Seducción, erotismo y amor
en Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa.

Dr. Luis Quintana Tejera

Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM)
qluis11@hotmail.com
www.luisquintanatejera.com


 

   
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Resumen: Elegimos como motivos destacados de la obra de Vargas Llosa los tres aspectos que aparecen en el título -seducción, erotismo y amor- los cuales se cumplen en ambos antagonistas de modo diverso, pero innegablemente cíclico. En la niña mala prevalece la noción seductora que resulta expresada en las diferentes facetas de su comportamiento y el protagonista emerge como una víctima de esta seducción. El erotismo se cumple en etapas también, en las cuales Otilia “educa” a Ricardo hasta convertirlo en un adicto al sexo, mejor dicho, un adicto a su cuerpo de hembra tentadora. En cuanto al tema del amor, el comportamiento de ambos antagonistas difiere: Ricardo vive en el primer encuentro el deslumbramiento que posteriormente lo conducirá de manera gradual al erotismo, el cual definitivamente anclará en el amor que de forma innegable deposita en la niña mala.
Palabras clave: Vargas Llosa, seducción, literatura amorosa

 

Parece de antemano imposible o, por lo menos, difícil de asumir en un mundo que día a día se vuelve más escéptico, que el narrador de esta novela encare no sólo el tema del amor, sino también el del erotismo y la seducción de una manera tan peculiarmente interconectada que no puedan separarse -al menos radicalmente- uno de los otros.

He planteado el orden de los temas de la siguiente manera: “Seducción, erotismo y amor”. Esto acontece con Otilia -personaje principal de la novela- en quien prevalece la necesidad de seducir primero, entregarse luego a un erotismo que es para ella tentativo y gradual, para concluir -no en todos los casos, posiblemente sólo en uno- inmersa en una forma peculiar del amor que ella profesa por el protagonista de la novela.

Ricardo y Lily, Ricardo y Arlette por mencionar tan solo dos de los momentos cíclicos que reúnen a los antagonistas en esa lucha irrefrenable que sostienen y mediante la cual desean: uno, aferrarse y eternizar el momento y, la otra, intentar un acercamiento del cual no está convencida, en tanto que una voz interior le grita que algo hay para descubrir que ella aún no ha percibido claramente.

Observemos en primera instancia el motivo poético de la seducción. Cuando Arlette -segundo rostro simbólico de Otilia- llega a París, el focalizador interno fijo graba tres o cuatro características de la personalidad de la joven que van más allá de meros atributos individuales para anclar en una manera de ser no totalmente preconcebida, pero que delinea rasgos implícitos de una personalidad carismática para el amor y el sexo.

Ella tiene una silueta graciosa, una piel cálida y, a pesar de la vestimenta en extremo sencilla y algo grotesca que llevaba, hay una señal que puede percibirse más allá de esos vestidos, se halla ese toque femenino expresado en la manera de caminar y moverse, aunado al modo de fruncir sus gruesos labios cuando habla de temas no del todo trascendentes.

Y ella no es una actriz consciente de su papel, es más bien alguien que desempeña un rol que desconoce en lo inmediato y que conoce mediatamente a la perfección cuando su experiencia le permite ver y palpar los resultados que alcanza.

Dicho de otro modo, se trata de una mujer capaz de atrapar en las redes de sus movimientos seductores al más prevenido. Teje su tela con los materiales que la madre naturaleza le ha dado; captura a su víctima y se sienta a devorarla pausadamente; se deleita y sufre a la vez, porque sabe que muchas veces las cosas le salen muy bien, pero en otras ocasiones no sucede así.

Otro atributo que radica también en la cara son sus ojos oscuros y expresivos; diría más bien, ojos equívocamente expresivos y simbólicamente oscuros; no pasamos por alto la referencia racial que se indica en el negro de sus ojos, pero quiero detenerme en la sugerencia que está implícita en ellos. Al igual que el Tabaré de Zorrilla con sus ojos azules representaba la unión forzada de dos culturas, también la niña mala con sus ojos oscuros alegoriza la unión de una mujer tipológica, casi podríamos decir “común y corriente”, con otro tipo menos común y nada corriente; me refiero a la fémina que se ha formado en la escuela de la necesidad y la búsqueda y que ha moldeado en esta misma escuela una personalidad que atrapa, subyuga y erotiza. Su magia consiste precisamente en no contar con sortilegio alguno, a no ser su capacidad innata para envolver a la víctima y alimentarse gradualmente de ella.

Además, sus ojos envían muchos mensajes simultáneos que aluden a su “estar en el mundo”, a su necesidad de ser tenida en cuenta, a la gracia implícita de su juventud tentadora, a su requerimiento constante de búsqueda; en fin, a mucho más que confunde y atonta bajo el manto de la seducción a la víctima propiciatoria, la cual se deja engañar por el carácter equívoco de esa mirada y por la ternura aparente que a la menor provocación se vuelve ferocidad que destruye. Me atrevo a decir que es una mirada a la que no hay que responder con otra mirada si no se quiere correr el riesgo de perder la paz espiritual y el desahogo que da -muchas veces así sucede- la inocencia de una vida no comprometida con las apariencias que el amor ofrece.

El narrador focalizador interno fijo [1] señala: “Sigue manando de ella esa picardía que yo recordaba muy bien.” [2]

Al reconocerla, Ricardo ve en esta mujer los atributos eternos de una fémina de quien podría decirse también en voz paralela a la de Dostoievski: “¡Qué bella es! Si fuera buena todo se habría salvado” [3]. Es más, todavía se puede decir, porque la niña mala no ha caído aún en el hondo abismo axiológico que por sus acciones posteriores le tendrá reservado el destino.

Inclusive podemos llegar a pensar que esa misma picardía -inherente al personaje- podría ser una manera válida de rescatarla de la ruindad moral que la aguarda. Pero Otilia prefiere valerse de esa “picardía” con otros fines completamente ajenos a una escala moral determinada; prefiere utilizarla como anzuelo eficaz para atrapar y corromper al hombre en turno.

Deseo detenerme un momento en el concepto de “corrupción” que es también inseparable del personaje. Mediante la ruta equívoca de la seducción ella procede a llevar a cabo la cuidadosa tarea de la perversión del otro. En Ricardo el proceso se cumple de manera progresiva y puntual. No de forma total, porque no llega al extremo de arruinarlo físicamente mediante algún contagio inherente a los riesgos constantes de connivencia carnal con hombres tan diversos; pero alcanza -creo que esto es más terrible que lo otro- un grado de acción pervertidora en términos espiritualmente morbosos. La corrupción de Ricardo se ofrece en cifras de obsesiva dependencia y degradación; de una manera de sometimiento consciente y al mismo tiempo inconsciente a esa mujer que paulatinamente lo arroja en el abismo de su propia soledad, dejándolo únicamente con la posibilidad de relatar su historia, esto es, “contarla a ella” al mismo tiempo que se “contará a sí mismo” y -por este camino- volverá a vivir, a la manera de Eneas [4] y de Francisca [5], el horror de reiterar algo que sólo se desea olvidar.

Pero el olvido representaría paz en ese mundo convulsionado e inquieto de Ricardo y, del mismo modo que en el infierno dantesco no puede haber reposo para aquellos que han pecado, aquí tampoco se concibe al sosiego como una forma de alcanzar la redención espiritual.

En cada uno de los reencuentros que siguen y que pautan la relación entre Ricardo y la niña mala, podremos ver de qué manera el niño bueno es seducido de renovada forma, mientras el erotismo se impone también con igual carácter para llegar finalmente a lo que denomino “amor” en el contexto de este análisis.

Veamos el proceso.

1. Con Lily, la chilenita, existe tan solo el deslumbramiento de un joven, casi un niño. La seducción podrá contemplarse aquí en términos neoplatónicos con un alcance de espiritual inocencia. La ausencia de los cuerpos nos autoriza a detenernos sólo en las almas y Lily es ya una “niña” que busca deslumbrar. Sabemos que Ricardo se enamora y no es correspondido. Cuando se separan, ella ya lo ha inoculado con el veneno del amor mediante el hábil proceso que sabe manejar con acierto a pesar de su total inexperiencia en este terreno.

2. Con Arlette los términos cambian, porque la “guerrillera” representa ya la típica pragmática que acompañará en lo sucesivo a la asunción de los diferentes rostros aparentes que ella lleva. Es guerrillera para poder viajar, al mismo tiempo que manifiesta una total indiferencia hacia la causa política que supuestamente tendría que defender; por ello cuando se enfrenta al hecho inminente de tener que ir a Cuba con fines de entrenamiento guerrillero, le pedirá a Ricardo Somocurcio que la libere de este duro compromiso. Antes de hacerlo se entrega a él con fría indiferencia. Mientras Ricardo cree tocar las nubes en la vivencia primera del erotismo, ella está usando este mismo erotismo como herramienta de seducción. La joven continúa moviéndose en términos de conquista, mientras él cae en la trampa de la sensualidad. La indiferencia de la mujer que usa su cuerpo es símbolo y trasunto de un corazón implacable que no vacila ante nada para alcanzar sus aspiraciones. En fin, la camarada Arlette abandonada por Ricardo en su intento por evadir la responsabilidad cubana se volverá amante del conocido comandante Chacón, hombre de confianza del propio Fidel Castro. El escritor que está detrás del narrador dirige un cierto guiño picaresco al lector cuando la propia niña mala se cuela en las filas de la revolución castrista. La pluma de Vargas Llosa no pierde su carácter implacable que todo buen escritor comprometido con sus creencias, supuestamente debe tener.

3. En la UNESCO se reencuentra con la niña mala quien ahora es y se llama Madame Robert Arnoux. Esta nueva y vieja mujer le reprocha lo que ella considera una traición y, sin lugar a duda alguna, Ricardo piensa que él pudo haber estado entre sus brazos en lugar del comandante Chacón. El factor “casualidad” guía los pasos de la niña mala, mientras el niño bueno se mueve como si fuera una marioneta a su alrededor. En este presente ella lo acompaña más que nunca: “De lunes a vienes desde la salida de sus clases hasta las cuatro o cinco de la tarde” [6]. Ahora lo seduce por el camino del apoyo constante y le ayuda a amueblar el nuevo departamento. En este espacio es cuando hacen el amor por segunda vez y en donde también el erotismo aparece enmarcado en un contexto vanamente sexual y sigue siendo el apéndice inútil de la seducción: “Como la vez anterior, se dejó acariciar con total pasividad y escuchó callada, fingiendo una exagerada atención o como si no oyera nada y pensara en otras cosas” [7].

Los pasos del erotismo con Madame Arnoux son significativos en el marco del análisis, porque ambos descubren algo nuevo. Ella sigue siendo fría y calculadora, aunque ahora me da la impresión de que mientras se entrega a la tarea de seducción, nuevamente está ensayando diferentes caminos que le permitirán no sólo sellar los lazos que la unen a Ricardo -situación ya por demás consolidada- sino también prepararse para las renovadas lides de “amor” que la aguardan. Ella sabe mejor que nadie que no es posible quedarse mucho tiempo con el niño bueno y precisamente por ello le dice entre otras muchas aseveraciones: “-Si sólo te tuviera como amante a ti, andaría como una pordiosera, pichiruchi” [8].

Y el propio Ricardo razona en voz alta en uno de los tantos monólogos que caracterizan la manera de expresión de un focalizador interno fijo: “Estaba seguro que la querría siempre, para mi dicha y también para mi desdicha” [9]. A pesar de que reconoce el grado de su desazón, creo que no lo asume totalmente. Decía Genette que otra de las características de la autodiégesis consiste en lo que él denomina “la restricción de campo” [10] y esto se observa inclusive cuando el protagonista dice saber algo, pero aún así continúa actuando como si no lo hubiera asumido o, al menos, como si lo hubiera asumido parcialmente.

Otro aspecto digno de resaltarse tiene que ver con el proceso de aprendizaje al que Ricardo está sometido en los diferentes encuentros sexuales con la niña mala. Ella conoce que puede guiar con excelencia al niño bueno por los truculentos caminos del sexo; al hacerlo estará reafirmando su propia personalidad y, al mismo tiempo, deleitándose en esa capacitación erótica de la cual hace gala en un marco de seducción semejante.

Veamos algunos ejemplos:

1. “Hazme venir, primero [...] con tu boca”

2. “No te vayas a venir todavía”

3. “Me gusta sentirme irrigada” (p. 67). [11]

Ante tales expresiones huelgan los comentarios, aunque sigo sosteniendo que la palabra erotizada del escritor sabe hablar muy bien este lenguaje.

Y el improvisado alumno de tal enseñanza individual goza de acuerdo con la guía que su “maestra” le da; a pesar de lo anterior, continúan quedando en él serias dudas que lo conducen a sostener entre otras cosas:

“Hablaba con tanta frialdad que no parecía una muchacha haciendo el amor, sino un médico que formula una descripción técnica y ajena al placer”. (p. 67).

He aquí una especie de desdoblamiento de Otilia que Ricardo desvela con acierto. Parece tener la extraña capacidad de estar al mismo tiempo en dos lugares diferentes: como amante llena de frialdad y como médico que explica lo que en términos físicos sucede.

Esta última situación revela y esconde a igual tiempo, la verdadera capacidad de esta mujer para participar como espectadora y actriz, en enfermiza situación personal que, por un lado la aleja del compromiso y, por otro, la obliga a ofrecer su cuerpo que mecánicamente se contorsiona bajo el influjo del amor.

4. La cuarta faceta que reviste la picardía de esta mujer será dada por el disfraz que le proporciona Mrs. Richardson, la esposa de un hombre de origen mexicano que se pavonea como gran señor en el entorno de las caballerizas elegantes que se hallan a unos quilómetros de Londres. Dice el narrador que se reencuentra con ella: “En una nueva encarnación de su mudable personalidad” [12]. De este modo los cambios continúan operándose y se vuelve a dar el retorno de la mujer que respondiendo a un inequívoco contexto dionisiaco nace y renace de un modo impostergablemente cíclico.

Como podemos constatar, los espacios han ido cambiando paulatinamente, porque primero fue el barrio de Miraflores en Perú, luego París-Cuba en impensable asociación de lugares tan distintos social, política y económicamente hablando; en seguida, París nuevamente en el contexto internacionalmente culto que proporciona la UNESCO y, ahora, -en esta cuarta etapa- es Newmarket en Inglaterra en donde el ambiente relajado y al mismo tiempo distinguido de los caballos purasangre y sus dueños orgullosos, permiten que la niña mala continúe entregada a sus fechorías sin que ni el erotismo ni el amor la hayan conmovido todavía.

Ella se muestra ahora esquiva como nunca con Ricardo y él llega a convencerse -se equivoca otra vez- que Otilia ya no lo buscará por tratarse él de “un testigo incómodo”. Dos días después el protagonista recibe la llamada telefónica de la niña mala quien le dice que se han de ver al día siguiente a las tres en el Russell Hotel. Será este sitio el lugar de encuentro de varios viernes. En el segundo de estos viernes se lleva a cabo -en términos de análisis lo digo- el descubrimiento del erotismo por parte de la incansable mujer que da nombre a esta novela y, al mismo tiempo, ambos entablan un diálogo revelador acerca de los lazos que hasta ese momento los han unido.

En cuanto al primer aspecto, ella se satisface como nunca antes lo había hecho. Aunque el encuentro comienza con aquella frivolidad de: “-Ten cuidado -me instruyó-. No me vayas a arrugar la ropa” [13], éste continúa de un modo diferente; a medida que los cuerpos se buscan y se unen va in crescendo el placer de la fémina, que ahora, por fin, se vuelve consciente y -a su modo- gozosa.

Primero ella le recuerda a Ricardo la satisfacción oral que sus labios siempre le han dado y algunas expresiones del narrador dan cuenta de algo nuevo que ha descubierto:

1. “Sentí que comenzaba [...] a concentrarse totalmente, con esa intensidad que yo no había visto nunca en ninguna mujer”.

2. (Concentrarse) “en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis labios habían aprendido a darle”.

3. “La sentí humedecerse y vibrar”.

4. “Pero qué delicioso y exaltante era sentirla ronroneando, meciéndose, sumida en el vértigo del deseo” [14]. (p. 127).

He ahí el placer egoístamente generoso que la mujer le proporciona. Mientras ofrenda su cuerpo vibra bajo el impulso de su deseo.

En lo que tiene que ver con el segundo aspecto -el diálogo revelador- la conversación entablada en los descansos del amor, versa precisamente en torno a un pedido de Ricardo, quien desea oír una vez al menos que ella diga que lo quiere y agrega al respecto: “Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber cómo suena, siquiera una vez” [15].

Son los dos antagonistas enfrentados ahora en torno al controvertido tema del amor y su manifestación mediante la palabra. Ella ha recibido de la boca y de los labios del amante el máximo placer que su sexo le dicta. Él quiere oír de esos otros labios el vocablo mágico del amor; aunque no sea cierto, pero desea escucharlo una vez al menos. Ella consuela su sexo con proximidades reales en donde unos labios no dicen palabras, pero convocan al goce mayor. Él ofrece sus oídos para escuchar por fin la declaración tantas veces postergada; pero la niña mala continúa prolongando los momentos. Es éste otro modo de la seducción que consiste en no darlo todo cuando se lo piden, sino alargar los plazos que cuando finalmente lleguen serán más placenteros como le decía Mefistófeles en el Fausto de Goethe [16].

Y dando una vuelta de tuerca que realmente llama la atención, la niña mala le ofrece un discurso en donde si bien aún no aparece el tema del “querer”, sí emerge con una fuerza poderosa el motivo de la sinceridad:

“Yo nunca he dicho “te quiero” “te amo” sintiéndolo de verdad. A nadie. Sólo he dicho estas cosas de a mentira. Porque yo nunca he querido a nadie, Ricardito. Les he mentido a todos, siempre. Creo que el único hombre al que nunca le he mentido en la cama has sido tú” [17].

Y a pesar de la restricción del campo semántico que primero afirma: “El único hombre al que nunca le he mentido” y luego limita: “en la cama”, ya constituye un progreso enorme que Ricardo Somocurcio pueda escuchar esta confesión de una mujer desgarrada por el tedio y la búsqueda insaciable. Y a pesar de la ironía explícita en aquellas palabras del protagonista: “-Vaya, viniendo de ti, eso es toda una declaración de amor” [18], pienso que la niña mala ha dado el paso de la seducción al erotismo primero y, luego, de este mismo erotismo está a punto de dar el gran salto hacia el territorio del amor.

No se atreve a decir las palabras mágicas, porque éstas implican compromiso y porque mediante ellas podría arriesgar los alcances económicos y sociales que hasta la fecha ha logrado.

No obstante todo lo anterior, Ricardo se pregunta: “¿Llegó a quererme un poco en aquellos dos años?” [19].

En fin, el protagonista vuelve a perder a la niña mala, a la inconcebible Otilia, cuando desaparece de su vida Mrs. Richardson. Este nombre vano y frívolo había ocultado por un período al personaje femenino que -tiempo después- reaparecerá por quinta ocasión bajo otra apariencia diferente.

5. Se volverá a encontrar con la niña mala bajo la premisa de que ella era como un fuego fatuo “que aparecía y desaparecía de mi vida [...], incendiándola de felicidad por cortos períodos, y, después, dejándola seca, estéril, vacunada contra cualquier otro entusiasmo de amor” [20]. Los movimientos que marcan los cambios son evidentes y el agudo contraste entre el fuego que es indicio inequívoco de felicidad momentánea y la condición yerma e inútil en que se sumerge después, no hace más que destacar la condición de víctima en que el protagonista se transforma cada vez que es abandonado por la insólita mujer.

Vistiendo su quinta máscara se presentará ahora como la mujer de un japonés llamado Fukuda; en este momento de mi análisis arriesgo una interpretación; en la página 159, el narrador consigna que ha terminado la dictadura militar en el Perú y en la página 161 reaparece la niña mala en los brazos de este japonés de dudosa condición moral que somete a la pobre mujer a vejaciones inmundas y condiciones infrahumanas inconfesables. ¿Acaso no está sucediendo hoy la reclamación que un gobierno democrático del Perú le hace al antiguo dictador? Ese antiguo tirano de origen y mirada oriental, ¿no convoca acaso a la reflexión que toda América Latina hace actualmente? No lo puedo asegurar, pero dada la condición políticamente comprometida de Mario Vargas Llosa, autor, lo veo como otro de los tantos guiños al lector.

Kuriko se comporta con mayor espontaneidad y, a diferencia de ocasiones anteriores, toma abiertamente a Ricardo como su confidente. Harán el amor en un sitio elegante y exótico llamado Château Meguru, lugar que revela el nuevo estatus de la mujer. Ella se ha acostumbrado ya al erotismo que practica con el protagonista y aunque le preocupa la técnica sexual, igual descubre en él una ternura que la conmueve con renovados bríos.

Pero no todo es como aparenta ser. En este incesante juego de mentiras y verdades, emerge la falsedad más grande que tenía preparada para el niño bueno la controvertida Kuriko. Usa a su amante de una forma despreciable y cruel. Se entrega a él ante la mirada encubierta y furtiva de Fukuda que -desde las sombras- atisbaba.

En este momento Ricardo se siente rebajado, insospechablemente ultrajado y, abandona el lugar con rabia y desesperación.

Ha perdido a Kuriko y cuando vuelve a encontrarla será sólo una sombra marchita y ultrajada.

Ricardo se entera de qué manera el japonés la sometía a toda clase de vejaciones, guiado por el espíritu corrupto -mensajero de muerte- que lo caracteriza en el devenir de la novela y que nos autoriza a recordar nuevamente al personaje de la vida real que fue presidente-dictador en Perú.

6. La última mutación de Otilia es, posiblemente, el único disfraz que en realidad adquiere características de verosímil. Ella se convertirá, por fin, en la esposa de Ricardo Somocurcio, pero para que este acontecimiento se lleve a cabo es necesario observar otros hechos que de manera paulatina se producirán. En este momento del relato los temas de la seducción y el erotismo han pasado a un plano definitivamente secundario debido a la condición física y anímica de la niña mala; pero el motivo del amor parece alcanzar su etapa máxima -con todas las excepciones al respecto- cuando la niña mala baja los brazos y confiesa sus sentimientos apenas unos días antes de morir. Los acontecimientos mencionados incluyen aquellas intensas semanas en que la niña mala se repone bajo los cuidados atentos del eterno enamorado. Pero luego, ésta abandona nuevamente para dejar a Ricardo solo y para orillarlo al intento de suicidio en el Sena. Tiempo después la niña mala cambia de idea y retorna al lado de Ricardo. Posteriormente, ella vuelve a partir sin dejar de confesarle antes que está harta de la mediocridad en que vive. Desesperadamente el protagonista decide rehacer su vida en brazos de Marcella, uno de los pocos amores de Ricardo a excepción de Otilia. Luego, como un intenso devenir incesante, la niña mala retorna tan solo para morir en brazos del único individuo que nunca pudo olvidarla. Le exige dos condiciones: que deje a Marcella y se venga a vivir con ella y que le firme unos papeles, mediante los cuales lo hará heredero de su propiedad. Es en este momento cuando la niña mala confiesa aquello de: “Desde que supe que estabas con ella me estoy muriendo de celos a poquitos.” [22] Es éste, un paso importante para definir, en el marco de nuestro análisis, una apertura diferente de Otilia. No queremos caer en la ingenuidad de pensar que ella por fin está enamorada; más bien pienso que se trata de un enorme despecho y de que no quiere admitir que Ricardo se pueda haber enamorado de otra mujer; pero en lo más hondo de este proceder arraiga ya el reconocimiento final de su cariño cuando le dice a Ricardo: “Todavía no me has dicho que me quieres más que a esa hippy, niño bueno”

 

Conclusiones

Resulta innegable que en el desarrollo del análisis llevado a cabo en el presente ensayo se ha querido subrayar la idea del proceso que se cumple en el devenir del relato en torno a las llamadas “travesuras de la niña mala”. Elegimos como motivos destacados los tres aspectos que aparecen en el título -seducción, erotismo y amor- los cuales se cumplen en ambos antagonistas de modo diverso, pero innegablemente cíclico. En la niña mala prevalece la noción seductora que resulta expresada en las diferentes facetas de su comportamiento y el protagonista emerge como una víctima de esta seducción. El erotismo se cumple en etapas también, en las cuales Otilia “educa” a Ricardo hasta convertirlo en un adicto al sexo, mejor dicho, un adicto a su cuerpo de hembra tentadora. En cuanto al tema del amor, el comportamiento de ambos antagonistas difiere: Ricardo vive en el primer encuentro el deslumbramiento que posteriormente lo conducirá de manera gradual al erotismo, el cual definitivamente anclará en el amor que de forma innegable deposita en la niña mala. Ella -quedó suficientemente explicado en el texto- descubre en brazos de Ricardo, primero al erotismo y, finalmente al amor. No está de más advertir que la interpretación de estos conceptos pasará por el cernidor de conciencias que representan tanto uno como la otra. Otilia y Ricardo constituyen dos maneras diversas de vivir, dos formas distintas de búsqueda. Ambos resultan unidos para siempre cuando ya el tiempo ha pasado y la muerte se cierne sobre la fémina. A Ricardo le tocará narrar esta historia de locos amores dionisiacos en el bien entendido que cuando la novela concluye la diégesis que se promete contar ya ha sido narrada.

 

Bibliografía

Alighieri, Dante. La Divina Comedia, 16ª. edición, México, Espasa Calpe, 1987 [Col. Austral # 1056].

Dostoievski, Fiodor. Obra completa, México, Aguilar, 1991.

Genette, Gérard. Figuras III, trad. de Carlos Manzano, Barcelona, Lumen, 1989.

Goethe, Wolfgang. Fausto, trad. de U.S.L., México, Origen, 1985.

Vargas Llosa, Mario. Travesuras de la niña mala, México, Alfaguara, 2006.

Virgilio. Eneida, trad. Miguel Antonio Caro, Buenos Aires, Sopena, 1979.

 

Notas:

[1] Cfr. Gérard Genette. Figuras III, trad. de Carlos Manzano, Barcelona, Lumen, 1989, capítulo 4.

[2] Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala, México, Alfaguara, 2006, p. 32.

[3] Cfr. Fiodor Dostoievski. Obra completa, México, Aguilar, 1991, tomo II.

[4] Virgilio. Eneida, trad. Miguel Antonio Caro, Buenos Aires, Sopena, 1979.

[5] Dante Alighieri. La Divina Comedia , 16ª. edición, México, Espasa Calpe, 1987 [Col. Austral # 1056], canto V.

[6] Mario Vargas Llosa. Op. Cit., p. 66 .

[7] Idem

[8] Ibidem , p. 73.

[9] Ibidem , p. 79.

[10] Gérard Genette. Op. Cit ., capítulo 4.

[11] Mario Vargas Llosa. Op. Cit., p. 67.

[12] Ibidem , p. 113.

[13] Ibidem, p. 126.

[14] Ibidem , pp. 126-127.

[15] Idem.

[16] Wolfgang Goethe. Fausto, trad. de U.S.L., México, Origen, 1985.

[17] Mario Vargas Llosa. Op. Cit., p. 127.

[18] Idem.

[19] Mario Vargas Llosa. Op. Cit ., p. 133.

[20] Ibidem , p. 153.

[21] Ibidem , p. 372.

[22] Idem .

 

© Luis Quintana Tejera 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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