2. Los romanos les han cogido su única tierra disponible, porque están ya limitados por la presión romana por tierra y por mar

Con estos argumentos conmina a sus conciudadanos a luchar valientemente. Galgaco es consciente de que su insularidad ha dejado ya de ser una protección, es decir, los romanos ya han incorporado su isla a su red de intereses [108] :

raptores orbis, postquam cuncta vastantibus defuere terrae, mare scrutantur: si locuples hostis est, avari, si pauper, ambitiosi, quos non Oriens, non Occidens satiaverit: soli omnium opes atque inopiam pari adfectu concupiscunt. auferre trucidare rapere falsis nominibus imperium, atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant.

Parece que Tácito está hablando por boca de Galgaco. Su visión de su patria coincide con la del britano: la guerra se ha pervertido porque su único fin es el pillaje. En ese sentido la fortuna ayuda al romano que ataca al rico por codicia y ataca al pobre para conseguir mano de obra y por incrementar su territorio. Lo malo de esa dinámica es la insatisfacción continua -tópico estoico de que las pasiones jamás se sacian, de manera que el romano se lanza por todo el orbe con el único afán de conquistar. En esta vorágine -ahí la crudeza del discurso- hasta la pobreza es un valor, porque el sometimiento de pueblos pobres también genera una plusvalía. En este sentido Tácito, por boca de Galgaco, cambia la significación de los términos imperio y paz, dos tópicos romanos. Sigue con ello el consejo de Séneca que habla de la necesidad de definir los términos con distinción meridiana [109] . De este modo el imperio, palabra que representa la soberanía de Roma queda transformada en una sucesión de actos innobles; la paz, una destrucción de todo lo que no se humille ante el romano.

Tácito reafirma estas ideas contraponiendo el muy motivado discurso de Galgaco a la irrelevante arenga de Agrícola [110] , su admirado suegro, en la que éste se limita a incitar a sus soldados a la lucha [111] :

transigite cum expeditionibus, imponite quinquaginta annis magnum diem, adprobate rei publicae numquam exercitui imputari potuisse aut moras belli aut causas rebellandi.

Agrícola no habla, por tanto, de los frutos que los soldados va a conseguir si vencen. De hecho su discurso no es una réplica al de Galgaco, porque no sostiene opiniones divergentes de las de los britanos. Tácito no está contraponiendo a estos dos personajes, porque percibe la actitud de los dos como igualmente valiosa. Trata, más bien, de perfilar a ambos personajes con los recursos que tiene en su mano para que salgan bien parados los dos: Galgaco como el luchador por la libertad -concepto romano- de su pueblo; Agrícola cumple con su deber de general romano tratando de concluir con una conquista que había sido empezada por César cincuenta años antes y, todo ello, sin la rapacidad de César.

Finalmente Tácito no explica siquiera por qué Agrícola quiere acabar con esa conquista, no indica tampoco el provecho que puede aportar a la república, más allá del personal o del de sus soldados. Es una manera de preterir el tema de las riquezas y de presentar a Agrícola más allá de los crímenes de ambición que le atribuye Galgaco y con los que parece estar de acuerdo Tácito. Agrícola es simplemente un cumplidor de la fides y la pietas esperables en un general. En resumen, Tácito secunda las palabras de Galgaco con el silencio de Agrícola, pero, al mismo tiempo, salvaguarda la imagen de un hombre que supo, a su juicio, ejercer la prudencia hasta en su lecho de muerte en el episodio ya comentado de su testamento. Por ello no pone en boca de su suegro ninguna palabra sobre los beneficios económicos de vencer a los britanos. De esta manera, al tiempo que apoya la idea de la ilegitimidad de la guerra romana contra los britanos, mantiene la figura de Agrícola incólume.

Esta manera de presentar los acontecimientos fuerzan al lector a dar crédito a Galgaco cuando define la Pax Romana no como un período histórico que abraza los años 27a.C. y 180d.C., sino como derecho a lo siguiente [112] :

1. A utilizar a los vencidos como soldados

2. A violar sus mujeres

3. A exigirles con usura el pago de tributos

4. A regirles y atenazarles con torturas generalizadas

De este modo Tácito describe del modo más eficaz la Roma Reversa poseída por los vicios provenientes del exceso de riquezas. La única ventaja de Roma -es preciso reiterarlo ahora- es el apoyo que la fortuna ofrece a las causas más innobles. Galgaco no se da cuenta de ello y considera que el poder romano proviene en lo sustancial de la desunión entre los britanos. Atribuye Tácito así a Galgaco un principio estratégico también romano, el famoso divide y vencerás de César. Galgaco está de acuerdo con este principio y trata, para vencer a los romanos, de unir a su pueblo. Galgaco se duele, además, de que haya britanos, lo mismo que galos y germanos enrolados en los ejércitos romanos. No puede concebir que se tenga lealtad y fidelidad a ejércitos invasores [113] . Su conclusión es clara: metus ac terror sunt infirma vincla caritatis; quae ubi removeris, qui timere desierint, odisse incipient [114] .

Para perder el miedo a los romanos no encuentra mejor método Galgaco que dar a conocer a los suyos la auténtica personalidad del pueblo conquistador. Tácito permite entonces que el jefe britano atribuya a Roma los valores más contrarios a los mores y a la sociedad inaugurada por Rómulo: ne terreat vanus aspectus et auri fulgor atque argenti, quod neque tegit neque vulnerat [115] . Consecuentemente, Tácito utiliza a Galgaco para reiterar con un ejemplo práctico sus propias ideas sobre las causas de la decadencia de Roma: la civilización y los lujos. Por ello puede concluir su discurso el britano del siguiente modo [116] :

hic dux, hic exercitus: ibi tributa et metalla et ceterae servientium poenae, quas in aeternum perferre aut statim ulcisci in hoc campo est. proindie ituri in aciem et maiores vestros et posteros cogitate.

Estas palabras, en las que anteponen el sentido del valor y la libertad a las riquezas transforman a los bárbaros en seres superiores en moral a los romanos. Esta idea se sustentaba en el tópico de que la civilización engendra molicie y decadencia presente incluso en el fundador de la estrategia de dividir y vencer, César. En efecto, César, al hablar de las tribus de Centroeuropa, dice de los belgas lo siguiente [117] :

horum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate provinciae longissime absunt, minimeque ad eos mercatores saepe commeant atque ea quae ad effeminandos animos pertinent important, proximique sunt Germanis qui trans Rhenum incolunt, quibuscum continenter bellum gerunt. Qua de causa Helvetii quoque reliquos Gallos virtute praecedunt, quod fere cotidianis proeliis cum Germanis contendunt, cum aut suis finibus eos prohibent aut ipsi in eorum finibus bellum gerunt.

Esto mismo decía Juvenal de los vascones para el que la superioridad de espíritu de los bárbaros se explicaba porque éstos practicaban la guerra por razones justas. Cuando falta esta motivación, la paz da paso a los refinamientos, que, a su vez, es el acceso a todos los vicios. Por ello el propio César, cuando explica las costumbres de los germanos [118] , los contrapone con los galos diciendo [119] :

Ac fuit antea tempus, cum Germanos Galli virtute superarent, ultro bella inferrent, propter hominum multitudinem agrique inopiam trans Rhenum colonias mitterent. (...) Nunc quod in eadem inopia, egestate, patientia quae Germani permanent, eodem victu et cultu corporis utuntur. Gallis autem provinciarum propinquitas et transmarinarum rerum notitia multa ad copiam atque usus largitur; paulatim assuefacti superari multisque victi proeliis ne se quidem ipsi cum illis virtute comparant.

Por tanto, se combina el tópico de la molicie que la civilización introduce con la idea de que las edades antiguas de todos los pueblos fueron siempre valientes, por estar más cercana a la naturaleza. Estas ideas, si son lógicas en el pensamiento de Tácito o de Juvenal, suenan un tanto paradójicas en Cesar, ya que éste, al mismo tiempo que considera que los germanos pierden valor por su mayor civilización -por sus mayores contactos con los romanos-, sin embargo, evita transformar esta aseveración en una crítica de la civilización de Roma. César no veía en los romanos un pueblo acostumbrado a la molicie, aunque disfrutasen de las comodidades de la civilización. A su juicio Roma ha conquistado los lujos y la mayor civilización, pero están a salvos de decadencia por siguen movilizados en guerras justas.

Esta conclusión podría ilustrarse con un texto de Salustio, de sus Historias, en el que se dice claramente que la guerra sirve para mantener un estado permanente de movilización y evitar la molicie, idea que posteriormente compartirá por Juvenal y cuantos vean en la paz la responsable de la degeneración moral. Por eso Salustio pone en boca de Gayo Cota una arenga con la que éste aconseja al pueblo romano afrontar la realidad, es decir, racionalidad, y no dejarse llevar por la opulencia de la paz, es decir, vivir conforme a las necesidades naturales [120] :

Per vos, Quirites, et gloriam maiorum, tolerate advorsa et consulite rei publicae. Multa cura summo imperio inest, multi ingentes labores, quos nequiquam abnuitis et pacis opulentiam quaeritis, quom omnes provinciae regna, maria terraeque aspera aut fessa bellis sint.

Evitar que las riquezas y la comodidad se conviertan en los valores más admirados es la única manera de recuperar el espíritu de los mores y, con ellas, el sentido de la guerra justa, según Salustio. Esa guerra sólo será justa si se hace para defender moralmente la libertad del pueblo romano.

 

La opulencia provoca la ruptura de la paz social

La ejemplificación más concluyente de la inestabilidad y subversión de todos los valores provocadas por las riquezas -y su trastueque del valor de la agricultura y de la guerra tal y como lo había establecido Rómulo- es la larga sucesión de conflictos que sangraron Roma a causa de las disputas entre patricios y plebeyos. Por tanto, más allá de la verdad histórica de esas luchas sociales, que aquí no es lugar de discutir, la utilización de argumentos para explicar dichas luchas sociales basados en la dicotomía riqueza/pobreza debe ser observada desde la perspectiva de los valores morales y políticos abanderados por los romanos y vistos en este trabajo. De hecho, los romanos explican los conflictos ciudadanos recurriendo a los mismos tópicos argumentales que han utilizado para dar cuenta de la perversión moral general de la ciudad [121] .

Esta afirmación adquiere toda su plenitud a la luz del pasaje citado de Dionisio de Halicarnaso porque, a la luz de los dos deberes que Rómulo habría encomendado a los ciudadanos -la agricultura y la guerra- hay que entender el largo rosario de conflictos entre patricios y plebeyos que jalonan la historia romana. El mismo imaginario que establecía la existencia de una edad dorada gracias a la vigencia de los mores, explica los conflictos como momentos de alejamiento de la ciudad de esas mores. En este sentido, todo romano asumía como un deber ciudadano la participación en las guerras, pero también el derecho a beneficiarse de las ganancias obtenidas en esas contiendas. Si estos principios se subvierten, se está atentando contra una de las ideas básicas de la civilización romana. De ahí la insistencia de muchos historiadores en atribuir las disputas entre los patricios y plebeyos a esta soi-disant lucha de clases.

Ejemplo de ello son las palabras con que Tito Livio da cuenta de todo el conjunto de tensiones que produjo en Roma la conversión de los ciudadanos plebeyos asfixiados por el pago de las deudas en nexi, es decir, en siervos o mano de obra de los ricos a los que debían dinero. Decir nexus significa, en cierto modo, ser reducido de hecho al papel de esclavo, aunque no fuera así de derecho. Tanto la asfixia de las deudas como la degradación que implicaba verse convertido en nexus provocó numerosas disputas intestinas en un momento en el que la guerra entre romanos y volscos era inminente. En este contexto explica Tito Livio las protestas de la plebe en los siguientes términos [122] :

Fremebant se, foris pro libertate et imperio dimicantes, domi a civibus captos et oppressos esse, tutioremque in bello quam in pace et inter hostes quam inter cives libertatem plebis esse.

Estos términos son suficientemente elocuentes como para que necesiten glosa alguna, sin embargo, es preciso ponerlos en relación con el texto anteriormente glosado de Dionisio de Halicarnaso, porque están inspirados por los mismos tópicos y por la misma ideología social. En efecto, la indignación de la plebe se explica por la ruptura de varios principios sustanciales del ideario ideológico romano:

1. Ruptura del principio de equidad entre la participación en la guerra y la participación en los beneficios de la misma

2. Ruptura del principio de que el ciudadano debe dedicarse a la agricultura y a la guerra y no a labores secundarias que son a las que les obligaba su reducción a la categoría de nexus

En consecuencia, la indignación de la plebe parece justificada porque se han subvertido dos principios tópicos de la ideología romana: el de la moderación, el de la equidad en el reparto de beneficios bélicos, e incluso el del respeto a la categoría de ser ciudadano. Para que no quede duda alguna, Tito Livio ejemplifica esta situación con un caso concreto: narra que, en medio de estas protestas, se presenta en el foro un individuo que, habiendo llegado a mandar victoriosamente una centuria, se veía ahora reducido a nexus por no haber podido hacer frente a sus deudas. Este hombre, a los que le inquirían por su desaliño, según cuenta Tito Livio, responde lo siguiente [123] :

(...) Sabino bello ait se militantem, quia propter populationes agri non fructu modo caruerit, sed villa incensa fuerit, direpta omnia, pecora abacta, tributum iniquo suo tempore imperatum, aes alienum fecisse. id cumulatum usuris primo se agro paterno avitoque exuisse, deinde fortunis aliis; postremo velut tabem pervenisse ad corpus; ductum se ab creditore non in servitium, sed in ergastulum et carnificinam esse.

Esto era más de lo que podía soportar un ciudadano romano: en las palabras del infortunado plebeyo se reúnen todo el conjunto de tópicos indicativos de la degeneración de una sociedad que ha abandonado los valores que Rómulo quiso salvaguardar, según Dionisio. En este sentido parece legítima la revuelta, porque es una revuelta contra la subversión de los valores tradicionales romanos.

Ciertamente, el hombre del relato seguía al pie de la letra las indicaciones de Rómulo -era un ciudadano modélico. Cualquier lector romano de Tito Livio lo percibiría así: como un ciudadano modélico dedicado a la milicia, en caso de peligro, y a la agricultura, en tiempos de paz, ya que la alusión a las tierras de sus antepasados así parece revelarlo. Este ciudadano, sin embargo, por las deudas contraídas como efecto de devastación de sus tierras por mor de la guerra, sufre la insufrible vergüenza para un romano de verse reducido a una mazmorra por no poder hacer frente a sus acreedores que se han apoderado incluso de la tierra de sus antepasados. Desde ese momento, el ciudadano ya no puede ejercer como tal: no puede ir a la milicia en guerra y dedicarse a la agricultura en la paz, además de no recibir el premio merecido por sus servicios a la patria. De donde se puede deducir que la correlación esfuerzo dedicado en la guerra/ganancias obtenidas de la guerra era desventajosa para él, es decir, se había roto otro principio sustancial del corpus ideológico romano: la equidad en el reparto de los bienes [124] .

Entonces toda una turba de deudores sale a las calles a mostrar sus penalidades y a reclamar la discusión de este tema en una sesión del senado [125] . La revuelta parece justa: la ambición de riquezas, la posesión de la tierra y la usura han arrinconado los valores consuetudinarios de la ciudad. Para abundar más todavía en esta subversión de los valores tradicionales -digamos, si se quiere, tópicos- recurre Tito Livio a enlazar esta revuelta con un acontecimiento clave del momento: la guerra contra los volscos. En efecto, en medio de esta discusión, llega la noticia de que los volscos se preparan para atacar Roma. Ante la noticia, relata Tito Livio [126] :

Exsultare gaudio plebes; ultores superbiae patrum adesse dicere deos; alius alium confirmare ne nomina darent; cum omnibus potius quam solos perituros; patres militarent, patres arma caperent, ut penes eosdem pericula belli, penes quos praemia, essent.

La alegría es justa, desde la ideología romana: si se ha roto el equilibrio y la equidad sociales, no se puede reclamar a la parte perjudicada de la sociedad que tome entonces las armas para defender a toda la ciudad [127] . No se puede apelar al patriotismo donde no se subvierten los valores que sustentan la sociedad. Esto es muy evidente en Roma, donde le patriotismo se sustentan en la equidad entre todos los ciudadanos. Por ello no es falta de patriotismo inhibirse de la defensa de la ciudad los que no se sienten respetados como ciudadanos. Desde esta óptica parece licito no acudir a unas contiendas que no iban a reportar beneficios a los soldados. Por este motivo había estatuido Rómulo, según Dionisio, que la guerra y la agricultura fuesen juntas, para que no se desequilibrase la ciudad: todos debían participar del bienestar agrícola y de la defensa en una medida razonable.

Desde esta óptica, las sublevaciones plebeyas parecen justas porque son resultado de la subversión de las reglas del pacto que habría dado origen a la sociedad romana. Por eso no le importa a la plebe una eventual derrota ante los volscos: ya no hay patria, no importa que otros los conquisten. Por eso también la apelación al patriotismo del cónsul Servilio para animar a la plebe a tomar las armas sólo surte efecto cuando se prohíbe in extremis que se pueda atar con cadenas a cualquier ciudadano romano. Esta medida, en la práctica, era una prohibición de las torturas que iban aparejada al estado de nexus. Pero, más relevante que ella, es la prohibición de que se confisquen las herencias de los soldados que están en campaña. De este modo se tiende a restablecer el equilibrio: milicia/agricultura que parece definir ideológicamente la sociedad romana. Sólo con estas dos prohibiciones se consigue el alistamiento de los plebeyos contra los volscos [128] , porque sólo con estas dos prohibiciones se restablecen los principios constitutivos de la patria: del acuerdo fundacional de la patria.

La vinculación tópica entre la función de la guerra y la de la agricultura hace que, según Tito Livio, no puedan desgajarse el ejercicio de las guerras de las diversas leyes agrarias que pretendieron repartir las tierras entre todos los ciudadanos de un modo justo. En este sentido, afirma el patavino que la primera ley agraria sucedió inmediatamente a las contiendas con los volscos. Con todo, no fue más que un primer intento de ordenar el reparto de tierras, un intento que, en las siguientes palabras del historiador no resultó definitivo [129] :

Tum primum lex agraria promulgata est, nunquam deinde usque ad hanc memoriam sine maximis motibus rerum agitata.

Los desórdenes vendrán siempre motivados por la avaricia, por el deseo desmedido de adquirirlo todo en perjuicio de los otros conciudadanos, como advertía el propio Rómulo. Con esta afirmación, Tito Livio reitera el tópico de que las riquezas no sólo subvierten el valor de la guerra o de la agricultura, sino las bases mismas del pacto ciudadano [130] :

Adeo ergo obnoxios summiserant animos non infirmi solum sed principes etiam plebis, ut non modo ad tribunatum militum inter patricios petendum, quod tanta vi ut liceret tetenderant, sed ne ad plebeios quidem magistratus capessendos petendosque ulli viro acri experientique animus esset, possessionemque honoris usurpati modo a plebe per paucos annos recuperasse in perpetuum patres viderentur.

La desvinculación con respecto al estado es la peor de las consecuencias de este afán de atesorar riquezas por unos pocos ciudadanos. La república no podrá mantenerse estable si no se recupera esa cohesión. A esta conclusión debieron llegar los tribunos Gayo Licinio y Lucio Sextio que, según escribe Livio [131] ,

creatique tribuni C. Licinius et L. Sextius promulgavere leges omnes adversus opes patriciorum et pro commodis plebis: unam de aere alieno, ut deducto eo de capite quod usuris pernumeratum esset id quod superesset triennio aequis portionibus persolveretur; alteram de modo agrorum, ne quis plus quingenta iugera agri possideret; tertiam, ne tribunorum militum comitia fierent consulumque utique alter ex plebe crearetur; cuncta ingentia et quae sine certamine maximo obtineri non possent.

¡Y de tan largo alcance! Sobre todo si se tiene presente que la actitud de Licinio y Sextio parecía avalada también por la tradición romana en la que se alababa a Tulo Hostilio por haber repartido tierras, las reservadas a los reyes, entre el pueblo romano [132] . Por tanto, la medida de los tribunos parece estar integrada dentro de la más rancia y solidaria -tópica- tradición romana:

1. Condonación de los intereses de las deudas

2. Facilitación extrema de la devolución exclusiva del principal de las deudas

3. Limitación del derecho de propiedad privada

4. Exigencia de compartir las más altas magistraturas por los plebeyos con los patricios

Todas estas medidas están en consonancia, por otra parte, con los mores, con los principios fundadores del estado, según el texto de Dionisio. Por ello, el veto que los patricios imponen sobre estas medidas debía ser visto por un romano como un atentado contra los principios fundadores de la ciudad. La conclusión que sacaría sería la esperable: que el atesorar riquezas se había hecho más fuerte y pujante que el mantenimiento de los valores tradicionales. El veto a la elección de los tribunos militares que imponen los plebeyos es consecuencia, por tanto, de esa dinámica de los patricios de acaparar las riquezas que estaba llevando al colapso la ciudad. El propio Tito Livio lo dice claramente [133] :

Omnium igitur simul rerum, quarum immodica cupido inter mortales est, agri, pecuniae, honorum discrimine proposito conterriti patres, cum trepidassent publicis privatisque consiliis, nullo remedio alio praeter expertam multis iam ante certaminibus intercessionem invento collegas adversus tribunitias rogationes comparaverunt.

Más explícito que Tito Livio fue Dionisio a la hora de explicar estas disputas. Es más explícito porque centra su historia en los períodos más remotos de la ciudad y, por ello, puede recurrir de un modo visual a los pasados virtuosos de Roma. Dionsisio describe la Roma en la que imperaban la frugalidad y la moderación. Esos dos principios no son dos en él dos realidades abstractas y generales sino, dos principios que rigieron la actividad política de los primeros gobernantes de la ciudad. No necesita recurrir a los tiempos pasados como un espejo donde valorar el presente, sino que ubica la acción de su obra en ese pasado remoto. En este sentido, Dionisio no recurre a los tópicos de la historiografía romana para definir lo moral o lo inmoral de una determinada acción política, sino que recurre a ellos para dar cuenta de la formación legendaria de la ciudad. Así, si Tito Livio presupone en su lector el conocimiento de los mores que legitiman la actuación de la plebe en un momento concreto, Dionisio, que se dirige a un público griego, explica la diacronía de la formación de esas mores. Desde esta óptica puede valorar muy positivamente, sin recurrir a comparación alguna contemporánea, que Numa limitase la posesión de bienes rústicos atribuyendo un carácter inviolable a las lindes de las fincas [134] . No obstante, esta perspectiva no le impide observar cómo estos principios se están subvirtiendo en su sociedad [135] .

En definitiva, la obtención de tierras, dinero y honores como motor de la desintegración social es el tópico quizá más subyacente en toda la historiografía postimperial, pero que, como se ve, aparece in nuce en historiadores anteriores como los citados Dionisio de Halicarnaso y Tito Livio. Esa tríada de perversidades es la que socava el bienestar y la concordia en la ciudad. Es la justificación tópica de estas luchas. Tópico, hay que insistir en ello, no quiere decir que no sean reales, sino que se han convertido en principios aceptados por toda la sociedad y que explican para todo romano los resortes de la historia de su ciudad. Ese tópico es el que permite afirmar a Tito Livio que la crisis entre patricios y plebeyos se cierra en falso, ya que la proposición de los tribunos es aprobada pero no sin transacciones entre unos y otros [136] . Dichas transacciones están basadas en que los tribunos levantan su veto para la elección de tribunos militares mientras que los patricios permiten la entrada en vigor de sus principios no sin antes haber tratado de impedir dicha entrada incluso con la recurrencia a nombrar dictador, primero a Camilo y luego a Manilio [137] .

Un tema colateral, pero muy relacionado con el anterior, es el de la acaparación por parte de los patricios de los escasos recursos alimenticios en tiempos de escasez. Este tema también es origen de fuertes enfrentamientos en Roma entre patricios y plebeyos, aunque, en estos casos, la división no es tan nítida, porque los campesinos ricos, que pueden ser plebeyos, se ponen del lado de los patricios en sus reivindicaciones [138] . Este tema, por otro lado, es más sangrante que el anterior, porque deja entrever como la ambición puede fomentar hasta límites de mezquindad la voluntad de rapiña. Con todo, estas situaciones de escasez no sólo ponen de relieve esta voluntad de rapiña, sino también cómo los patricios están dispuestos a utilizar el hambre para atenazar a los pobres. No cabe, desde la ideología tópica romana mayor desatino. Por eso, será tan detestable el pan y circo luego, porque es la perversión de esta solidaridad romana.

Un ejemplo de todo ello fue un momento de gran escasez en la ciudad que se saldó gracias al grano importado de Sicilia. La mitad de esa gran cantidad de grano fue regalo del tirano de Sicilia que costeó de su peculio, según informa Dionisio de Halicarnaso, el porte; la otra mitad la vendió a muy bajo precio. Pues bien, una vez que los romanos reciben el grano se plantea entre los magistrados -patricios- qué hacer con el grano y cómo y a qué precio se podría repartir entre los plebeyos [139] . Lo que está en juego es, por tanto, el statu quo oligárquico y el arma utilizada es la presión sobre la pobreza [140] . La pobreza es, desde esta perspectiva, un arma de atenazamiento del pueblo que se le puede administrar para atraérselo a posiciones más cercanas al patriciado. Esta situación se reproducirá en varias ocasiones. Una de ellas, narrada también por Dionisio acontece bajo el consulado de Servio Servilio y Aulo Virginio, 474 a.C. [141] . De nuevo la plebe se reúne en el foro para protestar por la hambruna llegando incluso a saquear las casas de los ricos.

Teniendo presente este pasado la existencia de leyes que se cumplan y la exigencia de que las riquezas no sea el valor principal de la sociedad es la única garantía que los romanos podían entrever para mantener la paz social o, lo que es lo mismo, el equilibrio entre patricios y plebeyos. Así lo expresa claramente el Pseudo-Salustio en unos consejos que ofrece a César para que éste instituya la paz social [142] :

Sed plebs eo libere agitabat quia nullius potentia super leges erat neque divitiis aut superbia sed bona fama factisque fortibus nobilis ignobilem anteibat: humillibus quisque in arvis aut in militia nullius honestae rei egens satis sibi satisque patriae erat. Sed ubi eos paulatim expulsos agris inertia atque inopia incertas domos habere subegit, coepere alienas opes petere, libertatem suam cum re publica venalem habere. Ita paulatim populus, qui dominus erat, cunctis gentibus imperitabat, dilapsus est et pro communi imperio privatim sibi quisque servitutem peperit. Haec igitur multitudo primum malis moribus inbuta, deinde in artis vitasque varias dispalata, nullo modo inter ser congruens, parum mihi quidem idonea videtur ad capessendam rem publicam. Ceterum additis novis civibus magna me spes tenet fore ut omnes expergiscantur ad libertatem, quippe cum illis libertatis retinendae, tum his servitutis amittendae cura orietur. Hos ego censeo permixtos cum veteribus novos in coloniis constituas: ita et res militaris opulentior erit et plebs bonis negotiis impedita malum publicum facere desinet.

Por tanto, la importancia de las leyes y la minusvaloración de las riquezas es lo más importante para la estabilidad social. Desde esta perspectiva la inhibición de Tiberio ante el incumplimiento de las leyes tal y como lo expone Tácito sería interpretada por todo lector como la constatación de que la corrupción de la ciudad era ya imparable. La solución para Roma sería el retorno los valores ancestrales -y tópicos- representados por los mores y sintetizables en las siguientes medidas que son las únicas que, a juicio de muchos autores antiguos, habrían permitido que la Pax Augusta hubiera sido realmente un retorno a los mores. Al no suceder realmente así, es por lo que algunos autores como Tácito y Lucano engloban el principado de Augusto dentro de la decadencia de la ciudad, porque los valores vigentes en esos momentos eran ya los de la decadencia. Esas medidas tópicas que hubieran podido resolver la situación son las siguientes:

1. Libertad política real y posibilidad de intervenir en los asuntos públicos de todo ciudadano. Esta medida implica la existencia de leyes basadas en la tradición de los mores que fueran respetadas escrupulosamente por todos.

2. Conciencia de que las riquezas no aportan nada a la persona, ya que los únicos valores destacados socialmente debían ser la entrega al bien común de la patria.

3. Respeto por la función social que cada ciudadano cumple en la ciudad. En este sentido se sostiene que todos los ciudadanos han de ser igualmente considerados útiles.

4. Cumplimiento de las medidas de Rómulo, es decir, cultivo de la tierra y respeto por la propiedad de las mismas que, por otro lado, deberían mantenerse dentro de los límites razonables, es decir, de los límites que permitan abastecer las necesidades naturales de sus dueños.

Sólo de esta manera parece que la ciudad puede subsistir, según la ideología imperante en Roma, como unidad estable, próspera y hegemónica.

 

Conclusiones

En definitiva, riqueza y pobreza son los dos extremos de un conjunto de argumentos tópicos que configura el pensamiento moral y ético romano. Ni la riqueza ni la pobreza son valores en sí mismas, porque lo que caracteriza tópicamente al romano como ciudadano son las virtudes políticas de los mores y las virtudes éticas de la filosofía. Cuando la riqueza empieza a valorarse más allá de su uso -delimitado por la naturaleza y discernido por la razón- se subvierten todos los principios de la sociedad. Entonces surge la opulencia, explicable como un estado de bienestar exterior regido por la codicia y la ostentación.

Estos principios se asientan en la sociedad romana de tal manera que se convierten en argumentos válidos para explicar no ya la historia o la literatura romana, sino la sicología misma de los romanos, al menos, los de la época imperial. Así, si al principio de este trabajo se comentaron unos pasajes de Dionisio de Halicarnaso en los que quedaban patentes los principios ético-políticos en los que romanos creían asentadas la prosperidad y hegemonía de su ciudad, para concluirlo, se puede recurrir a otro griego, en este caso del siglo II d.C., Artemidoro, que, en su obra Onirocriticus, presenta una serie de pasajes que demuestran cómo los valores de la riqueza y la pobreza eran utilizados para explicar no ya la sociedad del momento, sino los individuos y su sicología. En este sentido, en las interpretaciones de Artemidoro se observa cómo el proceso de universalización de los tópicos está concluido de manera que lo individual se interpretará de acuerdo con estos arquetipos argumentales o tópicos.

Desde esta óptica, la presencia del campo en los sueños será interpretada como signo de prosperidad, sobre todo si la que sueña es una mujer [143] mientras que los espacios urbanos, caracterizados por su ajetreo, representarán la inseguridad que provocan los vicios urbanos [144] . Estos mismos valores filosóficos, literarios e históricos conferidos al campo frente a la ciudad, sirven también para interpretar los presagios que los propios dioses inspiran a los hombres en sueños. Los tópicos relacionados con la riqueza se han convertido no sólo en el caudal interpretativo de la realidad tangible, sino también de la interpretación de los arcanos de la existencia humana y de la sicología individual, de ahí que, soñar con ser rico mesurado es bueno, pero muy negativo, si se sueña ser rico en exceso [145] .

En conclusión, confrontando el pasaje de Dionisio de Halicarnaso con los párrafos citados de Artemidoro, se puede concluir que la riqueza, en Roma y en su zona de influencia, sirve para vertebrar una amplia panoplia de argumentos que van desde los históricos a los filosóficos pasando por los sicológicos [146] . Por esta razón se le puede denominar tópico en el sentido reseñado al principio del trabajo, porque es la sede de una serie de argumentos que ningún romano discutiría, tales como, que la riqueza debe lograrse por medios justos, que se la debe administrar con mesura, que su valor reside en su uso, y que, convertida por mor de la codicia y la ambición, en el motor de la vida personal y ciudadana, se transforma en la gatera por donde se cuelan los vicios que acaban degradando los principios políticos y éticos sobre los que reposan la estabilidad, prosperidad y hegemonía romanas [147] .

 

Notas

[1] Plu. Moralia 165A.

[2] Cic. Verr. 1 3.

[3] Tac. Ann. III 52.

[4] Edwards C.H. (1993) The politics of Immorality in Ancient Rome. Cambridge University Press. New York

[5] Tac. Ann. III 53 1.

[6] “Y si esos varones enérgicos que son los ediles me hubieran pedido consejo con anterioridad, no sé si no les hubiera sugerido ignorar esos vicios poderosos y robustos antes de llegar a este resultado de descubrir que somos impotentes ante tales escándalos”. Tac. Ann. III 53 2. Las traducciones de Annales son de J.L. Moralejo. (Gredos. Madrid 20012).

[7] Sobresaliendo así la importancia de las quejas que dirige Tácito contra la inhibición con respecto a la ley de Tiberio. Por ello los satíricos critican tanto la arbitrariedad en la aplicación de la ley.

[8] “¿Pues qué será lo que primero que debo prohibir y hacer volver a la costumbre antigua? ¿Las infinitas extensiones de las villas?, ¿el número y las naciones de esclavos?, ¿la cantidad de plata y oro?, ¿los bronces y cuadros maravillosos?, ¿los vestidos comunes a hombres y mujeres y aquellos otros específicos de las mujeres, a causa de los cuales -por razón de sus pedrerías- pasan nuestros caudales a pueblos extranjeros o enemigos?” Tac. Ann. III 53 4.

[9] “Pues si deseas lo que aún no está prohibido, puedes temer que se te prohíba; pero si violas impunemente las prohibiciones, ya no te quedará ni miedo ni vergüenza”. Tac. Ann. III 54 2.

[10] Tac. Ann. III 54 2.

[11] “como segundos herederos había inscrito a sus nietos y biznietos, y en tercer grado a los notables del estado; la mayoría de ellos, personas a quienes odiaba, haciéndolo por jactancia y afán de gloria ante la posteridad. Sus legados no iban más allá de lo normal entre ciudadanos, a no ser que donó al pueblo y a la plebe 43.500.000 sestercios, a los soldados de las cohortes pretorianas mil a cada uno, , a los legionarios y a las cohortes de ciudadanos romanos trescientos por cabeza”. Tac. Ann. I 8 1-2.

[12] O’Gorman E. (1995): “On not writing about Augustus: Tacitus’ Annals Book I” Materiali e Discussioni 35: 91-114

[13] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 76.

[14] “Leído el testamento de Agrícola, en el que nombraba coheredero a Domiciano junto con su excelente esposa y su amantísima hija, bien podía verse que aquél se alegró, como si este honor supusiera una estima. Tan ciega y deformada por las constantes adulaciones estaba su mente que ignoraba que un buen padre no nombra heredero a un príncipe sino cuando éste es malo”. Tac. Agr. 43 4.

[15] Tac. Ann. I 4.

[16] Suet. Aug. 2 41-42.

[17] Tac. Ann. III 55 2.

[18] Paradigma de ello es la Cena de Trimalción de Petronio. Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 109-113.

[19] Tac. Ann. III 55 1.

[20] Tac. Ann. III 55 3.

[21] Por ello atribuye también a la acción concreta del austero Vespasiano, emperador entre los años 69 y 79 d.C., hombre caracterizado como campestre, es decir, como poseedor de las virtudes de los mores, el fomento de los auténticos valores. Tac. Ann. III 55 4.

[22] Tac. Ann. III 54 3.

[23] “Hay que aplicar el remedio dentro del alma: que a nosotros el honor, a los pobres la necesidad, a los ricos la hartura nos haga mejores. O si alguno de los magistrados promete tanta actividad y severidad que se siente capaz de salir al paso del problema, yo lo alabo y reconozco que me libera de una parte de mis fatigas. Pero si lo que quieren es acusar los vicios y luego, cuando el asunto les ha proporcionado la gloria, dejan abiertos los enconos para pasármelos a mí, creedme, senadores, que tampoco yo estoy ansioso de resentimientos; y si por el bien del estado los afronto graves y muchas veces injustos, tengo derecho a rechazar los vanos y sin fundamento y que ni a mí ni a vosotros reportan beneficio alguno”. Tac. Ann. III 54 5-6.

[24] “Aprendimos en las victorias exteriores a consumir los recursos ajenos, y en las civiles también los nuestros. Y después de todo, ¡qué limitada importancia tiene eso sobre lo que llaman la atención los ediles, qué poca consideración exige si se mira a los demás! Porque, por Hércules, nadie nos cuenta que Italia está necesitada de ayuda exterior, que la vida del pueblo romano se desenvuelve día a día entre las incertidumbres del mar y de las tempestades; y si los recursos de las provincias no nos subvinieran a señores, esclavos y campos, parece que tendrían que protegernos nuestros parques y nuestras villas”. Tac. Ann. III 54 3-4.

[25] Sall. Iug. 41 1-5.

[26] Sall. Catil. 11 4-8.

[27] Sall. Catil. 12 1-5.

[28] Sall. Catil. 10 2-6.

[29] Nutting H.C. (1932): “The hero of the Pharsalia”, AJPh 53: 41-52; Johnson W.R. (1987): Momentary Monsters :Lucan and His Heroes. Cornell University Press. Ithaca; George D.B. (1988): “Lucan’s Caesar and Stoic oikeiosis. The Stoic fool”, TAPhA 118: 331-341; Jiménez R.L. (2000): Caesar against Rome: The great Roman Civil War. Praeger. Westport; Rossi. A (2001): “Remapping the past. Caesar’s tale of Troy (Lucan BC 9.964-999)” Phoenix 55: 313-26; Seng H. (2003): “Troja-Motive bei Lucan”, Gymnasium 110: 121-45; Cairns F. - Fantham E. eds. (2003): Caesar against liberty? Perspectives on his Autocracy”, Papers of the Langford Latin Seminar 11, ARCA 43, Oxford.

[30] Nicolai R. (1989): “La Tessaglia lucanea e il rovesciamento del Virgilio augusteo”, Materiali e Discussioni 23: 119-134.

[31] Narducci E. (1979): La provvidenza crudele. Lucano e la distruzione dei miti augustei. Giardini. Pisa; Narducci E. (1985): “Ideologia e tecnica allusiva nella Pharsalia”. ANRW II.32.3: 1538-64; Sklenár R. (2003): The Taste for Nothingness: a Study of Virtus and Related Themes in Lucan’s Bellum Civile. The University of Michigan Press. Ann Arbor.Narducci E. (2001): Lucano. Un’epica contro l’impero: interpretazione della Farsalia. Laterza. Roma.

[31] Lucan. II 380-391.

[32] George D.B. (1991): Lucan’s Cato and Stoic attitudes to the Republic”, ClAnt 10: 237-258; Narducci E. (2001): “Catone in Lucano (e alcune interpretazioni recenti)”, Athenaeum 89: 171-86.

[33] Lucan. IX 190-202.

[34] Conserva C.M. (1998): L’eroe debole: L’evoluzione del personaggio di Pompeo nella Pharsalia. Brotto. Palermo.

[35] “César, cuando vio que las campiñas estaban suficientemente bañadas de sangre hesperia, pensando que ya era hora de parar el derroche del hierro y la mano de los suyos, perdonó la vida a los que quedaban”. Lucan. VII 728-731. Las traducciones de Lucano son de A. Holgado Redondo. (Gredos. Madrid 20012).

[36] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 79.

[37] Lucan. X 104-171.

[38] Schmidt, M.G. (1986): Caesar und Cleopatra. Philologischer und historischer Kommentar zu Lucan 10, 1-171. Peter Lang Verlag. Frankfurt a.M.

[39] Lucan. IX 167-217.

[40] Suet. Caesar I 52 3.

[41] Suet. Caesar I 53.

[42] Suet. Caesar I 54.

[43] Sen. Octavia 430-435.

[44] Sen. Octavia 291-376.

[45] Sen. Octavia 291-430.

[46] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 80.

[47] Cic. Verr. 1 3.

[48] Sall. Iug. 35 10.

[49] Ps. Sall. Rep. I 7 5.

[50] Ps. Sall. Rep. I 7 2.

[51] Ps. Sall. Rep. I 7 3.

[52] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 56-59.

[53] “En eso que dices paso por alto algo que podría servirme de argumento decisivo respecto de la inocencia de mi defendido, cual es que, entre las costumbres rústicas, en medio de una alimentación escasa y con esa vida dura y sin relaciones sociales, no suelen engendrarse delitos de semejante naturaleza. Así como no es posible encontrar toda clase de frutos o de árboles en todos los campos, así tampoco se da cualquier crimen en cualquier género de vida. El lujo se origina en la ciudad; del lujo nace -por necesidad- la avaricia, de la avaricia surge la osadía y de ahí se derivan todos los crímenes y delitos; en cambio esa vida rústica, que tú llamas salvaje, es maestra de austeridad, economía doméstica y de justicia”. Cic. S. Rosc. 75. Las traducciones de este discurso son de J. Aspa Cereza. (Gredos. Madrid 20002).

[54] Cic. Tusc. IV 1.

[55] Sen. Epist. 90 18-19.

[56] “Aparte de su natural bueno y puro, alejábalo de las seducciones del pecado el tener, desde su más tierna infancia, por lugar de residencia y guía para sus estudios a Marsella, que es una afortunada combinación de elegancia griega y sobriedad provinciana”. Tac. Agr. 4 3-4.

[57] Sall. Hist. frg. II 70.

[58] “Entonces se ponen a empalmar las lindes de parcelas, alargándolas, y las campiñas otrora surcadas por la dura reja de Camilo y sufridoras de los antiguos arados de los Curios, las convierten en dilatados latifundios con el trabajo de colonos forasteros”. Lucan. I 167-170.

[59] Todos estos argumentos conducen a la mitificación de la rudeza de los bárbaros por estar más apegada a lo natural.

[60] “La tierra sin cultivo alguno derramará en primicias como ofrendas las hiedras trepadoras por doquier con bácara y las colocasias mezcladas con el riente acanto”. Verg. Ecl. IV 18-20.

[61] Verg. Georg. II 458-474.

[62] Prop. III 13 3-4.

[63] Prop. III 13 25-46.

[64] “Ahora, en cambio, se abandonan los templetes en los bosques / desiertos: todos rinden culto al oro, vencida ya la piedad. / El oro ha expulsado a la fidelidad, el oro ha corrompido a la / justicia, al oro obedece la ley y, sin ley, pronto el pudor”. Prop. III 13 47-50. Las traducciones son de A. Ramírez de Verger. (Gredos. Madrid 20012).

[65] Prop. III 13 59-66.

[66] Prop. IV 1.

[67] “Es aquí, sin duda, donde tu proverbial prudencia se entrega a serias reflexiones, aquí donde se cobija tu retiro fecundo, tu virtud firme y equilibrada, tu buen gusto y tu refinamiento sin excesos”. Stat. Silv. I 3 90-93. Las traducciones son de F. Torrent Rodríguez. (Gredos. Madrid 20022).

[68] “Tú, que merecerías las riquezas de Midas y de Creso y los tesoros de los reyes persas; tú, cuyos regadíos debieran bañar el Hermo de doradas riberas y el Tajo de brillantes arenas, sé feliz con la riqueza de tu alma. Que goces mucho tiempo de tus doctos retiros. Que -tal es mi plegaria- con el corazón libre de toda nube, superes los días del longevo Néstor”. Stat. Silv. I 3 105-110.

[69] Stat. Silv. II 2.

[70] “Así vivas, más afortunado que los tesoros de Midas y que el oro de Lidia, dichoso por encima de los reyes de Troya del Éufrates, pues no te afectarán ni los fasces ambiguos, ni el vulgo tornadizo, ni las leyes, ni Marte, al ti que con pecho magnánimo dominas esperanzas y temores, por encima de todas las pasiones, libre de incertidumbres y esquivando el rencor de la Fortuna; a quien no sorprenderá el día supremo hundido en la vorágine azarosa de los negocios, sino presto a partir y saciado de vida”. Stat. Silv. II 2 121-129.

[71] “Dichoso con los frutos de mi modesto campo, donde los Lares teucros veneraba Alba la antigua, saludo al valeroso y elocuente Severo con desusada lira”. Stat. Silv. IV 5 1-4.

[72] “Tu voz es gozosa aunque brame el foro, pero tus palabras nunca son venales, y tu espada reposa en su vaina si no es que tus amigos te piden que la empuñes. Pero con más frecuencia te cautiva la paz de las campiñas, ya en las paternas sedes de la región de Veyos, ya sobre los frondosos dominios de los hérnicos o en la vetusta Cures. Allí, en todo momento, expondrás temas múltiples con términos y ritmos de la prosa, pero de vez en cuando, recordándome, renuevo los sonidos de tu cítara, oculta bajo gruta recatada”. Stat. Silv. IV 5 49-60.

[73] Mart. XII 57.

[74] “Que la vida no es vivir sino vivir con salud”. Mart. VI 70 15.

[75] Mart. V 70, passim.

[76] Mart. V 76, passim.

[77] Mart. I 15 11-12.

[78] Mart. V 20.

[79] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 56-58.

[80] Mart. V 78 22-30.

[81] Ballester X. (2002): “El geta de Ovidio”, Coronel Ramos M.A. ed. (2002): El espacio, ficción y realidad en el mundo clásico. Universidad Politécnica de Valencia. Valencia: 131-174.

[82] “Su voz es fiera, el rostro salvaje, fiel imagen de Marte; ninguna mano ha cortado su cabello ni su barba; su diestra no es tarda en herir clavando el cuchillo, que todo bárbaro lleva pegado al costado”. Ov. Trist. V 7 17-20. Las traducciones de Tristes y Pónticas de J. González Vázquez. (Gredos. Madrid 20012).

[83] Séneca, por contraponer el pensamiento de Ovidio con otro autor, también abominaba de la rudeza y falta de modales, pero lo hace por entender que todo lo que implique notoriedad es reprobable moralmente hablando (Sen. Epist. 5 2); para Ovidio, sin embargo, la abominación de la rudeza es una alabanza del sistema inaugurado por Augusto.

[84] Ov. Trist. V 7.

[85] “Y tú no vayas a creer que Nasón busca las ventajas de la vida urbana, aunque también lo hace. Pues ya os recuerdo a vosotros, amigos caros a mi espíritu, ya me viene al recuerdo mi hija junto con mi querida esposa; y desde mi casa vuelvo de nuevo a los lugares de la hermosa Roma, y sirviéndose de sus ojos mi mente lo observa todo. Ya me vienen al recuerdo los Foros, ya los templos, ya los teatros cubiertos de mármol, ya todos los pórticos de pavimentado suelo. Ahora la hierba del Campo de Marte que mira hacia hermosos jardines, los estanques, los canales y el Agua de la Virgen”. Ov. Pont. I 8 29-38.

[86] “¡Ojalá pudiera tener aquí / en mi destierro al menos un trozo de tierra que cultivar!” Ov. Pont. I 8 49-50.

[87] “Pero ¿cómo me será esto posible, si entre el enemigo y yo / la muralla y la puerta cerrada constituyen una mínima separación”. Ov. Pont. I 8 61-63.

[88] Ov. Pont. I 8 9-10.

[89] Ov. Ars II 261-273.

[90] Ov. Am I 10 7-10.

[91] Ov. Am I 10 11-18.

[92] Lindersky J. (1984): “Si vis pacem, para bellum; Concepts of defensive imperialism”, Harris V.W. ed.: The imperialism in the Mid-Republican Rome, Papers and Monographs of the American Academy in Rome 29: 133-155.

[93] “Creció el ansia de guerra y el hambre de oro por todo el orbe; surgió el peor de los males, el lujo, esa peste seductora a la cual dieron fuerzas y resistencia el largo tiempo y la funesta ignorancia”. Sen. Octavia 425-428. Las traducciones de la Octavia son de J. Luque Moreno. (Gredos. Madrid 20012).

[94] Lucr. V 1281-1296.

[95] Lucr. V 1297-1349.

[96] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 74-75.

[97] Conte G.B. (1968): “La guerra civile nella rievocazione del popolo: Lucano II.67-233”, Maia 20: 224-253; Di Martino S. (1991): “Il bellum civile come nefas”, Mythos 3: 49-60; Easton S.M.H. (2003): The poetics of envy in Lucan’s Bellum civile. The University of California. Los Angeles. Tesis doctoral.

[98] “Tú eres la causa de tus desgracias, Roma, convertida en propiedad común de tres dueños -César, Pompeyo y Craso-, y el pacto funesto de una tiranía que nunca, hasta ahora, había sido adjudicada a varias personas- ¡Oh vosotros, en funesta concordia y ciegos por el exceso de ambición! ¿De qué os vale unir vuestras fuerzas y copar el mundo en medio?” Lucan. I 84-89.

[99] Tucker R.A. (1977): “Lucan and Libertas”, CB 53: 81-85.

[101] Lucan. I 159-182.

[102] Coronel Ramos M.A. (2002): La sátira latina. Síntesis. Madrid: 73-74; 90-91.

[103] Schneider R.M. (1998): “Die Faszination des Feindes. Bilder der Parther und des Orients in Rom”, Wiesehöfer J. ed.: Das Partherreich und seine Zeugnisse. Beiträge des internationalen Colloquiums, Eutin (27.- 30.Juni 1996). Historia Einzelschriften 122, Stuttgart: 95-146.

[104] “Los móviles de la guerra eran para ellos su patria, padres y esposas; para los romanos, la codicia y los placeres. Terminarían por retirarse como se retiró el divino Julio con tal de que emulasen el valor de sus mayores. Y no se echaran a temblar por el resultado de una o dos batallas: más ímpetu hay en los amparados por la fortuna, pero más tesón en los abandonados por ella”. Tac. Agr. 15 5.

[105] Dick B.F. (1967): “Fatum and Fortuna in Lucan’s Bellum Civile”, Classical Philology 62: 235-242.

[106] Esta desesperación por la situación imposible de corregir es lo que se transparenta en el famoso prólogo de la Farsalia. Ver Levi M.A. (1949): “Il prologo della Pharsalia”, RFIC 27: 71-78; Conte G.B. (1966): “Il proemio della Pharsalia”, Maia 18: 42-53; Brena F. (1988): “L’elogio di Nerone nella Pharsalia: moduli ufficiali e riflessione politica”, Materiali e Discussioni 20-21: 133-145; Biondi G.G. (2003): “Laudatio e damnatio di Nerone: L’aenigma del proemio lucaneo”, Gualandri I. - Mazzoli G. eds.: Gli Annei. Una famiglia nella storia e nella cultura di Roma imperiale. Atti del Convegno internazionale di Milano - Pavia 2 - 6 maggio 2000. New Press. Como: 265-76.

[107] Tac. Agr. 30-32.

[108] “Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático pillaje, dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las riquezas y la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz al sembrar la desolación”. Tac. Agr. 30 5-6.

[109] Sen. Epist. 40; 44.

[110] Tac. Agr. 33 2-34 3.

[111] “Acabad con las campañas de una vez, cerrad con una jornada cincuenta años, probad a la República que nunca puede imputarse a su ejército ni la prolongación de la guerra ni las causas de la rebelión”. Tac. Agr. 34 3.

[112] Tac. Agr. 31 1-2.

[113] Tac. Agr. 32 1-2.

[114] “El miedo y el temor son débiles vínculos de amistad: cuando se consigue alejarlos, empiezan a odiar quienes han dejado de temer”. Tac. Agr. 32 3.

[115] “No os asuste su vano aspecto y el brillo del oro y de la plata, que ni protege ni hiere”. Tac. Agr. 32 4.

[116] “Aquí hay un jefe y un ejército; allí, tributos, minas y demás castigos propios de esclavos. Si vamos a sufrirlos para siempre o vengarlos al punto, se va a decidir en esta llanura. Así que, cuando entréis en combate pensad en vuestros antepasados y descendientes”. Tac. Agr. 32 5.

[117] “Los más fuertes entre todos éstos son los belgas, porque son los más apartados de refinamiento y de la civilización de la Provincia, porque rarísima vez llegan a ellos mercaderes con aquellas cosas que sirven para afeminar los ánimos, y porque son vecinos de los germanos, que habitan al otro lado del Rin, con los cuales están en continua guerra. Este es también el motivo de que los helvecios aventajen en valor a los demás galos, pues casi diariamente traban lucha con los germanos, ya alejándolos de su propias fronteras, ya haciendo la guerra en las de ellos”. Caes. Gall. I 1 3-4. Las traducciones son de V. García Yebra e H. Escolar Sobrino. (Gredos. Madrid 20002).

[118] Caes. Gall. VI 21-ss.

[119] “Hubo un tiempo en que los galos superaban en valor a los germanos, les declaraban guerras y, a causa del exceso de su población y la escasez de tierra, enviaban colonias al otro lado del Rin. (...) En cambio, ahora, como quiera que los germanos siguen en la misma pobreza, indigencia y vida rigurosa, alimentándose y vistiéndose como antes, mientras que a los galos la vecindad de nuestras provincias y el comercio ultramarino les proporcionaban muchas cosas para su comodidad y regalo, acostumbrados poco a poco a la superioridad de los otros y vencidos en muchas batallas, ni ellos mismos se atreven a compararse en valor con los germanos”. Caes. Gall. VI 24 1-6.

[120] “Por vosotros mismos, romanos, y por la gloria de los mayores, soportad la adversidad y velad por la república. En un imperio tan vasto hay muchos sinsabores, muchos esfuerzos enormes, los cuales es vano rechazar pretendiendo la opulencia de la paz, siendo así que todas las provincias, reinos, mares y tierras están soliviantados o agotados con las guerras”. Sall. Hist. frg. II 47 13-14.

[121] Stockton D.L. (1979): The Gracchi. Oxford University Press. Oxford; Lintott A. (1982): Violence, Civil Strife and Revolution in the Classical City. Croom Helm. London; Brunt P.A. (1986): Social Conflicts in the Roman Republic. Reimpr. Chatto & Windus. London; Alfoldi G. (1987): Historia social de Roma. Alianza Universidad. Madrid; Bravo G. (1989): Poder político y desarrollo social en la Roma antigua. Akal. Madrid; Bradley K.R. (1989): Slavery and Rebellion in the Roman World 140 B.C.-70 B.C. Indiana University Press. Bloomington; Merkelbach R. (1992): Die Bedeutung des Geldes für die Geschichte der griechisch-römischen Welt. Teubner. Stuttgart; Smith J. (1996): Early Rome and Latium: Economy and Society c. 1000 to 500 BC. Clarendon Press. Oxford; Martínez Lacy R. (2000): “Révoltes hellénistiques. Considérations sur la lutte des classes dans le bassin de la Méditerranée de III au I siècles av. J.-Chr.”; QS 52: 203-14; Mouritsen H. (2002): Plebs and Politics in Late Republican Rome. Cambridge University Press. Cambridge; Syme R. (2002): The Roman Revolution. Reimpr. Oxford University Press. Oxford.

[122] “Protestaban con indignación de luchar en el exterior por la libertad y el imperio, y estar en el interior convertidos en esclavos y oprimidos por sus conciudadanos; de que la libertad de la plebe estaba más a salvo en la guerra que en la paz, entre enemigos que entre compatriotas”. Liv. II 23 2. Las traducciones son de J. Antonio Villar Vidal. (Gredos. Madrid 2000-012).

[123] “(...) que, mientras él estaba en el frente en la guerra contra los sabinos, sus tierras habían sido devastadas y no sólo se había quedado sin cosecha, sino que su granja había sido incendiada, sus bienes saqueados, su ganado robado; en esa racha tan desafortunada para él, se le habían reclamado los impuestos y había contraído una deuda; ésta, incrementada por los intereses, le había hecho quedarse, primero, sin la tierra de su padre y de su abuelo, después sin los demás bienes y, finalmente, como si fuera una enfermedad contagiosa, había alcanzado su cuerpo, y su acreedor lo había arrojado no a la esclavitud, sino a una mazmorra y a una cámara de tortura”. Liv. II 23 5-6.

[124] Walsh P.G. (1958): “Livy and Stoicism” American Journal of Philology 79: 355-75; Haffter H. (1964): “Rom und römische Ideologie bei Livius”, Gymnasium 71: 236-50; Chaplin J.D. (2000): Livy’s Exemplary History. Oxford University Press. Oxford.

[125] Liv. II 23 10-11.

[126] “La plebe saltaba de gozo; decía que eran los dioses que acudían a vengar el orgullo de los patricios; se animaban uno a otros a no alistarse: mejor morir con todos que ellos solos; que los patricios hiciesen el servicio militar, que los patricios empuñasen las armas, para que los peligros de la guerra correspondiesen a quienes sacaban provecho de ella”. Liv. II 24 2.

[127] Este tema aparece reflejado en parecidos términos en D.H. Antiquitates Romanae VI 22-25.

[128] Liv. II 24 4-8.

[129] “Se promulgó, entonces, la primera ley agraria (siendo cónsul Espurio Casio y Próculo Vergino), cuestión que desde entonces hasta nuestros días nunca ha sido tocada sin graves desórdenes sociales”. Liv. II 41 3.

[130] “Consecuentemente, los plebeyos, no sólo los más humildes, sino incluso los notables, se habían doblegado y estaban abatidos de tal manera que ni para presentarse candidato al tribunado militar juntamente con los patricios, derecho por el que se habían empeñado con tanto afán, ni siquiera para desear y pretender las magistraturas plebeyas, tenía ánimo ningún hombre enérgico y experimentado, y los patricios parecían haber recuperado para siempre la propiedad de un cargo que la plebe se había limitado a ejercer durante unos pocos años”. Liv. VI 34 3-4.

[131] “hicieron públicos unos proyectos de ley dirigidos, todos ellos, en contra del poder de los patricios y a favor de los intereses de la plebe: uno, sobre las deudas, disponiendo que se dedujese del principal lo que se había pagado en intereses y que el resto fuese abonado en tres años por partes iguales; otro, sobre la extensión de las propiedades rústicas, prohibiendo que nadie fuese propietario de más de quinientas yugadas de tierra; el tercero, disponiendo la no celebración de comicios para elegir tribunos militares, y que al menos uno de los cónsules fuese elegido entre la plebe: todas ellas, medidas de muy largo alcance y que no podían lograrse sin los mayores enfrentamientos”. Liv. VI 35 4-5.

[132] D.H. Antiquitates Romanae III 1 4-5.

[133] “Así pues, puestas en cuestión simultáneamente todas las cosas que los mortales ambicionan de forma desmedida: tierras, dinero y honores, los patricios, llenos de espanto, al no encontrar en el desconcierto de sus reuniones públicas y privadas ninguna otra solución más que el veto tribunicio, para hacer frente a las proposiciones de ley de los tribunos se ganaron a sus colegas”. Liv. VI 35 6.

[134] “Si alguien destruía o cambiaba los términos, decretó (Numa) que quien lo hubiese hecho fuera consagrado al dios para que el que quisiera matarlo como sacrílego tuviera impunidad y quedase limpio de mancha. Estableció esta ley no sólo para las propiedades privadas sino incluso para las públicas, rodeándolas también con límites para que los dioses de los términos distinguiesen la tierra romana de la de los vecinos, y la pública de la privada”. D.H. Antiquitates Romanae II 74 3-4. Las traducciones de los libros I-III son de E. Jiménez y E. Sánchez y, la de los libros IV-IX de A. Alonso y C. Seco. (Gredos. Madrid 20022).

[135] “Pero ahora algunos no delimitan sus propiedades de las ajenas, como es lo mejor y les enseñaron sus antepasados, sino que entre ellos lo que delimita las propiedades no es la ley, sino su deseo de poseerlo todo (actitud poco noble)”. D.H. Antiquitates Romanae II 74 5.

[136] Liv. VI 42 9-14.

[137] Liv. VI 38-39.

[138] D.H. Antiquitates Romanae VII 1 1-2.

[139] “Cuando se anunció a la población la llegada, desde Sicilia, de las naves con grano, los patricios deliberaron largamente sobre su utilización. Los más razonables y amigos del pueblo, mirando las necesidades que angustiaban a la comunidad, aconsejaban repartir entre los plebeyos todo el grano regalado por el tirano, y el comprado a expensas públicas vendérselo a bajo precio, y explicaban que la cólera de los pobres contra los ricos se moderaría especialmente por estos favores; pero los más arrogantes y de más arraigados sentimientos oligárquicos creían necesario perjudicar a los plebeyos con toda energía y por todos los medios, y aconsejaban ponerles las provisiones lo más caras posibles para que la necesidad los hiciera más sensatos y más respetuosos en el futuro con los principios de justicia de la forma de gobierno”. D.H. Antiquitates Romanae VII 20 4.

[140] D.H. Antiquitates Romanae VII 21-67.

[141] D.H. Antiquitates Romanae IX 25 2-3.

[142] “Mas la plebe actuaba libremente por la razón de que nadie tenía un poder por encima de las leyes y el noble aventajaba al que no lo era, no por riquezas y altivez, sino por su buena reputación y sus valientes actos. Los más humildes en los campos o en el ejército no carecían de ninguna cosa honrosa, y con ello tenían suficiente para sí y para la patria. Pero cuando éstos fueron echados poco a poco de los campos, y la indolencia y la penuria los obligaron a no tener residencia estable, empezaron a apetecer los bienes de otros y a poner en venta su propia libertad junto con la república. De este modo, el pueblo, que era el amo y ejercía su mando sobre todos los pueblos, se dispersó, y, en sustitución del imperio común, cada cual particularmente se forjó la esclavitud. De modo que esta muchedumbre, que a lo primero se imbuyó de malas costumbres y luego se fraccionó en actitudes y vidas diferentes sin cohesión ninguna entre sí, a mí se me antoja desde luego poco adecuada para coger el timón del Estado. Por lo demás, al agregarse nuevos ciudadanos, abrigo una gran esperanza de que todos despierten al grito de libertad, puesto que en aquéllos nacerá la preocupación de conservar la libertad, en éstos, de eliminar la esclavitud. Mi opinión es que debes establecer en colonias a estos nuevos, mezclándolos con los antiguos; de esa manera, la fuerza militar será más sólida, y la plebe, entretenida en menesteres honrosos, dejará de causar males al Estado”. Ps. Sall. Rep. II 5 3-8.

[143] Artem. I 51.

[144] Artem. III 62.

[145] Artem. IV 17.

[146] Hahn I. (1992): Traumdeutung und gesellschaftliche Wirklichkeit: Artemidorus Daldianus als sozialgeschichtliche Quelle. Universitätsverlag Konstanz. Konstanz.

[147] Por ello puede decir Erasmo: Divitiarum comes est contumacia, id est, divitias contumacia comitatur. Opulentia mater est superbiae -La contumacia es compañera de las riquezas, es decir, la contumacia acompaña a las riquezas. La opulencia es madre de soberbia-. Erasmo de Rotterdam (1973): Paraphrasis in Elegantias L. Vallae, en Erasmi Opera Omnia I-4. North-Holland Publishing Company. Amsterdam: 237.

 

© Marco Antonio Coronel Ramos 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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