Bateson y la complejidad:
entre el orden y la diferencia*

Dr. Joaquín Mª Aguirre Romero

Universidad Complutense de Madrid
aguirre@ccinf.ucm.es


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: El texto trata de explicar la distinción realizada por Gregory Bateson entre el conocimiento trivial y el profundo desde la necesidad del ser humano de formularse preguntas. Indagamos en la capacidad, desde la perspectiva de Bateson, que la ciencia tiene de satisfacer las preguntas humanas y su aspiración a una totalidad integradora. En última instancia, el problema que Bateson se plantea es el de la identificación del conocimiento centífico como única forma de conocimiento válido, anulando cualquier otra alternativa.
Palabras clave: Gregory Bateson, complejidad, filosofía de la ciencia, conocimiento

 

Me gustaría comenzar esta intervención partiendo de una anécdota que el propio Gregory Bateson cuenta en la Introducción de su obra Pasos hacia una ecología de la mente, y que subtituló como “La ciencia de la mente y el orden”. La anécdota se refiere inicialmente al desconcierto en el que se ven sumidos su alumnos ante el tipo de contenidos y explicaciones que él les ofrece en su curso:

Por la índole misma de su empresa, un explorador nunca puede conocer lo que está explorando hasta que lo ha explora­do. No lleva ningún Baedeker en su bolsillo ni ninguna guía turística que le diga cuáles son las iglesias que debe visitar o los hoteles en que debe alojarse. Sólo cuenta con el ambiguo folclore de otros que han pasado por ese camino. Es indudable que ciertos niveles más profundos de la mente guían al hombre de ciencia o al artista hacia experiencias y pensamientos que guardan pertinencia para aquellos problemas que de alguna manera son suyos, y esta guía parece actuar mucho antes de que el hombre de ciencia tenga algún conocimiento consciente de sus metas. Pero de qué manera suceda esto, es algo que ignoramos.

Con frecuencia me he impacientado con colegas que pare­cían incapaces de discernir las diferencias entre lo trivial y lo profundo. Pero cuando mis alumnos me pidieron que definiera esa diferencia, me quedé perplejo. Respondí vagamente que cualquier estudio que arroje luz sobre la naturaleza del "orden" o del "patrón" que existen en el universo es con seguridad algo no trivial.

Pero esta respuesta no es sino una petición de principio.

Yo acostumbraba dictar un curso no formal para los residen­tes psiquiátricos en el Hospital de la Administración de Veteranos en Palo Alto, esforzándome por hacerles pensar algunos de los pensamientos que están en estos ensayos.

Ellos escuchaban deferentemente y hasta con intenso interés lo que yo les estaba diciendo, pero cada año surgía la pregunta después de tres o cuatro reuniones del curso: "¿Pero de qué trata este curso?".

Ensayé varias respuestas a esta pregunta. Una vez redacté una especie de catecismo y lo ofrecí a los alumnos como una muestra de las preguntas que ellos estarían en condiciones de discutir después de completar el curso. Las preguntas iban desde “¿Qué es un sacramento?" hasta "¿Qué es entropía?" y “¿Qué es juego?".

En cuanto maniobra didáctica, mi catecismo fue un fracaso: redujo los alumnos al silencio. Sin embargo, hubo una pregunta que resultó útil:

Una madre recompensa habitualmente a su hijo pequeño con un helado si come sus espinacas. ¿Qué información adi­cional necesitaría usted para poder predecir si el niño: a ) llegará a gustar de la espinaca o a odiarla; b) gustar de los helados u odiarlas, o c ) amar u odiar a Mamá?

Consagramos dos o tres sesiones a indagar las muchas rami­ficaciones de esta pregunta, y se me hizo patente que toda la información adicional necesaria se relacionaba con el contexto de la conducta de la -madre y del hijo. De hecho, el fenómeno del contexto y el fenómeno, relacionado con él estrechamente, del "significado" definían una división entre las ciencias "duras" y el tipo de ciencia que yo estaba intentando construir. Paulatinamente descubrí que lo que hacía que fuera difícil explicar a los alumnos sobre qué versaba el curso. Era el hecho de que mi manera de pensar era diferente de las de ellos. Un indicio de esta diferencia provino de uno de los estudiantes. Era la primera clase del año, y yo había hablado de las diferen­cias culturales entre Gran Bretaña y Estados Unidos de Nor­teamérica, culturales que se debería tocar siempre que un inglés tiene que enseñar antropología cultural a norteamericanos. Ter­minada la sesión, uno de los estudiantes se me acercó. Miró de reojo para asegurarse de que todos los otros estaban saliendo, y dijo luego con bastante vacilación: "Quisiera hacerle una pregunta". "Usted dirá". "Este ... usted quiere realmente que aprendamos lo que nos está diciendo?” Dudé un momento, pero él se precipitó: "¿O se trata de algún tipo de ejemplo: una ilustración o alguna otra cosa por el estilo?" ¡Efectivamente, de eso se trata!"

¿Pero un ejemplo de qué?

Y además, casi todos los años se propagaba una queja vaga, que por lo general me llegaba como rumor. Se alegaba que: “Bateson sabe algo que no te dice” o “Detrás de lo que dice Bateson hay algo, pero nunca dice de qué se trata”.

Evidentemente yo no estaba respondiendo a la pregunta: “¿Un ejemplo de qué?” (BATESON 1998: 16-17)

De las diferentes formas de abordar a un pensador complejo, irreductible e indefinible, me interesa hacerlo desde este punto de partida: el de la perplejidad que percibe en los otros ante su forma de comprender el mundo. Evidentemente, podemos pensar que Bateson estaba poco dotado para la enseñanza y que la desesperación de sus alumnos provenía de esa incapacidad didáctica. Sin embargo, vamos a explorar la opción más positiva y (puesto que tenemos motivos fundados) vamos a tratar de partir de la situación real que nos cuenta el propio Bateson para, al igual que en la historia de la madre, el niño, el helado y las espinacas, tratar de llegar a saber de qué es ejemplo lo que nos ha contado. Es decir, vamos a tratar de seguir las instrucciones dadas por Bateson en el propio texto y tomarlo como una forma de dirigirse a nosotros por una vía alternativa, una vía que él considera que puede ayudarle (ayudarnos, en realidad, a nosotros y a él como un todo) a solventar el problema comunicativo que el texto trata de reflejar.

Más adelante iremos revisando algunas de las interesantes ideas insertadas en la anécdota académica, pero empecemos por analizar la frustrante conclusión que Bateson alcanza: “Era el hecho —nos dice Bateson— de que mi manera de pensar era diferente de las de ellos”. Esa es la primera paradoja que percibe, la constatación de que él y sus alumnos están utilizando tipos diferentes de herramientas mentales para comprender, es decir, para enfrentarse intelectualmente al mundo.

En la introducción a la anécdota, lo que se plantea es algo a priori trascendental: la distinción entre lo trivial y o profundo. Observemos que Bateson habla de “trivialidad” y de “profundidad”, no de “relevante” e “irrelevante”. Esta forma de calificar aquello que el científico tiene que discriminar nos informa sobre su actitud. Bateson no está hablando desde la perspectiva de la investigación en sí y de la pertinencia de los datos; está hablando del mundo. Esta, la investigación, está al servicio de otro tipo de conocimiento al que sí se puede distinguir como trivial o profundo. La investigación puede ser científica, pero también puede ser trivial y lo es cuando se agota en sí misma, cuando el conocimiento que procura no va más allá de lo obtenido. Pero este camino, de ahí la analogía del viajero sin Baedeker (sin guía turística), está inexplorado. El drama del investigador, su servidumbre, sería el tener que recorrer caminos de los que desconoce su relevancia. El investigador investiga precisamente porque desconoce. El resultado de su investigación tiene una primera instancia de cumplimiento de una tarea —el camino recorrido—, pero hay una segunda instancia: ¿hacia dónde le lleva ese camino? ¿Es un paso más en una línea que avanza hacía la comprensión del mapa general; es este conocimiento que he obtenido una pieza del puzzle que es el mundo?

Para determinar si ese conocimiento que ha obtenido es un paso más hacia lo “profundo”, Bateson tiene que comprobar que encaja con el mapa que ha ido elaborando, con una visión del conjunto. Este mapa es un tanto extraño: no define un espacio físico, sino un espacio mental heterogéneo en el que se entrelazan elementos diversos que le llevan en un mismo sentido.

Lo que diferencia a Bateson de sus alumnos es precisamente su capacidad para percibir relaciones, su capacidad de romper el aislamiento de los elementos que percibimos y lograr alcanzar unidades superiores en las que se manifiesten nuevos elementos emergentes; es decir, lo que Bateson está tratando que sus alumnos perciban es la complejidad. No es tanto una cuestión de cantidad de conocimientos, sino más bien del tipo de construcción que se realiza con ellos. Bateson va buscando formas de orden, es decir, formas de integración, patrones.

Esta primera distinción entre cantidad de conocimientos y estructuración de los conocimientos ya es característica de lo que supone el pensamiento batesiano y marca las diferencias intelectuales con otros planteamientos científicos en la consideración del conocimiento, su alcance y su función. Bateson es un científico, es un analista de lo que el mundo le muestra, pero Bateson va más allá y rechaza que la función del científico sea la de dar respuestas a preguntas que previamente se ha planteado. Bateson no quiere resolver problemas, una de las formas modernas más aceptadas de definir la Ciencia. Bateson quiere resolver preguntas y estas preguntas surgen de su contacto con el mundo, del asombro. La Ciencia para él no es una cadena de problemas; es una cadena de preguntas con las que tratamos de acercarnos a algo, a un núcleo profundo del universo. Aunque la diferencia entre un problema y una pregunta pueda parecer sutil, es sustancial. El problema puede ser una cuestión externa, mientras que la pregunta es siempre interna, algo que afecta al sujeto. Es el mundo el que plantea problemas; es el hombre el que se plantea preguntas.

En este sentido, nada más revelador que el texto de Bateson titulado ¿Qué es el Hombre? En este texto, Bateson nos revela de forma directa su forma de entender la Ciencia y su finalidad:

Si hace 15 años me hubieran preguntado qué entendía yo por la palabra "materialismo", creo que habría dicho que el materialismo es una teoría sobre la naturaleza del universo, y hubiera aceptado como algo evidente la idea de que ésta teoría en algún sentido es amoral. Habría estado de acuerdo en que el hombre de ciencia es un experto que puede obtener para sí y para otros ideas y técnicas, pero que la ciencia no tiene nada que decir respecto de si estas técnicas deben ser empleadas. En esto, habría seguido la corriente general de la filosofía científica asociada con nombres tales como Demócrito, Galileo, Newton, Lavoisier y Darwin. Habría descartado al mismo tiempo las opiniones menos respetables de hombres tales como Heráclito, los alquimistas, William Blake, Lamarck y Samuel Butler. Para éstos, el motivo de la indagación científica era el deseo de construir una visión global del universo qué mostrara qué es el hombre y cómo está relacionado con el resto del universo. La visión que estos hombres trataban de armar era ética y estética.

Existe, ciertamente, mucha conexión entre la verdad científica, por una parte, y la belleza y la moralidad, por la otra, y esta conexión es la siguiente: si un hombre alberga opiniones falsas respecto de su propia naturaleza, será llevado por ellas a acciones que en algún sentido profundo serán inmorales o feas.

Hoy día, si se me hiciera la misma pregunta respecto del significado del materialismo, respondería que esta palabra representa en mi pensamiento una colección de reglas respecto de qué preguntas deben hacerse sobre la naturaleza del universo. Pero no supondría que este conjunto de reglas tenga ningún derecho a considerarse exclusivamente acertado. (BATESON 293-294)

Entiendo que, para muchos, esta declaración de Gregory Bateson resulta incómoda; atenta demasiado contra los principios básicos con los que la comunidad científica se rige, con las normas que tratan de separar el trigo de la paja. Muchas veces esa línea es fina o borrosa. Entendemos que no es así en el caso de Bateson por los motivos que trataremos de explicar.

El primer elemento diferenciador es que Bateson trabaja en dos niveles. El primero es el empírico y analítico, el nivel del enfrentamiento con los fenómenos, con lo que el mundo ofrece prima facie. Es ahí donde el investigador se desenvuelve con las armas científicas, el nivel en el que es posible ese trabajo metodológico, sujeto a las diferentes formas y reglas de verificación.

La mayor parte del pensamiento autorreflexivo científico moderno se para ahí, en las formas de validación del conocimiento. Una vez que el conocimiento es verificado, aguarda pacientemente a ser superado o falsado por la siguiente teoría elaborada al respecto. La Ciencia no tiene ya nada que decir cuando tiene por bueno un conocimiento, se desentiende de cualquier otra pregunta. Esa es la dinámica del conocimiento, la de la provisionalidad de las resoluciones. Consciente de las limitaciones [1] a las que está sometido el conocimiento, tanto en lo infinitamente pequeño como en lo infinitamente grande, la Ciencia se construye con objetivos provisionales capaces de derivarse hacia un conocimiento posible.

En última instancia, el conocimiento científico básico se inserta en un círculo vicioso: el conocimiento solo remite al conocimiento. Es solo en un segundo nivel, el Tecnológico, en donde el conocimiento adquiere un fin, aunque este sea ajeno al conocimiento mismo. De ahí que lo que es una forma específica de funcionamiento del pensamiento tecnológico (la resolución de problemas), se haya transferido al campo científico como auténtico motor. Es de esta forma como la Ciencia ha perdido en gran medida su identidad rectora en beneficio de una Tecnología que es la que determina ahora la agenda investigadora.

Sin embargo, esto no ocurre así en los planteamientos batesianos. El científico, un ser humano que se pregunta, no se para en el conocimiento de primer nivel. Entiende que solo se encuentra ante un primer paso del proceso. Su búsqueda no es la de resolver un problema mundano, sino la de descubrir una unidad. En este segundo momento, el científico, quien ha recorrido ese primer tramo positivo, da un salto conceptual y busca otro tipo de conocimiento. A este salto, según acabamos de leer, le anima: “el deseo de construir una visión global del universo que mostrara qué es el hombre y cómo está relacionado con el resto del universo.”

Bateson se sitúa ya fuera de los márgenes convencionales de la Ciencia y él lo sabe. Por eso invoca los nombres de aquellos con los que desea ser alineado. Frente a Demócrito, Galileo, Newton, Lavoisier y Darwin, con los que se puede recorrer el primer tramo, Bateson señala sus nuevos compañeros: Heráclito, los alquimistas, William Blake, Lamarck y Samuel Butler. A primera vista, puede sorprender la nómina, pero no a quien conozca la trayectoria y el pensamiento de Bateson.

Para Bateson, el camino de la Ciencia es solo la mitad del camino. La Ciencia no puede, hoy por hoy, dar eso que él reclama: una “visión global del universo”. Tampoco le mostrará, como reclama, “qué es el hombre”, ni su “relación con el resto del universo”. Esas cuestiones no son ya científicas, sin embargo son humanas.

El argumento que da Bateson no es nuevo: “si un hombre alberga opiniones falsas respecto de su propia naturaleza, será llevado por ellas a acciones que en algún sentido profundo serán inmorales o feas”. No es necesario ir demasiado lejos para darse cuenta de que Bateson está planteando la reunificación platónica de Verdad, Bien y Belleza, es decir, el camino, las escalas que llevan hacia la Virtud final.

Verdad, Bien y Belleza, desde el siglo XVIII, se habían separado formalmente, si bien podría establecerse que este divorcio surge con el nacimiento mismo de la ciencia baconiana. Verdad, Bien y Belleza son caminos separados por los que cada vez es más difícil transitar. La Ciencia, en su búsqueda de la verdad, deja de preguntarse por los fines y abandona por tanto, la idea del Bien. Mantiene una forma específica de “belleza” denominada “elegancia”, que eleva a la consideración de forma intuitiva de la evidencia de la verdad manifiesta. La “elegancia” es un requisito formal, una especie de manifestación de la Verdad, algo que demuestra que lo encontrado (teoría, ley) es acorde con la simplicidad armónica del Universo.

El desligar la Verdad del Bien también tuvo sus consecuencias. Bateson es hijo de su tiempo y ese tiempo es el del peligro nuclear. La contemplación de los efectos de una racionalidad que prescinde del bien —los campos de exterminio o las explosiones nucleares-—, no dejó indiferentes a los científicos de su época, más bien fue una conmoción sobre el alcance de su trabajo. Para muchos sociólogos e historiadores de la Ciencia, son estos dos hechos los que despiertan las conciencias de la sociedad y de los científicos haciéndoles preguntarse por los fines y resultados de sus trabajos.

El conocimiento ya no es un ente abstracto que camina su propio camino indiferente al destino humano. El surgimiento en la actualidad de campos como el de la Bioética son el resultado del compromiso de los científicos simultáneamente con la Verdad, pero también con la Ética. Un conocimiento sin ética es un peligro autodestructivo para los seres humanos.

Pero la idea de Bateson va más allá de la aplicación o de la observación ética de los resultados científicos. El salto al segundo nivel que mencionamos se refiere a los procesos de transformación que el sujeto experimenta ante el conocimiento. De ahí la importancia de ser capaces de separar lo trivial de lo profundo. Obsérvese que tanto lo trivial como lo profundo son ambos verdaderos. La diferencia está en el ojo del observador, en su capacidad discriminatoria. Pasar de lo trivial a lo profundo está en la capacidad de comprensión de que ese conocimiento obtenido encaja en una visión superior, en un nuevo ordenamiento que satisface unas nuevas necesidades.

Es aquí donde Bateson habla conjuntamente del científico y del artista. Recordemos sus palabras: “ […] ciertos niveles más profundos de la mente guían al hombre de ciencia o al artista hacia experiencias y pensamientos que guardan pertinencia para aquellos problemas que de alguna manera son suyos”. Ya no está hablando del mundo; está hablando de la mente. Las cuestiones no son ya sobre cómo obtener conocimiento válido, sino sobre qué hacer con ese conocimiento, cómo articularlo.

¿Cuáles son esos problemas que son competencia simultáneamente del científico y del artista? Aquí Bateson se suma a la tradición romántica del carácter visionario del artista, de ahí la insistencia en William Blake, paradigma del artista visionario. El visionario, en la tradición romántica inglesa, que tan bien estudio H. Bloom, no es un hombre retirado del mundo, sino, por el contrario, es un hombre cuyo rasgo característico es haber mantenido la visión natural, la que los demás han perdido. El visionario es un ser en el filo, cuyas dotes poéticas son precisamente la capacidad de comprender el orden del mundo. El sentimiento poético no es un paso previo a su concreción lingüística o plástica. Surge del asombro. El poeta es, antes que nada, un observador. Ve lo que los demás ven, pero a partir de ahí es capaz de re/construir el sentido de lo que ve. Su mirada establece conexiones, que son las que refleja con y en su arte. La videncia artística es conocimiento, como lo es el conocimiento científico. Por lo tanto, el artista y el científico trabajan juntos, trabajan en el mismo sentido. Ambos parten de la observación y edifican desde el asombro. Las diferencias son de método.

También hay artistas triviales. La trivialidad es aquello que no revela, que no muestra su conexión con lo profundo. El artista y el científico profundos, nos dice Bateson, se formulan las preguntas que les son propias. Solo es posible encontrar respuestas a las preguntas adecuadas. Volvemos de nuevo a desplazar el énfasis a las preguntas. Es importante porque son las preguntas las que miden la profundidad del ser humano. Las preguntas son los marcadores de su evolución y maduración. Solo el ser maduro se formula las preguntas correctas. Con lo cual podemos volver de nuevo al escenario de nuestra anécdota inicial, a los alumnos perplejos porque no alcanzan a hacerse las preguntas que den sentido a lo que Bateson trata de explicarles.

El trabajo del visionario, artista o científico, es siempre de integración. Trata con ese conocimiento de determinar un orden superior, busca patrones, pautas de repetición. En el mismo texto antes referido, Bateson escribe:

¿Depende realmente la tesis materialista más antigua de la premisa de que los contextos son aislables? ¿O se modifica nuestra concepción del mundo cuando admitimos un regreso infinito de contextos eslabonados unos con otros en una compleja red de metarrelaciones? […]

Al zafarme de la premisa de que los contextos son siempre conceptualmente aislables abrí la puerta a la noción de un universo mucho más unificado —y en ese sentido mucho más místico— que el universo convencional del materialismo amoral. ¿La nueva posición alcanzada de esta manera nos da nuevos fundamentos para confiar que la ciencia pueda responder preguntas morales o estéticas? (BATESON 295).

Creo que este es un párrafo esencial para tratar de comprender a Bateson, para tratar de establecer su especificidad y hacerle justicia. Se ha liberado de un prejuicio metodológico que le obliga a fraccionar lo que él ve dotado de una profunda unidad. Hablar de un universo unificado es ahondar en la búsqueda de sentido, algo a lo que ha renunciado el científico convencional moderno, quien ha fragmentado el mundo para su análisis, pero es incapaz de recomponerlo posteriormente. El misticismo que surge de la unidad es algo que ha hecho que se malentienda a Bateson, que algunos lo teman y que otros lo utilicen para fines poco claros.

El único “mensaje” que Bateson se permite deducir es precisamente el del error aislacionista. Su mensaje es: no se puede separar lo que está unido; es más, no se puede comprender separadamente o, si se prefiere, ese conocimiento es siempre parcial, imcompleto. Nos dice Bateson:

[…] Un ser humano en relación con otro tiene un control muy limitado de lo que acontece en esa relación. Es una parte de una unidad bipersonal, y el control que cualquiera de las partes puede tener sobre cualquier todo está estrictamente limitado.

La regresión infinita de contextos sobre la cual hablé es solo otro ejemplo del mismo fenómeno. Lo que yo he aportado a esta discusión es la idea de que el contraste entre la parte y el todo, cada vez que ese contraste aparece en el dominio de la comunicación, es simplemente un contraste en la asignación de tipos lógicos. El todo se encuentra siempre en una metarrelación con sus partes (BATESON 295-296).

La pregunta que surge ahora es importante y reveladora: ¿a qué tipo de conocimiento podemos aspirar si nuestro método consiste en desmembrar o reducir, es decir, se basa en el análisis? La idea de que el todo se encuentra en metarrelación con sus partes es, a mi entender, lo que caracteriza a Bateson. A diferencia de otras propuestas de carácter isomórfico, como por ejemplo las de Bertalanffy, que cree en unas entidades abstractas que son los sistemas de los cuales los sistemas reales son manifestación (es decir, una suerte de platonismo o idealismo sistémico), Bateson elige otra vía que se deriva de esa consideración del carácter místico, que se deriva de la profunda unidad del universo. El mensaje profundo del universo es precisamente su unidad [2]. Si todo está unido, debe existir una suerte de tránsito posible sin recurrir al fraccionamiento. En términos fáusticos la pregunta sería: ¿cómo disfrutar de la belleza del instante sin que este se detenga?

El método posible esta ante nuestros ojos; es el que respeta la unidad, el que es capaz de percibir lo complejo en lo simple y lo simple en lo complejo . Nos dice Bateson:

El místico "ve el mundo en un grano de arena" y el mundo que él ve es moral o estético, o ambas cosas. El científico newtoniano ve una regularidad en la conducta de los cuerpos que caen y no pretende extraer de esta regularidad ninguna conclusión normativa. Pero su pretensión deja de ser coherente en el momento en que predica que ésta es la manera acertada de considerar el universo.

La distinción entre lo que suponen los dos métodos es clara. La cuestión no está en la forma de trabajo, sino -como ya señalamos anteriormente- en qué hacer con el resultado del trabajo. La renuncia a las extracción de conclusiones es lo que diferencia a uno de otro. Los dos miran lo mismo, pero cada uno de ellos mantiene actitudes distintas: uno extrae conclusiones, el otro no. El establecimiento de regularidades no es suficiente. La ciencia se dedica precisamente a trabajar sobre el concepto de regularidad; es lo que permite formular enunciados predictivos, puede enunciar verdades verificables, pero —volvemos a la idea anterior— renuncia al aspecto moral y a la belleza como criterios derivados de ese conocimiento. Tiene necesariamente que pararse ahí; de ahí derivan sus logros.

Creo que aquí donde Bateson requiere una aclaración. El principio de continuidad del todo integra al hombre en la unidad. Si el hombre es un ser moral y un ser estético y estos dos criterios son exclusivos del ser humano, la continuidad se rompe. El hombre queda separado de la Naturaleza, viejo tema de la filosofía romántica. La idea ecológica es precisamente de la continuidad que se desprende del todo. El Hombre no está en la Naturaleza; es naturaleza, tal como gustaban afirmar del Arte los Sturmers [3] alemanes. Por lo tanto, la moralidad, la estética son también elementos de una naturaleza considerada ecológica:

Tal como yo lo veo, el mundo está formado por una red muy compleja (más que por una cadena) de entidades que tienen entre sí este tipo de relación [control cibernético], pero con esta diferencia, que muchas de estas entidades tienen sus propias provisiones de energías y quizás sus propias ideas acerca de hacia dónde les gustaría dirigirse.

En un mundo como éste los problemas del control se tornan más afines al arte que a la ciencia, no sólo porque tendemos a pensar en lo arduo y en lo impredecible como contextos propios del arte, sino porque los resultados del error probablemente sean alguna clase de fealdad. (BATESON 297)

Efectivamente, el místico, le gusta repetir a Bateson, “ve el mundo en un grano de arena” [4], una idea que le conecta con otras tradiciones al margen de la Ciencia oficial. Una idea, sobre todo, que le conecta con otra idea del sentido del conocimiento. No se contenta con alcanzar el conocimiento, entidad abstracta y externa , necesita algo más: aspira a la sabiduría, algo personal. La Ciencia es para él un camino tanto exterior como interior, tanto propio como colectivo. De igual manera que el místico ve el mundo en un grano de arena, él ve la Humanidad en cada Hombre. El místico, como el alquimista, como el cabalista, otros tipos de místicos, recorren un solitario camino comunal, un hombre es todos los hombres. Por eso en Bateson, a diferencia de otros científicos, se percibe un palpable entusiasmo por comunicar su conocimiento a otros, porque para él conocer es descubrir, desvelar, retirar el velo que oculta y comunicarlo.

Creo que hay una alegría batesoniana, una alegría en sentido schilleriano, ese Freude! que se celebra en la Novena Sinfonía. El logos del místico es canto, celebración, es decir, expresa su júbilo y lo contagia, porque por el hecho del que él haya podido saber, puede hacernos llegar la buena nueva de que el conocimiento es accesible al ser humano, que el arcano se ha reducido, que los sentidos se van manifestando.

Creo que Bateson era un científico, un auténtico científico. La Ciencia en él es el deseo de saber, un deseo ferviente porque nace de una curiosidad insaciable y de un asombro igualmente insaciable. Creo que algunas de las cosas que hemos expuesto aquí no gustan a la Academia. Es un problema de la Academia, no de Bateson. Creo que, en este sentido, es un ejercicio permanente de honestidad. Dijo lo que pensaba e hizo lo que consideró necesario. Trabajó en muchos campos y en todos se sorprendió, que es el requisito indispensable para que el pensamiento se ponga en marcha.

Creo que en Bateson podemos encontrar ideas —muchas o pocas, mejores o peores—, pero sobre todo podemos encontrar actitudes, que entiendo que son tan necesarias como las primeras. Hay en él, junto al ideal del científico, el ideal del maestro. No se trata solo de descubrir, sino de transmitir y se transmiten tanto las ideas como las actitudes. En ocasiones, las segundas marcan más que las primeras. Bateson señaló:

Los iniciadores son los enemigos naturales de los novicios, porque su tarea consiste en intimidar a los novicios hasta que adquieran la forma adecuada. Los hombres que iniciaron a los actuales iniciadores tienen ahora el rol de criticar lo que se está haciendo actualmente en las ceremonias de iniciación, y esto les convierte en los aliados naturales de todos los novicios actuales (BATESON: 296)

Creo que estas palabras nos permiten volver a reencontrarnos con los perplejos alumnos con los que comenzábamos esta intervención. Seguramente, pasado un tiempo descubrieron que había cosas que se les mostraban en una extraña unidad y que ciertas cosas adquirían sentido, que las preguntas sobre qué es un sacramento, qué es entropía y qué es juego se les tornaban comprensibles y veían una unidad en todo ello. Algunos de ellos quizá llegaron a ser capaces de discriminar lo trivial de lo profundo. Quizá comprendieran el “un explorador nunca puede conocer lo que está explorando hasta que lo ha explorado”. Quizá entendieran también, mucho tiempo después, estas otras palabras del maestro:

Nuestros estudios podrían inspirarse en un motivo, antiguo, pero que hoy goza de menos honor: la curiosidad respecto del mundo del que formamos parte. La recompensa de tal tarea no es el poder sino la belleza. (BATESON: 297)

No me resisto a terminar este texto sin compartir con ustedes una perplejidad que Bateson hubiera disfrutado. Quiero que sirva para lo mismo que sirvió su historia de la madre, el niño, las espinacas y los helados.

Es una historia sobre un pequeño microorganismo que los investigadores de la Universidad de Tsukuba (Japón) han descubierto y han bautizado con el nombre de Hatena (misterio, enigma, en japonés). Este microorganismo tiene de cabeza a la comunidad científica pues, cuando se divide, una parte es carnívora y la otra herbívora.

El microbio original —nos dice la prensa— es de color verde y está compuesto por algas. Cuando se divide en dos células, una de ellas se queda con todas las algas y permanece de color verde, mientras que la otra se vuelve incolora.

Esta última célula desarrolla un órgano similar a nuestra boca, que utiliza para capturar y 'comer' vegetales, mientras que la célula verde usa las algas que tiene en su interior para llevar a cabo la fotosíntesis y producir energía.

Los científicos han asegurado que este nuevo organismo —tan raro que se ha quedado con ese nombre, Hatena— parece ser capaz de realizar procesos de endosimbiosis, una asociación estrecha entre dos especies, en la que los individuos de una residen dentro de las células de la otra, creando una nueva forma de vida.

Los investigadores creen que así es como muchas de las plantas y animales que hay hoy en día sobre la Tierra evolucionaron. De hecho, son muchos los que opinan que los cloroplastos, las pequeñas 'factorías solares' que residen dentro de las plantas, fueron en un principio organismos separados. Ésta es la primera vez que un equipo científico consigue describir los cambios que se producen tanto en el organismo huésped como en el que es absorbido. [5]

Creo que Bateson hubiera disfrutado comentando esta noticia a sus alumnos y les hubiera invitado a sacar alguna conclusión.

 

Bibliografía:

Bateson, Gregory (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires, Lohlé-Lumen.

Barrow, John D. (1999): Imposibilidad. Los límites de la Ciencia, la ciencia de los límites. Barcelona, Gedisa.

Bloom, Harold (1974): Los poetas visionarios del romanticismo inglés. Blake, Byron, Shelley, Keats. Barcelona, Barral.

Bronowski, Jacob (1997): Los orígenes del conocimiento y la imaginación. Barcelona, Gedisa.

Cernuda, Olalla: “Científicos japoneses encuentran un microbio mitad planta, mitad animal”, Ciencia/ecología. El Mundo. 18 de octubre de 2005.

Gell-Mann, Murray (1995): El Quark y el jaguar. Aventuras en lo simple y lo complejo; Barcelona, Tusquets.

Gracia Núñez, María (s/f): El Primer Programa del Idealismo alemán como proyecto utópico. A parte rei. Revista de Filosofía.

Lefcowitz, FB (1972): “Omnipotence of thought and the poetic imagination: Blake, Coleridge, and Rilke”. Psychoanalic Review, 1972 Fall;59(3):417-32.

Morin, Edgar (2003): Introducción al pensamiento complejo. Barcelona, Gedisa.

 

Notas:

[1] Sobre los problemas de los límites de la Ciencia, cfr. John D. Barrow (1999): Imposibilidad. Los límites de la Ciencia, la ciencia de los límites. Barcelona, Gedisa.

[2] Es interesante rastrear las fuentes de esta idea derivada del mundo presocrático y que reaparece con intensidad en la obra de Friedrich Hölderlin en el primer romanticismo alemán, en el que el tránsito de una naturaleza mecánica newtoniana a un organicismo, en muchos casos spinozista, es clave. La unidad de todo en el Uno y del Uno en el todo es el mensaje que Hiperión predica ante la indiferencia de sus semejantes. Hölderlin compartió habitación e ideas con Hegel y con Schelling, dando lugar al considerado como “Primer manifiesto del idealismo alemán”; Schelling desarrollo su Filosofía de la naturaleza y ésta fue la principal influencia que absorbió Samuel Taylor Coleridge. Cfr. Maria Gracia Núñez y F.B. Lefcowitz.

[3] En la formulación del Arte de los miembros del Sturm und Drang, movimiento prerromántico alemán encabezado por el joven Goethe, se abandona el principio de imitación de la Naturaleza, característico del clasicismo de la época, al reivindicarse que el Arte es naturaleza. Por tanto, debía representar todas las manifestaciones propias de la Naturaleza frente a la idea de Bella Naturaleza.

[4] El verso pertenece a la obra de William Blake Auguries of Innocence:

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,And eternity in an hour. [...]

[5] El Mundo. 18 de octubre de 2005.

 

[* El presente texto fue la conferencia presentada en las II Jornadas de Información, celebradas los días 5-6 de marzo de 2007, y publicada posteriormente en "Gregory Bateson", JMª Aguirre (ed.) , UCM, Madrid 2008, pp. 103-119. ISBN: 978-84-691-1234-2]

 

© Joaquín Mª Aguirre Romero 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/bateson.html