Embarazo, parto y primera infancia
en la obra de Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)

José Julio Tato Puigcerver

Comunicación al VII Congreso Nacional de Historia de la Medicina.
Alicante (España), Abril de 1983


 

   
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Resumen: Se aprecia claramente en el texto de Quevedo Providencia de Dios… (1641) el concepto de fecundación y origen de la vida vigentes en su época: la aparente paradoja de que la vida se genere a partir de lo corrupto ( Aristóteles, Plinio,…), de que el venenoso humor superfluo sea el alimento de la nueva vida, lugares comunes estos de la literatura de entonces; y la fecundación como obra exclusiva del padre, limitándose la madre a aportar la materia prima para la formación y alimentación del nuevo ser y procurarle cobijo durante los nueve meses de la gestación.
Palabras clave: Quevedo, historia de la medicina, fecundación

 

En 1641, en Providencia de Dios…, escribe Quevedo: “Ni te viste engendrar, concebir ni nacer: de aquí procede que a la naturaleza atribuyes todo tu ser (…). Quiero volverte al vientre de tu madre y a la sementera de tu cuerpo. (…). Fuiste engendrado del deleite del sueño y del sudor espumoso de la semilla humana en el vientre de tu madre, y amasado con el humor superfluo, veneno convertido en sangre, que médicos y auxiliares derraman los meses por la conservación de la salud del cuerpo de la mujer. Fuiste masa de horror y asco y ponzoña, forzosos ingredientes de muerte, y arrojado el uno por contrario a la vida y buena disposición, tósigo a las yerbas y animales, que respira con vaho nubloso bajado a lo diáfano del cristal. Desta manera en la oficina de venas y arterias hierves informe embrión, aún para imaginado o desapacible. Desta verdad cada día pueden informarte tus ojos en abortos o casuales o con malicia prevenidos a la madurez de la animación, donde se comete, por la intención, homicidio, sin hombre, anticipado el que había de serlo. Verás un caos confuso, feamente y con desaliño, revuelto, en que sólo conocerás materiales para provocar el vómito: cosa tan suya, que la señal del preñado más frecuente son vómitos y ascos.” [1]

Vemos en este texto un resumen de la fecundación y el desarrollo embrionario, entendiendo como embrión lo que define Covarrubias “(…) la simiente recibida en el vientre de la hembra y amasada, antes de que se ayan distinguido los miembros de que se ha de formar el animal, ni organizado el cuerpecillo” [2].

Se aprecia claramente en este texto de Quevedo el concepto de fecundación y origen de la vida vigentes en su época: la aparente paradoja de que la vida se genere a partir de lo corrupto ( Aristóteles, Plinio,…), de que el venenoso humor superfluo sea el alimento de la nueva vida, lugares comunes estos de la literatura de entonces; y la fecundación como obra exclusiva del padre, limitándose la madre a aportar la materia prima para la formación y alimentación del nuevo ser y procurarle cobijo durante los nueve meses de la gestación. En otro lugar, abunda Quevedo en esta idea de la sangre menstrual como alimento del feto: “Nueve meses he de alimentarme del asco de los meses; y la regla, que es la fregona de las mujeres, que vacía sus inmundicias, será mi despensera” [3].

El padre fecunda a la madre con el “sudor espumoso”, engendra a los hijos; y esto se ve también en alegoría: “La tierra es vientre de todas las cosas, que concibe con la virtud varonil del cielo” [4]; y las mujeres, llamadas en una ocasión por Quevedo “artífices y oficinas de la vida” [5], los conciben del padre de la criatura o, en casos dudosos, a medias, a escote, concebido entre muchos [6].

En la generación, influyen no sólo la madre y el padre o padres , sino también la calidad del clima y del país. Dice Quevedo: “… y como sean tierras más frías y húmedas, la gente septentrional es más apta a la generación y aumento del pueblo” [7].

Son estos, textos completamente acordes con la doctrina aristotélica en la que la “forma” del embrión se debe al padre, y la madre tan sólo aporta una materia de la que formar; y en la que lo primero que se forma es el corazón; así la cita quevedesca “… y en la oficina de venas y arterias hierves informe embrión”.

El paso siguiente es el desarrollo de las partes y órganos de este embrión, de manera sucesiva (epigénesis aristotélica); y conforme el nuevo ser va desarrollándose, comienza a poseer órganos capaces del alma. La animación también será progresiva: alma vegetativa, alma sensitiva y, por último, y ya en el niño, el alma racional. Dice Quevedo: “luego que los días disponen este aparato con órganos capaces del alma, Dios se la infunde y empieza a vivir y proporcionarse y ennoblecerse con la asistencia del alma, que extendiéndose por aquel envoltorio de humores corporales rebujados, la va fabricando persona con todas sus dimensiones, hasta que con moverse y sentir se conoce la mejora que adquiere con la compañía del espíritu. Hasta ahora ni en el parto está diferente de los otros animales vegetativos y sensitivos en las operaciones. No usa de la razón; no porque aún no tiene alma racional, sino porque aún no tiene órganos capaces de su uso” [8].

Incidentalmente, diremos que los textos que sirven de fuente a Quevedo sobre el alma en Providencia de Dios (1641) son: ARISTOTELES, de Anima; TERTULIANO, de Anima; AVICENA, compendio de Anima; y Francisco SUAREZ, de Anima.

El desarrollo proseguirá a no ser que sea interrumpido por un aborto, y en Quevedo hay aspectos interesantes al respecto: le vemos diferenciar los abortos en “casuales” y aquellos con “malicia prevenidos”; calificarlos, por la intención, de “homicidio sin hombre”: no hay hombre, el embrión será hombre pero aún no lo es, no está más vivo de lo que lo está la sangre o el cabello de su madre; ni siquiera posee alma vegetativa hasta “que los días dispongan este aparato con órganos capaces del alma”, entonces, como dice Quevedo, Dios se la infundirá y comenzará a vivir. Esta alma constituye una potencia conformadora que se extiende por el organismo en formación, configurándolo como persona.

Las causas del aborto casual son varias, y así las enumera Quevedo: “Pues el humo de un pabilo, un golpe, un susto, una pesadumbre, el antojo de una legumbre, el miedo a un ratoncillo, pudo hacer mover a sus madres…” [9]. Este “humo de un pabilo” como causa de aborto, lo encontramos en Plinio, una fuente frecuentada por Quevedo; y también en una de las Enigmas del doctor Cristóbal Pérez de Herrera, editadas en Madrid el año 1618, el la solución de la enigma 170, las despabiladeras: “… y tiene muy mal olor cuando es de sebo, pues con él dice Plinio podrá una mujer abortar” (Este texto de Plinio, Luisa López Grigera lo localiza en el capítulo 7º del libro VII de Plinio) [10].

Tenemos ya un embarazo en marcha, y existen una serie de signos que lo delatan: los ascos y los vómitos, como hemos visto con anterioridad, son los más frecuentes, y también observa Quevedo la falta de menstruación en las preñadas (“faltas de preñada”), las “barrigas” como sinónimo de embarazo, etc. Si todo esto sigue adelante, el feto, palabra que Quevedo no usa, continuará su desarrollo como dice Quevedo “… aposentado en unos riñones, y dellos, con más vergüenza que gusto, diciendo que se hagan allá a los orines he de ir a ser vecino de la necesaria; nueve meses he de alimentarme del asco de los meses; y la regla, que es la fregona de las mujeres, que vacía sus inmundicias, será mi despensera; andaré sin saber lo que me hago; antes de ver, lleno de antojos; para nacer traeré más dolores que el mal francés; saldré revuelto en la sábana de la posada, como quien da madrugón; lloraré porque nací; viviré sin saber qué es vida; empezaré a morir sin saber que es muerte; envolveráme la comadre en mantillas, que me la jurarán de mortaja (…) “ [11].

En este texto considera los dolores del parto mayores que los del mal francés, y son múltiples los pasajes en los que abunda en los dolores del parto; parto doloroso universal, con la única excepción del de la Virgen María.

Quevedo utiliza siempre un lenguaje acre en cuanto se refiere al embarazo y parto , y en todo lo que se refiere a la fisiología femenina. Sólo ante el parto de la Virgen, ante el desarrollo de Jesús en el vientre de su madre, adopta Quevedo una postura admirativa ante este trabajo de la naturaleza. La Virgen pare sin dolor, ¿porqué?, porque fue virgen antes, durante y después del parto; luego la única explicación racional que encuentra ante este fenómeno, que él no discute, es que el parto de la Virgen no fue natural, esto es, no se realizó por vía vaginal, ni siquiera por cesárea. Dice el texto: “Prestará su cuerpo tres días al sepulcro, de cuyo claustro saldrá sin abrirle como salió del sagrario de su vientre; porque hasta esto su amor se saboreará repitiendo el milagro de su nacimiento” [12].

Tras un embarazo que dura nueve meses [13], acontece el parto y nace un niño desprovisto de razón “porque aún no tiene órganos capaces de su uso”, y, sigue Quevedo, “Esto parece que llora en naciendo, viendo suspendido el entendimiento con que se diferencia con majestad de todos los animales, y por esto desde luego revienta por hablar; que parece que el alma hace caso de honra que aún pocos meses con su asistencia use de las operaciones solas de que usan las bestias. En esta tardanza se reconoce la dignidad en que se aventaja lo racional a lo vegetativo y sensitivo, pues quiere su ejercicio mas estudiosa disposición de la naturaleza. Después que ha enjugado los pechos de su madre, o si tuvo por ocupación mecánica su crianza los de un ama, empieza a ser juguete entretenido, dos veces hermoso por la vida nueva que estrena, y por la recomendación de la inocencia que agrada sus juguetes. Pasa en los siete años de su primer climatérico, y empieza a resplandecer como en centellas la lumbre del entendimiento; y poco a poco se va dilatando como llama espléndida, o atizada de la imitación útilmente envidiosa, o fomentada a soplos con las palabras de la boca del maestro, o asistida de la atención propia” [14].

Este es, en muchos aspectos, un texto notable. En primer lugar, da Quevedo una curiosa interpretación de los balbuceos infantiles; parece atribuir al alma racional una teleología; comenta dos tipos de lactancia, la materna y la de un ama, cosa que también hace en otros lugares [15], sin juzgar las excelencias de una u otra; presenta los primeros siete años como “climatéricos”, creencia que considera al número siete - entre otros - como funesto y , por tanto, esta como una edad de especial peligro, cosa no extraña por otro lado si tenemos en cuenta que debido a la alta mortalidad infantil, pocas serían las criaturas que sobrepasaran dicha edad; el entendimiento comienza a ser patente a esta edad y aumenta por imitación, atención propia o impulsado por la enseñanza. Este es también un pasaje importante por ser uno de los escasos en los que Quevedo hace una mención amable de la niñez, exceptuando, claro está, la niñez del niño Jesús [16].

Con la excepción de este texto y caso mencionados anteriormente, la figura del niño es tratada de pasada por Quevedo, y casi siempre en forma alegórica, o despectiva, o como individuo sin personalidad propia. Podríamos decir, de alguna manera, que el niño no existe como tal en la obra en prosa de Quevedo. El hijo natural es rechazado por el presunto padre y abandonado, que ya lo recogerá y criará un capellán “que en los niños la doctrina sirve de criar a las calaveras” [17]. En El Buscón, la única novela propiamente dicha de Quevedo, existen personajes niños - Pablos, Diego y sus compañeros -, pero son niños o víctimas o crueles, gentes cuyas desventuras y miserias no mueven a compasión sino a risa; y, en ocasiones, la excusa para el chiste es terrible, como cuando Pablos relata, haciendo macabros juegos de palabras, de manera somera y sin darle mayor importancia, la muerte a azotes de su hermano pequeño.

Todo esto, además de ser una manifestación más del especial sentido del humor de don Francisco, parece delatar de alguna manera la sensibilidad - o su ausencia - de la sociedad de la época hacia la infancia.

La educación de los niños en El Buscón, se lleva a cabo en pupilajes, a cargo de un clérigo tacaño que los mata literalmente de hambre; los niños se educan con palmas y azotes, e incluso entre los propios niños las relaciones son con frecuencia hostiles.

Este es el aspecto general de la figura del niño en Quevedo, con alguna que otra excepción, entre las que destacan la niñez de los príncipes y la ya mencionada de Jesús.

La alimentación del recién nacido consiste en leche materna o del ama, sangre convertida en leche que, bebida, se convierte a su vez en sangre en el organismo de la criatura [18]. De la alimentación - y de su carencia - del niño ya mayorcito, da noticia Quevedo en los primeros capítulos de El Buscón.

En lo que respecta a las enfermedades de la infancia, y a lo que podemos denominar desarrollo psicomotor, los textos quevedianos fundamentales son éstos:

“Recién nacido no tuve potencia para otra acción sino llorar, los pies enfermos, sin movimiento, la vista tierna, los brazos sin fuerza, la boca sin dientes, el cuerpo sin vigor, los sentidos sin discurso, las potencias aún no despiertas. Niño, tuve el movimiento débil por la terneza; la fuerza peligrosa por la travesura; el apetito, del alimento por lo insaciable; los humores amotinados por el hervor; el conocimiento confuso por la falta de juicio; las operaciones ciegas por falta de experiencia; las inclinaciones enfermizas por la falta de la cordura; tuve obligación de purgar con el sarampión y las viruelas el alimento que me hizo el gasto en el vientre de mi madre, evacuación casi universal y que frecuente se hace por la fuerza de tal veneno con la vida (…)” [19]. Y este otro : “(…) por no aguardar eso, y unas viruelas y el palomino muerto, y que no me rasque: “Ay el angelico” y “a ro ro” me esté en los infiernos siempre jamás. ¡ Pues que, si paso del sarampión, y ya mayor voy a la escuela en invierno, con un alambique por nariz, tomados todos los cabos del cuerpo con sabañones, dos por arracadas, uno a la gineta en el pico de la nariz, dos convidados a comer y cenar en los zancajos, llamando señor al maestro; y si tardo me toman a cuestas y como si el culo aprendiera la lición, le abren a azotes! ¡Maldito se quien tal quiere volver a nacer! [20].

Insiste Quevedo en lo desamparado de la condición del niño y en su indefensión ante la enfermedad: “Tú para que conocieses la dignidad de tu alma, naciste con un cuerpo más desabrigado que las ovejas y ternerillos, y tan débil y sin defensa, que un mosquito ejecuta en él heridas, y una picadura de araña le enferma y derriba” [21]; esta indefensión ante los elementos, parece ser para Quevedo el precio que el hombre paga a cambio de ser algo totalmente distinto y superior a los animales. La imposibilidad de andar en el recién nacido, la achaca a enfermedad propia de su débil condición. Sigue explicando el desarrollo psicomotriz de manera profusa, achacando lo lábil del carácter infantil a los humores amotinados por el hervor - exceso de calor natural en el organismo joven, concepto médico puramente en la tradición galénica -, y la falta de juicio y cordura.

En la descripción de las enfermedades infantiles, llama la atención el hecho de que distingue las viruelas del sarampión (pareciendo considerar a aquella como de aparición más precoz que este último), como ya ocurría pocos años antes, a finales del XVI, en las obras de VALDÉS (1583), MERINO DE URUÑUELA (1575) y GÓMEZ PEREIRA (1588), aunque les atribuye a ambas el mismo origen: la menstruación sirve de purga para los malos humores de las mujeres, el menstruo constituye el alimento del feto, y el niño deberá purgar - de forma casi universal, reconociendo así el carácter de enfermedades comunes en la infancia - estos malos humores, constituyendo el sarampión y las viruelas el mecanismo de que se vale la naturaleza para esta purga, ideas estas que encontramos perfectamente expuestas en las obras de LUIS MERCADO (1610) y GERÓNIMO SORIANO (1550)

Otras enfermedades que el niño soporta - si sobrevive al sarampión , que Quevedo afirma que hace estragos -, son la coriza, que es tanto el moco que destila que convierte la nariz en un alambique, y los sabañones “repartidos por todos los cabos del cuerpo”; y no enfermedad, pero sí achaque común los azotes, el mal trato, el hambre, que componen, junto a lo anterior, una visión lúgubre y caricaturesca pero real, de la vida del niño en la España de primeros del XVII, según la narró Quevedo.

 

NOTAS

       Todas las notas hacen referencia a: FRANCISCO DE QUEVEDO: Obras Completas. Vol. II: Obra en prosa.. (Edición Felicidad Buendía). 6ª Edición. Madrid, Ed. Aguilar, 1974.

[1] Providencia de Dios…… p. 1548

[2] COVARRUBIAS, S. (1979) Tesoro de la lengua castellana o española. (Ed. por Martí de Riquer, facsímil de la de 1611). Madrid, Ed. Turner

[3] Discurso de todos los diablos, p. 226

[4] Providencia de Dios…,p. 219

[5] Marco Bruto, p. 929

[6] Sueño de la muerte, p. 210; Buscón, p.234

[7] La España defendida…, p. 591

[8] Providencia de Dios…, p. 1549

[9] La cuna y la sepultura, p. 1330

[10] LÓPEZ GRIGERA, L. Edición de La cuna y la sepultura, Real Academia Española de la Lengua.

[11] Discurso de todos los diablos, p. 226

[12] Declamación de Jesucristo, p. 1323

[13] pp. 1170, 129, 1432, 669, 856, 622, etc.

[14] Providencia de Dios…, p. 1549

[15] Discurso de todos los diablos, p. 226

[16] Política de Dios…, pp. 724 y ss.

[17] Epístolas del caballero de la Tenaza, p. 93

[18] Política de Dios…, p. 696; Declamación de Jesucristo, pp. 1320, 1323

[19] De los remedios de cualquier fortuna, p. 1074

[20] Discurso de todos los diablos, p. 226

[21] Providencia de Dios…, p. 1550

 

© José Julio Tato Puigcerver 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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