El sueño de la palabra: Xavier Villaurrutia y la noche

José Alberto Sánchez Martínez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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Resumen: En la obra de Xavier Villaurrutia la búsqueda de un sentido de la noche está mediada por diversos estadios que recorre su poesía. No solamente se preocupa por ésta como un elemento estático, sino que su poesía se coloca en un espacio de expresión (cuerpo) de otros sentidos, uno: la luz. En Villaurrutia la poesía es un intento logrado de decir lo uno a través de lo otro (sombra-luz).
Palabras clave: Xavier Villaurrutia, poesía mexicana xx, simbología poética

 

La palabra es eclipse en la página, noche breve que se eterniza en el tiempo del papel y las lecturas. Permanece y las generaciones de hombres no hacen sino soñar a través de ella. Algo similar se podría decir de la noche. Metafóricamente hablando, la noche es el eclipse de todos los días, palabra de cada día que sucede por un instante, pero que sabemos es eterna. Desde que el hombre existe, la noche ha estado representada en sus creaciones, sino directamente, sí a través de analogías: sombras, sueños, muerte, espejos y laberintos.

Hablaré de la noche en la poesía de Xavier Villaurrutia. Señalo un interés particular, porque a diferencia de otros que se han ocupado de ese tema, en él la búsqueda de un sentido de la noche está mediada por diversos estadios que recorre su poesía. No solamente se preocupa por ésta como un elemento estático, sino que su poesía se coloca en un espacio de expresión (cuerpo) de otros sentidos, uno: la luz.

En Villaurrutia la poesía es un intento logrado de decir lo uno a través de lo otro (sombra-luz). No es casualidad que la idea de lo nocturno fuera concebida después de dos libros y, su bibliografía sea una intención por romper la idea de la noche como laberinto sin salida: Reflejos (1926) y Dos nocturnos (1931), la idea mítica del espejo y la idea mítica de la noche. Su poesía posterior estaría guiada por los títulos, Nocturnos (1931), Nocturno de los ángeles (1936) y Nocturno al mar (1937), la trinidad mítica: noche-cielo-agua. Surgiendo al final, Décima muerte y otros poemas no coleccionados (1941), Nostalgia de la muerte (1946) y Canto a la primavera y otros poemas (1948), la muerte como añoranza de vida, como oscuridad rompiéndose en pedazos y la primavera sinónimo de luz, idea del florecimiento: salida. Hablar de la noche es hablar del día: la luz es el sueño de la palabra en la poesía de Villaurrutia.

 

El poema entre la luz y la oscuridad

Borges hablo en una de las Siete noches sobre la ceguera. Ahí dijo con melancólica palabra que lo que más extrañó después de volverse ciego fue la oscuridad. ¿Qué ciega oscuridad no ve al ciego que la habita? Su experiencia nos lleva a pensar en lo oscuro como un color. La oscuridad es el color de la noche, un color que tiene diferentes matices. La oscuridad es un arco iris de tonos parecidos, rodeados por una franja luminosa. Quien se queda en la oscuridad logra ver un dibujo coloreado: el dibujo de la luz.

Es a través de la ausencia de luz que se logra ver la luz de la presencia, pero es igualmente que en la ausencia de la oscuridad se puede ver la presencia de la oscuridad. Ya Hegel había aludido a esta paradoja diciendo que tanto luz como oscuridad son dos vacíos complementarios. Y en efecto, la luz es un vacío que sólo se logra ver a través de representaciones: líneas, colores, imágenes. La oscuridad es una representación de la luz. Como ejemplo podemos señalar las palabras sobre la hoja (escritura), las figuras sobre los lienzos (pintura) y las formas sobre la materia (escultura). El origen del arte moderno esta ligado a la proyección de lo oscuro sobre la luz y este proceso arroja luz de la oscuridad, visión de la ceguera.

El poema como obra de arte posee una configuración visual, en la cual la luz funciona como pantalla donde se proyectan las palabras, una estética que deviene de la técnica. Hay una vieja discusión sobre esto.

En el pensamiento de los griegos la “Tekhné” constituía el eje central no sólo de la producción artística, artesanal, sino también de la creación. Es decir, no había un concepto de arte en términos de creación, la misma técnica designaba el nivel espiritual subjetivo, por un lado, y el nivel estructural objetivo, por el otro,”… con Tekhné se designa, además, el oficio en el doble sentido que tiene el término en castellano: habilidad y profesión” [1].

La otra configuración del poema esta relacionada con el espíritu. El poema tiende más a desarrollarse por soplos (vida espiritual) que por técnicas y trabajos. “Ahora bien, aunque la Tekhné se consideraba indispensable para ciertas disciplinas de la palabra, en principio no concernía a la poesía, ya que ésta solía considerada inspirada por los dioses” [2].

Las musas son portadoras de luz, divinidades que rompen la noche. El trabajo y la técnica es un poco oficio de cavador que obtiene oro bajo tanta carroña al estilo Jean Genet. Hay por lo tanto una primera paradoja que se construye en la elaboración de la poesía: inspiración versus trabajo. En el poema esas fronteras no son identificables. La luz y la oscuridad se reconfiguran constantemente cruzando de un lado a otro: el poema es una masa de palabras en transformación continua, un espacio de cambio.

Cohabitando en ese espacio las palabras son relámpagos de oscuridad sobre el día: la luz es una fisura que se abre el cuerpo del poema, un destello que se localiza más allá de las palabras (oscuridad), un espacio donde el espíritu se unifica y el universo es resimbolizado. La oscuridad queda confinada a un velo de misterio que protege la luz.

 

De la noche a lo nocturno

Analógicamente podemos pensar que la técnica corresponde a la luz. Lo cual coincide con la representación de la escritura, que no es más que un dibujo simbólico y racional. Por otro lado al ser la poesía develadora, oficio comparable al del mago, adivino, se relaciona con la oscuridad. Tanto luz como oscuridad son conceptos de frontera. Designan un plano de proyección arquetípico, pero al entremezclarse mutan. La revelación se vuelve luz y la estructura oscuridad. A partir del dadaísmo y surrealismo las nociones sobre estos parámetros cambiaron, modificaron el lenguaje en una nueva estela de símbolos, el contenido del poema tendió a centrarse en la imagen, en la combinación de imágenes.

El caso de Xavier toca estos polos. Él no es un poeta estrictamente técnico, por supuesto con su excepción: los poemas de Décimas a la muerte, que son una confabulación de luz y oscuridad. En éstos, la técnica es desplazada por las ideas, la inspiración, y la muerte adquiere un sentido de transgresión, no de la muerte (que generalmente se localiza en otros poetas que abordaron el tema, como Gorostiza y Montellano), sino de la vida misma. No transgredir a la muerte es no entregarse a la oscuridad, el hacerlo a la vida es postergarse a la luz.

La vida de Villaurrutia la podemos tomar como punto de partida. Xavier era un hombre que soñaba con estar en otra parte, y su palabra, por inercia, soñaba con estar también allá. Era poeta con intenciones universales y de infinito: dos sinónimos de la noche que podemos encontrar en su poesía. En el prologo que Octavio Paz hizo para una antología de la obra de Villaurrutia que el mismo Paz recopiló dijo:

Alguna vez, para recoger un manuscrito o un libro, pasé por el estudio que tenía Xavier por el centro. Me sorprendió la atmósfera de aquella habitación: parecía el set de una película de Costeau (La sangre del poeta). Él se dio cuenta de mi sorpresa y me dijo: ‘Para soportar a México he tenido que construirme este refugio artificial’. La actitud de Xavier y sus amigos no era sino lo que hoy llamamos exilio interior. ¿A cuántos escritores no ha condenado México a ese destierro en su propia tierra [3].

Tal vez esta observación se le debe a la situación que vivieron los contemporáneos, sobretodo en la época de Cárdenas. La lucha contra la poesía libre se reflejó en los poetas a través de otra lucha: la de la palabra. Al igual que Tiresias Xavier (y muchos de los contemporáneos) fue condenado por los dioses a la oscuridad, pero recompensado por la palabra a la luz. Esa luz no sería vislumbrada en un sentido pleno, hay un laberinto que Xavier inventa: el de la noche.

Los primeros poemas de Villaurrutia, sobre todo los de Reflejos manifiestan una visión de la noche como “receptáculo del mal”, es el laberinto sin salida lo que domina el sentido. En el poema de “Se necesita luz” dice:

(…) Echar fuera esa negra mariposa
ese presagio fatal
arrojarla a la noche tenebrosa
abriendo el ventana
[4].

Hay un choque metafórico de lo oscuro en este poema: “la negra noche” y “noche tenebrosa”. Es probable que al abrir la ventana la mariposa salga, pero puede entrar la noche, y ese es un presagio aún más fatal. El poema crea un laberinto psicológico donde no hay salida.

La salida cobra una relevancia al pensar en la noche. En esos primeros poemas la noche se visualiza como laberinto. En ellos no hay salida porque la salida es entrada, y la entrada se ve pérdida tras los pasos. El poeta tiene que construir, crear salida, haciendo al mismo tiempo otra entrada que esta más allá de las palabras. Por lo tanto la primera luz (salida) en Villaurrutia es lo nocturno.

 

Soñar la noche

Recordemos que Pitágoras sólo enseñaba a sus discípulos en la oscuridad, donde el horizonte visual desaparecía. De modo que la palabra se convertía en una vela del conocimiento: luz. También fue él mismo quien dentro de sus meditaciones filosóficas pensó en la complementariedad de los opuestos.

Borges fue inspirado por esa idea y conjeturó el problema de lo cíclico y lo laberíntico. En otras palabras, los conceptos luz y oscuridad están ligados a la repetición. Cuando se logra cambiar el sentido de la repetición, la oscuridad se vuelve luz y la luz se vuelve otra repetición que proyecta oscuridad. El día y la noche tienen esa secuencia en la vida, son los hechos y las acciones sinónimo de cambio, de transformación. De ahí que la oscuridad tenga otros dos niveles de lectura: conocimiento e infinito.

En los poetas aedos,”El alumno era educado en el arte de la composición en habitaciones bajas, sin ventanas, en plena oscuridad” [5]. La luz era vista como un distractor de la inspiración, de la divinidad. La oscuridad arrojaba al poeta a buscar una luz más allá de la luz: el resplandor, hallazgo, revelación. Por lo que la idea de lo nocturno guarda una relación más estrecha con la luz que con la misma oscuridad. Lo nocturno es una luz que se proyecta sobre la pantalla de la oscuridad. Lo nocturno es el oleaje de la noche, su interior. Algo predestinado no a la vigilia sino al sueño. Son los elementos del sueño, aquellos que se vierten en la vigilia para soportar el espacio diurno de la existencia los que Xavier toma para definir lo nocturno.

Nocturno

(...) Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre
el rumor de unos pasos
perdidos.

(...) Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano que se atreve.

Hay un primer reconocimiento de lo nocturno como algo que la noche inventa. Si lo nocturno esta en su caminar, en su oír, en su ver, en su sabor, entonces los sentidos son fisuras que sangran deseos transformados en palabras. Lo nocturno se presenta como un deseo por transmutar la noche, vencerla.

Lo nocturno es una frontera de lo irreconocible, el lugar donde todo lo que se ofrece a la mirada se desvanece, algo similar a los laberintos que crea la palabra frente a la razón. La noche adquiere un valor indescifrable, espacio de desaparición, de temor, locura, deseo y muerte. En la noche el espejo desaparece al otro. Y si el otro es ilegible, la primera ruptura se da en la identidad. La única compañía que subsiste, el otro espejo, es el doble de sí mismo: la noche crea fantasmas de lo mismo, autolaberintos donde el deseo, el sueño y el silencio hacen reconocible lo irreconocible. Lo nocturno es entonces un estado superior a la noche: la luz de la sombra.

El sueño aparece como un espacio de reconocimiento, de encuentro con el otro y lo otro. La sombra también tiene esa función. ¿Qué es el sueño sino un espacio de la sombra, un espejo de sombra? El sueño representa lo inconcebible, impulsos ocultos de la existencia humana que no se ven en la vigilia. Sueño: salida. El sueño es la salida del laberinto de la sombra, es la luna de la noche.

Ese laberinto esta implícito en Xavier y para salir de él es necesario entregarse a lo oscuro. La mutación comienza cuando la palabra crea una forma de desnudez de lo mismo, desterritorialización del lenguaje dirá Levinas [6]. Podemos ver como el tópico-noche es esencial, aparece y guía a toda su producción, pero, y esa es la riqueza del poeta, en cada período de producción el sentido muta.

 

Figuras de la noche

La noche en Villaurrutia es abordada en tres formas, tres figuras de alteridad: espejo, sueño y muerte. Trataremos de compaginarlas para discernir un poco el sentido.

El espejo crea espacios de encuentro y desencuentro. La realidad y el lenguaje son espejos porque nos encuentran con el otro y nos desencuentran de nosotros mismos. ¿Qué realidad? La realidad de Xavier es el mundo que se disgrega como cristales de un sólo espejo: agua, aire, objetos, sonidos, ruidos, todo se recompone como otra cosa y señala una oscuridad latente, presente.

En “Suite del insomnio” Villaurrutia escribe:

La noche juega con los ruidos
copiándolos en sus espejos
de sonidos
.

El espejo juega con el mundo, lo repite, pero sobretodo lo transforma en otra cosa. La noche es el espacio del encuentro lúdico, donde la certeza se desmorona. Pensemos en el espejo de la noche como el lugar de dos grandes encuentros: el amoroso (erótico) y la muerte. El amor erótico, el del encuentro de los cuerpos tiene como lugar de representación arquetípica la noche. La atmósfera de la oscuridad provoca a través de la carne un tipo de luz: la unidad o continuidad, algo que Bataille había expuesto en El erotismo.

Hay en el paso de la actitud normal al deseo una fascinación fundamental de la muerte. Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas. Lo repito: de esas formas de la vida social, regular, que forman el orden discontinuo de las individualidades definidas que somos. Pero, en el erotismo, menos aún que en la reproducción la vida discontinua no está condenada, a despecho de Sade, a desaparecer: está solamente puesta en cuestión, debe ser tomada, desordenada al máximo. Hay búsqueda de la continuidad [7].

Si la continuidad a través del erotismo se muestra como un tipo de luz, es porque el espejo (realidad) tiende a juntar lo opuesto y transformarlo en otra cosa. La transgresión se da cuando la noche desaparece como lugar discontinuo, es decir, cuando por distintos medios hay encuentro con lo sagrado. Ponemos el sueño por ser recurrente al análisis, pero hay otras formas ligadas al arte que igualmente buscan romper con la discontinuidad. El sueño es una de las formas de tener acceso a lo sagrado. Lo sagrado es una aparición de lo invisible, del secreto secular.

El poema “Nocturno a la estatua” es el paso del espejo al sueño y el vislumbramiento de la muerte. El poeta sueña el camino que va del grito a la sombra, pero la sombra es eco, señal de continuidad. Luego el muro que es espejo. Y ahí, en el espejo, la estatua que puede ser él, los ojos que son manos, los dedos que juegan y el conteo hasta cien, la voz: me muero de sueño. Cien es un número categórico en la poesía de Villaurrutia, “Decimas a la muerte” son diez veces diez, un circulo matemático de palabras que da cien repeticiones distintas donde la muerte es una estatua de ausencia erigida como doble para recordar lo mismo. Al mismo tiempo la estatua puede ser concebida como un sueño petrificado que rememora la realidad, igual que el espejo a través del reflejo.

En el poema “Espejo” Xavier escribe: “¿Nos juntará la vida como el sueño?” Pasar del espejo al sueño es juntar, reunir. Si Villaurrutia duda es porque encuentra una oposición entre ambos. Él visualiza el sueño como un nivel de cambio y transformación. ”Los reflejos producidos por los espejos y la superficie líquida son sólo indicaciones más concretas de lo que en términos generales es fundamentalmente una búsqueda de la forma (8). En Xavier el reflejo que pasa al sueño es la señal en su poesía de que las formas comienzan a ser dibujadas fuera del espejo. Creo que el sueño como tema en Villaurrutia es el comienzo del poeta plástico. El sueño abandona lo nocturno y se vuelve el contorno que dibuja el mundo. El mundo empieza a ser el dibujo del sueño: pintura que habla. Ahí esta la noche, en el silencio de lo que dice; y ahí esta igualmente la luz, en lo que calla la palabra. Volvemos a encontrar la ambigüedad en su poesía. El sueño como tema comenzó a ser tratado en el libro Reflejos, después desaparecerá al hablar de la muerte. Hay un puente entre Reflejos y Canto a la primavera: el sueño. En Reflejos el sueño es búsqueda, noche petrificada de lo mismo y lo otro, en Canto a la primavera noche disuelta, encuentro, luz, salida.

 

La muerte y la noche

La muerte en Villaurrutia es sólo un medio para ilustrar la noche: pintura de la vida, la muerte de él coincide en términos representativos a la visión romántica de la noche. Una muerte plagada de sueños, oscuridad, inseparable del inconsciente, locura, muy lejana del yo.

Villaurrutia era un poeta romántico en el tratamiento que hace de la muerte como noche. Si la muerte es una metáfora de la noche, entonces su lugar de aparición está en un espacio que abre la vida. Cada instante de la vida es un espacio de la noche, un laberinto. El laberinto crea otro espacio, vive en un lugar arquetípico que colinda con la muerte, o mejor dicho, los muros del laberinto son la muerte. Pisar la vida, andar en ella, es caminar en el laberinto de la muerte. El temor de morir es sólo él temor de no hallar reversibilidad al paso que nos acerca a lo desconocido, innombrable e invisible.

Esta idea del laberinto no sólo se limita a la experiencia de vivir, también se extiende al arte de escribir. La palabra es laberinto, pone al hacedor frente al abismo de la otredad, pero ahí, lo innombrable es bautizado por lo innombrable, y mundo y universo son destruidos para ser bautizados en un espacio nocturno que se vuelve luz, o en un espacio de luz que se vuelve sombra. Cuando el artista, el poeta, rompe los muros del espacio que la palabra resguarda, desde ese momento vive entregado a la búsqueda de lo innombrable, que es una de las fronteras del silencio. Y ahí, habitante-minotauro de otro laberinto, el de la libertad invisible, sólo puede sentir “Nostalgia de la muerte”.

 

Notas

[1] Galí Neus 1999, p. 50.

[2] Galí Neus, Ibid, p. 51.

[3] Villaurrutia Xavier, Paz Octavio, 1980, pp. 17,18.

[4] Todos los poemas citados fueron tomados de la antología realizada por Octavio Paz. Villaurrutia Xavier.1980.

[5] De Vernant 1985, en Galí Neús, Ibid, p. 36.

[6] Levinas Emmanuel 2000.

[7] Bataille George. 1997, p 32.

[8] Eugene.L. Moreta. 1976, p.36.

 

Bibliografía

1976 Eugene. L, Moreta. Villaurrutia. Fondo de Cultura Económica. México.

1980 Villaurrutia, Xavier por Octavio Paz. Antología. Fondo de Cultura Económica. México.

1997 Bataille, George. El erotismo. Seix Barral. México.

1999 Galí, Neus. Poesía silenciosa, pintura que habla. Ediciones península. España.

2000 Levinas, Emmanuel. La huella del otro. Taurus. México.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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